Friedrich Engels

Literatura de refugiados

Escrito entre mayo de 1874 y abril de 1875.

La presente reimpresión (artículos I-V) se basa en la publicación en el "Volksstaat".

Los artículos I, II y V fueron cotejados con el texto de la reedición en el folleto "Internationales aus dem 'Volksstaat' (1871-75)", Berlín 1894. Las divergencias sustanciales respecto a la primera publicación en el "Volksstaat" se señalan en notas al pie o en observaciones.

El artículo V apareció en 1875 en Leipzig como folleto bajo el título "Soziales aus Rußland".

Contenido:

I. Una proclama polaca

II. Programa de los refugiados blanquistas de la Comuna

III.

IV.

V. Social desde Rusia

I

Una proclama polaca

["Der Volksstaat" nº 69 del 17 de junio de 1874]

Cuando el emperador de Rusia llegó a Londres, ya estaba allí toda la policía en movimiento. Se decía que los polacos querían fusilarlo, que ya habían encontrado al nuevo Berezowski, mejor armado que entonces en París. Se cercaron las casas de polacos conocidos con policías de civil, incluso se mandó venir de París al comisario de policía que allí, bajo el Imperio, había vigilado especialmente a los polacos. Las medidas policiales en la ruta del zar desde su residencia hasta la City estaban dispuestas formalmente según principios estratégicos... ¡y todo este esfuerzo en vano! No apareció ningún Berezowski, no se disparó ningún pistoletazo, y el zar, que temblaba no menos que su hija, escapó con el susto. Pero el esfuerzo no fue del todo en vano, pues el emperador hizo pagar a cada superintendente de policía que actuó para él cinco libras esterlinas y a cada inspector dos (33 y 14 táleros respectivamente
{1}
) como propina.

Entre tanto, los polacos pensaban en cosas muy distintas al asesinato del noble Alejandro. La sociedad "El pueblo polaco" emitió un "Mensaje de los refugiados polacos al pueblo inglés", firmado: General W. Wróblewski, Presidente, J. Krynski, Secretario. Este mensaje se difundió masivamente en Londres durante la presencia del zar. A excepción del "Reynolds's Newspaper", la prensa londinense le negó unánimemente su inserción: ¡no se debía insultar al "huésped de Inglaterra"!

El mensaje comienza señalando a los ingleses que el zar no les hace un honor, sino un insulto, al visitarlos en el mismo momento en que en Asia Central lo prepara todo para derrocar el dominio inglés en la India; y que si Inglaterra, en lugar de

prestar oídos a las seducciones del zar, ese supuesto padre de los pueblos a los que oprime, fuese menos indiferente a los esfuerzos de independencia de los polacos, tanto Inglaterra como el resto de Europa Occidental podrían suspender tranquilamente sus colosales armamentos. Y esto es completamente correcto. El trasfondo de todo el militarismo europeo es el militarismo ruso. En la guerra de 1859 del lado de Francia, en 1866 y 1870 del lado de Prusia como reserva, el ejército ruso ha permitido a la respectiva primera potencia militar derrotar aisladamente a su adversario. Prusia como primera potencia militar europea es directamente una criatura de Rusia, aunque desde entonces le ha crecido desagradablemente por encima de la cabeza a su santo patrón.

El mensaje prosigue:

"En virtud de su posición geográfica y de su disposición a defender en todo momento la causa de la humanidad, Polonia fue siempre y será siempre la primera paladina del derecho, de la civilización y del desarrollo social en todo el noreste de Europa. Esto lo ha demostrado Polonia de manera irrefutable a través de sus siglos de resistencia contra las invasiones de los bárbaros orientales, por un lado, y contra la Inquisición, que entonces oprimía a casi todo Occidente, por el otro. ¿Cómo es que los pueblos de Europa Occidental pudieron entregarse sin perturbaciones, justo en la época más decisiva de los tiempos modernos, al desarrollo de sus fuerzas vitales sociales? Porque, y solo porque, en las marcas orientales de Europa, el soldado polaco estaba en su puesto, siempre vigilante, siempre presto a disparar, siempre dispuesto a arriesgar su salud, su hacienda, su vida. A la protección de las armas polacas debe Europa la posibilidad de que su vida, recién despertada en el siglo XVI en el arte y la ciencia, pudiera seguir desarrollándose, y de que el comercio, la industria y la riqueza alcanzaran su asombrosa altura actual. ¿Qué habría sido, por ejemplo, del legado de civilización adquirido por Occidente mediante doscientos años de trabajo, si Polonia, aunque amenazada ella misma por la espalda por las hordas mongolas, no hubiera llevado auxilio al centro de Europa contra los turcos y, mediante la brillante victoria bajo los muros de Viena, quebrado el poder de los otomanos?"

El mensaje desarrolla a continuación cómo también hoy es esencialmente la resistencia de Polonia la que impide a Rusia volver sus fuerzas contra Occidente, y la que incluso ha logrado desarmar a los más peligrosos aliados de Rusia, sus agentes paneslavistas. El más célebre historiador ruso, Pogodin, dice en un escrito impreso por orden y a costa del gobierno ruso que Polonia, hasta ahora la espina clavada en la carne de Rusia, debe convertirse en su mano derecha, restaurándola como un pequeño y débil reino bajo un príncipe ruso; con ello se captaría mejor a los eslavos turcos y austríacos:

"Lo anunciaremos en un manifiesto, Inglaterra y Francia se morderán los labios, y para Austria será el golpe de gracia... Todos los polacos, incluso los más irreconciliables, se arrojarán a nuestros brazos; los polacos austríacos y prusianos se unirán de nuevo a sus hermanos. Todas las tribus eslavas están ahora oprimidas por Austria: checos, croatas, húngaros (!), hasta los eslavos turcos, anhelarán el momento en que puedan respirar tan libremente como entonces los polacos. Seremos una estirpe de cien millones bajo un solo cetro, y entonces, ¡pueblos de Europa, venid y probad vuestra fuerza contra nosotros!"

Lamentablemente, a este hermoso plan le faltaba solo lo principal: el consentimiento de Polonia. Pero

"a todas estas seducciones —el mundo lo sabe— respondió Polonia: Quiero y debo vivir, si es que he de vivir, no como instrumento de los planes de conquista mundial de un zar extranjero, sino como pueblo libre entre los pueblos libres de Europa."

El mensaje expone luego cómo Polonia ha confirmado esta su inquebrantable decisión. En el momento crítico de su existencia, al estallar la Revolución Francesa, Polonia ya estaba mutilada por el primer reparto y distribuida entre cuatro Estados. Sin embargo, tuvo el valor de enarbolar, mediante la Constitución del 3 de mayo de 1791, la bandera de la Revolución Francesa en el Vístula, un acto por el cual se situó muy por encima de todos sus vecinos. La vieja economía polaca quedó con ello aniquilada; unas décadas de desarrollo tranquilo, sin perturbaciones externas, y Polonia se convertía en el país más avanzado y poderoso al este del Rin. Pero a las potencias repartidoras no podía convenirles que Polonia resurgiera, y menos aún que resurgiera mediante la naturalización de la revolución en el noreste de Europa. Su suerte estaba echada: los rusos impusieron en Polonia lo que prusianos, austríacos y tropas imperiales intentaron en vano en Francia.

"Kosciuszko luchó simultáneamente por la independencia de Polonia y por el principio de la igualdad. Y es mundialmente sabido que, desde el momento del ocaso de su independencia nacional, y a pesar de este ocaso, Polonia, en virtud de su amor a la patria como de su solidaridad con todos los pueblos que luchan por la causa de la humanidad, fue la paladina más avanzada del derecho —dondequiera que fuese— violado, combatiendo en todo campo de batalla donde se combatía la tiranía. Inquebrantada por sus propias desgracias, imperturbable ante la ceguera y la mala voluntad de los gobiernos europeos, Polonia no ha descuidado ni un solo instante los deberes que le han sido impuestos por sí misma, por la historia y por la consideración del futuro."

Pero al mismo tiempo, ha desarrollado también los principios según los cuales debe organizarse ese futuro, la nueva república polaca; estos están consignados en los manifiestos de 1836, 1845 y 1863.

"El primero de estos manifiestos proclama, junto al inquebrantable derecho nacional de Polonia, la
igualdad de derechos de los campesinos
. El de 1845, proclamado en suelo polaco, en la entonces aún libre ciudad de Cracovia, y confirmado por diputados de todas las partes de Polonia, no solo expresa esta igualdad de derechos, sino también el principio de que
los campesinos deben convertirse en propietarios del suelo
que cultivan desde hace siglos. — En la parte del botín moscovita
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, los terratenientes, apoyándose en los anteriores manifiestos como bases del derecho nacional polaco, decidieron, mucho antes de la llamada proclama imperial de emancipación, resolver voluntariamente y mediante acuerdo con los campesinos esta cuestión interna que pesaba sobre su conciencia (1859-1863). La cuestión agraria polaca estaba resuelta en principio por la Constitución del 3 de mayo de 1791; si a pesar de ello el campesino polaco permaneció oprimido, fue ello únicamente culpa del despotismo y
maquiavelismo
del zar, que apoyaba su dominio en la enemistad entre terratenientes y campesinos. Y esta decisión fue tomada mucho antes de la proclama imperial del 18 de febrero de 1861; y esta proclama, aplaudida por toda Europa y que supuestamente establecía la igualdad de derechos de los campesinos, era solo la cobertura de uno de los siempre recurrentes intentos del zar de apropiarse de bienes ajenos. El campesinado polaco sigue oprimido como antes, pero...
¡el zar se ha convertido en propietario del suelo!
Y como castigo por la sangrienta protesta que Polonia alzó en 1863 contra la pérfida barbarie de sus opresores, ha tenido que soportar una serie de brutales maltratos ante los cuales incluso la tiranía de siglos pasados se estremecería."

"Y sin embargo, ni el cruel yugo del zar, aunque ahora pesa sobre ella un siglo entero, ni la indiferencia de Europa, fueron capaces de matar a Polonia. Hemos vivido y viviremos, en virtud de nuestra propia voluntad, de nuestra propia fuerza y de nuestro propio desarrollo social y político, que nos sitúa muy por encima de nuestros opresores; pues la existencia de estos tiene como primera y última base la fuerza bruta, la prisión y el patíbulo, y sus palancas esenciales de acción hacia el exterior son las maquinaciones subterráneas, los ataques traicioneros y, finalmente, la conquista violenta."

Dejemos ahora el mensaje, suficientemente caracterizado por los extractos anteriores, para añadir a él algunas observaciones sobre la importancia de la cuestión polaca para los obreros alemanes.

Por mucho que Rusia se hubiera desarrollado desde Pedro el Grande, por mucho que su influencia en Europa hubiera crecido (a lo que Federico II de Prusia, aunque sabiendo exactamente a qué atenerse, contribuyó en no poca medida), siguió siendo esencialmente una potencia tan extraeuropea como, por ejemplo, Turquía, hasta el momento en que se apoderó de Polonia. 1772

fue la primera partición de Polonia; en 1779 ya exigió
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Rusia en la Paz de Teschen el derecho consagrado de injerencia en los asuntos alemanes. Esto debería haber servido de lección a los príncipes alemanes; sin embargo, Federico Guillermo II, él, el único Hohenzollern que jamás opuso una resistencia seria a la política rusa, y Francisco II consintieron en la total aniquilación de Polonia. Después de las guerras napoleónicas, Rusia se llevó además la parte del león de las antiguas provincias polacas prusianas y austríacas y se presentó entonces sin disfraz alguno como árbitro de Europa, papel que desempeñó ininterrumpidamente hasta 1853. Prusia se sentía sumamente orgullosa de poder arrastrarse ante Rusia; Austria seguía de mala gana, pero cediendo siempre en el momento decisivo por temor a la revolución, contra la cual el zar seguía siendo, sin embargo, el último apoyo. Así se convirtió Rusia en el baluarte de la reacción europea, sin privarse del placer de preparar nuevas conquistas en Austria y Turquía mediante agitaciones paneslavistas. Durante los años de revolución, el aplastamiento de los húngaros por Rusia fue un hecho tan decisivo para Europa oriental y central como lo había sido la batalla parisina de junio para Occidente; y cuando el zar Nicolás, poco después, se erigió en Varsovia en juez del rey de Prusia y del emperador de Austria, quedó sellada con la dominación de Rusia la dominación de la reacción sobre Europa. La guerra de Crimea liberó a Occidente y a Austria de la insolencia del zar; Prusia y los pequeños Estados alemanes se arrastraron ante él tanto más sumisos; pero ya en 1859 castigó a los austríacos por su desobediencia, cuidando de que sus vasallos alemanes no tomaran partido por ellos, y en 1866 Prusia completó el castigo de Austria. Ya hemos visto más arriba que el ejército ruso constituye el pretexto y el sostén de todo el militarismo europeo. Sólo porque Nicolás desafió a Occidente en 1853 confiando en su millón de soldados —que, por cierto, en su mayor parte sólo existía sobre el papel—, recibió Luis Napoleón, a través de la guerra de Crimea, el pretexto para convertir el ejército francés, entonces bastante debilitado, en el más fuerte de Europa. Sólo gracias a que en 1870 el ejército ruso impidió a Austria tomar partido por Francia, pudo Prusia derrotar a Francia y completar la monarquía militar prusiano-alemana. En todas estas grandes acciones políticas y de Estado vemos en el trasfondo al ejército ruso. Y aunque —a no ser que el desarrollo interno de Rusia pronto entre en una corriente revolucionaria— la victoria de Alemania sobre Francia producirá con la misma seguridad una guerra entre Rusia y Alemania, como la victoria de Prusia sobre Austria en Sadowa trajo consigo la guerra franco-alemana
(1)
 —sin embargo, el ejército ruso estará siempre al servicio de los prusianos contra un movimiento en el interior—. Todavía hoy, la Rusia oficial es el baluarte y escudo de toda la reacción europea, su ejército la reserva de todos los demás ejércitos encargados de mantener sometida a la clase obrera en Europa.

