El socialismo del señor Bismarck

I. — La tarifa aduanera

En el debate sobre la famosa ley que puso fuera de la ley a los socialistas alemanes, el señor Bismarck declaró que la sola represión no bastaba para aplastar el socialismo: que se necesitaban, además, medidas para remediar los incontestables inconvenientes sociales, para asegurar la regularidad del trabajo, para prevenir las crisis industriales, ¡qué sé yo! Prometió proponer esas medidas «positivas» de salvación social. Pues, decía, cuando se han dirigido, como yo, los asuntos del país durante diecisiete años, se tiene derecho a considerarse juez competente en materia de economía política; es como quien dice que basta haberse comido patatas durante diecisiete años para conocer a fondo la agronomía.

Sea como fuere, el señor Bismarck, esta vez, cumplió su palabra. Ha dotado a Alemania de dos grandes «medidas sociales» y aún no ha terminado.

La primera era una tarifa aduanera que debía asegurar a la industria alemana la explotación exclusiva del mercado interior.

Hasta 1848, Alemania no había tenido una gran industria propiamente dicha. En ella dominaba el trabajo. El vapor, el maquinismo no constituían más que la excepción. En 1848 y 1849, habiéndole acarreado su cobardía una derrota vergonzosa en el terreno político, la burguesía alemana se consoló lanzándose con ardor a la gran industria. El aspecto del país se metamorfoseó rápidamente. Quien no hubiera visto desde 1849 la Prusia renana, Westfalia, la Sajonia real, la Alta Silesia, Berlín, las ciudades marítimas, ya no las reconocía en 1864. El vapor y las máquinas habían irrumpido por todas partes. Grandes fábricas habían reemplazado en su mayor parte a los pequeños talleres. Los barcos de vapor sustituían poco a poco a los buques de vela, primero en el cabotaje y luego en el comercio transatlántico. Se multiplicaban los ferrocarriles; en los astilleros, en las minas de hulla y de hierro reinaba una actividad de la que los pesados alemanes se habían creído hasta entonces incapaces. En comparación con el desarrollo que había alcanzado la gran industria en Inglaterra y aun en Francia, todo eso no era gran cosa; pero, en fin, era un comienzo. Y además, todo eso se había hecho sin ayuda alguna de los gobiernos, sin subvenciones ni primas de exportación, y bajo un arancel aduanero que, comparado con los de los demás países continentales, podía pasar por muy librecambista.

Este movimiento industrial, dicho sea de paso, no dejó de tener las consecuencias sociales que ha tenido en todas partes. Los obreros industriales alemanes, hasta entonces, habían vegetado en condiciones que rayaban en la Edad Media. En general, les había quedado alguna posibilidad de transformarse poco a poco en pequeños burgueses, en maestros artesanos, en poseedores de varios telares manuales, etc. Ahora todo eso desaparecía. Los obreros, convertidos en asalariados de grandes capitalistas, empezaban a formar una clase permanente, un verdadero proletariado. Pero quien dice proletariado, dice socialismo. Además, quedaba aún una huella de las libertades que los trabajadores habían conquistado en 1848 sobre las barricadas. Gracias a estas dos circunstancias, el socialismo alemán, que antes de 1848 había tenido que limitarse a una propaganda clandestina y a una organización secreta cuyos miembros se contaban, podía ahora desplegarse a plena luz del día y penetrar en las masas. Así, pues, de 1863 data la reanudación de la agitación socialista por Lassalle.

Sobrevino la guerra de 1870, la paz de 1871 y los millares de millones. Si Francia estuvo muy lejos de arruinarse al pagarlos, Alemania fue puesta a dos dedos de su perdición al recibirlos. Derrochados a manos llenas por un gobierno de advenedizos en un imperio advenedizo, los millares de millones fueron a parar a las manos de la alta finanza, que se apresuró a hacerlos fructificar en la Bolsa. Los días más esplendorosos del Crédit mobilier renacían en Berlín. Era a porfía quién fundaría más sociedades anónimas o en comandita, bancos, instituciones de crédito territorial y mobiliario, compañías para la construcción de ferrocarriles, de fábricas de toda especie, de astilleros, compañías de especulación en terrenos y edificios, y otras cosas, cuyas apariencias industriales no eran más que el pretexto del agiotaje más desvergonzado. Las pretendidas necesidades públicas del comercio, de las comunicaciones, del consumo, etc., no sirvieron sino de capa para cubrir la necesidad desenfrenada que sentían los lobos cervales de la Bolsa de hacer trabajar los millares de millones mientras los tenían a mano. Por lo demás, todo eso se vio en París en los días gloriosos de los Péreire y los Fould; eran los mismos agiotistas que reaparecían en Berlín bajo los nombres de Bleichroeder y de Hansemann.

