Friedrich Engels

Alarido de guerra oficioso

["Der Volksstaat" núm. 46, del 23 de abril de 1875]

Los reptiles de la prensa del Imperio Alemán han recibido de nuevo la orden de soplar en la trompeta de guerra. La impía y depravada Francia no quiere dejar en paz a ningún precio a la piadosa Alemania, que bajo el dominio de las estafas bursátiles, las fundaciones y el crack florece tan espléndidamente. Francia se arma en la escala más colosal, y la velocidad de alta presión con que se llevan a cabo estos armamentos es la mejor prueba de que tiene la intención de caer, a ser posible ya el próximo año, sobre el inocente y pacífico imperio de Bismarck, que como es sabido nunca ha enturbiado ni la más pequeña gota de agua, que no cesa de desarmarse y del cual sólo la prensa enemiga del Reich difunde la calumnia de que acaba de convertir a dos millones de ciudadanos en soldados de reserva mediante una ley de Landsturm.

Los reptiles de la prensa se hallan en un aprieto. Mientras, al servicio del Ministerio de Asuntos Exteriores, tienen que presentar al Reich como un cordero de una mansedumbre inaudita, al Ministerio de la Guerra le interesa hacer comprender al burgués alemán que por el pesado dinero de sus impuestos también se hace algo, que los armamentos acordados se llevan realmente a cabo, que se construyen las fortalezas, que se preparan los cuadros y los planes de movilización para los numerosos «licenciados», que la capacidad combativa del ejército aumenta cada día. Y como las comunicaciones hechas a este respecto son auténticas y, además, provienen de personas entendidas, estamos perfectamente en condiciones de juzgar el alarido de guerra de los sabuesos de la prensa.

La nueva ley francesa de cuadros sirve de pretexto para todo este alboroto. Comparemos, pues, las instituciones creadas por ella en Francia —por ahora, todavía sobre el papel— con las realmente existentes en Alemania, y atengámonos para ello, en aras de la brevedad, sobre todo al arma decisiva: la infantería.

En conjunto, se pone de manifiesto que la nueva ley francesa es una edición notablemente empeorada de la prusiana.

La infantería de línea francesa debe constar de 144 regimientos de línea, 4 de zuavos y 3 de turcos, a 4 batallones cada uno, 30 batallones de cazadores, 4 batallones de extranjeros y 5 de castigo, en total 643 batallones, mientras que el ejército de línea alemán figura, ciertamente, con sólo 468 batallones. Esta superioridad de la línea francesa es, sin embargo, mera apariencia.

En primer lugar, el batallón francés, al igual que el prusiano, tiene ciertamente cuatro compañías, pero cada compañía cuenta sólo con cuatro oficiales en lugar de cinco, y de esos cuatro, uno es un oficial de reserva, especie que hasta ahora no existe en absoluto en Francia. En Francia, hasta ahora había un oficial por cada 35-40 hombres, y con el anticuado y complicado reglamento de ejercicios francés eso es también necesario, mientras que en Prusia se las arreglaban perfectamente con un oficial por cada 50 hombres. Pero éste es también el máximo, y por ello se estaba de acuerdo en la comisión de la Asamblea Nacional que deliberó sobre esta ley en que se podría encuadrar en la compañía un máximo de 200 hombres. La compañía francesa es, pues, numéricamente un 25 por ciento más débil que la prusiana, y como el oficial de reserva no existe por ahora ni existirá en muchos años, también le es muy inferior en el aspecto organizativo. Pero como hoy la compañía —debido al fusil de retrocarga— se ha convertido en la unidad táctica en el combate, y el combate de columnas de compañía y la lucha de tiradores apoyada en ellas exige compañías fuertes, la Asamblea Nacional ha infligido aquí al ejército francés el mayor daño que podía infligirle.

