El aguardiente prusiano en el Reichstag alemán

Escrito en febrero de 1876.

[«Der Volksstaat», n.º 23, del 25 de febrero de 1876]

I

El 4 de febrero, el señor von Kardorff interpeló al gobierno del Reich acerca de los elevados gravámenes que sufría el «sprit» alemán en Inglaterra e Italia. Llamó la atención de los señores sobre el hecho de que (informe de la «Kölnische Zeitung»)

«en nuestras provincias orientales y septentrionales, vastas extensiones de tierra, cientos de millas cuadradas de un suelo bastante infecundo y estéril, han alcanzado una capacidad productiva y un cultivo relativamente elevados gracias a un cultivo muy extendido de la patata; y que este cultivo de la patata se basa, a su vez, en el hecho de que por esas tierras se hallan diseminadas numerosas destilerías, en las que la fabricación de aguardiente se ejerce como industria secundaria de la agricultura. Mientras que antes, en aquellos países, vivían alrededor de mil personas por milla cuadrada, la tierra alimenta ahora, a consecuencia de la fabricación de aguardiente, unas tres mil personas por milla cuadrada, pues las destilerías constituyen un mercado indispensable para la patata porque ésta, debido a su volumen, es difícil de transportar y en invierno no puede transportarse en absoluto a causa de las heladas. En segundo lugar, las destilerías convierten la patata en alcohol, producto valioso y fácil de transportar, y, por último, hacen el suelo más fértil mediante los numerosos residuos forrajeros. La magnitud de los intereses aquí en juego podrá comprenderla cualquiera que considere que del impuesto sobre el aguardiente extraemos para los ingresos del Estado unos 36 millones de marcos, a pesar de que Alemania posee el impuesto sobre el aguardiente más bajo de todos los países del mundo, por ejemplo, cinco veces más bajo que Rusia.»

A los junkers prusianos se les ha debido subir mucho la cresta últimamente, para atreverse a llamar la atención del mundo sobre su «industria del sprit», vulgarmente, destilación de aguardiente.

En el siglo pasado, en Alemania se destilaba muy poco aguardiente, y éste sólo de cereales. Cierto que no se sabía separar el aceite de fusel contenido en este aguardiente (volveremos sobre este punto), pues ni siquiera se conocía el aceite de fusel mismo; pero se sabía por experiencia que la calidad del aguardiente mejoraba sensiblemente con un almacenamiento prolongado, que el gusto ardiente se perdía y que su consumo embriagaba menos y perturbaba menos la salud. Las condiciones pequeñoburguesas bajo las cuales se destilaba entonces, y la demanda, aún poco desarrollada y más orientada a la calidad que a la cantidad, permitían en casi todas partes guardar el producto durante años en las bodegas, dándole así, mediante la transformación química paulatina de los componentes más nocivos, un carácter menos perjudicial. Así, a finales del siglo pasado encontramos una destilación más extensa limitada casi siempre a unos pocos lugares urbanos, Münster, Ulrichstein, Nordhausen y otros, y su producto solía llevar el calificativo de «viejo».

A comienzos de este siglo, las destilerías se multiplicaron en el campo como industria secundaria de los grandes propietarios territoriales y arrendatarios, especialmente en Hannover y Brunswick. Encontraban compradores, por un lado, gracias al consumo de aguardiente, que se extendía sin cesar, y por otro, a causa de las necesidades de los ejércitos, siempre en crecimiento y siempre en guerra, los cuales, a su vez, difundían el gusto por el aguardiente en círculos cada vez más amplios. Así, tras la paz de 1814, pudo la destilación extenderse cada vez más, y en la forma descrita, completamente distinta de la antigua destilería urbana, como industria secundaria de los grandes administradores de fincas, logró poner pie firme en el Bajo Rin, en la Sajonia prusiana, Brandeburgo y Lusacia.

Pero el punto de viraje para la destilación fue el descubrimiento de que se podía producir aguardiente de manera rentable no sólo a partir de cereales, sino también de patatas. Con ello se revolucionó todo el ramo. Por una parte, el centro de gravedad de la destilación se trasladó definitivamente de las ciudades al campo, y los productores pequeñoburgueses de bebida añeja y de buena calidad fueron desplazados cada vez más por los infames grandes terratenientes que producían aguardiente de patata con fusel. Por otra parte, y esto es históricamente mucho más importante, el gran terrateniente que destilaba cereales fue desplazado por el gran terrateniente que destilaba patatas; la destilación se fue desplazando cada vez más de las fértiles tierras cerealistas a las infecundas tierras patateras, es decir, del noroeste de Alemania al nordeste: a la Prusia antigua al este del Elba.

Este punto de viraje sobrevino con la mala cosecha y la hambruna de 1816. A pesar de las mejores cosechas de los dos años siguientes, a consecuencia de la continua exportación de cereales a Inglaterra y otros países, los precios del grano se mantuvieron tan altos que resultó casi imposible emplear cereales para la destilación. El Oxhoft de aguardiente, que en 1813 había costado sólo 39 taleros, se vendía en 1817 a 70 taleros. Entonces la patata ocupó el lugar de los cereales, ¡y en 1823 el Oxhoft ya se podía conseguir a 14 o 17 taleros!