Lo que había ocurrido en París en 1867, lo que había ocurrido muchas veces en Londres y Nueva York, no dejó de ocurrir, en 1873, en Berlín: la especulación desmedida terminó en un derrumbamiento general. Las compañías quebraron por centenares; las acciones de las que se mantenían se volvieron invendibles; la derrota fue completa en toda la línea. Pero, para poder agiotar, había sido necesario crear los medios de producción y de comunicación, las fábricas, ferrocarriles, etc., cuyas acciones habían suministrado materia a la especulación. En el momento del desastre, se encontró, pues, que se había sobrepasado con mucho la necesidad pública que había servido de pretexto; que en cuatro años se había creado más ferrocarriles, fábricas, minas, etc., que lo que habría producido el desarrollo regular de la industria en un cuarto de siglo.

Después de los ferrocarriles, de los que hablaremos más tarde, la especulación se había lanzado principalmente sobre la industria del hierro. Las fábricas habían pululado; se había fundado incluso más de un establecimiento que eclipsaba al Creusot. Desgraciadamente, al día de la crisis se encontró que no había consumidores para esta producción gigantesca. Las grandes compañías fabriles se vieron al borde de la bancarrota. Como buenos patriotas alemanes que eran, sus directores pidieron auxilio al gobierno: derechos de entrada protectores que les aseguraran la explotación del mercado interior contra la competencia del hierro inglés. Pero si se pedían derechos protectores para el hierro, no se podían negar a las demás industrias, ni siquiera a la agricultura. Se organizó, pues, en toda Alemania una agitación ruidosa en pro de la protección aduanera, agitación que permitió al Sr. Bismarck introducir una tarifa de aduanas destinada a llenar este fin. Esta tarifa, erigida en ley en el verano de 1879, está ahora en vigor.

Pero la industria alemana, tal como era, había vivido siempre al aire libre de la libre concurrencia. Habiendo llegado la última, después de las de Inglaterra y Francia, había tenido que limitarse a llenar los pequeños huecos que le habían dejado sus predecesores; a suministrar, en gran parte, artículos demasiado mezquinos para los ingleses, demasiado feos para los franceses; fabricación en pequeña escala de productos siempre cambiantes, vil precio y vil mercancía. Que no se crea que somos nosotros quienes decimos esto; son los propios términos del juicio oficial sobre los productos alemanes expuestos en Filadelfia (1876), emitido por el comisario oficial del gobierno alemán, el Sr. Reuleaux, hombre de reputación científica europea.

Una industria semejante no puede mantenerse en los mercados neutrales más que mientras reina en su país el libre cambio. Si se quiere que los tejidos, los metales trabajados, las máquinas alemanas sostengan la competencia en el extranjero, es preciso que todo lo que les sirve de materia prima, el hilado de algodón, de lino o de seda, el hierro en bruto, el alambre, les llegue al mismo bajo precio a que lo compran sus competidores extranjeros. Por tanto, de dos cosas una. O se quiere seguir exportando los tejidos y los productos de la industria metalúrgica, y entonces se necesitará el librecambio, a riesgo de que estas industrias se sirvan de materias importadas del extranjero. O bien se quiere proteger, mediante derechos de aduana, la hilatura y la producción de metales en bruto en Alemania, y entonces se habrá acabado pronto con la posibilidad de exportar los productos cuya materia prima son el hilado y el metal en bruto.

Al proteger con su famosa tarifa la hilatura y la metalurgia, el Sr. Bismarck destruye la última posibilidad que tenían hasta ahora los tejidos, los metales trabajados, las agujas, las máquinas alemanas, de encontrar una salida al exterior. Pero Alemania, cuya agricultura, en la primera mitad del siglo, producía un excedente para la exportación, ahora no puede prescindir de un suplemento de productos agrícolas extranjeros. Si el Sr. Bismarck prohíbe a su industria producir para la exportación, ¿con qué se pagará esta importación, y otras muchas más de las que todos los aranceles del mundo no le impedirán tener necesidad?

