Karl Marx / Friedrich Engels

Una conspiración contra la Asociación Internacional de los Trabajadores

Informe sobre las maniobras de Bakunin y de la Alianza de la Democracia Socialista, redactado por encargo del Congreso de La Haya

Escrito de abril a julio de 1873.

Publicado por primera vez como folleto bajo el título "L'Alliance de la Démocratie Socialiste et l'Association Internationale des Travailleurs", Londres, Hamburgo, 1873.

En alemán apareció el folleto bajo el título "Ein Complot gegen die Internationale Arbeiter-Association. Im Auftrage des Haager Congresses verfaßter Bericht über das Treiben Bakunin's und der Allianz der socialistischen Demokratie."

Edición alemana de "L'alliance de la démocratie socialiste et l'association internationale des travailleurs". Traducido por S. Kokosky. Braunschweig, 1874.

Este informe se publicó además en el "Arbeiter-Zeitung" de Nueva York.

El presente texto tiene como base la edición de Braunschweig. Engels, que revisó la traducción de S. Kokosky y la calificó de "rematadamente mala", la mejoró en la medida en que se lo permitió el plazo fijado por la editorial.

La presente edición ha sido cotejada con la edición francesa, adaptándose silenciosamente algunos pasajes del texto a la versión francesa, más precisa. Las divergencias de contenido se señalan en notas a pie de página.

Contenido:

Introducción

La Alianza secreta

La Alianza en Suiza

La Alianza en España

La Alianza en Italia

La Alianza en Francia

La Alianza desde el Congreso de La Haya

La Alianza en Rusia

El proceso de Necháyev

El Catecismo revolucionario

El llamamiento de Bakunin a los oficiales del ejército ruso

Conclusión

Apéndice sobre la Alianza en Rusia

La Hégira de Bakunin

El manifiesto paneslavista de Bakunin

Bakunin y el zar

Documentos justificativos

Estatutos secretos de la Alianza

Programa y reglamento de la Alianza pública

Carta de Bakunin a Francisco Mora en Madrid

[Una conspiración contra la Asociación Internacional de los Trabajadores - Parte 2]

1.ª corrección.

Creado el 04.03.1999

I.

Introducción

Al emprender la Asociación Internacional de los Trabajadores la tarea de unificar las fuerzas dispersas del proletariado entero en una sola liga y convertirse así en la representante viva de la comunidad de intereses que une a los obreros, tuvo necesariamente que dejar abierta la entrada a los socialistas de todos los matices. Sus fundadores y los representantes de las organizaciones obreras
{1}
de ambos mundos, que sancionaron los Estatutos Generales de la Asociación en los congresos internacionales, olvidaron que la amplitud misma de su programa permitiría a los desclasados
(1)
infiltrarse y formar en el seno de la Asociación organizaciones secretas cuya actividad se dirigiría no contra la burguesía y los gobiernos existentes, sino contra la propia Internacional. Tal fue el caso de la
Alianza de la Democracia Socialista
.

En el Congreso de La Haya, el Consejo General solicitó una investigación sobre esta organización secreta. El Congreso encargó de ella a una comisión de cinco miembros, los ciudadanos Cuno, Lucain, Splingard, Vichard y Walter (que se retiró), la cual presentó su informe en la sesión del 7 de septiembre. El Congreso
acordó
:

1. Expulsar de la Internacional a Mijaíl Bakunin como fundador de la Alianza y por un hecho personal;

2. Expulsar a James Guillaume como miembro de la Alianza;

3. Publicar los documentos relativos a la Alianza.

A causa de la dispersión de sus miembros en diversos países, la mencionada comisión de investigación se vio completamente imposibilitada de publicar los documentos que habían servido de base a su informe, por lo que el ciudadano
Vichard
, único miembro de la comisión residente en Londres, los entregó a la Comisión de Actas, la cual los publica ahora bajo su propia responsabilidad en el informe siguiente.

Los expedientes relativos a la Alianza eran tan voluminosos que la comisión, en sus sesiones durante el Congreso, sólo tuvo tiempo de tomar conocimiento de los documentos más importantes para una conclusión práctica; así, por ejemplo, no se le presentaron la mayoría de los documentos rusos. Por consiguiente, el informe presentado por la comisión al Congreso ya no basta hoy, pues sólo abarca una parte del asunto en cuestión. Para hacer comprensible al lector el sentido y la importancia de estos documentos, nos vemos obligados a actuar como historiógrafos de la Alianza.

Los documentos que publicamos pertenecen a varias categorías. Una parte de ellos ha sido ya publicada en piezas sueltas, la mayoría en francés; sin embargo, para reconocer claramente el espíritu de la Alianza, hay que reunirlos con los otros, pues, confrontados con éstos, aparecen bajo una nueva luz. A esta parte pertenece el programa de la Alianza pública. Otros documentos pertenecen a la Internacional, otros más a la rama española de la Alianza secreta, cuya existencia fue revelada públicamente por miembros de la Alianza en la primavera de 1871. Quien haya seguido atentamente el movimiento español de esta época encontrará en ellos sólo indicaciones más precisas sobre hechos que ya pertenecen más o menos a la esfera pública. La importancia de estos documentos no estriba en que se publiquen por primera vez, sino en que por primera vez se reúnen de una manera que revela la actividad secreta común de la que emanan; pero sobre todo cobran importancia cuando los comparamos con las dos categorías siguientes. La primera de éstas consiste en documentos en lengua rusa que descubren el verdadero programa y el modo de actuación de la Alianza. Estos documentos habían permanecido hasta ahora desconocidos en Occidente, al amparo de la lengua en

que están escritos, y esta circunstancia había permitido a sus autores dar rienda suelta a su fantasía y a su modo de expresarse. La fiel traducción que de ellos ofrecemos dará al lector ocasión de valorar el nivel intelectual, moral, político y económico de los cabecillas de la Alianza.

La última categoría consta de una sola pieza: los estatutos secretos de la Alianza; es el único documento de cierta extensión que se publica por primera vez en este informe. Tal vez se pregunte si es lícito a los revolucionarios publicar los estatutos de una sociedad secreta, de una presunta conspiración. Pues bien, estos estatutos secretos están expresamente indicados entre los documentos cuya publicación fue solicitada por la Comisión de la Alianza en el Congreso de La Haya, y ningún delegado, ni siquiera el miembro que formaba la minoría de la comisión, votó en contra. Esta publicación está, pues, expresamente ordenada por el Congreso, cuyas instrucciones hemos de ejecutar; y en cuanto al asunto mismo, hay que decir lo siguiente:

Tenemos aquí que habérnoslas con una sociedad que, bajo la máscara del anarquismo más extremo, dirige sus ataques no contra los gobiernos existentes, sino contra los revolucionarios que no se someten a su ortodoxia y a su dirección. Fundada por la minoría de un congreso burgués, se infiltra en las filas de la organización internacional de la clase obrera, intenta primero apoderarse de su dirección y, en cuanto ve fracasar este plan, trabaja para su desorganización. De la manera más desvergonzada, intenta sustituir el amplio programa, las grandes aspiraciones de nuestra Asociación, por su programa sectario y sus ideas limitadas; organiza en las secciones públicas de la Internacional sus secretas sectitas, las cuales, obedeciendo a la misma consigna, logran dominarlas en muchos casos mediante una actuación común previamente acordada; ataca públicamente en sus periódicos a todos los elementos que se niegan a plegarse a su dominio; provoca la guerra abierta —son sus propias palabras— en nuestras filas. Para alcanzar su objetivo, no retrocede ante ningún medio, ante ningún deshonestidad; la mentira, la calumnia, la intimidación, el asalto cobarde por la espalda le son igualmente lícitos. Finalmente, en Rusia, se coloca por completo en el lugar de la Internacional y comete bajo su nombre crímenes vulgares, estafas y un asesinato, del que la prensa gubernamental

y burguesa ha hecho responsable a nuestra Asociación. ¡Y la Internacional habría de guardar silencio sobre todos estos hechos, porque la sociedad que los tiene a su cargo es secreta! La Internacional tiene en sus manos los estatutos de esta sociedad, su enemiga mortal, estatutos en los que ella se proclama abiertamente como nueva Compañía de Jesús y declara que es su derecho y su deber utilizar todos los medios jesuíticos; estos estatutos hacen inmediatamente comprensibles todas aquellas hostilidades a las que la Internacional se ha visto expuesta por parte de aquélla; ¡y la Internacional no habría de servirse de estos estatutos porque ello significaría denunciar a una sociedad secreta!

Contra todas estas intrigas no hay más que un solo medio, pero de efecto fulminante: la más completa publicidad. Desvelar estas vías tortuosas en su conexión es hacerlas ineficaces. Concederles la protección de nuestro silencio no sería sólo una ingenuidad, de la que precisamente se burlarían los cabecillas de la Alianza, sería una cobardía. Más aún, sería un acto de traición contra aquellos internacionales españoles que, como miembros de la Alianza secreta, no dudaron en dar a conocer su existencia y su modo de proceder en cuanto ésta se puso en abierta hostilidad contra la Internacional. Por lo demás, todo lo que contienen los estatutos secretos, y en forma aún más acentuada, se encuentra en los documentos publicados en ruso por los propios Bakunin y Necháyev. Los estatutos no hacen más que corroborar su contenido.

Así, pues, que los jefes de la Alianza vociferen sobre denuncia. Nosotros los denunciamos al desprecio de los trabajadores y a la benevolencia de los gobiernos, a los que tan buenos servicios han prestado al desorganizar el movimiento proletario. Con razón decía el "Tagwacht" de Zúrich, en una carta de respuesta a Bakunin:

"Aunque no sea usted un agente a sueldo, lo cierto es que un agente a sueldo no habría podido causar más daño que usted."

Notas a pie de página de Marx y Engels

(1)
Desclasados, déclassés, se llama en francés a aquellas gentes procedentes de las clases poseedoras que han sido expulsadas de su clase o han salido de ella, sin convertirse por ello en proletarios; por ejemplo, caballeros de industria, bufones, jugadores profesionales, la mayoría de los literatos y políticos de oficio, etc. También el proletariado tiene sus desclasados; éstos forman el lumpenproletariado.

Variantes textuales

{1}
En la edición francesa: organizaciones obreras

[Una conspiración contra la Asociación Internacional de los Trabajadores - Parte 3]

1.ª corrección.

Creado el 04.03.1999

II.

La Alianza secreta

La Alianza de la democracia socialista es de origen enteramente burgués. No ha surgido de la Internacional; es un vástago de la Liga de la Paz y la Libertad, una sociedad nacida muerta de republicanos burgueses. La Internacional estaba ya sólidamente fundada cuando Mijaíl Bakunin se metió en la cabeza desempeñar un papel como emancipador del proletariado. Ella solo podía ofrecerle el campo de actividad común a todos los miembros. Para valer algo en ella, habría tenido que ganarse primero las espuelas mediante un trabajo constante y abnegado; él creyó hallar mejores perspectivas y un camino más fácil del lado de los burgueses de la Liga.

Así pues, en septiembre de 1867, se hizo elegir miembro del comité permanente de la Liga de la Paz y tomó su papel en serio; incluso puede decirse que él y Barni, hoy diputado en Versalles, eran el alma de ese comité. Dándose aires de teórico de la Liga, Bakunin debía publicar bajo sus auspicios una obra: “El federalismo, el socialismo y el antiteologismo”
(1)
. Sin embargo, pronto se convenció de que la Liga seguía siendo una sociedad insignificante y de que los liberales que la componían solo veían en sus congresos un medio de combinar un viaje de placer con discursos grandilocuentes, mientras que, por el contrario, la Internacional crecía día a día. Pensó entonces en injertar la Liga en la Internacional. Para llevar a cabo este plan, Bakunin, a propuesta de Elpidin, se hizo admitir en julio de 1868 en la sección central de Ginebra |de la Internacional|. Por otro lado, consiguió que el comité de la Liga aceptara una propuesta de proponer al congreso internacional de

Bruselas |3.er congreso de la AIT, 1868| una alianza ofensiva y defensiva de ambas sociedades; y para obtener la aprobación del congreso a ese paso vivaz, redactó una circular confidencial y la hizo enviar por el comité a los “señores” de la Liga. Confiesa allí abiertamente que la Liga, hasta entonces una farsa impotente, solo podía ganar importancia si oponía a la alianza de los opresores

“la alianza de los pueblos, la alianza de los trabajadores … solo podemos llegar a ser algo si nos convertimos en los sinceros y serios representantes de los millones de trabajadores”.

La misión providencial de la santa Liga debía ser agraciar a la clase obrera con un parlamento burgués autodesignado, al cual esta debía confiar el cuidado de su dirección política.

“Para convertirnos en un poder saludable y real”, se dice al final de la circular, “nuestra Liga debe convertirse en la
expresión política pura
de los grandes intereses y principios económicos y sociales, que hoy son triunfalmente desarrollados y difundidos por la gran Asociación Internacional de los Trabajadores de Europa y América”.

El congreso de Bruselas osó rechazar la propuesta de la Liga. Grande fue la decepción y la cólera de Bakunin. Por un lado, la Internacional se sustraía a su protección. Por otro lado, el presidente de la Liga, el profesor Gustav Vogt, lo reprendió con dureza.

“O bien”, escribió a Bakunin, “no estabas seguro del éxito de nuestra invitación, y entonces has comprometido a nuestra Liga; o bien sabías qué sorpresa nos tenían reservada tus amigos de la Internacional, y entonces nos has engañado de modo indigno. Te pregunto, ¿qué debemos decir a nuestro congreso?”

Bakunin le respondió en una carta que fue leída a todo el que quisiera oírlo:

“No podía prever”, decía, “que el congreso de la Internacional nos respondería con un insulto tan torpe como arrogante; se lo debemos a las intrigas de una cierta camarilla de alemanes que aborrece a los rusos” (declaraba expresamente a sus oyentes que esa era la camarilla de Marx). “Me preguntas qué debemos hacer. Reclamo el honor de dar la respuesta a ese grosero ultraje en nombre del comité, desde la tribuna de nuestro congreso.”

En lugar de mantener su palabra, Bakunin volvió su chaqueta. Presentó al congreso de los ligistas en Berna un programa de un socialismo de fantasía,

en el que exigía la igualación de las clases y los individuos, para superar así a las damas de la Liga, que solo piden la igualación de los sexos. Derrotado de nuevo, se retiró del congreso con una exigua minoría y se dirigió a Ginebra.
(2)

La alianza entre burgueses y trabajadores soñada por Bakunin no debía limitarse a una alianza pública. Los estatutos secretos de la Alianza de la democracia socialista (véase:
Piezas de convicción n.º I
) contienen indicios de que Bakunin, en el seno mismo de la Liga, había puesto los cimientos de una sociedad secreta a la que debía corresponder el dominio sobre aquella. No solo son idénticos los nombres de los grupos dirigentes a los de la Liga (comité central permanente, oficina central, comités nacionales), sino que en los estatutos secretos se
declara
que los “miembros fundadores de la Alianza son en su mayor parte antiguos miembros del congreso de Berna”. Para hacerse valer como jefe de la Internacional, necesitaba presentarse como jefe de otro ejército, cuya absoluta devoción a su persona quedara asegurada mediante una organización secreta. Una vez que hubiera implantado abiertamente su sociedad en la Internacional, contaba con ramificarla en todas las secciones y procurarse así la dirección absoluta de las mismas. Con este fin fundó en Ginebra la Alianza (pública) de la democracia socialista. Exteriormente era solo una sociedad pública, que, ciertamente, aunque enteramente absorbida en la Internacional, debía tener una organización internacional particular, un comité central, oficinas nacionales y secciones independientes de nuestra asociación; junto a nuestro congreso anual, la Alianza debía celebrar públicamente el suyo. Pero esta Alianza pública albergaba en sí otra, la cual, a su vez, era dirigida por la Alianza aún más secreta de los hermanos internacionales, los Cien guardias del dictador Bakunin.

Los estatutos secretos de la “organización de la Alianza de los hermanos internacionales” muestran que en esta Alianza hay
“tres grados”
: “I.
Los hermanos internacionales;
II.
Los hermanos nacionales;
III. La organización semisecreta y semipública de la
Alianza Internacional de la democracia socialista.
”

I. Los hermanos internacionales, cuyo número se limita a “cien”, forman el sagrado colegio. Están bajo un comité central y bajo comités nacionales, organizados como oficinas ejecutivas y comités de vigilancia. Estos comités mismos son responsables ante la “Constituyente” o asamblea general de al menos dos tercios de los hermanos internacionales. Estos hermanos de la Alianza

“no tienen otra patria que la revolución universal, otro extranjero ni otro enemigo que la reacción. Rechazan toda política de reconciliación y compromiso y consideran reaccionario todo movimiento político que no tenga por fin inmediato y directo el triunfo de sus principios.”

Pero como este artículo aplaza la actividad política de los “Cien” hasta el día del juicio final, y como estos irreconciliables no piensan renunciar a las ventajas de los cargos públicos, dice el artículo 8:

“Ningún hermano aceptará ningún servicio público sino con el consentimiento del comité al que pertenece.”

Cuando abordemos España e Italia, veremos con cuánto celo se afanaron los jefes de la Alianza por llevar este artículo a la práctica. Los hermanos internacionales

“son hermanos … cada uno de ellos debe ser sagrado para todos los demás, más que un hermano de nacimiento; cada hermano debe contar con la ayuda y el auxilio de todos los demás hasta la
extinción de la posibilidad
.”

El caso Necháyev nos revelará qué significa esa misteriosa extinción de la posibilidad.

“Todos los hermanos internacionales se conocen entre sí.
Ningún secreto político debe existir jamás entre ellos.
Ninguno puede pertenecer a ninguna sociedad secreta sin la aprobación positiva de su comité o, en caso de urgencia y si este lo exige, sin la del comité central, y solo puede pertenecer a ella bajo la condición de revelarles todos los secretos que directa o indirectamente pudieran interesarles.”

Los Piétri y los Stieber solo emplean como espías a gentes subordinadas y perdidas, pero la Alianza, al enviar a sus falsos hermanos a las sociedades secretas para traicionar sus secretos, transfiere el papel de espía a los mismos
{1}
hombres que, según su plan, deben asumir la dirección de la “revolución universal”. — Por lo demás, este bufón revolucionario corona lo vulgar con lo grotesco:

“Solo puede llegar a ser hermano internacional quien haya aceptado abiertamente el programa íntegro en todas sus consecuencias teóricas y prácticas y reúna, junto a la inteligencia, la energía, la honradez (!) y la fiabilidad, la pasión revolucionaria —
tenga el diablo en el cuerpo
.”

II. Los hermanos nacionales son organizados, según el mismo plan, por los hermanos internacionales en cada país como asociación nacional, pero en ningún caso deben sospechar siquiera la existencia de una organización internacional.

III. La Alianza Internacional secreta de la democracia socialista, cuyos miembros se reclutan más o menos
{2}
en todas partes, posee un órgano legislativo en el
comité central permanente,
el cual, cada vez que se reúne, se rebautiza como la “Asamblea general secreta de la Alianza”. Esta asamblea se celebra una vez al año durante el congreso de la Internacional, o de forma extraordinaria por convocatoria de la oficina central o, más bien, de la sección central de Ginebra.

La
sección central de Ginebra
es “la delegación permanente del comité central permanente” y “el consejo ejecutivo de la Alianza”. Se divide a su vez en dos subsecciones:
oficina central
y
comité de vigilancia
. La oficina central, compuesta de 3 a 7 miembros, es el verdadero poder ejecutivo de la Alianza:

“Recibe sus insinuaciones de la sección central de Ginebra y debe, por su parte, dirigir sus comunicaciones secretas,
por no decir sus órdenes
, a todos los comités nacionales, de los cuales debe recibir informes secretos al menos una vez al mes.”

Este comité central ha descubierto el medio de ser a la vez pescado y carne, secreto y público, pues como parte

“de la sección central secreta, la oficina central es una organización secreta; … como directorio público de la Alianza pública, es una organización pública”.

Se ve, pues, que Bakunin ya había organizado toda la dirección secreta y pública de su “cara Alianza” antes de que esta misma existiera, y que los miembros participantes en alguna elección no eran más que las marionetas de un teatro de títeres manejado por él. Por lo demás, no se recata en decirlo, como veremos enseguida. La sección central de Ginebra, cuya tarea debía ser dar sus insinuaciones a la oficina central, no es ella misma más que una comedia, pues sus acuerdos mayoritarios
{3}
solo son obligatorios para la oficina si esta no

“decide en la mayoría de sus miembros apelar a la asamblea general, la cual debe convocar entonces en el plazo de tres semanas. Una asamblea general así convocada requiere, para ser quorum, la presencia de las dos terceras partes de todos sus miembros.”

Se ve que la oficina central se había rodeado de todas las garantías constitucionales para asegurar su independencia.

Se podría tener la ingenuidad de creer que esa Oficina central autónoma estaría por lo menos libremente elegida por la Sección central de Ginebra. Nada de eso; la Oficina central provisional ha sido

«presentada al grupo fundador de Ginebra como elegida provisionalmente por todos los miembros fundadores de la Alianza, los cuales, en su mayor parte antiguos miembros del Congreso de Berna, han regresado a sus casas» (con excepción de Bakunin), «después de haber transferido sus poderes al ciudadano Bakunin».

Los miembros fundadores de la Alianza no son, pues, otros que unos pocos burgueses secesionistas de la Friedensliga.

Así, pues: el Comité central permanente, que se ha arrogado el poder constituyente y legislativo sobre toda la Alianza, se había nombrado a sí mismo. La Delegación ejecutiva permanente de ese Comité central permanente, la Sección central de Ginebra, se había nombrado a sí misma, en lugar de ser nombrada por ese Comité. La Oficina central ejecutiva de esta Sección central de Ginebra, en lugar de ser elegida por ésta, le fue impuesta por un grupo de individuos que, todos ellos, «habían transferido sus poderes al ciudadano Bakunin».

De modo que el «ciudadano B.» es el quicio de la Alianza. Y para afirmar su función como tal, los estatutos secretos de la Alianza dicen textualmente:

«Su forma de gobierno visible será la de una presidencia en una república federativa» —

una presidencia para la cual el presidente ya existía de antemano, el permanente «ciudadano B.».

Como la Alianza es una sociedad internacional, hay en cada país un Comité nacional que está formado

«por todos los miembros del Comité central permanente pertenecientes a la misma nación».

Para constituir un Comité nacional bastan tres miembros. Para asegurar la regularidad de la vía jerárquica burocrática,

«los Comités nacionales han de servir como los
únicos
órganos intermediarios entre la Oficina central y todos los grupos locales de su país».

Los Comités nacionales tienen

«que cuidar de la organización de la Alianza en su país, pero de tal manera que ésta esté siempre
dominada
y representada en los congresos por miembros del Comité central permanente».

En la jerga de la Alianza a esto se le llama: organizar desde abajo hacia arriba. Estos grupos locales sólo tienen el derecho de presentar sus programas y reglamentos a los Comités nacionales, para que

«sean sometidos a la confirmación de la Oficina central; sin esta confirmación, los grupos locales no pueden formar parte de la Alianza».

Una vez injertada esta organización secreta despótica y jerárquica en la Internacional, para completarla no hacía falta más que desorganizar a esta última. Para ello bastaba anarquizar y autonomizar sus secciones y convertir sus órganos centrales en simples buzones, «oficinas de correspondencia y estadística», como realmente se intentó más tarde.

El pasado revolucionario del permanente «ciudadano B.» no era lo bastante glorioso como para permitirle esperar perpetuar en la secreta Alianza, y menos aún en la pública, la permanencia de la dictadura que él había confiscado en su provecho. Por eso tenía que disimularla bajo espejismos democratizadores. En consecuencia, los estatutos secretos prescriben que la Oficina central provisional (léase: el ciudadano permanente) funcionará hasta la primera asamblea general pública de la Alianza, la cual nombrará entonces a los miembros de la nueva Oficina central permanente. Pero,

«dado que es urgentemente necesario que la Oficina central esté compuesta siempre por miembros del Comité central permanente, este último habrá de cuidar, por medio de sus Comités nacionales, de organizar y
dirigir
todos los grupos locales de tal modo que
como delegados
a dicha asamblea
sólo envíen a miembros del Comité central permanente
, o, en su defecto, a personas que estén
enteramente sometidas a la dirección
de sus respectivos Comités nacionales, a fin de que el Comité central permanente tenga
siempre la mano alta
en toda la organización de la Alianza».

Estas instrucciones no han sido dadas por un ministro o un prefecto bonapartista la víspera de las elecciones, sino por el hombre anti-autoritario por excelencia, por el archianarquista, por el

apóstol de la organización de abajo hacia arriba, por el Bayard [caballero sin miedo y sin tacha] de la autonomía de las secciones y de la
{4}
federación de los grupos autónomos, por San Miguel Bakunin, en protección de su permanencia.

Acabamos de examinar la organización creada para eternizar la dictadura del «ciudadano B.»; pasemos a su programa.

«La asociación de los hermanos internacionales quiere la revolución general, al mismo tiempo social, filosófica, económica y política, para que del orden actual de cosas, fundado como está sobre la propiedad, la explotación, la dominación y el principio de autoridad —sea éste religioso o metafísico y burgués-doctrinario, incluso jacobino-revolucionario—, no quede piedra sobre piedra, primero en toda Europa y luego en el resto del mundo. Con el grito de: ¡Paz a los trabajadores, libertad a los oprimidos y muerte a los dominadores, explotadores y tutores de toda clase! queremos destruir todos los Estados y todas las iglesias, con todas sus instituciones y leyes religiosas, políticas, jurídicas, financieras, policiales, universitarias, económicas y sociales, para que todos esos millones de pobres seres humanos, a los que hasta ahora se ha engañado, esclavizado, atormentado, explotado, libres por fin de todos sus conductores y bienhechores oficiales y oficiosos, tanto en asociaciones como individualmente, respiren por fin en plena libertad.»

Eso sí que es ¡revolucionarismo revolucionario! Para alcanzar esta meta abracadabrante, la primera condición no es combatir a los Estados y gobiernos existentes con los medios usuales entre los revolucionarios ordinarios, sino, al contrario, atacar

«la institución del Estado en general y su consecuencia y base naturales, la propiedad individual», mediante rimbombantes frases doctorales.

Así pues, no se trata de derribar el Estado bonapartista, prusiano o ruso, sino el Estado abstracto, el Estado como tal, un Estado que no existe en ninguna parte. Pero aun cuando los hermanos internacionales, en su encarnizada lucha contra ese Estado situado en las nubes, saben esquivar las masacres, la prisión y las balas que los Estados reales reservan a los revolucionarios ordinarios, también hemos visto que se han reservado el derecho, que sólo requiere una dispensa papal, de aprovechar todas las ventajas que les ofrecen los Estados burgueses reales. Fanelli, diputado italiano,

Soriano, funcionario del gobierno de Amadeo de Saboya, y tal vez también Albert Richard y Gaspard Blanc, agentes de policía bonapartistas, nos muestran cuán complaciente es el papa a este respecto... Por lo demás, la policía apenas se ocupa de «la Alianza o, para emplear la palabra sin rodeos, "la conspiración"» del ciudadano B. contra el abstracto concepto de Estado.

El primer acto de la revolución debe ser, por tanto, la decretación de la abolición del Estado, tal como hizo Bakunin el 28 de septiembre en Lyon, aunque esta abolición del Estado sea necesariamente un acto de autoridad. Por Estado entiende él toda autoridad política, revolucionaria o reaccionaria,

«pues poco nos importa que ésta se llame Iglesia, monarquía, Estado constitucional, república burguesa o incluso dictadura revolucionaria. Todas las detestamos y rechazamos por igual razón, como fuentes infalibles de explotación y despotismo.»

Y declara incluso que todos los revolucionarios que, al día siguiente de la revolución, quieren «edificar el Estado revolucionario» son mucho más peligrosos que todos los gobiernos existentes, y que

«nosotros, los hermanos internacionales, somos los enemigos naturales de esos revolucionarios»,

pues el primer deber de los hermanos internacionales es desorganizar la revolución.

La respuesta a estas fanfarronadas sobre la inmediata abolición del Estado y sobre la instauración de la anarquía se encuentra ya en la circular confidencial del último Consejo General: «Las pretendidas escisiones en la Internacional» (Les prétendues scissions dans l'Internationale) de marzo de 1872, página 37: «La anarquía, he ahí el gran caballo de batalla de su maestro Bakunin, que de todos los sistemas socialistas no ha tomado más que los rótulos. Todos los socialistas entienden por anarquía esto: una vez alcanzado el objetivo del movimiento proletario, la abolición de las clases, desaparece la violencia del Estado, que sirve para mantener a la gran mayoría productora bajo el yugo de una minoría explotadora poco numerosa, y las funciones gubernamentales se transforman en simples funciones administrativas. La Alianza agarra la cosa por el extremo opuesto. Proclama la anarquía en las filas de los proletarios como el medio más infalible de quebrantar los poderosos medios de poder social y político concentrados en manos de los explotadores. Con este pretexto exige a la Internacional, en el preciso momento en que el viejo mundo se esfuerza por aplastarla, que sustituya su organización por la anarquía.»

Pero sigamos el evangelio anarquista hasta sus consecuencias; supongamos que el Estado quede abolido por decreto. Según el artículo 6, las consecuencias de este acto serán: la bancarrota del Estado, el cese del pago de las deudas privadas por intervención del Estado, el cese de todo pago de impuestos y contribuciones, la disolución del ejército, de la magistratura, de la burocracia, de la policía y de los curas
{6}
, la abolición de la jurisdicción oficial, acompañada de un auto de fe de todos los títulos de propiedad, de toda la papelería jurídica y civil, la confiscación de todos los capitales productivos e instrumentos de trabajo en beneficio de las cooperativas obreras, y la alianza de estas cooperativas, que «constituirá la Comuna». Esta Comuna dará a los así desposeídos exactamente lo necesario, dejándoles la facultad de ganar más mediante su propio trabajo.

Los hechos demostraron en Lyon que la simple decretación de la abolición del Estado dista mucho de bastar para cumplir todas esas bellas promesas. Al contrario, dos compañías de guardias nacionales burgueses fueron suficientes para desbaratar ese brillante sueño y llevar a Bakunin a toda prisa de camino hacia Ginebra, con el milagroso decreto en el bolsillo. Tampoco podía suponer él entre sus adeptos la suficiente estupidez como para no ver la necesidad de darles algún plan de organización que asegurara la ejecución de su decreto. Este plan es el siguiente:

«Para la organización de la Comuna: una federación de barricadas en permanencia y la institución de un consejo de la Comuna revolucionaria mediante delegación de uno o dos diputados por cada barricada, uno por la calle o por el distrito; los diputados están provistos de mandatos imperativos y son siempre responsables y revocables en todo momento» (son cosas graciosas estas barricadas de la Alianza, en las que se redactan mandatos en lugar de batirse). «El consejo comunal así organizado puede elegir de su seno comités ejecutivos especiales para cada ramo de la administración revolucionaria de la Comuna.»

Así constituida como comuna, la capital insurgente declara entonces a las demás comunas del país que renuncia a toda pretensión de gobernarlas; las exhorta a reorganizarse revolucionariamente y a enviar luego sus delegados responsables, revocables y provistos de mandatos imperativos a un lugar de reunión acordado, para constituir la federación de las asociaciones, comunas y provincias insurgentes y organizar un poder revolucionario lo bastante fuerte para triunfar sobre la reacción. Esta organización no se limitará a las comunas del país insurgente; también otras provincias o países podrán tomar parte en ella, mientras

«las provincias, las comunas, las cooperativas, los individuos que abracen el partido de la reacción,
permanecen excluidos».

La abolición de las fronteras avanza aquí, pues, al mismo paso que la más indulgente tolerancia hacia las provincias reaccionarias, que no dejarán de reavivar la guerra civil.

Tenemos, por tanto, en esta organización anárquica de las barricadas de los tribunos, primeramente el consejo comunal, luego las comisiones ejecutivas, que, para poder ejecutar algo, deben estar revestidas de algún poder y apoyadas por la fuerza pública; tenemos además todo un parlamento federal, cuya principal tarea será organizar ese
poder público.
Este parlamento, al igual que el consejo comunal, puede transmitir el
poder ejecutivo
a uno o varios
comités,
los cuales, por ese mismo hecho, quedan revestidos de un carácter de autoridad que las necesidades de la lucha harán resaltar cada vez con mayor nitidez. Tenemos, pues, restablecidos de la manera más hermosa todos los elementos del «Estado autoritario», y nada importa que llamemos a esta máquina «comuna revolucionaria organizada de abajo arriba». El nombre no cambia la cosa; la organización de abajo arriba existe en toda república burguesa, y los mandatos imperativos datan incluso de la Edad Media; por lo demás, el propio Bakunin lo reconoce cuando, en (
art. 8
), da a su organización el nombre de «nuevo Estado revolucionario».

En cuanto al valor práctico de este nuevo plan revolucionario, donde se discute en lugar de batirse, no perdemos una palabra más.

Pero ahora llegamos al secreto de todas estas cajas mágicas de la Alianza de doble y triple fondo. Para que el programa ortodoxo sea también cumplido y la anarquía se esmere siempre en una buena conducta,

«es necesario que, en medio de la anarquía popular, que precisamente constituirá la vida y toda la fuerza de la revolución,
la unidad del pensamiento y de la acción revolucionaria encuentre un órgano
. Este órgano debe ser la
asociación secreta y universal de los hermanos internacionales».

«Esta asociación parte de la convicción de que las revoluciones nunca son hechas por individuos ni por sociedades secretas: se hacen como por sí mismas, por la fuerza de las cosas, por el movimiento de los acontecimientos y de los hechos. Se preparan largamente en la profundidad de la conciencia instintiva de las masas populares, y luego estallan... Todo lo que una sociedad secreta bien organizada puede hacer consiste, en primer lugar, en favorecer el nacimiento de una revolución, difundiendo entre las masas las ideas que corresponden a los instintos de las masas, y en organizar, no el ejército revolucionario —el ejército debe ser siempre el pueblo» (la carne de cañón)— «sino un
estado mayor revolucionario,
compuesto por individuos abnegados, enérgicos, inteligentes y, sobre todo, amigos sinceros del pueblo, no ambiciosos ni vanidosos, que posean la capacidad de servir como mediadores entre la» (monopolizada por ellos) «idea revolucionaria y los instintos populares».

«El número de estos individuos no debe, pues, ser muy grande. Para la organización internacional en toda Europa
bastan cien revolucionarios firme y seriamente aliados
. Dos o trescientos revolucionarios bastarán para la organización del país más grande.»

De repente se nos muestra, pues, otro cuadro. La anarquía, la «vida popular desencadenada», las «malas pasiones», etc., ya no bastan. Para asegurar el éxito de la revolución se necesita la
unidad del pensamiento y de la acción.
Los internacionales buscan crear esa unidad mediante la propaganda, la discusión y la organización pública del proletariado; a Bakunin le basta para ello con una organización secreta de cien hombres, los representantes privilegiados de la idea revolucionaria; un estado mayor revolucionario disponible, autonombrado y comandado por el permanente «ciudadano B.». Unidad del pensamiento y de la acción no significa otra cosa que ortodoxia y obediencia ciega.
Perinde ac cadaver.
Como un cadáver.
Nos encontramos en plena Compañía de Jesús.

La declaración de que los cien hermanos internacionales «deben servir como mediadores entre la idea revolucionaria y los instintos populares», abre un abismo infranqueable entre la idea revolucionaria de la Alianza y las masas proletarias. Proclama la imposibilidad de reclutar a estas guardias de cien hombres en otra parte que no sea entre las clases privilegiadas.

Notas de Marx y Engels

(1) Esta Biblia de los ismos fue interrumpida en el tercer pliego por falta de manuscrito.

(2) Entre los secesionistas encontramos los nombres de Albert Richard, de Lyon, actualmente agente de policía bonapartista; Gambuzzi, abogado de Nápoles (véase el capítulo sobre Italia); Shukowski, más tarde secretario de la Alianza pública, y un tal Büttner, fontanero de Ginebra, que actualmente pertenece al partido ultra-reaccionario.

…desde sus centros administrativos, esperaba Bakunin apoderarse de la dirección de la Internacional en el Congreso de Basilea, en septiembre de 1869. En este congreso, la Alianza secreta, gracias a los medios que empleaba, no precisamente leales, estuvo representada por lo menos por diez delegados, entre ellos el conocido Albert Richard y el propio Bakunin. Había llevado consigo una serie de mandatos en blanco, de los cuales, por falta de gente de confianza, no pudo hacerse uso, a pesar de que se ofrecieran a los internacionales de Basilea. A pesar de todo, este número apenas bastó para que el Congreso sancionase la abolición del derecho de herencia, esa vieja antigualla sansimoniana que Bakunin quería convertir en punto de partida práctico del socialismo; menos aún se pudo imponer al Congreso el traslado del Consejo General de Londres a Ginebra, ambicionado por Bakunin.

En tanto, reinaba en Ginebra la guerra abierta entre el Comité Federal Románico, apoyado por la actitud casi unánime de la Internacional ginebrina, y la Alianza. Esta última tenía por aliados en esta lucha al "Progrès" de Locle, redactado por James Guillaume, y a la ginebrina "Égalité", la cual, a pesar de ser órgano oficial del Comité Federal Románico, era redactada por un comité de mayoría aliancista y atacaba en cada ocasión al Comité Federal Románico. Sin perder de vista el gran objetivo, el traslado de la sede del Consejo General a Ginebra, la redacción de la "Égalité" abrió una campaña contra el Consejo General existente y exhortó al "Travail" de París a que la apoyase. El Consejo General declaró en su
circular del 1 de enero de 1870
que no sostenía polémica alguna contra periódicos. Entretanto, el Comité Federal Románico había ya expulsado a la gente de la Alianza de la redacción de la "Égalité".

