Friedrich Engels

[Complemento a la advertencia preliminar de 1870 a

«Der deutsche Bauernkrieg»]

Tomado de «Der deutsche Bauernkrieg»,

tercera edición, Leipzig 1875.

Las líneas que anteceden fueron escritas hace más de cuatro años. Conservan su validez también hoy. Lo que era correcto después de Sadowa y de la división de Alemania, se confirma también después de Sedán y de la erección del santo imperio alemán de nación prusiana. Tan poco pueden los «estremecedores del mundo» actos centrales y de Estado de la llamada gran política modificar la dirección del movimiento histórico.

Lo que, por el contrario, pueden estos actos centrales y de Estado es acelerar la velocidad de este movimiento. Y a este respecto, los autores de los «estremecedores acontecimientos» mencionados han obtenido éxitos involuntarios, que a ellos mismos ciertamente les resultan poco deseables, pero que, bien o mal, tienen que aceptar.

Ya la guerra de 1866 sacudió a la vieja Prusia en sus cimientos. Había costado ya trabajo, después de 1848, volver a imponer la antigua disciplina al elemento industrial rebelde —tanto burgués como proletario— de las provincias occidentales; pero se había logrado, y el interés de los junkers de las provincias orientales volvía a ser, junto al del ejército, el dominante en el Estado. En 1866, casi toda la Alemania noroccidental se hizo prusiana. Prescindiendo del incurable perjuicio moral que sufrió la corona prusiana por la gracia de Dios al tragarse otras tres coronas por la gracia de Dios, el centro de gravedad de la monarquía se desplazó ahora considerablemente hacia el Oeste. Los 5 millones de renanos y westfalianos se vieron reforzados, primero por los 4 millones de alemanes anexionados directamente y, luego, por los 6 millones indirectamente, a través de la Confederación de Alemania del Norte. Y en 1870 se sumaron a ellos los 8 millones de alemanes del Sudoeste, de manera que en el «nuevo imperio» a los 14
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millones de viejos prusianos (de las seis provincias al este del Elba, entre ellos además 2 millones de polacos) se les oponían alrededor de 25 millones que desde hacía mucho tiempo habían superado el viejo feudalismo junker prusiano. Así, precisamente las victorias del ejército prusiano desplazaron toda la base del edificio estatal prusiano; la dominación de los junkers se fue haciendo cada vez más insoportable incluso para el propio gobierno. Pero al mismo tiempo, el rapidísimo desarrollo industrial había sustituido la lucha entre junkers y burgueses por la lucha entre burgueses y obreros, de tal modo que también en el interior los fundamentos sociales del viejo Estado experimentaron un completo vuelco.

La monarquía que desde 1840 se pudría lentamente había tenido como condición fundamental la lucha entre la nobleza y la burguesía, en la que conservaba el equilibrio; desde el momento en que se trató, ya no de proteger a la nobleza contra la embestida de la burguesía, sino a todas las clases poseedoras contra el empuje de la clase obrera, la vieja monarquía absoluta tuvo que transformarse por completo en la forma de Estado expresamente elaborada para este fin: la monarquía bonapartista. Ya he expuesto en otro lugar este tránsito de Prusia al bonapartismo («Wohnungsfrage», cuaderno 2, págs. 26 y ss.). Lo que allí no tenía que subrayar, pero que aquí resulta muy esencial, es que este tránsito fue el mayor progreso que Prusia había realizado desde 1848, tan rezagada se hallaba Prusia respecto del desarrollo moderno. Precisamente, seguía siendo un Estado semifeudal, y el bonapartismo es, en todo caso, una forma de Estado moderna que tiene como presupuesto la supresión del feudalismo. Prusia debe, por tanto, decidirse a liquidar sus numerosos residuos feudales, a sacrificar el junkerismo como tal. Naturalmente, esto acontece en la forma más suave y según la melodía favorita: ¡siempre con lentitud hacia adelante! Así, por ejemplo, en la tan celebrada ordenación de los distritos. Suprime los privilegios feudales de cada junker en sus propiedades, pero sólo para restablecerlos como prerrogativas de la totalidad de los grandes terratenientes para todo el distrito. La cosa permanece, sólo que se traduce del dialecto feudal al dialecto burgués. Se transforma por la fuerza al junker viejo prusiano en algo así como un squire inglés, y no tenía por qué resistirse tanto, pues el uno es tan estúpido como el otro.

Así, pues, Prusia tiene el particular destino de completar su revolución burguesa, comenzada en 1808-1813 y proseguida un trecho en 1848, a finales de este siglo en la agradable forma del bonapartismo. Y si todo va bien y el mundo permanece bien tranquilo y nosotros llegamos a ser suficientemente viejos, tal vez podamos ver, en el año 1900, que el gobierno de Prusia ha abolido realmente todas las instituciones feudales y que Prusia llega por fin al punto en que se encontraba Francia en 1792.