Para resolver esta cuestión, se necesitaba nada menos que el genio del Sr. Bismarck combinado con el de sus amigos y consejeros de Bolsa. He aquí cómo se hace:

Tomemos el hierro. El período de especulación y de producción febril ha dotado a Alemania de dos establecimientos (Unión de Dortmund y Laurahütte) cada uno de los cuales basta por sí solo para producir lo que se necesita, por término medio, para el consumo total del país. Además está el establecimiento gigantesco de Krupp en Essen, otro semejante en Bochum, y luego una infinidad de otros más pequeños. De suerte que el consumo de hierro, en el interior, se halla cubierto por lo menos tres o cuatro veces. Se diría que ésta es una situación que exige imperiosamente el librecambio más ilimitado, único capaz de asegurar una salida a este enorme excedente de producción. Se diría, pero no es la opinión de los interesados.

Como hay a lo sumo una docena de establecimientos que cuentan y dominan a los demás, se forma lo que los americanos llaman un ring: una asociación para el mantenimiento de los precios en el interior y para la regulación de la exportación.

En cuanto hay una subasta de raíles o de otros productos de sus fábricas, el Comité designa, por turno, el miembro a quien ha de corresponder la empresa, y fija el precio al que debe aceptarla. Los demás compinches hacen ofertas a un precio más elevado, igualmente convenido de antemano. De suerte que cesa toda competencia, hay monopolio absoluto. Lo mismo para la exportación.

Para asegurar la ejecución de este plan, cada miembro del ring deposita en manos del Comité un pagaré en blanco de 125.000 francos, para ser puesto en circulación y presentado al pago tan pronto como el firmante hubiera roto su compromiso.

De esta manera, el precio de monopolio arrancado a los consumidores alemanes permitirá a las fábricas vender, en el exterior, su excedente de producción a precios que rechazan incluso los ingleses… y el filisteo alemán (que, por lo demás, lo merece) paga los violines. He aquí cómo la exportación alemana vuelve a ser posible, gracias a los mismos derechos protectores que, a los ojos del público vulgar, parecen destruirla.

¿Quieren ejemplos? El año pasado, una compañía ferroviaria italiana que podríamos nombrar necesitaba 30.000 o 40.000 toneladas (de 1.000 kg) de raíles. Tras largas negociaciones, una fábrica inglesa tomó 10.000; el resto fue aceptado en suministro, a un precio rechazado en Inglaterra, por la Unión de Dortmund. Un competidor inglés, a quien se preguntó por qué no podía ofrecer mejores condiciones que el establecimiento alemán, respondió: ¿Quién en el mundo puede sostener la competencia contra un quebrado?

En Escocia, se va a construir un puente ferroviario a través de un brazo de mar cerca de Edimburgo. Para este puente se necesitan 10.000 toneladas de acero Bessemer. ¿Quién acepta el precio más bajo, quién derrota a todos sus competidores, y ello en el suelo natal mismo de la gran industria del hierro, en Inglaterra? Un alemán, protegido de Bismarck bajo más de un aspecto, el señor Krupp, de Essen, el «rey de los cañones».

Hasta aquí lo del hierro. Huelga decir que este bello sistema no puede sino retrasar algunos años la bancarrota inevitable de estos grandes establecimientos conjurados. Mientras tanto, que las demás industrias los imiten, y arruinarán —no a la competencia extranjera, sino a su país. Se creería vivir en un país de locos; sin embargo, todos los hechos arriba relatados están tomados de los propios periódicos burgueses librecambistas de Alemania. Organizar la demolición de la industria alemana, so pretexto de protegerla —¿acaso no tienen razón esos socialistas alemanes que repiten desde hace años que el señor Bismarck trabaja para el socialismo como si estuviera pagado por ellos?

II. — Los ferrocarriles del Estado

De 1869 a 1873, durante la marea ascendente de la especulación berlinesa, dos establecimientos, ora hostiles, ora aliados, se repartían la dominación de la Bolsa: la Sociedad de Descuento y el banco Bleichroeder. Eran, por así decirlo, los Péreire y los Mirés de Berlín. Girando la especulación en primer término sobre los ferrocarriles, estos dos bancos tuvieron la idea de hacerse dueños indirectamente de la mayoría de las grandes líneas ya existentes o por construir. Comprando y reteniendo cierto número de acciones de cada una, se dominarían sus comités directivos; las acciones mismas servirían de depósito para empréstitos mediante los cuales se comprarían nuevas acciones, y así sucesivamente. Pura repetición, como se ve, de la pequeña y genial operación que primero llevó al colmo del éxito a los dos Péreire, y que terminó con la crisis del Crédit mobilier que se conoce. El mismo éxito coronó, al comienzo, a los Péreire berlineses.