Pero ahora son precisamente los obreros alemanes quienes están expuestos en primer lugar al embate de este gran ejército de reserva de la opresión, y ello tanto en el llamado Imperio Alemán como en Austria. Mientras los rusos estén detrás de la burguesía y del gobierno austríacos y alemanes, a todo el movimiento obrero alemán se le ha quebrado la punta. Nosotros, por encima de todos, tenemos pues el interés de quitarnos de encima a la reacción rusa y al ejército ruso.

Y en esta labor tenemos un solo aliado seguro, y seguro bajo todas las circunstancias: el pueblo polaco.

Polonia, mucho más aún que Francia, se ve colocada por su desarrollo histórico y su situación actual ante la disyuntiva: ser revolucionaria o perecer. Y con esto se viene abajo toda la charla insensata acerca del carácter esencialmente aristocrático del movimiento polaco. Hay sobradas personas en la emigración polaca con apetitos aristocráticos; pero tan pronto como la Polonia misma entra en el movimiento, éste se vuelve revolucionario hasta la médula, como hemos visto en 1846 y 1863. Esos movimientos no fueron sólo nacionales, sino que estuvieron orientados directamente a la liberación de los campesinos y a la transferencia de la propiedad de la tierra a éstos. En 1871, la gran masa de la emigración polaca en Francia entró al servicio de la Comuna; ¿fue ésa la acción de aristócratas? ¿No demostró eso que esos polacos se hallaban plenamente a la altura del movimiento moderno? Desde que Bismarck introdujo el Kulturkampf en Posen
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y, bajo el pretexto de jugar una mala pasada al Papa, persigue los libros escolares polacos, reprime la lengua polaca y hace todo lo posible para empujar a los polacos en brazos de Rusia, ¿qué sucede? La aristocracia polaca se adhiere cada vez más a Rusia para, bajo su dominio, volver a reunir al menos a Polonia; las masas revolucionarias responden ofreciendo su alianza al partido obrero alemán y luchando en las filas de la Internacional.

Que Polonia no puede ser aniquilada lo demostró en 1863 y lo demuestra cada día. Su pretensión a una existencia independiente en la familia de los pueblos europeos es irrecusable. Pero su restablecimiento es una necesidad, sobre todo para dos pueblos: para los alemanes y para los rusos mismos.

Un pueblo que oprime a otros no puede emanciparse a sí mismo. El poder que necesita para oprimir a otros se vuelve por último siempre contra él mismo. Mientras soldados rusos estén en Polonia, el pueblo ruso no puede liberarse ni política ni socialmente. Pero en el estado actual del desarrollo ruso es indudable que el día en que Rusia pierda a Polonia, en la misma Rusia el movimiento será lo bastante poderoso para derrocar el orden de cosas existente. La independencia de Polonia y la revolución en Rusia se condicionan recíprocamente. Y la independencia de Polonia y la revolución en Rusia —que, ante la ilimitada descomposición social, política y financiera y la corrupción que impregna toda la Rusia oficial, está mucho más cerca de lo que la superficie indica— significan para los obreros alemanes: la limitación de la burguesía, de los gobiernos, en suma, de la reacción en Alemania a sus propias fuerzas, fuerzas con las que a su tiempo ya sabremos acabar.

II

Programa de los refugiados blanquistas de la Comuna

["Der Volksstaat" Nr. 73 del 26 de junio de 1874]

Después de cada revolución o contrarrevolución fracasada se desarrolla entre los refugiados que han escapado al extranjero una actividad febril. Los diversos matices de partido se agrupan, se acusan mutuamente de haber metido la carreta en el barro, se inculpan unos a otros de traición y de toda suerte de pecados mortales. Al mismo tiempo se mantiene una viva comunicación con la patria, se organiza, conspira, imprime hojas volantes y periódicos, se jura que dentro de veinticuatro horas volverá a empezar, que la victoria es segura, y de cara a ello se reparten ya los cargos de gobierno. Naturalmente, a una decepción sigue otra decepción, y como éstas no se atribuyen a las inevitables circunstancias históricas, que no se quieren comprender, sino a errores casuales de individuos, se acumulan las recriminaciones mutuas y todo termina en una riña general. Ésa es la historia de todas las colonias de refugiados, desde los emigrados realistas de 1792 hasta el día de hoy; y quien entre los refugiados tiene entendimiento y perspicacia, se retira de la estéril pendencia en cuanto puede hacerlo con decoro y se ocupa de algo mejor.

La emigración francesa después de la Comuna tampoco ha escapado a este inevitable destino. Obligada durante algún tiempo a reprimir sus discordias internas al menos ante el mundo por la campaña de calumnias europea, que atacaba a todos por igual, y en Londres especialmente por el centro común que encontraron en el Consejo General de la Internacional, en los últimos dos años no ha sido ya capaz de ocultar el cada vez más rápido proceso de descomposición. La disputa abierta estalló por todas partes. En Suiza, una parte se adhirió a los bakuninistas, notablemente influido por Malon, quien fue él mismo uno de los fundadores de la Alianza secreta. Luego, en Londres, los llamados blanquistas se retiraron de los internacionales y formaron un grupo aparte con el título: La Comuna revolucionaria. Junto a ellos surgieron después multitud de otros grupos que, sin embargo, permanecen en perpetua transformación y refundición y no han producido nada digno de mención ni siquiera en manifiestos, mientras que los blanquistas acaban de dar a conocer a todo el mundo su programa en una proclama a los «Communeux».

Estos blanquistas no son llamados así por ser un grupo fundado por Blanqui —sólo unos pocos de los 33 firmantes de este programa habrán hablado alguna vez con Blanqui—, sino porque quieren actuar en su espíritu y según su tradición. Blanqui es esencialmente un revolucionario político, socialista sólo por el sentimiento, por simpatizar con los sufrimientos del pueblo, pero no tiene ni una teoría socialista ni propuestas prácticas determinadas de remedio social. En su actividad política era esencialmente un «hombre de acción», creyendo que una pequeña minoría bien organizada que intentara un golpe de mano revolucionario en el momento oportuno podría, mediante unos cuantos éxitos iniciales, arrastrar consigo a la masa popular y hacer así una revolución victoriosa. Bajo Luis Felipe, naturalmente, no pudo organizar ese núcleo sino como sociedad secreta, y entonces sucedió lo que suele suceder en las conspiraciones: la gente, hastiada de los eternos aplazamientos con vanas promesas de que pronto comenzaría la acción, acabó por perder toda la paciencia, se volvió rebelde, y así sólo quedó la alternativa: o dejar que la conspiración se disolviese o desencadenar el golpe sin ningún motivo externo. Se desencadenó el golpe (12 de mayo de 1839) y en un instante fue aplastado. Por lo demás, esta conspiración blanquista fue la única en la que la policía nunca pudo hacer pie; el golpe le cayó como caído del cielo. — Del hecho de que Blanqui concibe toda revolución como el golpe de mano de una pequeña minoría revolucionaria se sigue por sí misma la necesidad de la dictadura tras el éxito: dictadura, entiéndase bien, no de toda la clase revolucionaria, del proletariado, sino del pequeño número de los que han dado el golpe y que, a su vez, ya de antemano están organizados bajo la dictadura de uno o de unos pocos.

Se ve que Blanqui es un revolucionario de la generación anterior. Estas concepciones sobre el curso de los acontecimientos revolucionarios están, por lo menos para el partido obrero alemán, superadas desde hace mucho tiempo, y también en Francia sólo encontrarán eco entre los obreros menos maduros o más impacientes.

encontrar. También encontraremos que en el presente programa se les imponen ciertas restricciones. Pero incluso entre nuestros blanquistas londinenses corre como principio: que las revoluciones no se hacen en absoluto por sí mismas, sino que son hechas; que son hechas por una minoría relativamente pequeña y según un plan previamente trazado; y, finalmente, que en todo momento «se va a empezar pronto». Con semejantes principios se está uno, naturalmente, entregado sin remedio a todas las autoilusiones propias del refugiadismo, y no queda sino precipitarse de una locura en otra. Se quiere, ante todo, hacerse pasar por Blanqui, «hombre de acción». Pero con la buena voluntad poco se consigue aquí; el instinto revolucionario, la rápida determinación de Blanqui no los tiene cualquiera, y por mucho que Hamlet hable de energía, sigue siendo Hamlet. Y cuando, para colmo, nuestros treinta y tres hombres de acción no encuentran absolutamente nada que hacer en el terreno de lo que ellos llaman acción, nuestros treinta y tres Brutos incurren en una contradicción consigo mismos más cómica que trágica, una contradicción cuya tragedia no se acrecienta en modo alguno con el aire sombrío que se dan, como si fuesen otros tantos «moros con el puñal bajo la capa», algo en lo que, dicho sea de paso, ni siquiera piensan. ¿Qué pueden hacer? Preparan el próximo «estallido» confeccionando listas de proscripción para el futuro, a fin de que las filas de los que participaron en la Comuna queden depuradas (*épuré*), razón por la cual entre los demás refugiados se les llama
los Puros
(*les purs*). Si se arrogan ellos mismos este título, me es desconocido; a varios de ellos les sentaría bastante torcido. Sus sesiones son a puerta cerrada y sus acuerdos deben mantenerse en secreto, lo cual no impide en absoluto que a la mañana siguiente resuene con ello todo el barrio francés. Y como les sucede siempre a estos serios hombres de acción cuando no hay nada que hacer: se han enzarzado en una disputa, primero personal y luego literaria, con un digno adversario, uno de los individuos de más dudosa fama de la pequeña prensa parisina, un tal Vermersch, quien durante la Comuna publicó el *Père Dûchene*, una caricatura lamentable de la hoja de Hébert de 1793. Este noble sujeto responde a su indignación moral declarándolos a todos en un panfleto «bribones o cómplices de bribones» y cubriéndolos con una rara profusión de palabras soeces de letrina:

Cada palabra

es un orinal, y no vacío.

¡Y con semejante adversario encuentran necesario nuestros treinta y tres Brutos revolcarse en público!

Si algo hay seguro, es seguramente esto: que el proletariado parisino, después de la guerra agotadora, después del hambre de París y, señaladamente, después de la terrible sangría de los días de mayo de 1871, necesita un tiempo considerable de calma para reunir de nuevo fuerzas, y que todo intento prematuro de insurrección sólo puede acarrear una nueva derrota, quizá aún más espantosa. Nuestros blanquistas opinan de otro modo. La descomposición de la mayoría monárquica en Versalles les anuncia

«la caída de Versalles, la revancha de la Comuna. Pues llegamos a uno de esos grandes momentos históricos, a una de esas grandes crisis en las que el pueblo, mientras parece hundirse en su miseria y sucumbir a la muerte, reemprende con nueva fuerza su avance revolucionario.»

Así pues, pronto estalla de nuevo, y además enseguida. Esta esperanza en una «revancha de la Comuna» inmediata no es mera ilusión de refugiados; es artículo de fe necesario para gentes que se empeñan a la fuerza en hacerse pasar por «hombres de acción» en una época en la que, en el sentido que ellos le dan, el sentido del desencadenamiento revolucionario, no hay absolutamente nada que hacer. Es igual. Puesto que se va a empezar, les parece a ellos «haber llegado el momento de que todo lo que aún conserva vida en el refugiadismo se declare». Y así, los 33 nos declaran que son 1. ateos, 2. comunistas, 3. revolucionarios.

Nuestros blanquistas tienen en común con los bakunistas el querer representar la tendencia más extrema, la que va más lejos de todas. Razón por la cual, dicho sea de paso, aunque opuestos a aquéllos en los fines, coinciden a menudo con ellos en los medios. Trátase, pues, de ser más radical que todos los demás en lo tocante al ateísmo. Ser ateo, hoy por hoy, no es ya afortunadamente ningún arte. El ateísmo es cosa más o menos sobreentendida en los partidos obreros europeos, aunque en ciertos países a menudo pueda estar configurado como el de aquel bakunista español que se declaraba así: creer en Dios, eso iba contra todo socialismo, pero creer en la Virgen María era cosa muy distinta, en la que un socialista cabal tenía naturalmente que creer. De los obreros socialdemócratas alemanes puede incluso decirse que el ateísmo ha periclitado ya entre ellos; esta palabra puramente negativa ya no se les aplica, pues no se hallan ya en una oposición teórica a la fe en Dios, sino sólo práctica: ellos han *acabado* sencillamente con Dios, viven y piensan en el mundo real y son, por tanto, materialistas. Es de suponer que en Francia ocurrirá también así. Pero si no, nada más sencillo, sin embargo, que cuidar de que la espléndida literatura materialista francesa del siglo pasado se difunda masivamente entre los obreros, esa literatura en la que el espíritu francés, en cuanto a forma y contenido, ha producido hasta hoy lo más alto que ha logrado y la cual —teniendo en cuenta el estado de la ciencia de entonces— según el contenido se sitúa todavía hoy infinitamente alto, y según la forma nunca ha vuelto a ser alcanzada. Pero esto no puede convenir a nuestros blanquistas. Para demostrar que son los más radicales de todos, se suprime a Dios por decreto, como en 1793:

«Que la Comuna libere para siempre a la humanidad de este fantasma de la miseria pasada» (Dios), «de esta causa» (¡el Dios inexistente una causa!) «de su miseria presente. — En la Comuna no hay lugar para el cura; toda manifestación religiosa, toda organización religiosa debe ser prohibida.»

¡Y esta exigencia de convertir a la gente en atea *par ordre du mufti* |por orden superior| está firmada por dos miembros de la Comuna, los cuales tuvieron ciertamente ocasión sobrada para experimentar que, en primer lugar, se puede decretar enormemente mucho sobre el papel sin que por ello sea necesario llevarlo a cabo, y en segundo lugar, que las persecuciones son el mejor medio de fomentar las convicciones mal vistas! Tanto es seguro: el único servicio que hoy por hoy se le puede hacer todavía a Dios es declarar el ateísmo artículo de fe obligatorio y sobrepujar las leyes bismarckianas del Kulturkampf contra la Iglesia mediante una prohibición de la religión en general.