Abolir el feudalismo, expresado positivamente, significa instaurar condiciones burguesas. En la misma medida en que caen los privilegios nobiliarios, la legislación se aburguesa. Y aquí tropezamos con el punto nodal de la relación de la burguesía alemana con el gobierno. Hemos visto que el gobierno está obligado a implantar estas lentas y mezquinas reformas. Pero frente a la burguesía presenta cada una de estas pequeñas concesiones como un sacrificio hecho a los burgueses, una concesión arrancada a la corona con trabajo y esfuerzo, por lo que ellos, los burgueses, tendrían también que ceder algo al gobierno. Y los burgueses, aunque bastante claros sobre el estado de cosas, entran en ese engaño. De ahí nace aquel contrato tácito que constituye la base muda de todos los debates en el Reichstag y en las cámaras de Berlín: por una parte, el gobierno reforma las leyes a paso de caracol en interés de la burguesía, elimina las trabas feudales y las nacidas de la atomización en pequeños Estados que obstaculizan la industria, establece la unidad monetaria, de pesos y medidas, la libertad de industria, etc., pone a disposición ilimitada del capital, mediante la libertad de radicación, la fuerza de trabajo de Alemania, favorece el comercio y el fraude; por otra parte, la burguesía deja al gobierno todo el poder político real, vota impuestos, empréstitos y soldados y ayuda a redactar todas las nuevas leyes de reforma de modo que el viejo poder policial sobre los individuos malquistos quede en plena vigencia. La burguesía compra su gradual emancipación social con la inmediata renuncia al poder político propio. Naturalmente, el principal motivo que hace aceptable semejante contrato para la burguesía no es el miedo al gobierno, sino el miedo al proletariado.

Por muy lamentablemente que se porte nuestra burguesía en el terreno político, es innegable que en el plano industrial y comercial cumple por fin con su deber. El auge de la industria y el comercio que se señaló en la introducción a la segunda edición se ha desarrollado desde entonces con energía mucho mayor. Lo que en este sentido ha ocurrido en el distrito industrial renano-westfaliano desde 1869 es sencillamente inaudito en Alemania y recuerda el auge de los distritos fabriles ingleses a comienzos de este siglo. Y lo mismo sucederá en Sajonia y la Alta Silesia, en Berlín, Hannover y las ciudades marítimas. Tenemos por fin un comercio mundial, una industria realmente grande, una burguesía realmente moderna; pero a cambio hemos tenido también una crisis real y hemos obtenido asimismo un proletariado real, formidable.

Para el futuro historiógrafo, en la historia de Alemania de 1869 a 1874 el estruendo de las batallas de Spicheren, Mars-la-Tour y Sedán, y lo que a ellas se adhiere, tendrá mucha menos importancia que el desarrollo modesto, tranquilo pero constante del proletariado alemán. Ya en 1870 se planteó una dura prueba a los obreros alemanes: la provocación bélica bonapartista y su efecto natural: el entusiasmo nacional general en Alemania. Los obreros socialistas alemanes no se dejaron confundir un solo instante. No afloró en ellos ni un solo brote de chovinismo nacional. En medio del más delirante frenesí por la victoria permanecieron fríos, exigieron «una paz equitativa con la República Francesa y ninguna anexión», y ni siquiera el estado de sitio pudo silenciarlos. Ninguna gloria de batallas, ninguna charla sobre la «magnificencia imperial» alemana halló eco en ellos; su único objetivo siguió siendo la liberación del proletariado europeo entero. Bien puede decirse: a una prueba tan dura y tan brillantemente superada no han sido sometidos hasta ahora los obreros de ningún otro país.

Al estado de sitio de la guerra siguieron los procesos por alta traición, lesa majestad e injurias a funcionarios, y las vejaciones policíacas de la paz, siempre en aumento. El «Volksstaat» tenía por lo general tres o cuatro redactores simultáneamente en la cárcel, y los demás periódicos en proporción. Todo orador del partido medianamente conocido debía comparecer al menos una vez al año ante los tribunales, donde era condenado casi siempre. Las expulsiones, confiscaciones, disoluciones de reuniones se sucedían con una densidad de granizo. Todo en vano. En lugar de cada detenido o expulsado aparecía inmediatamente otro; por cada reunión disuelta se convocaban dos nuevas, y se cansaba la arbitrariedad policial en un lugar tras otro mediante la perseverancia y la estricta observancia de las leyes. Todas las persecuciones produjeron lo contrario del fin perseguido; lejos de quebrantar al partido obrero o siquiera doblegarlo, sólo le aportaban continuamente nuevos reclutas y consolidaban su organización. En su lucha contra las autoridades, como contra los burgueses aislados, los obreros se mostraron en todas partes como los superiores intelectual y moralmente y demostraron, especialmente en sus conflictos con los llamados «dadores de trabajo», que ellos, los obreros, son ahora los cultos y los capitalistas los zotes. Y, además, llevan la lucha con un humor que constituye la mejor prueba de cuán seguros están de su causa y cuán conscientes de su superioridad. Una lucha así conducida, sobre un terreno históricamente preparado, tiene que arrojar grandes resultados. Los éxitos de las elecciones de enero no tienen precedente en la historia del movimiento obrero moderno, y el asombro que provocaron en toda Europa estuvo plenamente justificado.