Para entonces, la secta no había adoptado aún su máscara antiautoritaria. Como creía poder apoderarse del Consejo General, fue la primera en solicitar y redactar, en el Congreso de Basilea, las disposiciones administrativas que conferían al Consejo General las mismas "atribuciones autoritarias" (pouvoirs autoritaires) que ella misma atacaría con tanta violencia dos años más tarde. Nada caracteriza mejor la idea que entonces tenía del papel autoritario del Consejo General que el siguiente extracto del "Progrès" de Locle del 4 de diciembre de 1869, redactado por James Guillaume, con ocasión de la disputa entre el "Social-Demokrat" y el "Volksstaat":

"Nos parece que es
deber
del Consejo General de nuestra asociación
intervenir
, abrir una investigación sobre los sucesos de Alemania, pronunciarse
entre Schweitzer y Liebknecht y
poner fin de esta manera a la incertidumbre
en que nos sume esta situación desconcertante."

¿Habría de creerse que se trata del mismo Guillaume que, el 12 de noviembre de 1871, en la circular de Sonvillier, reprochaba a este mismo Consejo General, antes tan poco autoritario a sus ojos, el haber querido "introducir el
principio de autoridad
en la Internacional"?

Los periódicos de la Alianza, no contentos con difundir su programa particular, lo que nadie les habría reprochado, lo habían puesto todo en juego desde el comienzo para crear y mantener una confusión bien calculada entre su programa y el de la Internacional. Esto se repitió en todas partes donde la Alianza disponía de un periódico o colaboraba en él: en España, en Suiza, en Italia; pero fue solamente en sus publicaciones rusas donde el sistema alcanzó su perfección.

La secta llevó a cabo su gran golpe en el Congreso de la Federación Románica en La Chaux-de-Fonds (4 de abril de 1870). Tratábase de obligar a las secciones ginebrinas a reconocer la Alianza pública ginebrina como parte de la Federación, y de trasladar el Comité Federal y su órgano a una localidad del Jura donde la Alianza secreta era dueña y señora.

A la apertura del Congreso, dos delegados de la "Sección de la Alianza" exigieron su admisión. Los delegados ginebrinos propusieron remitir este asunto al final del Congreso y pasar inmediatamente a la deliberación del programa, por ser esto mucho más importante. Declararon que su mandato imperativo les prescribía retirarse antes que admitir a aquella sección en su grupo,

"en vista de las intrigas y las ansias de dominio de la gente de la Alianza; se decretaría la escisión en la sección románica si se acordaba la admisión de la Alianza".

Pero la Alianza no quería dejar escapar esta ocasión. La proximidad de sus pequeñas secciones del Jura le había permitido procurarse una pequeña mayoría aparente, ya que Ginebra y los grandes centros de la Internacional estaban muy débilmente representados. A instancias de Guillaume y Schwitzguébel, fue admitida por una mayoría impugnada de uno o dos votos. Los delegados ginebrinos consultaron inmediatamente a todas las secciones por telégrafo y recibieron el encargo de retirarse del Congreso. Como los internacionales de La Chaux-de-Fonds apoyaban a los ginebrinos, los aliancistas tuvieron que abandonar el local del Congreso, que pertenecía a las secciones de la localidad. Aunque, según su

propio órgano (véase la "Solidarité" del 7 de mayo de 1870), solo representaban quince secciones, mientras que Ginebra por sí sola tenía treinta, se arrogaron el título de Congreso Románico, nombraron un nuevo Comité Federal Románico, en el cual brillaban Chevalley y Cognon
(1)
, y elevaron la "Solidarité" de Guillaume a órgano de la Federación Románica. Por lo que respecta a Guillaume, este joven maestro de escuela tenía la misión especial de denigrar a los "obreros fabriles" de Ginebra, esos "horribles burgueses", de combatir a la "Égalité", el periódico de la Federación Románica, y de predicar la abstención absoluta en el terreno político. Los artículos más destacados sobre este último tema provenían de Bastelica, en Marsella, y de los dos pilares principales de la Alianza en Lyon, Albert Richard y Gaspard Blanc.

La mayoría instantánea y falseada del Congreso de La Chaux-de-Fonds había obrado, por lo demás, violando abiertamente los estatutos de la Federación Románica que pretendía representar, y no hay que olvidar aquí que los jefes de la Alianza habían tenido una parte considerable en la redacción de esos estatutos. Según los artículos 53 y 55, toda decisión importante del Congreso necesitaba, para adquirir fuerza de ley, la aprobación de los dos tercios de las secciones federadas. Ahora bien, solo las secciones de Ginebra y de La Chaux-de-Fonds, que se habían pronunciado contra la Alianza, constituían
más
de dos tercios del número total. En dos grandes asambleas generales, los internacionales ginebrinos aprobaron casi por unanimidad, a pesar de la oposición de Bakunin y sus amigos, el proceder de sus delegados, quienes, entre el aplauso general, propusieron a la Alianza quedarse sola y desistir de su pretensión de ingresar en la Federación Románica; a este precio, la reconciliación estaría hecha. Más tarde, algunos miembros desengañados de la Alianza propusieron su disolución, pero Bakunin y sus partidarios se opusieron a ello con todas sus fuerzas. La Alianza mantuvo su pretensión de pertenecer en todo caso a la Federación Románica, y a esta no le quedó otro remedio que expulsar de su seno a Bakunin y a los demás jefes principales.

Había, pues, ahora dos Comités Federales Románicos, uno en Ginebra y otro en La Chaux-de-Fonds. La inmensa mayoría de las secciones permaneció fiel al

primero, mientras que al otro solo le siguieron quince secciones, muchas de las cuales, como veremos más adelante, desaparecieron una tras otra.

Apenas clausurado el Congreso Románico, el nuevo comité de La Chaux-de-Fonds, en una carta firmada por "F. Robert, secretario, y Henri Chevalley, presidente" (véase la nota anterior), apeló a la intervención del Consejo General. El Consejo General examinó las piezas probatorias de ambas partes y luego decidió, el
28 de junio de 1870
, mantener al comité de Ginebra en sus funciones anteriores y exhortar al nuevo Comité Federal de La Chaux-de-Fonds a adoptar un nombre local. Frente a esta decisión, que tan poco correspondía a sus deseos, el comité de La Chaux-de-Fonds clamó contra el autoritarismo del Consejo General, olvidando que él mismo había solicitado primero su intervención. La obstinación con que el comité de La Chaux-de-Fonds se arrogó el nombre de Comité Federal Románico provocó tales perturbaciones en la Federación Suiza que el Consejo General se vio obligado a romper toda relación con el mismo.

El 4 de septiembre de 1870 fue proclamada la República en París. La Alianza creyó que había sonado la hora de "desencadenar la hidra revolucionaria en Suiza" (estilo de Guillaume). La "Solidarité" lanzó un manifiesto que exigía la formación de cuerpos francos suizos contra los prusianos. Sin embargo, este manifiesto, si hemos de dar crédito al pedagogo Guillaume, para no ser "de ningún modo
anónimo
", "no estaba firmado". Por desgracia, todo el ardor bélico de la Alianza se evaporó con la confiscación del periódico y del manifiesto. Pero yo, exclamó el tempestuoso Guillaume, que ardía en deseos de "exponer su pellejo", "yo permanecí en mi puesto: ¡en la imprenta del periódico!" ("Jura-Bulletin", 15 de junio de 1872).

El movimiento revolucionario estalló en Lyon. Bakunin se precipita allí, acudiendo en ayuda de su lugarteniente Albert Richard y de sus suboficiales Bastelica y Gaspard Blanc. El 28 de septiembre, día de su llegada, el pueblo se había apoderado del ayuntamiento; Bakunin tomó posiciones en él: el momento crítico, esperado durante largos años, había llegado al fin, aquel en que Bakunin podía realizar el acto más revolucionario que el mundo hubiera visto jamás: decretó la
abolición del Estado
. Pero el Estado, en la forma y figura de dos compañías de guardias nacionales burgueses, penetró por una entrada que se había olvidado guarnecer, barrió la sala y despachó a Bakunin a toda prisa camino de Ginebra.

En el mismo instante en que el belicoso Guillaume defendía "en su puesto" a la República de septiembre, su fiel Acates, Robin, huía de esta República hacia Londres. Aunque el Consejo General sabía que era uno de los partidarios más empedernidos de la Alianza y, más aún, el autor de los ataques lanzados contra él en la "Égalité", lo acogió sin embargo en su seno, a pesar de los informes de las secciones de Brest sobre la conducta poco valerosa de Robin, debido a la ausencia de sus miembros franceses. A partir de ese momento, Robin fungió allí ininterrumpidamente como corresponsal oficioso del comité de La Chaux-de-Fonds. El 14 de marzo de 1871 propuso la convocatoria de una conferencia confidencial de la Internacional para resolver la disputa suiza. El Consejo General, previendo que grandes acontecimientos se preparaban en París, rechazó de plano esta proposición. Robin repitió sus intentos varias veces e incluso terminó por proponer que el Consejo General decidiera definitivamente sobre la cuestión en litigio. El 25 de julio, el Consejo General decidió que este asunto le fuese sometido a la Conferencia que habría de convocarse para el mes de septiembre de 1871.

El 10 de agosto, la Alianza, no muy deseosa de ver sus manejos sometidos a investigación por una conferencia, declaró que quedaba disuelta desde el 6 del mismo mes. Sin embargo, reforzada por algunos refugiados franceses, reapareció pronto bajo otros nombres; así, como Sección de los Ateos Socialistas y Sección de Propaganda y Acción Socialista Revolucionaria. De conformidad con la resolución del Congreso de Basilea y en concordancia con el Comité Federal Románico, el Consejo General se negó a reconocer estas secciones, meros nuevos focos de intriga.

La Conferencia de Londres (septiembre de 1871) confirmó, frente a los disidentes del Jura, la decisión del Consejo General del 28 de junio de 1870.

Tras la recepción de la «Solidarité», los nuevos adeptos de la Alianza fundaron la «Révolution Sociale», en la que escribía la señora André Léo, la misma que en el congreso de la Liga de la Paz en Lausana había declarado, en los momentos en que Ferré, en la prisión, esperaba la hora de la partida hacia Satory, que

«Raoul Rigault y Ferré eran las dos figuras siniestras de la Comuna que hasta entonces» (hasta la ejecución de los rehenes) «habían reclamado sin cesar, aunque siempre en vano, medidas sangrientas».

Desde su primer número, este periódico se esforzó por situarse al mismo nivel que el «Figaro», el «Gaulois», el «Paris-Journal» y otras

hojas inmundas, cuyas infames calumnias contra el Consejo General reprodujo de nuevo. El momento le pareció propicio para encender, dentro de la propia Internacional, la llama del odio nacional. Según él, el Consejo General no era más que un comité alemán, dirigido por un cerebro bismarckiano.

La Conferencia había herido en el corazón a la Alianza con sus tres resoluciones sobre
la disputa suiza
, sobre
la actitud política de la clase obrera
y sobre la
desautorización pública de Necháyev
. La primera decisión entrañaba una censura directa contra el pseudo-comité románico de La Chaux-de-Fonds y aprobaba el proceder del Consejo General. Aconsejaba a las secciones del Jura que se adhiriesen a la Federación Románica, y, para el caso de que esta unión no se llevase a cabo, decidió que las secciones de las montañas adoptasen el nombre de Federación del Jura. Declaró que, si su comité proseguía su guerra periodística ante el público burgués, estos periódicos serían desautorizados por el Consejo General. — La segunda resolución, sobre la actitud política de la clase obrera, puso fin a la confusión que Bakunin había querido introducir en la Internacional, insertando en su programa la doctrina de la abstención completa en el terreno político. — La tercera resolución
{1}
amenazaba directamente a Bakunin. Más adelante, cuando hablemos de Rusia, se verá hasta qué punto Bakunin estaba personalmente interesado en ocultar a Europa Occidental las infamias de la Alianza.

La Alianza vio en esto, y con razón, una declaración de guerra, y emprendió su campaña de inmediato. Las secciones del Jura que apoyaban al pseudo-comité románico se reunieron el 12 de noviembre de 1871 en un
congreso en Sonvillier
. Allí comparecieron dieciséis delegados, que pretendían representar a nueve secciones. Según el informe del comité federal, la sección de Courtelary, representada por dos delegados, «había cesado su actividad»; la sección central de Locle «se había disuelto finalmente», pero se había reconstituido por el momento para enviar dos delegados al congreso de los dieciséis; la sección de grabadores y guillocheurs de Courtelary (dos delegados) «se constituía como sociedad gremial»
al margen
de la Internacional; la sección de propaganda de La Chaux-de-Fonds (un delegado) «se encuentra en una situación crítica que, lejos de mejorar, amenaza con agravarse aún más». La sección central de Neuchâtel (dos

delegados, entre ellos Guillaume) «ha sufrido considerablemente, y sin el espíritu de sacrificio de algunos miembros, su caída era segura». Los dos círculos de estudios sociales de Sonvillier y Saint-Imier (cuatro delegados) en el distrito de Courtelary se han formado, según el informe, a raíz de la disolución de la sección central de Courtelary; ¡así, los pocos miembros de este distrito se hacen representar tres veces por seis delegados! La sección de Moutier (un delegado) parece constar únicamente de su comité. De modo que, de dieciséis delegados, catorce representan a secciones muertas o agonizantes. Pero para comprender el estado de desorganización que la prédica de la anarquía había provocado en esta federación, hay que seguir leyendo un poco más este informe. De veintidós secciones, sólo nueve estaban representadas en el congreso; siete no habían respondido jamás a comunicación alguna del comité y cuatro habían sido declaradas completamente muertas. Ésta era la federación que se creía llamada a trastocar de arriba abajo la organización de la Internacional.

El congreso de Sonvillier comenzó, sin embargo, por inclinarse ante la Conferencia de Londres, que le había impuesto el nombre de Federación del Jura; pero, para dar al mismo tiempo una muestra de su anarquismo, declaró disuelta toda la Federación Románica. (Ésta devolvió a los jurasianos su autonomía, expulsándolos de sus secciones.) Acto seguido, el congreso lanzó al mundo su estrepitosa circular, cuyo principal objeto era protestar contra la legalidad de la Conferencia y apelar a un congreso general que debía ser convocado en el plazo más breve.

La circular acusa a la Internacional de haberse apartado de su espíritu, que no debería ser otra cosa «que una inmensa protesta contra la autoridad». Hasta
{2}
el congreso de Bruselas, todo marchó de la mejor manera en la mejor de las sociedades, pero en Basilea los delegados perdieron la cabeza; fueron presa de una «confianza ciega» y atacaron «el espíritu y la letra de los Estatutos Generales», en los que la autonomía de cada sección y de cada grupo de secciones estaba tan claramente expresada. De modo que ahora la Internacional había inscrito la autoridad en su bandera, y la Federación del Jura, esta marioneta de la Alianza, la autonomía de las secciones. Ya hemos visto cómo se proponía la Alianza realizar esta autonomía.

Los pecados del congreso de Basilea fueron superados aún por los de la Conferencia de Londres, cuyas resoluciones

«tienden a hacer de la Internacional, de la libre federación de secciones autónomas, una organización jerárquica, sujeta a la autoridad, de secciones disciplinadas, enteramente en manos del Consejo General, el cual podría, a su entero arbitrio, negarles la admisión o incluso suspender su actividad».

Los aliancistas que redactaron esta circular olvidaban, pues, que su reglamento secreto no está hecho sino para consolidar una «organización jerárquica y autoritaria», coronada por la persona del «ciudadano B.» permanente, y que en ese reglamento se dan instrucciones para «disciplinar» las secciones y ponerlas por completo no sólo «en manos», sino incluso «bajo la férula» de ese mismo «ciudadano».

Si ya los pecados de la Conferencia eran pecados mortales, el pecado principal, el pecado contra el espíritu santo, fue cometido por el Consejo General. En él se encuentran «algunas personalidades» que consideran su

«mandato» (como miembros del Consejo General) «como una propiedad personal
{3}
», «y Londres les parecía la capital inamovible de nuestra asociación... Algunas personas se han dejado arrastrar... a querer hacer prevalecer en la Internacional su programa especial, su doctrina personal... como teoría oficial, la única que tiene derecho de ciudadanía en la asociación... Así se ha formado poco a poco una ortodoxia, cuya sede es Londres y cuyos representantes son los miembros del Consejo General.»

En suma, han querido fundar la unidad de la Internacional mediante la «centralización y la dictadura». — En esta misma circular, la Alianza se esfuerza por «hacer prevalecer en la Internacional su programa especial», declarándola «una inmensa protesta contra la autoridad» y sentenciando que la emancipación de los trabajadores por los trabajadores mismos debe hacerse «sin ninguna autoridad directiva, ya sea esta autoridad elegida por los trabajadores o cuente con su asentimiento». Veremos cómo, dondequiera que la Alianza tuvo influencia, hizo precisamente aquello que falsamente reprocha al Consejo General, al querer imponer su ridícula quimera teórica como «teoría oficial, la única que tiene derecho de ciudadanía en la asociación».
(2)
— Todo esto se refiere

únicamente a la actividad pública y visible de la Alianza; en lo que respecta a su actividad secreta, «el espíritu y la letra» de sus estatutos secretos ya nos han ilustrado sobre el grado de «ortodoxia», de «doctrina personal», de «centralización» y de «dictadura» que imperan en esta «libre federación de grupos autónomos». Comprendemos muy bien por qué la Alianza quería impedir que la clase obrera se dotase de una dirección común, puesto que la providencia bakuninista ya había provisto a ello, al constituir su
Alianza
como estado mayor de la revolución.

Lejos de imponer una ortodoxia a la Internacional, el Consejo General había propuesto a la Conferencia de Londres la abolición de los nombres sectarios de determinadas secciones, y esta propuesta fue adoptada por unanimidad.
(3)

Por lo demás, el Consejo General se expresó en los siguientes términos acerca de las sectas en su circular confidencial («Prét. scissions»,
p. 24
):

«La primera fase de la lucha del proletariado contra la burguesía está caracterizada por el movimiento sectario. Éste tiene su razón de ser en una época en que el proletariado no está aún suficientemente desarrollado para actuar como clase. Pensadores aislados someten los antagonismos sociales a una crítica y ofrecen al mismo tiempo una solución fantástica de los mismos,

que la masa de los obreros no tiene más que aceptar, propagar y poner en práctica. Está en la naturaleza misma de estas sectas, formadas por iniciativa de individuos aislados, el mantenerse extrañas y cerradas a toda actividad real, a la política, a las huelgas, a las sociedades gremiales, en una palabra, a todo movimiento de conjunto. La masa del proletariado permanece siempre indiferente, e incluso hostil, a su propaganda. Los obreros de París y de Lyon no querían saber nada de los saintsimonianos, de los fourieristas, de los icarianos, como tampoco los cartistas y los tradeunionistas ingleses querían saber nada de los owenistas. Las sectas, palanca de la movimiento en sus comienzos, se convierten en un obstáculo tan pronto como éste las sobrepasa; entonces se tornan reaccionarias; prueba de ello son las sectas de Francia e Inglaterra, y últimamente los lassalleanos en Alemania, los cuales, después de haber obstaculizado durante años la organización del proletariado, han acabado por convertirse en simples instrumentos de la policía. En una palabra, representan la infancia del movimiento proletario, como la astrología y la alquimia representan la infancia de la ciencia. Para que la fundación de la Internacional fuese posible, el proletariado tenía que haber superado esta etapa de desarrollo.»

Frente a las fantásticas organizaciones sectarias, la Internacional es la organización real y combatiente de la clase proletaria de todos los países, unida en su lucha  
{4}  
contra los capitalistas, los terratenientes y su poder de clase organizado en el Estado. Por eso los Estatutos de la Internacional no reconocen más que simples sociedades obreras, que persiguen todas el mismo objetivo y aceptan el mismo programa, programa que se limita a trazar las grandes líneas generales de la marcha del movimiento obrero y deja su elaboración teórica al impulso que surge de las necesidades de la lucha práctica y del intercambio de ideas dentro de las secciones, así como la Internacional admite sin distinción, en sus órganos y en sus congresos, cualquier convicción socialista.

La Alianza no quería que la Internacional fuese una sociedad combatiente; la circular de Sonvillier exigía que ella fuese la imagen fiel de la sociedad futura;

«debemos, pues, procurar que esta organización se acerque lo más posible a nuestro ideal... La Internacional, como embrión de la futura sociedad humana, está obligada  
{5}  
a ser ya ahora el fiel reflejo de nuestros principios de libertad y de federación y a desterrar de su seno todo principio que tienda a la autoridad, a la dictadura.»

Si la Federación del Jura hubiese logrado con su plan convertir a la Internacional en una imagen fiel de una sociedad aún inexistente y despojarla de todo medio para una actividad combinada, con la intención oculta de someterla a la «autoridad y dictadura» de la Alianza y de su dictador permanente, el «ciudadano B.», habría superado los más audaces deseos de la policía europea, que se contenta tan solo con ver a la Internacional puesta en estado de reposo.

Para dar a sus antiguos colegas de la Liga de la Paz y de la burguesía radical la prueba de que la campaña que iniciaban se dirigía contra la Internacional y no contra la burguesía, los hombres de la Alianza remitieron su circular a todos los periódicos radicales. La «République française» de Gambetta se apresuró a expresarles su reconocimiento en un artículo lleno de alientos para los jurasianos y de invectivas contra la Conferencia de Londres. Tanto se alegró el «Bulletin Jurassien» de encontrar este apoyo en la prensa burguesa, que reprodujo todo el artículo en su número 3, demostrando así que la más cordial concordia unía a los aliancistas ultrarrevolucionarios con los gambettistas versallescos. A fin de difundir más entre la burguesía la grata noticia de una escisión surgida en la Internacional, la circular de Sonvillier se vendió en las calles de varias ciudades de Francia, especialmente en Montpellier, en un día de mercado. Es sabido que la venta de impresos en la calle precisa de autorización policial en Francia.  
(4)

Esta circular se envió en fardos a todos los sitios donde la Alianza creía poder ganar amigos o conquistar descontentos contra el Consejo General. El éxito fue casi nulo. Los aliancistas españoles se pronunciaron contra la convocatoria del congreso pedido en la circular y hasta se atrevieron a hacer reproches al Papa. En Italia, un solo individuo, Terzaghi, se declaró por el congreso, y aun solo por un instante. En Bélgica, donde no había aliancistas conocidos, pero donde todo el movimiento internacional estaba empantanado en la charca de las frases burguesas sobre la abstención política, la autonomía, la libertad, la federación, la descentralización y en el espíritu de campanario, la circular obtuvo cierto benévolo reconocimiento (succès d'estime). Aunque el Consejo Federal Belga negó su asentimiento a la demanda de un congreso general extraordinario —que, por lo demás, habría sido absurda, ya que Bélgica había estado representada en la Conferencia por seis delegados—, redactó, sin embargo, un proyecto de Estatutos Generales que simplemente suprimía el Consejo General. Al discutirse esta propuesta en el congreso belga, el delegado de Lodelinsart observó que la opinión de los patronos era el mejor criterio para los obreros. Bastaba ver la alegría que ya la sola idea de la supresión del Consejo General provocaba en los patronos para poder asegurar que era imposible

«cometer mayor error que acordar esa supresión».

La proposición fue rechazada. En Suiza, la Federación Románica protestó enérgicamente, pero en todas las demás partes solo se respondió a la circular con el silencio del desprecio.

El Consejo General respondió a la circular de Sonvillier y a las continuas intrigas de la Alianza con la circular confidencial: «Les prétendues scissions dans l'Internationale», fechada el 5 de marzo de 1872. En gran parte, esta circular ha sido ya extractada más arriba. El Congreso de La Haya puso breve y merecido término a aquellas intrigas e intrigantes.

Ciertamente, esta gente, que solo vive de meter ruido, ha obtenido un éxito indiscutible. Toda la prensa liberal y policíaca ha tomado abiertamente su partido; en sus invectivas personales contra el Consejo General y en sus lacios ataques contra la Internacional han sido apoyados por los reformadores del mundo de todos los países: en Inglaterra, por los republicanos burgueses, cuyas intrigas desbarató el Consejo General; en Italia, por los librepensadores dogmáticos, que bajo la bandera de Stefanoni propusieron fundar una «Sociedad Universal de los Racionalistas» con sede obligatoria en Roma, con una organización «autoritaria» y «jerárquica», con conventos de monjes y monjas ateos, una sociedad cuyos estatutos destinan un busto a erigir en la sala del congreso a todo burgués que done diez mil francos; finalmente, en Alemania, por los socialistas bismarckianos, los cuales, fuera de su periódico policíaco, el «Neuen Social-Demokrat», representan las blusas blancas del Imperio prusiano-alemán.

Desaparecida la «Révolution Sociale», la Alianza se hizo representar en la prensa por el «Bulletin Jurassien», el cual, bajo el pretexto de proteger a las secciones autónomas contra las tendencias autoritarias del Consejo General y las pretensiones de la Conferencia de Londres, laboraba por la desorganización de la Internacional. Su número del 20 de marzo de 1872 confesaba abiertamente que ella bajo la

«Internacional no entiende tal o cual organización, que abarca hoy una parte del proletariado. Las organizaciones son algo secundario y transitorio... la Internacional es, para decirlo de un modo más general, ese sentimiento de solidaridad entre los explotados, que domina el mundo nuevo.»

Reducida al puro «sentimiento de solidaridad», la Internacional sería aún más platónica que el amor cristiano. Como muestra de los honorables medios de que se sirve el «Bulletin Jurassien», damos el siguiente pasaje de una carta de Tokarzewicz, redactor jefe del periódico polaco «Wolnosc» (La Libertad) en Zúrich:

«En el número 13 del “Bulletin Jurassien” aparece un programa de la sociedad socialista polaca de Zúrich, la cual publicará dentro de tres días su periódico “Wolnosc”. Os autorizamos para que, tres días después de recibir esta carta, notifiquéis al Consejo General de la Internacional que el programa es falso.»

El número de este «Bulletin» del 15 de junio contiene las respuestas de los aliancistas (Bakunin, Malon, Claris, Guillaume, etc.) a la circular confidencial del Consejo General. Estas respuestas no contestan a ninguna de las acusaciones que el Consejo General había lanzado contra la Alianza y sus jefes. El Papa, agotados sus argumentos, creyó zanjar el debate calificando la circular de «montón de suciedad».

«Por lo demás», decía, «me había reservado emplazar a todos mis calumniadores ante un tribunal de honor, que el próximo congreso no me negará sin duda. Y si ese jurado me ofrece todas las garantías de un fallo imparcial y serio, podré exponerle, con todos los detalles necesarios, todos los hechos, tanto políticos como personales, sin temor a las contrariedades y peligros de una publicación indiscreta.»

Naturalmente, el ciudadano B. saltó a la brecha —como de costumbre: no apareció en La Haya.

El Congreso se acercaba y la Alianza sabía que antes de él debía publicarse el informe sobre el proceso de Netscháyev, de cuya redacción había encargado la Conferencia al ciudadano Utin. Para la Alianza era de la más alta importancia impedir que el informe apareciera antes del Congreso, a fin de que los miembros de este no estuviesen plenamente informados sobre este asunto. El ciudadano Utin se trasladó a Zúrich para realizar su trabajo. Apenas establecido allí, fue víctima de una tentativa de asesinato que no vacilamos en poner a cuenta de la Alianza. En Zúrich, Utin no tenía otros enemigos que algunos eslavos aliancistas bajo la «mano dominante» de Bakunin. Por lo demás, la organización de la emboscada y del asesinato alevoso es un medio de lucha reconocido y practicado por aquella sociedad; veremos otros ejemplos de ello en España y en Rusia. Ocho individuos de habla eslava acechaban a Utin en un lugar solitario cerca de un canal; en cuanto llegó a donde ellos estaban, lo atacaron por la espalda, lo golpearon en la cabeza con pesadas piedras, le causaron una peligrosa herida en un ojo y, después de derribarlo al suelo, lo habrían matado y arrojado al canal de no haber acudido cuatro estudiantes alemanes. Al verlos, los asesinos huyeron. Este atentado no impidió al ciudadano Utin terminar su trabajo y enviarlo al Congreso.

Notas de Marx y Engels

(1)  
Dos meses más tarde, el órgano de ese mismo comité, la «Solidarité» del 9 de julio, califica a estos dos individuos de ladrones. Habían dado, en efecto, una prueba de su revolucionarismo anarquista robando a la sociedad cooperativa de sastres de La Chaux-de-Fonds.

(2)  
Mazzini, por ejemplo, hacía responsable a toda la Internacional por las grotescas fantasías del papa Bakunin. El Consejo General se vio obligado a declarar públicamente en los periódicos italianos que «siempre se había opuesto a las repetidas tentativas encaminadas a sustituir el vasto y amplio programa de la Internacional (que permitía incluso la admisión de los partidarios de Bakunin en calidad de miembros) por el programa limitado y sectario de Bakunin, cuya adopción excluiría de golpe a la inmensa mayoría de los miembros de la Internacional». – La circular de Jules Favre, el informe del diputado terrateniente Sacaze sobre nuestra Asociación, los discursos reaccionarios en el debate de las Cortes españolas acerca de la Internacional, en una palabra, todos los ataques públicamente dirigidos contra ella pululan de citas de frases ultraanarquistas procedentes del campo bakuninista.

Resolución II de la Conferencia,
Art. 2: — «Las ramas, secciones o grupos locales y sus comités se denominarán y constituirán en el futuro simple y exclusivamente como ramas, secciones, grupos y comités de la Asociación Internacional de los Trabajadores, añadiendo el nombre de la localidad correspondiente.» Art. 3: — «Queda, pues, prohibido de ahora en adelante a las ramas, secciones o grupos designarse con nombres de sectas, como, por ejemplo, rama positivista, mutualista, colectivista, comunista, etc., o formar grupos separatistas bajo el nombre de: sección de propaganda, etc., que se planteen tareas especiales al margen del fin común perseguido por todos los grupos de la Internacional.»

(4)
Proceso de Toulouse, véase «La Réforme» (Toulouse) del 18 de marzo de 1873.

Variantes del texto

{1}
Insertado en la edición francesa: sobre Netschajew

{2}
En la edición francesa: a

{3}
En la edición francesa: propiedad personal

{4}
En la edición francesa: lucha común

{5}
En la edición francesa: obligado

[Una conspiración contra la Asociación Internacional de los Trabajadores - Parte 5]

1. Corrección.

Creado el 04.03.1999

IV.

La Alianza en España

Después del Congreso de la
Liga de la Paz
celebrado en Berna en septiembre de 1869, Fanelli, uno de los fundadores de la Alianza y miembro del parlamento italiano, se trasladó a Madrid. Llevaba recomendaciones de Bakunin para el diputado a Cortes Garrido, quien lo puso en contacto con algunos republicanos, tanto burgueses como obreros. Poco tiempo después, en noviembre del mismo año, se enviaron desde Ginebra tarjetas de miembros de la Alianza a Morago, Córdova y López (republicano, candidato a Cortes, redactor del periódico burgués «Combate») y Rubau Donadeu (candidato fracasado por Barcelona y fundador de un partido pseudo-socialista). El conocimiento del envío de estas tarjetas sembró la confusión en la joven sección internacional de Madrid; su presidente, Jalvo, se retiró, por no querer pertenecer a una asociación que toleraba en su seno una sociedad secreta compuesta de burgueses y se dejaba conducir por ella.

Ya en el Congreso de Basilea la Internacional española estuvo representada por dos aliancistas, Farga Pellicer y Sentiñon, de los cuales este último figura en la lista oficial como «Delegado de la Alianza». Tras el congreso de la Internacional española
{1}
(junio de 1870), la Alianza se implantó en Palma, Valencia, Málaga y Cádiz. En 1871 se fundaron secciones en Sevilla y Córdoba. A principios de 1871, Morago y Viñas, delegados de la Alianza en Barcelona, propusieron a los miembros del Consejo federal (Francisco Mora, Ángel Mora, Anselmo Lorenzo, Borrell, etc.) … fundar una sección de la Alianza en Madrid; pero éstos se opusieron, declarando que la Alianza era una sociedad peligrosa si era secreta, e inútil si era pública. Por segunda vez, el solo hecho de mencionar ese nombre bastó para arrojar el

germen de la discordia en el seno del Consejo federal, hasta el punto de que Borrell pronunció las palabras proféticas:

«A partir de hoy, toda confianza entre nosotros ha muerto.»

Sin embargo, cuando las persecuciones del gobierno obligaron a los miembros del Consejo federal a trasladarse a Portugal, Morago logró convencerlos de la utilidad de aquella asociación secreta, y por iniciativa suya se fundó la sección de la Alianza en Madrid. En Lisboa, algunos portugueses, miembros de la Internacional, fueron admitidos por Morago en la Alianza. Pero como consideró que esos nuevos miembros no le ofrecían garantías suficientes, fundó sin su conocimiento otro grupo aliancista, compuesto por los peores elementos burgueses y obreros extraídos de las filas de los francmasones. Este nuevo grupo, al que pertenecía un ex clérigo de la sotana colgada, Bonança, pretendía organizar la Internacional en secciones de diez miembros cada una, las cuales, bajo su dirección, debían servir a los planes del conde de Peniche y que este intrigante político logró envolver en un levantamiento fraudulento cuyo único objetivo era llevarlo al poder. Frente a las intrigas aliancistas en Portugal y España, los internacionales portugueses se retiraron de esta sociedad secreta y exigieron en el Congreso de La Haya su expulsión de la Internacional como una medida de bien público.

En la conferencia de la Internacional española celebrada en Valencia (septiembre de 1871), los delegados de los aliancistas, como siempre también delegados de la Internacional, dieron a su sociedad secreta una organización completa para la Península Ibérica. La mayoría de ellos creía que el programa de la Alianza era idéntico al de la Internacional, que esa organización secreta existía en todas partes, que casi era un deber ingresar en ella y que la Alianza se esforzaba por desarrollar más la Internacional y no por dominarla; decidió, por tanto, admitir a todos los miembros del Consejo federal
{2}
. Apenas supo esto Morago, que hasta entonces no había osado regresar a España, acudió apresuradamente a Madrid y acusó a Mora de «haber querido subordinar la Alianza a la Internacional», lo que era lo contrario del fin de la Alianza. Y para dar autoridad a esta opinión, en enero siguiente dio a leer a Mesa una carta de Bakunin en la que éste desplegaba un plan maquiavélico para dominar a la clase obrera.

Este plan era el siguiente:

«La Alianza debe existir, en apariencia, dentro de la Internacional, pero en realidad a cierta distancia de la misma, para poder observarla y dirigirla mejor. Por esta razón, los miembros que pertenezcan a los consejos o comités de las secciones internacionales deben
ser siempre minoría en las secciones de la Alianza
.» (Declaración de José Mesa al Congreso de La Haya, fechada el 1 de septiembre de 1872.)

En una reunión de la Alianza, Morago acusó a Mesa de haber traicionado a esa sociedad secreta al admitir a todos los miembros del Consejo federal, porque esto les otorgaba la mayoría en la sección aliancista y fundaba de hecho el dominio de la Internacional sobre la Alianza. Para impedir este dominio, las instrucciones secretas determinan que sólo uno o dos aliancistas deben infiltrarse en el consejo o los comités de la Internacional, para luego dominarlos bajo la dirección y ayuda de la sección de la Alianza, en la cual se adoptaban de antemano todos los acuerdos que se quería imponer a la Internacional. A partir de ese instante, Morago declaró la guerra al Consejo federal y fundó también aquí, como en Portugal, una nueva sección aliancista que se mantuvo oculta a los sospechosos. Los iniciados en diversos lugares de España lo apoyaron y comenzaron a acusar al Consejo federal de que descuidaba sus deberes para con la Alianza, como lo prueba una circular de la sección de la Alianza de Valencia (30 de enero de 1872) firmada por Dämon (seudónimo aliancista de Montoro).

Cuando llegó la circular de Sonvillier, la Alianza española se guardó mucho de tomar partido por el Jura. Incluso la sección madre de Barcelona trata, en una carta oficial del 14 de noviembre de 1871, al papa Miguel, contra quien expresa la sospecha de una rivalidad personal con Karl Marx, de manera muy áspera y completamente herética (1).
El Consejo federal, por lo demás, refrendó esta carta, lo que nos muestra cuán escasa influencia poseía entonces en España la autoridad central suiza. Pero pronto pudo notarse que la gracia terminaría por abrirse paso en los corazones obstinados. En una reunión de la federación internacional de Madrid (7 de enero de 1872), en la que se discutió la circular de Sonvillier, el nuevo grupo dirigido por Morago impidió la lectura de la contra-circular de la Federación Románica y cortó el debate. El 24 de febrero, Rafar (máscara aliancista de Rafael Farga) escribía a la sección aliancista de Madrid:

«Hay que aniquilar las influencias reaccionarias y las tendencias autoritarias del Consejo General.»

No obstante, la Alianza sólo pudo obtener de los internacionales en Palma de Mallorca una declaración abierta de adhesión a la circular del Jura. Ya se ve que la disciplina eclesiástica comenzaba a quebrar la última resistencia contra la infalibilidad del papa.

Frente a todo este trabajo subterráneo, el Consejo federal español comprendió que era urgentemente necesario desembarazarse de la Alianza. Las persecuciones del gobierno le ofrecieron un pretexto. Para prevenir el caso de que la Internacional fuese disuelta, propuso crear grupos secretos de «defensores de la Internacional», en los cuales debían disolverse imperceptiblemente las secciones de la Alianza. La introducción de numerosos nuevos miembros tenía que modificar necesariamente el carácter de esas secciones, que luego desaparecerían definitivamente junto con aquellos grupos el día en que cesara la persecución. Pero la Alianza adivinó el velado propósito de este plan y lo hizo fracasar, aun cuando, a falta de una organización como la propuesta, la Internacional en España quedaba amenazada si el gobierno cumplía sus amenazas. La Alianza, por el contrario, hizo esta propuesta:

«Si se nos pone fuera de ley, podría ser útil dar a la Internacional una forma externa que
pudiera ser tolerada por el gobierno
, siendo entonces los consejos locales como el núcleo interior oculto que, bajo la influencia de la Alianza, daría a las secciones una orientación absolutamente revolucionaria.» (Circular de la sección de la Alianza de Sevilla, 25 de octubre de 1871.)