El segundo punto del programa es el comunismo. Aquí nos sentimos ya mucho más en casa, pues el barco en que navegamos se llama: «Manifiesto del Partido Comunista», publicado en febrero de 1848. Ya en el otoño de 1872, los cinco blanquistas que salieron de la Internacional se habían adherido a un programa socialista que en todos los puntos esenciales era el del actual comunismo alemán, y fundaron su salida únicamente en que la Internacional se negaba a jugar a la revolución al modo de esos Cinco. Ahora el Consejo de los Treinta y Tres adopta este programa con toda su concepción materialista de la historia, aun cuando la traducción del mismo al francés blanquista deje bastante que desear, en la medida en que no se ha conservado casi literalmente el «Manifiesto», como ocurre, por ejemplo, en la siguiente frase:

«Como última expresión de todas las formas de servidumbre, la burguesía ha despojado a la explotación del trabajo de los velos místicos que antes la ocultaban: gobiernos, religiones, familia, leyes, instituciones del pasado como del presente se presentaron al fin, en esta sociedad reducida al simple antagonismo de capitalistas y asalariados, como los instrumentos de opresión con cuya ayuda la burguesía mantiene en pie su dominación — y mantiene abajo al proletariado.»

Compárese con esto el «Manifiesto Comunista», Sección I:

«La burguesía, en una palabra, ha sustituido la explotación disfrazada bajo ilusiones religiosas y políticas por la explotación abierta, descarada, directa, seca. Ha despojado de su halo a todas las actividades hasta entonces venerables y consideradas con piadosa reverencia. Ha convertido al médico, al jurisconsulto, al cura, al poeta, al hombre de ciencia en sus trabajadores asalariados pagados. Ha arrancado al vínculo familiar su velo conmovedor-sentimental y lo ha transformado en una pura relación de dinero», etc.

Pero tan pronto como descendemos de la teoría a la práctica, se muestra la peculiaridad de los Treinta y Tres:

«Somos comunistas porque queremos llegar a nuestra meta sin detenernos en estaciones intermedias, en compromisos que no hacen sino aplazar la victoria y prolongar la esclavitud.»

Los comunistas alemanes son comunistas porque, a través de todas las estaciones intermedias y compromisos que no son creados por ellos, sino por el desarrollo histórico, ven claramente la meta final: la abolición de las clases, la instauración de una sociedad en la que ya no exista propiedad privada sobre la tierra ni sobre los medios de producción. Los Treinta y Tres son comunistas porque se imaginan que, con sólo tener la buena voluntad de saltarse las estaciones intermedias y los compromisos, la cosa está despachada, y que si, como es cosa cierta, «se arranca» en estos días y ellos se ponen al timón, pasado mañana estará «introducido el comunismo». Si ello no es posible de inmediato, entonces tampoco son comunistas. ¡Ingenuidad infantil, aducir la impaciencia como razón teóricamente convincente!

Finalmente, nuestros Treinta y Tres son «revolucionarios». En este ramo, como es bien sabido, los bakunistas ya han rendido lo humanamente posible por lo que respecta a las palabras hinchadas a más no poder; a pesar de ello, nuestros blanquistas tienen el deber de sobrepasarlos todavía. ¿Y cómo? Es sabido que el entero proletariado socialista, desde Lisboa y Nueva York hasta Pest y Belgrado, ha asumido en bloque la responsabilidad por los actos de la Comuna de París. Esto no basta a nuestros blanquistas:

«Por lo que a nosotros respecta, reivindicamos nuestra parte de responsabilidad por aquellas ejecuciones» (bajo la Comuna) «que alcanzaron a los enemigos del pueblo» (sigue la enumeración de los fusilados), «reivindicamos nuestra parte de responsabilidad por aquellos incendios que destruyeron los instrumentos de la opresión monárquica o burguesa o protegieron a los combatientes.»

En toda revolución ocurren inevitablemente una multitud de tonterías, exactamente como en cualquier otro tiempo, y cuando por fin se ha recobrado la suficiente calma para ser capaz de crítica, se llega necesariamente a la conclusión: hemos hecho mucho que mejor habríamos dejado de hacer, y hemos dejado de hacer mucho que mejor habríamos hecho, y por eso la cosa salió mal. Pero ¿qué falta de crítica supone entonces el canonizar a la Comuna, declararla infalible, afirmar que a cada casa incendiada, a cada rehén fusilado, se le hizo justicia exacta y hasta en el último detalle? ¿No equivale eso a afirmar que durante la semana de mayo el pueblo fusiló precisamente a las personas que era necesario fusilar, y no más, y quemó precisamente los edificios que debían ser quemados, y no más? ¿No equivale eso a decir de la primera Revolución Francesa: a cada uno de los decapitados se le hizo justicia, primero a los que Robespierre hizo decapitar, y luego al propio Robespierre? A tales puerilidades se llega cuando personas en el fondo muy bondadosas dan rienda suelta al impulso de parecer espeluznantes.

Basta. Pese a todas las tonterías de los refugiados y a todos los intentos, que degeneran en lo cómico, de infundir pavor al mozalbete Karl (¿o Eduard?
{7}
), en este programa hay un progreso esencial que no puede desconocerse. Es el primer manifiesto en que
obreros franceses se adhieren al actual comunismo alemán
. Y, además, obreros de aquella corriente que considera a los franceses como el pueblo elegido de la revolución, a París como la Jerusalén revolucionaria. Haberles llevado a este punto

es el mérito indiscutible de
Vaillant
, que lo ha firmado también y que, como es sabido, conoce a fondo la lengua alemana y la literatura socialista alemana. Los obreros socialistas alemanes, que en 1870 demostraron estar completamente libres de todo chauvinismo nacional, podrán ver, en todo caso, como una buena señal el que obreros franceses adopten principios teóricos correctos, aunque procedan de Alemania.

III

["Der Volksstaat" nº 117 del 6 de octubre de 1874]

En Londres aparece una revista en lengua rusa, en volúmenes irregulares, con el título: «Vperëd!» (Vorwärts). La redacta un sabio ruso personalmente muy respetable, |P. L. Lawrow|, a quien la rigurosa etiqueta imperante en la literatura rusa de la emigración nos prohíbe nombrar. En efecto, incluso aquellos rusos que se las dan de formales antropófagos revolucionarios, que declaran traición a la revolución el respetar algo, respetan en su polémica la apariencia de anonimato con una escrupulosidad que solo encuentra parangón en la prensa burguesa inglesa, y la respetan incluso allí donde, como aquí, resulta cómica, porque toda la emigración rusa y el gobierno ruso saben perfectamente cómo se llama el hombre. No se nos ocurrirá divulgar, sin motivo alguno, un secreto tan bien guardado; pero como la criatura ha de tener un nombre, el redactor de «Vorwärts» nos perdonará esperamos que en este artículo, por abreviar, lo designemos con el popular nombre ruso de Pedro.

Nuestro amigo Pedro es, según su filosofía, un ecléctico que escoge lo mejor de todos los diversos sistemas y teorías: ¡examinadlo todo y retened lo mejor! Sabe que todo tiene su lado bueno y su lado malo, y que de lo que se trata es de apropiarse el lado bueno de cada cosa, sin cargar también con el malo. Ahora bien, como toda cosa, toda persona, toda teoría tiene esos dos lados, uno bueno y uno malo, toda cosa, toda persona, toda teoría es, a este respecto, una poco más o menos tan buena y tan mala como la otra, y sería, por tanto,

una necedad, desde este punto de vista, acalorarse en pro o en contra de una o de otra. Desde esta óptica, las luchas y disputas de los revolucionarios y socialistas entre sí han de aparecer como puras simplezas, que no sirven más que para regocijo de sus adversarios. Y nada más comprensible que un hombre que tiene esta opinión intente poner de acuerdo a todos estos contendientes entre sí y les exhorte seriamente a no ofrecer por más tiempo este escandaloso espectáculo a la reacción y a atacar exclusivamente al enemigo común. Tanto más natural cuanto que se acaba de salir de Rusia, donde, como es sabido, el movimiento obrero está tan gigantescamente desarrollado.

«Vorwärts» está, pues, repleto de exhortaciones a la concordia de todos los socialistas o, cuando menos, a evitar toda disensión
pública
. Cuando las tentativas de los bakuninistas de someter la Internacional a su dominio por medio de falsos subterfugios, de engaños y mentiras, provocaron la conocida escisión en la Asociación, fue nuevamente «Vorwärts» el que amonestó llamando a la unidad. Naturalmente, esta unidad solo podía mantenerse accediendo en el acto a la voluntad de los bakuninistas y entregando a su conspiración secreta la Internacional atada de pies y manos. No se fue tan falto de escrúpulos como para hacerlo; se recogió el guante; el Congreso de La Haya decidió, expulsó a los bakuninistas y acordó la publicación de los documentos justificativos de dicha exclusión.

Grande fue el lamento en la redacción de «Vorwärts» por no haber sacrificado todo el movimiento obrero a la querida «unidad». Pero todavía mayor fue el espanto cuando los comprometedores documentos bakuninistas aparecieron realmente en el informe de la comisión (véase:
«Ein Komplott gegen die Internationale»
, edición alemana, Braunschweig, Bracke). Oigamos al propio «Vorwärts»:

«Este impreso ... tiene el carácter de una polémica acerba contra personas que figuran en las primeras filas de los federalistas ... su contenido se ha atiborrado de hechos privados que solo han podido recogerse por oídas y cuya credibilidad, en consecuencia, no podía ser indiscutible para los autores.»

Y para demostrar a quienes ejecutaron la resolución del Congreso de La Haya el colosal crimen que habían cometido, «Vorwärts» señala un folletín de la «Neue Freie Presse» de un tal Karl Thaler, que,

«surgido del campo burgués, merece especial atención porque demuestra del modo más claro la significación que pueden tener para los enemigos comunes de la clase obrera, para la burguesía y los gobiernos, los libelos de mutuas acusaciones de los luchadores por la hegemonía en las filas de los trabajadores».

Hagamos notar, ante todo, que aquí se presenta a los bakuninistas simplemente como
«federalistas»
, en oposición a los supuestos
centralistas
, como si el autor creyese en esta oposición inexistente, inventada por los bakuninistas. Pero que esto no es así en realidad, se verá. Hagamos notar, en segundo lugar, que de un folletín escrito por encargo de un periódico burgués tan venal como la vienesa «Neue Freie Presse» deduce la conclusión de que los revolucionarios
efectivos
no deben sacar a la luz a los revolucionarios meramente
pretendidos
, porque esas acusaciones recíprocas divierten a los burgueses y a los gobiernos. Creo que la «Neue Fr. Presse» y toda esa gentuza de la prensa podría escribir diez mil folletines sin que ello ejerciera la más mínima influencia en la actitud del partido obrero alemán. Toda lucha encierra momentos en que no se puede impedir cierta satisfacción al adversario, a menos de causarse a sí mismo un perjuicio positivo. Por suerte, entre nosotros se ha llegado tan lejos, que se concede al adversario ese placer privado, cuando con ello se compran éxitos reales.

Pero la acusación principal es que el informe está lleno de hechos privados cuya credibilidad no podía ser indiscutible para los autores, porque solo pudieron recogerse por oídas. De dónde sabe nuestro amigo Pedro que una sociedad como la Internacional, que posee sus órganos regulares en todo el mundo civilizado, solo puede recoger semejantes hechos por oídas, no se dice. Su afirmación es, en cualquier caso, sumamente ligera. Los hechos en cuestión están atestiguados por piezas auténticas, y los interesados se han guardado muy bien de impugnarlos.

Pero nuestro amigo Pedro opina que los hechos privados, al igual que las cartas privadas, son sagrados y no pueden publicarse en los debates políticos. Si se quiere admitir esto sin reservas, se prohíbe con ello toda escritura de la historia. La relación de Luis XV con Du Barry o Pompadour era un asunto privado, pero sin ella es incomprensible toda la prehistoria de la Revolución Francesa. O, para acercarnos más al presente: si una inocente Isabel es casada con un hombre que, según afirman personas entendidas (el asesor Ulrichs, por ejemplo), no puede soportar a las mujeres y por eso se enamora exclusivamente de varones; si ella, descuidada, toma a los hombres

allí donde los encuentra, eso es puro asunto privado. Pero cuando dicha inocente Isabel es reina de España, y uno de los jóvenes que mantiene a su lado es un joven oficial llamado Serrano; cuando este Serrano, en premio a sus hazañas realizadas a cuatro ojos, asciende a mariscal de campo y a presidente del consejo de ministros, después es desplazado y derribado por otro y, a continuación, arroja del país a su infiel amada con ayuda de otros compañeros de suerte, y tras toda clase de aventuras acaba por convertirse él mismo en dictador de España y en un hombre tan grande que Bismarck hace todo lo posible para que las grandes potencias lo reconozcan, entonces la historia privada entre Isabel y Serrano se convierte en un fragmento de la historia española, y quien quisiera escribir sobre la historia moderna de España y silenciar a sabiendas este pedacito a sus lectores, falsearía precisamente la historia. Y cuando se describe la historia de una banda como la Alianza, en la que, junto a los engañados, se encuentra tal cantidad de tramposos, aventureros, granujas, espías de policía, estafadores y cobardes, ¿se debe falsear esa historia ocultando a sabiendas las diversas raterías de estos señores como «hechos privados»? Nuestro amigo Pedro puede horrorizarse por ello, pero puede estar seguro de que con estos «hechos privados» no hemos terminado ni mucho menos. El material se acumula cada vez más.