La línea francesa cuenta, por tanto, en pie de guerra

606 batallones de línea a 800 hombres

484.800 hombres,

Zuavos, turcos, legión extranjera, batallones de castigo

46.000 hombres,

total

530.800 hombres,

de los cuales hay que deducir por lo menos 40.000 hombres para Argelia, que no estarán disponibles hasta que nuevas formaciones estén en condiciones de relevarlos. Quedan, pues, para la apertura de la guerra 490.800 hombres de infantería. Los 468 batallones de la infantería alemana cuentan cada uno con 1.050 hombres en pie de guerra, en total, según datos oficiales, 490.480 hombres, casi exactamente la misma cantidad que la línea francesa.

Hasta aquí, pues, igualdad numérica, mejor y más sólida organización por parte de Alemania. Pero ahora viene la diferencia.

Por parte de Francia, los 643 batallones débiles mencionados constituyen toda la infantería para la que existe siquiera una organización adecuada para la guerra. Ciertamente, las 318 compañías de depósito de la línea y de los cazadores deben contener en total 249.480 reservistas excedentes (incluidos 50, respectivamente 40, oficiales y suboficiales por compañía), pero de éstos, hasta ahora sólo existen los hombres, y en su mayor parte sin instrucción alguna, y los instruidos, en su mayoría, con sólo seis meses de servicio. De los oficiales y suboficiales hay, a lo sumo, una cuarta parte. Para cuando estas 318 compañías de depósito se transformen en 318 batallones móviles, la campaña entera puede estar ya decidida, y lo que de ellas entre en fuego no superará en calidad a las guardias móviles de 1870. Luego queda todavía el ejército territorial, que comprende a los hombres de 30 a 40 años y que debe organizarse en 144 regimientos de 3 batallones, es decir, 432 batallones. Todo esto existe sólo sobre el papel. Para llevar realmente a cabo una institución así se necesitan alrededor de 10.000 oficiales y 20.000 suboficiales, de los cuales, hasta ahora, casi literalmente no existe ni uno solo. ¿Y de dónde van a salir estos oficiales? Ha costado casi dos generaciones hasta que en Prusia los voluntarios de un año proporcionaran oficiales de reserva y de Landwehr aprovechables; todavía en los años cuarenta eran considerados en casi todos los regimientos como una rémora y tratados en consecuencia. Y en Francia, donde una institución semejante choca contra todas las tradiciones de la igualdad revolucionaria, donde los voluntarios de un año son despreciados por los oficiales y odiados por los soldados, no se puede hacer nada con ellos. Pero no existe otra fuente de oficiales de reserva.

En cuanto a los suboficiales y la tropa, es sabido que los vencedores de Sadowa en 1866 se jactaban de que la larga existencia del sistema de Landwehr en Prusia les daba una ventaja de veinte años sobre cualquier otro país que adoptase el mismo sistema; sólo cuando las clases de más edad se compusieran de hombres que hubieran hecho el servicio militar, se igualarían con Prusia. Esto parece haberse olvidado ahora, al igual que en Francia sólo la mitad del contingente anual hace realmente el servicio, y la otra mitad es licenciada después de seis meses de servicio (lo que es del todo insuficiente con los reglamentos pedantescos actuales), de modo que la reserva y la Landwehr francesas, en comparación con las prusianas, se componen en gran parte de reclutas. ¡Y ahora se hace como si se tuviera miedo del actual ejército territorial francés, que está compuesto de la misma carne de cañón inexperta que en 1870 y 1871, en el Loira y en Le Mans, no pudo resistir frente a destacamentos alemanes la mitad de fuertes pero disciplinados!