Pero, ¿cómo lograron los pobres junkers del este del Elba, supuestamente arruinados por la guerra y por los sacrificios que habían hecho por la patria, obtener los medios con los cuales transformaron sus onerosas deudas hipotecarias en provechosas destilerías de aguardiente? Las coyunturas favorables de 1816 a 1819 les depararon rendimientos muy ventajosos y aumentaron su crédito gracias a la subida general de los precios del suelo; pero eso distaba mucho de ser suficiente. Nuestros patriotas junkers recibieron, además: en primer lugar, auxilio del Estado en diversas formas directas e indirectas; y en segundo lugar, vino a añadirse una circunstancia que hemos de considerar especialmente. Es sabido que en Prusia, en 1811, la redención de las servidumbres feudales de los campesinos, y en general la regulación de las relaciones entre campesinos y señores territoriales, se había ordenado por ley de tal modo que las prestaciones en especie se convertían en prestaciones en dinero, éstas se capitalizaban y podían redimirse bien en dinero contante, mediante plazos determinados, bien cediendo al señor una porción de la tierra campesina, o también parte en dinero y parte en tierra. Esta ley quedó en letra muerta hasta que los elevados precios de los cereales de 1816 a 1819 pusieron a los campesinos en condiciones de iniciar las redenciones. A partir de 1819, las redenciones avanzaron rápidamente en Brandeburgo, más lentamente en Pomerania, y aún más lentamente en Posen y en Prusia. El dinero así arrancado a los campesinos —de manera legal, pero ilegítima (pues las cargas feudales les habían sido impuestas sin derecho)—, en la medida en que no fue derrochado inmediatamente al antiguo modo nobiliario, sirvió principalmente para el establecimiento de destilerías. También en las otras tres provincias mencionadas se extendió la destilación en la misma proporción en que las redenciones campesinas proporcionaban los medios para ello. La industria aguardentera de los junkers prusianos ha sido fundada, pues, literalmente con el dinero arrebatado a los campesinos. Y prosperó rápidamente, sobre todo a partir de 1825. Apenas dos años más tarde, en 1827, en Prusia se destilaban 125 millones de cuartillos de aguardiente, es decir, 10 1/2 cuartillos por cada habitante, por un valor total de 15 millones de taleros; Hannover, en cambio, que quince años antes había sido el primer Estado aguardentero de Alemania, producía solamente 18 millones de cuartillos.

Se comprende que entonces toda Alemania, en la medida en que los diversos Estados o las uniones aduaneras de Estados concretos no se defendieran mediante barreras arancelarias, se viera inundada por una auténtica marea de aguardiente de patata y fusel prusiano. ¡El Ohm, a 180 cuartillos, costaba 14 taleros, es decir, el cuartillo a 2 groshen y 4 pfennigs al por mayor! La embriaguez, que antes había costado tres o cuatro veces más, era ahora accesible incluso a los más desposeídos, día tras día, desde que un hombre podía permanecer en la más alta borrachera toda una semana por 15 silbergroschen.

Los efectos de estos precios del aguardiente, extraordinariamente baratos —que en diferentes lugares y en diferentes momentos, pero casi siempre de manera repentina, se hacían sentir—, fueron inauditos. Recuerdo muy bien cómo, a finales de los años veinte, la baratura del aguardiente irrumpió súbitamente en el distrito industrial del Bajo Rin y del Mark. Sobre todo en la región de Berg, y muy especialmente en Elberfeld-Barmen, la masa de la población obrera se entregó a la bebida. A bandadas, del brazo, ocupando toda la anchura de la calle, a partir de las nueve de la noche los «hombres borrachos» se tambaleaban, entre gritos disonantes, de taberna en taberna y, por último, hacia sus casas. Dado el nivel de instrucción de los obreros de entonces, dada la absoluta falta de salidas de su situación, aquello no era ninguna maravilla. Y menos que nada en el bendito valle del Wuppertal, donde desde hacía sesenta años una industria relevaba a la otra, de modo que continuamente una parte de los obreros estaba oprimida, si no sin pan, mientras otra (por entonces los tintoreros) estaba bien pagada para aquella época. Y si, como entonces, a los obreros del Wuppertal no les quedaba más elección que entre el aguardiente terrenal de las tabernas y el aguardiente celestial de los curas pietistas, ¿qué tiene de extraño que prefirieran el primero, por malo que fuera?

