Friedrich Engels
Sobre las actuales condiciones de Alemania y de Rusia

La Plebe.
Núm. 12, 30 de marzo de 1879
Londres, 21 de marzo.

Las últimas elecciones socialistas en Alemania prueban que no se mata el socialismo cerrándole la boca. La ley contra los socialistas tendrá, por el contrario, un éxito excelente para nosotros. Ella llevará a cabo la educación revolucionaria de los obreros alemanes...

Con grandes esfuerzos y con grandes sacrificios habían conquistado el grado de libertad de prensa, de asociación y de reunión de que gozaban: era una lucha continua, pero al final la victoria quedaba siempre de parte de los obreros. Podían organizarse, y cada vez que tenían lugar las elecciones generales, ello constituía para ellos un nuevo triunfo.

Esta agitación legal, empero, hacía que algunos creyeran que ya no se necesitaba más para alcanzar la victoria final del proletariado. Esta circunstancia, en un país tan pobre en tradiciones revolucionarias como es Alemania, podía volverse peligrosa. Afortunadamente, la acción brutal de Bismarck y la cobardía de la burguesía alemana que lo sostiene, han cambiado las cosas. Los obreros alemanes han experimentado cuánto valen las libertades constitucionales en cuanto el proletariado se permite tomarlas en serio y servirse de ellas para combatir la dominación capitalista. Si aún existían algunas ilusiones a este respecto, el amigo Bismarck las ha disipado bruscamente. Digo *el amigo* Bismarck, porque nadie ha prestado jamás, como él, tantos servicios al socialismo en Alemania. Después de haber preparado la revolución con el militarismo más avanzado y más insoportable, con impuestos siempre crecientes, con la alianza del Estado con el agiotaje más desvergonzado, con el retorno a las tradiciones más feudales y policíacas de la vieja Prusia, con las persecuciones tanto numerosas como mezquinas, y con la degradación y el envilecimiento públicos infligidos a una burguesía que, por lo demás, no merecía mejor trato; después de haber preparado así, en suma, la revolución, corona su obra forzando al proletariado germánico a emprender la vía revolucionaria.

El amigo Bismarck puede estar tranquilo. La revolución que ha preparado tan bien, los obreros alemanes la harán. Cuando la señal sea dada por Rusia, ellos se encontrarán listos.

Desde hace varios años vengo señalando a la atención de los socialistas europeos el estado de Rusia, donde se está preparando un movimiento decisivo. La lucha entre el gobierno y las sociedades secretas ha adquirido allí un carácter tan violento que no puede durar. El movimiento parece estar a punto de estallar. Los agentes del gobierno cometen atrocidades increíbles. Contra semejantes bestias feroces hay que defenderse como se puede, con la pólvora y con el plomo. El asesinato político, en Rusia, es el único medio que tienen los hombres inteligentes, dignos y de carácter para defenderse contra los agentes de un despotismo inaudito.

La conspiración poderosa en el ejército y hasta en la Corte imperial, la opinión nacional envilecida por las derrotas diplomáticas que siguieron a la guerra, el tesoro vacío, el crédito arruinado, los banqueros que se niegan a conceder préstamos si no están garantizados por una asamblea nacional, en fin, la miseria. He aquí el balance de Rusia.

F. ENGELS.

Karl Marx/Friedrich Engels
Carta circular a Bebel, Liebknecht, Bracke y otros dirigentes del Partido Obrero Socialista de Alemania

|I| Querido Bebel

La respuesta a tu carta del 20 de agosto se ha retrasado, por un lado, debido a la prolongada ausencia de Marx, y luego por algunos incidentes: primero la llegada del *Anuario* de Richter, después la del propio H[öchberg].

He de concluir que Liebkn[echt] no te ha presentado mi última carta dirigida a él, aunque yo se lo encargué expresamente. De otro modo, ciertamente no me habrías expuesto los mismos argumentos que Liebknecht hizo valer y a los que yo ya respondí en aquella carta.

Vayamos ahora punto por punto, sobre lo que aquí importa.

I. Las negociaciones con C[arl] Hirsch.

Liebknecht pregunta a Hirsch si quiere asumir la redacción del órgano del partido de nueva creación en Zúrich. Hirsch desea informarse sobre la financiación del periódico: qué fondos están disponibles y quién los provee. Lo primero, para saber si el periódico no tendrá que extinguirse ya después de pocos meses. Lo otro, para cerciorarse de quién tiene el nudo del bolso y, con ello, la supremacía definitiva sobre la postura del periódico. La respuesta de Liebknecht a Hirsch: «todo en orden, recibirás de Zúrich lo demás» (Liebknecht a H., 28 de julio) no llega. De Zúrich, en cambio, llega una carta de Bernstein a Hirsch (24 de julio), en la que B. comunica que «se nos ha encargado la puesta en escena y la supervisión (del periódico)». Había tenido lugar una conversación «entre Viereck, Singer y nosotros», en la que se encontró «que su posición se vería algo dificultada por las diferencias que usted, como Laternenmann, ha tenido con algunos camaradas, aunque considero que esta objeción no es muy grave». Sobre la financiación, ni una palabra.