Pero cuando «Vorwärts» describe el informe como un mamarracho compuesto esencialmente de hechos privados, comete un acto difícil de calificar. El hombre que pudo escribir semejante cosa, o no había leído en absoluto el escrito en cuestión, o era demasiado limitado o demasiado prevenido para entenderlo, o bien escribió algo de lo que debía saber que no era correcto. Nadie puede leer «Ein Komplott gegen die Internationale» sin convencerse de que los hechos privados allí entreverados son lo más accesorio, ilustraciones para caracterizar más de cerca a los personajes que luego aparecen, y de que todos ellos pueden suprimirse sin que el propósito principal del escrito padezca por ello. La organización de una sociedad secreta, con el único fin de someter al movimiento obrero europeo a la dictadura oculta de unos cuantos aventureros, las infamias cometidas con ese fin, sobre todo por Netschajew en Rusia: a eso se reduce el libro, y afirmar que se reduce tan solo a asuntos privados es, por decirlo suavemente, inexcusable.

Desde luego, puede que a más de un ruso le haya resultado fatal ver tan de repente el lado sucio —y ciertamente es muy sucio— del movimiento ruso desvelado sin contemplaciones ante la Europa occidental. Pero...

¿quién tiene la culpa? ¿Quién sino esos mismos rusos que representan ese lado sucio, que, no contentos con estafar a sus propios compatriotas, osaron intentar poner todo el movimiento obrero europeo al servicio de sus fines personales? Si Bakunin y sus secuaces hubieran limitado sus hazañas a Rusia, difícilmente habría considerado nadie en Europa Occidental que valiera la pena tomarlos especialmente como blanco. Los propios rusos se habrían encargado de ello. Pero no bien esos señores, que no entienden ni los rudimentos de las condiciones y del curso evolutivo del movimiento obrero de Europa Occidental, pretenden hacer de dictadores entre nosotros, se acaba la broma: sencillamente se les aprieta las clavijas.

Por lo demás, el movimiento ruso puede soportar perfectamente revelaciones de ese género. Un país que ha producido dos escritores de la talla de Dobroliubov y Chernyshevski, dos Lessing socialistas, no se hunde porque de pronto engendre una farsa como Bakunin y a unos cuantos estudiantillos inmaduros que se inflan como sapos con grandes palabras y acaban devorándose entre sí. Y también entre los rusos más jóvenes conocemos a personas de sobresaliente talento tanto teórico como práctico y de gran energía, personas que, en virtud de su conocimiento de lenguas, llevan ventaja a los franceses e ingleses en el trato íntimo con el movimiento de los distintos países, y a los alemanes en la desenvoltura cosmopolita. Aquellos rusos que comprenden el movimiento obrero y participan en él no pueden sino considerar como un servicio que se les ha prestado el que se les haya liberado de la corresponsabilidad por las bribonadas bakuninistas. Todo lo cual no impide, sin embargo, que el *Vorwärts* cierre su informe con estas palabras:

«No sabemos qué piensan los autores de este folleto de los resultados así obtenidos. La mayoría de nuestros lectores probablemente compartiría el sentimiento opresivo con que nosotros lo hemos leído y con el que, en cumplimiento de nuestro deber de cronistas, registramos estos tristes fenómenos en nuestras páginas.»

Con este sentimiento opresivo del amigo Peter concluye la primera sección de nuestro relato. La segunda comienza con la siguiente frase del mismo volumen del *Vorwärts*:

«Regocijamos a nuestros lectores con otra noticia de índole parecida. Con nosotros, en nuestras filas, se encuentra también el conocido escritor Piotr Nikítich Tkachov; tras cuatro años de prisión ha logrado escapar del lugar donde estaba confinado y condenado a la inactividad, para reforzar nuestras filas.»

Quién es el conocido escritor Tkachov lo aprendemos de un folleto ruso: *Las tareas de la propaganda revolucionaria en Rusia*, que él mismo publicó en abril de 1874 y que lo caracteriza como un verde estudiante de bachillerato de rara inmadurez, por así decirlo, el Carlitos Mißnick de la juventud revolucionaria rusa. Nos cuenta que desde muchos lados se le había exhortado a participar en el *Vorwärts*; que él había sabido que el redactor era un reaccionario; pese a ello, había considerado su deber tomar al *Vorwärts* bajo su protección, cosa que, nótese bien, éste no le había pedido en absoluto. Apenas llegado, descubre con asombro que el redactor, el amigo Peter, se arroga la decisión definitiva sobre la admisión o el rechazo de los artículos. Un procedimiento tan antidemocrático lo indigna, naturalmente; redacta un extenso escrito en el que para sí y para todos los demás colaboradores (quienes, nótese bien, tampoco lo habían pedido) «reclama en nombre de la justicia, sobre la base de consideraciones puramente teóricas… igualdad de derechos y obligaciones» (con el redactor jefe) «en lo tocante a todo cuanto concierne al aspecto literario y económico de la empresa».

[*Der Volksstaat* n.º 118 del 8 de octubre de 1874]

Aquí se muestra en seguida la inmadurez que, sin predominar, es sin embargo más o menos tolerada en el movimiento de emigrados rusos. Un erudito ruso, que goza de considerable reputación en su país, se convierte en proscrito y se procura los medios para fundar en el extranjero una revista política. Apenas ha llegado a ese punto, se presenta sin ser requerido un joven cualquiera, más o menos entusiasta, y ofrece su colaboración bajo la condición más que infantil de tener, en todas las cuestiones literarias y financieras, voto igualmente decisivo que el fundador de la revista. En Alemania se habrían limitado a reírse de él. Pero los rusos no son tan groseros. El amigo Peter se esfuerza al máximo por convencerlo, igualmente «en nombre de la justicia y sobre la base de consideraciones puramente teóricas», de su error; naturalmente, en vano. El ofendido Tkachov se retira como Aquiles a su tienda y desde ella dispara su folleto contra el amigo Peter, a quien califica de «filósofo filisteo».

Con un abrumador cúmulo de frases bakuninistas eternamente repetidas sobre la esencia de la verdadera revolución, acusa al amigo Peter del crimen de querer *preparar* al pueblo para la revolución, de querer llevarlo a «la comprensión clara y a la conciencia de sus necesidades». Pero quien quiere eso no es un revolucionario, sino un hombre del progreso pacífico, es decir, un reaccionario, un amigo de las «revoluciones incruentas al gusto alemán». El verdadero revolucionario «sabe que el pueblo está siempre dispuesto a la revolución»; quien no lo cree, no cree en el pueblo, y la fe en el pueblo «constituye nuestra fuerza». Para quien esto no sea evidente, el autor cita una máxima de Necháyev, ese «representante típico de nuestra juventud moderna». El amigo Peter dice que debemos esperar a que el pueblo esté dispuesto para la revolución —«pero nosotros no podemos ni queremos esperar»—, el verdadero revolucionario se distingue del filósofo filisteo en que «se arroga el derecho de llamar al pueblo a la revolución en todo momento». Y así sucesivamente.

Entre nosotros, en el Occidente europeo, todas estas puerilidades se liquidarían simplemente con esta respuesta: si vuestro pueblo está siempre dispuesto a la revolución, si os arrogáis el derecho de llamarlo a la revolución en todo momento y si sencillamente no podéis esperar, ¿por qué nos aburrís entonces con vuestra cháchara y, por todos los diablos, por qué no os lanzáis de una vez?

Pero la cosa no es tan simple entre nuestros rusos. El amigo Peter considera que las consideraciones infantiles, aburridas, contradictorias y que giran eternamente en círculo del señor Tkachov podrían ejercer sobre la juventud rusa la fuerza de atracción seductora de un Venusberg, y, como el fiel Eckart de esa juventud, publica contra ellas una admonición preventiva de sesenta páginas apretadamente impresas. Aquí expone sus propias opiniones sobre la esencia de la revolución, examina con toda seriedad si el pueblo está o no dispuesto para la revolución, si y bajo qué condiciones los revolucionarios tienen derecho a llamarlo a la revolución o no, y otras sutilezas por el estilo, que en esa generalidad tienen aproximadamente el mismo valor que las disquisiciones de los escolásticos sobre la Virgen María. «La revolución» se convierte así en una especie de Virgen María, la teoría en una fe, la actividad en el movimiento en un culto, y toda la discusión no transcurre en el suelo llano, sino en un cielo de nubes de lugares comunes y frases generales.

Pero con ello el amigo Peter incurre en una trágica contradicción consigo mismo. Él, el predicador de la unidad, el adversario de toda polémica, de todos los «panfletos que se acusan mutuamente» dentro del partido revolucionario, no puede, naturalmente, cumplir con su deber de Eckart sin entrar también en polémica, no puede responder a las acusaciones de su adversario sin acusarlo igualmente a él. Con qué «sentimiento opresivo» se realiza este «triste fenómeno» nos lo dirá el propio amigo Peter.

Su escrito comienza como sigue:

«De dos males hay que elegir el menor.

Sé muy bien que toda esa literatura de emigrados, de folletos que se acusan mutuamente, de polémica sobre quién es verdadero amigo del pueblo y quién no, quién es sincero y quién no, y quién es, sobre todo, un auténtico representante de la juventud rusa, del verdadero partido revolucionario; sé que toda esa literatura sobre la basura personal de la emigración rusa es tan repugnante para los lectores como insignificante para la lucha revolucionaria y que sólo puede ser grata a nuestros enemigos; lo sé, y sin embargo encuentro que me es *necesario* escribir estas líneas, necesario aumentar con mis propias manos en un ejemplar la cantidad de esos escritos lamentables, para aburrimiento de los lectores, para regocijo de los enemigos; necesario, porque de dos males hay que elegir el menor.»

¡Excelente! Pero ¿cómo es que el amigo Peter, que en el *Vorwärts* despliega tanta tolerancia verdaderamente cristiana y la exige de nosotros para los embaucadores que hemos desenmascarado —embaucadores que, como se verá, conoce tan bien como nosotros—, no ha reservado siquiera esa pizca de tolerancia para los autores del informe, a fin de preguntarse si también ellos no tuvieron que elegir, de entre dos males, el menor? ¿Que el fuego tiene que quemarle las uñas a él mismo antes de que llegue a comprender que puede haber males aún mayores que un poco de polémica aguda contra gentes que, bajo el manto de una actividad supuestamente revolucionaria, se esforzaban por falsear y aniquilar todo el movimiento obrero europeo?

Seamos, no obstante, indulgentes con el amigo Peter; el destino lo ha maltratado con bastante dureza. Apenas ha tenido que hacer, con plena conciencia de culpa, lo mismo que nos reprocha, la Némesis lo empuja más lejos y lo obliga a suministrar al señor Karl Thaler nuevo material para posibles folletines en la *Neue Freie Presse*.

«O bien —pregunta al siempre dispuesto a lanzarse Tkachov—, ¿vuestra agitación ya ha cumplido su trabajo? ¿Está tal vez lista vuestra organización? ¿Lista? ¿Realmente lista? ¿Y no tenemos ahí ese famoso comité secreto de revolucionarios ‘típicos’, ese comité que consta de dos hombres y envía decretos? Se ha mentido tanto a nuestra juventud, se la ha estafado tantas veces, se ha abusado tan vilmente de su confianza, que no va a creer de golpe que la organización revolucionaria esté acabada.»

No hace falta añadir, naturalmente, para el lector ruso, que los «dos hombres» se llaman Bakunin y Necháyev.

Además:

«Pero hay gente que pretende ser amiga del pueblo, partidaria de la revolución social, y que al mismo tiempo introduce en su actividad esas mentiras—»

…mendacidad y falta de sinceridad, que he calificado más arriba como un eructo de la vieja sociedad... Esa gente utilizaba la exasperación de los partidarios del nuevo orden social contra la injusticia de la vieja sociedad y establecía el principio: en la lucha, todo medio es utilizable. Entre esos medios utilizables contaban el engaño contra sus propios colaboradores, el engaño contra el pueblo, al que, sin embargo, pretendían servir. Estaban dispuestos a mentir a todos y a cada uno sólo para organizar un partido suficientemente fuerte, ¡como si un partido social-revolucionario fuerte pudiera forjarse sin la solidaridad sincera de sus miembros! Estaban prestos a atizar en el pueblo las viejas pasiones del bandolerismo y del goce sin trabajo... Estaban prestos a explotar a sus amigos y compañeros para convertirlos en instrumentos de sus planes; estaban prestos a defender de palabra la independencia y autonomía más completas de las personas y las secciones, mientras al mismo tiempo organizaban la más decidida dictadura secreta y adiestraban a sus partidarios en la obediencia más ovina e irreflexiva, ¡como si la revolución social pudiera ser hecha por una asociación de explotadores y explotados, por un grupo de personas cuyos actos, a cada paso, abofetean todo lo que predican sus palabras!

Es increíble, pero es verdad: estas líneas, que se parecen a un extracto del “Komplott gegen die Internationale” como un huevo a otro, fueron escritas por el mismo hombre que pocos meses antes había presentado aquel escrito —por sus ataques contra las mismas personas, ataques que coinciden exactamente con las líneas anteriores— como un crimen contra la causa común. Pues bien, podemos darnos por satisfechos.

Y si ahora volvemos la vista hacia el señor Tkachov, con sus grandes pretensiones y sus realizaciones absolutamente nulas, y hacia el pequeño percance que nuestro amigo Pedro ha sufrido en esta ocasión, nos tocaría a nosotros decir:

«No sabemos qué opinan los autores de los resultados obtenidos. La mayoría de nuestros lectores compartirán probablemente el sentimiento “regocijante” con que los hemos leído y con que, en cumplimiento de nuestro deber de cronistas, registramos en nuestras páginas estos fenómenos “singulares”.»

