Epílogo

[a "Enthüllungen über den Kommunisten-Prozeß zu Köln"]

Neuer Abdruck, Leipzig 1875.

Las "Enthüllungen über den Kommunisten-Prozeß zu Köln", que el "Volksstaat" consideró oportuno reeditar, aparecieron originariamente en Boston, Massachusetts, y en Basilea. La mayor parte de esta última edición fue confiscada en la frontera alemana. El escrito vio la luz pocas semanas después de concluido el proceso. En aquel entonces se trataba, ante todo, de no perder tiempo, por lo cual fueron inevitables algunos errores de detalle. Así, por ejemplo, en la indicación de los nombres de los jurados de Colonia. Así, no sería M. Heß, sino un tal Levy, el autor del catecismo rojo. Así asegura W. Hirsch en su "Rechtfertigungsschrift" que la fuga de Cherval de la cárcel de París fue amañada entre Greif, la policía francesa y el propio Cherval, para poder utilizar a este último como soplón en Londres durante las vistas del proceso. Es esto probable, pues una falsificación de letras de cambio cometida en Prusia y el consiguiente peligro de extradición debieron amansar a Crämer (tal es el verdadero nombre de Cherval). Mi exposición del suceso se basa en "confesiones espontáneas" de Cherval a un amigo mío. El dato de Hirsch arroja una luz aún más cruda sobre el perjurio de Stieber, las intrigas de la legación prusiana en Londres y en París, las desvergonzadas intromisiones de Hinckeldey.

Cuando el "Volksstaat" comenzó a reimprimir el panfleto en sus columnas, dudé un momento sobre si no sería procedente omitir la sección VI (Fracción Willich-Schapper). Sin embargo, tras una consideración más atenta, toda mutilación del texto se me apareció como falsificación de un documento histórico.

El aplastamiento violento de una revolución deja en las cabezas de quienes en ella participaron, sobre todo en las de aquellos arrojados del escenario patrio al exilio, una conmoción que, incluso a personalidades capaces, torna, por un tiempo más o menos largo, irresponsables, por así decirlo. No pueden orientarse en el curso de la historia, no quieren comprender que la forma del movimiento ha cambiado. De ahí el juego a las conspiraciones y a la revolución, igualmente comprometedor para ellos mismos y para la causa a cuyo servicio están; de ahí también los desaciertos de Schapper y Willich. Willich demostró en la guerra civil norteamericana que era algo más que un fantaseador, y Schapper, paladín de toda la vida del movimiento obrero, reconoció y confesó, poco después de terminado el proceso de Colonia, su momentáneo extravío. Muchos años más tarde, en su lecho de muerte, un día antes de su fallecimiento, me hablaba aún con mordaz ironía de aquella época de las "estupideces de los refugiados".— Por otra parte, las circunstancias en que se redactaron las "Enthüllungen" explican la acritud del ataque contra los involuntarios cómplices del enemigo común. En momentos de crisis, la falta de cabeza se convierte en un crimen contra el partido, que exige una expiación pública.

"¡La existencia entera de la policía política depende de la decisión de este proceso!" Con estas palabras, que Hinckeldey escribió durante las vistas del proceso de Colonia a la legación de Londres (véase mi escrito "Herr Vogt", pág. 271), traicionó el secreto del proceso de los comunistas. "La existencia entera de la policía política" no es solo la existencia y la actividad del personal directamente encargado de este ramo. Es la subordinación de toda la maquinaria gubernamental, incluidos los tribunales (véase la ley disciplinaria prusiana para los funcionarios judiciales del 7 de mayo de 1851) y la prensa (véase Reptilienfonds), a ese instituto, tal como en Venecia todo el Estado estaba sometido a la Inquisición de Estado. La policía política, paralizada en Prusia durante la tempestad revolucionaria, necesitaba una reorganización para la cual el segundo Imperio francés fue y siguió siendo modélico.

Tras el hundimiento de la revolución de 1848, el movimiento obrero alemán solo existía bajo la forma de una propaganda teórica, recluida, además, en círculos estrechos, sobre cuya práctica inocuidad no se llamó a engaño ni un instante el gobierno prusiano. Para este, la caza de comunistas solo servía de introducción a la cruzada reaccionaria contra la burguesía liberal, y la propia burguesía templó el arma principal de esta reacción, la policía política, mediante la condena de los representantes obreros y la absolución de Hinckeldey-Stieber. Así se ganó Stieber sus espuelas de caballero ante los Assises de Colonia. Entonces, Stieber era el nombre de un individuo subalterno de la policía, a la caza frenética de aumentos de sueldo y ascensos; hoy, Stieber significa la dominación ilimitada de la policía política en el nuevo sagrado imperio prusiano-alemán. Se ha transformado, por así decirlo, en una persona moral, moral en el sentido figurado, tal como, por ejemplo, el Reichstag es un ente moral. Y esta vez la policía política no golpea al obrero para alcanzar al burgués. Al revés. Precisamente en su condición de dictador de la burguesía liberal alemana, Bismarck se imagina lo bastante fuerte como para poder barrer del mundo al partido obrero. Por el crecimiento de la grandeza de Stieber puede, pues, el proletariado alemán medir el progreso del movimiento que él mismo ha realizado desde el proceso comunista de Colonia.

La infalibilidad del Papa es una niñería comparada con la infalibilidad de la policía política. Después de haber metido durante decenios enteros en el calabozo, en Prusia, a jóvenes exaltados, so capa de su entusiasmo por la unidad alemana, el Reich alemán, el emperador alemán, encarcela este año incluso a viejos calvos que se niegan a entusiasmarse por esos dones divinos. Hoy se afana tan vanamente en extirpar a los Reichsfeinde como antaño a los Reichsfreunde. ¡Qué prueba contundente de que no está llamada a hacer historia, aunque solo fuera la historia de la disputa sobre la barba del emperador!

El propio proceso comunista de Colonia estigmatiza la impotencia del poder estatal en su lucha contra el desarrollo social. El fiscal del rey de Prusia fundó, a la postre, la culpabilidad de los acusados en que propagaban en secreto los principios peligrosos para el Estado del "Manifiesto Comunista". Y, sin embargo, esos mismos principios ¿no se proclaman veinte años después en Alemania en plena calle? ¿No resuenan incluso desde la tribuna del Reichstag? ¿No han dado la vuelta al mundo en la forma del programa de la Asociación Internacional de los Trabajadores, a despecho de todas las órdenes de captura de los gobiernos? La sociedad no encuentra su equilibrio, de una vez por todas, hasta que no gire en torno al sol del trabajo.

Las "Enthüllungen" dicen al final: "¡Jena! ... ésa es la última palabra para un gobierno que necesita tales medios para subsistir, y para una sociedad que necesita un gobierno así para su protección. ¡Ésa es la última palabra del proceso comunista: Jena!" Una predicción lograda, ríe cualquier Treitschke de turno con orgullosa alusión a la más reciente proeza bélica de Prusia y al fusil Mauser. A mí me basta recordar que no solo hay un Düppel interior, sino también un Jena interior.

Londres, 8 de enero de 1875

Karl Marx