Hirsch responde de inmediato el 26 de julio con la pregunta por la situación material del periódico. ¿Qué camaradas se han obligado a cubrir el déficit? ¿Hasta qué monto y por cuánto tiempo? — La cuestión del salario del redactor no desempeña aquí absolutamente ningún papel; Hirsch quiere saber únicamente si «los medios están asegurados para garantizar el periódico al menos durante un año».

Bernstein responde el 31 de julio: un eventual déficit será cubierto por contribuciones voluntarias, algunas (!) de las cuales ya han sido suscritas. A las observaciones de Hirsch sobre la línea que piensa dar al periódico, de lo cual se hablará más abajo, siguen observaciones y prescripciones de desaprobación: «la comisión de supervisión ha de insistir tanto más en ello cuanto que ella misma se halla bajo control, es decir, es responsable. Sobre estos puntos tendría usted, pues, que ponerse de acuerdo con la comisión de supervisión». Se desea respuesta telegráfica inmediata a ser posible.

Así, pues, en lugar de toda respuesta a sus legítimas preguntas, Hirsch recibe la noticia de que ha de redactar bajo una *comisión de supervisión* con sede en Zúrich, cuyas opiniones divergen muy sustancialmente de las suyas y ¡cuyos miembros ni siquiera le son nombrados!

Hirsch, con pleno derecho indignado por este trato, prefiere entenderse con los de Leipzig. Su carta del 2 de agosto a Liebknecht debe serte conocida, ya que H. pidió expresamente que se te comunicara a ti y a Viereck. Hirsch está incluso dispuesto a someterse a una comisión de supervisión de Zúrich, en la medida en que ésta quede autorizada a hacer observaciones escritas a la redacción y a apelar a la decisión de la comisión de control de Leipzig.

Liebknecht, entretanto, escribe el 28 de julio a Hirsch: «Naturalmente, la empresa está financiada, ya que todo el partido + (inclusive) Höchberg está detrás. Pero yo no me ocupo de los detalles.»

Tampoco la siguiente carta de Liebknecht contiene nada nuevamente sobre la financiación, y en cambio la seguridad de que la comisión de Zúrich no es una comisión de redacción, sino que está encargada sólo de la administración y de las cuestiones financieras. Aún el 14 de agosto, L. me escribe lo mismo a mí y pide que nosotros persuadamos a H[irsch] de que acepte. Tú mismo, el 20 de agosto, estás tan poco informado del verdadero estado de cosas que me escribes: «Él (Höchberg) no tiene en la redacción del periódico más voz que cualquier otro camarada de partido conocido.»

Por fin recibe Hirsch una carta de V[iereck], del 11 de agosto, en la que se admite que «los tres domiciliados en Zúrich, en calidad de comisión de redacción, debían abordar la fundación del periódico y, con el consentimiento de los tres de Leipzig, elegir a un redactor... según recuerdo, en los acuerdos comunicados se expresaba también que el comité fundacional (de Zúrich) mencionado en 2 debía asumir *tanto* la responsabilidad *política como financiera* frente al partido... De este estado de cosas se desprende ahora, a mi parecer, que... sin la cooperación de los tres domiciliados en Zúrich y encargados por el partido con la fundación no se puede pensar en asumir la redacción».

Aquí tenía Hirsch por fin al menos algo concreto, aunque sólo sobre la posición del redactor frente a los de Zúrich. Ellos son una comisión de redacción; tienen también la responsabilidad política; sin su cooperación no se puede asumir ninguna redacción. En suma, se remite a Hirsch simplemente a que se entienda con las tres personas de Zúrich cuyos nombres todavía no se le han indicado.

Pero para que la confusión sea completa, Liebknecht escribe una posdata bajo la carta de Viereck: «Ahora mismo ha estado aquí Singer, de Berlín, y ha informado. La comisión de supervisión en Zúrich no es, como cree Viereck, una comisión de redacción, sino esencialmente comisión administrativa, que es responsable financieramente ante el partido, es decir, ante nosotros, por el periódico; naturalmente, los miembros tienen también el derecho y el deber de discutir contigo acerca de la redacción (un derecho y un deber que, dicho sea de paso, tiene todo camarada del partido); no están facultados para ponerte bajo curatela.»

Los tres de Zúrich y un miembro del comité de Leipzig — el único que estuvo presente en las negociaciones — insisten en que H[irsch] debe estar bajo la dirección oficial de los de Zúrich; un segundo miembro de Leipzig lo niega terminantemente. ¡Y en esas condiciones ha de decidirse Hirsch antes de que los señores se pongan de acuerdo entre sí! En que Hirsch tenía derecho a conocer los acuerdos adoptados que contenían las condiciones a las que se le pretendía someter, se pensó tanto menos cuanto que a los de Leipzig ni siquiera pareció ocurrírseles tomar ellos mismos conocimiento auténtico de esos acuerdos. ¿Cómo era posible si no la contradicción arriba señalada?

Si los de Leipzig no logran ponerse de acuerdo sobre las facultades transferidas a los de Zúrich, los de Zúrich tienen plena claridad al respecto.

Schramm a Hirsch, 14 de agosto: «Si usted no hubiera escrito en su momento que, en el mismo caso (como el de Kayser), procedería otra vez igual y hubiera así anunciado un mismo modo de escribir, no diríamos una palabra al respecto. Pero en tal caso, ante esa declaración suya, hemos de reservarnos el derecho de emitir un voto decisivo sobre la admisión de artículos en el nuevo periódico.»