Pero, bromas aparte. Muchos fenómenos extraños en el movimiento ruso hasta ahora se explican porque, durante largo tiempo, todo escrito ruso fue un libro sellado con siete sellos para Occidente, y por eso a Bakunin y consortes les resultó fácil ocultar a Occidente su actividad, conocida desde hacía tiempo entre los rusos. Con celo difundían la afirmación de que incluso los aspectos sucios del movimiento ruso debían ser ocultados a Occidente —en interés del propio movimiento—; quien comunicara al resto de Europa cosas rusas, en la medida en que fueran de naturaleza desagradable, era un traidor. Eso ha cesado ahora. El conocimiento de la lengua rusa —lengua que, tanto por sí misma, como una de las lenguas vivas más vigorosas y ricas, como por la literatura que ella abre, recompensa con creces su estudio— ya no es, al menos entre los socialdemócratas alemanes, una rareza tan grande. Los rusos tendrán que resignarse al inevitable destino internacional de que su movimiento transcurra, de ahora en adelante, bajo los ojos y el control del resto de Europa. Nadie ha tenido que pagar tan caro el anterior aislamiento como ellos mismos. Sin ese aislamiento, nunca habrían podido ser engañados tan ignominiosamente durante años, como lo fueron por Bakunin y consortes. Quienes obtendrán el mayor provecho de la crítica de Occidente, de la interacción internacional de los distintos movimientos de Europa occidental sobre el ruso y viceversa, de la fusión finalmente operada del movimiento ruso con el movimiento paneuropeo, son precisamente los rusos.

IV

[«Der Volksstaat» núm. 36, del 28 de marzo de 1875]

A los lectores del «Volksstaat» les ha ocurrido una desgracia. Algunos de entre ellos recordarán quizá que en mi último artículo sobre la «Flüchtlingsliteratur» (núms. 117 y 118) me ocupé de algunos pasajes de la revista rusa «Vorwärts» y de un folleto de su redactor. De paso mencioné, al margen, a un tal señor Peter Tkachov, que había lanzado un opúsculo contra dicho redactor, y del que me ocupé sólo lo estrictamente necesario. Lo califiqué, por la forma y el contenido de su obra inmortal, de «estudiante de bachillerato verde, de una inmadurez poco común, por así decirlo, el Carlitos Misnick de la juventud revolucionaria rusa», y lamenté que el redactor del «Vorwärts» considerase necesario batirse con semejante adversario. ¡Cuán pronto iba a saber yo que el muchacho Karl empezaba a volverse temible también para mí y me arrastraba a la polémica con él! Publica un escrito:
«Carta abierta al señor
Friedrich
Engels», de Peter Tkachov,
Zúrich, Tipografía de la «Tagwacht», 1874.
El que en ella se me cuelguen toda clase de pequeñeces, de las que el señor Tkachov debe saber que jamás las he afirmado, me sería indiferente; pero el que ofrezca a los obreros alemanes una exposición completamente falsa de la situación de Rusia, con el fin de justificar la actividad de los bakuninistas en relación con Rusia, hace necesaria una réplica.

El señor Tkachov se presenta en su «Carta abierta» de principio a fin como representante de la juventud revolucionaria rusa. Yo, afirma, habría «dado consejos a los revolucionarios rusos..., los habría exhortado a aliarse conmigo (!)»; al mismo tiempo, los habría descrito, a ellos, «los representantes del partido revolucionario ruso en el extranjero», sus aspiraciones y su literatura «con los colores más desfavorables ante el mundo obrero alemán»; dice: «Usted expresa su más profundo desprecio hacia nosotros los rusos porque somos tan “estúpidos” e “inmaduros”», etc. «... “estudiantes de bachillerato verdes” (como usted se digna llamarnos)» —y, por último, llega el inevitable triunfo—: «Al burlarse de nosotros, usted ha prestado un buen servicio a nuestro enemigo común, el Estado ruso.» Contra él, el señor Tkachov mismo, dice, me habría «ejercitado en toda clase de insultos».

Ahora bien, nadie sabe mejor que Piotr Nikitich Tkachov que en todo eso no hay una palabra de verdad. En primer lugar, en el artículo en cuestión no he hecho responsable a nadie más que al señor Tkachov por las manifestaciones del señor Tkachov. Jamás se me ha ocurrido considerarlo como representante de los revolucionarios rusos. Si él mismo se nombra tal y carga sobre sus espaldas lo del verde estudiante de bachillerato y otras finezas, debo protestar decididamente contra ello. Entre la juventud revolucionaria rusa hay, naturalmente, como en todas partes, personas de muy diverso calibre moral e intelectual. Pero con seguridad se halla, por término medio, incluso tomando plenamente en cuenta la diferencia de épocas y el ambiente esencialmente distinto, todavía a una altura muy superior a aquella en que estuvo nunca nuestra juventud estudiantil alemana, incluso en su mejor época, a comienzos de los años treinta. Nadie, salvo él mismo, da al señor Tkachov el derecho de hablar en nombre de la totalidad de esos jóvenes. Es más, aunque esta vez se revele como un auténtico bakuninista, pongo en duda, por ahora, que tenga el derecho de presentarse como representante de esos pocos bakuninistas rusos a los que caractericé como «algunos estudiantes inmaduros que se inflan como ranas con grandes palabras y acaban devorándose entre sí». Pero incluso si fuera el caso, eso no sería más que una nueva edición de la vieja historia de los tres sastres de Tooley Street, en Londres, que lanzaron una proclama: «Nosotros, el pueblo de Inglaterra, declaramos», etc.
(2)

Ante todo hay que dejar sentado, pues, que los «revolucionarios rusos» quedan, tanto ahora como antes, fuera de cuestión, y que en lugar del «*nosotros*» de Tkachov hemos de poner en todas partes «*yo*».

¡Yo le habría dado «consejos»! De eso no me consta ni una palabra. Algún que otro golpe, Piotr Nikitich, podrá haberse desprendido en la ocasión, pero ¿consejos? Ruégole la amable prueba.

Dice que lo habría exhortado a él, o a sus semejantes, a entrar en alianza conmigo, concretamente al final de mi último artículo. Pago al señor Tkachov diez marcos en moneda del Reich bismarckiano si prueba eso.

Dice que yo habría afirmado que él es «estúpido», y pone la palabra entre comillas. Aunque no quiero negar que ha puesto la luz de su talento —en la medida en que se pueda hablar de él— bajo un celemín bastante grande en ambos escritos, cualquiera puede convencerse de que en mi artículo la palabra «estúpido» *no aparece ni una sola vez*. Pero cuando no hay otro remedio, los señores bakuninistas se las arreglan con citas falsas.

Además, me acusa de haberme «burlado» de él y de haberlo presentado «bajo una luz ridícula». Que yo tome en serio su folleto, eso es cosa a la que, desde luego, el señor Tkachov nunca podrá obligarme. Los alemanes tenemos fama de aburridos y, ciertamente, la hemos merecido a menudo con creces. Pero eso no nos impone la obligación de ser, en toda circunstancia, tan aburridos y solemnes como los bakuninistas. El movimiento obrero alemán, con su lucha de guerrillas contra la policía, los fiscales y los carceleros, ha adoptado un carácter peculiarmente humorístico; ¿por qué habría yo de renegar de él? El señor Tkachov tiene plena autorización para burlarse de mí con toda saña y para hacerme aparecer bajo una luz ridícula como él sea capaz, sin atribuirme falsedades.

[«Der Volksstaat» núm. 37, del 2 de abril de 1875]

Y ahora la acusación incomparable: ¡Al mostrar al señor Tkachov bajo la luz que le corresponde a él y a sus obras, yo habría «prestado un buen servicio a nuestro enemigo común, el Estado ruso»! De igual modo se dice en otro lugar: al describirlo como lo he descrito, violo «los principios fundamentales del programa de la Asociación Internacional de los Trabajadores». Aquí tenemos al auténtico bakuninista. Estos señores, como verdaderos revolucionarios, se permiten todo frente a nosotros, especialmente en las sombras; pero si uno no los trata con la mayor reverencia, si saca a la luz sus manejos,

los critica a ellos y a su retintín de frases, entonces está uno sirviendo al emperador de Rusia y violando los principios fundamentales de la Internacional. La cosa es exactamente al revés. Quien ha prestado un servicio al gobierno ruso no es otro que el señor Tkachov. Si la policía rusa tuviera un poco de ingenio, difundiría en masa por Rusia el folleto de este señor. Por un lado, difícilmente podría encontrar un medio mejor para desacreditar, ante todas las personas sensatas, a los revolucionarios rusos, de los que el autor se erige en representante. Por otro lado, siempre podría ocurrir que algunos jóvenes, buenos pero inexpertos, se dejaran seducir por él y cayeran en imprudencias, entregándose así ellos mismos en la trampa.

Pero, dice el señor Tkachov, yo me he "ejercitado frente a él en toda clase de improperios". Ahora bien, un cierto improperio, la llamada invectiva, es una de las formas retóricas más eficaces, empleada por todos los grandes oradores cuando es necesario, y en la que el más vigoroso escritor político inglés, William Cobbett, poseyó una maestría que aún hoy se admira y sirve de modelo inalcanzado. También el señor Tkachov "insulta" cumplidamente en su folleto.

Así que, si yo hubiera insultado, eso no habría sido de por sí, ni con mucho, una injusticia de mi parte. Pero como no me puse retórico frente al señor Tkachov, como no le tomé en serio en absoluto, tampoco puedo haberle insultado. Veamos lo que he dicho de él.

Le he llamado "un verde bachiller de rara inmadurez". La inmadurez puede referirse al carácter, al entendimiento y a los conocimientos. En lo que atañe a la inmadurez del carácter, yo había reproducido, siguiendo el propio relato del señor Tkachov, lo siguiente: "Un sabio ruso que goza de considerable fama en su país se convierte en fugitivo y se procura los medios para fundar en el extranjero una revista política. Apenas ha llegado a ese punto, se presenta, sin ser llamado, un joven cualquiera, más o menos entusiasta, y le ofrece su colaboración, bajo la condición más que pueril de tener igual voto decisivo que el fundador de la revista en todas las cuestiones literarias y financieras. En Alemania se habrían limitado a reírse de él." Tras esto, supongo que no necesito aportar ninguna prueba adicional de inmadurez de carácter. La inmadurez del entendimiento queda suficientemente demostrada por las demás citas del folleto del señor Tkachov que siguen más abajo. En cuanto a los conocimientos, la disputa entre el "Vorwärts" y el señor Tkachov gira en gran parte en torno a lo siguiente: el redactor del "Vorwärts" exige que la juventud revolucionaria rusa aprenda algo, se enriquezca con conocimientos serios y profundos, adquiera capacidad de pensamiento crítico con arreglo a métodos regulares, trabaje con el sudor de su frente en su autodesarrollo y autoformación. Tales consejos los rechaza Tkachov con aversión:

"Tengo que expresar una y otra vez el sentimiento de profunda indignación que desde siempre han suscitado en mí... ¡Instruíos! ¡Formaos! ¡Oh, Dios, y eso puede decirlo un hombre vivo a hombres vivos! ¡Esperar! ¡Estudiar y formarse! Pero ¿tenemos acaso el derecho a esperar" (a la revolución, se entiende)? "¿Tenemos el derecho a malgastar el tiempo en formación?" (pág. 14). "Los conocimientos son sin duda un requisito previo necesario del progreso pacífico, pero de ningún modo son necesarios para la revolución" (pág. 17).

Cuando, pues, el señor Tkachov ya siente una profunda indignación ante la simple exhortación al estudio, cuando declara que todos los conocimientos son superfluos para un revolucionario, y cuando, además, en todo su escrito no revela ni el menor rastro de conocimientos, se expide a sí mismo con ello el certificado de inmadurez, y yo no he hecho más que constatarlo. Pero alguien que se expide a sí mismo este certificado, según nuestras ideas puede situarse a lo sumo en el nivel de formación de un bachiller. Al asignarle este nivel máximo posible, en vez de insultarle, quizá le he concedido incluso demasiado honor.

He dicho además que las consideraciones del señor Tkachov son pueriles (para las pruebas, véanse las citas en este artículo), aburridas (el autor mismo no lo negará), contradictorias (como le ha demostrado el redactor del "Vorwärts") y giran eternamente en círculo (lo cual también es correcto). Luego hablo de sus grandes pretensiones (que yo mismo le he narrado de nuevo) y de sus resultados absolutamente nulos (que el presente artículo demuestra más que suficientemente). ¿Dónde están ahora los improperios? Que yo le haya comparado con Carlitos Mißnick, el bachiller más querido de Alemania y uno de los escritores alemanes más populares, no es ciertamente un insulto. Pero, ¡alto! ¿No le he contado yo que se había retirado como Aquiles a su tienda y desde allí había disparado su folleto contra el "Vorwärts"? Ahí estará probablemente el quid de la cuestión. En un hombre a quien la simple palabra estudiar ya le pone fuera de sí, que puede tomar audazmente como lema lo de Heine:

Y toda su ignorancia

se la ha ganado él solito,

bien puede suponerse que el nombre de Aquiles le sale aquí al encuentro por primera vez. Y como yo pongo a Aquiles en conexión con "tienda" y "disparar", el señor Tkachov bien puede imaginarse que este Aquiles es un suboficial ruso o un basíbózuk turco, y que por tanto es contrario al reglamento insultarle llamándole Aquiles. Puedo sin embargo asegurar al señor Tkachov que el Aquiles de quien hablo era el mayor héroe de la leyenda griega, y que aquella retirada a su tienda suministró el material para el más grandioso poema heroico de todos los tiempos, la Ilíada, cosa que le confirmará incluso el señor Bakunin. Si esta mi suposición fuese correcta, vendría a verme en el caso de tener que declarar que el señor Tkachov

no

es un bachiller.

Dice además el señor Tkachov:

"A pesar de todo, yo me permití sin embargo expresar la convicción de que la revolución social es fácil de llevar a la práctica. 'Si es tan fácil llevarla a la práctica', observa usted, '¿por qué no lo hace en vez de hablar de ella?' — A usted le parece una conducta ridícula, pueril... Yo y mis correligionarios estamos convencidos de que la realizabilidad de la revolución social en Rusia no ofrece dificultades, de que en cualquier momento es posible mover al pueblo ruso a una protesta (!) revolucionaria general. Ciertamente, esta convicción nos obliga a una cierta actividad práctica, pero no habla en lo más mínimo contra la utilidad y necesidad de la propaganda literaria. No basta con que

nosotros

estemos convencidos de ello, queremos que también otros compartan esta convicción con nosotros. Cuantos más correligionarios tengamos, tanto más fuertes nos sentiremos, tanto más fácil nos será resolver la tarea en la práctica."

