Friedrich Engels

Discurso en la reunión conmemorativa del aniversario de la insurrección polaca de 1863

Del francés.

¡Ciudadanos!

Polonia desempeña un papel completamente especial en la historia de las revoluciones europeas. Toda revolución de Occidente que no logró incorporar a Polonia y asegurarle la independencia y la libertad estaba condenada al fracaso. Tomemos como ejemplo la revolución de 1848. Abarcó un territorio mucho más extenso que cualquier revolución anterior; arrastró en su torbellino a Austria, Hungría y Prusia. Pero se detuvo en las fronteras de Polonia, ocupada por los ejércitos de Rusia. Cuando el zar Nicolás recibió la noticia de la revolución de febrero, dijo a su entorno: «¡A caballo, señores!». Acto seguido movilizó sus tropas y las concentró en Polonia, dispuesto a hacerles cruzar las fronteras en el momento oportuno contra la Europa sublevada. Los revolucionarios sabían, por su parte, exactamente que el terreno donde habría de librarse la batalla decisiva era Polonia. El 15 de mayo, la población de París irrumpió en la Asamblea Nacional al grito de
«¡Viva Polonia!»
para obligarla a la guerra por la independencia polaca. Al mismo tiempo, Marx y yo exigíamos en la
«Neue Rheinische Zeitung»
que Prusia declarara inmediatamente la guerra a Rusia para liberar a Polonia, y fuimos apoyados por toda la democracia progresista de Alemania. En Francia y en Alemania se sabía, pues, exactamente dónde se hallaba el punto decisivo: con Polonia, la revolución estaba asegurada; sin Polonia, tenía que perderse. Sin embargo, en Francia el señor Lamartine, en Prusia Federico Guillermo IV, cuñado del zar, y su ministro burgués, el señor Camphausen, no tenían en absoluto la intención de destruir las fuerzas armadas de Rusia, en las que veían, con razón, su último baluarte contra la marea revolucionaria. Nicolás no necesitó montar su caballo; sus tropas pudieron contentarse por el momento con mantener sometida a Polonia y amenazar a Prusia, Austria y Hungría hasta el momento en que los progresos de los húngaros sublevados amenazaron a la reacción austriaca victoriosa en Viena. Sólo entonces los ejércitos rusos inundaron Hungría y, al aplastar la revolución húngara, aseguraron el triunfo de la reacción en todo el Occidente. Europa yacía a los pies del zar, porque Europa había abandonado a Polonia. En verdad, Polonia no es un país como cualquier otro. En materia de revolución es la clave del edificio europeo; quien de los dos, revolución o reacción, logre mantenerse en Polonia, acabará dominando en toda Europa. Y este carácter completamente especial confiere a Polonia la importancia que tiene para todos los revolucionarios y que hoy nos hace exclamar aún:
¡Viva Polonia!