La carta a Bernstein en la que Hirsch ha de haber dicho esto es del 26 de julio, mucho tiempo después de la conferencia de Zúrich en la que se habían fijado los plenos poderes de los tres de Zúrich. Pero en Zúrich se recrean ya tanto en el sentimiento de su burocrática plenitud de poder, que sobre la base de esta carta posterior de Hirsch se reclama ya la nueva facultad de decidir sobre la admisión de artículos. La comisión de redacción es ya una comisión de censura.

Sólo cuando Höchberg llegó a París, supo Hirsch por él los nombres de los miembros de las dos comisiones.

Así, pues, si las negociaciones con Hirsch se malograron, ¿a qué se debió?

1) en la obstinada negativa tanto de los de Leipzig como de los de Zúrich
a comunicarle ningún dato fáctico sobre los fundamentos
financieros y, con ello, sobre la posibilidad de mantener el periódico con
vida, aunque no fuera más que por un año. La suma suscrita sólo la ha sabido
aquí por mí (según la comunicación que usted me hizo). Así pues, de las comunicaciones
anteriormente hechas (el partido + H[öchberg]) resultaba casi imposible
sacar otra conclusión que la de que el periódico ya estaba ahora fundado
predominantemente por Höchberg o que muy pronto dependería por entero
de sus subsidios. Y esta última posibilidad tampoco está, ni mucho menos,
excluida ahora. La suma de — si leo bien — 800 marcos es exactamente
la misma (40 libras esterlinas) que la Asociación de la Libertad de aquí ha tenido
que añadir en el primer semestre.

2) la repetida seguridad, desde entonces probada como totalmente incorrecta,
de Liebknecht de que los de Zúrich no tenían que controlar oficialmente
en absoluto la redacción, y la consiguiente comedia de los equívocos;

3) la certeza por fin alcanzada de que los de Zúrich no sólo tenían que
controlar la redacción, sino que censurarla ellos mismos y de que a él, Hirsch, sólo
le cabía en ello el papel de testaferro.

En que él, en vista de esto, rechazara, no podemos sino darle la razón. La
comisión de Leipzig, según oímos de H[öchberg], ha sido reforzada aún con 2
miembros no residentes en la localidad, por lo que sólo puede
intervenir con rapidez cuando los 3 de Leipzig están unidos. Con ello se desplaza
el centro de gravedad real por completo a Zúrich, y con los de allí
Hirsch — tan poco como cualquier otro redactor realmente de espíritu revolucionario y
proletario, habría podido trabajar a la larga.

Sobre esto más adelante.

II. La actitud pretendida del periódico. |

 Ya el 24 de julio notifica Bernstein a Hirsch que las diferencias
que él, como hombre de la «Linterna», ha tenido con algunos compañeros, harían más difícil su

posición.

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Hirsch responde que la actitud del periódico, en su opinión, en
general tendrá que ser la misma que la de la «Linterna», es decir, una tal
que en Suiza evite procesos y en Alemania no asuste
innecesariamente. Pregunta quiénes son esos compañeros y continúa: «sólo conozco a
Uno, y le prometo a usted que a éste, en igual caso de
comportamiento antidisciplinario, lo volveré a tratar exactamente así».

A esto responde Bernstein en el sentimiento de su nueva dignidad oficial de
censor: «En cuanto a la actitud del periódico respecta, la opinión
de la comisión de inspección es, por cierto, que la “Linterna” no debe valer como modelo;
el periódico, en nuestra opinión, debe sostenerse menos en un
radicalismo político que de un modo socialista de principio. Casos como el
ataque contra Kayser, que fue desaprobado por todos los compañeros sin excepción (!),
deben evitarse bajo todas las circunstancias».

Y así sucesivamente, y así sucesivamente. Liebknecht llama al ataque contra Kayser
«una metedura de pata», y Schramm lo tiene por tan peligroso que en vista de ello impone
la censura sobre Hirsch.

Hirsch escribe otra vez a Höchberg, un caso como el de Kayser «no puede
ocurrir cuando existe un órgano oficial del partido cuyas
exposiciones claras y bienintencionadas advertencias no puede echar
en saco roto con tanto descaro un diputado».

También Viereck escribe que al nuevo periódico «le está prescrita una actitud
desapasionada y el mayor ignorar posible de todas las diferencias
ocurridas…», que no debe ser una «“Linterna” aumentada», y que a Bernstein
«cuando más podría reprochársele que es de orientación demasiado moderada,
si es que en un tiempo en que no podemos navegar con bandera desplegada puede
ser eso un reproche».

¿Qué es, pues, este caso Kayser, este crimen imperdonable que Hirsch
ha cometido | supuestamente? Kayser habla y vota en el Reichstag,
el único entre los diputados socialdemócratas, a favor de los aranceles proteccionistas.
Hirsch lo acusa de haber violado la disciplina del partido, al

1) votar K. por impuestos indirectos, cuya abolición exige
expresamente el programa del partido;
2) otorgar dinero a Bismarck y violar con ello la primera regla fundamental de toda nuestra
táctica de partido: ni un céntimo a este gobierno.