Esto es ya demasiado. Suena tan bonito, tan sensato, tan educado, tan convincente. Suena como si el señor Tkachov hubiera escrito su folleto solo para demostrar la utilidad de la propaganda literaria, y yo, impaciente pico de oro, le hubiera respondido: ¡Al diablo con la propaganda literaria, ahora hay que atacar! — ¿Y cómo se presenta esto en la realidad?

El señor Tkachov empieza su folleto dando un voto de desconfianza a la propaganda de periódico (y ésa es sin duda la propaganda literaria más eficaz), diciendo que no se debe "emplear en ella demasiadas fuerzas revolucionarias", pues "con un uso inadecuado causa incomparablemente más daño que el provecho que reporta con un uso adecuado". Hasta tal punto delira nuestro Tkachov por la propaganda literaria en general. En particular, ahora bien, si se quiere hacer esa propaganda, captar correligionarios, no basta la mera declamación, sino que hay que meterse en razones, tratar el asunto por tanto teóricamente, es decir, en última instancia, científicamente. Sobre este punto dice el señor Tkachov al redactor del "Vorwärts":

"Su combate filosófico, esa propaganda científica, puramente teatral, a la que se ha entregado su periódico, ... no solo es inútil desde el punto de vista de los intereses del partido revolucionario, sino incluso perjudicial."

Se ve que cuanto más examinamos las opiniones del señor Tkachov sobre la propaganda literaria, más nos atascamos, menos averiguamos lo que quiere. ¿Qué es lo que quiere en realidad? Sigamos escuchando:

"¿Es que no comprende usted que el revolucionario se atribuye y debe atribuirse en todo momento el derecho a llamar al pueblo a la insurrección; que se distingue del filósofo filisteo en que, sin esperar a que el curso de los acontecimientos históricos indique

el momento

— elige él mismo ese momento, que sabe al pueblo siempre dispuesto a la revolución (pág. 10) ... Quien no cree en la posibilidad de la revolución en el presente, no cree en el pueblo, no cree en la disposición del pueblo para la revolución (pág. 11) ... Por eso no podemos esperar, por eso afirmamos que en Rusia la revolución es urgentemente necesaria, y necesaria precisamente en el

tiempo presente

; no permitimos ninguna dilación ni vacilación. Ahora o muy tarde, quizá nunca (pág. 16). ... Todo pueblo entregado a la arbitrariedad, matado a trabajar por los explotadores ... todo pueblo tal (y en esta situación se encuentran

todos

los pueblos) es, en virtud de las condiciones propias de sus circunstancias sociales, revolucionario; puede siempre, quiere siempre hacer la revolución; está siempre dispuesto a la revolución (pág. 17). ... Pero nosotros no podemos y no queremos esperar (pág. 34). ... Ahora no es tiempo de largos preparativos y eternos preparativos — coja cada uno sus bártulos y póngase apresuradamente en camino. La cuestión de qué es lo que está en juego no debe ya ocuparnos. Eso está decidido hace mucho. Se trata de hacer la revolución. — ¿Cómo? Como cada uno pueda y entienda." (pág. 39.)

Esto me pareció bastante claro. Le pedí, pues, a Carlitos Mißnick: Si es que no puede ser de otra manera, si el pueblo está dispuesto a la revolución y tú también, si no quieres ni puedes esperar ni un minuto más y no tienes derecho a esperar, si te atribuyes el derecho a elegir el momento del ataque, y si finalmente se dice: ¡ahora o nunca! — bien, queridísimo Carlitos, haz entonces lo que no puedes dejar de hacer, haz la revolución hoy mismo y haz pedazos el Estado ruso, ¡de lo contrario acabarás causando una desgracia aún mayor!

¿Y qué hace Carlitos Mißnick? ¿Ataca? ¿Aniquila el Estado ruso? ¿Libera al pueblo ruso, "ese pueblo desdichado, chorreando sangre, con la corona de espinas, clavado en la cruz de la esclavitud", por cuyos sufrimientos no puede esperar más?

No piensa en ello. Carlitos Mißnick, con lágrimas de inocencia ofendida en el rostro, se presenta ante los obreros alemanes y dice: ¡Ved lo que me imputa el depravado Engels: que yo habría hablado de atacar de inmediato; pero no se trata de eso en absoluto, sino de hacer propaganda

literaria

, y este Engels, que él mismo no hace otra cosa que propaganda literaria, no se avergüenza de darse la apariencia de que no comprende "la utilidad de la propaganda literaria"!

¡Esperar! ¡Hacer propaganda literaria! Pero ¿tenemos nosotros acaso el derecho a esperar, tenemos el derecho a malgastar tiempo en propaganda literaria? ¡Cada minuto, cada hora que la revolución se retrasa le cuesta al pueblo mil víctimas (pág. 14)! Ahora no es tiempo de propaganda literaria, la revolución debe hacerse ahora o quizá nunca – no permitimos ninguna dilación ni vacilación. ¡Y entonces debemos hacer propaganda literaria! ¡Oh, Dios, y eso puede decirlo un hombre vivo a hombres vivos, y este hombre se llama Piotr Tkachov!

¿Tenía yo razón cuando califiqué de "pueriles" aquellas fanfarronadas de golpista, ahora tan vilmente renegadas? Tan pueriles son que se podría creer que el autor ha hecho en este sentido todo lo posible. Y sin embargo, se ha superado aún a sí mismo. El redactor del "Vorwärts" comunica un pasaje de una proclama a los campesinos rusos redactada por el señor Tkachov. En ella describe el señor Tkachov el estado tras la consumación de la revolución social como sigue:

Y entonces el campesinillo, entre cantos y músicas, empezaría una vida alegre… no moneditas de cobre, no, su bolsa estaría llena de ducados de oro. Tendría toda clase de ganado y aves de corral en el patio, cuantas quisiera. Sobre la mesa tendría toda clase de carnes, además pasteles de fiesta y vinos dulces, y no se quitaría el mantel desde la mañana hasta la noche. Y comería y bebería cuanto le cupiera en el vientre, pero trabajaría solo lo que le pluguiera. ¡Y nadie habría que se atreviera a obligarlo: anda, come! — ¡anda, échate sobre la estufa!

¡Y el hombre que fue capaz de perpetrar semejante proclama se queja todavía de que yo me limite a llamarlo un verde estudiante de bachillerato de una inmadurez poco común!

Dice además el señor Tkatschow:

«¿Por qué nos reprocha usted las conspiraciones? Si tuviéramos que renunciar a la actividad conspirativa, secreta, subterránea, tendríamos que renunciar a toda actividad revolucionaria en general. Pero usted nos castiga también por no querer abandonar, incluso aquí, en el Occidente europeo,… nuestras costumbres conspirativas y perturbar con ello el gran movimiento obrero internacional…»

En primer lugar, es falso que a los revolucionarios rusos no les quede otro medio que la pura conspiración. ¡El propio señor Tkatschow acaba de destacar la importancia de la propaganda literaria introducida desde el extranjero en Rusia! También dentro del país la vía de la propaganda oral, incluso entre el pueblo, especialmente en las ciudades, jamás puede ser cerrada por completo, diga lo que quiera el señor Tkatschow según le convenga a sus intereses. La mejor prueba de ello es que en las más recientes detenciones masivas en Rusia no eran mayoría los intelectuales o los estudiantes, sino los obreros.

En segundo lugar, me comprometo a volar a la luna antes de que Tkatschow libere Rusia, tan pronto como este último me demuestre que en algún lugar y en algún momento de mi carrera política he declarado que las conspiraciones hayan de rechazarse en general y bajo todas las circunstancias. Me comprometo a traerle un recuerdo de la luna, tan pronto como me demuestre que en mi artículo se habla de otros complots que no sean el dirigido contra la Internacional, el de la Allianz. ¡Sí, ojalá los señores bakuninistas rusos conspiraran de verdad y en serio contra el gobierno ruso! En lugar de montar conspiraciones fraudulentas, fundadas en la mentira y el engaño contra los propios conjurados, como las de Netschajew – ese «representante típico de nuestra juventud actual», según Tkatschow –, en lugar de urdir complots contra el movimiento obrero europeo como la afortunadamente desenmascarada y con ello destruida Allianz, ojalá esos «hombres de acción» (dejateli), como jactanciosamente se llaman, llevaran a cabo por fin una acción que probara que poseen realmente una organización y que se ocupan de algo más que del intento de formar una docena.

En vez de eso, proclaman a los cuatro vientos: ¡Conspiramos, conspiramos!, exactamente igual que los conspiradores de la ópera, que vociferan en coro a cuatro voces: ¡Silencio, silencio! ¡Que no se oiga ningún ruido! Y toda esa farfolla de conspiraciones ramificadas por doquier solo sirve de tapadera, detrás de la cual no se oculta otra cosa que la inacción revolucionaria frente a los gobiernos y las intrigas ambiciosas dentro del partido revolucionario.

Y precisamente el que nosotros hayamos desenmascarado implacablemente toda esa estafa en el «Complot contra la Internacional» es lo que tanto indigna a estos señores. Eso fue «una falta de tacto». Al desenmascarar al señor Bakunin, pretendíamos «manchar a uno de los más grandes y abnegados representantes de la época revolucionaria en que vivimos», y ello, además, con «suciedad». La suciedad que en aquella ocasión salió a la luz fue, hasta el último adarme, de la propia fabricación del señor Bakunin, y ni mucho menos la peor. El escrito correspondiente lo ha presentado aún demasiado limpio. Nosotros nos limitamos a citar el § 18 del «Catecismo revolucionario», el párrafo que prescribe cómo hay que comportarse con la aristocracia y la burguesía rusas, cómo hay que «apoderarse de sus sucios secretos y convertirlos así en esclavos nuestros, de modo que sus riquezas, etc., se conviertan en un tesoro inagotable y en un valioso apoyo en toda clase de empresas». Hasta ahora no hemos contado aún cómo se ha traducido este párrafo a la práctica. Pero sobre ello habría mucho y largo que contar, lo que a su debido tiempo se contará.

Resulta, pues, que todos los reproches que me ha hecho el señor Tkatschow, con ese gesto de virtud de la inocencia ofendida que tan bien sienta a todos los bakuninistas, se basan en afirmaciones de las que él no solo sabía que eran falsas, sino que él mismo había inventado, fraguado y mentido. Con lo cual nos despedimos de la parte personal de su «Carta abierta».

V

Soziales aus Rußland

Notas preliminares al folleto «Soziales aus Rußland»

Epílogo (1894) [a «Soziales aus Rußland»]

[«Der Volksstaat» núm. 43 del 16 de abril de 1875]

Al entrar en materia, el señor Tkatschow cuenta a los obreros alemanes que, en lo que respecta a Rusia, yo no poseo siquiera «escasos conocimientos», sino más bien una total «ignorancia», y se siente por ello obligado a exponerles el verdadero estado de cosas y, en especial, las razones por las cuales una revolución social puede hacerse en Rusia ahora mismo con una facilidad pasmosa, mucho más fácilmente que en Europa occidental.

«Entre nosotros no hay proletariado urbano, eso es ciertamente verdad; pero a cambio tampoco tenemos burguesía… Nuestros trabajadores solo tendrán que luchar contra el poder político – el poder del capital se encuentra aún en germen entre nosotros. Y usted, mi señor, sabrá bien que la lucha contra el primero es mucho más fácil que contra el segundo.»

La transformación perseguida por el socialismo moderno es, expresada en pocas palabras, la victoria del proletariado sobre la burguesía y la reorganización de la sociedad mediante la supresión de todas las diferencias de clase. Para ello no solo se requiere un proletariado que lleve a cabo esta transformación, sino también una burguesía en cuyas manos las fuerzas productivas sociales hayan alcanzado un grado de desarrollo tal que permita la aniquilación definitiva de las diferencias de clase. También entre los salvajes y los semisalvajes faltan a menudo diferencias de clase, y todos los pueblos han atravesado por semejante estado. Restaurarlo no puede ocurrírsenos, entre otras razones, porque de él, con el desarrollo de las fuerzas productivas sociales, surgen necesariamente las diferencias de clase. Sólo a partir de un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas sociales, que para nuestras condiciones actuales es incluso muy elevado, se hace posible incrementar la producción hasta el punto de que la abolición de las diferencias de clase constituya un verdadero progreso, pueda ser duradera y no provoque un estancamiento o incluso un retroceso en el modo de producción social. Pero las fuerzas productivas solo han alcanzado este grado de desarrollo en manos de la burguesía. Por consiguiente, también desde este punto de vista la burguesía es una condición previa tan necesaria de la revolución socialista como el propio proletariado. Así pues, un hombre que puede decir que esa revolución es más fácil de llevar a cabo en un país porque éste carece de proletariado, pero también de burguesía, demuestra únicamente que aún tiene que aprender el abecé del socialismo.

Los obreros rusos —y estos obreros son, como el mismo señor Tkatschow dice, «trabajadores del campo, y como tales no proletarios, sino *propietarios*»— lo tienen, pues, más fácil, porque no tienen que luchar contra el poder del capital, sino «solo contra el poder político», contra el Estado ruso. Y ese Estado

«solo desde lejos parece una potencia… No tiene raíz alguna en la vida económica del pueblo; no encarna en sí los intereses de ningún estamento… Entre ustedes, el Estado no es una potencia aparente. Se apoya con ambos pies sobre el capital; encarna en sí (!!) determinados intereses económicos… Entre nosotros la cosa es al revés: nuestra forma social debe su existencia al Estado, a ese Estado que, por así decirlo, flota en el aire, que nada tiene en común con el orden social existente, que tiene su raíz en el pasado, pero no en el presente.»