Y aún no es bastante. En Prusia, después de amargas experiencias, se ha aprendido por fin a movilizar. En once días, todo el ejército está listo para el combate, la infantería mucho antes. Pero para ello es necesario que todo esté organizado de la manera más sencilla y, sobre todo, que cada licenciado esté asignado ya de antemano a la unidad en la que debe incorporarse. La base para esto es que cada regimiento tiene su distrito fijo de reclutamiento, del que también se nutre en primer lugar el correspondiente regimiento de Landwehr. En cambio, la nueva ley francesa asigna los reclutas y reservistas al regimiento que se encuentre precisamente en el distrito en el momento de la movilización. Esto se hizo en aras de una tradición arraigada desde Napoleón, según la cual los distintos regimientos guarnecen alternativamente en todas las partes de Francia y deben reclutarse, en lo posible, de toda Francia. Si bien se tuvo que abandonar esto último, tanto más decididamente se insistió en lo primero, haciendo con ello imposible aquella conexión orgánica permanente entre el mando del regimiento y el mando del distrito de Landwehr que en Prusia asegura la rapidez de la movilización. Si este cambio insensato, que en las armas especiales tiene que provocar aún muchas más perturbaciones que en la infantería, prolongara la movilización de esta última tan sólo tres días, esos serían, frente a un adversario activo, los tres días más importantes de toda la campaña.

¿Qué significan, pues, todos los formidables armamentos franceses? Una infantería de línea igual en número a la alemana, pero peor organizada, que además, para ponerse en pie de guerra, tiene que movilizar a un número de hombres con sólo seis meses de servicio; una primera reserva en la que predominan hombres que han servido sólo seis meses y para la que existe a lo sumo una cuarta parte de los oficiales y suboficiales; una segunda reserva compuesta predominantemente por hombres sin servicio militar, carente por completo de toda clase de oficiales y, para ambas reservas, naturalmente, una carencia total de cuadros fijos. A esto se añade la segura perspectiva de que los oficiales faltantes nunca podrán ser proporcionados con las instituciones actuales, de modo que ambas reservas, en caso de guerra, no serán capaces de rendimientos superiores a los de los batallones formados apresuradamente en otoño e invierno de 1870.

Y ahora echemos un vistazo al manso como un cordero Imperio Alemán, que supuestamente no tiene dientes y menos aún los muestra. Una infantería de línea de 468 batallones con, en pie de guerra, 490.480 hombres ya la hemos demostrado. Pero a esto se añaden las nuevas formaciones siguientes:

Desde comienzos de 1872 se han encuadrado en cada batallón 36 reclutas más, lo que hace alrededor de 17.000 hombres anuales. Además, después de dos años de servicio, se ha licenciado a una cuarta parte completa de los hombres, pero por ello se ha encuadrado también un número igual de nuevos reclutas, lo que hace unos 28.000 hombres. Así, en total se encuadran y forman cada año 45.000 hombres más que antes; lo que hace, hasta finales de 1875, en tres años, 135.000 hombres, a lo que se suman 12.000 voluntarios de un año (a razón de 4.000 por año); en total 147.000 hombres, o justo los suficientes para formar un cuarto batallón para cada uno de los 148 regimientos. Las compañías de depósito excedentes para este fin están ya desde ese mismo tiempo «organizativamente preparadas» en todos los regimientos de línea, es decir, los oficiales de línea y de reserva y los suboficiales que deben ingresar en estos batallones ya han sido designados. Los cuartos batallones pueden, por tanto, ponerse en marcha como máximo dos o tres días después de los tres primeros y reforzar el ejército con 148 batallones de 1.050 hombres = 155.400 hombres. Pero estas cifras están lejos aún de expresar el incremento de fuerza que con ello recibe el ejército de campaña. Quien haya visto los cuartos batallones prusianos en 1866 sabe que ellos, compuestos predominantemente por hombres vigorosos, corporalmente asentados, de 24 a 27 años, constituyen la tropa de choque del ejército.