En ambos puntos tiene Hirsch incontestablemente razón. Y después de que Kayser
hollara, por un lado, el programa del partido, al que los diputados, por
resolución de congreso, han sido por así decirlo juramentados, y, por otro lado, la
más imprescindible y primera regla fundamental de la táctica del partido,
votara dinero a Bismarck como agradecimiento por la ley contra los socialistas, también Hirsch tenía,
en nuestra opinión, plena razón al arremeter contra él tan duramente
como lo hizo.

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Nunca hemos podido comprender cómo se ha podido uno enfurecer tan enormemente
en Alemania por este ataque a Kayser. Ahora me cuenta
Höchberg que la «fracción» le ha otorgado a Kayser el permiso para su proceder
y que, mediante este permiso, se tiene a K. por cubierto.

Si la cosa es así, eso es ya algo fuerte. En primer lugar, Hirsch
de esta resolución secreta podía saber tan poco como el
resto del mundo. En segundo lugar, la vergüenza para el partido, que antes podía
ser cargada sobre K. en solitario, se hace con esta historia aún mayor, y
asimismo el mérito de Hirsch, de haber puesto al descubierto abiertamente y ante todo el mundo
estos discursos disparatados y esta votación aún más disparatada
de Kayser y haber salvado con ello el honor del partido. | ¿O es
que la socialdemocracia alemana está de hecho contagiada de la enfermedad
parlamentaria, y cree que con la elección popular se derrama el espíritu santo
sobre los elegidos, que las sesiones de fracción se convierten en concilios
infalibles, y las resoluciones de fracción en dogmas intocables?

Se ha disparado una metedura de pata, ciertamente, pero no por Hirsch, sino por
los diputados que cubrieron a Kayser con su resolución. Y si
aquellos que están llamados ante todo a velar por el mantenimiento de la disciplina del partido,
quebrantan de modo tan estruendoso esta disciplina del partido mediante tal resolución,
entonces eso es tanto peor. Pero aún peor, si
uno se encumbra hasta la creencia de que no Kayser, con su discurso y
votación, y los otros diputados, con su resolución, han violado la
disciplina del partido, sino Hirsch, al atacar a Kayser a pesar de esta resolución,
para él además desconocida.

Es, por lo demás, seguro que el partido ha adoptado en la cuestión arancelaria la misma actitud
poco clara e indecisa que hasta ahora en casi todas las
cuestiones económicas que se han vuelto prácticas, por ejemplo en los ferrocarriles
imperiales. Eso proviene de que los órganos del partido, especialmente el «Vorwärts»,
en vez de discutir a fondo estas cuestiones, se han consagrado con predilección
a la construcción del futuro orden social. Cuando
la cuestión arancelaria se volvió de pronto práctica tras la ley contra los socialistas,
las opiniones divergían en los más diversos matices, y
no había ni uno solo en su lugar que poseyera la condición previa para la formación de un juicio más claro y
correcto: conocimiento de las relaciones de la industria
alemana y de su posición en el mercado mundial. Entre los electores | no podían
faltar, aquí y allá, corrientes proteccionistas;
éstas se querían tener también en cuenta. El único camino para salir de esta
confusión, a saber, concebir la cuestión de modo puramente político
(como ocurrió en la «Linterna»), no fue emprendido con decisión. Así
no podía faltar que el partido, en este debate, por primera vez desde la ley

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contra los socialistas, compareciera vacilante, inseguro y poco claro, y final y
completamente se cubriera de vergüenza por y con Kayser.

El ataque a Kayser se toma ahora como ocasión para predicarle a Hirsch
en todos los tonos que el nuevo periódico no debe en modo alguno imitar los excesos de la «Linterna»,
que debe sostenerse menos en un radicalismo político
que de un modo socialista de principio y desapasionado. Y por cierto,
tanto por Viereck como por Bernstein, quien precisamente por aquello que
es demasiado moderado aparece como el hombre adecuado, porque ahora no se puede, desde luego,
navegar con bandera desplegada.

Pero, ¿por qué se va uno al extranjero, entonces, sino para
navegar con bandera desplegada? En el extranjero nada se opone a ello. En Suiza
no existen las leyes alemanas de prensa, de asociación y penales. Allí se puede, pues,
no sólo decir aquellas cosas que en casa, ya antes de la
ley contra los socialistas, no se podían decir a causa de las leyes alemanas usuales,
sino que se tiene también la obligación de hacerlo. Pues aquí no se está meramente ante
Alemania, sino ante Europa, y se tiene el deber, en la medida en que las leyes
suizas lo permitan, de exponer sin rebozo ante Europa los caminos y las metas del
partido alemán. Quien en Suiza quisiera atarse a las leyes alemanas,
probaría precisamente sólo que es digno de esas leyes alemanas
y que de hecho no tiene nada que decir sino lo que en Alemania antes de la
ley de excepción era lícito decir. Tampoco debe tomarse en consideración
la posibilidad de cortar temporalmente a la redacción el retorno a Alemania.
Quien no está dispuesto a arriesgar eso,
no pertenece a un puesto de honor tan expuesto.