Y era muy malo. Tal como salía del refrigerador, sin purificación alguna, con todo su contenido de aceite de fusel, se expedía y se bebía fresco. Todos los aguardientes destilados de orujo de uva, remolacha forrajera, cereales o patatas contienen este aceite de fusel, una mezcla de alcoholes superiores, es decir, líquidos compuestos de manera análoga al alcohol común, pero que contienen más carbono e hidrógeno (entre otros, alcohol propílico primario, alcohol isobutílico, pero con un predominio abrumador del alcohol amílico). Todos estos alcoholes son más nocivos que el alcohol etílico (espíritu de vino), y la dosis a la que actúan como tóxicos es mucho menor que con éste. El profesor Binz, de Bonn, ha demostrado recientemente mediante numerosos experimentos que los efectos embriagadores de nuestras bebidas alcohólicas, así como sus desagradables consecuencias en la honorable resaca o, incluso, en fenómenos más graves de enfermedad y envenenamiento, han de atribuirse mucho menos al alcohol etílico común que a los alcoholes superiores, es decir, al aceite de fusel. Pero no sólo actúan de forma más embriagadora y destructiva, sino que determinan también el carácter de la borrachera. Todo el mundo sabe por propia observación, cuando no por experiencia, cuán diferentes son en sus efectos sobre el cerebro la borrachera de vino (e incluso las borracheras de los distintos tipos de vino), la de cerveza y la de aguardiente. Cuanto más aceite de fusel contiene la bebida y cuanto más insana es la composición de este aceite de fusel, más desenfrenada y salvaje resulta la borrachera. Ahora bien, el aguardiente de patata joven y no purificado contiene, como es sabido, entre todas las bebidas destiladas, la mayor cantidad de aceite de fusel y de la composición más desfavorable. El efecto de cantidades excepcionalmente grandes de esta bebida sobre una población tan excitable y apasionada como la de la región de Berg fue, en consecuencia, absolutamente acorde con ello.

El carácter de la embriaguez había cambiado por completo. Toda diversión que antes terminaba con una alegría apacible y sólo raramente con excesos —en los cuales, ciertamente, el Kneif (el cuchillo, en inglés knife) desempeñaba no pocas veces su papel—, toda diversión semejante degeneraba ahora en una orgía desenfrenada y terminaba con riña infalible, en la que nunca faltaban las heridas de cuchillo y cada vez eran más frecuentes las puñaladas mortales. Los curas lo atribuían a la creciente impiedad, los juristas y demás filisteos, a los bailes de taberna. La verdadera causa era la súbita inundación de aceite de fusel prusiano, que ejercía precisamente sus efectos fisiológicos normales y entregaba a cientos de pobres diablos a la prisión en trabajos de fortificación.

Este efecto agudo del aguardiente barato duró años enteros, hasta que poco a poco se fue perdiendo en mayor o menor medida. Pero la influencia sobre las costumbres no desapareció del todo; el aguardiente siguió siendo para la clase obrera una necesidad vital en mayor grado que antes, y la calidad, aunque mejoró algo, quedó muy por debajo de la del antiguo aguardiente de grano de antaño.

["Der Volksstaat" Nr. 24 vom 27. Februar 1876]

Y como en la región de Berg, así sucedió en otras partes. En ninguna época fueron los lamentos de los filisteos sobre el aumento del consumo excesivo de aguardiente entre los obreros más generales, unánimes y clamorosos que entre 1825 y 1835. Incluso es dudoso si el embotamiento con que precisamente los obreros del norte de Alemania dejaron pasar sobre sí los acontecimientos de 1830 sin ser afectados por ellos, no se debió en gran parte al aguardiente que entonces los dominaba más que nunca. Sublevaciones serias y particularmente exitosas ocurrieron sólo en países vinícolas o en aquellos estados alemanes que se habían protegido más o menos del aguardiente prusiano mediante aranceles. No sería la única vez que el aguardiente habría salvado al Estado prusiano.

La única industria que ha producido efectos directos aún más devastadores —y éstos no contra su propio pueblo, sino contra pueblos extranjeros— es la industria anglo-india del opio para envenenar a China.

Entretanto, la fabricación de aguardiente continuó alegremente su marcha, se extendió cada vez más hacia el este y fue poniendo una yunta tras otra del desierto de arena y pantanos del nordeste de Alemania bajo el cultivo de la patata. No contenta con hacer feliz a la patria, se esforzó por hacer accesibles al extranjero las bendiciones del viejo aceite de fusel prusiano. Se destilaba el aguardiente común una segunda vez para eliminar parte del agua que contenía, y al alcohol hidratado e impuro así obtenido se lo llamaba "Sprit", que es la traducción de Spiritus al prusiano. Todos los alcoholes superiores tienen puntos de ebullición más elevados que el alcohol etílico. Mientras éste hierve a 78 grados y medio del termómetro centígrado, el punto de ebullición del alcohol propílico primario es de 97 grados, el del alcohol isobutílico de 109 grados y el del alcohol amílico de 132 grados. Ahora bien, cabría pensar que, mediante una destilación cuidadosa, debería quedar como residuo al menos la mayor parte de este último, el componente principal del aceite de fusel, así como una parte del alcohol isobutílico, y que a lo sumo pasaría a la destilación una parte de éste, junto con la mayor parte del alcohol propílico primario, el cual, sin embargo, está presente en el aceite de fusel sólo en cantidades muy reducidas. Pero incluso la química científica renuncia a separar los tres alcoholes inferiores que aquí nos ocupan por destilación, y sólo puede aislar el alcohol amílico del aceite de fusel mediante la destilación fraccionada, que es inaplicable en las destilerías. A esto se añade que en las destilaciones de las fábricas rurales de aguardiente se procede con bastante rudeza. No es de extrañar, pues, que el Sprit exportado a principios de los años cuarenta estuviese todavía considerablemente mezclado con aceite de fusel, como se podía reconocer fácilmente por el olor; el alcohol puro o simplemente hidratado es casi inodoro.