Los obreros alemanes tienen sobre los del resto de Europa dos ventajas esenciales. Primera, que pertenecen al pueblo más teórico de Europa y que han conservado el sentido teórico que se les ha perdido por completo a los llamados «cultos» de Alemania. Sin el antecedente de la filosofía alemana, sobre todo de la de Hegel, no habría llegado a constituirse nunca el socialismo científico alemán —el único socialismo científico que ha existido jamás. Sin el sentido teórico entre los obreros, este socialismo científico no habría pasado nunca tan a fondo a su carne y a su sangre, como es el caso. Y cuán inmensa ventaja es esto se muestra, de un lado, en la indiferencia frente a toda teoría, que es una de las causas principales por las que el movimiento obrero inglés avanza tan lentamente, pese a la magnífica organización de los oficios aislados, y, de otro lado, en los desórdenes y la confusión que el proudhonismo, en su forma originaria, ha causado entre franceses y belgas y, en su forma aún más caricaturizada por Bakunin, entre españoles e italianos.

La segunda ventaja es que los alemanes han llegado con bastante retraso, cronológicamente hablando, al movimiento obrero. Así como el socialismo teórico alemán jamás olvidará que se asienta sobre los hombros de Saint-Simon, Fourier y Owen, tres hombres que, pese a toda su fantasía y a todo su utopismo, figuran entre las mentalidades más insignes de todos los tiempos y anticiparon genialmente multitud de cosas cuya exactitud hoy demostramos científicamente, así el movimiento obrero práctico alemán jamás debe olvidar que se ha desarrollado sobre los hombros del movimiento inglés y del francés, que ha podido sacar simplemente provecho de sus experiencias, tan caramente adquiridas, y evitar hoy los errores que entonces fueron, en su mayoría, inevitables. Sin el precedente de las trade unions inglesas y de las luchas políticas obreras francesas, sin el formidable impulso dado sobre todo por la Comuna de París, ¿dónde estaríamos ahora?

Hay que reconocer a los obreros alemanes que han explotado las ventajas de su situación con una rara inteligencia. Por vez primera desde que existe un movimiento obrero, se lleva a cabo la lucha en sus tres aspectos —el teórico, el político y el práctico-económico (resistencia contra los capitalistas)— en armonía, conexión y con arreglo a un plan. En este ataque, por así decirlo, concéntrico, reside precisamente la fuerza y la invencibilidad del movimiento alemán.

Por una parte, debido a esta su posición ventajosa, y por otra, a las peculiaridades insulares del movimiento inglés y a la violenta represión del movimiento francés, los obreros alemanes han sido puestos por el momento a la vanguardia de la lucha proletaria. No es posible predecir por cuánto tiempo los acontecimientos les dejarán este puesto de honor. Pero, mientras lo ocupen, es de esperar que lo desempeñen como corresponde. Para ello se requieren esfuerzos redoblados en todos los terrenos de la lucha y de la agitación. Será particularmente deber de los dirigentes ilustrarse cada vez más sobre todas las cuestiones teóricas, liberarse más y más de la influencia de las frases heredadas, pertenecientes a la vieja concepción del mundo, y no perder de vista que el socialismo, desde que se ha convertido en ciencia, exige ser tratado como tal ciencia, es decir, estudiado. De lo que se tratará será de difundir con redoblado celo entre las masas obreras esa comprensión así adquirida y cada vez más esclarecida, y de agrupar cada vez con mayor firmeza la organización del partido y de los sindicatos. Aunque los votos socialistas emitidos en enero representan ya un bonito ejército, no constituyen ni con mucho la mayoría de la clase obrera alemana; y por muy alentadores que sean los éxitos de la propaganda entre la población rural, aquí queda precisamente todavía una tarea infinita. No se debe, pues, desfallecer en la lucha; hay que arrebatar al enemigo una ciudad, un distrito electoral tras otro; pero sobre todo hay que conservar el auténtico sentido internacional, que no deja surgir chovinismo patriótico alguno y que acoge con alegría cada nuevo paso del movimiento proletario, venga de la nación que venga. Si los obreros alemanes avanzan de este modo, no marcharán precisamente a la cabeza del movimiento —no conviene en modo alguno a los intereses de este movimiento que los obreros de una sola nación marchen a su cabeza—, pero ocuparán un puesto honroso en la línea de batalla; y se mantendrán pertrechados para cuando sobrevengan, ora duras pruebas inesperadas, ora grandes acontecimientos que les exijan mayor valor, mayor resolución y energía.

Friedrich Engels

Londres, 1 de julio de 1874