Más aún. El partido alemán con la ley de excepción ha sido puesto
en proscripción y en entredicho, | precisamente porque era el único partido de oposición serio
en Alemania. Si en un órgano extranjero
le da las gracias a Bismarck renunciando a este papel de único
partido de oposición serio, compareciendo bonitamente manso, aceptando
la patada con actitud desapasionada, entonces sólo prueba que
era digno de la patada. De todos los periódicos alemanes de emigración que desde
1830 han aparecido en el extranjero, la «Linterna» es seguramente uno de los más moderados.
Pero si ya la «Linterna» era demasiado insolente — entonces el nuevo órgano no puede sino
comprometer al partido ante los correligionarios de los países no alemanes.

III. El Manifiesto de los tres de Zúrich.

Entretanto nos ha llegado el «Jahrbuch» de Höchberg y contiene
un artículo: «Retrospectivas sobre el movimiento socialista en Alemania»,
que, como el propio Höchberg me ha dicho, está redactado precisamente por los tres miembros

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de la comisión de Zúrich. Aquí tenemos su crítica auténtica del
movimiento habido hasta ahora y, con ello, su programa auténtico para la actitud
del nuevo órgano, en la medida en que ésta dependa de ellos.

Ya de entrada se dice:

«El movimiento que Lassalle consideraba como eminentemente político, y al
cual llamó no sólo a los obreros, sino a todos los demócratas honrados,
a cuya cabeza debían marchar los representantes independientes de la ciencia y todos los
hombres henchidos de verdadero amor a la humanidad, se aplanó
bajo el presidium de J.B. von Schweitzer hasta convertirse en una lucha
unilateral de intereses de los obreros industriales».

No examino si, y hasta qué punto, esto es históricamente así.
El reproche específico que aquí se hace a Schweitzer consiste en
que Schweitzer aplanó el lassalleanismo, el cual aquí es concebido como un movimiento
burgués democrático-filantrópico, hasta convertirlo en una lucha
unilateral de intereses de los obreros industriales, lo aplanó, en tanto que | |
profundizó su carácter como lucha de clases de los obreros industriales contra
los burgueses. Además, se le reprocha su «rechazo de la
democracia burguesa». ¿Qué tiene, pues, que hacer la democracia burguesa en el
partido socialdemócrata? Si se compone de «hombres
honrados», no puede en absoluto querer entrar, y si no obstante
quiere entrar, entonces sólo lo hará para meter cizaña.

El partido lassalleano «prefirió presentarse, del modo más unilateral, como partido obrero». Los señores que escriben esto son ellos mismos miembros de un partido que se presenta del modo más unilateral como partido obrero, y actualmente ocupan en él cargos y dignidades. Hay aquí una incompatibilidad absoluta. Si piensan lo que escriben, deben salir del partido, o al menos renunciar a sus cargos y dignidades. Si no lo hacen, confiesan con ello que se proponen utilizar su posición oficial para combatir el carácter proletario del partido. El partido, pues, se traiciona a sí mismo si los deja en sus cargos y dignidades.

El partido socialdemócrata, pues, según la opinión de estos señores, no debe ser un partido obrero unilateral, sino un partido omnilateral «de todos los hombres henchidos de verdadero amor a la humanidad». Ante todo, debe demostrarlo despojándose de las rudas pasiones proletarias y poniéndose «para la formación de un buen gusto» y «para el aprendizaje del buen tono» (p. 85) bajo la dirección de burgueses cultos y filantrópicos. Entonces también el «aspecto desharrapado» de algunos dirigentes cederá el paso a un muy respetable «aspecto burgués». (¡Como si el aspecto exterior desharrapado de los aquí aludidos no fuera aún lo más mínimo que se les puede reprochar!) Entonces también «acudirán numerosos adeptos de los círculos de las clases cultas y poseedoras. Pero éstos tienen que ser ganados si la agitación… ha de alcanzar éxitos tangibles…» El socialismo alemán ha «puesto demasiado énfasis en la conquista de las masas y, al hacerlo, ha descuidado hacer propaganda enérgica (!) en las llamadas capas superiores de la sociedad». Pues «aún le faltan al partido hombres idóneos para representarlo en el Reichstag». Pero es «deseable y necesario confiar los mandatos a hombres que hayan tenido suficiente ocasión y tiempo para familiarizarse a fondo con las materias pertinentes. El simple obrero y el pequeño maestro artesano… sólo en raros casos excepcionales disponen del ocio necesario para ello». ¡Votad, pues, a burgueses!

En suma: la clase obrera por sí misma es incapaz de emanciparse. Para ello tiene que ponerse bajo la dirección de burgueses «cultos y poseedores», los únicos que «tienen ocasión y tiempo» de familiarizarse con lo que conviene a los obreros. Y, en segundo lugar, a la burguesía no hay que combatirla en modo alguno, sino — ganarla mediante enérgica propaganda.