En 1873 llegó la crisis. Nuestros dos bancos se hallaron muy embarazados con sus montones de acciones de ferrocarriles, a las que ya no se podía hacer vomitar los millones engullidos. El proyecto de subyugar a las compañías ferroviarias había fracasado. Se cambió, pues, de frente, se trató de venderlas al Estado. El proyecto de concentrar todos los ferrocarriles en manos del gobierno imperial tiene por origen, no la salvación social del país, sino la salvación individual de dos bancos insolventes.

La ejecución del proyecto no era demasiado difícil. Se había «interesado» en las nuevas compañías a numerosos miembros del parlamento, donde se dominaba así a los partidos nacional-liberal y conservador moderado, es decir, a la mayoría. Altos funcionarios del Imperio, ministros prusianos habían metido la mano en las tejemanejes mediante los cuales se habían fundado estas compañías. En última instancia, Bleichroeder era el banquero y el factotum financiero del señor Bismarck. Los medios, pues, no faltaban.

Mientras tanto, para que la venta de los ferrocarriles al Imperio valiera la pena, era necesario hacer subir el precio de las acciones. Así, en 1873, se creó una «oficina imperial de ferrocarriles»; su jefe, renombrado tejedor de enjuagues, elevó de golpe las tarifas de todos los ferrocarriles alemanes en un 20 por 100; lo que debía aumentar su ingreso neto y, por consiguiente, también el valor de las acciones en aproximadamente un 35 por 100. Fue la única medida que tomó este señor; fue la única para la cual había aceptado su cargo; por lo que se deshizo de él poco después.

Mientras tanto, se había logrado hacer gustar el proyecto a Bismarck. Pero los pequeños reinos resistieron; el consejo federal se negó en redondo. Nuevo cambio de frente: se resolvió que primero Prusia compraría todos los ferrocarriles prusianos, para cederlos, llegado el caso, al Imperio.

Por lo demás, había, para el gobierno imperial, aún un motivo oculto que le hizo desear la adquisición de los ferrocarriles. Y esto se relaciona con los millardos franceses.

De esos millardos se habían retenido sumas considerables para formar tres «fondos imperiales»: uno para la construcción de un palacio del parlamento, el segundo para las fortalezas, el tercero, en fin, para los inválidos de las tres últimas guerras. El conjunto ascendía a 926 millones de francos.

De estos tres fondos, el más importante y al mismo tiempo el más curioso era el de los inválidos. Estaba destinado a comerse a sí mismo; es decir, que en la época en que el último de estos inválidos hubiera muerto, el fondo también, capital y rédito, habría desaparecido. Un fondo que se consume a sí mismo, se diría de nuevo que harían falta locos para inventarlo. Pero no eran locos; eran los tejedores de enjuagues de la Sociedad de Descuento quienes lo habían inventado, y por buenas razones. Así que hizo falta casi un año para hacer aceptar la idea al gobierno.

Sin embargo, a nuestros agiotadores les pareció que este fondo no se comería lo bastante rápido. Además, creyeron deber dotar a los otros dos fondos de la misma hermosa cualidad de comerse a sí mismos. El medio era simple. Antes incluso de que una ley hubiera fijado la naturaleza de los valores en que estos fondos serían colocados, se encargó a un establecimiento comercial perteneciente al gobierno prusiano comprar valores convenientes. Este establecimiento se dirigió a la Sociedad de Descuento, que vendió, para los tres fondos imperiales, 300 millones de francos en acciones de ferrocarriles, entonces invendibles, y que podríamos especificar.

Entre estas acciones se hallaban 120 millones de Magdeburgo-Halberstadt y líneas fusionadas, ferrocarril casi en bancarrota, que había servido para asegurar a los tejemanejes enormes beneficios, pero que apenas tenía probabilidad de reportar nada a los accionistas. Esto se comprende cuando se sepa que el comité director ha emitido acciones por valor de 16 millones para cubrir los gastos de construcción de tres líneas de empalme, y que ese dinero ha desaparecido por completo sin que siquiera se haya comenzado a construir dichas líneas. Y el fondo de los inválidos se jacta de poseer buen número de esas acciones de ferrocarriles no existentes.

