[Karlsbad, fines de agosto – principios de septiembre de 1876]

Queridísima mía:

Me alegró mucho ver por tus cartas, una de las cuales desgraciadamente se extravió, que tu salud ha mejorado, que Hastings le sienta bien al buen pequeño* y que ya tiene presencia propia. ¡Macte puer virtute!

Aquí vamos tirando día a día, tan despreocupadamente como exige la cura si ha de surtir efecto. Últimamente hemos dejado casi por completo nuestras excursiones por los bosques de montaña debido al tiempo tan cambiante: tan pronto chubascos de abril, tan pronto un aguacero, y luego sol otra vez. Pero el frío que sobrevino de repente después del calor prolongado ha vuelto a desaparecer del todo.

Últimamente hemos trabado muchas relaciones; aparte de unos cuantos polacos, sobre todo catedráticos alemanes y doctores de otro tipo.

Dondequiera que uno va le acosan con la pregunta: «¿Qué piensa usted de Wagner?». Es muy típico de este músico cortesano imperial prusiano-germano de última hornada que él, más su mujer (la divorciada de Bülow), más el cornudo Bülow, más el suegro común a ambos, Liszt, vivan los cuatro juntos y en armonía en Bayreuth, abrazándose, besándose y adorándose mutuamente, y en general pasándoselo en grande. Si además se reflexiona que Liszt es un monje romano y la señora Wagner (de pila Cosima) su hija «natural» tenida con la señora d’Agoult (Daniel Stern), ¿qué libreto más offenbachiano cabe imaginar que este grupo familiar con sus relaciones patriarcales? O también las andanzas de dicho grupo podrían —como los Nibelungos— constituir el tema de una tetralogía.

Espero, querida niña, encontrarte bien y contenta. Dale a Longuet mis mejores recuerdos y a mi pequeño nieto una docena de besos de su abuelito.

Adio