Pero si se quiere ganar a las capas superiores de la sociedad, o aunque sólo sea a sus elementos bienintencionados, no se las debe asustar de ningún modo. Y aquí los tres de Zúrich creen haber hecho un descubrimiento tranquilizador:

«El partido demuestra precisamente ahora, bajo la presión de la ley de excepción contra los socialistas, que no está dispuesto a seguir el camino de la revolución violenta y sangrienta, sino que está decidido… a emprender el camino de la legalidad, es decir, de la reforma.» De modo que si los 500.000 o 600.000 electores socialdemócratas, entre 1/4 y 1/3 del total del electorado, dispersos además por todo el vasto país, son tan razonables que no dan de cabeza contra la pared ni intentan una «revolución sangrienta» en la proporción de uno contra diez, ¡eso demuestra que se prohíben también para todo el futuro aprovechar un formidable acontecimiento exterior, una súbita efervescencia revolucionaria provocada por él, e incluso una victoria del pueblo lograda en una colisión resultante de todo ello! Si Berlín volviera a ser tan inculto como para hacer un 18 de marzo, los socialdemócratas, en vez de tomar parte en la lucha como «harapientos ávidos de barricadas» (p. 88), deberían más bien «emprender el camino de la legalidad», calmar los ánimos, despejar las barricadas y, llegado el caso, marchar con el glorioso ejército contra las masas unilaterales, rudas e incultas. O si los señores afirman que no era eso lo que querían decir, ¿qué es lo que querían decir entonces?

Y aún viene algo mejor.

«Cuanto más tranquila, objetiva y reflexivamente proceda ella (el partido) en su crítica de las condiciones existentes y en sus propuestas para modificarlas, tanto menos podrá repetirse la jugada que ahora (al introducirse la ley de excepción contra los socialistas) ha logrado la reacción consciente, de meter a la burguesía en un puño mediante el temor al fantasma rojo.» (p. 88.)

Para quitar a la burguesía el último resto de miedo, hay que demostrarle clara y terminantemente que el fantasma rojo realmente es sólo un fantasma, que no existe. Pero ¿qué es el secreto del fantasma rojo, sino el miedo de la burguesía a la lucha inevitable a vida o muerte entre ella y el proletariado, el miedo a la decisión ineluctable de la moderna lucha de clases? ¡Abolase la lucha de clases, y la burguesía y «todos los hombres independientes» «no rehuirán ir de la mano con los proletarios»! Y quienes saldrían entonces estafados serían, precisamente, los proletarios.

Ojalá, pues, el partido demuestre, mediante una actitud devota y contrita, que ha abandonado de una vez para siempre las «inconveniencias y excesos» que dieron motivo a la ley de excepción contra los socialistas. Si promete voluntariamente no querer moverse sino dentro de los límites de la ley de excepción contra los socialistas, ¡Bismarck y la burguesía tendrán entonces la bondad de derogar esta ley ya superflua!

«Que se nos entienda bien», no queremos «una renuncia de nuestro partido y de nuestro programa, pero opinamos que tenemos bastante que hacer para muchos años si dirigimos toda nuestra fuerza, toda nuestra energía a la consecución de ciertos objetivos próximos, que bajo cualquier circunstancia tienen que ser alcanzados antes de que pueda pensarse en una realización de las aspiraciones más lejanas.» Entonces se nos unirán en masa también burgueses, pequeñoburgueses y obreros, que «ahora son ahuyentados por las reivindicaciones de largo alcance…»

El programa no debe ser abandonado, sino sólo aplazado — por tiempo indefinido. Se lo acepta, pero en realidad no para uno mismo ni para su tiempo de vida, sino póstumamente, como legado hereditario para hijos y nietos. Entretanto, se dedica «toda la fuerza y energía» a toda clase de pequeñeces y remiendos en el orden social capitalista, para que parezca que algo se hace y, al mismo tiempo, no se asuste a la burguesía. En esto, prefiero al comunista Miquel, quien acredita su convicción inquebrantable en el inevitable derrumbe de la sociedad capitalista dentro de algunos cientos de años, estafando vigorosamente por su parte, contribuyendo con lo suyo al crac de 1873 y haciendo así realmente algo por el colapso del orden existente.

Otro atentado contra el buen tono fueron también los «ataques exagerados a los fundadores», quienes, en efecto, no eran «más que hijos de su tiempo»; «los insultos a Strousberg y gentes por el estilo… habría sido mejor que no hubieran ocurrido». Por desgracia, todos los hombres son «sólo hijos de su tiempo», y si ésta es razón suficiente para disculparlos, entonces ya no se puede atacar a nadie, cesa toda polémica, toda lucha por nuestra parte; aceptamos con calma todos los puntapiés de nuestros adversarios, porque nosotros, los sabios, sabemos que aquéllos «sólo son hijos de su tiempo» y no pueden obrar de otro modo que como obran. En vez de devolverles los puntapiés con intereses, deberíamos más bien compadecer a los pobres.

Asimismo, la toma de partido por la Comuna tuvo siempre el inconveniente de que «personas que de otro modo nos eran afines fueron rechazadas y, en general, aumentó el odio de la burguesía contra nosotros». Y además, el partido «no es del todo inocente de la promulgación de la ley de octubre, pues ha aumentado el odio de la burguesía de manera innecesaria».