Cobardes en los hechos, audaces en la frase — he ahí toda la Alianza en España, como en todas partes.

La resolución de la Conferencia de Londres sobre la actitud política de la clase obrera obligó a la Alianza a situarse en abierta enemistad con la Internacional y dio al Consejo Federal la oportunidad de constatar su plena armonía con la gran mayoría de la Internacional. Le sugirió además la idea de formar en España un gran partido obrero. Para conseguirlo, era necesario, ante todo, separar por completo a la clase obrera de todos los partidos burgueses, especialmente del partido republicano, que reclutaba entre los obreros la masa de sus electores y combatientes. El Consejo Federal recomendó la abstención en todas las elecciones de diputados, tanto monárquicas como republicanas; para arrebatar al pueblo toda ilusión acerca de la fraseología seudosocialista de los republicanos, los redactores de "La Emancipación", que a la vez eran miembros del Consejo Federal, dirigieron una carta a los representantes del partido federal republicano reunidos en congreso, en la que les exigían medidas prácticas y los instaban a pronunciarse sobre el programa de la Internacional. Esto equivalía a asestar un duro golpe al partido republicano; la Alianza se esforzó por atenuarlo, pues estaba estrechamente aliada con los republicanos. Fundó en Madrid un periódico, "El Condenado", que enarbolaba como programa las tres virtudes cardinales de la Alianza:
ateísmo, anarquía, colectivismo,
pero predicaba a los obreros que no debían pedir la reducción de la jornada de trabajo. Junto al "hermano" Morago escribía en esa hoja también Estévanez, uno de los tres miembros del comité director del partido republicano, recientemente gobernador de Madrid y ministro de la Guerra. Pino, de Málaga, miembro de la comisión federal de la seudo-Internacional, y Felipe Martín, de Madrid, a la sazón agente viajero de la Alianza, servían al partido republicano como agentes electorales. Y, para tener también a su Fanelli en las Cortes españolas, la Alianza decidió presentar la candidatura de Morago.

La Alianza tenía ya dos agravios imperdonables contra el Consejo Federal: 1.º que éste se hubiera mantenido neutral en la cuestión del Jura; 2.º que hubiera atacado su existencia; tras la actitud adoptada por el Consejo Federal frente al partido republicano, que amenazaba frustrar todos sus planes, decidió derrocarlo. La carta al congreso republicano fue considerada por éste como una declaración de guerra. "La Igualdad", el órgano más influyente del partido republicano, atacó violentamente a los redactores de "La Emancipación", acusándolos de haberse vendido a Sagasta. "El Condenado" alentó esta infamia con su obstinado silencio. La Alianza hizo aún más por el partido republicano. A causa de esta carta, hizo expulsar a los redactores de "La Emancipación" de la federación internacional de Madrid, en la que ejercía el predominio.

A pesar de las persecuciones gubernamentales, el Consejo Federal había elevado, durante una gestión de seis meses, el número de federaciones locales de 13 a 70; había preparado federaciones locales en otros 100 lugares, había organizado ocho gremios como sociedades cooperativas nacionales de oficios; además, bajo su impulso, se formó la gran asociación de los obreros fabriles catalanes. Estos servicios, prestados por los miembros del Consejo Federal, les habían conferido una influencia moral tan grande que Bakunin sintió la necesidad de encaminarlos por la senda de la salvación mediante una larga admonición paternal que envió, con fecha 5 de abril de 1872, a Mora, secretario general del Consejo Federal (véanse las piezas justificativas núm. 3). El congreso de Zaragoza (4 al 11 de abril de 1872) anuló, a pesar de los esfuerzos de la Alianza, representada por lo menos por doce delegados, la expulsión y eligió a dos de los expulsados para el nuevo Consejo Federal, a pesar de que éstos rehusaron reiteradamente aceptar una candidatura.

En el congreso de Zaragoza se celebraron, como siempre, simultáneamente, las reuniones clandestinas de la Alianza. Los miembros del Consejo Federal propusieron la disolución de la Alianza. La propuesta fue eludida para no ser rechazada. Dos meses después, el 2 de junio, los mismos hombres, en su calidad de directores de la Alianza española y en nombre de la sección madrileña de la Alianza, enviaron a las demás secciones una circular en la que renovaban su propuesta y aducían para ella la razón siguiente:

«La Alianza se ha desviado del camino que, a nuestro juicio, debía haber seguido; ha falseado la idea a la que debe su nacimiento, y en vez de ser parte integrante de nuestra gran Asociación, un elemento activo que diese un impulso estimulante a los diversos organismos de la Internacional, apoyándolos y favoreciéndolos en su desarrollo, se ha desligado por completo del resto de la Asociación y ha llegado a constituir una organización aparte que se sitúa por encima de aquélla y pretende dominarla; con ello introduce en nuestro seno desconfianza, discordia y escisión… En Zaragoza, en lugar de aportar ideas para la solución de las importantes tareas del congreso, no ha hecho, por el contrario, sino ponerle trabas y obstáculos.»

Ya al día siguiente, la Alianza hizo expulsar de nuevo a los firmantes de la circular del 2 de junio de la federación internacional de Madrid. Como pretexto tomó un artículo de "La Emancipación" del 1 de junio, en el que se pedía una investigación

«sobre el origen de los bienes de los ministros, generales, jueces, funcionarios públicos, alcaldes, etc… y de todas las personalidades políticas que, sin ejercer un cargo público, vivían a la sombra de los diversos gobiernos a los que prestaban su apoyo en las Cortes y cuyos procedimientos injustos encubrían bajo la máscara de una falsa oposición… cuyos bienes habría que confiscar como primera medida el primer día de una revolución».

La Alianza, que veía en esto un ataque directo contra sus amigos del partido republicano, acusó a los redactores de "La Emancipación" de haber traicionado la causa del proletariado, puesto que, al exigir la confiscación de los bienes de los ladrones del Estado, reconocían la propiedad privada. Nada caracteriza mejor el espíritu reaccionario que se oculta bajo el charlatanismo revolucionario de la Alianza y que ésta quiere inculcar a la clase obrera. Y nada prueba mejor la perfidia de la Alianza que el hecho de que expulse por defensores de la propiedad privada a las mismas personas a las que al mismo tiempo maldice por sus opiniones comunistas.

Esta nueva expulsión se llevó a cabo con violación del reglamento en vigor; éste prescribe la formación de un jurado de honor, para el cual el acusado nombra a dos de los siete jueces, pudiendo apelar de la decisión ante la asamblea general de la sección. En lugar de ello, la Alianza, para no ser perturbada en su autonomía, hizo decidir la expulsión en la misma sesión en que presentó la acusación. De los 130 miembros que componían la sección, sólo se habían presentado 15 compinches. Los expulsados apelaron al Consejo Federal.

Este Consejo Federal había sido trasladado a Valencia, gracias a las intrigas de la Alianza. — De los dos miembros del anterior Consejo Federal reelegidos en el congreso de Zaragoza, Mora no había aceptado y, poco después, Lorenzo dimitió de su cargo. A partir de ese momento, el Consejo Federal se entregó en cuerpo y alma a la Alianza. Respondió asimismo a la apelación de los expulsados con una declaración de incompetencia, aunque el art. 7 del reglamento de la Federación Española le imponía la obligación de suspender, sin perjuicio de la apelación al próximo congreso, a toda federación local que violase los estatutos. Los expulsados se constituyeron entonces como «Nueva Federación» y solicitaron su reconocimiento al Consejo Federal, que, en virtud de la autonomía de las secciones, lo denegó formalmente. La Nueva Federación Madrileña se dirigió entonces al Consejo General, que la admitió conforme a los artículos II, 7 y IV, 4 del reglamento general. El congreso general de La Haya ratificó este acto y admitió por unanimidad al delegado Paul Lafargue de la Nueva Federación Madrileña.

La Alianza había comprendido toda la significación de este primer movimiento de rebeldía; había comprendido que, si no lo sofocaba en germen, la Internacional española, hasta entonces tan dócil, se le escaparía de las manos; puso en movimiento todos los medios decentes e indecentes. Comenzó por la calumnia. Los nombres de los expulsados: Ángel y Francisco Mora, José Mesa, Víctor Pagés, Iglesias, Sáenz, Calleja, Pauly y Lafargue, fueron publicados en los periódicos con el calificativo de traidores y fijados en los locales de las secciones. Mora, que para cumplir con su deber de secretario general había abandonado su trabajo y durante varios meses fue sostenido por su hermano, porque no había dinero para pagarle el sueldo, fue acusado de haber vivido a costa de la Internacional. Mesa, que para ganarse el sustento redactaba un periódico de modas y en cierta ocasión tradujo un artículo para una revista ilustrada, fue tratado como vendido a la burguesía. A Lafargue se le imputó el pecado mortal de haber expuesto, con una comida luculiana, la débil carne de Martínez y Montoro, dos miembros del nuevo Consejo Federal aliancista, a las tentaciones de San Antonio, como si llevaran la conciencia en el vientre. Hablamos aquí solo de las calumnias públicas e impresas. Estas medidas, sin embargo, no dieron el fruto apetecido; se pasó, pues, a la intimidación. En Valencia, se tendió una emboscada a Mora, donde los miembros del Consejo Federal lo esperaban con el garrote en la mano. Miembros de la federación local lo arrancaron de allí; ellos, que conocen el modo de proceder de esos señores, aseguran que ante argumentos igualmente contundentes Lorenzo presentó su dimisión. En Madrid, poco después, se realizó un ataque semejante. La congregación aliancista del Índex puso en entredicho "La Emancipación" para todos los fieles; en Cádiz, para infundir un temor saludable en el alma de los pecadores, se declaró que se expulsaría de la Internacional como traidor a todo vendedor de "La Emancipación". La anarquía aliancista se plasma en la práctica como Inquisición.

La Alianza se puso acto seguido, como de costumbre, a la labor de conseguir que en el congreso de La Haya toda la representación de la Internacional española estuviese compuesta exclusivamente por sus miembros. A tal fin, el Consejo Federal envió a las secciones una circular privada, cuya existencia ocultó cuidadosamente a la Nueva Federación Madrileña. En ella proponía enviar al congreso una representación global elegida por todas las Internacionales, y recaudar un impuesto general de 25 céntimos por cabeza para cubrir los gastos de representación. Como el tiempo era demasiado escaso para permitir un acuerdo sobre las candidaturas entre las federaciones locales, estaba claro, como también lo han demostrado los hechos, que los candidatos oficiales de la Alianza serían elegidos y delegados al congreso a costa de la Internacional. Esta circular, sin embargo, llegó a manos de la Nueva Federación Madrileña y fue remitida al Consejo General, el cual, conociendo la dependencia del Consejo Federal respecto de la Alianza, vio llegado el momento de actuar. Escribió, pues, al Consejo Federal español una carta en la que dice:

¡Ciudadanos! Tenemos en las manos las pruebas de que en el seno de la Internacional, y señaladamente en España, existe una sociedad secreta que se denomina Alianza de la Democracia Socialista. Esta sociedad, cuya autoridad central se halla en Suiza, tiene por misión especial dirigir nuestra gran Asociación en el sentido de sus intereses particulares y hacerla servir a fines desconocidos para la inmensa mayoría de los internacionales. Sabemos además, por la «Razon» de Sevilla, que por lo menos tres miembros de vuestro Consejo pertenecen a la Alianza ...

Si ya entonces el carácter y la organización de esta sociedad eran incompatibles con el espíritu y la letra de nuestros Estatutos, cuando aún se presentaba libre y públicamente, su existencia secreta en el seno de la Internacional, a pesar de la palabra empeñada, constituye una verdadera traición a nuestra Asociación. La Internacional sólo conoce una clase de miembros, con iguales derechos y deberes para todos; la Alianza los divide en dos clases, iniciados y profanos, de los cuales estos últimos están destinados a dejarse dirigir por medio de una organización cuya existencia ni siquiera sospechan. La Internacional exige de todos los que se adhieren a ella que reconozcan la
Verdad, la Justicia y la Moralidad
como regla de su conducta; la Alianza, en cambio, impone a sus iniciados como primer deber engañar a los internacionales profanos acerca de la existencia de la organización secreta, sobre los motivos y aun sobre los fines de sus palabras y actos.

El Consejo General les pidió luego ciertos materiales para la investigación sobre la Alianza, que quería presentar al Congreso de La Haya, así como una declaración sobre cómo conciliaban sus deberes para con la Internacional con la presencia en el Consejo Federal de al menos tres miembros notorios de la Alianza.

El Consejo Federal respondió con una carta evasiva, en la que, no obstante, reconocía la existencia de la Alianza.

Como las intrigas de que hemos hablado no parecían bastar para asegurar el éxito de la elección, la Alianza llegó en sus órganos hasta el punto de presentar las candidaturas oficiales de Farga, Alerini, Soriano, Marselau, Méndez y Morago. El resultado de las elecciones fue: para Marselau, 3.568 votos; para Morago, 3.442; para Méndez, 2.850; para Soriano, 2.751. De los demás candidatos, Lostau obtuvo 2.430 votos de cuatro ciudades catalanas, que evidentemente aún no estaban bien disciplinadas; Fuster, 1.053 votos en Sans (Cataluña). Ninguno de los otros candidatos tuvo más de 250 votos. Para asegurar la elección de Farga y Alerini, el Consejo Federal concedió a la ciudad de Barcelona, donde la Alianza dominaba, el privilegio de elegir por sí misma a sus delegados, que naturalmente fueron Farga y Alerini. — La misma circular oficial constata, además, que las cuatro ciudades catalanas que habían elegido a Lostau y Fuster, es decir, que habían rechazado a los candidatos oficiales de la Alianza, sufragaron 2.654 reales (aprox. 550 marcos) para los gastos de delegación, mientras que las demás ciudades españolas, en las que la Alianza, valiéndose de la inexperiencia de los obreros para tomar sus asuntos en sus propias manos, había logrado imponer a sus candidatos, sólo pagaron en total 2.799 reales (aprox. 580 marcos). La Nueva Federación Madrileña tenía, pues, razón cuando decía que el dinero de la Internacional serviría para enviar a los delegados de la Alianza a La Haya. Por lo demás, el Consejo Federal aliancista no pagaba íntegramente la cuota reglamentaria al Consejo General.

Todo esto no satisfizo aún a la Alianza. Necesitaba para sus delegados un mandato imperativo dictado por ella, y lo obtuvo de la siguiente manera. En su circular del 7 de julio, el Consejo Federal solicitó la autorización para refundir en un mandato colectivo los mandatos imperativos otorgados por las federaciones locales; y la obtuvo. Esta maniobra, peor que un plebiscito bonapartista, permitió a la Alianza redactar el mandato de sus delegados, mandato que se jactó de imponer al Congreso, prohibiendo a sus delegados participar en la votación si no se cambiaba inmediatamente el modo de votación prescrito por el Reglamento general de la Internacional. Que esto no era más que un simulacro lo prueba el hecho de que en el Congreso de Saint-Imier los delegados españoles, a pesar de su mandato, participaron en la votación por federaciones, un modo de votación tan ensalzado por Castelar y practicado por la Liga de la Paz.(2)

Notas al pie de Marx y Engels

(1)
Esta carta, escrita por Alerini «en nombre del grupo de Barcelona» de la Alianza, que comienza con el encabezamiento: «Mein lieber Bastelica und liebe Freunde», fue enviada en copia a todas las secciones de la Alianza española. Reproducimos aquí algunos pasajes de la misma:

«El actual Consejo General no puede conservar su posición más allá del congreso del próximo año y su funesta actividad sólo puede ser pasajera … Una ruptura pública asestaría, por el contrario, un golpe a nuestra causa del que difícilmente se repondría, si es que llega a resistirlo. No podemos, pues, alentar en modo alguno vuestras
tendencias separatistas
… Algunos de nosotros se han preguntado si, prescindiendo de la cuestión de principios, en todo esto o al lado de todo esto
juegan cuestiones de personas, por ejemplo, la rivalidad entre nuestro amigo Michail y Karl Marx, entre los miembros de la antigua A. y el Consejo General …
Con pesar hemos leído en la “Révolution Sociale” los ataques contra el Consejo General y contra Karl Marx … Cuando conozcamos la opinión de nuestros amigos de la Península
que tienen influencia en los consejos locales
, modificaremos nuestra actitud según la decisión general, a la que nos someteremos en todos los puntos, etc.»

La antigua A. es la Alianza pública que el Consejo General ahogó en germen. El ejemplar de la carta del que hemos extractado estos pasajes es de puño y letra de Alerini.

(2)

Sentiñon
, doctor en medicina de Barcelona, amigo personal de Bakunin y uno de los fundadores de la Alianza española, aconsejó a los internacionales mucho antes del Congreso de La Haya que no pagaran sus cuotas al Consejo General, porque éste las empleaba en comprar fusiles; trató de disuadir a los internacionales españoles de que hicieran suya la causa de la Comuna vencida; encarcelado por delitos de prensa, publicó un manifiesto en el que tuvo el valor de renegar de la Internacional entonces perseguida; por este motivo, abandonado por toda la clase obrera de Barcelona, siguió siendo, no obstante, uno de los jefes secretos de la Alianza, pues en una carta del 14 de agosto de 1871, tres meses después de la caída de la Comuna, Montoro, miembro de la Alianza, remitía a un corresponsal aliancista a Sentiñon, quien, según decía, le daría informes sobre su carácter y su condición de miembro de la Alianza.

Viñas, estudiante de medicina, a quien Sentiñon, en carta del 26 de enero de 1872, recomendaba a Liebknecht como «el alma de la Internacional en Barcelona», se retiró de la Internacional durante la época de la persecución, sin que la policía se tomara la molestia de encarcelarlo, para no comprometer los intereses de su familia.

Farga Pellicer, también uno de los jefes de la Alianza, es acusado en la misma carta de Sentiñon de haber puesto pies en polvorosa durante la persecución y de haber dejado a otros la responsabilidad judicial de sus artículos. La valentía liebre de los aliancistas se jacta audazmente, siempre y en todas partes, de su autonomía antiautoritaria. Su protesta contra la autoridad del Estado burgués es la huida.

Soriano, otro dirigente, profesor de ciencias (desconocidas {8}), se retiró de la Internacional cuando la persecución arreciaba. En el Congreso de Zaragoza se opuso, con un valor por desgracia infructuoso, a la celebración pública del congreso que pedían Lafargue y otros delegados, por no considerarlo prudente para provocar la cólera de la autoridad. Finalmente, bajo Amadeo, Soriano aceptó un puesto en el Gobierno.

Morago, tendero y parrandero, afirma su autonomía como jugador de profesión mediante el trabajo de su mujer y de sus aprendices. Cuando el Consejo Federal se trasladó a Lisboa, abandonó su puesto de miembro del Consejo y propuso arrojar los papeles de la Internacional al mar; cuando Sagasta puso a la Internacional fuera de la ley, abandonó de nuevo su cargo de miembro del Consejo Local de Madrid y se puso a salvo de la tormenta en el puerto de la Alianza. Si a la Alianza le falta el Cristo, le sobran Pedros.

Clemente Bové, fue destituido y expulsado como presidente de la Asociación de los obreros fabriles catalanes (las tres clases de vapor) por sus arreglos de caja demasiado autónomos.

Dionisio García Fraile — en el número del periódico aliancista «Federación» del 28 de julio de 1872, en el que publicó una larga carta llena de ataques contra la Nueva Federación de Madrid, se le llama «nuestro querido colega» — estaba al servicio de la policía de San Sebastián y robó la caja de la Internacional.

Variantes textuales

{1}
En la edición francesa se añade: en Barcelona

{2}
En la edición francesa: einzuweihen

{3}
En la edición francesa falta: republicano

{4}
En la edición francesa se añade: después de la Conferencia de Valencia

{5}
En la edición francesa se añade: allí

{6}
En la edición francesa, antes de esta frase, va la siguiente: De todas las secciones de la Alianza en España, sólo la de Cádiz contestó, comunicando su disolución.

{7}
En la edición francesa se añade: a Iglesias

{8}
En la edición francesa: misteriosas

[Una conspiración contra la Asociación Internacional de los Trabajadores - Parte 6]

1.ª corrección.

Creado el 04.03.1999

V. La Alianza en Italia

En Italia, la Alianza existió antes que la Internacional. El papa Michail había residido allí y se había procurado numerosas conexiones entre los elementos radicales jóvenes de la burguesía. La primera sección de la Internacional italiana, la de Nápoles, estuvo desde su fundación bajo la dirección de este círculo de burgueses y aliancistas. El abogado Gambuzzi(1), uno de los fundadores de la Alianza, proporcionó la presidencia a su «obrero modelo» Caporusso. En el Congreso de Basilea, Bakunin, del brazo de su fiel Caporusso, representó a los internacionales napolitanos, mientras que el Antonelli de la Alianza, Fanelli(2),

delegado de varias asociaciones obreras situadas fuera de la Internacional, se vio retenido en el camino por una indisposición.

La familiaridad con el santo padre embriagó al buenazo de Caporusso. A su regreso a Nápoles, se creyó por encima de los demás aliancistas; en su sección se dio aires de señor.

El viaje a Basilea transformó a Caporusso de pies a cabeza... Regresó del Congreso con ideas y pretensiones singulares, en completa contradicción con la esencia de nuestra Asociación. Primero habló por insinuaciones, luego abiertamente, en tono autoritario, de plenos poderes que no tenía ni podía tener; aseguró que el Consejo General sólo confiaba en él y que, si la sección no obraba según su voluntad, él estaba facultado para disolverla y fundar una nueva. (Informe oficial de la sección de Nápoles al Consejo General, julio de 1871, redactado y firmado por el abogado aliancista Carmelo Palladino.)

Los plenos poderes de Caporusso debían proceder del Comité Central de la Alianza, porque la Internacional jamás ha otorgado otros tales. El bueno de Caporusso, que en la Internacional no veía más que una fuente de provecho personal, nombró a su yerno, un ex jesuita y cura apóstata, «profesor de la Internacional, y obligó a los pobres obreros a tragarse sus diatribas sobre el respeto a la propiedad y demás sandeces de la economía política burguesa {1}» (carta de Cafiero) (3), tras lo cual se dejó comprar por los capitalistas, alarmados por los progresos de la Internacional en Nápoles. A instancias de éstos, arrastró a los peleteros de Nápoles a una huelga desesperada. Metido en la cárcel junto con otros tres miembros, retuvo la suma de 300 francos que la sección había enviado para socorrer a los cuatro presos. Estas proezas motivaron su expulsión de la sección, la cual siguió subsistiendo hasta que fue disuelta por la fuerza (20 de agosto de 1871). La Alianza, libre de las persecuciones de la policía, aprovechó esta circunstancia para suplantar a la Internacional. Al enviar el informe oficial citado, de fecha 13 de noviembre de 1871, Carmelo Palladino protestó contra la Conferencia de Londres en los mismos términos y con las mismas razones que se encuentran en la circular de Sonvillier del día anterior.

En noviembre de 1871 se formó en Milán una sección compuesta de elementos diversos. En ella se encontraban obreros, sobre todo mecánicos, aportados por Cuno; al lado de éstos, estudiantes, periodistas de la prensa menuda, dependientes de comercio, estos últimos {2} completamente bajo la influencia de la Alianza. Cuno, ya por su origen pangermánico, había sido excluido de sus misterios; sin embargo, convencióse de que, tras una peregrinación a Locarno, la Roma aliancista, aquellos jóvenes burgueses se habían constituido en sección de la sociedad secreta. Poco después (febrero de 1872), Cuno fue detenido por la policía italiana y expulsado; merced a esta ayuda del cielo, la Alianza encontró el campo libre y fue disciplinando poquito a poco la sección milanesa de la Internacional.

El 8 de octubre de 1871 se constituyó en Turín la Federación de Trabajadores; solicitó del Consejo General su admisión en la Internacional. Su secretario, Carlo Terzaghi, escribía en aquella carta: «Attendiamo i vostri ordini» – esperamos vuestras órdenes. Como para mostrar que en Italia la Internacional, desde su origen mismo, tenía que pasar por el escalafón burocrático de la Alianza, comunica que «el Consejo General, por mediación de Bakunin, recibirá una carta de la Asociación Obrera de Rávena, en la que ésta se declara sección internacional».

El 4 de diciembre, Carlo Terzaghi comunica al Consejo General que la Federación de Trabajadores se ha escindido, por ser su mayoría mazzinista, y que la minoría se ha constituido en sección bajo el nombre de Emancipación del Proletario. Aprovecha la ocasión para pedir al Consejo General dinero para su periódico «Il Proletario». No era misión del Consejo General atender las necesidades de la prensa; pero existía en Londres un comité que se esforzaba por reunir algunos fondos para ayudar a los periódicos internacionales. El comité estaba a punto de enviar un socorro de 150 francos cuando el «Gazzettino Rosa» anunció que la sección de Turín había tomado abiertamente partido por el Jura y había acordado mandar un delegado al congreso general que la Federación del Jura se proponía convocar. Dos meses más tarde, Terzaghi se jactaba ante Regis de haber sido él quien había hecho adoptar este acuerdo, después de haber recibido personalmente en Locarno las instrucciones de Bakunin. Ante esta actitud hostil a la Internacional, el comité no envió el dinero.

Aunque Terzaghi era en Turín la mano derecha de la Alianza, el verdadero legado pontificio allí era un tal Jacobi, presunto médico polaco. Para explicar su odio al supuesto pangermanismo del Consejo General, ese doctor aliancista acusaba a éste «de negligencia e inacción durante la guerra franco-prusiana; se le debe achacar la caída de la Comuna, porque no supo servirse de su inmenso poder para apoyar el movimiento parisiense; sus tendencias germánicas saltan a la vista si se piensa que ante los muros de París había en el ejército alemán 40.000 internacionales (!) y el Consejo General no supo usar su influencia o no quiso usarla para impedir la continuación de la guerra» (!! – informe de Regis al Consejo General, 1 de marzo de 1872). Confundiendo al Consejo General con el comité de prensa, lo acusa de «seguir la teoría de los gobiernos corruptores y corrompidos» por haber rehusado los 150 francos al aliancista Terzaghi. Para probar que esta queja de la Alianza le salía del corazón, Guillaume se encargó de repetirla en el Congreso de La Haya.

Mientras Terzaghi batía ante el público en su periódico el gran tambor antiautoritario de la Alianza, escribía bajo cuerda al Consejo General que debía usar su autoridad y rechazar las cuotas de la Federación de Trabajadores de Turín, y le exigía una verdadera excomunión del periodista Beghèlli, que ni siquiera era miembro de la Internacional. El mismo Terzaghi, «el gran amigo (ami-cone) del prefecto de policía de Turín, que cuando se lo encontraba le invitaba a una copita de vermut» (informe oficial del Consejo federal de Turín, de 5 de abril de 1872), denunció en una asamblea pública la presencia del refugiado Regis, enviado por el Consejo General a Turín. Esta denuncia puso a la policía inmediatamente sobre la pista de Regis; éste sólo logró alcanzar la frontera con ayuda de la sección.

Terzaghi puso fin a su misión aliancista en Turín del modo siguiente. Como recaían sobre él graves acusaciones, «amenazó con quemar los libros de la sección si no se lo reelegía secretario, si se trataba de sustraerse a su voluntad, a su autoridad, o si se acordaba un voto de censura contra él. En todos estos casos se vengaría haciéndose agente de policía (questurino)». (Del informe citado del Consejo federal de Turín.) Terzaghi tenía todas las razones para querer intimidar a la sección. En su calidad de cajero y secretario, había llevado demasiado lejos sus sustracciones aliancistas de la caja. A pesar de una prohibición formal del consejo, se concedió una indemnización de 90 francos; consignó en los libros como pagadas sumas sin pagar y que faltaban en la caja; el balance de cuentas, levantado por él mismo, arrojaba un saldo de caja de 56 francos que no parecían y cuya reposición rehusó, así como la de los 200 sellos de cotización que había recibido del Consejo General. La asamblea general lo expulsó (scacciò) por unanimidad (el informe ya citado). La Alianza, que siempre respeta la autonomía de las secciones, respetó también esta expulsión, haciendo nombrar a Terzaghi acto seguido miembro honorario de la sección de Florencia y, más tarde, delegado de esa misma sección para la conferencia de Rímini.

Pocos días después, en una carta del 10 de marzo, Terzaghi explica al Consejo General su expulsión del siguiente modo: había presentado su dimisión como miembro y secretario de esa sección de canallas y soplones de policía (canaglia et mardoccheria), porque la misma «se compone de agentes del gobierno y mazzinistas», y porque se había intentado adherirle un voto de censura, «¿sabe usted por qué? ¡porque yo predicaba la guerra al capital!» (guerra que hacía precisamente contra la caja de la sección.) La carta tiene por objeto demostrar al Consejo General que está singularmente equivocado sobre el carácter de este buen Terzaghi, quien no anhela más que ser el servidor sumiso del Consejo General. ¿Acaso no había «declarado siempre que, para ser internacional, hay que pagar sus cuotas al Consejo General», en oposición a las órdenes secretas de la Alianza?

«Si nos hemos adherido al Congreso del Jura, no ha sido para declarar la guerra a ustedes, mis queridos amigos, sino que seguíamos simplemente la corriente; nuestra intención era aportar una palabra de paz en el conflicto. En cuanto a la centralización de las secciones, la considero muy útil, sin querer por eso privarlas de una cierta autonomía propia.» – «Espero que el Gran Consejo niegue la admisión a la Federación de Trabajadores mazzinista; tenga usted la seguridad de que nadie se lo tomará a autoritarismo; yo asumo toda la responsabilidad... Deseo {3} una biografía extensa de Karl Marx; en Italia no tenemos todavía ninguna auténtica, y quisiera tener el honor de ser el primero en ofrecer una.»

Y ¿a qué viene toda esta zalamería?

«No por mí, sino por la causa, para no dejar el campo libre a mis numerosos enemigos, para demostrarles que la Internacional se mantiene firme, le ruego encarecidamente, si aún hay tiempo, que me conceda el socorro de 150 francos que el Gran Consejo ha acordado.»

Creyéndose seguro de impunidad, parece que Terzaghi, con nuevas fechorías en Florencia, se hizo de tal modo imposible que el mismo Fascio Operaio |Arbeiterbund| se vio en la necesidad de desautorizarlo. Esperemos que el Comité del Jura haya sabido apreciar mejor sus servicios.

Si la Alianza encontró en Terzaghi a su genuino representante, en la Romaña encontró su verdadero terreno. Allí formó su grupo de presuntas secciones internacionales, que tenían por primera regla de conducta no atenerse a los Estatutos Generales, no comunicar al Consejo General su constitución ni pagarle cuotas. Eran secciones verdaderamente autónomas. Adoptaron el nombre de Fascio Operaio y sirvieron de centro a diversas asociaciones obreras. Su primer congreso, celebrado en Bolonia el 17 de marzo de 1872, respondió a la pregunta: «En interés general y para asegurar la completa autonomía del Fascio Operaio, ¿debe someterse éste a la dirección del Comité General de Londres o a la del Jura, o debe conservar su independencia manteniendo, al mismo tiempo, relaciones con ambos comités?» con el siguiente acuerdo: «El congreso no ve en el Comité General de Londres y en el del Jura más que simples oficinas de correspondencia y de estadística, y encarga al Consulado del distrito de Bolonia que se ponga en comunicación con ambos e informe de ello a las secciones.»

El Fascio Operaio había cometido un solemne desatino al desvelar a los profanos la existencia misteriosa del centro secreto de la Alianza. El Comité del Jura se vio obligado a negar públicamente su existencia secreta. – En cuanto al Consejo General, el Consulado de Bolonia jamás le dio señales de vida.

Apenas la Alianza tuvo conocimiento de la convocatoria del Congreso de La Haya, hizo avanzar a su Fascio Operaio, el cual, en nombre de su autoridad autónoma o de su autonomía autoritaria, se atribuyó el título de Federación italiana y convocó para el 5 de agosto una conferencia en Rímini. De las 21 secciones allí representadas, una sola, la de Nápoles, había pertenecido jamás a la Internacional, mientras que ninguna de las secciones realmente pertenecientes a la Internacional, ni siquiera la de Milán, tuvo en ella representante alguno. Esta conferencia puso al descubierto el plan de campaña de la Alianza en la siguiente resolución:

"Considerando que la Conferencia de Londres (septiembre de 1871) ha intentado, mediante su resolución IX, imponer a toda la Asociación Internacional de los Trabajadores una doctrina autoritaria, que es la del
partido comunista alemán
;

considerando que el Consejo General es la palanca y el punto de apoyo de este intento;

considerando que la doctrina de los
comunistas autoritarios
es la negación del sentimiento revolucionario del proletariado italiano;

considerando que el Consejo General ha empleado los medios más indignos, como la calumnia y el engaño, con el único fin de imponer a toda la asociación internacional la unidad de su doctrina específica
autoritario-comunista
;

considerando que el Consejo General ha colmado la medida de su indignidad con su circular confidencial, fechada en Londres el 5 de marzo de 1872, en la que, continuando su obra de calumnia y engaño, revela toda su sed de autoridad, particularmente en los dos siguientes y notables pasajes:

Resultaba difícil ejecutar órdenes sin autoridad 'moral', 'a falta de toda otra autoridad libremente consentida'. (
Circular confidencial, página 27
.)

'El Consejo General se propone exigir en el próximo congreso una investigación sobre esa organización secreta y sobre sus jefes en ciertos países, por ejemplo en España.' (
Página 31
.)

Considerando que el espíritu reaccionario del Consejo General indigna el sentimiento revolucionario de los belgas, franceses, españoles, eslavos, italianos y de una parte de Suiza, y ha provocado la proposición de abolición del Consejo General, así como la de reforma de los Estatutos Generales;

considerando que el Consejo General no sin motivo ha convocado el congreso en La Haya, tan alejada de todos aquellos países revolucionarios;

considerando todo ello, la conferencia declara solemnemente ante todos los trabajadores del mundo que la Federación italiana de la Asociación Internacional de los Trabajadores rompe, a partir de este momento, toda solidaridad entre ella y el Consejo General de Londres, afirmando al mismo tiempo su solidaridad económica con todos los trabajadores, e invita a todas las secciones que no comparten los principios autoritarios del Consejo General a enviar a sus representantes el 2 de septiembre de 1872 no a La Haya, sino a

Neuchâtel (Suiza), para inaugurar en ese mismo día el congreso general antiautoritario.

Rímini, 6 de agosto de 1872

Por la conferencia

Carlo Cafiero
, presidente,
Andrea Costa
, secretario."

El intento de poner al Fascio Operaio en lugar del Consejo General fracasó por completo. Incluso el Consejo Federal español, esa simple filial de la Alianza, no osó someter a votación de los internacionales españoles la resolución de Rímini. La Alianza trató, pues, de reparar su torpeza, y acudió a La Haya, pero al mismo tiempo convocó su congreso antiautoritario en Saint-Imier.

Italia se había convertido, por circunstancias especialmente favorables, en la tierra prometida de la Alianza. El Papa Miguel revela este secreto en su carta a Mora (
Piezas justificativas núm. 3
):

"En Italia existe, lo que falta en los demás países, una juventud ardiente, enérgica,
sin posición alguna, sin carrera, sin salida (tout-à-fait déplacée, sans carrière, sans issue)
, que, a pesar de su origen burgués, no está moral e intelectualmente agotada como la joven burguesía de otros países. Hoy se precipita de cabeza (à tête perdue) en el socialismo revolucionario
con todo nuestro programa
, el programa de la Alianza. Mazzini, nuestro genial
{4}
y poderoso adversario, ha muerto, el partido mazzinista está completamente desorganizado, y Garibaldi se deja arrastrar cada vez más por esa juventud que lleva su nombre, la cual, sin embargo, va, e incluso corre, mucho más lejos que él."
(4)

El Santo Padre tiene razón. La Alianza en Italia no es una "unión obrera" (Fascio Operaio), sino un montón de desclasados
{5}
, la hez de la burguesía. Todas las pretendidas secciones de la Internacional italiana están dirigidas por abogados sin clientes, por médicos sin

pacientes y sin conocimientos, por estudiantes de billar, por viajantes de comercio y otros empleados, y sobre todo por periodistas de la pequeña prensa de reputación más o menos equívoca. Italia es el único país en que la prensa internacional —o la que se llama así— tiene un carácter figurista. Basta echar una ojeada a la letra de los secretarios de esas pretendidas secciones para convencerse de que es siempre una letra mercantil o, al menos, revela el uso habitual de la pluma. Apoderándose así de todos los puestos oficiales en las secciones, la Alianza obligaba a los obreros italianos, siempre que querían comunicarse entre sí o con algún consejo exterior de la Internacional, a servirse de las manos de aquellos burgueses degradados de la Alianza, que por fin hallaban en la Internacional una "carrera" y una "salida".

Notas a pie de página de Marx y Engels

(1)
"Uno de los más celosos partidarios de Caporusso era el abogado Carlo Gambuzzi, que creyó haber encontrado en él el modelo de un presidente de una sección internacional
{6}
. Fue también Gambuzzi quien le proporcionó los medios para asistir al congreso de Basilea. Y cuando en la asamblea general de la sección se acordó la expulsión de Caporusso, se opuso vivamente a la publicación de este hecho en el 'Bulletin', y convenció también a sus amigos de que no insistieran en la publicación de aquel otro hecho vergonzoso, la apropiación de 300 francos." (Carta de Cafiero del 12 de julio de 1871.)

