Friedrich Engels

[Nota preliminar al folleto "Soziales aus Rußland"]

Escrito en mayo de 1875.

Las siguientes líneas fueron escritas con motivo de una polémica en la que me vi envuelto con un tal señor Peter Nikititsch Tkatschow. En un artículo acerca de la revista rusa "Vorwärts", que se publica en Londres ("Volksstaat" 1874, núms. 117 y 118), tuve ocasión de mencionar el nombre de este señor muy de pasada, pero de una manera que me granjeó su valiosa enemistad. El señor Tkatschow publicó sin demora una "Carta abierta al señor Friedrich Engels", Zúrich 1874, en la que me atribuye toda suerte de cosas peregrinas y, frente a mi crasa ignorancia, expone su propia opinión sobre el estado de las cosas y sobre las perspectivas de una revolución social en Rusia. La forma y el contenido del engendro llevaban el sello habitual del bakunismo. Como se había publicado en lengua alemana, consideré que valía la pena contestar en el "Volksstaat" (véase "Flüchtlingsliteratur", IV y V, "Volksstaat" 1875, núm. 36 y siguientes). La primera parte de mi respuesta describía sobre todo el estilo bakunista de lucha literaria, que consiste simplemente en endilgar al adversario una buena ristra de mentiras directas. Con su publicación en el "Volksstaat", se daba suficiente satisfacción a esta parte predominantemente personal. Por tanto, la suprimo aquí y dejo, en la presente tirada aparte deseada por la casa editorial, sólo la segunda parte, que se ocupa principalmente de las condiciones sociales de Rusia, tal como se han configurado desde 1861, desde la llamada emancipación de los campesinos.

El desarrollo de las cosas en Rusia es de la máxima importancia para la clase obrera alemana. El actual Imperio Ruso constituye el último gran baluarte de toda la reacción de Europa occidental. Esto se ha demostrado de manera contundente en 1848 y 1849. Debido a que Alemania en 1848 omitió insurreccionar Polonia y hacer la guerra al zar ruso (tal como lo había exigido desde un principio la "Neue Rheinische Zeitung"), ese mismo zar |Nicolás I| pudo en 1849 aplastar la revolución húngara, que había avanzado hasta las puertas de Viena; en 1850, erigirse en juez sobre Austria, Prusia y los pequeños Estados alemanes en Varsovia y restaurar la antigua Dieta federal. Y hace apenas unos días —a principios de mayo de 1875— el zar ruso |Alejandro II|, exactamente igual que hace veinticinco años, ha recibido el homenaje de sus vasallos en Berlín, demostrando que todavía hoy sigue siendo el árbitro de Europa. Ninguna revolución en Europa occidental puede triunfar definitivamente mientras subsista a su lado el actual Estado ruso. Pero Alemania es su vecino más inmediato; sobre Alemania recaerá, por tanto, el primer embate de los ejércitos reaccionarios rusos. El derrocamiento del Estado zarista ruso, la disolución del Imperio Ruso, es, pues, una de las primeras condiciones para la victoria definitiva del proletariado alemán.

Pero este derrocamiento no necesita en absoluto ser provocado desde fuera, aunque una guerra exterior podría acelerarlo considerablemente. En el interior del Imperio Ruso mismo existen elementos que trabajan enérgicamente en su ruina.

Los primeros son los
polacos
. Una opresión centenaria los ha colocado en una situación en la que o bien tienen que ser revolucionarios, apoyando todo alzamiento realmente revolucionario de Occidente como primer paso hacia la liberación de Polonia, o perecer. Y precisamente ahora se hallan en una coyuntura en la que sólo pueden encontrar a sus aliados de Europa occidental en el campo del proletariado. Desde hace cien años, vienen siendo traicionados constantemente por todos los partidos burgueses de Occidente. En Alemania, la burguesía apenas existe como tal desde 1848, y desde entonces ha sido siempre enemiga de Polonia. En Francia, Napoleón traicionó a Polonia en 1812, y a consecuencia de esta traición perdió la campaña, la corona y el imperio; su ejemplo fue seguido en 1830 y 1846 por la monarquía burguesa, en 1848 por la república burguesa, en la guerra de Crimea y en 1863 por el segundo imperio. Uno traicionó a Polonia tan vilmente como el otro. Y aún hoy, los republicanos burgueses radicales de Francia se arrastran ante el zar para obtener, a cambio de una nueva traición a Polonia, una alianza de desquite contra Prusia; exactamente igual que los burgueses del Imperio alemán divinizan a ese mismo zar como protector de la paz europea, es decir, del patrimonio de anexiones germano-prusiano.

En ninguna parte, salvo entre los obreros revolucionarios, encuentran los polacos un apoyo sincero y sin reservas, porque ambos tienen el mismo interés en el derrocamiento del enemigo común y porque la liberación de Polonia es sinónimo de ese derrocamiento.

Pero la actividad de los polacos está limitada localmente. Se circunscribe a Polonia, Lituania y la Pequeña Rusia; el núcleo propiamente dicho del Imperio Ruso, la Gran Rusia, está prácticamente cerrado a su acción. Los cuarenta millones de grandes rusos son un pueblo demasiado numeroso y han tenido un desarrollo demasiado peculiar como para que se les pueda imponer un movimiento desde fuera. Pero esto tampoco es necesario en absoluto. Es cierto que la masa del pueblo ruso, los campesinos, ha vegetado durante siglos en una especie de estancamiento ahistórico, de generación en generación; y la única variación que interrumpía de vez en cuando este estado desolador consistía en algunas rebeliones estériles y en nuevas opresiones por parte de la nobleza y el gobierno. A esa falta de historia, el propio gobierno ruso le puso fin (en 1861) mediante la abolición, que ya no podía seguir postergándose, de la servidumbre y la redención de las prestaciones personales; una medida concebida de manera tan astuta que empuja a la ruina segura tanto a la mayoría de los campesinos como a la de los nobles. Por tanto, las condiciones mismas en que se halla colocado ahora el campesino ruso lo impelen al movimiento; un movimiento que ciertamente se encuentra en sus primerísimos inicios, pero que se ve impulsado de manera incontenible por el empeoramiento diario de la situación económica de la masa campesina. El descontento refunfuñante de los campesinos es ya ahora un hecho con el que tienen que contar tanto el gobierno como todos los partidos descontentos y de oposición.

De esto se sigue que, cuando en lo que sigue se hable de Rusia, no ha de entenderse por tal todo el Imperio Ruso, sino exclusivamente la Gran Rusia, es decir, el territorio cuyas provincias más occidentales son Pskov y Smolensk, y cuyas provincias más meridionales son Kursk y Vorónezh.