Este Sprit iba principalmente a Hamburgo. ¿Qué se hacía con él? Una parte se expedía a aquellos países donde los derechos de entrada no le cerraban puertas y portones —en esta exportación participaba también Stettin—; pero la masa principal se utilizaba en Hamburgo y Bremen para la adulteración del ron. Este aguardiente, destilado en las Indias Occidentales en parte de la propia caña de azúcar, pero en su mayor parte de los residuos que quedan de la fabricación del azúcar, era el único que, debido a sus bajos costos de producción, podía todavía competir como una especie de bebida de lujo de las masas con el aguardiente de patata. Así pues, para fabricar un ron "fino" pero barato, se tomaba, por ejemplo, un barril de auténtico ron de Jamaica, tres o cuatro barriles de ron barato y malo de Berbice y dos o tres barriles de Sprit prusiano de patata —y esta mezcla u otra similar daba por resultado lo deseado. Este "veneno", como lo llamaban en mi presencia los propios comerciantes implicados en la falsificación, se embarcaba para Dinamarca, Suecia, Noruega y Rusia, pero una parte muy importante también volvía a subir el Elba o a través de Stettin hacia los países de donde había salido el noble Sprit, y allí se consumía en parte como ron y en parte se introducía de contrabando en Austria y Polonia.

Los comerciantes de Hamburgo no se limitaron a la adulteración del ron. Con la genialidad que les es propia, fueron los primeros en ver el papel futuro que estaba reservado al aguardiente prusiano de patata, un papel que conmovería al mundo. Ya habían hecho sus pruebas con toda clase de otras bebidas, y ya a finales de los años treinta nadie en la Alemania del Norte no prusiana que entendiese algo de vino quería comprar vinos blancos franceses de Hamburgo, pues se decía por todas partes que allí los endulzaban con azúcar de plomo y con ello los envenenaban al mismo tiempo. Pero, fuera como fuera, el Sprit de patata se convirtió pronto en la base de una falsificación de bebidas cada vez más creciente. Al ron le siguió el coñac, que ya exigía más arte en su manipulación. Pronto se empezó a tratar el vino con Sprit, y finalmente se llegó hasta a elaborar vino de Oporto y vinos españoles enteramente sin vino, a base de Sprit, agua y jugos vegetales, a los que se añadían en múltiples ocasiones productos químicos. El negocio florecía tanto más cuanto que en muchos países tales prácticas estaban o bien directamente prohibidas o rozaban tan de cerca el código penal que aún no se consideraba aconsejable aventurarse a ellas. Pero Hamburgo era la sede del libre comercio sin restricciones, y así, "a la salud de Hamburgo", se falsificaba alegremente sin parar.

Pero el monopolio de la falsificación no duró mucho. Tras la Revolución de 1848, cuando en Francia la dominación exclusiva de la gran finanza y de unos pocos grandes industriales destacados fue reemplazada por la dominación momentánea de toda la burguesía, los productores y comerciantes franceses empezaron a darse cuenta de las fuerzas maravillosas que dormitaban en un barril de Sprit prusiano de patata. Se comenzó a adulterar ya en casa el coñac, en lugar de enviarlo sin adulterar al extranjero, y aún más, a "ennoblecer" el coñac destinado al consumo interior (llamo así, para abreviar, a todo aguardiente destilado de orujos de uva) mediante una enérgica adición de Sprit prusiano de patata. Con ello, el coñac —el único aguardiente que entra en el consumo en masa en Francia— se hizo considerablemente más barato. El Segundo Imperio favoreció, naturalmente, estas maniobras en interés de las masas sufrientes, y así nos encontramos con que, al derrumbarse la dinastía napoleónica, gracias a los efectos benéficos del viejo aguardiente prusiano, la embriaguez, antes casi desconocida allí, había alcanzado en Francia una extensión considerable.