(2)
Fanelli es desde hace ya mucho tiempo miembro del parlamento italiano. Gambuzzi, interpelado sobre el particular, declaró que era algo muy hermoso ser diputado; se gozaba de inviolabilidad frente a la policía y se podía viajar gratis por todos los ferrocarriles italianos. La Alianza prohíbe a los obreros toda actividad política, porque pedir al Estado la fijación de una jornada normal de trabajo para mujeres y niños equivaldría a reconocer al Estado y a doblegarse ante el principio del mal; pero los jefes burgueses de la Alianza tienen dispensa papal que les permite ocupar un escaño en el parlamento y gozar de las prerrogativas que les ofrecen los Estados burgueses. La actividad atea y anarquista de Fanelli en el parlamento italiano se ha limitado hasta ahora a un enfático panegírico del autoritario Mazzini, el hombre del "Dio e popolo" |"Dios y pueblo"|.

(3)
Caporusso tuvo, dos años más tarde, la desfachatez de querer endosar este mismo individuo, que había fracasado en Nápoles, al Consejo General mediante la siguiente reclame: "¡Ciudadano presidente de la Internacional! La gran cuestión del trabajo y del capital, que trató el congreso obrero de Basilea y que hoy preocupa a los espíritus de todas las clases, ha sido ya resuelta. Mi yerno, el marido de mi hija, se ha consagrado al estudio del difícil problema de la cuestión social, ha examinado las decisiones de aquel congreso y, con ayuda de la ciencia, ha hallado el hilo para desatar el difícil nudo de poner en perfecto equilibrio a la familia obrera con la burguesía, cada cual en su derecho", etc. (firmado, Stefane Caporusso).

(4)
El propio Garibaldi escribe al respecto: "Mi querido Crescio: Muchas gracias por el 'Avvenire Sociale' que me ha enviado y que leeré con interés. Quieren ustedes combatir en su periódico la mentira y la esclavitud: es un hermoso programa. Pero creo que combatir el principio de la autoridad es uno de esos errores de la Internacional que obstaculiza su progreso. La Comuna de París cayó porque en París no existía autoridad, sino sólo anarquía. España y Francia padecen el mismo mal. Deseo al 'Avvenire' buena prosperidad y quedo suyo, G. Garibaldi."

Variantes del texto

{1}
En Cafiero: economía política

{2}
En la edición francesa falta: estos últimos

{3}
En la edición francesa: Si fuera posible, quisiera

{4}
Insertado en la edición francesa:
(sic)

{5}
En la edición francesa la frase termina aquí

{6}
En Cafiero: de una sección de la Internacional

[Un complot contra la Asociación Internacional de los Trabajadores - Parte 7]

1.ª corrección.

Creado el 04.03.1999

VI.

La Alianza en Francia

Los miembros eran allí poco numerosos, pero muy celosos. En Lyon, la Alianza estaba dirigida por Albert Richard y Gaspard Blanc; en Marsella, por Bastelica, los tres activos colaboradores de los periódicos redactados por Guillaume. A ellos se debe que la Alianza consiguiera desorganizar el movimiento lionés de septiembre de 1870; este movimiento no tuvo para ella otra significación que la de dar a Bakunin ocasión para lanzar su eternamente memorable decreto de abolición del Estado. — La actividad de la Alianza tras la derrota de la insurrección de Lyon está excelentemente caracterizada en el siguiente pasaje de una carta de Bastelica (Marsella, 13 de diciembre de 1870):

"Nuestro poder real es inmenso entre los obreros; pero nuestra sección no ha sido reorganizada desde las últimas persecuciones. No osamos hacerlo, por temor de que, en
ausencia de los iniciadores (initiateurs), los elementos pudieran corromperse
.
{1}
"

El hecho de que Bastelica hubiera sido movilizado en un regimiento de marcha y pudiera ser alejado de Marsella en cualquier momento era, pues, para él razón suficiente para impedir la reorganización de la Internacional, tan indispensable consideraba, para la autonomía de esta, la presencia de los jefes aliancistas. — El resultado más evidente que la Alianza consiguió fue hacer que la Internacional, que como siempre y en todas partes pretendía representar, cayera en el descrédito entre los obreros de Lyon y de Marsella.

El final de Richard y Blanc es conocido. En otoño de 1870 aparecieron en Londres y trataron de ganar prosélitos entre los refugiados franceses para una restauración bonapartista. En enero de 1872

publicaron el folleto: "
L'Empire et la France nouvelle. Appel du peuple et de la jeunesse à la conscience française, par Albert Richard et Gaspard Blanc, Bruxelles,
1872." (
El Imperio y la nueva Francia.
Un llamamiento del pueblo y de la juventud a la conciencia francesa, por Albert Richard y Gaspard Blanc, Bruselas 1872.)

Con la modestia habitual de los charlatanes de la Alianza, se alaban aquí:

Nosotros, los que habíamos formado el gran ejército del proletariado francés… nosotros, los dirigentes más influyentes de la Internacional en Francia… no hemos tenido la suerte de ser fusilados, y aquí estamos para, a la vista de aquellos
(los ambiciosos oradores parlamentarios, los republicanos de abultada panza, los pretendidos demócratas de todo género)
plantar la bandera a cuya sombra combatimos, y para lanzar a la faz de Europa asombrada, a pesar de las calumnias, a pesar de las amenazas, a pesar de los ataques de toda especie que nos aguardan, ese grito que surge de las profundidades de nuestra conciencia y que pronto resonará en el corazón de todos los franceses, el grito: ¡VIVE L’EMPEREUR! (¡Viva el emperador!)

No nos detendremos a examinar si esos dos aliancistas vueltos imperiales «por el progreso normal de sus ideas» son realmente simples «canallas», como los llamó en La Haya su antiguo amigo Guillaume, o si han recibido del papa aliancista el encargo especial de incorporarse a las filas de los agentes bonapartistas. Los documentos de la Alianza rusa, que según los estatutos secretos deben revelar el secreto de los secretos de esta sociedad misteriosa y de los que más abajo daremos extractos, dicen expresamente que los hermanos internacionales deben procurarse entrada en todas partes y que incluso pueden recibir el encargo de entrar al servicio de la policía. Por lo demás, la veneración de esos dos hermanos por su emperador campesino no va más allá de la que Bakunin mismo sentía en 1862 por su zar campesino.

En las ciudades de Francia a donde los aliancistas no habían llegado, la Internacional se desarrolló con ímpetu desde la caída de la Comuna. En el Congreso de La Haya, el secretario para Francia, |Auguste Serraillier|, pudo informar de que estaba organizada en más de treinta departamentos. Los dos principales corresponsales aliancistas para Francia, Benoît Malon y Jules Guesde (el nombre de este último figura al pie de la circular de Sonvillier), que conocían el impetuoso desarrollo de nuestra Asociación, intentaron desorganizarla en provecho de la Alianza. Sus cartas

no surtieron el efecto deseado; se enviaron entonces emisarios, entre ellos un ruso de nombre Méchnikov, pero sus esfuerzos tampoco condujeron a nada. Esos mismos individuos que acusaban desvergonzadamente al Consejo General de impedir a los obreros

«organizarse libremente en cada país, por propio impulso, conforme a su propio espíritu y a sus costumbres particulares» (carta de Guesde del 22 de septiembre de 1872),

decían a los obreros, tan pronto como éstos se organizaban libremente, por propio impulso, etc., pero en plena armonía con el Consejo General, que los alemanes del Consejo General los oprimían y que fuera de su iglesia ortodoxa antiautoritaria no había salvación. Los obreros franceses, que sólo se sentían oprimidos por los versallescos, enviaron estas cartas al Consejo General preguntando qué significaba todo aquello.

Esta actividad de la Alianza en Francia es la mejor prueba de que había declarado la guerra a la Internacional desde el momento en que perdió la esperanza de dominarla. Toda sección que no se sometía a su dominio era considerada por ella como enemiga, y aún más enemiga que la burguesía.
Quien no está con nosotros, está contra nosotros
, tal es la regla confesada abiertamente por ella en todos sus manifiestos rusos.{2}
Precisamente en el momento en que la clase obrera francesa necesitaba sobre todo una organización, cualquiera que fuese, la Alianza escogió ese momento para acudir en ayuda de Thiers y de la asamblea de los junkers de la berza, declarando la guerra a la Internacional.

Veamos ahora quiénes fueron los agentes de la Alianza en su campaña en favor de los versallescos.

En Montpellier, Guesde tenía como confidente a un estudiante de medicina, de nombre Paul Brousse
(1)
. Éste hacía propaganda aliancista en el departamento de Hérault{3}, donde Guesde había publicado un periódico: «Les Droits de l’Homme» (Los Derechos del Hombre). Poco antes del Congreso de La Haya, cuando los internacionales del Sur habían acordado pagar cuotas para un delegado común al congreso, Brousse intentó convencer a la sección de Montpellier de que no pagara su parte y no tomara partido hasta que el congreso hubiera decidido los asuntos pendientes. El Comité del Sur, sección de Montpellier, decidió solicitar al congreso la expulsión de Brousse de la Internacional, por haber «obrado deshonestamente, tratando de provocar una escisión en el seno de la sección». Su amigo Guesde, en una correspondencia enviada desde Roma a «La Liberté» de Bruselas en el mes de diciembre, dio a conocer este atentado autoritario contra Brousse y señaló{4} a Calas de Montpellier con nombre y apellido como instigador, mientras que a Brousse sólo lo aludía con las iniciales. La policía, alertada por esta denuncia, vigiló a Calas y enseguida interceptó en correos una carta de Serraillier a Calas, en la que se hablaba mucho de Dentraygues, de Toulouse. El 24 de diciembre fue detenido Dentraygues.

Los aliados más activos de la Alianza en Narbona eran Gondrès, calificado de espía de la policía; Bacave, que ejercía el oficio de agente de policía en Narbona y Perpiñán; de Saint-Martin, abogado y corresponsal de Malon. El señor de Saint-Martin solicitó en 1866 un puesto en el Ministerio de la Casa Imperial y de Bellas Artes. Condenado en 1869 por un delito de prensa a una multa de 800 francos, los republicanos reunieron esa suma para él; pero Saint-Martin, en lugar de emplear el dinero para satisfacer la multa, lo empleó en una pequeña excursión a París{5}, de modo que los obreros, para evitar un escándalo, tuvieron que repetir su colecta. Inmediatamente después de los días de mayo de 1871, el mismo Saint-Martin mendigó ante el gobierno versallés un puesto de subprefecto.

He aquí otro agente de la Alianza: en noviembre de 1871, Calas escribió a Serraillier:

«Puede usted contar con la plena entrega del ciudadano Abel Bousquet a la causa social; es… presidente del comité socialista de Béziers.»

Dos días después, el 13 de noviembre, Serraillier recibió la siguiente declaración:

«Convencidos… de que se ha abusado de la confianza del ciudadano Calas, nuestro amigo común, de modo que éste ha otorgado una confianza de la cual es absolutamente indigno el señor Bousquet, presidente del comité electoral de Béziers, puesto que dicho Bousquet es secretario del comisario central de policía de Béziers… rogamos al ciudadano Serraillier, de acuerdo con el ciudadano

Calas, que ha reconocido el error del que ha sido víctima, que considere como no escrita la última carta que el ciudadano Calas le ha dirigido, y le pedimos además, si es posible, que haga borrar al señor Bousquet de la Internacional. Por la delegación de la democracia socialista de Béziers y Pézenas» (siguen las firmas).

Serraillier aprovechó esta declaración para desenmascarar, en «L’Émancipation» de Toulouse (19 de diciembre de 1871), a ese señor Bousquet como agente de policía. — Una carta fechada en «Narbona, 24 de julio de 1872» dice que el señor Bousquet

«reúne en su persona las funciones de brigadier jefe de policía y las de viajante por cuenta de los disidentes de Ginebra».

Nada más natural, pues, que el «Bulletin du Jura» del 10 de noviembre de 1872 asuma su defensa.

Notas de Marx y Engels

(1)
Ahora redactor, con Alerini, de «Solidarité révolutionnaire» en Barcelona.{6}

Variantes de texto

{1}
En la edición francesa se intercala: Nos mantenemos en reserva.

{2}
En la edición francesa se añade: El éxito del movimiento general significa para ellos una desgracia, si ese movimiento no se somete a su yugo sectario.

{3}
En la edición francesa: Éste intentó hacer propaganda aliancista en todo el departamento de Hérault.

{4}
En la edición francesa se intercala: en todas las cartas.

{5}
En la edición francesa se intercala: a costa de los obreros.

{6}
En la edición francesa falta esta nota.

VII.

La Alianza desde el Congreso de La Haya

Como se sabe, en la última sesión del Congreso de La Haya, los catorce delegados de la minoría presentaron una declaración de protesta contra los acuerdos adoptados. Esta minoría estaba compuesta por los siguientes delegados: cuatro españoles, cinco belgas, dos jurasianos, dos holandeses y un norteamericano.

Tras haberse puesto de acuerdo en Bruselas con los belgas sobre las bases de una acción común contra el nuevo Consejo General, los jurasianos y los españoles se dirigieron a Saint-Imier, en Suiza, para celebrar allí el congreso antiautoritario que la Alianza había convocado por medio de sus partidarios en Rímini.

A este congreso precedió el de la Federación del Jura, que rechazó los acuerdos de La Haya y sobre todo los que expulsaban a Bakunin y a Guillaume; en consecuencia, la Federación fue suspendida por el Consejo General.

En el congreso antiautoritario, la Alianza estuvo representada en pleno. Junto a los españoles y los jurasianos, encontramos a Italia representada por seis delegados, entre ellos Costa, Cafiero, Fanelli y el propio Bakunin; dos delegados pretendieron representar a «varias secciones en Francia» y un delegado, a dos secciones en América; en total fueron quince «aliancistas». Este congreso ofreció por fin a Bakunin «todas las garantías de un juicio imparcial y serio»; en él reinó, además, la mayor unanimidad. Aquellos hombres, de los cuales por lo menos la mitad no pertenecía a la Internacional, se erigieron en tribunal supremo, llamado a decidir en última instancia sobre los actos de un congreso general de nuestra Asociación. Declararon rechazar en absoluto todos los acuerdos del Congreso de La Haya y no reconocer en modo alguno las facultades del nuevo Consejo General elegido por éste. Finalmente, en nombre de sus federaciones y sin ningún mandato para ello, concertaron una alianza defensiva y ofensiva —un «pacto de amistad, de solidaridad y de mutua defensa»— contra el Consejo General y contra todos los que reconocieran los acuerdos de La Haya; definieron su anarquismo de la abstención en la siguiente resolución, que es una condena directa de la Comuna de París:

«El Congreso declara: 1. que la destrucción de todo poder político es el primer deber del proletariado; 2. que toda organización de un poder político supuestamente provisional y revolucionario para llevar a cabo esa destrucción no puede ser más que un nuevo engaño y tiene que ser tan peligrosa para el proletariado como todos los gobiernos hoy existentes.»

Finalmente, se acordó invitar a las demás federaciones autonomistas a adherirse a este nuevo pacto y convocar un segundo congreso antiautoritario dentro de seis meses.

La escisión en la Internacional quedaba así consumada. El Comité del Jura asumió abiertamente desde ese momento la dirección de los disidentes. La parte de la Internacional que le siguió no fue más que la antigua Alianza pública renacida, la cual sirvió así de máscara e instrumento a la Alianza secreta.

De regreso en España, los cuatro hijos de Aymón de la Alianza española publicaron un manifiesto plagado de injurias contra el Congreso de La Haya y de elogios contra el de Saint-Imier. El Consejo Federal tomó este libelo bajo su protección y, a instancias de la autoridad central suiza, convocó el congreso nacional en Córdoba para el 25 de diciembre de 1872, cuando éste debería haberse celebrado recién en abril de 1873. La autoridad central suiza, por su parte, se apresuró a poner en evidencia ante todos la posición subalterna que respecto a ella ocupa este Consejo Federal: el Comité del Jura envió, por encima del Consejo Federal español, las resoluciones de Saint-Imier a todas las federaciones locales de España.

En el congreso de Córdoba, de 101 federaciones (cifra oficial dada por el Consejo Federal) sólo 36 estuvieron representadas; fue, pues, un congreso minoritario, tan neto y tan indudable como pocos. Federaciones recién formadas estuvieron representadas por numerosos delegados; Alcoy tenía seis, y sin embargo esta federación nunca antes había estado representada en un congreso nacional; en la época del Congreso de La Haya ni siquiera existía, pues no había aportado ni un voto ni un céntimo para la delegación española. Federaciones importantes y activas, como Gracia (500 miembros), Badalona (500 miembros), Sabadell (125), Sans (1.061), brillaron por su ausencia. En

la lista de los cuarenta y ocho delegados se encuentran los nombres de catorce miembros notorios de la Alianza, diez de los cuales representaban a federaciones de las que no eran miembros y en las que probablemente eran desconocidos. La Alianza, segura de la mayoría fabricada por ella misma, dio ahora rienda suelta a sus apetitos. Los estatutos de la federación nacional, elaborados en Valencia y confirmados en Zaragoza, fueron derribados; la Federación Española fue decapitada al sustituirse su Consejo Federal por una mera comisión de correspondencia y estadística, a la que ni siquiera se encargó la entrega de las cotizaciones españolas al Consejo General. En una palabra, se rompió con la Internacional mediante el rechazo de las resoluciones de La Haya y la aceptación del pacto de Saint-Imier; se llevó la anarquía al extremo de rechazar ya de antemano el próximo congreso general y sustituirlo por un nuevo congreso antiautoritario,

"para el caso de que aquél no restableciera la dignidad y la independencia de la Internacional derrocando las resoluciones del Congreso de La Haya".

En La Haya, la Alianza quiso imponer, mediante el mandato imperativo de los españoles, el modo de votación que mejor le convenía en ese momento; en Córdoba llegó al extremo de prescribir ya con nueve meses de antelación las resoluciones que el próximo congreso general debía adoptar. Reconozcámoslo: más lejos no se podía llevar la autonomía de las secciones y federaciones.

El Congreso de La Haya, al expulsar de la Internacional a la Alianza y a sus cabecillas, dio nueva fuerza al movimiento de reacción contra la Alianza{1}. La Nueva Federación Madrileña fue apoyada, en la campaña que había abierto, por las federaciones de Zaragoza, Vitoria, Alcalá de Henares, Gracia, Lérida, Denia, Pont de Vilumara, Toledo, Valencia, la nueva federación de Cádiz, etc. La circular del Consejo Federal que convocó el congreso de Córdoba exigía de éste que se erigiera en tribunal de las resoluciones del congreso general de La Haya. Esto era una violación manifiesta no sólo de los Estatutos Generales, sino también de los estatutos nacionales españoles, que en su art. 13 declaran:

"El Consejo Federal debe ejecutar y hacer ejecutar las resoluciones de los congresos nacionales e internacionales."

La Nueva Federación Madrileña respondió en una circular a las demás federaciones locales, declarando que el Consejo Federal, con este proceder, se había colocado fuera de la Internacional,

y exigió que se le sustituyera por un nuevo Consejo Federal provisional que tuviera por tarea mantener estrictamente los estatutos y no obedecer ciegamente las órdenes de la Alianza. Esta propuesta fue aceptada; se nombró un nuevo Consejo Federal, con sede en Valencia. Éste se declara en su primera circular (2 de febrero de 1873) "fiel guardián de los estatutos de la Internacional elaborados y confirmados en los congresos internacionales y nacionales" y protesta enérgicamente contra quienes "pretenden plantar la anarquía en el seno de la Internacional, ¡la anarquía antes de la revolución, el desarme antes de la victoria! ¡Qué alegría para la burguesía!"

Al mismo tiempo que los españoles, los belgas celebraron su congreso y rechazaron igualmente las resoluciones de La Haya. El Consejo General les respondió, como a los españoles secesionistas, mediante la resolución del 26 de enero de 1873, que declara que "todas las sociedades y personas que se nieguen a reconocer las resoluciones de los congresos, o que rehúsen expresamente el cumplimiento de los deberes impuestos por los Estatutos Generales y el Reglamento, se colocan por sí mismas fuera de la Asociación Internacional de los Trabajadores y cesan de pertenecer a ella". El 30 de mayo completó esta declaración con la siguiente resolución:

"Considerando que el congreso de la Federación Belga celebrado en Bruselas el 25 y 26 de diciembre de 1872 ha decidido declarar nulas y sin efecto las resoluciones del quinto congreso general;

considerando además que el congreso de una parte de la Federación Española, celebrado en Córdoba del 25 de diciembre de 1872 al 2 de enero de 1873, ha decidido no reconocer las resoluciones del quinto congreso general y aceptar las resoluciones de una asamblea antiinternacional;

considerando finalmente que una asamblea celebrada en Londres el 26 de enero de 1873 ha decidido rechazar las resoluciones del quinto congreso general;

el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, de conformidad con los estatutos y el reglamento administrativo y en concordancia con su resolución del 26 de enero de 1873, declara:

Todas las federaciones nacionales o locales, secciones y personas que hayan participado en los congresos o asambleas arriba mencionados{2} o que reconozcan sus resoluciones, se han colocado por este hecho por sí mismas fuera de la Asociación Internacional de los Trabajadores y han cesado de pertenecer a ella."

Al mismo tiempo declaró de nuevo "que no existe una federación nacional italiana, puesto que ninguna organización que se atribuya ese título ha cumplido jamás la menor de las condiciones prescritas por los estatutos y el reglamento administrativo en lo relativo a la admisión y afiliación; existen, sin embargo, en diversas partes de Italia secciones en relación regular con el Consejo General".

Los jurasianos, por su parte, celebraron un nuevo congreso en Neuchâtel el 27 y 28 de abril. Comparecieron allí diecinueve delegados de diez secciones suizas y una supuesta sección alsaciana; dos secciones en Suiza y una en Francia no habían enviado delegados. La Federación del Jura pretendía, pues, contar con doce secciones en Suiza. Sin embargo, el delegado de Moutier declaró que sólo había venido para hablar a favor de una reconciliación con la Internacional, y que su mandato le prohibía participar en los trabajos del congreso. En efecto, Moutier se había desligado de la Federación del Jura desde el congreso de Saint-Imier. Quedan, pues, once secciones. El hecho de que el informe del comité se abstenga escrupulosamente de dar la menor indicación sobre su fuerza y su situación interna nos da derecho a suponer que no poseen más vitalidad que en la época del congreso de Sonvillier. En compensación, el informe pone en orden de batalla las fuerzas exteriores de los jurasianos, los aliados que la Alianza ha ganado desde el congreso de La Haya. Según este informe, son casi todas las federaciones de la Internacional:

"Italia" – Pero ya hemos visto que no existe una federación italiana.

"España" – Aunque la mayoría de la Internacional española se ha pasado al campo de los secesionistas, acabamos de ver que la Federación Española todavía existe y mantiene relaciones regulares con el Consejo General.

"Francia, en la medida en que está seriamente organizada" – es decir, la "sección en Francia" que se ha excusado ante el congreso de Neuchâtel de no haber enviado delegado. Nos guardaremos muy bien de revelar a los jurasianos lo que hasta ahora está todavía "seriamente organizado" en Francia, a pesar de las últimas persecuciones, que han mostrado de sobra de qué lado estaba la organización seria, y que{3} cuidadosamente preservaron al par de aliancistas que posee Francia.

"Bélgica entera" – se deja engañar por la Alianza, cuyos principios está muy lejos de compartir.

"Holanda, con excepción de una sección" – es decir, dos secciones holandesas se han adherido, no al pacto de Saint-Imier, sino a la declaración antiseparatista de la minoría de La Haya.

"¡Inglaterra, con excepción de algunos disidentes!" – Los "disidentes", es decir, la inmensa mayoría de la Internacional inglesa, celebraron su congreso en Manchester el 1 y 2 de junio, al que comparecieron veintiséis delegados que representaban a veintitrés secciones; mientras que la Inglaterra de los jurasianos no tiene ni secciones, ni consejo federal, ni siquiera un congreso.

"¡América, con excepción de algunos disidentes!" – La Federación Americana{4} existe en actividad regular y en plena armonía con el Consejo General; tiene su consejo federal y sus congresos. La América del Comité del Jura no es otra cosa que esa clase de burgueses que especulan con el amor libre, con el papel moneda, con los cargos y la corrupción, tan excelentemente representados en el Congreso de La Haya por el señor West, en favor del cual ni siquiera los delegados del Jura se atrevieron a hablar o a votar.

"Los eslavos" – es decir, la "sección eslava de Zúrich", que como siempre tiene que representar a toda una raza. Los polacos, los rusos, los eslavos austríacos y húngaros en la Internacional, todos enemigos declarados de los secesionistas, no cuentan.

Éstos son, pues, los aliados de la Alianza. Si las once secciones del Jura no tienen una existencia más real que la mayoría de estos aliados, su comité bien ha tenido razones para guardar silencio respecto a ellas.

En este orden de batalla aliancista, Suiza brilla por su ausencia, y por razones muy buenas. Un mes después, el 1 y 2 de junio, se celebró en Olten un congreso obrero general suizo para la organización de la resistencia contra el capital y de las huelgas. Cinco jurasianos predicaron allí el evangelio de la autonomía absoluta de las secciones; hicieron perder al congreso más de la mitad de su tiempo. Finalmente hubo que proceder a la votación; el resultado fue que, de ochenta delegados, setenta y cinco votaron contra los cinco jurasianos, a quienes no les quedó más remedio que abandonar la sala.

No obstante, la Alianza no parece entregarse, en sus sesiones secretas de rincón, al engaño acerca de sus recursos reales que quisiera provocar en el público. En ese mismo congreso de Neuchâtel hizo adoptar la siguiente resolución:

"Considerando que, según la letra de los Estatutos Generales, el congreso general de la Internacional se reúne por derecho propio todos los años, sin necesidad de una convocatoria emanada de un Consejo General, la Federación del Jura propone a todas las federaciones de la Internacional reunirse en congreso general el lunes 1 de septiembre en una ciudad de Suiza."

Y, para evitar que este congreso incurra en “los funestos errores de La Haya”, se exige que los delegados aliancistas y sus aliados se reúnan ya el 28 de agosto como congreso antiautoritario. De los debates sobre esta propuesta

“resulta que para nosotros solo tendrá validez como congreso general de la Internacional aquel que sea convocado directamente por las propias federaciones, y no aquel que
intente convocar, llegado el caso, el supuesto Consejo General de Nueva York
”.

Así, pues, la escisión se lleva hasta sus últimas consecuencias. Los internacionales acudirán al congreso a cuya convocatoria, en una ciudad de Suiza que él mismo ha de elegir, fue encargado el Consejo General por el último congreso. Los aliancistas y su séquito, al que llevan de la nariz, acudirán a un congreso convocado por ellos mismos en virtud de su autonomía. Les deseamos buen viaje.

VIII. La Alianza en Rusia

1. El proceso Necháyev

La actividad de la Alianza en Rusia nos ha sido revelada por el proceso político conocido con el nombre de “proceso Necháyev”, que tuvo lugar en julio de 1871 ante la sala de justicia de San Petersburgo. Por primera vez en Rusia se celebró la vista de un proceso político de manera pública y ante jurados. Todos los acusados, más de ochenta, hombres y mujeres, pertenecían, salvo unas pocas excepciones, a la juventud estudiantil. Habían padecido prisión preventiva en las cárceles de la fortaleza de San Petersburgo desde noviembre de 1870 hasta julio de 1871, la cual causó la muerte de dos de ellos y llevó a la locura a varios más. Salieron de la cárcel para oír su condena a las minas de Siberia, a trabajos forzados, a penas de prisión de quince, doce, diez, siete y dos años; y aquellos que fueron absueltos por el tribunal público fueron deportados “por vía administrativa”.

Su crimen consistió en haber pertenecido a una sociedad secreta que se había arrogado el nombre de la Asociación Internacional de los Trabajadores y a la que habían sido admitidos por un emisario del comité revolucionario internacional, cuyos mandatos estaban sellados con el supuesto sello de la Internacional. El mismo los había inducido a cometer estafas y había obligado a varios de ellos a ayudarle en la perpetración de un asesinato; este asesinato había puesto a la policía sobre la pista de la sociedad secreta; pero, como de costumbre, el emisario había huido ya. La policía demostró en sus investigaciones una perspicacia tal que hace suponer una delación detallada. En todo este asunto, el emisario desempeña el papel más equívoco. Este emisario era Necháyev, portador de un documento de poderes con el siguiente texto:

“El portador de este documento es representante plenipotenciario de la rama rusa de la Alianza revolucionaria general. — Número 2771.”

Este documento lleva: 1. en francés, el sello: “Alliance révolutionnaire européenne. Comité général.” (Alianza revolucionaria europea. Comité general); 2. la fecha: 12 de mayo de 1869; 3. la firma:
Mijaíl Bakunin
.
(1)

———

En 1861, en respuesta a las medidas fiscales destinadas a alejar a los jóvenes pobres de los centros de enseñanza superior, así como a las disposiciones disciplinarias que tendían a someterlos a la disciplina discrecional de los agentes de policía, los estudiantes elevaron protestas enérgicas y unánimes, que desde sus asambleas se propagaron a las calles y crecieron hasta convertirse en imponentes manifestaciones. La universidad de San Petersburgo fue clausurada entonces durante algún tiempo y los estudiantes, encarcelados o deportados. Este proceder del gobierno empujó a la juventud a sociedades secretas, las cuales, naturalmente, corrieron la suerte de que gran parte de sus miembros fueran a parar a la cárcel, al exilio o a Siberia. Otros fundaron cajas de socorros mutuos para proporcionar a los estudiantes pobres los medios de continuar sus estudios. Los más resueltos de entre ellos habían decidido no dar ya al gobierno ningún pretexto para suprimir dichas cajas, que estaban organizadas de manera que su administración se llevaba a cabo en pequeños círculos. Estos círculos brindaban al mismo tiempo la ocasión de discutir cuestiones políticas y sociales. Las ideas socialistas habían penetrado ya de tal modo en la juventud de las escuelas superiores rusas —en su gran mayoría hijos de campesinos y de otra gente pobre—, que esta pensaba ya en una aplicación práctica inmediata de dichas ideas. Cada día se generalizaba más este movimiento en las escuelas, cuyo alma teórica era Chernyshevski (ahora en Siberia), y lanzaba a la sociedad rusa una juventud desposeída que, surgida del pueblo bajo, estaba instruida en las ideas socialistas y penetrada por ellas. Tal era el estado de cosas entre la juventud estudiantil rusa, cuando Necháyev aprovechó el prestigio de que gozaba la Internacional y el entusiasmo de la juventud para persuadir a los estudiantes de que ya no era hora de ocuparse de aquellas frivolidades, mientras una inmensa sociedad secreta, en estrecha relación con la Internacional, se ocupaba de atizar la revolución general y estaba dispuesta a actuar de inmediato en Rusia. Logró impresionar a algunos jóvenes y arrastrarlos a cometer crímenes comunes, que proporcionaron a la policía el pretexto para aplastar todo este movimiento de las escuelas, tan peligroso para la Rusia oficial.

En marzo de 1869 se presentó en Ginebra un joven ruso que, como supuesto delegado de los estudiantes de San Petersburgo, trataba de introducirse en los círculos íntimos de la emigración rusa. Se presentó bajo diversos nombres. Algunos emigrados sabían con certeza que no se había enviado ningún delegado de aquella ciudad; otros, después de hablar con él, tuvieron al supuesto delegado por un espía. Finalmente se dio a conocer bajo su verdadero nombre, Necháyev; contó que se había fugado de la fortaleza de San Petersburgo, donde había estado preso como uno de los principales instigadores de los disturbios que estallaron en enero de 1869 en los centros de enseñanza superior de la capital. Varios emigrados que habían sufrido una larga prisión en aquella fortaleza conocían por experiencia la imposibilidad de toda fuga; sabían, pues, que en este punto Necháyev mentía; y como, por otra parte, los periódicos y las cartas que contenían los nombres de los estudiantes perseguidos no mencionaban a Necháyev por ninguna parte, consideraron su supuesta actividad revolucionaria como una fábula. Bakunin, sin embargo, tomó partido por Necháyev con gran estrépito; proclamó por todas partes que era “el enviado extraordinario de la gran organización secreta que existe y actúa en Rusia”. Se le rogó entonces insistentemente a Bakunin que no confiase a este individuo los nombres de sus conocidos, a quienes podía comprometer. Lo prometió, y los documentos del proceso demuestran cómo mantuvo su palabra.

En una conversación que Necháyev solicitó a un emigrado, se vio obligado a confesar que no había sido delegado por ninguna organización secreta, pero, dijo, tenía camaradas y conocidos a quienes deseaba organizar; añadió que había que servirse de los viejos emigrados para, valiéndose de sus nombres, influir sobre la juventud y apoderarse de su prensa y de su dinero. Algún tiempo después aparecieron las “Palabras” dirigidas a los estudiantes por Necháyev y Bakunin. En ellas, Necháyev repite la fábula de su fuga y exhorta a la juventud a consagrarse a la lucha revolucionaria; Bakunin descubre en las organizaciones de los centros de enseñanza superior “el espíritu destructor del Estado, … que surge de lo más profundo de la vida del pueblo mismo”(2); desea “felicitar a sus jóvenes hermanos por sus aspiraciones revolucionarias, … pues se aproxima el fin de este infame imperio de todas las Rusias”.

Su anarquismo le sirve de pretexto para asestar una coz a los polacos, reprochándoles que

“solo trabajan en la restauración de su Estado histórico” (!!) — “piensan, pues, en una nueva esclavitud de su pueblo”, y si triunfasen, “se convertirían tanto en nuestros enemigos como serían los opresores de su pueblo. Los combatiremos en nombre de la revolución social y de la libertad del mundo entero.”

Como se ve, Bakunin coincide con el zar en que es preciso impedir a toda costa que los polacos arreglen sus asuntos internos según su propio criterio. La prensa oficial rusa ha acusado siempre, en todos los levantamientos polacos, a los insurrectos polacos de ser “los opresores de su pueblo”. ¡Conmovedora concordancia entre los órganos de la Tercera Sección(3) y el archianarquista de Locarno!

El pueblo ruso, prosigue Bakunin, se encuentra actualmente en una situación semejante a la que, bajo el zar Alexis, padre de Pedro el Grande, lo obligó a sublevarse. Entonces fue el jefe de bandidos cosaco Stenka Razin quien se puso a su cabeza y le mostró el “camino” hacia la “emancipación”. Para levantarse hoy, el pueblo solo espera un nuevo Stenka Razin; pero esta vez

“será sustituido por la legión de jóvenes arrojados de su profesión (déclassés) que ya viven la vida del pueblo … El pueblo siente detrás de sí a su Stenka Razin, no al héroe personal, sino al héroe colectivo (!) y, por ello, invencible. Será toda esta espléndida juventud, sobre la que ya flota su espíritu.”

Para desempeñar bien este papel de Stenka Razin colectivo, la juventud ha de prepararse ante todo por la ignorancia:

“¡Abandonad, pues, a toda prisa este mundo condenado a la destrucción. Abandonad sus universidades, sus academias, sus escuelas; id al pueblo”, y sed “los parteros de su emancipación autónoma, cread la unidad y la organización de sus esfuerzos y de todas las fuerzas del pueblo. No os preocupéis en este momento por la ciencia, en cuyo nombre se os quiere atar y castrar … Esta es la fe de los mejores hombres de Occidente … El mundo obrero de Europa y de América os invita a una alianza fraternal.”

En sus estatutos secretos, la Alianza en tercera potencia dice: «Los principios de esta organización… serán expuestos aún más detalladamente en el
Programa de la democracia socialista rusa.» Tenemos aquí un comienzo de la realización de esta promesa. Aparte de las frases anárquicas habituales y del odio chovinista contra los polacos, que Bakunin jamás ha podido ocultar, vemos aquí por primera vez cómo ensalza al bandido ruso como el arquetipo del verdadero revolucionario, cómo predica a la juventud rusa el culto a la ignorancia, bajo el pretexto de que la ciencia actual no es más que una ciencia oficial (¡imagínese, si se quiere, una matemática, física o química oficiales!) y de que ésa es la opinión de los mejores en Occidente. Finalmente, al final de su folleto, da a entender que la Internacional, por mediación suya, ofrece una alianza a esa juventud a la que él mismo prohíbe la ciencia de los hermanos ignaros.

Esta «Palabra» evangélica desempeñó un gran papel en la conspiración de Necháyev. Se le leía misteriosamente a cada recién iniciado antes de su admisión.

Al mismo tiempo que esta «Palabra» (1869) se lanzaron los siguientes escritos rusos anónimos: 1. «Fórmula de la cuestión revolucionaria»; 2. «Principios de la Revolución»; 3. «Publicaciones de la Sociedad del “Tribunal del Pueblo”» (Naródnaya Raspráva) n.º 1, verano de 1869, Moscú. — Todos estos escritos estaban impresos en Ginebra, como lo prueba la identidad de los tipos con los de los demás impresos rusos de Ginebra — por lo demás, el hecho es notorio entre toda la emigración rusa —, cosa que no les impidió llevar en la primera página la indicación: «Imprimé en Russie — Gedruckt in Rußland», para suscitar entre los estudiantes rusos la opinión de que la sociedad secreta poseía grandes medios de acción en la propia Rusia.

La «Fórmula de la cuestión revolucionaria» delata a primera vista a sus autores. Son las mismas frases, las mismas expresiones de que se sirven Bakunin y Necháyev en sus «Palabras».

«No hay que destruir solamente al Estado, sino también a los revolucionarios de Estado y de gabinete. Nosotros, en verdad, nosotros estamos por el pueblo.»

En virtud de la asimilación anárquica, Bakunin se pone en el lugar de la juventud estudiosa:

«El propio gobierno nos muestra el camino que debemos seguir para alcanzar nuestro fin, es decir, el fin del pueblo. Nos expulsa de las universidades, de las academias, de las escuelas. Le agradecemos que con ello nos haya colocado en un campo de batalla tan glorioso, tan favorable. Ahora pisamos terreno firme, ahora podemos actuar. ¿Y cómo debemos actuar? ¿Instruir al pueblo? Eso sería estúpido. El pueblo sabe por sí mismo y mejor que nosotros lo que le hace falta» — compárese con esto los estatutos secretos, que atribuyen a las masas los «instintos populares» y a los iniciados la «idea revolucionaria»—.