No nos detengamos en la confusa idea de que los intereses económicos necesitarían del Estado, al que ellos mismos crean, para obtener un cuerpo, ni en la audaz afirmación de que la forma social rusa (a la que también pertenece la propiedad comunal de los campesinos) deba su existencia al Estado, ni en la contradicción de que ese mismo Estado «nada tenga en común» con el orden social existente, del que, sin embargo, él mismo ha de ser la criatura. Mejor examinemos de inmediato ese «Estado que flota en el aire», que no representa los intereses ni de un solo estamento.

En la Rusia europea los campesinos poseen 105 millones de desiatinas, y los nobles (como llamo aquí brevemente a los grandes terratenientes) 100 millones de desiatinas de tierra, de las cuales aproximadamente la mitad corresponde a 15.000 nobles, los cuales poseen así, por término medio, 3.300 desiatinas cada uno. La tierra campesina es, por tanto, solo ligeramente mayor que la tierra nobiliaria. Como se ve, los nobles no tienen el menor interés en la existencia del Estado ruso, que los protege en la posesión de la mitad de la tierra.

Prosigamos. ¡Los campesinos pagan anualmente por su mitad 195 millones de rublos de impuesto territorial, los nobles, 13 millones! Las tierras de los nobles son, por término medio, dos veces más fértiles que las de los campesinos, porque en el arreglo de la redención de las prestaciones feudales, el Estado no solo arrebató a los campesinos la mayor parte de la tierra y la mejor, adjudicándosela a la nobleza, sino que los campesinos tuvieron que pagar a la nobleza por esa tierra, la peor, el precio de la mejor. (3) ¡Y la nobleza rusa no tiene ningún interés en la existencia del Estado ruso!

Los campesinos —la masa— han quedado, a consecuencia de la redención, en una situación de suma miseria, por completo insostenible. No solo se les ha quitado la mayor y mejor parte de su tierra, de modo que en todas las comarcas fértiles del imperio la tierra campesina —para las condiciones de la agricultura rusa— es demasiado pequeña para que puedan vivir de ella. No solo se les ha computado por ella un precio exagerado, que el Estado les adelantó y por el cual ahora tienen que pagar intereses al Estado e ir amortizándolo paulatinamente. No solo se ha cargado sobre ellos casi todo el peso del impuesto territorial, mientras la nobleza queda casi completamente exenta, de manera que el solo impuesto territorial devora todo el valor de la renta del suelo de la tierra campesina, e incluso más, y todos los demás pagos que el campesino ha de efectuar, y de los que enseguida hablaremos, son deducciones directas de la parte de su ingreso que representa el salario. No. Al impuesto territorial, a los intereses y a la cuota de amortización del adelanto estatal, vienen a añadirse las contribuciones provinciales y de distrito, desde la recién introducida administración local. La consecuencia más esencial de esta «reforma» fue una nueva carga tributaria para los campesinos. El Estado conservó en conjunto sus ingresos, pero desplazó una gran parte de los gastos a las provincias y a los distritos, los cuales, a su vez, decretaron nuevos impuestos; y en Rusia es regla que los estamentos superiores estén casi exentos de impuestos y que el campesino lo pague casi todo.

Una situación semejante está como hecha a la medida del usurero, y habida cuenta del talento casi inigualado de los rusos para el comercio en escalones inferiores, para la explotación de coyunturas favorables y para la estafa inseparable de ella —Pedro I decía ya que un ruso se las apaña con tres judíos—, el usurero no falta en ninguna parte. Cuando se acerca la época en que los impuestos vencen, llega el usurero, el kulak —con frecuencia un campesino rico de la misma comunidad—, y ofrece su dinero contante. El campesino necesita el dinero a toda costa y tiene que aceptar las condiciones del usurero

sin chistar. Con ello no hace sino hundirse más aún en el aprieto, y necesita más y más dinero en efectivo. En tiempo de cosecha llega el tratante de granos; la necesidad de dinero obliga al campesino a desprenderse de una parte del grano que él y su familia necesitan para vivir. El tratante de granos difunde rumores falsos que deprimen los precios, paga un precio bajo y a menudo también éste en parte en toda suerte de mercancías sobrecargadas en el precio; pues también el sistema de truck está muy desarrollado en Rusia. La gran exportación de grano de Rusia se basa, como se ve, de modo enteramente directo en el hambre de la población campesina. —Otra modalidad de explotación de los campesinos es ésta: un especulador arrienda por largos años tierras del dominio estatal, las cultiva él mismo mientras rinden buena cosecha sin abono; luego las divide en parcelas y subarrienda la tierra esquilmada por una renta elevada a campesinos vecinos que no pueden subsistir con la porción de tierra que les corresponde. Como antes el sistema de truck inglés, tenemos aquí exactamente a los middlemen irlandeses |intermediarios (grandes arrendatarios que subarriendan en pequeñas parcelas)|. En suma, no hay país donde, pese a toda la primitividad selvática de la sociedad burguesa, el parasitismo capitalista esté tan desarrollado, tienda y envuelva sus redes sobre todo el país, sobre toda la masa popular, como precisamente en Rusia. ¿Y todos estos chupadores de los campesinos no habrían de tener interés en la existencia del Estado ruso, cuyas leyes y tribunales protegen sus limpias y lucrativas prácticas?

¿La gran burguesía de Petersburgo, Moscú, Odesa, que en los últimos diez años, sobre todo gracias a los ferrocarriles, se ha desarrollado con inaudita rapidez y en los últimos años de fiebre especulativa ha participado alegremente en el «crac», los exportadores de grano, de cáñamo, de lino y de sebo, cuyo negocio entero se edifica sobre la miseria de los campesinos, toda la gran industria rusa, que sólo subsiste gracias al arancel proteccionista que el Estado le concede, todos estos elementos importantes y rápidamente crecientes de la población, no habrían de tener interés alguno en la existencia del Estado ruso? Para no hablar ya del innumerable ejército de funcionarios que inunda y despluma a Rusia y que constituye aquí un verdadero estamento. Y si ahora el señor Tkachov nos asegura que el Estado ruso «no tiene raíz alguna en la vida económica del pueblo, no encarna en sí los intereses de estamento alguno», que está «suspendido en el aire», a nosotros nos parece que no es el Estado ruso el que está suspendido en el aire, sino más bien el señor Tkachov.

["Der Volksstaat" núm. 44 del 18 de abril de 1875]

Que la situación de los campesinos rusos, desde la emancipación de la servidumbre, se ha vuelto insoportable e insostenible a la larga, y que ya por este motivo se está gestando una revolución en Rusia, es cosa clara. La cuestión es solamente qué puede ser, qué será el resultado de esta revolución. El señor Tkachov dice que será una revolución social. Eso es pura tautología. Toda revolución real es una revolución social, en cuanto lleva al poder a una nueva clase y le permite reconfigurar la sociedad a su imagen. Pero él quiere decir que será una revolución socialista, que introducirá en Rusia la forma de sociedad a la que aspira el socialismo de Europa occidental antes aún de que nosotros, en Occidente, lleguemos a ella —y esto en unas condiciones sociales en las que proletariado y burguesía sólo existen de manera esporádica y en una fase inferior de desarrollo. Y esto ha de ser posible porque los rusos son, por así decirlo, el pueblo elegido del socialismo y poseen el artel y la propiedad comunal del suelo.

El artel, que el señor Tkachov menciona sólo de paso, pero que nosotros recogemos aquí porque ya desde los tiempos de Herzen ha desempeñado un papel misterioso a los ojos de algunos rusos, el artel es una forma de asociación muy difundida en Rusia, la forma más simple de cooperación libre, tal como aparece en la caza entre los pueblos cazadores. Tanto la palabra como la cosa no son de origen eslavo, sino tártaro. Ambas se encuentran, de un lado, entre los kirguises, los yakutos, etc., y de otro lado entre los lapones, los samoyedos y otros pueblos fineses.
(4)
Por eso el artel se desarrolla originariamente en Rusia en el norte y en el este, en contacto con fineses y tártaros, y no en el suroeste. El duro clima hace necesaria una actividad industrial de diverso género, en la cual la carencia de desarrollo urbano y de capital se suple en la medida de lo posible mediante esa forma de cooperación. —Uno de los rasgos más característicos del artel, la responsabilidad solidaria de los miembros entre sí y frente a terceros, se basa originariamente en el vínculo de parentesco consanguíneo, como la gewere entre los antiguos germanos, la venganza de sangre, etc. —Por lo demás, en Rusia la palabra artel se emplea para toda clase no sólo de actividad comunitaria, sino también de instituciones comunitarias. También la Bolsa es un artel.
{9}
—En los artels de trabajo

siempre se elige un director (starosta, anciano), que se ocupa de las funciones de tesorero, tenedor de libros, etc., y, en lo necesario, de gerente, y que recibe un salario especial. Tales artels existen:

1. para empresas temporales, tras cuya terminación se disuelven;

2. para los miembros de un mismo oficio, por ejemplo, cargadores, etc.;

3. para empresas propiamente industriales, de funcionamiento continuo.

Se constituyen mediante un contrato firmado por todos los miembros. Pero si estos miembros no pueden reunir el capital necesario, cosa que ocurre con mucha frecuencia, por ejemplo, en las queserías y pesquerías (para redes, barcas, etc.), el artel cae en manos del usurero, que adelanta lo que falta a altos intereses y de ahora en adelante se embolsa la mayor parte del producto del trabajo. Aún más horriblemente explotados son aquellos artels que se alquilan en bloque a un empresario como personal de trabajo asalariado. Ellos mismos dirigen su actividad industrial y con ello le ahorran al capitalista los costes de supervisión. Éste les alquila chozas como vivienda y les adelanta víveres, con lo cual se desarrolla de nuevo el más horrible sistema de truck. Así ocurre con los leñadores y los fabricantes de alquitrán en la gobernación de Arcángel, en muchos negocios en Siberia, etc. (cfr. Flerovski, "Polozhenie rabochego klassa v Rosii". La situación de la clase obrera en Rusia, Petersburgo 1869). Aquí, pues, el artel sirve para facilitar esencialmente al capitalista la explotación de los obreros asalariados
. Por otra parte, también hay artels que, a su vez, emplean a obreros asalariados que no son miembros de la asociación.

Como se ve, el artel es una sociedad cooperativa surgida de manera natural y, por tanto, aún muy poco desarrollada, y como tal no es, en modo alguno, exclusivamente rusa ni siquiera eslava. Tales sociedades se forman en todas partes donde existe la necesidad. Así en Suiza en las lecherías, en Inglaterra entre los pescadores, donde presentan incluso tipos muy variados. Los cavadores silesianos (alemanes, no polacos) que en los años cuarenta construyeron no pocos ferrocarriles alemanes estaban organizados en artels completos. El predominio de esta forma en Rusia prueba, sin duda, la existencia de un fuerte impulso de asociación en el pueblo ruso, pero ni mucho menos prueba su capacidad para, con ayuda de ese impulso, saltar sin más del artel a la organización social socialista. Para ello es necesario, ante todo, que el artel mismo se vuelva susceptible de desarrollo

, se despoje de su forma natural en la que, como hemos visto, sirve menos a los trabajadores que al capital, y se eleve
por lo menos
al nivel de las sociedades cooperativas de Europa occidental. Pero si por una vez pudiéramos dar crédito al señor Tkachov (lo cual, después de todo lo precedente, es más que arriesgado), no es éste en absoluto el caso. Al contrario, nos asegura con un orgullo sumamente característico de su punto de vista:

«En cuanto a las asociaciones cooperativas y de crédito según el patrón alemán (!) que desde hace poco tiempo han sido artificialmente trasplantadas a Rusia, éstas han sido acogidas por la mayoría de nuestros trabajadores con total indiferencia y han hecho fiasco casi en todas partes.»

La sociedad cooperativa moderna ha probado al menos que puede explotar con ventaja la gran industria por cuenta propia (hilatura y tejeduría en Lancashire). El artel, hasta ahora, no sólo no es capaz de hacerlo, sino que sucumbe incluso necesariamente ante la gran industria si no se sigue desarrollando.

["Der Volksstaat" núm. 45 del 21 de abril de 1875]

La propiedad comunal de los campesinos rusos fue descubierta hacia el año 1845 por el consejero gubernativo prusiano Haxthausen, quien la trompeteó por el mundo como algo absolutamente maravilloso, aunque Haxthausen en su patria westfaliana podía encontrar aún suficientes vestigios de ella y, como funcionario del gobierno, estaba incluso obligado a conocerlos exactamente. De Haxthausen fue de quien Herzen, él mismo terrateniente ruso, supo por primera vez que sus campesinos poseían el suelo en común, y tomó de ello pie para presentar a los campesinos rusos como los verdaderos portadores del socialismo, como comunistas natos, frente a los trabajadores del envejecido y corrompido Occidente europeo, que tenían que atormentarse artificialmente para alcanzar el socialismo. De Herzen pasó este conocimiento a Bakunin y de Bakunin al señor Tkachov. Escuchemos a éste:

«Nuestro pueblo… está en su gran mayoría… impregnado de los principios de la propiedad comunal; es, si se permite la expresión, instintiva, tradicionalmente comunista. La idea de la propiedad colectiva está tan profundamente entrelazada con toda la cosmovisión» (pronto veremos hasta dónde llega el mundo del campesino ruso) «del pueblo ruso que ahora, cuando el gobierno comienza a comprender que esta idea no es compatible con los principios de una sociedad 'bien ordenada', y en nombre de estos principios quiere grabar la idea de la propiedad individual en la conciencia y en la vida del pueblo, sólo puede lograrlo con ayuda de la bayoneta y del knut. De ello se desprende que nuestro pueblo, pese a su

ignorancia, está mucho más cerca del socialismo que los pueblos de la Europa occidental, aunque éstos sean más instruidos.»