Una serie inaudita de malas cosechas de vino y, finalmente, el tratado comercial de 1860, que abrió Inglaterra al comercio del vino francés, dieron ocasión a un nuevo progreso. Los vinos débiles de malas añadas, cuya acidez no podía eliminarse añadiendo azúcar, necesitaban una adición de alcohol para hacerse conservables. Se les mezclaba, pues, con Sprit prusiano. Además, el gusto inglés estaba acostumbrado a vinos fuertes —los vinos naturales franceses del país, que ahora se exportaban en masa, resultaban a los ingleses demasiado ligeros y demasiado fríos. ¿Qué cosa mejor se podía encontrar en el mundo para hacerlos fuertes y cálidos que el Sprit prusiano? Burdeos se convirtió cada vez más en el punto principal para la falsificación de vinos franceses, españoles e italianos, que allí eran transformados en "fino Burdeos", y para el aprovechamiento del Sprit prusiano.

En efecto, vinos españoles e italianos. Desde que el consumo de vinos tintos franceses —y ningún burgués quiere beber otros— ha aumentado tan enormemente en Inglaterra, América del Norte y del Sur y las colonias, ni siquiera la casi inagotable riqueza vinícola de Francia basta. Casi toda la cosecha de vino aprovechable del norte de España, entre ella toda la cosecha de la rica región vinícola de la Rioja en el valle del Ebro, va a Burdeos. Allí mismo envían Génova, Livorno y Nápoles cargamentos enteros de vino. Mientras que estos vinos, con ayuda del Sprit prusiano, se vuelven aptos para soportar el transporte marítimo, esta exportación de vino eleva los precios del vino en España e Italia hasta tal punto que el vino se hace completamente inaccesible para la masa de la población trabajadora, que antes lo bebía a diario. En su lugar, bebe aguardiente, ¡y el componente principal de este aguardiente es, una vez más, el Sprit prusiano de patata! Sí, el señor von Kardorff se lamenta en el Reichstag de que esto no se dé todavía en Italia en medida suficiente.

Vayamos donde vayamos, por todas partes encontramos Sprit prusiano. El Sprit prusiano llega incomparablemente más lejos que el brazo del gobierno imperial alemán. Y dondequiera que encontramos este Sprit, sirve ante todo —para la falsificación. Se convierte en el medio por el cual los vinos del sur de Europa se hacen transportables por mar y, con ello, son sustraídos a la población trabajadora del país. Y así como la lanza de Aquiles cura las heridas que ha causado, ¡el Sprit prusiano ofrece a las clases obreras despojadas del vino, al mismo tiempo, el sustitutivo en forma de aguardiente adulterado! El Sprit de patata es para Prusia lo que el hierro y los tejidos de algodón para Inglaterra, el artículo que la representa en el mercado mundial. Bien puede, pues, el más reciente adepto y al mismo tiempo regenerador del socialismo, el señor Eugen Dühring, celebrar la destilería "en primera línea ... como una conexión natural (de la industria) con las actividades agrícolas" y exclamar triunfante:

"¡La producción de alcohol es de una importancia tal, que más bien se la subestimará que sobreestimará!"

Pero, por supuesto, el "Anch'io son pittore" (Yo también soy pintor, como dijo Correggio) significa en prusiano: "Yo también soy destilador de aguardiente."

Pero con esto, los hechos milagrosos del aguardiente prusiano de patata no están ni mucho menos agotados.

"Mientras que antes en aquellas regiones", dice el señor von Kardorff, "vivían unas mil personas por milla cuadrada, ahora el país alimenta, como consecuencia de la fabricación de Sprit, unas tres mil personas por milla cuadrada."

Y esto es correcto en líneas generales. No sé de qué época habla el señor von Kardorff cuando cifra la población en mil almas por milla cuadrada. Sin duda, tal época ha existido alguna vez. Pero si excluimos las provincias de Sajonia y Silesia, donde la destilería desempeña un papel menos destacado junto a otras industrias, así como Posen, cuya mayor parte, a pesar de todos los esfuerzos del gobierno, sigue sin mostrar deseo alguno de ser otra cosa que polaca, nos quedan las tres provincias de Brandeburgo, Pomerania y Prusia. Estas tres provincias tienen una superficie de 2.415 millas cuadradas en conjunto. En 1817 tenían una población total de 3.479.825 almas, o 1.441 por milla cuadrada; en 1871, de 7.432.407 almas, o 3.078 por milla cuadrada. Coincidimos plenamente con el señor von Kardorff cuando considera este aumento de población esencialmente como consecuencia directa o indirecta de las destilerías de aguardiente. Si añadimos a esto la Altmark, el norte-