«No debemos instruir al pueblo, sino sublevarlo». Hasta hoy «se ha sublevado siempre inútilmente, porque sólo se sublevaba parcialmente… nosotros podemos prestarle una ayuda sumamente importante, podemos procurarle lo que hasta ahora le ha faltado siempre, lo que ha sido la causa principal de todas sus derrotas: la unidad del movimiento omnipresente mediante la concentración de sus propias fuerzas.»

Se ve que la doctrina de la Alianza, anarquía desde abajo y disciplina desde arriba, aparece aquí en toda su pureza. En primer lugar encontramos
{1}
«el desencadenamiento de lo que hoy se llama las malas pasiones», pero luego «es necesario que en medio de la anarquía popular, que constituirá precisamente la vida y toda la fuerza de la revolución, la unidad de la idea y de la acción revolucionarias encuentre un órgano». Este órgano debe ser la sección rusa de la Alianza general, la Sociedad del Tribunal del Pueblo.

Pero la juventud no le basta a Bakunin. Llama a todos los bandidos bajo la bandera de su Alianza, sección rusa.

«El bandolerismo es una de las formas más honrosas de la vida del pueblo ruso. El bandido es el héroe, el protector y vengador del pueblo, el enemigo irreconciliable del Estado y de todo orden social y burgués fundado por el Estado, el luchador a vida o muerte contra toda esta civilización de funcionarios, nobles, curas y de la corona… Quien no comprende el bandolerismo, no comprenderá jamás lo más mínimo de la historia del pueblo ruso. A quien el bandolerismo no le sea simpático, tampoco puede simpatizar con la vida del pueblo y no tiene corazón para los centenarios e inmensos sufrimientos del pueblo; pertenece al campo de los enemigos, de los partidarios del Estado… Sólo en el bandolerismo se manifiesta la vitalidad, la pasión y la fuerza del pueblo… El bandido ruso es el verdadero y único revolucionario — revolucionario sin frases, sin retórica libresca, un revolucionario incansable, irreconciliable e irresistible en la acción, un revolucionario social y popular, no un revolucionario político y de clase… Los bandidos dispersos por los bosques, ciudades y aldeas de toda Rusia y los encerrados en las innumerables mazmorras del imperio forman un mundo único e indivisible, sólidamente unido, el mundo de la revolución rusa. En él, sólo en él existe desde hace mucho tiempo la verdadera conspiración revolucionaria. Quien en Rusia quiera una conspiración seria, quien quiera la revolución popular, debe entrar en este mundo… Sigamos el camino que nos ha trazado el gobierno al echarnos de las academias, las universidades y las escuelas, hermanos; arrojémonos todos juntos al pueblo, al movimiento popular, a la revuelta de los bandidos y de los campesinos y, guardándonos mutuamente fidelidad y firme amistad, concentremos estos alzamientos dispersos de los mushiks (campesinos) en una sola masa. Hagamos de ellos una revolución popular bien meditada, pero implacable»
(4).

En la segunda hoja, «Los Principios de la Revolución», se encuentra desarrollado el mandamiento dado en los estatutos secretos de actuar de manera que «no quede piedra sobre piedra». Hay que destruirlo todo para producir «el amorfismo completo» (informidad), pues si se conservase «una sola forma vieja», ésta se convertiría en el «embrión» del que resurgirían todas las demás formas sociales viejas. La hoja acusa a los revolucionarios políticos que no toman en serio este amorfismo de engañar al pueblo. Formula contra ellos la acusación de que

«han construido nuevas horcas y cadalsos en los que han ejecutado a los hermanos revolucionarios que escaparon a la carnicería de la lucha… hasta ahora los pueblos no han visto ninguna verdadera revolución… la verdadera revolución no necesita individuos que se pongan al frente de la masa y la manden, sino hombres que, escondidos invisiblemente en su seno, formen el lazo invisible de una masa con otra y den así al movimiento, invisiblemente, una misma y única dirección, un mismo y único espíritu y carácter. La organización secreta preparatoria sólo tiene este sentido, y única y exclusivamente para esto es necesaria.»

He aquí, pues, revelada al público ruso y a la policía rusa la existencia de los «hermanos internacionales» que tan cuidadosamente se ocultaba a Occidente. Luego la hoja predica el asesinato sistemático y declara que para los hombres de la obra revolucionaria política
{2}
todos los razonamientos sobre el porvenir

«son un crimen, porque estorban
la pura destrucción
y frenan la marcha de la revolución. Sólo confiamos en aquellos que manifiestan con hechos su abnegación por la revolución, sin miedo a los tormentos y a la cárcel, y renegamos de toda palabra a la que no siga inmediatamente el hecho. Ya no necesitamos propaganda sin objeto, no necesitamos una propaganda que no fije con precisión la hora y el lugar en que realizará el fin de la revolución. Por el contrario, nos estorba, y emplearemos todas nuestras fuerzas para ponerle coto… A todos los charlatanes que no quieran comprender esto los reduciremos al silencio por la violencia.»

Estas amenazas se dirigían a los refugiados rusos que no se habían doblegado ante el papado de Bakunin y a los que tildaba de doctrinarios.

«Rompemos todo vínculo con los emigrados políticos que no quieran volver a su país para alistarse en nuestras filas, y, mientras nuestras filas sigan siendo secretas, rompemos con todos los que no quieran contribuir a que sea posible su aparición pública en la escena de la vida rusa.
Sólo hacemos una excepción con aquellos refugiados que se hayan acreditado como obreros de la revolución europea.
No enviaremos una segunda advertencia… Quien tenga ojos y oídos, verá y oirá a los hombres de acción, y si no se les une, no seremos culpables de su perdición, ni será culpa nuestra si todo lo que se oculta detrás de los bastidores es triturado fría e implacablemente, juntamente con esos bastidores.»

Bakunin es aquí completamente explícito. Mientras ordena a los refugiados, bajo pena de muerte, que regresen a Rusia como agentes de su sociedad secreta, a ejemplo de los espías de la policía rusa que les ofrecían pasaportes y dinero para ir a conspirar allí, se concede a sí mismo una dispensa papal para permanecer tranquilamente en Suiza como «obrero de la revolución europea» y trabajar allí en los manifiestos, comprometiendo a los pobres estudiantes presos
{3}.

«Al no permitir otra actividad que la de la destrucción, reconocemos que la forma en que esta actividad debe manifestarse puede ser sumamente variada: veneno, puñal, soga, etc. La revolución lo santifica todo sin distinción. Así pues,
¡el campo está abierto!… Que todas las cabezas jóvenes y sanas emprendan, pues, sin demora la santa obra de la destrucción del mal, de la purificación y clarificación de la tierra rusa por el fuego y la espada, uniéndose fraternalmente con los que harán lo mismo en toda Europa.»

Añadamos aún que en esta sublime proclamación figura el inevitable bandido en la persona melodramática de Karl Moor y que el número 2 del «Tribunal del Pueblo», al citar un pasaje de esta hoja, la designa expresamente como «una proclamación de Bakunin».

El número 1 de las «Publicaciones de la Sociedad “El Tribunal del Pueblo”»
(5)
comienza por anunciar el levantamiento general del pueblo ruso como próximo a estallar.

«Nosotros, es decir, esa parte de la juventud popular que ha alcanzado cierto desarrollo, debemos abrirle el camino, es decir, eliminar todos los obstáculos que puedan entorpecer su marcha y prepararle condiciones favorables. Ante la inminencia del levantamiento, consideramos necesario concentrar en un solo haz indisoluble todos los esfuerzos revolucionarios dispersos por toda Rusia. Por eso hemos decidido,
por parte del centro revolucionario,
publicar hojas en las que cada uno de nuestros compañeros de fe diseminados por todos los rincones de Rusia, cada trabajador de la santa causa de la revolución, aunque nos sea desconocido, pueda ver siempre lo que queremos y hacia dónde vamos.»

Luego dice:

El pensamiento sólo tiene valor para nosotros en la medida en que sirve a la gran obra de la destrucción total universal. Un revolucionario que estudia la revolución en los libros nunca servirá para nada... Ya no creemos en las palabras. La palabra sólo tiene valor para nosotros cuando la acción la sigue al instante; pero no todo lo que se llama acción es tal. Por ejemplo, la modestia y la demasiado cautelosa organización de sociedades secretas sin manifestaciones exteriores es, a nuestros ojos, un juego de niños ridículo e insoportable. Llamamos manifestaciones exteriores sólo a una serie de actos que destruyen positivamente algo, una persona, una cosa, una relación que obstaculiza la emancipación del pueblo... Sin escatimar nuestra vida, sin retroceder ante amenaza alguna, obstáculo o peligro, etc., debemos irrumpir en la vida del pueblo con una serie de empresas audaces, incluso temerarias, infundirle la fe en su propio poder, despertarlo, unificarlo y conducirlo al triunfo de su propia causa.

De pronto, las frases revolucionarias del Volksgericht se convierten en ataques contra el Volkssache, un periódico ruso editado en Ginebra que defendía el programa y la organización de la Internacional. Era, como se comprende, de la mayor importancia para la propaganda aliancista de Bakunin en Rusia, hecha a nombre de la Internacional, silenciar a un periódico que descubría este engaño.

«Si este diario continúa procediendo del mismo modo, no vacilaremos en expresar y hacer saber cómo habrán de ser nuestras relaciones con él... Estamos convencidos de que todos los hombres serios dejarán a un lado ahora toda teoría y, con mayor razón, todo doctrinario. Podemos impedir la publicación de escritos que, aunque sean de buena fe, sean hostiles a nuestra bandera, por diversos medios prácticos que tenemos en la mano.»

Tras estas amenazas contra su peligroso rival, el Volksgericht prosigue:

«Entre los escritos publicados recientemente en el extranjero, recomendamos casi sin reservas el llamamiento de Bakunin a la juventud expulsada (déclassée) de las escuelas. {4}»

Se ve que Bakunin nunca pierde la ocasión de echarse un poco de incienso.

El segundo artículo lleva el título: «Una exposición del concepto de la obra en el pasado y en el presente». En el primer artículo, Bakunin y Netscháiev amenazaban al órgano internacional ruso en el extranjero; aquí se enfurecen contra Chernyshevski, contra el hombre que más contribuyó a lanzar a esa juventud de las escuelas, presuntamente representada por ellos, al movimiento socialista.

«En verdad, el campesino nunca se ha ocupado en crear en su imaginación formas para el futuro orden social; no obstante, una vez eliminados todos los obstáculos (es decir, después de la revolución tododestructora, que es lo primero que hay que hacer y por tanto lo más importante para nosotros), sabrá organizar su vida con más inteligencia de la que contienen las teorías y proyectos de los socialistas doctrinarios, que quieren imponerse al pueblo como maestros y, lo que es peor, como directores. A los ojos del pueblo, que no está echado a perder por las gafas de la civilización, el afán de estos profesores que se presentan a destiempo es demasiado ostensible. Quieren, bajo el pretexto de la ciencia, del arte, etc., preparar para sí y para los suyos buenos puestecillos. Y aunque esos afanes fueran desinteresados e inconscientes, aunque sólo fueran el fruto inevitable de todo orden social penetrado por la civilización moderna, el pueblo no ganaría con ello. El fin ideal de la igualdad social se realizó incomparablemente mejor en la sociedad cosaca organizada por Vasili Us en Astracán después de la partida de Stenka Razin que en los falansterios de Fourier, en los establecimientos de Cabet, de Louis Blanc y de otros doctos socialistas (!), mejor que en las asociaciones de Chernyshevski.»

A continuación viene toda una página de injurias contra éste y sus compañeros. El buen puestecillo que Chernyshevski se preparaba se lo ha asignado el gobierno ruso en un calabozo siberiano, mientras que Bakunin, en su calidad de obrero de la revolución europea, libre de ese peligro, se limitaba a sus manifestaciones desde fuera. Y fue precisamente en el momento en que el gobierno prohibía rigurosamente pronunciar siquiera el nombre de Chernyshevski en la prensa, cuando los señores Bakunin y Netscháiev lo atacaron.

Nuestros revolucionarios «amorfos» (sin forma) prosiguen:

«Emprendemos la destrucción de este podrido edificio social... Venimos del pueblo, con la piel desgarrada por los dientes del orden actual, guiados por el odio a todo lo que no es pueblo, sin noción alguna de deberes morales ni de consideración alguna hacia esta sociedad que odiamos y de la que sólo esperamos males. No tenemos más que un único plan negativo e invariable: el de la destrucción inexorable. Renunciamos categóricamente a la elaboración de las futuras condiciones de vida; semejante intento sería incompatible con nuestra actividad, y por eso consideramos inútil todo trabajo puramente teórico del intelecto... Asumimos exclusivamente la destrucción del orden social presente.»

Los dos «manifestantes desde fuera» dan a entender que el atentado contra el zar en 1866 formaba parte de la «serie» de actos tododestructores de su sociedad secreta:

«Fue Karakósov quien, el 4 de abril de 1866, inició nuestra obra sagrada. Desde entonces despierta en la juventud la conciencia de su poder revolucionario. ¡Fue un ejemplo, un hecho! Ninguna propaganda puede tener tan gran importancia.»

Luego presentan una larga lista de «criaturas» consagradas por el comité a la muerte inmediata. A varias se les debe «arrancar la lengua...», pero

«no tocamos al zar... lo reservamos para el tribunal del pueblo, de los campesinos; este derecho pertenece a todo el pueblo... que nuestro verdugo viva, pues, hasta el momento de la tormenta popular...»

Nadie se atreverá a poner en duda que estos volantes rusos, los estatutos secretos y los escritos publicados por Bakunin en 1869 en lengua francesa proceden de la misma fuente. Al contrario, estas tres clases de escritos se complementan entre sí. Corresponden, en cierto modo, a los tres grados de iniciación de la famosa sociedad secreta tododestructora. Los folletos franceses {5} están escritos para los aliancistas comunes, cuyos prejuicios se respetan. Sólo se les habla de la anarquía pura, del antiautoritarismo, de la libre federación de grupos autónomos y de otras cosas igualmente rancias: puro galimatías. Los estatutos secretos están destinados a los hermanos internacionales de Occidente; allí la anarquía se convierte en el «completo desencadenamiento de la vida popular... de las malas pasiones», pero en medio de esta anarquía existe el elemento rector secreto: precisamente esos hermanos; sólo se les dan algunas vagas insinuaciones sobre la moral aliancista, tomada de San Ignacio de Loyola; se menciona sólo la necesidad de no dejar piedra sobre piedra, porque en Occidente todavía se nutre uno de prejuicios filisteos y se requiere cierta indulgencia. Se les dice que la verdad, demasiado deslumbrante para ojos aún no habituados al verdadero anarquismo, sólo se revelará plenamente en el programa de la sección rusa. Únicamente a los anarquistas natos, al pueblo elegido, a su juventud de la Santa Rusia, se atreve el profeta a hablar abiertamente. Allí la anarquía se convierte en la destrucción total universal, la revolución en una serie de asesinatos, primero individuales y luego masivos; la única regla de conducta es la moral jesuítica llevada al extremo; el arquetipo del revolucionario es el bandido. Allí se prohíbe a la juventud el pensamiento y la ciencia como ocupaciones mundanas que podrían llevarla a dudar de la ortodoxia tododestructora. Quien se obstinara en sus herejías teóricas o se atreviera a aplicar la medida de la crítica común al amorfismo general, es amenazado con la santa inquisición. Ante la juventud rusa, el Papa ya no necesita imponerse contención alguna, ni en el contenido ni en la forma. Allí da rienda suelta a su lenguaje. La absoluta falta de ideas se expresa en un galimatías tan ampuloso que resulta imposible reproducirlo en una lengua occidental sin atenuar lo grotesco. Este lenguaje mismo ni siquiera es ruso: es tártaro, como lo ha declarado un ruso. Estos hombrecillos de cerebros encogidos se inflan con frases espeluznantes para aparecer ante sus propios ojos como gigantes revolucionarios. Es la vieja historia de la rana y el buey.

¡Qué terribles revolucionarios! Quieren destruirlo todo, «absolutamente todo» y amorfizarlo (hacerlo completamente sin forma); confeccionan listas de proscripción cuyas víctimas están consagradas a sus puñales, su veneno, su cuerda, las balas de sus revólveres. A varias incluso les «arrancarán la lengua», pero se inclinan ante la majestad del zar. Sin embargo, el zar, los funcionarios, la nobleza, la burguesía pueden dormir tranquilos. La Alianza no combate a los Estados constituidos, sino a los revolucionarios que no quieren rebajarse a ser figurantes de esta tragicomedia. ¡Paz a los palacios, guerra a las chozas! Se calumnia a Chernyshevski; se comunica a los redactores del Volkssache que se les hará callar «por diversos medios prácticos que tenemos en la mano»; la Alianza amenaza con el asesinato alevoso a todos los revolucionarios que no van con ella. Ésta es la única parte de su programa tododestructor cuya ejecución ha comenzado. Pasemos ahora a su primera hazaña en este terreno.

——————————

Desde abril de 1869, Bakunin y Netscháiev comenzaron a preparar el terreno para la revolución en Rusia. Enviaban cartas, proclamas y telegramas desde Ginebra a Petersburgo, Kiev y otras ciudades. Sabían, sin embargo, que no se puede enviar a Rusia cartas, proclamas y, sobre todo, telegramas sin que la Tercera Sección (la policía secreta) tome conocimiento de ello. Todo esto no podía tener otro fin que el de comprometer a las gentes. El proceder cobarde de estos individuos, que en su bonita ciudad de Ginebra no corrían peligro alguno, provocó numerosas detenciones en Rusia. Y eso que los señores estaban advertidos del peligro que provocaban. Tenemos la prueba en la mano de que el siguiente pasaje de una carta de Rusia fue comunicado a Bakunin:

«Le ruego {6} que haga decir a Bakunin que, si tiene algo sagrado en la revolución, deje de enviar sus insensatas proclamas, que en varias ciudades dan origen a persecuciones, a detenciones y paralizan toda actividad seria.»

Bakunin respondió que aquello no era nada y que Netscháiev había partido para América. Pero el código secreto de Bakunin prescribe, como se verá más adelante, «comprometer completamente a los ambiciosos y liberales de los diversos matices..., de modo que les sea imposible la retirada, y luego servirse de ellos». (Catecismo revolucionario, § 19.)

He aquí una muestra de ello. El 7 de abril de 1869, Netschajew escribió a la señora Tomilowa, esposa de un coronel fallecido desde entonces de pesar a consecuencia de su arresto, «que en Ginebra había una cantidad ingente de trabajo por hacer», y le insistió en que enviara a un hombre de confianza con quien pudiera entenderse. «El asunto sobre el cual debemos ponernos de acuerdo no concierne solamente a
nuestro trato
, sino al de toda Europa. Aquí el asunto está que hierve. Se prepara una sopa que toda Europa será incapaz de apurar. Dése prisa, pues.» Sigue a continuación la dirección de Ginebra. Esta carta no llegó a su destino; fue confiscada en correos por la policía secreta y provocó el arresto de la señora Tomilowa, a quien no le fue presentada hasta la instrucción del sumario. (Informe sobre el proceso Netschajew, "Petersb. Ztg.", núm. 187.)
(6)

He aquí otra prueba de cuán astutamente se condujo Bakunin en la organización de su conspiración. Un estudiante de la academia de Kiev, Mawrizki, recibió proclamas de Ginebra dirigidas a su nombre. Las envió inmediatamente al gobierno, el cual se apresuró a enviar a Ginebra a un hombre de confianza, es decir, un espía de la policía. Bakunin y Netschajew entablaron de inmediato relaciones confidenciales con este «delegado del sur de Rusia», le entregaron proclamas así como direcciones de personas que Netschajew pretendía haber conocido en Rusia, y le dieron una carta que no podía ser sino una carta de confianza y recomendación ("St. Petersburger Zeitung", núm. 187).

El 3 de septiembre (15 de septiembre según el nuevo estilo) de 1869, Netschajew se presentó en Moscú ante un joven, Uspenski, a quien había conocido antes de su partida al extranjero, como emisario delegado del comité revolucionario general de Ginebra, y le mostró el mandato arriba transcrito. Le comunicó que otros emisarios de este comité europeo vendrían a Moscú con
idénticos mandatos
, y que él tenía la misión de «organizar una sociedad secreta entre la juventud estudiantil, ... a fin de provocar el levantamiento popular en Rusia». Por recomendación de Uspenski, Netschajew, para encontrar un alojamiento seguro, se dirigió a la academia de agricultura situada en un barrio apartado y se puso en contacto con Iwanow, uno de los estudiantes más conocidos por su celo a favor de los intereses de la juventud y del pueblo. A partir de ese momento, la academia de agricultura se convirtió en el centro de su actividad. Se presentó primeramente bajo un nombre falso, contó que había viajado mucho por Rusia, que en todas partes el pueblo estaba dispuesto a la insurrección y que ya lo habría hecho hacía mucho tiempo de no ser por el consejo que le daban los revolucionarios de tener paciencia hasta la culminación de su grande y poderosa organización, que debía unir todas las fuerzas revolucionarias de Rusia. Instó a Iwanow y a otros estudiantes a ingresar en esta sociedad secreta, que tenía un comité todopoderoso, en cuyo nombre se hacía todo, pero cuya sede y composición debían permanecer desconocidas para los miembros. ¡Este comité y esta organización constituían la rama rusa de la
Unión general, de la alianza revolucionaria, de la Asociación Internacional de los Trabajadores
!
(7)

Netschajew comenzó por distribuir entre los estudiantes las arriba citadas "Palabras", para mostrarles que Bakunin, el famoso revolucionario de 1848, el fugitivo de Siberia, desempeñaba un gran papel en Europa, que era el apoderado general de los obreros, que firmaba mandatos del comité central de la asociación universal y que este héroe les aconsejaba abandonar sus estudios, etc. Para darles una prueba elocuente de una abnegación que llegaba hasta la muerte, les leyó un poema de Ogarjow, amigo de Bakunin y redactor del "Kolokol" de Herzen, titulado: "El
Estudiante"
y dedicado a «su joven amigo Netschajew». Éste era presentado en él como el modelo ideal del estudiante, como «el luchador incansable desde la infancia»; Ogarjow describía en él cómo el trabajo vivo de la ciencia enseñó a Netschajew a soportar los tormentos de su juventud, cómo creció su abnegación por el pueblo, cómo, perseguido por la venganza del zar y el terror de los boyardos, se entregó a la vida nómada (skitanie, vagabundeo), cómo emprendió la peregrinación para gritar a todos los campesinos, de levante a poniente
{7}
: ¡Uníos, alzaos con valor, etc.; cómo acabó su vida en trabajos forzados en las nieves de Siberia, y cómo él, que no era un hipócrita, se mantuvo fiel a la lucha toda su vida y en su último aliento repetía aún: ¡Todo el pueblo debe conquistar su tierra y su libertad! - Esta poesía aliancista fue impresa en la primavera de 1869, mientras Netschajew se divertía en Ginebra. Fue enviada a Rusia en paquetes junto con las demás proclamas. Parece que ya el mero hecho de copiar esta poesía tenía la propiedad de infundir abnegación a los recién iniciados, pues Netschajew la hacía copiar y distribuir por orden del comité a cada nuevo admitido (declaraciones de varios acusados).

La música parece ser lo único que deba escapar al amorfismo al que la destrucción total universal someterá a todas las artes y ciencias. Netschajew ordenó en nombre del comité apoyar la propaganda mediante la
música revolucionaria
y se esforzó por encontrar una melodía con la cual pudiera ser cantada por la juventud aquella obra maestra de la poesía ("St. Petersb. Ztg.", núm. 190).

Aquella leyenda mística sobre su muerte no le impidió insinuar que bien podría ser que Netschajew estuviese todavía vivo, o incluso contar bajo sello de secreto que Netschajew se hallaba en los Urales como obrero y que había fundado allí cooperativas obreras ("St. Petersb. Ztg.", núm. 202). Hacía esta revelación especialmente a aquellos que «no valían para nada», es decir, a los que pensaban en fundar cooperativas obreras, para infundirles también a ellos admiración por el héroe fabuloso. Finalmente, en cuanto la leyenda de su fingida fuga de la fortaleza de Petersburgo y de su poética muerte en Siberia hubo preparado suficientemente los ánimos y creyó a sus discípulos bastante adoctrinados, obró su evangélica resurrección y declaró: ¡Soy yo, Netschajew en persona! Pero esta vez ya no era el Netschajew de antaño, del que los estudiantes de Petersburgo se reían y al que despreciaban, como confirmaron testigos y acusados, sino el apoderado del comité revolucionario general. El milagro de esta

transformación lo había obrado Bakunin. Netschajew había cumplido todas las condiciones que exigían los estatutos de la organización que él predicaba; se había «distinguido por hechos que el comité conocía y apreciaba»; había organizado y dirigido en Bruselas una huelga importante de la Internacional; el comité belga lo había enviado como delegado a la Internacional en Ginebra, donde se encontró con Bakunin, y puesto que según sus propias palabras «no le gustaba dormirse en sus laureles», había regresado a Rusia para iniciar la «acción revolucionaria». Aseguraba también que con él había venido a Rusia todo un estado mayor compuesto por dieciséis refugiados rusos.
(8)

Uspenski, Iwanow y cuatro o seis jóvenes más parecen haber sido los únicos en Moscú que se dejaron atrapar por todas estas supercherías. Cuatro de estos admitidos recibieron el encargo de captar nuevos adeptos y formar círculos o pequeñas secciones. El plan de organización se encuentra en los documentos del proceso; coincide en casi todos los puntos con el de la alianza secreta. El «reglamento general de la organización» fue leído en plena audiencia judicial y ninguno de los principales iniciados ha impugnado su autenticidad; por lo demás, el núm. 2 del "Tribunal del Pueblo", redactado por Bakunin y Netschajew, ha reconocido la autenticidad de los siguientes pasajes:

«La organización tiene como fundamento la
confianza
frente al individuo. — Ningún miembro sabe qué grado ocupa, si está más lejos o más cerca del centro. —
La obediencia al comité debe ser absoluta, sin objeción alguna.
— Renuncia a toda propiedad en favor del comité, que puede disponer de ella. — Todo miembro que haya captado para nuestra causa un número determinado de prosélitos, que haya dado pruebas mediante hechos del grado de sus fuerzas y capacidades, puede obtener conocimiento de este reglamento y más tarde, de manera más o menos completa, de los estatutos de la sociedad. El grado de las fuerzas y capacidades queda sujeto a la estimación del comité.»

Para engañar a los afiliados de Moscú, Netschajew les dijo que en Petersburgo la organización ya era enormemente grande, mientras que en realidad no existía allí ni un solo círculo o sección. En un momento se olvidó de sí mismo y exclamó ante uno de sus iniciados: «En Petersburgo me han sido infieles como las mujeres

y me han traicionado como los esclavos.» En Petersburgo decía, a la inversa, que la organización en Moscú hacía progresos maravillosos.

Como en esta última ciudad se reclamaba ver a un miembro del comité, invitó a un joven oficial de Petersburgo, que se interesaba por el movimiento estudiantil, a ir con él a Moscú para que viera sus círculos. El joven accedió y por el camino Netschajew lo consagró como
«delegado extraordinario del comité de la Asociación Internacional de Ginebra»
.

«Usted no sería admitido en nuestras reuniones», le dijo, «porque no es miembro, pero aquí tiene un mandato que acredita que usted es miembro de la Asociación Internacional y como tal tiene acceso.»

El mandato tenía un sello francés y decía: «El portador del presente mandato es representante apoderado de la Asociación Internacional.» Los demás acusados confirman que Netschajew les hizo creer que aquel desconocido era «el verdadero agente del comité revolucionario de Ginebra» (núms. 225 y 226, "St. Petersb. Ztg.").

Dolgow, un amigo de Iwanow, atestigua que «Netschajew, cuando hablaba de la sociedad secreta organizada con el fin de apoyar al pueblo en caso de insurrección y dirigir el levantamiento de modo que tuviera que triunfar, mencionaba también a la Asociación Internacional y señalaba que Bakunin les servía de eslabón de enlace con la Internacional» (núm. 198). Ripman aseguró que Netschajew, «para disuadirle de su idea sobre las asociaciones cooperativas, le contó que en Europa existía la Asociación Internacional de los Trabajadores, y que para alcanzar el fin perseguido por ésta bastaba con ingresar en su sociedad, de la cual existía ya una sección en Moscú» (núm. 198).

Se ve además por las declaraciones que Netschajew hacía pasar a la Internacional por una sociedad secreta y a su sociedad por una rama de la misma. También aseguraba a sus hombres de confianza que su sección de Moscú procedería con huelgas y cooperativas en gran escala, como la Internacional. Cuando el acusado Ripman le pidió el programa de la sociedad, Netschajew le leyó algunos pasajes de un documento francés sobre el fin de la sociedad; el acusado comprendió que ese documento era el programa de la Internacional, y añadió «que como se había hablado mucho en la prensa de esta sociedad, no había visto nada particularmente punible en la propuesta de Netschajew». Uno de los principales acusados, Kusnezow, dijo que Netschajew les leía el programa de la Asociación Inter

ído en voz alta (núm. 181); su hermano declara que “vio cómo se copiaba en casa de su hermano un escrito francés que debía ser el programa de la sociedad” (núm. 202). El acusado Klimin explica que se le leyó “el programa de la Asociación Internacional, junto con unas líneas escritas por Bakunin como post scriptum”…, “pero, por lo que recuerdo, ese programa estaba redactado en términos muy generales y nada decía sobre los medios para alcanzar el fin, sino que solo hablaba de la igualdad en general” (núm. 199). El acusado Gavrischev explicó que el “escrito francés, en la medida en que se podía entender su sentido, contenía una exposición de los principios de los representantes del socialismo que habían celebrado su congreso en Ginebra”. Finalmente, la declaración del acusado Sviatski nos aclara por completo este misterioso escrito francés; en el registro se halló en su poder una hoja escrita en francés con el encabezamiento:
“Programa de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista”
; declaró: “Se ha hablado mucho en los periódicos de la asociación internacional, y ello despertó en mí el interés de conocer su programa con una intención exclusivamente teórica” (“St. Petersb. Ztg.”, núm. 230). Estas declaraciones demuestran que el programa secreto de la Alianza se hizo pasar en manuscrito por el de la Internacional. La identidad del comité revolucionario universal, como cuyo emisario se presentó Necháyev, con la oficina central de la Alianza (el ciudadano B.) queda probada por la declaración del principal acusado Uspenski, quien explica que él había recogido todos los protocolos de las sesiones del círculo “para elaborar con ellos un informe para Bakunin en Ginebra”. Pryshov, uno de los principales acusados, testificó que Necháyev le había ordenado ir a Ginebra para entregar un informe a Bakunin.

Por falta de espacio no mencionamos aquí todas las mentiras, necedades, estafas y actos de violencia del agente de Bakunin que el proceso sacó a la luz. Nos limitamos a destacar los rasgos más llamativos.

Todo en esta organización era secreto. Dolgov declaró “que él había deseado, antes de entrar en esta sociedad, conocer su organización y sus medios; Necháyev le respondió que eso era un secreto y que lo sabría más tarde” (“St. Petersb. Ztg.”, núm. 198). — Cuando los miembros se permitían hacer preguntas, Necháyev les tapaba la boca diciéndoles que, según los estatutos, nadie tenía derecho a saber nada si antes no se había distinguido por alguna acción

sobresaliente (núm. 199). — “En cuanto habíamos consentido en ser miembros de la sociedad”, declara un acusado, “Necháyev empezó a aterrorizarnos con el poder y la fuerza del comité, del cual pretendía que existía y nos dirigía; decía que el comité tenía su policía, y que si alguien no cumplía su palabra o contravenía las órdenes de individuos que estaban
por encima
de nuestro círculo, el comité tomaría venganza.” El acusado confiesa que “cuando notó las estafas de Necháyev, le anunció a este su intención de retirarse por completo de ese asunto e ir al Cáucaso para restablecer su salud. Necháyev le declaró que eso no le estaba permitido y que el comité podría castigarlo con la muerte si osaba abandonar la sociedad; al mismo tiempo le ordenó que fuera a una reunión, hablara allí de la sociedad secreta para reclutar adeptos y leyera también el poema sobre la muerte de Necháyev. Como el acusado se negaba a obedecer, Necháyev lo amenazó: Usted no está aquí para discutir, exclamó. Usted está obligado a obedecer sin réplica las órdenes del comité.” (núm. 198.) — Si esto fuera un hecho aislado, se podría poner en duda, pero varios acusados, que no tenían posibilidad de comunicarse entre sí, atestiguan exactamente lo mismo. — Otro declara que los miembros del círculo, cuando se dieron cuenta de que habían sido engañados, deseaban abandonar la sociedad, pero no se atrevían por miedo a la venganza del comité (núm. 198).

Un testigo dijo, hablando de uno de sus amigos acusados: El acusado Florinski ya no sabía cómo librarse de Necháyev, que le impedía trabajar; el testigo le aconsejó que abandonara Moscú y se retirara a Petersburgo, pero Florinski le respondió que Necháyev lo encontraría tanto en Petersburgo como en Moscú, que Necháyev violentaba las convicciones de un gran número de jóvenes y los aterrorizaba; lo que Florinski parecía temer más era una denuncia por parte de Necháyev. “Se decía, y yo lo había oído, atestiguó Lichutin, que Necháyev enviaba desde el extranjero cartas redactadas en términos muy violentos a sus conocidos para comprometerlos y hacer que los arrestaran. Este modo de actuar era un rasgo de su carácter” (núm. 186). — Yenisherov declara incluso que empezó a considerar a Necháyev como un agente del gobierno.

En una pequeña sesión del círculo, un miembro, Klimin, respondió al desconocido que asistía a la sesión en calidad de emisario y que expresaba

su descontento con el comportamiento del círculo, “que ellos también estaban descontentos; al principio se les había dicho a los reclutados que cada sección podía actuar más o menos independientemente, sin que se exigiera de sus miembros una obediencia ciega, pero luego se adoptó un tono completamente distinto y el comité los convertía literalmente en esclavos” (núm. 199). — Necháyev daba sus órdenes en papeletas con el sello: “Sección rusa de la Alianza revolucionaria universal, sello público”, y las formulaba del siguiente modo: “El comité os ordena…”, hacer esto o aquello, ir aquí o allá, etc.

Un joven oficial que se sintió decepcionado quiere abandonar la sociedad. Necháyev parece dar su consentimiento, pero exige un rescate. Hay que proporcionarle una letra de cambio por 6.000 rublos con la firma de Kolachevski. Tanto Kolachevski como sus hermanas habían tenido que sufrir una larga detención en 1866, tras el atentado de Karakózov. En la época en que se desarrolla esta historia, una de las hermanas se encontraba por segunda vez en prisión por asuntos políticos. Toda la familia estaba bajo la más estricta vigilancia policial, y Kolachevski podía esperar un nuevo arresto en cualquier momento. Necháyev aprovechó esta situación; por orden suya, el joven oficial del que hablamos más arriba invitó a Kolachevski a su casa bajo un pretexto falso, entabló con él una conversación y le entregó proclamas, que este aceptó por curiosidad. Apenas sale Kolachevski a la calle, un oficial se le acerca y le ordena que lo siga; es funcionario de la tercera sección (policía secreta) y sabe que Kolachevski lleva consigo proclamas subversivas. Ahora bien, la mera posesión de tales papeles es más que suficiente para acarrear a alguien varios años de prisión preventiva y exponerlo a una condena a trabajos forzados, si ese alguien tiene la desgracia de haber estado ya comprometido en un asunto político. El supuesto agente de la tercera sección invita a Kolachevski a subir a un carruaje, y allí le ofrece la posibilidad de rescatarse mediante la firma inmediata de una letra de 6.000 rublos. Ante la perspectiva segura de ir a Siberia en caso contrario, Kolachevski firmó. Al día siguiente, otro joven, Negreskul, se enteró de esta historia; su sospecha recayó de inmediato sobre Necháyev; buscó al supuesto agente de la tercera sección y le exigió cuentas de su granujería. Necháyev lo negó todo; la letra se mantuvo oculta y solo se volvió a encontrar más tarde en los registros domiciliarios.

El descubrimiento de la conspiración y la huida de Necháyev habían hecho imposible el cobro. — Negreskul conocía a Necháyev desde hacía tiempo. En Ginebra había sido víctima de una de sus estafas; luego Bakunin había intentado atraérselo. Más tarde le extorsionaron cien rublos (núm. 230). Finalmente fue comprometido por Necháyev, aunque odiaba a este y lo tenía por capaz de toda bajeza. Fue arrestado y murió en prisión.

Como vimos, Ivánov figuraba entre los primeros reclutados por Necháyev. Era uno de los estudiantes más queridos e influyentes de la Academia de Agricultura de Moscú. Se dedicaba a mejorar la situación de sus compañeros y organizó cajas de apoyo y comedores, en los que los estudiantes pobres recibían la comida gratuitamente y que al mismo tiempo servían de pretexto para reuniones en las que se discutían cuestiones sociales. Todo su tiempo libre lo dedicaba a la enseñanza de los hijos de los campesinos que vivían en los alrededores de la Academia. Sus compañeros le dieron el testimonio de que hacía todo con pasión, dando su último kopek y pasando muy a menudo sin alimentos calientes.