Ahí tienen el programa de los tres censores de Zúrich. No deja nada que desear en claridad. Tanto menos para nosotros, que conocemos todas estas frases muy bien desde 1848. Son los representantes de la pequeña burguesía que se anuncian, llenos de miedo de que el proletariado, empujado por su situación revolucionaria, pueda «ir demasiado lejos». En vez de oposición política resuelta, mediación general; en vez de lucha contra el gobierno y la burguesía, el intento de ganarlos y persuadirlos; en vez de resistencia desafiante contra los malos tratos desde arriba, sumisión humilde y el reconocimiento de haberse merecido el castigo. Todos los conflictos históricamente necesarios son reinterpretados como malentendidos, y toda discusión termina con la afirmación: en lo principal, estamos todos de acuerdo. Los que en 1848 se presentaron como demócratas burgueses pueden ahora llamarse socialdemócratas con la misma facilidad. Así como para aquéllos la república democrática, para éstos el derrumbe del orden capitalista se sitúa en una lejanía inalcanzable, y por tanto carece absolutamente de significado para la práctica política del presente; se puede mediar, transigir, practicar la filantropía a discreción. Igual ocurre con la lucha de clases entre proletariado y burguesía. Sobre el papel se la reconoce, porque ya no se la puede negar; pero en la práctica se la disimula, se la diluye, se la debilita. El partido socialdemócrata no debe ser un partido obrero, no debe cargar sobre sí con el odio de la burguesía ni, en general, de nadie; debe, ante todo, hacer propaganda enérgica entre la burguesía; en vez de poner el acento en objetivos de largo alcance que ahuyentan a los burgueses y que, sin embargo, son inalcanzables en nuestra generación, debe más bien emplear toda su fuerza y energía en aquellas pequeñoburguesas reformas de remiendo que confieran nuevos puntales al viejo orden social y con ello tal vez puedan transformar la catástrofe final en un proceso de disolución gradual, paulatino y lo más pacífico posible. Son las mismas personas que, bajo la apariencia de una actividad incesante, no sólo no hacen nada ellas mismas, sino que tratan también de impedir que en general ocurra algo fuera de — charlar; las mismas personas cuyo miedo a toda acción frenó en cada paso al movimiento en 1848 y 1849 y acabó por llevarlo a la ruina; las mismas personas que no ven nunca reacción alguna y luego se quedan muy asombradas al encontrarse por fin en un callejón sin salida donde no es posible ni resistencia ni huida; las mismas personas que quieren confinar la historia en su estrecho horizonte de filisteos y sobre las cuales la historia pasa cada vez al orden del día.

En cuanto a su contenido socialista, ha sido ya suficientemente criticado en el Manifiesto, capítulo: «El socialismo alemán o verdadero socialismo». Donde la lucha de clases es apartada como fenómeno «rudo» e indeseable, no queda como base del socialismo más que «verdadero amor a la humanidad» y fraseología hueca sobre la «justicia».

Es un fenómeno inevitable, fundado en la marcha del desarrollo, que también personas procedentes de la clase hasta ahora dominante se adhieran al proletariado combatiente y le aporten elementos de cultura. Lo hemos expresado ya claramente en el Manifiesto. Pero a este respecto hay que señalar dos cosas:

En primer lugar, para ser útiles al movimiento proletario, estas personas deben aportar también elementos reales de cultura. Pero no es este el caso de la gran mayoría de los conversos burgueses alemanes. Ni el Zukunft ni la Neue Gesellschaft han aportado nada que haya hecho avanzar un solo paso al movimiento. Hay una absoluta carencia de materia formativa real, fáctica o teórica. En su lugar, intentos de poner en armonía las ideas socialistas superficialmente asimiladas con los más diversos puntos de vista teóricos que los señores han traído de la universidad o de cualquier otra parte, y de los cuales uno era aún más confuso que el otro, gracias al proceso de descomposición en que se hallan hoy los restos de la filosofía alemana. En vez de estudiar a fondo, ante todo, la nueva ciencia, cada cual se esforzaba más bien por recortarla a la medida del punto de vista que traía consigo, se fabricaba sin más una ciencia privada propia y se presentaba enseguida con la pretensión de querer enseñarla. De ahí que entre estos señores haya aproximadamente tantos puntos de vista como cabezas; en lugar de poner algo en claro, no han hecho sino provocar una grave confusión —afortunadamente, casi solo entre ellos mismos. De tales elementos de cultura, cuyo primer principio es enseñar lo que no han aprendido, bien puede prescindir el partido.

En segundo lugar. Cuando tales personas de otras clases se adhieren al movimiento proletario, la primera exigencia es que no traigan consigo residuos de prejuicios burgueses, pequeño-burgueses, etc., sino que asimilen sin reservas la concepción proletaria. Pero aquellos señores,

como se ha demostrado, están repletos hasta los topes de ideas burguesas y pequeño-burguesas. En un país tan pequeño-burgués como Alemania, estas ideas tienen ciertamente su justificación. Pero solo fuera del partido obrero socialdemócrata. Si los señores se constituyen como partido socialdemócrata pequeño-burgués, están en su pleno derecho; se podría entonces negociar con ellos, según las circunstancias pactar alianzas, etc. Pero en un partido obrero son un elemento falseador. Si hay razones para tolerarlos por el momento en él, existe la obligación de solo tolerarlos, de no permitirles influencia alguna en la dirección del partido y de permanecer conscientes de que la ruptura con ellos es solo cuestión de tiempo. Este tiempo, por lo demás, parece haber llegado. Cómo puede el partido tolerar aún por más tiempo en su seno a los autores de este artículo, nos resulta incomprensible. Pero si la dirección del partido cae más o menos en manos de tales personas, el partido quedará simplemente castrado, y se acabó el empuje proletario.