... agrícola de la Baja Silesia y la parte predominantemente alemana de Posen, donde las relaciones demográficas habrán de haberse configurado de modo semejante, tenemos la región aguardentera propiamente dicha, pero al mismo tiempo también el
núcleo de la monarquía prusiana
. Y con esto se abre una perspectiva completamente distinta. La destilación de aguardiente se revela ahora como la verdadera base material de la Prusia actual. Sin ella, el Junkertum prusiano habría tenido que perecer; sus haciendas habrían sido en parte adquiridas por grandes magnates territoriales, los cuales habrían formado una aristocracia poco numerosa al estilo ruso; en parte habrían sido fragmentadas y habrían constituido la base de un campesinado independiente. Sin ella, el núcleo de Prusia habría seguido siendo una comarca de unos 2.000 habitantes por milla cuadrada, incapaz de seguir desempeñando un papel en la historia, ni para bien ni para mal, hasta que la industria burguesa se hubiera desarrollado lo suficiente como para asumir también aquí la dirección social y, tal vez, política. La destilación de aguardiente imprimió otro giro a la evolución. En un suelo que no produce casi nada más que patatas y junkers de col rizada, pero ambas cosas en masa, aquélla pudo desafiar la competencia de un mundo. Favorecida cada vez más por la demanda —por las circunstancias ya explicadas—, pudo elevarse a fábrica central de aguardiente del mundo. Bajo las relaciones sociales dadas, esto no significó otra cosa que la formación, de un lado, de una clase de propietarios territoriales medianos, cuyos segundones suministraron el material principal para los oficiales del ejército y para la burocracia, es decir, una prórroga vital para el Junkertum; de otro lado, de una clase que se multiplicaba con relativa rapidez, de semisiervos, de entre los cuales se recluta la masa de los "regimientos del núcleo" del ejército. Acerca de cuál es la situación de esta masa obrera nominalmente libre, pero prácticamente sometida por entero al señor del feudo, mediante contratos anuales, mediante percepciones en especie, mediante las condiciones de alojamiento y, por último, mediante la policía señorial, que no ha hecho sino adoptar una forma modificada con el nuevo ordenamiento distrital, puede uno informarse en los escritos del profesor von der Goltz. En suma: si Prusia fue puesta en condiciones de digerir en alguna medida los fragmentos al oeste del Elba engullidos en 1815, de aplastar en 1848 la revolución en Berlín, de ponerse en 1849, pese a las insurrecciones de Renania-Westfalia, a la cabeza de la reacción alemana, de llevar a cabo en 1866 la guerra contra Austria y, en 1871, de poner a toda la Pequeña Alemania bajo la dirección de esta parte de Alemania más atrasada, más estable, menos instruida, aún semifeudal, ¿a quién se lo debe? A la destilería de aguardiente.

El aguardiente prusiano en el Reichstag alemán 47

["Der Volksstaat" N.º 25 del 1 de marzo de 1876]

II

Pero regresemos al Reichstag. En el debate intervienen principalmente el señor von Kardorff, el señor von Delbrück y el plenipotenciario de la Confederación por Hamburgo, Krüger. Después de este debate casi parece como si estuviésemos cometiendo una injusticia clamorosa con el alcohol de patata prusiano. No es el aguardiente prusiano, sino el ruso, el malo. El señor von Kardorff se queja de que algunos industriales de Hamburgo elaboran aguardiente ruso (y éste es, como el señor Krüger destaca expresamente, destilado de centeno, no de patatas) transformándolo en alcohol, "lo expiden como alcohol alemán y con ello dañan el renombre del alcohol alemán". Al señor Delbrück "le han dicho que semejante substitución fraudulenta tropezaría con grandes dificultades, ya que hasta ahora no se ha logrado elaborar, a partir de aguardiente ruso, un alcohol
inodoro
como el procedente del alemán", pero añadió con prudencia: "Señores míos, eso, naturalmente, yo no puedo saberlo."

Así pues, no es el alcohol de patata prusiano, sino el alcohol de centeno ruso, el malo. El alcohol de patata prusiano es "inodoro", es decir, exento de fusel; el alcohol de centeno ruso, hasta ahora, todavía no puede elaborarse de manera inodora, contiene, pues, aceite de fusel, y cuando se vende como prusiano, despoja a éste de su renombre de exento de fusel. Según esto, habríamos calumniado, ciertamente, al prusiano "exento de fusel" de un modo pérfido y con una intención absolutamente hostil al Reich. Veamos cómo se presentan las cosas en la realidad.

Existe, ciertamente, un procedimiento para despojar de fusel al aguardiente, tratándolo con carbón vegetal recién calcinado. En consecuencia, el alcohol que llega al comercio ha estado, en general, menos mezclado con aceite de fusel en los últimos tiempos. Ahora bien, entre las dos clases de alcohol que aquí nos interesan se da la siguiente diferencia: el alcohol de centeno puede ser completamente despojado de fusel sin gran esfuerzo, mientras que la eliminación del fusel del alcohol de patata es mucho más difícil y, en la gran producción, es prácticamente tan imposible que incluso el alcohol más puro elaborado a partir de aguardiente de patata deja siempre, al frotarlo en la mano, un resto de olor a fusel. Por ello, la regla es que para el uso en farmacias y para los licores finos sólo se emplee, o al menos debiera emplearse, alcohol de centeno, nunca alcohol de patata (pues también aquí, ¡cómo no!, ¡se falsifica).