Ivánov quedó perplejo ante la necedad de las violentas proclamas de Necháyev y Bakunin. No podía comprender por qué el comité ordenaba difundir las “Palabras”, el “Canto fúnebre” de Ogariov, el “Tribunal del pueblo”, e incluso el “Llamamiento a la
{8}
nobleza” de Bakunin, una proclama completamente aristocrática
(9)

Empezó a perder la paciencia y preguntaba dónde estaba el comité, qué hacía, cómo era ese comité que siempre daba la razón a Necháyev y se la quitaba a todos los demás miembros. Manifestó el deseo de ver a alguien de este comité; para ello había adquirido el derecho, ya que el propio Necháyev lo había elevado a un grado que correspondía al de miembro de un comité nacional de la Alianza secreta. Fue en esta ocasión cuando Necháyev salió del apuro montando la comedia antes relatada con el emisario de la Internacional de Ginebra.

Un día, Necháyev ordenó entregar al comité el dinero destinado a la caja de apoyo mutuo de los estudiantes. Ivánov protestó contra ello y se entabló una disputa. Otros camaradas lo convencieron de que se sometiera a la decisión del comité, pues se habían adherido a los estatutos, que prescribían dicho sometimiento. Cediendo a su insistencia, Ivánov transigió y lo aceptó de mala gana. A partir de ese momento, Necháyev caviló cómo deshacerse de este hombre, al que probablemente consideraba un revolucionario doctrinario que debía ser eliminado. Entabló con Uspenski conversaciones teóricas sobre el castigo, la aniquilación de los miembros desleales que, por su insubordinación, podían comprometer y destruir toda la inmensa organización secreta.

La manera como Necháyev dirigía la organización secreta era, desde luego, apropiada para suscitar dudas sobre su carácter serio. Las secciones debían celebrar sesiones regularmente para examinar los registros académicos de los estudiantes y señalar a aquellos cuyo reclutamiento se consideraba deseable, así como para encontrar medios de crear fondos. Entre estos medios figuraban las listas de suscripción para “estudiantes que habían sufrido”, es decir, los que habían sido deportados por vía administrativa; el producto de estas listas iba directamente al bolsillo del comité de Necháyev. Había que procurarse toda clase de disfraces, que se guardaban en lugar seguro y que sirvieron más tarde a Necháyev para disfrazarse en su huida. Sin embargo, la principal ocupación

consistía en copiar el “Totengesang” y las proclamas arriba citadas. Los conspiradores debían anotar con la mayor exactitud posible todo lo tratado en sus reuniones, y Netschajew los amenazaba con el comité, que tenía espías por todas partes, si osaban ocultar algo. Cada uno de ellos debía traer a su círculo informes escritos sobre todo lo que había hecho desde la última reunión, y de todos estos informes se hacía un extracto para enviárselo a Bakunin.

Todo este proceder pueril e inquisitorial hizo que Iwanow dudara incluso de la existencia del comité y del poder tan cacareado de la organización; empezó a notar que todo se limitaba a una explotación sin sentido y a mentiras descomunales, y confesó a sus allegados que, si la cosa no se ponía en marcha y no se les ocupaba más que con jueguecitos, se separaría de Netschajew y fundaría él mismo una organización seria.

Precisamente entonces Netschajew tomó una medida enérgica: ordenó fijar sus proclamas en las salas de los comedores estudiantiles. Iwanow veía en la fijación de esas proclamas el cierre de los comedores, la prohibición de las reuniones, la dispersión de los mejores estudiantes. Se opuso a esa medida. (En efecto, el establecimiento de manutención de los estudiantes fue clausurado, y todos los delegados elegidos para su administración fueron deportados.) A raíz de esto se entabló la disputa; Netschajew repitió otra vez su frase estereotipada: “¡Es la orden del comité!”

Iwanow está sumido en la mayor desesperación. El 20 de noviembre de 1869 se presenta ante un miembro de la sección
{9}
y le declara que se retira de aquella sociedad; Pryshow comunica esta declaración a Uspenski, el cual, a su vez, informa a toda prisa a Netschajew. Pocas horas después, estas tres personas se reúnen en casa de Kusnezow, donde también reside Nikolajew. Allí Netschajew declara que hay que castigar a Iwanow por su insubordinación contra las órdenes del comité y deshacerse de él, para impedirle que les cause más daños. Kusnezow, amigo íntimo de Iwanow, parece no comprender la intención de Netschajew; entonces éste declara que hay que matar a Iwanow. Pryshow exclama entonces, dirigiéndose a Kusnezow: Netschajew está loco, quiere matar a Iwanow; hay que impedírselo. Netschajew pone fin a sus escrúpulos con su frase habitual: “¿Queréis también vosotros rebelaros contra las órdenes del comité? Si no se le puede matar de otro modo, esta noche iré con Nikolajew a su cuarto y allí lo estrangularé.” Luego propone atraer a Iwanow de noche a una gruta del parque de la Academia, con el pretexto de desenterrar una imprenta que llevaba allí escondida desde hacía tiempo, y asesinarlo allí.

Así, el propio Netschajew, en este momento decisivo, rendía homenaje a la abnegación de Iwanow. Estaba convencido de que Iwanow, a pesar de su retirada, acudiría a ayudarle a desenterrar la imprenta, y de que no sería capaz de traicionarlo, pues, si hubiera tenido esa intención, lo habría hecho antes de manifestar su retirada o inmediatamente después. Si Iwanow hubiera querido denunciarlo a la policía, ahora tenía ocasión de hacerlo detener en flagrante delito. Pero, por el contrario, Iwanow se alegró de encontrar por fin una prueba positiva de la existencia de esa organización, un signo tangible de que poseía algún medio de acción, aunque no fuera más que caracteres tipográficos. Olvidó todas las amenazas que Netschajew había proferido tantas veces contra los infieles; abandonó precipitadamente a un amigo con quien estaba tomando el té y a cuya casa había ido Nikolajew a buscarlo por orden de Netschajew, y acudió a la cita.

En la oscuridad de la noche, Iwanow se acerca sin recelo a la gruta. De pronto suena un grito; alguien le salta por detrás. Empieza una lucha terrible; solo se oye el aullido de Netschajew y el estertor de su víctima, a la que estrangula con las manos; suena un disparo e Iwanow está muerto. La bala del revólver de Netschajew le había atravesado la cabeza. “¡Rápido, cuerdas, piedras!” grita Netschajew, mientras registra los bolsillos del asesinado para sacar el dinero y los papeles. Luego arrojan el cadáver a un estanque.

Los asesinos regresan a casa de Kusnezow y allí toman medidas para ocultar las huellas de su crimen. Queman la camisa ensangrentada de Netschajew. Todos los cómplices están sombríos y abatidos. De pronto suena un segundo disparo de revólver y una bala pasa zumbando junto a la oreja de Pryshow. Netschajew se disculpa: “Quería enseñar a Nikolajew cómo funciona su revólver”. Los testigos declararon unánimemente que aquello fue un nuevo atentado. Netschajew quería matar a Pryshow porque éste se había atrevido a protestar por la mañana contra el asesinato de Iwanow.

Inmediatamente después, Netschajew abandona apresuradamente Moscú y se traslada con Kusnezow a Petersburgo, dejando a Uspenski que se ocupe de lo demás en Moscú. En Petersburgo finge seguir ocupándose de su organización; pero, para gran asombro suyo, Kusnezow descubre que allí hay aún menos organización que en Moscú. Entonces, por fin, se atreve a preguntar a Netschajew: “¿Dónde está el comité? ¿Acaso eres tú?” — Netschajew sigue negándolo y asegura que el comité existe. Regresa a Moscú y confiesa a Nikolajew que, puesto que Uspenski ya ha sido arrestado, a todos los demás les aguarda lo mismo en breve, y que “no sabe qué hacer”. Entonces Nikolajew, su más fiel, se decide a preguntarle si aquel maravilloso comité existe realmente o si solo lo compone Netschajew. — “Sin responder directamente a esta pregunta, me dijo que todos los medios son lícitos para atraer a la gente a semejante empresa, que esa regla se practica también en el extranjero, que Bakunin la sigue igual que otros, y que si tales hombres actúan de ese modo, es natural que él, Netschajew, hiciera lo mismo” (núm. 181). A continuación ordena a Nikolajew que vaya con Pryshow a Tula para sonsacar un pasaporte a un obrero con el que Netschajew había trabado amistad anteriormente. Más tarde, él mismo se dirige a Tula, donde ruega a la señora Alexandrowskaja que lo acompañe a Ginebra; le dice que es absolutamente necesario para él.

La señora Alexandrowskaja estaba muy comprometida desde los disturbios de 1861 y 1862; incluso había sido encarcelada, ocasión en la que su conducta dejó mucho que desear. En un arrebato de franqueza, había hecho a los jueces una confesión por escrito, y esa confesión había comprometido a muchas personas. Más tarde fue internada en una ciudad de provincias bajo vigilancia policial. Como temía no obtener un pasaporte, Netschajew le consiguió uno, no se sabe cómo. Cabe preguntarse por qué Netschajew buscaba la compañía de una mujer cuya sola presencia bastaba para provocar su detención en la frontera. Sin embargo, amparándose en la señora Alexandrowskaja, llegó sano y salvo a Ginebra, y mientras los pobres diablos a los que había engañado eran arrojados al calabozo, él y Bakunin fabricaban el segundo número del “Volksgericht”. Bakunin se sintió sumamente halagado en su orgullo al leer en el “Journal de Genève” sobre la conspiración de Netschajew, cuya dirección se le atribuía; en ello olvidó que su “Volksgericht” pretendía haberse impreso en Moscú, y llenó una página entera con el artículo del “Journal de Genève” en francés. Apenas estuvo listo el periódico, la señora Alexandrowskaja recibió el encargo de introducirlo de contrabando en Rusia junto con otras proclamas. En la frontera, un agente de la tercera sección esperaba a la señora Alexandrowskaja, le quitó el paquete y la detuvo. A continuación ella le entregó una lista con nombres que sólo Bakunin podía conocer. — Uno de los acusados en el caso Netschajew, y precisamente uno de sus más allegados, declaró ante el tribunal que “antes había tenido a Bakunin por un hombre de honor, y que no podía comprender cómo él y otros habían podido exponer a aquella mujer a la detención de manera tan cobarde”.
(10)
Cuando en el congreso de La Chaux-de-Fonds Utin intentó desvelar las infamias de Netschajew, Guillaume le cortó la palabra diciendo que hablar de aquellos hombres era hacer de espía; el propio Bakunin escribió en “La Marseillaise” como si acabara de regresar “de un largo viaje a países lejanos, donde los periódicos libres no pueden entrar”, para hacer creer que las cosas tomaban en Rusia un giro tan revolucionario que su presencia allí había sido necesaria.

Llegamos ahora al desenlace del nudo de la tragicomedia de la Alianza rusa. En 1859, Herzen había recibido de un joven ruso un legado de 25.000 francos para hacer con él propaganda revolucionaria en Rusia. Herzen, que nunca había querido entregar esa suma a nadie, se dejó persuadir sin embargo por Bakunin; éste logró hacerse con el dinero bajo el pretexto de que Netschajew era el representante de una organización secreta vastamente ramificada y poderosa. Netschajew se creyó entonces autorizado a exigir su parte; pero los dos hermanos internacionales, a quienes el asesinato de Iwanow no había podido dividir, riñeron por la cuestión del dinero. Bakunin se negó a dárselo. Netschajew abandonó Ginebra y en la primavera de 1870 publicó en Londres un periódico ruso, “Die Kommune” (Obschtschina), en el que reclamaba públicamente a Bakunin el resto del capital que éste había recibido del difunto Herzen. De aquí vemos que los hermanos internacionales “nunca se atacan unos a otros ni ventilan sus disputas ante el público”.

——————————

El primer artículo del segundo número del “Volksgericht” contiene de nuevo un canto fúnebre en prosa poética dedicado al eternamente muerto y eternamente vivo Netschajew. Esta vez el héroe había sido estrangulado por gendarmes que lo arrastraban a Siberia. Había sido detenido en Tambow, disfrazado de obrero, mientras estaba en una taberna. Esta detención había causado extraordinaria agitación en los círculos gubernamentales. Solo se hablaba del “Netschajew disfrazado... de denuncias... de sociedades secretas... de bakuninistas... de revolución”. Al morir Netschajew, el gobernador de Perm envió un telegrama a Petersburgo; este telegrama se cita textualmente. Otro telegrama, también citado palabra por palabra, se envía a la tercera sección, y el “Volksgericht” sabe perfectamente que “el jefe de policía, al recibir este telegrama, saltó de su silla y esbozó todo el resto de la tarde una sonrisa maliciosa”. Así murió, por segunda vez, Netschajew.

El asesinato de Iwanow se admite, pero se lo califica de

“un acto de venganza de la sociedad, ejecutado en un miembro por haberse apartado de su deber. La lógica rigurosa de los verdaderos trabajadores de la obra no debe retroceder ante un hecho que conduce al éxito de la obra, y menos aún ante hechos que salvan la obra y apartan su perdición.”

El “éxito de la obra” a los ojos de Bakunin era el arresto de ochenta jóvenes.

El segundo artículo lleva por título: «Sí, quien no está con nosotros, está contra nosotros», y contiene una glorificación del asesinato político. La suerte de Ivanov, que no es nombrado, es amenazada a todos los revolucionarios que no se adhieran a la Alianza;

«Ha llegado el momento decisivo… las operaciones guerreras entre ambos campos han comenzado… ya no es posible permanecer neutral; querer mantenerse en el medio sería como colocarse entre dos ejércitos enemigos en el instante en que éstos abren fuego; sería exponerse inútilmente a la muerte, caer bajo las metrallas de uno o de otro, sin posibilidad de defensa. Sería cargar con los knutazos y suplicios de la tercera sección o caer bajo las balas de nuestros revólveres.»

Sigue luego una aparentemente irónica acción de gracias al gobierno ruso por «su cooperación en el desarrollo y el acelerado progreso de nuestra obra, que se acerca con paso alado a su tan anhelada consumación». En efecto. En el instante mismo en que nuestros dos héroes daban gracias al gobierno por precipitar la «tan anhelada consumación», todos los miembros de su pretendida sociedad secreta habían sido detenidos. – A esto se enlaza un nuevo llamamiento. Sus «brazos están abiertos para acoger todas las fuerzas frescas y honorables», pero al mismo tiempo se les informa que, una vez abrazados por ese abrazo, deberán someterse a todas las exigencias de la sociedad secreta, «que toda renuncia, toda retirada de la sociedad que se realice a sabiendas por falta de fe en la verdad y justicia de ciertos principios, conduce también a la tachadura de la lista de los vivos». Luego nuestros dos héroes se burlan de los detenidos, diciendo que son solo pequeños liberales; los verdaderos miembros de la organización están protegidos por la sociedad secreta, la cual no permitiría su detención.

El tercer artículo lleva el título:
«Fundamentos principales del orden social del futuro».
Este artículo prueba que, si se castiga a los mortales ordinarios por toda reflexión sobre la organización social del futuro como si fuese un crimen, ello ocurre tan solo porque los jefes ya lo han puesto todo en claro.

«El fin del presente
orden y la renovación de la vida con ayuda de los nuevos principios solo puede alcanzarse
mediante la concentración de todos los medios de la existencia social en manos de
nuestro comité
y mediante la proclamación de la obligación del trabajo físico para todos.

El comité decreta, inmediatamente después del derrocamiento de las actuales instituciones, que toda propiedad es bien común; ordena la fundación de sociedades obreras (arteles) y publica al mismo tiempo tablas estadísticas elaboradas por peritos, que señalan, en un lugar dado, los ramos industriales más necesarios, así como aquellos que allí podrían tropezar con obstáculos.

Durante un plazo determinado, colmado por la transformación revolucionaria y las perturbaciones que inevitablemente la acompañan, cada individuo debe ingresar en algún artel por él escogido… Todos aquellos que, sin motivo suficiente, persistan en su aislamiento y no se adhieran a ningún grupo obrero, no tienen derecho a ser admitidos en las casas comunes de comida, en los dormitorios, ni en ningún otro edificio destinado a satisfacer las diversas necesidades de los hermanos trabajadores, o a guardar los productos, materiales, víveres o herramientas que sirven para los distintos ramos de la recién fundada sociedad obrera; en una palabra, quien sin motivo suficiente

no se haya adherido a ningún artel, se queda sin medios de existencia. Todos los caminos y medios de comunicación le quedan cerrados; no le queda otra salida que el trabajo o la muerte.»

Cada artel elige su tasador (otzienschtschik), que regula el curso del trabajo, lleva cuenta de la producción y el consumo, así como de la productividad de cada trabajador, y sirve de intermediario entre el artel y la oficina común del lugar. La oficina está compuesta por miembros elegidos por los arteles del lugar; efectúa el intercambio entre los arteles, administra todos los establecimientos sociales (dormitorios, casas de comida, escuelas, hospitales) y dirige todos los trabajos públicos:

«Todos los trabajos comunes están bajo la administración de la oficina, mientras que todos los trabajos individuales, para los cuales se requiere especial destreza y habilidad artística, son ejecutados separadamente por los arteles.»

Luego viene un largo reglamento sobre educación, horas de trabajo, lactancia de los niños, concesión de dispensa de trabajo a los inventores, etc.

«Con la actividad completamente pública y sometida al conocimiento general de cada individuo, desaparece sin rastro y para siempre toda ambición, tal como hoy se la entiende, y toda mentira… Entonces cada uno se esforzará por producir lo más posible para la comunidad y consumir lo menos posible, y todo el orgullo, toda la ambición del trabajador consistirá en la conciencia de su utilidad social.»

¡Una magnífica muestra de comunismo de cuartel! Ahí lo tenemos todo: dormitorios y casas de comida comunes, tasadores y oficinas para la tutoría de la educación, la producción, el consumo, en una palabra, de toda actividad social, y por encima de todo ello, la dirección suprema de
nuestro
comité anónimo y desconocido. ¡Antiautoritarismo puro, de la más pura cepa!

Para dar a este imbécil plan de organización la apariencia de una base teórica, se añade al título del artículo mismo la siguiente nota:

«Quien quiera conocer el desarrollo teórico completo de
nuestros
principios fundamentales, lo encontrará en el escrito que hemos publicado:
“Manifiesto del Partido Comunista”
.»

En efecto, se anuncia la traducción rusa del Manifiesto comunista (alemán) de 1847 (precio: un franco) en cada número del «Kolokol» de 1870, junto al llamamiento de Bakunin «A los oficiales del ejército ruso» y los dos números

del «Volksgericht». El mismo Bakunin que abusa de este Manifiesto para dar prestigio a sus fantasías tártaras en Rusia, lo ha hecho difamar por la Alianza de Europa occidental como un escrito sumamente herético, que predica las funestas doctrinas del comunismo autoritario alemán (véase la resolución de la Conferencia de Rímini, el discurso de Guillaume en La Haya, el «Bulletin du Jura» números 10 y 11, «La Federación» de Barcelona, etc.).

Ahora que todo el mundo conoce el papel al que está destinado «nuestro comité», se comprenderá fácilmente esa envidia de competencia contra el Estado y contra toda centralización de las fuerzas obreras. En efecto, mientras la clase obrera tenga sus propios órganos de representación, los señores Bakunin y Necháyev, que hacen la revolución bajo el incógnito de «nuestro comité», no lograrán convertirse en los poseedores y administradores de la riqueza social ni cosechar los frutos de aquella sublime ambición que arden por infundir a los demás: ¡trabajar mucho para consumir poco!

2. El Catecismo revolucionario

Necháyev guardaba con el mayor cuidado un librito escrito en cifra, titulado: «El Catecismo revolucionario»; afirmaba que la posesión de este libro era la característica distintiva
de todo emisario o agente de la Asociación Internacional. De todas las declaraciones, así como de las pruebas claras suministradas por los defensores, se desprende que este catecismo fue escrito por Bakunin; y éste nunca ha osado negar su paternidad. Por lo demás, la forma y el contenido de la obra muestran claramente que brota de la misma fuente que los estatutos secretos, las «Palabras», las proclamas y el «Volksgericht» de los que ya hemos hablado. El catecismo no hace más que completarlos. Estos anarquistas destructores de todo, que quieren amorfizarlo todo,
introducen la anarquía en la moral, llevando al extremo la inmoralidad de la burguesía. Ya hemos podido apreciar en algunas muestras esa moral aliancista, cuyos dogmas, de origen enteramente cristiano, fueron elaborados en detalle por primera vez por los Escobar del siglo XVII. Solo que la Alianza exagera ridículamente su modo de expresión y sustituye la santa Iglesia católica, apostólica y romana por su «obra santa» de la revolución archianarquista y destructora de todo. El Catecismo revolucionario es el código oficial de esta moral, que aquí se presenta de manera sistemática y sin velos. Lo publicamos íntegro, tal como fue leído ante el tribunal en la sesión del 8 de julio de 1871.

«Deberes del revolucionario para consigo mismo

§ 1. El revolucionario es un hombre consagrado. No tiene intereses personales, ni asuntos, ni sentimientos ni inclinaciones, ni propiedad, ni siquiera un nombre. Todo en él es absorbido por un único interés exclusivo, un único pensamiento, una única pasión: la revolución.

§ 2. En lo más profundo de su ser, no solo de palabra, sino también de obra, ha roto por completo con el orden burgués y con todo el mundo civilizado, con las leyes, los usos, la moral y las costumbres comúnmente reconocidos en ese mundo. Es su enemigo irreconciliable, y si sigue viviendo en ese mundo, es solo para destruirlo con mayor seguridad.

§ 3. El revolucionario desprecia todo doctrinarismo y renuncia a la ciencia del mundo actual, que deja a las generaciones futuras. Solo conoce una ciencia: la destrucción. Para eso, y solo para eso, estudia mecánica, física, química y quizá también medicina. Con el mismo fin estudia día y noche la ciencia viva: los hombres, los caracteres, las relaciones, así como todas las condiciones del orden social presente en todos los terrenos posibles. El fin es el mismo: la destrucción más rápida y segura de ese asqueroso (poganyi) orden mundial.

§ 4. Desprecia la opinión pública. Desprecia y odia la moral social actual en todos sus móviles y en todas sus manifestaciones. Para él, es moral todo lo que favorece el triunfo de la revolución; inmoral y criminal, todo lo que lo obstaculiza.

§ 5. El revolucionario es un hombre consagrado (que ya no se pertenece a sí mismo)
, no tiene indulgencia para con el Estado en general ni para con toda la clase civilizada de la sociedad, y tampoco debe esperar indulgencia para sí mismo. Entre él y la sociedad reina una guerra a muerte, abierta o secreta, pero siempre ininterrumpida e irreconciliable. Debe acostumbrarse a soportar todo suplicio.

§ 6. Severo consigo mismo, debe serlo también con los demás. Todos los sentimientos de afecto, las sensaciones debilitantes del parentesco, la amistad, el amor, la gratitud, deben ser sofocados en él por la única y fría pasión

de la obra revolucionaria. Para él no existe más que un goce, un consuelo, una recompensa, una satisfacción: el triunfo de la revolución. Día y noche no debe tener más que un pensamiento, un solo fin: la destrucción implacable. Mientras persigue este fin con sangre fría e incesantemente, debe estar dispuesto a morir y, asimismo, a matar con sus propias manos a todo aquel que le impida alcanzar esa meta.»

§ 7. La naturaleza del verdadero revolucionario excluye todo romanticismo, toda sensiblería, todo entusiasmo y todo arrebato; excluye incluso el odio personal o la venganza. La pasión revolucionaria, convertida en él en un hábito cotidiano y constante, debe estar aparejada con un cálculo frío. Siempre y en todas partes debe obedecer no a sus impulsos personales, sino únicamente a lo que le prescribe el interés general de la revolución.

Deberes del revolucionario para con sus compañeros de revolución

§ 8. El revolucionario sólo puede albergar amistad y afecto hacia quien haya demostrado con hechos que es igualmente agente de la revolución. El grado de amistad, devoción y demás obligaciones para con un compañero semejante se mide únicamente por su utilidad en la obra práctica de la revolución totalmente destructora (vserasruschitelnoi).

§ 9. Es superfluo hablar de la solidaridad entre los revolucionarios; en ella descansa todo el poder de la obra revolucionaria. Los compañeros de revolución que se hallen a la misma altura de comprensión revolucionaria y de pasión revolucionaria deben, en la medida de lo posible, deliberar conjuntamente sobre todos los asuntos importantes y adoptar sus resoluciones por unanimidad. En la ejecución de una cosa así decidida, cada cual debe contar, en lo posible, sólo consigo mismo. Cuando se trate de ejecutar una serie de acciones destructoras, cada cual debe actuar por su propia mano y reclamar ayuda y consejo de sus compañeros únicamente allí donde sea imprescindible para el éxito.

§ 10. Todo compañero de revolución debe tener en su mano a varios revolucionarios de segundo o tercer orden, es decir, a aquellos que aún no están plenamente iniciados. Debe considerarlos como una parte del capital revolucionario general, confiada a su disposición. Debe administrar económicamente su parte de capital y sacar de ella el mayor provecho posible. Él mismo ha de considerarse también tan sólo como un capital que se emplea para el triunfo de la obra revolucionaria, pero como un capital sobre el que no puede disponer por sí solo y sin el consentimiento de todos los compañeros plenamente iniciados.

§ 11. Cuando un camarada se halle en peligro, el revolucionario, ante la cuestión de si debe salvarlo o no, no debe consultar ningún sentimiento personal, sino única y exclusivamente el interés de la causa de la revolución. Por consiguiente, debe sopesar, de un lado, la utilidad que su camarada proporciona y, del otro, el gasto de fuerzas revolucionarias que su liberación requiere, y actuar según se incline la balanza hacia uno u otro lado.

Deberes del revolucionario para con la sociedad

§ 12. Un nuevo miembro, después de haber dado sus pruebas no con palabras, sino con hechos, sólo puede ser admitido en la Asociación por unanimidad.

§ 13. Un revolucionario entra en el mundo del Estado, en el mundo de las clases, en el mundo que se llama a sí mismo civilizado, y vive en él únicamente porque cree en su próxima y completa aniquilación. No es un revolucionario si aún está apegado a algo en este mundo.
No debe retroceder cuando se trate de desgarrar cualquiera de los lazos pertenecientes a ese viejo mundo, de destruir cualquier institución o cualquier persona.
Debe odiarlo todo y a todos por igual. Tanto peor para él si en ese mundo tiene lazos de parentesco, amistad o amor;
no es un revolucionario si esos lazos pueden detener su brazo.

§ 14. En aras de la destrucción inexorable, el revolucionario puede, e incluso debe a menudo, vivir en medio de la sociedad y, al hacerlo, preservar la apariencia de ser completamente distinto de lo que realmente es. Un revolucionario debe procurarse acceso a todas partes, en la alta sociedad como entre la clase media, en la tienda del comerciante, en la iglesia, en el palacio aristocrático, en el mundo burocrático, militar y literario, en la
tercera sección
(policía secreta) e incluso en el palacio imperial.

§ 15. Toda esa inmunda sociedad se divide en varias categorías. La primera consiste en aquellos que están consagrados a la muerte sin demora. Los compañeros deben confeccionar listas de estos condenados, ordenadas según el grado de su perversidad relativa y teniendo en cuenta el éxito de la obra revolucionaria, de modo que los primeros números sean despachados antes que los demás.

§ 16. Al confeccionar estas listas, al establecer las categorías, no debe decidir la corrupción individual de una persona, ni tampoco el odio que inspire a los miembros de la organización o al pueblo. Pues incluso esta corrupción y este odio pueden ser en cierto modo útiles, en la medida en que inciten a la insurrección popular. Sólo debe tenerse en cuenta el criterio de la utilidad que la muerte de una persona determinada pueda acarrear para la obra revolucionaria. En primer lugar deben ser aniquilados aquellos que son más funestos para la organización revolucionaria y cuya muerte violenta y repentina es la más idónea para aterrorizar al gobierno y quebrantar su poder, privándole de sus agentes más enérgicos e inteligentes.

§ 17. La segunda categoría consiste en aquellos a quienes se les deja la vida provisionalmente (¡sic!), para que, mediante una serie de actos sublevantes, empujen al pueblo a la insurrección inevitable.

§ 18. A la tercera categoría pertenece un gran número de bestias de alto rango {14} que no se distinguen ni por su inteligencia ni por su energía, pero que, en virtud de su posición, poseen riqueza, altas conexiones, influencia y poder. Hay que explotarlas de todas las maneras posibles, hay que envolverlas y confundirlas, y,
haciéndose dueño de sus sucios secretos,
convertirlas en nuestros esclavos. De este modo, su poder, sus conexiones, su influencia y su riqueza se convierten en un tesoro inagotable y en una ayuda preciosa para las más diversas empresas.

§ 19. La cuarta categoría consiste en toda suerte de funcionarios ambiciosos y en los liberales de los distintos matices. Con ellos se puede conspirar según su propio programa, fingiendo que se les sigue a ciegas. Hay que ponerlos en nuestras manos,
apoderarse de sus secretos, comprometerlos por completo,
de modo que se les haga imposible la retirada, y servirse de ellos para provocar disturbios en el Estado.

§ 20. La quinta categoría la forman los doctrinarios, conspiradores, revolucionarios, todos aquellos que sueltan verborrea en asambleas o sobre el papel. Hay que arrastrarlos y empujarlos incesantemente a manifestaciones prácticas y peligrosas, cuyo resultado será que la mayor parte de ellos desaparezca, mientras que algunos de entre ellos se desarrollen hasta convertirse en verdaderos revolucionarios.

§ 21. La sexta categoría es de gran importancia; son las mujeres, a las que hay que dividir en tres clases. A la primera pertenecen las mujeres superficiales, sin inteligencia ni corazón, de las que hay que servirse del mismo modo que de los hombres de la tercera y cuarta categoría. A la segunda clase pertenecen las mujeres apasionadas, abnegadas y capaces, que sin embargo no son de los nuestros, porque aún no han accedido a la comprensión revolucionaria práctica y sin frases; hay que utilizarlas como a los hombres de la quinta categoría. Por último, vienen las mujeres que nos pertenecen por entero, es decir, las que están plenamente iniciadas y han aceptado todo nuestro programa. Debemos considerarlas como el más precioso de nuestros tesoros, sin cuyo concurso no lograremos nada.

Deberes de la Asociación para con el pueblo

§ 22. La Asociación no tiene otro fin que la emancipación completa y la felicidad del pueblo, es decir, de la humanidad que trabaja duramente (tschernorabotschii ljud). Pero, partiendo de la convicción de que esta emancipación y esta felicidad sólo pueden alcanzarse mediante una revolución popular que todo lo destruya,
la Asociación empleará todos sus medios y fuerzas para aumentar y multiplicar los males y los sufrimientos,
que acaben por colmar la paciencia del pueblo y enciendan su insurrección de masas.

§ 23. Por revolución popular, nuestra sociedad no entiende un movimiento regulado según el modelo clásico de Occidente, que se detiene siempre ante la propiedad y el orden social tradicional de la llamada civilización y moralidad y que hasta ahora se ha limitado a proclamar la supresión de una forma política para sustituirla por otra, y a crear un llamado Estado revolucionario. La única revolución que puede ser provechosa para el pueblo es la que aniquila de raíz todo concepto de Estado y derriba todas las tradiciones, órdenes y clases del Estado en Rusia.

§ 24. Con este objetivo, la sociedad no tiene la intención de imponer al pueblo ninguna organización venida desde arriba. La organización futura surgirá sin duda del movimiento y de la vida del pueblo, pero esa es tarea de las generaciones venideras. Nuestra obra es la destrucción terrible, total, inexorable y universal.

§ 25. Por eso debemos, al acercarnos al pueblo, aliarnos ante todo con los elementos de la vida popular que desde la fundación del Estado moscovita han protestado incesantemente, no sólo con palabras, sino también con hechos, contra todo lo que está directa o indirectamente ligado al Estado, contra la nobleza, la burocracia, los curas, el gran comercio y los pequeños comerciantes, contra todos los explotadores del pueblo. Debemos aliarnos con el mundo aventurero de los bandidos, que son los únicos revolucionarios auténticos de Rusia.

§ 26. Fundir ese mundo en una única fuerza todopoderosa e invencible, en eso consiste toda nuestra organización, toda nuestra conspiración y toda nuestra empresa."

Una obra maestra como ésta no se critica. Uno se echaría a perder la diversión de su esperpéntica fealdad. Por lo demás, se tomaría demasiado en serio a este informe aniquilador-total, que ha fundido felizmente en una sola persona a Rudolph von Gerolstein, Monte-Christo, Karl Moor y Robert Macaire. Nos limitamos a constatar, mediante algunas pruebas, la identidad del espíritu e incluso de las expresiones del Catecismo, descontada su exageración convulsiva, con los de los estatutos secretos y las demás producciones rusas de la Alianza.

Los tres grados de iniciación de los estatutos secretos de la Alianza aparecen reproducidos en el § 10 del Catecismo, donde se habla de "revolucionarios de segundo y tercer orden… que aún no están plenamente iniciados". – Los deberes de los hermanos internacionales, definidos en el art. 6 de su reglamento, son los mismos que se prescriben en los §§ 1 y 13 del Catecismo. – Las condiciones bajo las cuales los hermanos pueden aceptar cargos gubernamentales, según el art. 8 del reglamento, son explicadas "más detalladamente" en el § 14 del Catecismo, que les aclara incluso la posibilidad de tener que ingresar, por orden, en la policía. La prescripción impartida a los hermanos en el reglamento, art. 9, de consultarse mutuamente, se repite en el § 9 del Catecismo. – Los arts. 2, 3 y 6 del programa de los hermanos internacionales atribuyen a la revolución exactamente el mismo carácter que los §§ 22 y 23 del Catecismo. – Los jacobinos del art. 4 del programa figuran en el § 20 del Catecismo como una subdivisión de los "hombres de la quinta categoría"; tanto aquí como allá están consagrados a la muerte. – Las representaciones de los arts. 5 y 6 del programa acerca del curso de una revolución verdaderamente anárquica coinciden con las del § 24 del Catecismo.

La condena de la ciencia en el § 3 del Catecismo se vuelve a encontrar en todos los impresos rusos ya mencionados. La exaltación del bandido como verdadero modelo revolucionario, apenas insinuada en sus débiles comienzos en las «Palabras», se profesa y predica plena y totalmente en todos los demás escritos. Para la «quinta categoría» del § 20 del Catecismo, la «Fórmula de la cuestión revolucionaria» tiene la denominación de «revolucionarios de Estado y de gabinete». También allí, como en los §§ 25 y 26, se declara que el primer deber del revolucionario es dedicarse al bandidaje. Pero solo en los «Principios de la Revolución» y en el «Tribunal del Pueblo» se empieza a predicar la destrucción total y el asesinato sistemático ordenados en los §§ 6, 8 y 26 del Catecismo, así como en los §§ 13, 15, 16 y 17.

3. El llamamiento de Bakunin a los oficiales del ejército ruso

Entretanto, Bakunin parecía interesado en que no quedara duda alguna de su complicidad en la presunta conspiración de Netschajew. Publicó una proclama fechada en «Ginebra, enero de 1870» y firmada «Michail Bakunin»: «A los oficiales del ejército ruso». Esta proclama, «Precio un franco», se anuncia como obra de Bakunin en todos los números del «Kolokol» de 1870. Damos aquí algunos extractos.

Anuncia en primer lugar, como también lo hizo Netschajew en Rusia, que

«se acerca la hora de la lucha final entre los Romanov-Holstein-Gottorp y el pueblo ruso, la lucha entre el yugo tártaro-alemán y la amplia libertad eslava. La primavera está a nuestras puertas y en los primeros días de la primavera comenzará la lucha… la fuerza revolucionaria está preparada y, con el profundo y general descontento de las masas que reina en este momento en Rusia, está segura de su triunfo.»

Existe una organización para dirigir la revolución venidera, pues «una organización secreta es como el estado mayor de un ejército; y este ejército es todo el pueblo».

«En mi “Llamamiento a los jóvenes hermanos rusos” dije que el Stenka Rasin que, durante la tan visiblemente cercana destrucción del imperio ruso, se pondrá al frente de las masas populares, no será ya el héroe individual, sino un Stenka Rasin colectivo. Quien no sea un necio habrá comprendido fácilmente que hablaba de una organización existente y ya activa en este momento, que encuentra su fuerza en su disciplina, en la apasionada entrega y abnegación de sus miembros y en la obediencia ciega a un
único
comité
omnisciente, pero no conocido por nadie.

Los miembros de este comité han renunciado por completo a su propia personalidad; esto les da el derecho de exigir de todos los miembros de la organización una renuncia absoluta igual. Han renunciado en tal grado a todo lo que de ordinario constituye el objeto de la codicia de las personas vanidosas, ambiciosas y ávidas de poder, que renuncian de una vez para siempre a la posesión individual del poder, a toda potestad pública u oficial, y en general incluso a que sus nombres se conozcan en la sociedad, entregándose a un ocultamiento eterno, y, mientras dejan a otros la gloria y el brillo manifiestos de la obra, reservan para sí, pero siempre como colectividad, la esencia de la obra {15}.

Como los jesuitas, pero no con el fin del sometimiento, sino de la emancipación del pueblo, cada uno de ellos ha renunciado también a la propia voluntad. En el comité como en toda la organización, no es el individuo quien piensa, quiere y actúa, sino la colectividad. Semejante renuncia a la vida, el pensamiento y la voluntad propios parecerá a muchos imposible, e incluso indignante. Es, en efecto, difícil de imponer, pero es inexcusablemente necesaria. Les parecerá difícil sobre todo a los recién llegados, apenas ingresados en la organización, a las personas que aún no han abandonado la costumbre de la charlatanería y la vana jactancia, a las personas que aspiran al honor, a la dignidad personal y al poder, y a todos aquellos que se dejan guiar por los lamentables fantasmas de una humanidad ficticia, fantasmas tras los cuales se manifiesta en la sociedad rusa una servilidad general hacia la más vil y abyecta realidad. Esta renuncia les resultará penosa a quienes en la gran obra solo buscan la satisfacción de su amor propio, solo una ocasión para el intercambio de frases, y que no aman la obra por la obra misma, sino por el engreimiento teatral de su propia persona.