Paralelamente a la formación de los cuartos batallones, avanza la organización de los batallones de reemplazo —148 en total, y eso sin hablar siquiera de las compañías de reemplazo de cazadores—. Estos batallones se componen de los reservistas con servicio cumplido que exceden de las plantillas y de los individuos de la reserva de reemplazo que no han prestado servicio. En 1871 se dio oficialmente su fuerza en 188.690 hombres. Pero esto ha de entenderse en el sentido de que los cuadros de oficiales y suboficiales, fijados ya en tiempo de paz, están en condiciones de instruir a ese número de hombres, pues la sola reserva de reemplazo —en cuya primera clase se ingresan actualmente cada año unos 45.000 hombres— suministra, en siete reemplazos anuales, bastante más que dicha cifra. Los batallones de reemplazo son, en efecto, los depósitos de los cuales los batallones que se hallan en campaña, debilitados por los combates y más aún por las fatigas, reciben los refuerzos necesarios de hombres más o menos instruidos, y que luego, a su vez, se completan siempre de nuevo con la reserva de reemplazo.

Al mismo tiempo que las tropas de línea y las de reemplazo se moviliza la Landwehr. Los cuadros de la Landwehr, también fijados ya en tiempo de paz, comprenden 287 batallones (que han de elevarse a 301). En las dos últimas guerras, los batallones de Landwehr sólo se elevaron a 800 hombres; si adoptamos tan sólo estos reducidos efectivos reglamentarios, el Reich alemán dispone en infantería de Landwehr de 229.600 hombres de tropas organizadas, si bien

queda todavía a disposición ulterior una cantidad anualmente creciente de excedentes.

Y por si esto fuera poco, se ha vuelto a resucitar también al Landsturm. Según noticias oficiosas, a fines de 1874 el contingente de guerra de la infantería alemana ya había sido aumentado en 234 batallones de Landsturm (a 800 hombres = 187.200 hombres), sin contar las compañías de cazadores; lo cual no puede significar sino que los cuadros para esos batallones están fijados, por lo menos, de modo rudimentario. Pero con esto el Landsturm no se ha agotado ni mucho menos, pues, según la triunfante manifestación de Voigts-Rhetz en el Reichstag, abarca «¡el cinco por ciento de la población, dos millones de hombres!».

¿Cómo resulta ahora la cuenta?

Francia tiene, en infantería de línea, incluídas las tropas que sirven en Argelia, 530.800 hombres, y ésa es toda su infantería organizada. Pero si añadimos también toda la primera reserva, en la medida en que posea alguna organización ficticia —254.600 hombres (288 compañías de depósito a 800 hombres, 30 depósitos de cazadores a 540 hombres y 8.000 presidiarios excedentes)—, ello da en total sólo 785.400 hombres a pie.

El Reich alemán se presenta, once días después de la orden de movilización,

con una infantería de línea de

490.480 hombres,

dos o tres días después

con 148 batallones más

155.400 hombres,

al cabo de otros catorce días

con 287 batallones de Landwehr a 800 hombres

229.600 hombres,

y al cabo de otros catorce días más

con 234 batallones de Landsturm a 800 hombres

187.200 hombres,

total una infantería de

1.062.680 hombres,

la cual está ya en tiempo de paz completa y perfectamente organizada y provista de antemano de todo lo necesario, y que tiene detrás de sí los 148 batallones de reemplazo con la fuerza (v. supra) de 188.690 hombres para cubrir las bajas ocasionadas por la campaña. En total, una masa de infantería organizada de 1.251.370 hombres.

¿Cree alguien acaso que exageramos? De ningún modo. Aún nos quedamos cortos respecto de la verdad, pues despreciamos diversos factores pequeños que, al sumarlos, arrojan un total muy respetable. He aquí la prueba.

La «Kölnische Zeitung» del 27 de diciembre de 1874 publica una «noticia militar» procedente del Ministerio de la Guerra, de la cual extraemos

lo siguiente: a fines de 1873 el pie de guerra del ejército alemán ascendía a

1.361.400 hombres, de los cuales infantería

994.900 hombres.