La adquisición de estas líneas por el Estado prusiano legalizaría de un solo golpe la compra de sus acciones por el Imperio; les daría un cierto valor real. He aquí el interés que tenía en este asunto el gobierno imperial. Por eso, la línea de que aquí se trata fue una de las primeras cuya compra fue propuesta por el gobierno prusiano y ratificada por las Cámaras.

El precio concedido a los accionistas por el Estado estaba muy por encima del valor real incluso de las líneas buenas. Lo cual queda probado por el alza constante de sus acciones, desde que se conoció la resolución de comprarlas y, sobre todo, desde que se conocieron las condiciones de venta. Dos grandes líneas, cuyas acciones valían 103 y 108 respectivamente en diciembre de 1878, han sido luego compradas por el Estado; hoy se cotizan a 148 y 158. Así, nada más difícil para los accionistas que ocultar su alegría mientras se regateaba.

Huelga decir que esta alza trajo dicha sobre todo a los grandes agiotadores berlineses que estaban en el secreto de las intenciones del gobierno. La Bolsa, todavía bastante deprimida en la primavera de 1879, recobró una nueva vida. Antes de separarse definitivamente de sus queridas acciones, los especuladores las utilizaron para organizar una nueva orgía del agiotaje.

Como se ve: el imperio alemán está tan completamente bajo el yugo de la Bolsa como lo estuvo, en vida, el imperio francés. Son los bolsistas quienes preparan los proyectos que debe ejecutar —en provecho de sus bolsillos— el gobierno. Aún se tiene en Alemania esta ventaja que faltaba al imperio bonapartista: si el gobierno imperial encuentra resistencias entre los pequeños príncipes, se transforma en gobierno prusiano, que ciertamente no las encontrará en sus cámaras, verdaderas sucursales de la Bolsa.

Pero ¿qué? ¿Acaso no lo ha dicho ya el Consejo General de la Internacional, inmediatamente después de la guerra de 1870: Usted, señor Bismarck, no ha derrocado el régimen bonapartista en Francia más que para restablecerlo en su propia casa!

Karl Marx
La misère de la philosophie. Prólogo de 1880

I

La «Misère de la philosophie» de Karl Marx apareció en 1847, poco tiempo después de las «Contradictions économiques» de Proudhon, que llevaban el subtítulo de «Philosophie de la misère». Lo que nos determina a reimprimir este libro, cuya edición original está agotada, es que contiene los gérmenes de la teoría desarrollada tras veinte años de trabajo en El Capital. La lectura de la Misère de la philosophie y la del Manifiesto del Partido Comunista, publicado por Marx y Engels en 1848, podrán, pues, servir de introducción al estudio de El Capital y de las obras de otros socialistas modernos que, como Lassalle, han tomado de allí sus ideas. Al autorizar esta republicación en nuestro órgano, Marx ha querido darnos una prueba de simpatía.

Hay que decir aún algunas palabras sobre el tono tajante de esta polémica contra Proudhon. Por un lado, Proudhon, al tiempo que atacaba a los economistas oficiales, tales como Dunoyer, Blanqui el Académico, y toda la camarilla del Journal des Économistes, sabía halagar su amor propio, al mismo tiempo que vertía el insulto grosero sobre los socialistas y comunistas utopistas a quienes Marx honró como precursores del socialismo moderno. Por otro lado, para abrir camino al socialismo crítico y materialista, que sólo quiere hacer comprender el desarrollo real, histórico de la producción social, era necesario romper rudamente con la economía ideológica, de la que Proudhon, sin saberlo, era la última encarnación.

Por lo demás, en un artículo publicado en el «Social-Demokrat» de Berlín, después de la muerte de Proudhon, Marx ha hecho justicia a las grandes cualidades de este luchador, a su viril actitud después de las jornadas de Junio de 1848, y a su talento de escritor político.

Karl Marx
Cuestionario para los obreros

1) ¿Cuál es su ramo industrial?
2) ¿La empresa en que trabaja es llevada por capitalistas privados o por una sociedad por acciones? Indique los nombres del empresario privado o del gerente de la sociedad.
3) Indique el número de personas empleadas.
4) Indique su sexo y edad.
5) ¿Cuál es la edad más baja a la que se admite a los niños —varones o mujeres—?
6) Indique el número de capataces y demás empleados que no son simples asalariados.
7) ¿Se emplean aprendices y cuántos?
8) ¿Hay, además de los obreros habituales y regularmente empleados, otros que se hacen venir de fuera en ciertas temporadas?
9) ¿El negocio de su patrón se lleva exclusiva o principalmente para clientes locales, para el mercado interior general, o para la exportación a países extranjeros?