Cada nuevo miembro ingresa en nuestra organización por su propia voluntad y sabe de antemano que, una vez ingresado, ya no se pertenece a sí mismo, sino por entero a ella.
El ingreso
en
la organización es libre, pero la salida es imposible
, pues cualquier miembro que saliera pondría indudablemente en peligro la existencia misma de la organización, y esta no debe depender de la ligereza y el humor, o de la mayor o menor fiabilidad, honorabilidad y poder de uno o varios individuos… Por tanto, quien quiera pertenecer a ella debe saber de antemano que se entrega por completo a ella, con todas las fuerzas, medios y conocimientos que posee, e incluso con toda su vida, y ello de manera
irrevocable
… Esto se expone clara y nítidamente en su programa; el mismo está publicado y es vinculante para todos los miembros del comité como para todos los que no pertenecen al comité… Si un miembro está realmente imbuido de la pasión

(revolucionaria), todo lo que la organización le exija le parecerá fácil. Es cosa sabida que para la pasión no hay dificultades; no conoce la imposibilidad; cuanto mayores son los obstáculos, tanto más se tensan la voluntad, la fuerza y la destreza del apasionado. Las pequeñas pasiones personales ni siquiera encuentran cabida en el poseído por la pasión (revolucionaria); ni siquiera necesita sacrificarlas, porque ya no existen en él. Un miembro fiable de la asociación ha sofocado ya en sí todo sentimiento de curiosidad y persigue sin piedad este defecto en todos los demás. Aunque se sabe digno de toda confianza, y precisamente porque es digno de ella, es decir, porque es un hombre fiable, no aspira a, ni siquiera desea ya saber más de lo necesario para el mejor cumplimiento de la tarea que se le ha confiado. Habla de los asuntos solo con las personas designadas y dice únicamente lo prescrito en las órdenes recibidas; en general, se ajusta estricta e incondicionalmente a las órdenes y disposiciones que le llegan
de arriba
, sin preguntar ni siquiera indagar en qué grado de la organización se encuentra; naturalmente, albergará el deseo de que se le confíen tantas tareas como sea posible, pero no obstante esperará con paciencia el momento en que se le confíe una.

Una disciplina tan rígida y absoluta podrá parecerle extraña a un recién llegado e incluso asombrarlo; a un miembro fiable, a un hombre realmente fuerte y sensato, no lo sorprenderá ni lo ofenderá; al contrario, le causará alegría y será para él una garantía de su seguridad, siempre que esté bajo el influjo de aquella pasión absorbente por la victoria del pueblo de la que he hablado antes. Un miembro serio comprenderá que semejante disciplina es la prenda necesaria de la relativa impersonalidad de cada miembro, la cual es, a su vez, la conditio sine qua non del triunfo común; comprenderá que solo esta disciplina es capaz de formar una organización real y de crear una potencia revolucionaria unida que, apoyada en la fuerza elemental del pueblo, será capaz de vencer la terrible fuerza de la organización estatal.

Se preguntará tal vez: ¿cómo es posible someterse a la dirección
dictatorial
de un comité que nos es desconocido? Pero el comité os es conocido, en primer lugar, por el programa que ha publicado, redactado con tal claridad y precisión y que se explica con más detalle a cada miembro que ingresa en la organización. El comité se os recomienda, en segundo lugar, por la confianza ciega que le otorgan personas conocidas por vosotros y respetadas, la misma confianza que os hace dar preferencia a esta organización sobre cualquier otra. El comité se da a conocer a los miembros activos de la organización, además, por su actividad incansable y resuelta, que se extiende por doquier y responde siempre al programa y al fin de la organización. Y todo el mundo se somete de buen grado a su
autoridad
, convenciéndose cada vez más, a través de la práctica misma, por un lado, de su previsión verdaderamente asombrosa, de su vigilancia, de su energía unida a la prudencia y de su habilidad para adaptar las medidas acertadas al fin, y por otro lado, de la necesidad y el efecto saludable de semejante disciplina.

Podría planteárseme la pregunta: si la composición personal del comité permanece como secreto impenetrable para todo el mundo, ¿cómo te has informado tú sobre él y cómo has podido convencerte de su verdadero valor? — Respondo con franqueza a esta pregunta. No conozco a ninguno de los miembros de este comité, ni siquiera su número o su sede. Solo sé una cosa: que no se halla en el extranjero, sino en Rusia, como debe ser, pues un comité revolucionario ruso que tenga su sede en el extranjero es un disparate que solo puede incubar el cerebro de charlatanes insensatos y estúpidamente ambiciosos, pertenecientes a la emigración y que ocultan su ociosidad ridículamente vana y maliciosamente intrigante bajo el sonoro nombre de la “causa del pueblo”
(11)
.

Después de la conspiración nobiliaria de los decembristas» (1825), «Ischutin y sus compañeros hicieron el primer intento serio de una organización. La organización actual es la primera organización de las fuerzas revolucionarias de toda Rusia que ha tenido verdadero éxito. Ha aprovechado todos los preparativos, todas las experiencias; ninguna reacción la obligará a disolverse; sobrevivirá a todos los gobiernos y solo pondrá fin a su actividad cuando su programa se haya convertido en la vida cotidiana de los rusos y del mundo entero.»

Hace cerca de un año, el Comité consideró útil informarme de su existencia y me envió su programa junto con una exposición del plan general de la actividad revolucionaria en Rusia. Como yo estaba plenamente de acuerdo con ambos y me había convencido de que la empresa, al igual que los hombres que han tomado la iniciativa, tiene un carácter sumamente serio, hice lo que, en mi opinión, todo refugiado honorable debía hacer: me sometí incondicionalmente a la autoridad del Comité como único representante y director de la revolución en Rusia. Si hoy me dirijo a vosotros, obedezco únicamente con ello las órdenes del Comité. No puedo deciros más. Solo quiero añadir una palabra sobre este asunto. Conozco el plan de organización lo bastante bien como para tener la convicción de que ningún poder es ya capaz de destruirla. Incluso si el partido popular sufriera una nueva derrota en el próximo combate —lo que nadie entre nosotros teme, todos creemos en el triunfo del pueblo, muy próximo—, sí, incluso si nuestra esperanza se viera defraudada, la organización permanecería, no obstante, indemne e intacta bajo las más horribles medidas de represión, en medio de la más salvaje reacción…

La base del programa es la más amplia, la más humana: libertad completa e igualdad completa de todos los hombres, fundadas en la propiedad común y el trabajo común, obligatorio por igual para todos, con excepción, naturalmente, de aquellos que prefieran morirse de hambre sin trabajar.

Este es también el programa actual del mundo obrero de todos los países, y este programa corresponde a las exigencias e instintos seculares de nuestro pueblo… Cuando los miembros de nuestra organización presentaron este programa a las gentes del pueblo bajo, quedaron del todo asombrados al ver con qué rapidez y en todas partes estas lo comprenden y con qué ardiente entusiasmo lo aceptan. Así pues, el programa está completo, es inmutable. Quien esté a favor de este programa, marchará con nosotros. Quien esté contra nosotros, es amigo de los adversarios del pueblo, gendarme del zar, verdugo del zar, enemigo nuestro…

Os he dicho que nuestra organización está fundada de modo tan sólido, y añado ahora que ha echado raíces tan profundas en el pueblo que, incluso si sufriéramos una derrota, la reacción es impotente para destruirla…

La prensa servil, obedeciendo las órdenes de la tercera sección[3], se esfuerza en hacer creer al público que el gobierno ha logrado apresar la conspiración en su misma raíz. No se ha apresado absolutamente nada. El Comité y la organización están intactos y lo estarán siempre; el gobierno pronto se convencerá de ello, pues el estallido del levantamiento popular está muy próximo. Se ha acercado tanto, que cada cual debe decidir ahora si quiere ser amigo nuestro, amigo del pueblo, o enemigo nuestro y del pueblo. A todos los amigos, cualquiera que sea el puesto o la posición que ocupen, nuestras filas están abiertas. Pero, ¿cómo encontrarnos?, preguntaréis. La organización,
que os rodea por todas partes
, que cuenta entre vosotros
numerosos
partidarios, hallará por sí misma a aquel que la busque con el deseo sincero y la firme voluntad de servir a la causa del pueblo. ¡Quien no está con nosotros, está contra nosotros. ¡Elegid!

En este folleto firmado con su nombre, Bakunin finge no conocer el lugar ni la composición del Comité en cuyo nombre habla y en cuyo nombre Netschajew ha actuado en Rusia. Y sin embargo, el único plenipotenciario que Netschajew tenía para actuar en nombre de dicho Comité está firmado: Mijaíl Bakunin, y el único hombre que recibía informes sobre las secciones era, de nuevo, Mijaíl Bakunin. Por lo tanto, si Mijaíl Bakunin jura obediencia incondicional al Comité, jura entonces no querer obedecer a nadie más que a Mijaíl Bakunin.

Consideramos inútil seguir demostrando la completa identidad de las tendencias e incluso de las expresiones de este escrito firmado por Bakunin con los demás documentos rusos anónimos. Queremos solo subrayar la manera en que Bakunin aplica aquí la moral del catecismo. Primero predica esta moral a los oficiales rusos; les explica que él y los demás iniciados han cumplido un deber y colmado una laguna al constituirse en los jesuitas de la revolución, y que frente al Comité no tienen más voluntad personal que el conocido «cadáver» de la Compañía de Jesús. Y para que no se sientan disuadidos por el asesinato de Iwanow, intenta hacerles comprender la necesidad de asesinar a todo miembro que quiera salir de la sociedad secreta. Luego aplica esta misma moral a sus lectores, mintiéndoles desvergonzadamente. Sabía que el gobierno no solo había detenido a todos los iniciados en Rusia, sino incluso a una cantidad diez veces mayor de personas comprometidas por Netschajew, de la conocida «quinta categoría» del catecismo; sabía que en Rusia no existía ni la sombra de una organización, que el Comité existía allí tan poco como jamás había existido, salvo en la persona de Netschajew, que se hallaba entonces con él en Ginebra; sabía también que este folleto no ganaría ni un solo partidario en Rusia, que solo podría ofrecer al gobierno un pretexto para nuevas persecuciones; a pesar de todo, proclama que el gobierno no ha apresado absolutamente nada, que el Comité sigue teniendo su sede en Rusia y desarrolla allí una actividad infatigable, resuelta, extendida en todas direcciones, una previsión verdaderamente admirable, vigilancia, una energía unida a la prudencia y una habilidad asombrosa (las declaraciones en el proceso lo demuestran), que su organización secreta, la única seria que existe en Rusia desde 1825, está en pie e intacta, que ha penetrado en el pueblo bajo, el cual acepta su programa con ardiente entusiasmo, que ya rodea a los oficiales por todas partes, que la revolución está a las puertas, que estallará dentro de pocos meses, en la primavera de 1870. Es únicamente la vanidad de darse ante sus limpios hermanos internacionales y ante su espejo una «afectación teatral» lo que mueve a Bakunin cuando dirige sus fanfarronadas mentirosas a los rusos, bajo el pretexto de haber «renunciado a la vida, al pensamiento y a la voluntad propios» y de estar por encima de la «charlatanería y la vana jactancia» de las «gentes que aspiran a la honra, a la dignidad personal y al derecho».

Este mismo hombre, que en 1870 predica a los rusos la obediencia ciega e incondicional a las órdenes que vienen de arriba, de un comité desconocido y sin nombre, que declara que la disciplina jesuítica es la condición necesaria de la victoria, que solo ella es capaz de vencer la terrible centralización del Estado, y no solo del Estado ruso, sino de todo Estado; que proclama un comunismo más autoritario que el comunismo más primitivo, este mismo hombre fomenta en 1871, en el seno de la Internacional, un movimiento separatista y desorganizador, bajo el pretexto de combatir el autoritarismo y la centralización de los comunistas alemanes, de formar la autonomía de las secciones, la libre federación de grupos autónomos y de hacer de la Internacional lo que debía ser: la imagen de la sociedad futura. Si la sociedad futura se organizara según el modelo de la Alianza, sección rusa, sobrepasaría con mucho el Paraguay de los reverendos padres jesuitas
{16}
.

Notas de Marx y Engels

(1)
*Petersburger (russische) Zeitung*, 1871, núms. 180, 181, 187, etc.

(2)
Ha de notarse aquí que estas «palabras» se publicaron precisamente en la época de las persecuciones y condenas, cuando la juventud hacía todo lo posible por presentar su movimiento como insignificante, y la policía tenía todo el interés en exagerarlo.

(3)
La tercera sección de la cancillería imperial rusa es la oficina central de la policía política secreta en Rusia.

(4)
Para engañar a sus lectores, Bakunin mezcla a los cabecillas de los levantamientos populares de los siglos XVII y XVIII con los actuales ladrones y bandidos rusos. Por lo que respecta a estos últimos, el libro de Flerowski, *La situación de la clase obrera en Rusia*, desengañará a las almas más románticas acerca de estos pobres diablos con los que Bakunin se propone formar la cohorte sagrada de la revolución rusa. El único bandolerismo —bien entendido, fuera de la esfera gubernamental— que aún se practica en gran escala en Rusia es el robo de caballos, elevado a empresa comercial, llevado a cabo por capitalistas cuyos meros instrumentos y víctimas son los «revolucionarios sin frase».

(5)
Bakunin y Netschajew traducen siempre: *justicia popular*, pero la palabra rusa «rasprava» no significa justicia, sino tribunal, ejecución penal o, mejor aún, venganza, represalia.

(6)
Todos los hechos relativos a la conspiración de Netschajew que citamos están tomados de las actas del proceso publicadas en la *St. Petersburger Zeitung* rusa. Indicamos los números del periódico de los que citamos.

(7)
Hemos de notar aquí que en la lengua rusa las palabras asociación, unión, alianza (*obschtschestvo*, *sojuz*, *tovarischtschestvo*) son más o menos sinónimas y se usan indistintamente. Asimismo, la palabra *Internacional* se traduce la mayoría de las veces por *general* (*vsemirnyi*). En la prensa rusa, la «Asociación Internacional» se traduce, pues, a menudo con palabras que podrían significar igualmente la «alianza general o universal». Aprovechando esta confusión lingüística, Bakunin y Netschajew lograron explotar el nombre de nuestra Asociación y precipitar en la desgracia a casi cien jóvenes.

(8)
De los refugiados rusos, nadie había regresado a Rusia, y en toda Europa apenas se podrían encontrar dieciséis refugiados políticos rusos.

(9)
Damos aquí algunos pasajes de la proclama impresa de Bakunin: «Llamamiento a la nobleza rusa»: «¿Qué privilegios hemos recibido a cambio de haber sido, durante toda la mitad del siglo XIX, el sostén del trono, a menudo conmovido en sus cimientos; de que en 1848, durante las tormentas de la locura popular desencadenadas sobre toda Europa, preserváramos con nuestras grandes gestas al Imperio ruso de las utopías socialistas que lo amenazaban? … ¿Qué se nos ha concedido por haber salvado al Imperio del desmembramiento, por haber sofocado en Polonia las llamas del incendio que amenazaba con devorar a toda Rusia, por haber trabajado hasta este momento, sin escatimar nuestras fuerzas y con un valor sin igual, en la destrucción de los elementos revolucionarios en Rusia? — ¿No surgió de nuestro seno Mijaíl Murawjow, ese hombre valeroso al que el propio Alejandro II, pese a su debilidad mental, llamó el salvador de la patria? Por todos estos servicios inestimables se nos despoja de todo lo que poseemos… Nuestro presente llamamiento es la manifestación
de una»

gran mayoría de la nobleza rusa, que desde hace ya mucho tiempo se halla en estado de preparación organizada... Nosotros sentimos en nuestro derecho nuestra fuerza y arrojamos osadamente el guante al rostro del déspota, del pequeño príncipe alemán Alejandro II Saltykov-Romanov, y lo desafiamos a una lucha noble y caballeresca que deberá comenzar en el año 1870 entre los descendientes de Rúrik y el partido de la nobleza rusa independiente.

«Murawjow, ese hombre valeroso», no es otro que el verdugo de Polonia.

(10) En 1868, es decir, aún no dos años antes del Congreso de La Chaux-de-Fonds, en el que los aliancistas hicieron sancionar su doctrina de la abstención política, Bakunin, censurando la abstención política de los obreros franceses, escribía en la «Démocratie» de Chassin: «La abstención política es una estupidez, inventada por bribones para engañar a necios».

(11) El lector recordará que éste era el título de un periódico internacional ruso que publicaban en Ginebra algunos jóvenes rusos, los cuales sabían perfectamente a qué atenerse respecto del pretendido comité y de la organización de Bakunin.

[Una conspiración contra la Asociación Internacional de los Trabajadores - Parte 10]

1.ª corrección.

Creado el 04.03.1999

X.

Apéndice sobre la Alianza en Rusia

1. La hégira de Bakunin

En 1857, Bakunin fue enviado a Siberia, no a trabajos forzados, como quiere hacer creer en sus informes, sino simplemente al destierro. Gobernador de Siberia era por aquel entonces el conde Murawjow-Amurski, pariente del verdugo de Polonia y primo de Bakunin. Gracias a este parentesco, y también a los servicios prestados al gobierno, Bakunin gozaba de una posición excepcional y favorecida.

En esa época se hallaba en Siberia Petrashevski, el organizador y principal dirigente del complot de 1849. Bakunin se declaró abiertamente su enemigo e intentó perjudicarlo por todos los medios, cosa tanto más fácil por ser primo del virrey de Siberia. Esta persecución contra Petrashevski proporcionó a Bakunin nuevos títulos para obtener favores del gobierno. Un turbio asunto, que dio mucho que hablar en Siberia y en Rusia, puso fin a la lucha entre los dos desterrados. La conducta de un alto funcionario que se hacía pasar por liberal había dado lugar a numerosas observaciones; en torno al virrey estalló una tormenta que desembocó en un duelo mortal. Ahora bien, todo este asunto llevaba tan marcado el sello de intrigas personales y maquinaciones fraudulentas que la población entera se alborotó y acusó a los más altos funcionarios de haber asesinado a la víctima del duelo, un joven amigo de Petrashevski. La agitación cobró tales proporciones que el gobierno temió un levantamiento popular. Entonces Bakunin asumió la defensa de los altos funcionarios, particularmente de Murawjow. Valiéndose de su influencia, consiguió que Petrashevski fuera deportado a una región más apartada, y defendió a sus perseguidores en una larga correspondencia que él mismo redactó, pero que firmó únicamente «como testigo» y envió a Herzen. Al publicarla en el «Kolokol», Herzen suprimió todos los ataques contra Petrashevski; sin embargo, en Petersburgo habían interceptado y copiado el artículo durante el trayecto, y aquella copia manuscrita circuló dando a conocer el texto original.

Los comerciantes siberianos, en general más liberales que los de la Rusia propiamente dicha, querían fundar una universidad en su país para no tener que enviar a sus hijos a las lejanas escuelas superiores del otro lado de los Urales y para dotar a Siberia de un centro intelectual propio. Para ello necesitaban la autorización imperial. Murawjow, aconsejado e instado por Bakunin, se opuso a este proyecto. El odio de Bakunin hacia la ciencia data de muy antiguo. Este hecho es de dominio general en Siberia. En varias ocasiones, unos rusos le pidieron explicaciones a Bakunin, y como no podía negarlo, siempre explicaba su conducta diciendo que, ocupado en los preparativos de su fuga, había tenido que esforzarse por ganarse el favor de su primo, el gobernador.

Bakunin no solo utilizó y abusó para sí de los favores del gobierno; por una módica propina, hizo que también llovieran sobre capitalistas, contratistas y arrendatarios generales. Las proclamas de Bakunin confiscadas entre los papeles de los sacrificados de la causa de Necháyev y publicadas por el gobierno en 1869 y 1870 contenían listas de proscripción, en las que figuraba también el conocido Katkov, redactor jefe de la «Moskauer Zeitung». Éste se vengó publicando en su periódico la siguiente revelación: Katkov posee cartas de Bakunin, fechadas en Londres después de su regreso de Siberia, en las que Bakunin ruega a Katkov, su viejo amigo, que le adelante algunos miles de rublos. Bakunin confiesa que durante su estancia en Siberia había percibido un sueldo anual de un arrendatario general de aguardiente, el cual se lo pagaba para asegurarse, por mediación suya, el favor del gobernador. Ese salario deshonesto (que desde su fuga había dejado de percibir) le pesaba en la conciencia, y deseaba devolver al arrendatario general el dinero que le había sonsacado. Para llevar a cabo esta buena obra pedía el anticipo a su amigo Katkov. Katkov se negó.

En la época en que Bakunin dirigía esta petición a su viejo amigo Katkov, éste había ganado ya desde mucho tiempo atrás sus espuelas al servicio de la Tercera Sección y había prestado su periódico a denuncias contra los revolucionarios rusos, en particular contra Chernyshevski, así como contra la revolución polaca. De modo que en 1862 Bakunin pedía dinero a un hombre que sabía era delator y bandolero literario a sueldo del gobierno ruso. Bakunin jamás se ha atrevido a desmentir esta gravísima acusación.

Provisto de dinero —sabemos por qué medios lo obtuvo— y gozando de la alta protección del gobernador, Bakunin pudo llevar a cabo su fuga de la manera más sencilla. No sólo se le proporcionó un pasaporte para viajar por Siberia a su nombre, sino además la misión oficial de inspeccionar el país hasta su extremo límite oriental. Una vez llegado al puerto de Nikoláyevsk, pasó sin dificultad al Japón, desde donde se embarcó tranquilamente hacia América, pudiendo llegar a Londres a fines de 1861. Así se realizó la maravillosa hégira de este nuevo Mahoma.

2. El manifiesto paneslavista de Bakunin

El 3 de marzo de 1861, Alejandro II, en medio de los vítores frenéticos de toda la Europa liberal, había proclamado la abolición de la servidumbre. Los esfuerzos de Chernyshevski y del partido revolucionario por imponer el mantenimiento de la propiedad comunal de la tierra habían ciertamente triunfado, pero de un modo tan poco satisfactorio que Chernyshevski, ya antes de promulgarse la abolición de la servidumbre, confesaba tristemente:

«Si hubiera sabido que la cuestión por mí planteada recibiría semejante solución, habría preferido una derrota a semejante victoria. Habría preferido que se obrase según la intención primera, sin tomar en cuenta para nada nuestras exigencias.»

En efecto, el acto de emancipación no fue más que un golpe de prestidigitador. La tierra fue arrebatada en gran parte a sus verdaderos poseedores y se proclamó el sistema de redención de la tierra por los campesinos. De este acto de engaño zarista extrajeron Chernyshevski y su partido un nuevo argumento irrefutable contra las reformas imperiales. El liberalismo que militaba bajo la bandera de Herzen gritaba con todas sus fuerzas: «¡Has vencido, Galileo!», y «Galileo» en su boca significaba Alejandro II. Este partido liberal, cuyo órgano principal era el «Kolokol» de Herzen, no supo hacer otra cosa desde aquel momento sino cantar las loas del zar, del liberador, y, para desviar la atención pública de las quejas y protestas que aquel acto antinacional suscitaba, suplicó al zar que continuase su obra de emancipación y emprendiese una cruzada para liberar a los pueblos eslavos oprimidos, para realizar el paneslavismo.

En el verano de 1861, Chernyshevski, en la revista «Der Zeitgenosse» (Sovremennik), desenmascaró las maquinaciones de los paneslavistas y dijo la verdad a los pueblos eslavos sobre el estado de cosas en Rusia y sobre la furia reaccionaria interesada de sus falsos amigos, los paneslavistas. Bakunin, recién regresado de Siberia, creyó entonces llegado el momento de ponerse en primer plano. Escribió la primera parte de un largo manifiesto, publicado como suplemento del «Kolokol» el 15 de febrero de 1862 bajo el título: «A los amigos rusos, polacos y todos los eslavos». La segunda parte jamás apareció.

El manifiesto se introduce con la siguiente declaración:

«He conservado el valor del pensamiento omnímodo conquistador, y en mi corazón, en mi voluntad y en mi pasión he permanecido fiel a los amigos, a la gran causa común, a mí mismo... Ahora comparezco ante vosotros, mis viejos y probados amigos, y ante vosotros, jóvenes amigos que vivís en el mismo pensamiento, en la misma voluntad que nosotros, y os ruego: aceptadme de nuevo en vuestro seno; que me sea concedido consagrar junto a vosotros y con vosotros todo el resto de mi vida a la lucha por la libertad rusa, por la libertad polaca, por la libertad e independencia de todos los eslavos.»

Si Bakunin dirige esta humilde súplica a sus viejos y jóvenes amigos, lo hace porque

«... es cosa penosa ejercer la actividad en tierra extraña. Lo he experimentado demasiado en los años de la revolución; ni en Francia ni en Alemania he podido echar raíces. Por eso, aunque sigo ofreciendo mi ferviente simpatía al movimiento progresista de todo el mundo, para no malgastar el resto de mi vida debo limitar a partir de ahora mi actividad directa a Rusia, Polonia y los eslavos. Estos tres mundos hoy separados son inseparables en mi amor y en mi fe.»

En 1862, hace pues once años, a la edad de 51 años, el gran anarquista Bakunin confesaba su culto al Estado y su patriotismo paneslavista.

«Hasta la actualidad, el pueblo gran-ruso ha vivido, puede decirse que exclusivamente, de la vida exterior del Estado. Por muy oprimente que pudiera ser su situación interior, por mucho que ésta lo llevara a la más extrema pauperización y esclavitud, seguía estando lleno de amor por la unidad, la grandeza y el poder de Rusia, y por estos principios estaba dispuesto a todos los sacrificios. Así se desarrolló en el pueblo gran-ruso la conciencia estatal y un patriotismo, no de frase, sino de hecho. Por ello, de entre todas las nacionalidades eslavas, sólo el pueblo gran-ruso se mantuvo incólume, sólo él se mantuvo erguido en Europa e hizo sentir a ésta su fuerza… No creáis que vaya a perder la influencia legítima y el poder político que ha conquistado únicamente mediante luchas, luchas libradas durante tres siglos y con la abnegación del mártir, tan sólo para salvar la existencia incólume de su Estado… Remitamos a los tártaros a Asia y a los alemanes a Alemania, y seamos un pueblo libre, puramente ruso…»

Para acreditar mejor esta propaganda paneslavista, que culmina en la cruzada contra los tártaros y los alemanes, Bakunin remite a sus lectores al emperador Nicolás:

«Se dice que hasta el propio emperador Nicolás, poco antes de su muerte, cuando se disponía a declarar la guerra a Austria, llamó a todos los eslavos austríacos y turcos, a los húngaros y a los italianos a la sublevación general {5}. Él mismo había provocado la guerra oriental contra sí y, para defenderse, habría estado a punto de transformarse de emperador despótico en revolucionario. Se dice que sus proclamas a los eslavos, entre ellas un llamamiento a los polacos, estaban ya firmadas. A pesar de todo su odio hacia Polonia, comprendió que sin ella la insurrección eslava era imposible… dominó su aversión hasta el grado de estar dispuesto {6} a reconocer la existencia independiente de Polonia, pero… sólo más allá del Vístula.»

Así pues, el mismo hombre que desde 1868 se dedica al internacionalismo, predicaba aún en 1862 la guerra de razas en interés del gobierno ruso. El paneslavismo es una invención del gabinete de Petersburgo y no tiene otro fin que adelantar las fronteras europeas de Rusia hacia el oeste y el sur. Pero como no se atreve a anunciar a los eslavos austríacos, prusianos y turcos que su misión es disolverse en el gran imperio ruso, se les presenta a Rusia como la potencia que los liberará del yugo extranjero y los unirá en una gran federación libre. El paneslavismo es, por tanto, susceptible de distintos matices, desde el paneslavismo del emperador Nicolás hasta el de Bakunin; pero todos desembocan en la misma tendencia y, en el fondo, están en íntima armonía, como lo demuestra el pasaje recién citado. El manifiesto del que vamos a ocuparnos no deja lugar a dudas al respecto.

3. Bakunin y el zar

Hemos visto que en Rusia, con motivo de la abolición de la servidumbre, había estallado la guerra entre el partido liberal y el revolucionario. En torno a Tschernyschewski, el jefe del partido revolucionario, se agrupó toda una falange de publicistas, un numeroso grupo de oficiales y la juventud de las universidades. El partido liberal estaba representado por Herzen, algunos paneslavistas y un gran número de apacibles reformadores y admiradores de Alexander II. El gobierno prestó su apoyo al partido liberal. En marzo de 1861, la juventud de las universidades rusas se había pronunciado enérgicamente por la liberación de Polonia; en otoño de 1861 había intentado oponer resistencia al golpe de Estado que, mediante medidas disciplinarias y fiscales, debía privar a los estudiantes pobres (más de dos tercios del total) de la posibilidad de seguir la enseñanza superior. El gobierno trató sus protestas como alborotos; en Petersburgo, Moscú, Kazán, cientos de jóvenes son arrojados a la cárcel, expulsados de las universidades o excluidos tras tres meses de prisión. Y por temor a que estos jóvenes pudieran agudizar el malestar de los campesinos, una decisión del Consejo de Estado prohibió a los ex-estudiantes todo acceso a los empleos públicos en el campo. Las persecuciones no pararon aquí. Se deporta a profesores como Pawlow; se clausuran las conferencias públicas organizadas por los estudiantes excluidos de las universidades; bajo los pretextos más fútiles se emprenden nuevas persecuciones; la apenas autorizada «Caja de la juventud estudiantil» se suprime de repente; se suspenden periódicos. Todo esto sume al partido radical en la más viva indignación y agitación, y lo obliga a recurrir a la prensa clandestina. Apareció el manifiesto de este partido bajo el título «Das junge Rußland» (La joven Rusia), con un lema de los escritos de Robert Owen. Este manifiesto exponía de manera clara y nítida la situación interna del país, el estado de los diversos partidos y de la prensa, y, proclamando el comunismo, deducía de ello la necesidad de una revolución social. Exhortaba a todas las personas capaces a agruparse en torno a la bandera radical.

Apenas había salido este manifiesto de la prensa clandestina, cuando, por una fatal coincidencia (si es que la policía no había metido mano en ello), estallaron numerosos incendios en Petersburgo. El gobierno y la prensa reaccionaria aprovecharon con alegría esta ocasión para acusar de incendio premeditado a la juventud y a todo el partido radical. De nuevo se llenan las cárceles, nuevas víctimas se hacinan en los caminos de la deportación. Tschernyschewski es detenido y llevado a la fortaleza de Petersburgo; de allí, tras dos largos años de martirio, se lo envía a trabajos forzados a Siberia.

Ya antes de esta catástrofe, Herzen y Gromeka –este último colaboró más tarde como gobernador de una provincia polaca en el sometimiento de Polonia–, aquél en Londres y éste en Rusia, atacaron del modo más furioso al partido radical, dando a entender que quizás se amnistiaría a Tschernyschewski concediéndole una condecoración. Tschernyschewski exhortó a Herzen en un artículo sumamente moderado a reflexionar sobre las consecuencias del nuevo papel en el que el «Kolokol» se ponía en abierta hostilidad con el partido revolucionario ruso. Herzen declaró pomposamente que estaba dispuesto, en presencia de todo lo que llamaba la democracia internacional –Mazzini, Victor Hugo, Ledru-Rollin, Louis Blanc, etc.–, a brindar con el famoso brindis por el gran zar y emancipador, y añadió que, dijeran lo que dijesen los revolucionarios Daniels en Petersburgo, a despecho de ellos y de sus vocingleros, «yo sé que este brindis hallará un eco favorable en el Palacio de Invierno» (residencia del zar) {7}.

Bakunin superó a Herzen. Justo cuando el partido revolucionario se hallaba en plena disolución, cuando Tschernyschewski estaba en la cárcel, Bakunin, ya a la sazón de cincuenta y un años, publicó su infame folleto a favor del zar campesino: «Romanow, Pugatschow o Pestel? La causa del pueblo». De Mijaíl Bakunin. 1862.

«Muchos se preguntan aún si habrá una revolución en Rusia. Pero esta revolución se realiza paso a paso, prevalece en todas partes, en todas las relaciones como en todos los ánimos. Se efectúa por mano del gobierno con más éxito aún que por los esfuerzos de sus propios partidarios. No se la puede calmar ni detener hasta que haya regenerado el mundo ruso, hasta que haya creado nuevos mundos eslavos.

La dinastía trabaja ella misma en su derrocamiento. Busca entonces su salvación, no en proteger la vida despierta del pueblo, sino en ponerle freno. Si esa vida popular fuera comprendida, habría podido elevar la casa imperial a una altura de poder y de gloria desconocida hasta hoy… Es lamentable. Pocas veces había deparado el destino a la casa de los zares un papel tan grandioso, tan fecundo. Alexander II podía fácilmente convertirse en el ídolo del pueblo, el primer zar de los campesinos (1), poderoso no por el temor, sino por el amor, la libertad y la felicidad de su pueblo. Apoyándose en el pueblo, habría podido ser el señor y redentor de todo el mundo eslavo…

Para ello, ciertamente, necesitaba un corazón ruso, ancho y fuerte en generosidad y en la verdad. Todo el presente vivo ruso y eslavo venía a su encuentro con los brazos abiertos, dispuesto a servir de pedestal a su grandeza histórica.»

Más adelante, Bakunin exige la abolición del Estado de Pedro el Grande, del Estado *alemán*, y la fundación de la «nueva Rusia». Alexander II está llamado a realizar esta obra.

«Su comienzo fue magnífico; anunció la libertad del pueblo, la libertad y una vida nueva tras mil años de esclavitud; daba la impresión de que quería organizar la Rusia de los campesinos» (zemskuju Russiju) «, porque en el Estado de Pedro es imposible un pueblo libre. El 19 de febrero de 1861, a pesar de todos los errores, de todas las contradicciones absurdas del ukase sobre la emancipación campesina, Alexander II era el zar más grande, más amado, más poderoso que había tenido Rusia.» – Sin embargo, «la libertad contradice todos los instintos de Alexander II», porque es un «alemán», y «un alemán nunca tendrá comprensión ni amor por la Rusia de los campesinos… sólo ha pensado en consolidar el edificio estatal de Pedro… con ello ha emprendido una obra funesta e imposible y está trabajando en su propia ruina y la de su casa; está a punto de precipitar a Rusia en una revolución sangrienta.»

Todas las contradicciones del ukase de emancipación, todas las matanzas de campesinos, las revueltas de estudiantes, todo el reino del terror, en una palabra, se explican según Bakunin

«plenamente por la falta de espíritu ruso en el zar, de un corazón que palpite por el pueblo, por su insensato afán, cueste lo que cueste, de conservar el Estado de Pedro… y sin embargo, es él, él solo, quien en Rusia podría llevar a cabo, sin derramar una gota de sangre, la revolución más importante y benéfica. Todavía puede hacerlo; si desesperamos de un desenlace pacífico, no es porque sea demasiado tarde, sino porque hemos acabado por perder toda fe en que Alexander II posea la capacidad de comprender de qué única manera puede salvarse a sí mismo y a Rusia. Es imposible detener el movimiento del pueblo despertado tras un sueño milenario. Pero si el zar se pusiera audaz y decididamente al frente del movimiento, entonces su poder no tendría límites para el bien y la gloria de Rusia.»

Para ello sólo necesitaría dar tierra a los campesinos y concederles libertad y autogobierno.

«No es de temer que la autoadministración de las distintas partes del país disuelva la cohesión de las provincias entre sí, que se resquebraje la unidad de Rusia; la autonomía de las provincias será sólo administrativa, legislativa para los asuntos internos, jurídica, pero no política. Y en ningún país, excepto tal vez Francia, el pueblo está tan penetrado como en Rusia por la conciencia de la unidad, la armonía y la indivisibilidad del Estado y de la grandeza nacional.»

En aquella época se reclamaba en Rusia la convocatoria de una Asamblea Nacional {8}. Unos la reclamaban para resolver dificultades financieras, otros para poner fin a la monarquía. Bakunin la reclamaba, como expresión de la unidad de Rusia, para consolidar el poder y la grandeza del zar.

«La unidad de Rusia, que hasta ahora solo había hallado expresión en la persona del zar, necesita otra representación mediante una Asamblea Nacional … No se trata de saber si vendrá una revolución, sino de si será pacífica o sangrienta. Será pacífica y benéfica tan pronto como el zar, a la cabeza del movimiento popular, quiera emprender con la Asamblea Nacional, de manera decidida y sobre bases amplias, la transformación de Rusia en el sentido de la libertad; pero si el zar pretende retroceder o detenerse en medidas a medias, la revolución será terrible. Adquirirá entonces, con la insurrección de todo el pueblo, el carácter de un baño de sangre implacable … Aún puede Alejandro II proteger a Rusia del hundimiento total y del derramamiento de sangre.»

Para Bakunin, pues, en 1862 la revolución era el hundimiento total de Rusia, y él conjuraba al zar a preservar a Rusia de él. Para muchos revolucionarios rusos la convocatoria de una Asamblea Nacional pasaba por una derrota de la casa imperial; Bakunin, sin embargo, corta en seco sus esperanzas y les anuncia que

«la Asamblea Nacional estará contra ellos y a favor del zar. ¿Y si la Asamblea fuera hostil al zar? — Eso no es posible, pues es el pueblo quien enviará a sus delegados, el pueblo, cuya confianza en el zar no conoce hasta ahora límites y que contempla todo lo suyo con veneración. ¿De dónde, pues, habría de venir la

hostilidad?… No hay duda de que, si el zar convocase ahora» (febrero de 1862) «la Asamblea Nacional, se hallaría por primera vez rodeado de hombres sinceramente entregados a él. Si la anarquía
{9}
dura aún algunos años, el estado de ánimo del pueblo puede cambiar. En nuestra época se vive rápido. Pero en el momento presente el pueblo está por el zar y contra la nobleza, contra los funcionarios y contra todo lo que vista a la usanza alemana» (es decir, a la usanza europea). «En el campo de la Rusia oficial todo es enemigo del pueblo,
todo, a excepción del zar
. ¿Quién osaría, pues, hablar al pueblo contra el zar? Y aunque alguien quisiera intentarlo, ¿le creería el pueblo?
¿Acaso no fue el zar quien emancipó a los campesinos contra la voluntad de los nobles, contra el deseo general de los funcionarios
?