Y pocos días después de que la "Kölnische Zeitung" publicara el debate sobre el aguardiente arriba mencionado, trae (8 de febrero, primera hoja) en las Noticias Varias el siguiente lamento de un vinatero renano:

"Sobremanera deseable sería, desde luego, demostrar también la
adición
de
alcohol de patata al vino flojo.
La turbia obnubilación de la cabeza
que sobreviene después lo señala, ciertamente, aunque demasiado tarde. El alcohol de patata
contiene todavía aceite de fusel
, cuyo olor, de por sí desagradable, queda encubierto por el peculiar olor del vino.
Esta falsificación es una de las más frecuentes.
"

Por último, para tranquilizar a los viejos destiladores de aguardiente prusianos, el señor Krüger saca a la luz el hecho preocupante de que el alcohol de centeno ruso se paga en el mercado de Hamburgo
cuatro marcos más caro
que el alcohol de patata prusiano. Este último se cotizaba el 7 de febrero en Hamburgo a 35 marcos los 100 litros; el ruso alcanza, pues, un precio un 12 por ciento superior al del prusiano, ¡cuyo renombre, según se dice, perjudica!

Y ahora, tras todos estos hechos, obsérvese el aire de inocencia herida del calumniado, "inodoro", celoso de su renombre, virtuoso prusiano "exento de fusel", que en el comercio al por mayor cuesta a 35 marcos con céntimos el litro, ¡más barato que la cerveza! Si se coteja aquel debate con estos hechos, ¿no sobreviene la tentación de preguntar: a quién se está tomando el pelo?

De alcance mundial es la bendita influencia del aceite de fusel prusiano, pues con el alcohol de patata se vierte en toda bebida. Desde el ácido vino flojo del Mosela y del Rin de las malas cosechas, que con azúcar de patata y alcohol de patata es metamorfoseado en Brauneberger y Niersteiner, desde el mal vino tinto que desde el tratado comercial de Gladstone inunda Inglaterra y es llamado allí "Gladstone", hasta el Château Lafitte y el champán, el oporto y la madeira que beben los burgueses en la India, China, Australia y América, no hay bebida en cuya composición no entre el aceite de fusel prusiano. La producción de estas bebidas florece en todas partes donde la vid crece y donde el vino se almacena en grandes masas, y ella entona ditirambos jubilosos al alcohol de patata. ¿Pero el consumo? Ah, el consumo se percata, por medio de la "turbia obnubilación de la cabeza", de en qué consisten las bendiciones del aceite de fusel prusiano, e intenta mantener lejos del cuerpo esas bendiciones. En Italia, dice el señor von Kardorff, se aplica el tratado comercial de tal modo que el alcohol prusiano paga un arancel muchísimo más alto. Bélgica, América, Inglaterra, mediante altos aranceles, hacen imposible la exportación de alcohol hacia allí. En Francia los aduaneros pegan etiquetas rojas sobre los toneles de alcohol para marcarlos como prusianos —¡realmente la primera vez que los aduaneros franceses han hecho algo de utilidad pública! En suma, se ha llegado a tal punto que el señor von Kardorff exclama desesperado: "¡Señores míos, si ustedes se representan la situación de la industria alemana del alcohol, encontrarán
que todos los países se cierran del modo más aprensivo contra nuestros alcoholes
!" ¡De lo más natural! Los efectos benéficos de estos alcoholes se han vuelto mundialmente célebres con el tiempo, y la única manera de mantener lejos del cuerpo la "turbia obnubilación de la cabeza" es la de no dejar entrar en el país, en absoluto, el mejunje de fusel.

Y ahora, por si fuera poco, se eleva además, pesada y sofocante, una nube tormentosa desde el este sobre los atribulados junkers del aguardiente. El gran hermano en Rusia, último refugio y amparo de todas las venerabilísimas instituciones frente a la moderna furia destructora, empieza ahora también a destilar y exportar aguardiente, y precisamente aguardiente de centeno, y además lo suministra tan barato como los junkers prusianos su aguardiente de patata. Año tras año aumentan la producción y la exportación de este aguardiente ruso, y si hasta ahora se rectificaba en Hamburgo para convertirlo en alcohol, nos cuenta el señor Delbrück que "en los puertos rusos... se hallan ya en construcción una serie de establecimientos equipados con los más excelentes aparatos para la rectificación de aguardiente ruso", y previene a los señores junkers de que la competencia rusa les crecerá cada año más por encima de la cabeza. El señor von Kardorff siente esto muy bien y exige que el gobierno prohíba, sin más, el tránsito de alcohol ruso a través de Alemania.