10) ¿Es el lugar de trabajo rural o urbano?
11) Si vuestra industria se ejerce en un lugar campestre, ¿constituye vuestra principal subsistencia o es accesoria a la agricultura, o combinada con ella?
12) ¿El trabajo se realiza enteramente o en su mayor parte a mano o a máquina?
13) Indicad la división del trabajo en el establecimiento donde estáis empleados.
14) ¿Se emplea el vapor como fuerza motriz?
15) Señalad el número de series de salas de trabajo en que se efectúan las diferentes partes del negocio y describid el sector del proceso industrial en que estáis ocupados, no sólo técnicamente sino también en lo que respecta a la tensión muscular y nerviosa que impone y a sus efectos generales sobre la salud del obrero.

16) Describid el estado sanitario del lugar de trabajo en cuanto al tamaño (el espacio dejado a cada obrero), ventilación, temperatura, blanqueo, letrinas, limpieza general, ruido de la maquinaria, polvo, humedad, etc.
17) ¿Existe alguna inspección, gubernamental o municipal, sobre el estado sanitario del lugar de trabajo?
18) ¿Hay en vuestro ramo influencias nocivas peculiares que engendren enfermedades específicas entre los obreros?
19) ¿Está el lugar de trabajo atestado de maquinaria?
20) ¿La fuerza motriz, la maquinaria de transmisión y la maquinaria de trabajo están resguardadas de modo que prevengan daños corporales a los obreros?
21) Mencionad los principales accidentes con pérdida de miembros o de vida sufridos por los obreros durante vuestra experiencia personal.
22) Si trabajáis en una mina, indicad las medidas de precaución tomadas por vuestro patrono para asegurar la ventilación y prevenir explosiones y otros accidentes peligrosos.
23) Si trabajáis en una manufactura de metales, manufactura química, para los ferrocarriles u otra industria especialmente peligrosa, señalad si vuestro patrono adopta medidas de precaución.
24) ¿Qué medios de iluminación —gas, petróleo, etc.— se emplean en vuestro lugar de trabajo?
25) ¿Existen suficientes medios de escape dentro y fuera de los edificios de trabajo en caso de incendio?
26) En caso de accidente, ¿está el patrono legalmente obligado a indemnizar al damnificado o a su familia?
27) Si no es así, ¿indemniza de algún modo a quienes han sufrido perjuicio en la labor de enriquecerlo?
28) ¿Existe algún servicio de asistencia médica en vuestro lugar de trabajo?
29) Si trabajáis en casa, describid el estado de vuestra habitación de trabajo; si empleáis sólo herramientas o también pequeñas máquinas; si ocupáis a vuestra mujer e hijos u otros ayudantes, adultos o niños, varones o hembras; si trabajáis para clientes particulares o para un “empresario”; si contratáis directamente con él o por medio de intermediarios.

1) Indicad las horas habituales de trabajo diario y el número habitual de días de trabajo por semana.
2) Indicad el número de días festivos durante el año.
3) ¿Cuáles son las interrupciones de la jornada de trabajo?
4) ¿Las horas de comida están fijadas a intervalos regulares determinados o se toman irregularmente? ¿Se toman dentro o fuera del edificio?
5) ¿Se trabaja durante las horas de comida?
6) Si se emplea el vapor, indicad la hora efectiva en que se pone en marcha y se para.
7) ¿Hay trabajo nocturno?
8) Indicad el tiempo de trabajo de los niños y jóvenes menores de 16 años.
9) ¿Distintos grupos de niños y jóvenes se relevan entre sí durante la jornada de trabajo?
10) ¿Las disposiciones legislativas que existen para el trabajo infantil son hechas cumplir por el gobierno y estrictamente observadas por los patronos?
11) ¿Hay escuelas para los niños y jóvenes empleados en vuestra industria? En caso afirmativo, ¿a qué horas del día asisten los niños a la escuela? ¿Qué se les enseña?
12) Donde el trabajo continúa día y noche, ¿qué sistema de turnos —relevos de un grupo de obreros por otro— se emplea?
13) ¿En qué medida se prolongan las horas habituales de trabajo en épocas de presión de los negocios?
14) ¿La limpieza de la maquinaria la realiza un número adicional de obreros contratados al efecto, o la hacen gratuitamente los obreros que trabajan en las máquinas durante su jornada normal de trabajo?
15) ¿Cuáles son los reglamentos y las penalidades respecto a la asistencia puntual de los obreros a la hora en que comienza el trabajo o cuando se reanuda después de las comidas?
16) ¿Cuánto tiempo perdéis diariamente al ir de casa al lugar de trabajo y al regresar del lugar de trabajo a casa?