A estos se sumaron en 1874 los cuartos batallones

155.400 hombres.

y 234 batallones de Landsturm

187.200 hombres.

total infantería

1.337.500 hombres,

es decir, casi 100.000 hombres más que nuestro cálculo. El mismo artículo calcula el pie de guerra total de todas las armas en 1.723.148 hombres, de ellos 39.948 oficiales; ¡y los franceses, por el contrario, disponen como máximo de 950.000 hombres de tropas organizadas de antemano, entre ellos 785.000 hombres de infantería!

En cuanto a la calidad de las tropas —suponiendo iguales aptitudes bélicas medias en ambas naciones—, la del ejército francés no ha mejorado ciertamente desde la guerra. El gobierno ha hecho todo lo posible por desmoralizar a las tropas, sobre todo con su traslado a acuartelamientos de barracas, donde el soldado en invierno no podía ni ejercitarse ni hacer otra cosa alguna, y quedaba reducido, por así decirlo, exclusivamente a beber absenta. Escasean los suboficiales, las compañías son débiles, los regimientos de caballería no disponen ni con mucho de caballos suficientes. La «Norddeutsche Allgemeine Zeitung» lo destacaba todavía el 14 de enero; ¡en aquel entonces aún predicaba la paz!

Pero la nueva legislación militar pone a disposición del ministro de la Guerra francés: de línea 704.714 hombres, de reserva 510.294, del ejército territorial 582.523 y de la reserva de éste 625.633 hombres, en total 2.423.164 hombres, que en caso de necesidad pueden elevarse a 2.600.000. Bien es verdad que el general Lewal, tras un examen minucioso de los documentos correspondientes, declara que esa suma ha de reducirse a 2.377.000 hombres. Y aun éstos bastan para volver loco al mejor ministro de la guerra. ¿Qué diantres va a hacer con esa masa de hombres, compuesta en casi dos tercios de gente sin instrucción? ¿De dónde va a sacar los oficiales y suboficiales sin los cuales no puede ejercitarlos ni, mucho menos, organizarlos?

En Alemania la cosa es muy distinta. La fuerza del pie de guerra ya se fija en los motivos de la ley militar del Reich en 1.500.000 hombres. Pero a consecuencia de esa misma ley vienen a añadirse las cinco clases de la reserva de reemplazo, cuyo deber de servicio se extendió desde los 27 hasta los 31 años cumplidos —45.000 hombres cada año—, es decir, unos 200.000 hombres. Por lo menos 200.000 hombres excedentes por encima del pie de guerra

figuraban ya anteriormente en los registros. Y a esto se suma el Landsturm con dos millones enteros de hombres; de suerte que el ministro de la Guerra alemán tiene a su disposición 3.900.000, cuando no
cuatro millones
de hombres, con lo cual el ejército, como dice el oficioso citado,

«aun en una leva de hasta 1.800.000 hombres
y más
, estará compuesto, con excepción de los reclutas incorporados al ejército de reemplazo, en su totalidad por soldados que ya han prestado servicio y se hallan perfectamente instruidos de antemano en lo militar, cosa que en Francia, hasta la reserva territorial inclusive, no podrá lograrse hasta
dentro de veinte años
».

Se ve que no es Francia, sino el Reich alemán de nación prusiana, el verdadero representante del militarismo. ¡Cuatro millones de soldados, el diez por ciento de la población! Adelante. A nosotros nos puede venir perfectamente bien que el sistema sea llevado hasta sus últimas consecuencias. No desde fuera, por otro Estado militar victorioso, sino sólo desde dentro, por sus propias consecuencias necesarias, podrá ser quebrado definitivamente este sistema. Y cuanto más se lo exagere, tanto antes tendrá que derrumbarse. ¡Cuatro millones de soldados! La socialdemocracia agradecerá a Bismarck que eleve la cifra a cinco o seis millones y que, acto seguido, incorpore también lo antes posible a las muchachas.

F. E.