El señor von Kardorff, en su calidad de diputado librecónservador, debiera estar en condiciones de apreciar mejor la posición del gobierno del Reich alemán frente a Rusia. Después de la anexión de Alsacia-Lorena y de la inaudita indemnización de guerra de los cinco mil millones, mediante la cual se había convertido a Francia en el aliado necesario de
cada
enemigo de Alemania, y con la política de hacerse respetar, o más bien temer, en todas partes, pero de no hacerse amar en ninguna, no quedaba más que
una
opción: o bien aplastar también rápidamente a Rusia, o bien —asegurar la alianza rusa (hasta donde se puede confiar en Rusia), convirtiéndose en el servidor obediente de la diplomacia rusa. Como no pudieron decidirse por la primera alternativa, cayeron sin salvación en la segunda. Prusia, y con ella el Reich, vuelve a encontrarse en la misma dependencia de Rusia que después de 1815 y después de 1850; y exactamente igual que después de 1815, la "Santa Alianza" sirve de cobertura a esa dependencia. El resultado de todas las victorias gloriosas es que se sigue siendo, como antes, la quinta rueda del carro europeo. ¡Y luego se asombra Bismarck de que el público alemán siga ocupándose de los asuntos del exterior, donde residen los verdaderos centros de gravedad de las decisiones, en lugar de ocuparse de las hazañas del gobierno del Reich, que en Europa no tiene nada que decir, y de los discursos del Reichstag, que en Alemania no tiene nada que decir! ¡Prohibir el tránsito de alcohol ruso! ¡Quisiera yo ver al canciller del Reich que osara tal cosa sin llevar al mismo tiempo en el bolsillo la declaración de guerra a Rusia! Y cuando el señor von Kardorff plantea tan singular exigencia al gobierno del Reich, casi se inclinaría uno a creer que no sólo el
beber
aguardiente, sino ya el
destilar
aguardiente surte un efecto enturbiador sobre el entendimiento. ¿Acaso no han emprendido también destiladores de aguardiente más célebres que el señor von Kardorff, en los últimos tiempos, cosas para las que, desde su propio punto de vista, no se halla absolutamente ninguna explicación racional?

Por lo demás, nada más comprensible que el hecho de que la competencia rusa infunda un espanto siniestro a nuestros junkers del aguardiente. En el interior de Rusia existen grandes comarcas donde el grano puede obtenerse tan barato como las patatas en Prusia. Además, el material combustible suele ser en Rusia más barato que en nuestros distritos de destilería. Todas las condiciones materiales previas están dadas. ¿Qué tiene de extraño que una parte de la nobleza rusa, exactamente igual que los junkers prusianos, invierta en destilerías el dinero anticipado por el Estado a cuenta de los campesinos en la redención de las prestaciones feudales? ¿Qué tiene de extraño que estas destilerías, dado un mercado en constante crecimiento y la preferencia que, a igual precio o a un precio ligeramente superior, tendrá siempre el aguardiente de cereales sobre el de patatas, se expandan rápidamente y que ya ahora se vislumbre el momento en que su producto desplace por completo del mercado al alcohol prusiano de patatas? De nada sirven quejas ni lamentos. Las leyes de la producción capitalista, mientras ésta perdure, son tan inexorables para los junkers como para los judíos. Gracias a la competencia rusa se acerca el día en que la sagrada Ilión se derrumbe, en que la espléndida industria prusiana del aguardiente desaparezca del mercado mundial y, a lo sumo, se limite a emborrachar el mercado interior. Pero el día en que a los junkers prusianos se les arrebate el alambique y sólo les quede el yelmo heráldico o, a lo sumo, el casco del ejército... ese día será el fin de Prusia. Prescindamos por completo del resto de la marcha de la historia universal, de la posibilidad, probabilidad o inevitabilidad de nuevas guerras o revoluciones: la sola competencia rusa del aguardiente basta para arruinar a Prusia, al aniquilar la industria que sostiene la agricultura de las provincias orientales en su actual nivel de desarrollo.

Con ello aniquila también las condiciones de vida de los junkers de más allá del Elba y de sus 3.000 siervos por milla cuadrada; y con ello aniquila la base del

Estado prusiano: el material de los oficiales y también de los suboficiales y de los soldados que obedecen órdenes sin rechistar, así como el material del núcleo de la burocracia, el material que imprime a la Prusia actual su carácter específico. Con la caída de la destilación de aguardiente se derrumba el militarismo prusiano, y sin él, Prusia no es nada. Entonces, estas provincias orientales retrocederán al rango que les corresponde en Alemania en razón de su escasa población, su industria avasallada bajo la agricultura, sus condiciones semifeudales, su falta de desarrollo burgués y de cultura general. Entonces, los restantes territorios del Imperio alemán, liberados de la presión de esta dominación semimedieval, respirarán y ocuparán la posición que les corresponde por su desarrollo industrial y su cultura más avanzada. Las propias provincias orientales se buscarán otras industrias menos dependientes de la agricultura y que permitan menos una explotación feudal, y en el interregno, en lugar de suministrar su ejército al Estado prusiano, se lo suministrarán a la socialdemocracia. El resto del mundo entero jubilará de que al fin se acabe con el envenenamiento prusiano por aceite de fúsel; los junkers prusianos y el Estado prusiano, finalmente «disuelto en Alemania», tendrán que consolarse con las palabras del poeta:

Lo que ha de vivir inmortal en el canto,

debe perecer en la vida.