En realidad, la propiedad comunal de la tierra es una institución que hallamos, en un grado inferior de desarrollo, en todos los pueblos indogermánicos, desde la India hasta Irlanda, e incluso entre los malayos que se desarrollan bajo influencia india, por ejemplo en Java. Todavía en 1608, en el norte de Irlanda recién conquistado, la propiedad comunal del suelo, legalmente vigente, sirvió de pretexto a los ingleses para declarar la tierra sin dueño y confiscarla en beneficio de la corona. En la India subsisten hasta hoy toda una serie de formas de propiedad comunal. En Alemania era general; las tierras comunales que aún aparecen aquí y allá son un resto de aquello, y también se encuentran, sobre todo en las montañas, huellas todavía claras, particiones periódicas de la tierra comunal, etc. Las pruebas más precisas y los detalles relativos a la antigua propiedad comunal alemana pueden leerse en los diversos escritos de Maurer, clásicos en la materia. En Europa occidental, incluidas Polonia y la Pequeña Rusia, esa propiedad comunal se convirtió, en cierta fase del desarrollo social, en una traba, un freno de la producción rural, y fue eliminándose cada vez más. En la Gran Rusia (es decir, la Rusia propiamente dicha), en cambio, se ha conservado hasta hoy, lo que demuestra, en primer lugar, que la producción rural y las condiciones sociales campesinas correspondientes se hallan aquí todavía en una fase muy poco desarrollada, tal como es efectivamente el caso.

El campesino ruso vive y se mueve sólo dentro de su comunidad; el resto del mundo existe únicamente para él en la medida en que se inmiscuye en esa comunidad suya. Hasta tal punto es así, que en ruso la misma palabra *mir* significa, por un lado, «el mundo» y, por otro, «comunidad campesina». *Ves’ mir* —«todo el mundo»— significa para el campesino la asamblea de los miembros de la comunidad. Así pues, cuando el señor Tkatschow habla de la «cosmovisión» de los campesinos rusos, evidentemente ha traducido mal el *mir* ruso.

Ese completo aislamiento de las distintas comunidades entre sí, que en todo el país crea intereses ciertamente iguales, pero precisamente lo contrario de intereses comunes, es la base natural del despotismo oriental; y desde la India hasta Rusia, esta forma social, dondequiera que predominó, lo ha producido siempre, ha encontrado siempre en él su complemento. No sólo el Estado ruso en general, sino incluso su forma específica, el despotismo zarista, en lugar de flotar en el aire, es producto necesario y lógico de las condiciones sociales rusas, ¡con las cuales, según el señor Tkatschow, «no tiene nada en común»! — La evolución ulterior de Rusia en dirección burguesa iría destruyendo también aquí poco a poco la propiedad comunal, sin que el gobierno ruso tuviera que intervenir con «bayonetas y el knut». Y tanto más cuanto que la tierra comunal en Rusia no es cultivada en común por los campesinos para repartir luego el producto, como aún ocurre en algunas regiones de la India; por el contrario, la tierra se distribuye periódicamente entre los distintos cabezas de familia, y cada cual cultiva su lote por su cuenta. De ahí que sea posible una gran desigualdad de riqueza entre los miembros de la comunidad, y también existe en la realidad. Casi por doquier hay entre ellos algunos campesinos ricos —aquí y allá millonarios— que hacen de usureros y chupan la sangre a la masa de los campesinos. Nadie lo sabe mejor que el señor Tkatschow. Mientras quiere hacer creer a los obreros alemanes que al campesino ruso, a ese instintivo y tradicional comunista, sólo con el knut y la bayoneta se le podría arrancar la «idea de la propiedad colectiva», cuenta en su folleto ruso, pág. 15:

«En medio de los campesinos se va destacando una clase de usureros (kulaks), de acaparadores y arrendatarios de tierras campesinas y nobiliarias: una aristocracia campesina.»

Son las mismas clases de chupasangres que hemos descrito más arriba con detalle. Lo que asestó el golpe más duro a la propiedad comunal fue, una vez más, la abolición de las prestaciones personales. Al noble se le adjudicó la mayor y mejor parte del suelo; a los campesinos apenas les quedó lo suficiente, a menudo no lo bastante para vivir. Al mismo tiempo, los bosques se adjudicaron a los nobles; la leña, la madera de labor y de construcción que antes el campesino podía recoger allí gratuitamente, tiene ahora que comprarlas. Así, el campesino no tiene ya más que su casa y la tierra desnuda, sin los medios para cultivarla, y, por término medio, no posee tierra suficiente para sostenerse a sí mismo y a su familia de una cosecha a otra. En tales condiciones y bajo la presión de los impuestos y la usura, la propiedad comunal de la tierra ya no es un beneficio, se convierte en una traba. Los campesinos huyen de ella con frecuencia, con o sin familia, para ganarse la vida como trabajadores trashumantes, y abandonan su tierra en casa.

Se ve que la propiedad comunal en Rusia ha dejado atrás hace tiempo su época de florecimiento y, según todas las apariencias, marcha hacia su disolución. Sin embargo, es innegable que existe la posibilidad de transformar esta forma social en otra superior, siempre que se mantenga hasta que las circunstancias estén maduras para ello y muestre capacidad para desarrollarse de modo que los campesinos ya no cultiven la tierra por separado, sino en común; transformarla en esa forma superior sin que los campesinos rusos tengan que pasar por la etapa intermedia de la propiedad parcelaria burguesa. Pero esto sólo puede ocurrir si en Europa occidental, antes de la completa descomposición de la propiedad comunal, se lleva a cabo victoriosamente una revolución proletaria que proporcione al campesino ruso las condiciones previas para esa transformación, particularmente también las condiciones materiales que necesita para realizar la revolución de todo su sistema agrícola que ello implica forzosamente. Así que es puro flatus vocis cuando el señor Tkatschow dice que los campesinos rusos, aunque «propietarios», están «más cerca del socialismo» que los trabajadores sin propiedad de Europa occidental. Todo lo contrario. Si algo puede aún salvar la propiedad comunal rusa y darle la oportunidad de convertirse en una forma nueva, realmente viable, es una revolución proletaria en Europa occidental.

Tan a la ligera como con la revolución económica se toma el señor Tkatschow la revolución política. El pueblo ruso, cuenta, «protesta sin cesar» contra la esclavitud, unas veces bajo la forma de «sectas religiosas... negativa a pagar los impuestos... bandas de bandoleros» (los obreros alemanes tal vez se congratulen de que, según esto, Schinderhannes sea el padre de la socialdemocracia alemana) «... incendios intencionados... levantamientos... y por eso se puede llamar al pueblo ruso un revolucionario instintivo». Y con esto está Tkatschow convencido de que «sólo es preciso despertar simultáneamente en varias localidades el acumulado sentimiento de exasperación y descontento que... hierve siempre en el pecho de nuestro pueblo». Entonces «la unión de las fuerzas revolucionarias se producirá ya por sí sola, y la lucha... tendrá que ser favorable a la causa del pueblo. La necesidad práctica, el instinto de conservación» producirá entonces por sí solo «una alianza firme e indisociable entre las comunidades que protestan».

Más fácil y agradable no puede uno imaginarse una revolución. Se desencadena el golpe en tres o cuatro sitios a la vez, y el «revolucionario instintivo», la «necesidad práctica», el «instinto de conservación» hacen todo lo demás «ya por sí solo». Por qué con tan juguetona facilidad no se ha hecho hace tiempo la revolución, no se ha liberado al pueblo y no se ha convertido Rusia en el país modelo socialista, es algo que sencillamente no se alcanza a comprender.

En realidad, la cosa es muy distinta. El pueblo ruso, ese revolucionario instintivo, ha protagonizado ciertamente innumerables levantamientos campesinos aislados contra la nobleza y contra determinados funcionarios, pero nunca contra el zar, a no ser que un falso zar se pusiera al frente y reclamase el trono. La última gran insurrección campesina bajo Catalina II sólo fue posible porque Yemelián Pugachov se hizo pasar por su esposo Pedro III, el cual —decía— no había sido asesinado por su mujer, sino destronado y encarcelado, y ahora había escapado. El zar, por el contrario, es el dios terrenal del campesino ruso: Bog vysok, Car daljok —Dios está alto y el zar está lejos—, es su grito de angustia. No cabe duda de que la masa de la población campesina, sobre todo desde la abolición de las prestaciones personales, ha sido puesta en una situación que le impone cada vez más la lucha también contra el gobierno y el zar; pero el cuento del «revolucionario instintivo» puede el señor Tkatschow tratar de colocarlo en otra parte.

Y además, aun cuando la masa de los campesinos rusos fuera todo lo instintivamente revolucionaria que se quiera, aun suponiendo que se pudieran hacer revoluciones por encargo, como se hace una pieza de indiana estampada o una tetera —aun así, pregunto: ¿está permitido a una persona de más de doce años imaginar el curso de una revolución de un modo tan pueril como aquí se hace? Y considérese además que esto se escribió después de que la primera revolución fabricada según ese modelo bakuninista —la de 1873 en España— hubiera fracasado tan brillantemente. También allí se desencadenó el golpe en varios sitios a la vez. También allí se contaba con que la necesidad práctica, el instinto de conservación, produciría por sí solo una alianza firme e indisociable entre las comunidades que protestaban. ¿Y qué ocurrió? Cada comunidad, cada ciudad, se defendió sólo a sí misma; de apoyo mutuo, ni hablar, y con sólo 3.000 hombres Pavía fue derribando, en 14 días, una ciudad tras otra, y puso fin a toda aquella gloria anárquica (véase mi *Los bakuninistas en acción*, donde esto se describe con detalle).

No cabe duda: Rusia se halla en vísperas de una revolución. Las finanzas están desorganizadas hasta el extremo. El torniquete de los impuestos deja de funcionar, los intereses de las viejas deudas del Estado se pagan con nuevos empréstitos, y cada nuevo empréstito tropieza con dificultades mayores; ¡pues sólo bajo el pretexto de construir ferrocarriles se puede aún conseguir dinero! La administración, corrompida de arriba abajo desde siempre; los funcionarios viviendo más del robo, el soborno y la extorsión que de su sueldo. Toda la producción rural —con mucho la más esencial para Rusia— completamente desquiciada por la redención de 1861; la gran propiedad territorial sin suficientes fuerzas de trabajo, los campesinos sin suficiente tierra, aplastados por los impuestos, exprimidos por los usureros; la producción agrícola
{12}
disminuyendo de año en año. Todo ello mantenido trabajosamente y en lo exterior por un despotismo oriental, de cuya arbitrariedad no podemos hacernos en Occidente la menor idea; un despotismo que no sólo entra de día en día en una contradicción más estridente con las concepciones de las clases ilustradas y, en particular, con las de la burguesía de la capital, en rápido crecimiento, sino que además, bajo su actual portador, ha llegado a dudar de sí mismo, que hoy hace concesiones al liberalismo para retirarlas mañana, asustado, y que con ello se desacredita a sí mismo cada vez más. Entre tanto, en los sectores más ilustrados de la nación, concentrados en la capital, se extiende un conocimiento creciente de que esta situación es insostenible, de que una subversión es inminente, y la ilusión de poder encauzar esa subversión hacia un tranquilo cauce constitucional. Aquí se hallan reunidas todas las condiciones de una revolución, de una revolución que, iniciada por las clases altas de la capital, tal vez incluso por el propio gobierno, tendrá que ser impulsada más lejos por los campesinos y rápidamente más allá de la primera fase constitucional; de una revolución que, ya por ello, será de la máxima importancia para toda Europa, porque aniquilará de un solo golpe la última reserva, hasta ahora intacta, de la reacción paneuropea. Esta revolución se acerca con paso seguro. Sólo dos acontecimientos podrían demorarla por más tiempo: una guerra afortunada contra Turquía o Austria, para lo cual se necesitan dinero y alianzas seguras, o bien un intento de insurrección prematuro, que arroje de nuevo a las clases poseedoras en brazos del gobierno.

F. Engels

(1)
Esto ya se ha expresado en el
"Segundo Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-alemana"
(fechado el 9 de septiembre de 1870).

(2)
¿Qué apostamos a que el señor Tkachov dirá que, con la anécdota anterior, he cometido una traición al proletariado al hacer aparecer a los sastres como
tales
"bajo una luz ridícula"?

(3)
Sólo hubo una excepción en Polonia, donde el gobierno quería arruinar a la nobleza, que le era hostil, y ganarse a los campesinos.
{13}

(4)
Sobre el artel y otras formas, compárese: "Sbornik materialov ob Arteljach v Rossiji" (Colección de materiales sobre los artels en Rusia), San Petersburgo 1873, 1ª entrega.

(5)
Sobre la situación de los campesinos, compárese, entre otros, el informe oficial de la comisión gubernamental sobre la producción rural (1873), además de Skaldin, "W Zacholusti i w Stolice" (En el más remoto rincón de provincia y en la capital), Petersburgo 1870; este último escrito, de un liberal-conservador.

(6)
En Polonia, especialmente en la gobernación de Grodno, donde la nobleza quedó arruinada en gran parte por la insurrección de 1863, los campesinos compran o arriendan ahora con frecuencia fincas nobiliarias y las cultivan indivisas y
por cuenta común
. Y estos campesinos no tienen desde hace siglos propiedad comunal y no son grandes rusos, sino polacos, lituanos y bielorrusos.

Variantes del texto

{1}
(1894): 100 y 40 marcos cada uno (en lugar de: 33 y 14 táleros cada uno)

{2}
En el "Address of the polish refugees ..." este comienzo de frase dice: En la parte de Polonia que ha sido anexionada por Rusia como por un ladrón

{3}
(1894) insertado: y recibió

{4}
(1894): Polonia

{5}
(1894) este comienzo de frase dice: De la gran mayoría de los trabajadores socialdemócratas alemanes

{6}
(1894) insertado: y persiguen

{7}
(1894) falta: (¿o Édouard?) alusión a Édouard Vaillant

{8}
En el "Volksstaat" y (1894) erróneamente: 33.000

{9}
(1894) falta la última frase

{10}
(1894): propiedad común

{11}
(1894): de la propiedad común

{12}
(1894): el rendimiento agrícola

{13}
(1894) falta esta nota al pie