III)
1) ¿Cuál es el modo de contratación con vuestro patrono? ¿Se os contrata por día, por semana, por mes, etc.?
2) ¿Cuál es el plazo estipulado para recibir o dar aviso de despedida?
3) En caso de incumplimiento del contrato, si el patrono es el infractor, ¿qué penalidades incurre?
4) Si el obrero es el infractor, ¿qué penalidades incurre?
5) Si se emplean aprendices, indicad las condiciones de su contrato.
6) ¿Vuestra ocupación es regular o irregular?
7) ¿Vuestro ramo de industria se explota principalmente en ciertas temporadas, o en épocas normales se distribuye el trabajo de manera más o menos uniforme a lo largo del año?
8) Si vuestro trabajo está ligado a determinadas temporadas, ¿cómo vivís en el intervalo?
9) ¿Vuestros salarios se calculan por tiempo o a destajo?
10) Si es por tiempo, ¿se calculan por hora suelta o por toda la jornada de trabajo?
11) ¿Se pagan salarios extraordinarios —y cuáles— en caso de horas extraordinarias?
12) Si vuestros salarios se pagan a destajo, indicad el método de fijarlos; si estáis empleado en industrias en que la cantidad de trabajo realizado se estima por medición o por peso (como, por ejemplo, en las minas de carbón), ¿recurre vuestro patrono y sus subalternos a supercherías para defraudaros una parte de vuestras ganancias?
13) Si se os paga a destajo, ¿se toma la calidad del artículo fabricado como pretexto para hacer deducciones fraudulentas del salario?
14) Ya sea calculado por tiempo o a destajo, ¿en qué plazos se os pagan los salarios? En otras palabras, ¿qué crédito debéis conceder a vuestro patrono antes de recibir el pago por el trabajo hecho? ¿Se os paga al cabo de una semana, de un mes, etc.?
15) ¿Habéis comprobado que esa demora en el pago de los salarios os obliga a recurrir con frecuencia a los Montes de Piedad, pagando allí altos intereses y despojándoos de cosas que deberíais tener a vuestra disposición, o a tomar crédito de los tenderos y, al convertiros en deudores suyos, volveros su presa?
16) ¿Los salarios son pagados directamente por el “patrono” o por medio de un intermediario, “marchandeur”, etc.?
17) Si los salarios se pagan por medio de “marchandeurs” u otros intermediarios, indicad las condiciones de vuestra contratación.
18) Indicad el monto diario o semanal de vuestro salario en dinero.
19) Indicad el salario por el mismo tiempo de las mujeres y niños que cooperan con vosotros en el mismo taller.
20) Indicad el salario diario más alto y el más bajo durante el último mes.
21) Indicad el salario a destajo más alto y el más bajo durante el último mes.
22) Indicad vuestras ganancias efectivas durante el mismo período y, si tenéis familia, también las de vuestra mujer e hijos.
23) ¿Los salarios se pagan en dinero o en parte de otra manera?
24) Si alquiláis vuestra vivienda a vuestro patrono, indicad en qué condiciones. ¿Descuenta el alquiler de vuestro salario?
25) Indicad el precio de vuestros artículos de primera necesidad, tales como:
a) el alquiler de vuestra vivienda y el plazo por el cual está alquilada; el número de habitaciones que la componen; para cuántas personas; reparaciones y seguro; compra y conservación del mobiliario; cama; calefacción, alumbrado, agua, etc.
b) alimentación: pan, carne, legumbres (patatas, etc.); productos lácteos, huevos, pescado; mantequilla, aceite, grasa; azúcar, sal, especias; café, té, achicoria; cerveza, sidra, vino, etc.; tabaco.
c) vestimenta (para los padres y los hijos); lavado; cuidados de aseo, baños, jabón, etc.
d) gastos diversos, como franqueo de cartas, préstamos y gastos de depósito en los Montes de Piedad, gastos escolares de los hijos, gastos de aprendizaje, compra de periódicos, de libros, etc. Contribuciones a sociedades de socorros mutuos, para huelgas, coaliciones, sindicatos obreros, etc.
e) los gastos, si los hay, ocasionados por el ejercicio de vuestro oficio.
f) Impuestos.
26) Procurad disponer en forma de presupuesto vuestro ingreso semanal y anual (y el de vuestra familia, si la tenéis) y vuestro gasto semanal y anual.
27) ¿Habéis observado durante vuestra experiencia personal un alza mayor en los artículos de primera necesidad (tales como alquileres, precio de los alimentos, etc.) que en los salarios?
28) Indicad los cambios en la tasa de salarios durante el mayor tiempo que podáis recordar.
29) Indicad la baja de los salarios en las épocas de estancamiento o crisis.
30) Indicad el alza de los salarios en las llamadas épocas de prosperidad.
31) Indicad la interrupción del trabajo por cambio de moda y por crisis parciales o generales.