En lo que a nosotros respecta, dada toda nuestra trayectoria pasada, solo nos queda un camino abierto. Durante casi 40 años hemos destacado la lucha de clases como la fuerza motriz inmediata de la historia, y en particular la lucha de clases entre burguesía y proletariado como la gran palanca de la subversión social moderna; nos es, pues, absolutamente imposible colaborar con personas que quieren eliminar del movimiento esa lucha de clases. En la fundación de la Internacional formulamos expresamente el grito de batalla: la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma. No podemos, pues, colaborar con personas que declaran abiertamente que los obreros son demasiado incultos para emanciparse por sí mismos y que primero tienen que ser emancipados desde arriba, por grandes y pequeños burgueses filantrópicos. Si el nuevo órgano del partido adoptara una actitud que corresponda a las convicciones de esos señores, una actitud burguesa y no proletaria, no nos quedaría más remedio, por mucho que lo lamentásemos, que declararnos públicamente en contra y romper la solidaridad con la que hasta ahora hemos representado al partido alemán ante el extranjero. Pero esperamos que no se llegue a tal extremo.

Esta carta está destinada a ser comunicada a los 5 miembros de la comisión en Alemania, así como a Bracke...

Por nuestra parte, tampoco hay nada que obstaculice

que se comunique a los de Zúrich.

Friedrich Engels
Reseña del artículo de Karl Blind
«Príncipe Napoleón y la democracia europea»

El artículo debería titularse, no «Príncipe N[apoleón] etc.», sino «Yo». Pues por cada vez que el nombre del príncipe Nap[oleón] aparece en él, el pronombre «yo» aparece al menos 20 veces, sin contar sus casos flexivos y formas derivadas. Lo que dice sobre el príncipe Nap[oleón] ya ha sido impreso más de una vez, y lo que dice sobre «yo», por desgracia, también ha sido relatado, impreso y publicado más de una vez en Inglaterra, como bien saben, para su pesar, los propietarios y editores de varias revistas, fenecidas y vivas.

Despojado de su falsa pretensión, el escrito ofrece una nueva versión del viejo cuento del señor Blind: Cómo Karl Blind, en virtud de varias circunstancias adversas, se vio desgraciadamente impedido de cambiar el curso de la historia. Primero viene la historia, a menudo repetida, que constituye su principal mercancía: cómo fue enviado en misión diplomática por los moribundos gobiernos provisionales de la insurrección del sur de Alemania de 1849, en apariencia ante el entonces gobierno de la República Francesa, pero en realidad ante el gobierno revolucionario de Ledru-Rollin que, según se esperaba, sería prontamente instalado por una conmoción popular. ¡Ay! El gobierno que lo había enviado fue expulsado sin contemplaciones al exilio suizo por los prusianos, y la manifestación del 13 de junio, que debía establecer el gobierno ante el cual estaba realmente acreditado, fue igualmente reprimida sin contemplaciones. De su más bien grotesca misión de un gobierno muerto a un gobierno no nacido, tuvo la fortuna de ser relevado // por el gobierno francés existente, que lo arrestó como partícipe en la manifestación «pacífica» de la guardia nacional parisina desarmada del 13 de junio, [y] finalmente [lo] expulsó del país. Si el gobierno que lo envió no hubiera perecido, y si el gobierno al que fue realmente enviado hubiera llegado a existir, ¡qué no habría podido hacer Karl Blind! Procurándose de alguien en Baden una misión fingida ante alguien en París, había logrado esquivar «diplomáticamente» hasta la más mínima posibilidad de un encuentro peligroso con el ejército prusiano que se acercaba. En todo caso, algo había hecho.

Nuevamente, en 1870, al estallar la guerra franco-alemana, hubo una

posibilidad de que Italia se uniera a Francia. Pero Karl Blind vigilaba. «Si el rey V[íctor] M[anuel] etc.» (página 519). Pero, una vez más, era una embajada de un gobierno inexistente ante otro. Luis Napoleón le negó Roma a Víctor Manuel, forzando así a este a tomar la ciudad a despecho de Francia, y volviendo imposible la alianza italiana. Una vez más, los servicios y ofrecimientos de Karl Blind, cualquiera que haya sido el valor de esos ofrecimientos, fueron rechazados, y ese eterno diplomático in partibus, en vez de cambiar el rumbo de la historia, tuvo que darse por satisfecho con las «más cálidas gracias» de Mazzini.

¿Quién no puede dejar de pensar en el fanfarrón que, viéndose envuelto en una riña, gritaba: «¡Sujetadme, amigos, o cometeré una acción espantosa!»? Desgraciadamente para el mundo, pero quizá afortunadamente para el señor Karl Blind, siempre que está a punto de pasar al primer plano de la acción histórica, algún suceso adverso le impide consumar esa «acción espantosa» que debía volverlo inmortal.

Esperemos que esta sea la última lucubración, al menos en inglés, escrita por Karl B. sobre K. B. en interés de K. B.