32) Indicad los cambios en el precio de los artículos que producís o de los servicios que prestáis, comparados con los cambios simultáneos o la permanencia de vuestros salarios.
33) ¿En el tiempo de vuestra experiencia, han sido desplazados obreros por la introducción de máquinas u otras mejoras?
34) ¿Con el desarrollo de la maquinaria y de la fuerza productiva del trabajo, la intensidad y la duración del trabajo han disminuido o aumentado?
35) ¿Tenéis noticia de algún aumento de salarios como consecuencia de la producción mejorada?
36) ¿Habéis conocido casos en que un obrero ordinario haya podido retirarse, a los 50 años de edad, con el dinero ganado como asalariado?
37) ¿Cuál es el número de años durante los cuales, en vuestro ramo de industria, un obrero de salud media puede continuar su trabajo?

IV)
1) ¿Existen sindicatos obreros en vuestro oficio, y cómo son administrados?
2) ¿Cuántas huelgas han ocurrido en vuestro oficio durante vuestra experiencia personal?
3) ¿Cuánto duraron esas huelgas?
4) ¿Fueron parciales o generales?
5) ¿Su finalidad fue un aumento de salarios o la resistencia a su reducción; o se referían a la duración de la jornada de trabajo; o surgieron de algún otro motivo?
6) ¿Cuál fue su resultado?
7) ¿Apoya vuestro oficio las huelgas de obreros pertenecientes a otros oficios?
8) Indicad los reglamentos y las penalidades por infringirlos, establecidos por vuestro patrono para el gobierno de sus asalariados.
9) ¿Existen coaliciones entre los patronos para imponer a los obreros la reducción de salarios, la prolongación de la jornada de trabajo, la injerencia en las huelgas y, en general, para hacer cumplir sus mandatos a la clase obrera?
10) ¿En vuestra experiencia, ha abusado el gobierno de la fuerza pública al servicio de los patronos contra sus hombres?
11) ¿Ese mismo gobierno, en vuestra experiencia, ha intervenido alguna vez en favor de los obreros contra las transgresiones y coaliciones ilícitas de los patronos?
12) ¿Hace cumplir ese mismo gobierno las leyes fabriles, en la medida en que existan, contra los patronos? ¿Sus inspectores —si los hay— desempeñan estrictamente sus deberes?
13) ¿Existen en vuestro taller o en vuestro oficio sociedades de socorros mutuos y asistencia en casos de accidentes, enfermedad, muerte, incapacidad temporal para el trabajo, vejez, etc.?
14) ¿La pertenencia a dichas sociedades es voluntaria u obligatoria? ¿Están sus fondos exclusivamente bajo el control de los obreros?
15) Si las contribuciones a esos fondos son obligatorias y están bajo el control del patrono, ¿deduce él las cuotas del salario? ¿Paga intereses por ellas? ¿Al dar o recibir el aviso de despedida, se les devuelven a los obreros sus cuotas?
16) ¿Existen empresas cooperativas obreras en vuestro ramo de industria? ¿Cómo son administradas? ¿Emplean también a obreros ajenos a cambio de un salario, del mismo modo que lo hacen los capitalistas?
17) ¿Hay en vuestro oficio talleres donde una parte de la retribución de los obreros se paga en forma de truck? (En caso afirmativo, indicad los detalles).
18)

¿Qué parte se paga bajo el nombre de salario y qué otra parte en las llamadas acciones de la ganancia patronal? Compare el ingreso total de esos obreros con el de otros en donde no existe esta llamada participación. Señale los compromisos de los obreros que viven bajo este régimen. Indique si se les permite participar en las huelgas, etc., o si sólo se les consiente ser los “súbditos” obedientes de su patrón. ¿Cuál es el estado general físico, intelectual y moral de los obreros y obreras en su ramo de producción?