En sus diputados, el pueblo ruso se encontrará por primera vez cara a cara con
su
zar. Es éste un momento decisivo, crítico en sumo grado. ¿Se agradarán mutuamente? De este encuentro dependerá todo el futuro del zar y de Rusia. La confianza y la devoción de los diputados hacia el zar no conocerán límites. Si se apoya en ellos, si sale a su encuentro con amor y confianza, elevará su trono a una altura y solidez jamás alcanzadas. Pero ¿qué sucederá si los delegados, en lugar de un zar emancipador, de un zar popular,
{10}
se encuentran con un emperador petersburgués en uniforme prusiano, con un alemán de miras estrechas? ¿Qué sucederá si el zar, en lugar de la libertad esperada, no les da nada o casi nada? … ¡Entonces, ay del cesarismo
{11}
! Entonces, como mínimo, se habrá acabado el imperio petersburgués, alemán, de Holstein-Gottorp.

Si en este instante funesto, en que ha de decidirse para toda Rusia la cuestión de vida o muerte, de paz o sangre, apareciera ante la Asamblea Nacional el zar popular,
el zar bueno y honrado
, lleno de amor por Rusia, dispuesto a dar al pueblo una organización conforme a su voluntad, ¡qué no podría hacer con semejante pueblo! ¿Quién osaría alzarse contra él? La paz y la confianza quedarían restablecidas como por milagro, el dinero sería hallado y todo se ordenaría simple, naturalmente, sin perjudicar a nadie, a satisfacción general.
Bajo la dirección de semejante zar
, la Asamblea Nacional crearía una nueva Rusia. Ninguna empresa maliciosa, ningún poder hostil sería capaz de luchar contra el poder unido del zar y del pueblo … ¿Se puede esperar que esta unión se realice? Decimos rotundamente que no.»

A pesar de todo, Bakunin no abandona la esperanza de arrastrar al zar, y para decidirlo, lo amenaza con la juventud revolucionaria, la cual, si él no se apresura, consumará su obra y hallará el camino hacia el pueblo.

«Y ¿por qué esta juventud no está a favor de usted, sino en contra suya? Es una gran desgracia para usted … ella» (la juventud revolucionaria) «necesita ante todo libertad y verdad. Pero ¿por qué ha abandonado al zar, por qué se ha declarado en contra de aquel que fue el primero en dar libertad al pueblo? ¿Se habrá dejado arrastrar
por el abstracto ideal revolucionario y por esa sonora palabra de la república
? En parte es posible, pero es solo una razón de segundo orden y no profunda. La mayoría de nuestra juventud avanzada sabe muy bien que las
abstracciones de Occidente,
tanto las conservadoras como las burguesas, liberales o democráticas,
no son aplicables al movimiento ruso
… el pueblo ruso no se mueve según principios abstractos … el ideal de Occidente le es extraño, y todos los intentos del doctrinarismo conservador, liberal o incluso revolucionario de imponerle sus tendencias serán vanos … él tiene su propio ideal … aportará principios nuevos a la historia, creará otra civilización,
una nueva religión
, un nuevo derecho, una nueva vida.

Frente a esta gran, seria y hasta terrible manifestación —el pueblo—, no se osa cometer locuras. La juventud abandonará el ridículo y arrogante
{12}
papel de un falso maestro de escuela … ¿Qué podemos enseñar al pueblo? Dejando a un lado las matemáticas y las ciencias naturales, la última palabra de nuestra ciencia será la negación de las verdades supuestamente inconmovibles de la doctrina occidental, la negación completa de Occidente.»

Luego Bakunin se ocupa de los fundadores de la «Joven Rusia»; los acusa de ser doctrinarios, de querer erigirse en amos del pueblo, de haber comprometido la causa, de ser niños que no comprenden nada y que han extraído sus ideas de algunos libros de Occidente. — El gobierno, que por entonces encarcelaba a esa misma juventud como incendiaria, lanzaba contra ella los mismos reproches. Y para tranquilizar a su zar, Bakunin proclama que

«el pueblo no está por ese partido revolucionario … la inmensa mayoría de nuestra juventud pertenece al partido popular, al partido que tiene por único y exclusivo fin el triunfo de la causa del pueblo; este partido no tiene prejuicios ni a favor ni en contra del zar, y si el zar, que comenzó la gran obra, no hubiese traicionado al pueblo, jamás se le habría abandonado. Y aún ahora no es demasiado tarde para él, aún ahora esta juventud lo seguiría con alegría, a condición de que marche a la cabeza de su pueblo. No se dejaría estorbar por
ninguno de los prejuicios revolucionarios de Occidente
. Ya es hora de que los alemanes se vayan a Alemania. Si el zar hubiera comprendido que de ahora en adelante ya no debía ser el jefe de una centralización coactiva, sino el de una
federación libre de pueblos libres
, apoyado en un poder firme y reanimado, en alianza con Polonia y Ucrania, que debía romper todas las tan odiadas alianzas alemanas y levantar audazmente el estandarte paneslavista, sería el
salvador del mundo eslavo
.

Sí, en efecto, la guerra contra los alemanes es para los eslavos una obra buena e indispensable; es, en todo caso, mejor que sofocar a los polacos para contentar a los alemanes. Una necesidad y un deber sagrado del pueblo ruso liberado será alzarse para liberar a los eslavos del yugo turco y alemán.»

En el mismo folleto, Bakunin obliga al partido revolucionario a agruparse bajo el estandarte de la causa popular. Damos aquí algunos artículos de fe del programa de esta causa popular cortada a la medida del zar:

«Art. 1.
{13}
Nosotros» (Bakunin & Co.) «queremos el autogobierno del pueblo en la comuna, la provincia, el territorio particular y, finalmente, en el Estado en su conjunto, sea con zar o sin él; poco nos importa; eso se hará según lo decida el pueblo. — Art. 2.
{14}
… Estamos dispuestos, y el deber nos lo ordena, a acudir en ayuda de Lituania, Polonia y Ucrania, para impedir todo atropello y proteger a estos países contra sus enemigos exteriores, en especial contra los alemanes. — Art. 4.
{15}
Unidos con Polonia, Lituania y Ucrania, queremos prestar nuestro brazo a todos nuestros hermanos eslavos que actualmente gimen bajo el yugo del Reino de Prusia, del Imperio austríaco y del Imperio turco, y nos comprometemos a no envainar la espada mientras haya un solo eslavo esclavo de los alemanes, de los turcos o de quienquiera que sea.»

El artículo 6 prescribe una alianza con Italia, Hungría, Rumanía y Grecia; precisamente esas alianzas eran las que el gobierno ruso buscaba por entonces.

«Art. 7. Junto con todas las demás tribus eslavas, nos esforzaremos por realizar el caro sueño de los eslavos: la fundación de la gran y libre federación paneslavista, para que haya una sola e indivisible potencia paneslavista.

Éste es el gran programa de la causa eslava, ésta es la última palabra inmutable de la causa popular rusa. Hemos consagrado toda nuestra vida a esta causa.

Y ahora: ¿adónde vamos, y con quién iremos? Hemos dicho adónde queremos ir; también hemos dicho con quién queremos ir: con nadie más que con el pueblo. Sólo queda por saber a quién seguiremos. ¿Seguiremos a Románov, a Pugachov o a un nuevo Péstel, si aparece alguno?
(2)

Digamos la verdad.
Preferiríamos seguir a Románov,
si Románov pudiera y quisiera transformarse de emperador petersburgués en zar campesino. Nos pondríamos de buen grado bajo su bandera, porque el pueblo ruso todavía la reconoce, y porque su poder está ya creado y dispuesto a actuar, y se tornaría invencible en cuanto él le diera el bautismo popular. Le seguiríamos también porque
sólo él
puede realizar la gran revolución pacífica, sin derramar una gota de sangre rusa o eslava. Las revoluciones sangrientas, gracias a la locura humana, a menudo se hacen necesarias; sin embargo, son un gran mal y una gran desgracia, no solo por sus víctimas, sino también en cuanto a la pureza y plenitud del fin para el que se llevan a cabo. Lo hemos visto durante la Revolución Francesa.

Así, pues, nuestra actitud hacia Románov es clara.
No somos sus enemigos,
como tampoco somos sus amigos. Somos los amigos de la causa popular rusa, de la causa eslava. Si el zar está al frente de esta causa, lo seguiremos; si se opone a ella, seremos sus enemigos. Por tanto, se trata sencillamente de lo siguiente: ¿Quiere Románov ser el zar ruso, el zar de los campesinos, o prefiere seguir siendo el emperador petersburgués, el emperador de Holstein-Gottorp? ¿Quiere dedicar sus servicios a Rusia, a los eslavos o a los alemanes? Esta cuestión se decidirá pronto, y entonces sabremos lo que hemos de hacer.»

Lamentablemente, el zar no consideró oportuno convocar la Asamblea Nacional para la cual Bakunin ya había presentado su candidatura en este folleto. Así pues, había tirado por la borda este manifiesto electoral suyo y sus genuflexiones ante Romanow. Vergonzosamente defraudado en su confianza inocente, no le quedó más remedio que lanzarse de cabeza a la anarquía pan-destructiva.

Después de este engendro del maestro, que se arrastra sobre el vientre ante su zar campesino, bien pudieron sus amigos y discípulos Albert Richard y Gaspard Blanc gritar a pleno pulmón: ¡Viva Napoleón III, el emperador campesino!

Notas a pie de página de Marx y Engels

(1)
El título de zar campesino (Zemsky Tzar), con el que se obsequia a Alejandro II, es una invención de Bakunin y del "Kolokol".

(2)
Romanow es el apellido familiar del zar; Pugatschow fue el jefe de la gran insurrección cosaca bajo Catalina II; Pestel fue el jefe de la conspiración contra Nicolás I en 1825; fue ahorcado.

Variantes del texto

{1}
En la edición francesa: Dimensiones

{2}
En la edición francesa: de Rusia (en lugar de: más allá de los Urales)

{3}
En la edición francesa: sobre el oscurantismo interesado

{4}
Falta en la edición francesa: hoy

{5}
En "Kolokol": quería convocar

{6}
Añadido en la edición francesa: se dice

{7}
En la edición francesa sigue: Con los Danieles revolucionarios se alude a Chernyshevski y sus amigos.

{8}
En el texto ruso Bakunin utiliza aquí y en otros lugares el término: Всенародный земский собор

{9}
En Bakunin: безурядица

{10}
En Bakunin: земского

{11}
En la edición francesa: zarismo

{12}
En la edición francesa: repugnante

{13}
En Bakunin: 2.

{14}
En Bakunin: 4.

{15}
En Bakunin: 5.

[Un complot contra la Asociación Internacional de los Trabajadores - Parte 11]

1. Corrección.

Creado el 04.03.1999

XI.

Piezas justificativas

1. Estatutos secretos de la Alianza

El ejemplar de estos estatutos que obra en nuestro poder está escrito en parte de puño y letra de Bakunin. Él entregó copias no sólo a sus iniciados, sino también a muchos otros a los que esperaba seducir con la revelación de su magnífico programa. La vanidad del escritor triunfó sobre la sombría reserva del mistificador.

Organización de la Alianza de los Hermanos Internacionales

Tres grados:

I.
Hermanos Internacionales.

II.
Los hermanos nacionales.

III. La organización semi-secreta, semi-pública de la
Alianza Internacional de la Democracia Socialista.

I. Reglamento de los hermanos internacionales

1. Los hermanos internacionales no tienen otra patria que la revolución universal, ni otro extranjero ni otro enemigo que la reacción.

2. Rechazan toda política de conciliación y de compromiso y consideran reaccionario todo movimiento político que no tenga por objeto inmediato y directo el triunfo de sus principios.

3. Son hermanos; nunca se atacan unos a otros, ni ventilan sus disputas ante la publicidad o los tribunales. El jurado de honor, elegido por ambas partes de entre los hermanos, es su única jurisdicción.

4. Cada uno de ellos debe ser sagrado para todos los demás, más sagrado que un hermano natural. Cada hermano tiene derecho a contar con la ayuda y el socorro de todos los demás hasta el extremo de lo posible.

5. Sólo puede llegar a ser hermano internacional quien haya aceptado abiertamente el programa íntegro en todas sus consecuencias teóricas y prácticas y posea, además de la debida inteligencia, energía, honestidad y fiabilidad, también la
pasión revolucionaria
, quien tenga el diablo en el cuerpo. No imponemos ni deberes ni sacrificios; pues quien posee aquella pasión, realizará muchas cosas sin siquiera imaginarse que hace sacrificios.

6. Para un hermano no debe haber asuntos, intereses ni deberes más serios y sagrados que el servicio de la revolución y de nuestra asociación secreta destinada a su servicio.

7. Un hermano tiene siempre el derecho de rehusar los servicios que el Comité Central o su Comité Nacional le exijan; sin embargo, muchas negativas sucesivas serán apropiadas para hacerle considerar como negligente o malintencionado; puede ser suspendido por su Comité Nacional y, a propuesta de este último, jubilado por el Comité Central hasta la decisión definitiva de la Constituyente.

8. Ningún hermano puede aceptar un cargo público sin el consentimiento del comité al que pertenece. No puede participar en ningún acto o manifestación pública que sea hostil o incluso simplemente ajeno a la directriz trazada por su comité, ni en el que no haya consultado a este último. Siempre que dos o más hermanos estén juntos, deben deliberar sobre todos los asuntos públicos importantes.

9. Todos los hermanos internacionales se conocen unos a otros.
Nunca debe existir ningún secreto político entre ellos.
Nadie puede pertenecer a ninguna sociedad secreta sin el consentimiento positivo de su comité o, en caso de necesidad, si este lo exige, sin el del Comité Central; y sólo puede pertenecer a ella con la condición de que revele a estos comités todos los secretos que pudieran interesarles directa o indirectamente.

10. La organización de los hermanos internacionales se divide en: A. El Comité General o la
Constituyente
. B. El
Comité Central
. C. Los
Comités Nacionales
.

A. El Comité General

Es la reunión de todos, o al menos de dos tercios, de los hermanos internacionales, convocada reglamentariamente en una fecha determinada o como asamblea extraordinaria por
{1}
el Comité Central. El Comité General constituye la autoridad suprema constituyente y ejecutiva de toda nuestra organización, y puede modificar su programa, sus reglamentos y estatutos orgánicos.

B. El Comité Central

Se compone de a) el
Buró Central
y b) el
Comité Central de Control
. Son miembros de este último todos los hermanos internacionales que no pertenezcan al Buró y se encuentren en una proximidad tal que puedan ser convocados en el plazo de dos días, así como naturalmente todos los hermanos que estén de paso. Para sus relaciones mutuas rige el reglamento de la Alianza de la Democracia Socialista (véanse arts. 2-4).

C. Los Comités Nacionales

Cada Comité Nacional se compone de todos los hermanos internacionales (sea cual fuere su nacionalidad) que residan en el centro de la organización nacional o en sus cercanías. Cada Comité Nacional se divide igualmente en dos subsecciones: a) el
Buró Ejecutivo Nacional
y b) el
Comité Nacional de Control
. Este último comprende a todos los hermanos internacionales presentes que no pertenezcan al Buró. Rigen las mismas relaciones que en la Alianza de la Democracia Socialista.

11. Para la creación de un nuevo hermano se requiere la
unanimidad
de todos los miembros presentes (por lo menos en número de tres) del Comité Nacional y la
confirmación del Comité Central
por mayoría de dos tercios. El
Comité Central
puede admitir a nuevos miembros con la unanimidad de todos sus miembros.

12. Cada Comité Nacional se reúne por lo menos una vez a la semana para controlar y estimular la labor organizativa, de agitación y administrativa de su Buró. El Comité Nacional es el juez natural de la conducta de sus miembros en todo lo que se refiera a su dignidad revolucionaria, así como a sus relaciones con la sociedad. Sus decisiones deben ser sometidas a la confirmación del Comité Central. Señala la orientación de la actividad y de todas las manifestaciones públicas de todos sus miembros. Tiene que mantener, ya sea por mediación de su Buró o por medio de un hermano designado al efecto, una correspondencia regular con el Buró Central, al que debe escribir por lo menos una vez cada quince días.

13. El
Comité Nacional
organizará la
asociación
secreta de los hermanos nacionales de su país.

II. Los hermanos nacionales

14. Los hermanos nacionales deben estar organizados en cada país de tal modo que no puedan sustraerse nunca a la dirección de la organización general de los hermanos internacionales, y en particular a la del
Comité General
y del
Comité Central
. Sus programas y reglamentos sólo pueden entrar definitivamente en vigor después de haber recibido la sanción
del Comité Central
.

15. Cada Comité Nacional puede, si lo considera útil, establecer dos categorías: a) los hermanos nacionales que se conocen entre sí en cada país aislado, y b) aquellos que sólo se conocen en pequeños grupos. En ningún caso

deben los hermanos nacionales ni siquiera sospechar la existencia de una organización internacional.

16.
Los centros provinciales
, compuestos total o parcialmente por hermanos internacionales o por hermanos nacionales de la primera categoría, deben fundarse en todos los puntos principales de un país; tienen la tarea de hacer crecer la organización secreta y la propaganda de los principios tan profunda y extensamente como puedan, no contentándose con la actividad en las ciudades, sino procurando extenderla a las aldeas y entre los campesinos.

17. Los Comités Nacionales buscarán crear lo más rápidamente posible los medios financieros necesarios no sólo para el éxito de su propia organización, sino también para las necesidades generales de toda la Asociación.

Enviarán pues una parte —¿la mitad?— al Buró Central.

18. Los Buroes Nacionales deben ser extraordinariamente activos y tener presente que los principios, programas y reglamentos sólo valen en la medida en que las personas que han de ponerlos en práctica tengan el diablo en el cuerpo.

Organización secreta de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista

1. El
Comité Central permanente
de la Alianza está compuesto por todos los miembros de los
Comités Nacionales permanentes
y de la
Sección Central de Ginebra
.

En su reunión, todos estos miembros constituyen la
Asamblea General secreta
de la Alianza, que es el poder supremo y, a la vez, constituyente de la Alianza y se reúne por lo menos una vez al año en el congreso obrero como delegados de los diferentes grupos nacionales de la Alianza; además, puede ser convocada en cualquier momento tanto por el Buró Central como por la Sección Central de Ginebra.

2.
La Sección Central de Ginebra
es la delegación permanente del Comité Central permanente. Está compuesta por todos los miembros del
Buró Central
y del
Comité de Control
, que son necesariamente miembros permanentes del Comité Central permanente. La Sección Central es el
Consejo ejecutivo supremo
de la Alianza dentro de los límites de la constitución y de la directriz que sólo la Asamblea General puede establecer o modificar. La Sección Central decide por mayoría simple de votos en todos los asuntos ejecutivos (cuando no se trate de la constitución o de la política general), y sus resoluciones así adoptadas son
obligatorias
para el Buró Central, a menos que este, por mayoría de sus miembros, decida apelar contra ellas ante la Asamblea General, a la que entonces ha de convocar en el plazo de tres semanas. Una Asamblea General así convocada requiere, para ser reglamentaria, la presencia de dos tercios de todos sus miembros.

3. El
Buró Central
—el poder ejecutivo— está formado por 3 a 5, o incluso 7 miembros, que siempre son a la vez
miembros del Comité Central permanente

deben. Como uno de los dos componentes de la Sección Central secreta, el Buró Central es una organización secreta. Como tal recibe de la Sección Central sus inspiraciones y, a su vez, tiene que dirigir sus comunicaciones —por no decir sus órdenes secretas— a todos los Comités Nacionales, de los cuales debe recibir informes secretos al menos una vez por mes. Como directorio ejecutivo de la Alianza pública, el Buró Central es al mismo tiempo una organización pública. Como tal mantiene, según los países y las circunstancias, relaciones más o menos confidenciales o públicas con todos los Burós Nacionales, de los cuales igualmente debe recibir informes mensuales. Su forma exterior de gobierno será la de una presidencia en una república federativa. El Buró Central, en su calidad de poder ejecutivo tanto secreto como público de la Alianza, pondrá en obra la propaganda secreta y pública de la sociedad y fomentará su desarrollo en todos los países por todos los medios posibles. Tiene la administración de la parte de los fondos que, según el artículo b) del reglamento público, se le envían de todos los países para las necesidades generales. Editará una revista y folletos, y enviará agentes viajeros para fundar grupos de la Alianza en los países donde aún no existan. Sin embargo, en todas las medidas que el Buró Central haya de tomar por el bien de la Alianza, deberá someterse a las decisiones de la mayoría de la Sección Central secreta, a la que, por lo demás, pertenecen todos los miembros del Buró mismo. Como organización a la vez pública y secreta, y compuesto enteramente por miembros del Comité Central permanente, el Buró Central será siempre una emanación directa de este Comité. El Buró Central provisional será presentado esta vez al grupo fundador de Ginebra como provisionalmente elegido por todos los miembros fundadores de la Alianza, quienes, en su mayor parte antiguos miembros del Congreso de Berna, han regresado a sus hogares después de haber transferido su mandato al ciudadano B. [Bakunin]. Este Buró permanecerá en funciones hasta la primera Asamblea General pública, la cual, según el artículo 7 del reglamento público, se reunirá en el próximo Congreso Obrero como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Se entiende que los miembros del nuevo Buró Central serán elegidos por esta asamblea. Pero siendo de absoluta necesidad que el Buró Central esté siempre compuesto únicamente por miembros del Comité Central permanente, este último habrá de velar, por medio de sus Comités Nacionales, por organizar y dirigir todos los grupos locales de tal manera que no envíen como delegados a esta asamblea sino a miembros del Comité Central permanente o, a falta de ellos, solo a personas que estén completamente entregadas a la dirección de sus respectivos Comités Nacionales — a fin de que el Comité Central permanente mantenga siempre la preponderancia en toda la organización de la Alianza.

4. El Comité de Vigilancia ejerce el control sobre todos los actos del Buró Central. — Se compone de todos los miembros del Comité Central permanente que residen en la localidad cercana a la sede del Buró Central, así como de todos los miembros que se hallen presentes temporalmente o de paso, con excepción de los que forman el Buró. A solicitud de dos miembros del Comité de Vigilancia, todos los miembros del mismo deberán reunirse en el plazo de tres días con los miembros del Buró Central para constituir la Asamblea de la Sección Central del supremo Consejo ejecutivo, cuyos derechos están fijados en el artículo 2.

5. Los Comités Nacionales estarán formados por todos los miembros del Comité Central permanente pertenecientes a la misma nación. — Tan pronto como haya tres miembros del Comité Central permanente de la misma nación, serán requeridos por el Buró y, en caso necesario, por la Sección Central, para constituirse en Comité Nacional de su país. Cada Comité Nacional puede nombrar un nuevo miembro del Comité Central de su país, pero solo por unanimidad de todos sus miembros. Tan pronto como un nuevo miembro sea nombrado por un Comité Nacional, este deberá ponerlo inmediatamente en conocimiento del Buró Central, el cual lo inscribirá en la lista y, por este mismo hecho, le transferirá todos los derechos de miembro del Comité Central permanente. — La Sección Central de Ginebra está igualmente autorizada, por unanimidad de todos sus miembros, para nombrar nuevos miembros.

Cada Comité Nacional tiene la misión particular de fundar y organizar en su país tanto el grupo nacional público como el secreto. El Comité Nacional es su suprema autoridad directiva y administrativa, por medio de su Buró Nacional, de cuya formación habrá de cuidarse de manera que esté compuesto íntegramente por miembros del Comité Central permanente. Los Comités Nacionales tendrán, respecto a sus respectivos Burós, las mismas relaciones, derechos y atribuciones que la Sección Central respecto al Buró Central. — Los Comités Nacionales, formados por la reunión de sus respectivos Burós y Comités de Vigilancia, no deben reconocer otra autoridad superior que el Buró Central; sirven como únicos órganos intermediarios entre este último y todos los grupos locales de su país, tanto en lo relativo a la propaganda y a la administración como a la recaudación y empleo de las contribuciones. Los Comités Nacionales velarán, por medio de sus respectivos Burós, por la organización de la Alianza en sus países, pero de tal manera que esta esté siempre dominada y representada en los congresos por miembros del Comité Central permanente.

A medida que los Burós Nacionales organicen sus grupos locales, habrán de cuidar también de que el reglamento y programa de estos últimos sean sometidos a la confirmación del Buró Central; sin esta confirmación, los grupos locales no podrán formar parte de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista.

Programa de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista

1. La Alianza Internacional ha sido fundada con el fin de servir, organizar y acelerar la revolución general sobre la base de los principios enunciados en nuestro programa.

2. Según estos principios, el objetivo de la revolución no puede ser sino: a) la destrucción de todos los poderes y autoridades religiosos, monárquicos, aristocráticos y burgueses en Europa. La consecuencia de esto es el derrocamiento de todos los Estados actualmente existentes, con todas sus instituciones políticas, jurídicas, burocráticas y financieras. b) La construcción de una nueva sociedad sobre la única base del trabajo libre y cooperativo, que tenga como punto de partida la propiedad colectiva, la igualdad y la justicia.

3. La revolución, tal como nosotros la concebimos, o mejor dicho, tal como la fuerza de los hechos la provoca hoy necesariamente, tiene un carácter esencialmente internacional o universal. En vista de la amenazante coalición de todos los intereses privilegiados y de todas las potencias reaccionarias en Europa, que disponen de todos los medios terribles que les confiere una organización hábilmente organizada, en vista de la profunda sima que en todas partes impera entre la burguesía y los trabajadores, ninguna revolución nacional podría contar con éxito si no se extendiera al mismo tiempo a las demás naciones, y jamás podría traspasar la frontera y adoptar ese carácter de universalidad si no llevara en sí misma todos los elementos de esta universalidad, es decir, si no fuera directamente socialista, destructora del Estado y creadora de la libertad por medio de la igualdad y la justicia; pues nada, de ahora en adelante, puede ya unir, electrizar, levantar a la gran, a la única verdadera potencia de nuestro siglo —los trabajadores—, sino solamente la completa emancipación del trabajo sobre las ruinas de todas las instituciones existentes para la protección de la propiedad heredada y del capital.

4. Dado que la próxima revolución solo puede ser una revolución general, la Alianza —o, para decirlo sin rodeos, la conspiración— que debe prepararla, organizarla y acelerarla, tiene que serlo también.

5. La Alianza perseguirá un doble fin: a) Se esforzará por difundir entre las masas populares de todos los países las ideas verdaderas sobre política, sobre economía social y sobre todas las cuestiones filosóficas. Hará una propaganda enérgica tanto por medio de revistas, folletos y libros como mediante la fundación de asociaciones públicas. b) Procurará atraer a todos los hombres inteligentes, enérgicos y seguros, de buena voluntad y fiel devoción a nuestras ideas, para formar así, a través de toda Europa y, en lo posible, también de América, una red invisible de revolucionarios capaces de abnegación y, por esa misma Alianza, poderosos.

Programa y Finalidad de la Organización Revolucionaria de los Hermanos Internacionales

1. Los principios de esta organización son los mismos que los del programa de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista. En lo tocante a la cuestión femenina, a la situación religiosa y jurídica de la familia y al Estado, se exponen con más detalle en el programa de la democracia socialista rusa.

Por lo demás, el Buró Central se reserva el derecho de dar pronto un desarrollo teórico y práctico más completo de los principios.

2. La asociación de los hermanos internacionales quiere la revolución general, social, filosófica, económica y política, a fin de que del orden de cosas actual, fundado en la propiedad, la explotación, la dominación y el principio de autoridad —ya sea este religioso o metafísico y doctrinario burgués, e incluso jacobino-revolucionario— no quede piedra sobre piedra, primero en toda Europa y después en el resto del mundo. Con el grito de: ¡Paz a los trabajadores, libertad a los oprimidos y muerte a los señores, explotadores y tutores de toda especie!, queremos destruir todos los Estados y todas las Iglesias, con todas sus instituciones y leyes religiosas, políticas, jurídicas, financieras, policiales, universitarias, económicas y sociales, para que todos esos millones de pobres seres humanos, hasta ahora engañados, esclavizados, martirizados, explotados, liberados por fin de todos sus directores y bienhechores oficiales y oficiosos, tanto asociaciones como individuos, respiren al fin en completa libertad.

3. En la convicción de que el mal individual y social radica mucho menos en los individuos particulares que en la organización de las cosas y en las relaciones sociales, seremos humanos tanto por sentimiento de justicia como por cálculo de utilidad, y destruiremos sin piedad las relaciones y las cosas, para poder, sin peligro para la revolución, tener consideración con las personas. Negamos el libre albedrío y el pretendido derecho penal de la sociedad. La justicia misma, tomada en el sentido más humano, en el sentido más amplio, no es más que una idea negativa, una idea de transición; plantea la cuestión social, pero no la resuelve; únicamente nos muestra el único camino posible de la emancipación de la humanidad, es decir, de la humanización de la sociedad por la libertad dentro de la igualdad; la solución positiva solo puede alcanzarse por la organización cada vez más racional de la sociedad. Esta solución tan anhelada, nuestro ideal común, es la libertad, la moralidad, la cultura y el bienestar de cada uno por medio de la solidaridad de todos, — es la fraternidad humana.

Cada individuo humano es el producto involuntario de la situación natural y social en la que ha nacido, se ha desarrollado y cuya influencia ha de seguir soportando constantemente. Las tres grandes causas de toda inmoralidad humana son: la desigualdad política, económica y social, la ignorancia como resultado natural de la misma y, como consecuencia necesaria, la esclavitud.

Puesto que la organización de la sociedad es siempre y en todas partes la única causa de los delitos cometidos por los hombres, es una hipocresía manifiesta o un absurdo por parte de la sociedad castigar a los delincuentes, ya que toda pena presupone la culpa del penado, pero los delincuentes nunca son los culpables. La teoría de la culpa y la pena procede de la teología, es decir, del matrimonio del absurdo con la hipocresía religiosa.

El único derecho que podría concederse a la sociedad en su actual estado de transición es el derecho natural de asesinar, en interés de su propia defensa, a los delincuentes que ella misma ha creado, pero no el derecho de juzgarlos y condenarlos. Este derecho no es siquiera tal en el sentido estricto de la palabra, sino más bien una relación natural, lamentable pero inevitable, un hecho, a la vez signo y producto de la impotencia y la estupidez de la sociedad actual; cuanto más llegue la sociedad a evitar el ejercicio de este derecho, tanto más se acercará a su verdadera emancipación.

Todos los revolucionarios, los oprimidos, las víctimas sufrientes de la actual organización de la sociedad, cuyos corazones están naturalmente llenos de venganza y odio, no deben olvidar que los reyes, los opresores, los explotadores de toda clase son tan culpables como los delincuentes surgidos de la masa popular: también aquéllos son malhechores, pero tampoco culpables, pues ellos también son, como los delincuentes comunes, los productos involuntarios de la actual organización de la sociedad. No habrá que asombrarse si el pueblo, en el primer momento de su levantamiento, mata a muchos de ellos: será una desgracia quizá inevitable, pero también tan pasajera como las devastaciones de una tormenta.

Pero este hecho natural no será moral ni siquiera útil. A este respecto, la historia es sumamente instructiva: la terrible guillotina de 1793, a la que ciertamente no se puede acusar de lentitud ni de mansedumbre, no llegó a aniquilar a la clase nobiliaria en Francia. La aristocracia fue allí, si no completamente destruida, sí profundamente sacudida, pero no por la guillotina, sino por la confiscación y la venta de sus bienes. Y en general puede decirse que las matanzas políticas jamás han matado a los partidos; en todas partes se han mostrado impotentes frente a las clases privilegiadas, pues el poder tiene su fundamento mucho menos en los hombres que en las condiciones que, para los privilegiados, están creadas por la organización de las cosas, es decir, por la organización del Estado y su consecuencia y base natural, la propiedad individual.

Para hacer una revolución radical, hay que dirigir, pues, el ataque contra las relaciones y las cosas subyacentes; hay que destruir la propiedad y el Estado, y entonces ya no se tendrá necesidad de destruir hombres ni de condenarse a sí mismo a la infalible e inevitable reacción que, en toda sociedad, ha sobrevenido siempre y siempre sobrevendrá como consecuencia del homicidio.

Pero para tener el derecho de ser humano con los hombres sin peligro para la revolución, hay que ser implacable con las condiciones y las cosas; hay que destruir por completo, en todas partes y ante todo, la propiedad y su inevitable corolario: el Estado. Ése es todo el secreto de la revolución.

No hay que asombrarse si los jacobinos y blanquistas, que se han hecho socialistas más por necesidad que por convicción y para quienes el socialismo es un medio de la revolución, mas no el fin de ésta, puesto que quieren la dictadura, es decir, la centralización del Estado, y puesto que el Estado, con inevitable necesidad lógica, tiene que conducirlos al restablecimiento de la propiedad —muy natural es, decimos, que ellos, que no quieren llevar a cabo una revolución radical contra las cosas mismas, sueñen con una revolución sangrienta contra los hombres. Pero esta revolución sangrienta, fundada en la construcción de un Estado revolucionario poderosamente centralizado, tendría, como demostraremos aún más adelante, por consecuencia inevitable la dictadura militar con un nuevo amo. El triunfo de los jacobinos y blanquistas sería, pues, la muerte de la revolución.

4. Somos los enemigos naturales de esos revolucionarios —los dictadores del futuro, legisladores y tutores de la revolución— que, antes incluso de estar destruidos los actuales Estados monárquicos, aristocráticos y burgueses, piensan ya en la creación de nuevos Estados revolucionarios, Estados tan centralizadores y aún más despóticos que los hoy existentes; que están tan habituados al orden creado por cualquier autoridad venida de arriba y sienten tan grande aversión por todo lo que les parece desorden y no es más que la expresión libre y natural de la vida del pueblo, que, antes incluso de que la revolución haya producido un buen y sano desorden, piensan ya en ponerle fin y colocarle la mordaza mediante alguna autoridad que lleva de la revolución sólo el nombre, pero que en realidad no es más que una nueva reacción, ya que, de hecho, hace de nuevo gobernar a las masas populares por decretos y las condena así otra vez a la obediencia, al estancamiento, a la muerte, es decir, a la esclavitud y a la explotación por una nueva aristocracia cuasi-revolucionaria.

5. Concebimos la revolución en el sentido del desencadenamiento de todo lo que hoy se llama las malas pasiones y de la destrucción de lo que en el mismo lenguaje se denomina «orden público».

No tememos la anarquía, la llamamos, convencidos de que de esta anarquía, es decir, del ejercicio pleno de la vida desencadenada del pueblo, tienen que surgir la libertad, la igualdad, la justicia, el nuevo orden e incluso la fuerza de la revolución frente a la reacción. Esta nueva vida —la revolución popular— no dejará indudablemente de organizarse, pero se creará su organización revolucionaria de abajo arriba y de la periferia al centro, conforme al principio de la libertad, no de arriba abajo o del centro a la periferia a la manera de la autoridad, sea cual fuere su índole, pues poco nos importa que ésta se llame Iglesia, monarquía, Estado constitucional, república burguesa o incluso dictadura revolucionaria. Las detestamos y rechazamos todas por igual razón: como fuentes infalibles de explotación y despotismo.

6. La revolución, tal como nosotros la entendemos, debe desde el primer día destruir radical y completamente el Estado y todas las instituciones estatales. Las consecuencias naturales y necesarias de esta destrucción serán: a) la bancarrota del Estado; b) el cese del pago de las deudas privadas por intervención del Estado, dejando que cada deudor pague sus deudas si así lo desea; c) el cese de todo pago de impuestos y del cobro de cualesquiera contribuciones directas o indirectas; d) la disolución del ejército, la magistratura, la burocracia, la policía y los sacerdotes; e) la abolición de la administración de justicia oficial, la supresión de todo lo que se llama derecho jurídico o se relaciona con el ejercicio de este derecho. En consecuencia, abolición y auto de fe (quema) de todos los títulos de propiedad, documentos de herencia, compraventa, donación y actuaciones procesales —en una palabra, de todo el papelerío jurídico y civil. En todas partes y en todas las cosas, el hecho revolucionario en lugar del derecho creado y garantizado por el Estado; f) la confiscación de todos los capitales productivos e instrumentos de trabajo en beneficio de las cooperativas obreras, que deberán hacerlos producir colectivamente; g) la confiscación de toda propiedad de la Iglesia y del Estado, así como de los metales preciosos en posesión privada, en beneficio de la alianza federativa de todas las cooperativas obreras —una alianza que formará la comuna.

En lugar de los bienes confiscados, la comuna dará a todos los individuos así despojados exactamente lo necesario, y luego podrán, mediante su propio trabajo, ganar más, si pueden y si quieren. —h) Para la organización de la comuna, una federación de las barricadas en permanencia y la función de un consejo de la comuna revolucionaria mediante delegación de uno o dos delegados por cada barricada, uno por calle o por distrito; los delegados estarán provistos de mandatos imperativos y serán siempre responsables, así como revocables en todo momento. El consejo comunal así organizado podrá elegir de su seno comités ejecutivos y desgajar para ellos las distintas áreas de la administración revolucionaria de la comuna. —i) Declaración de la capital insurrecta y organizada en comuna de que, después de haber destruido el Estado autoritario y tutelar (a lo cual estaba autorizada, ya que ha estado bajo la misma esclavitud que todas las demás localidades), renuncia en adelante a su derecho o, más bien, a toda pretensión de gobernar y dominar las provincias; k) llamamiento a todas las provincias, comunas y asociaciones para que sigan inmediatamente todas el ejemplo dado por la capital, y se reorganicen primero revolucionariamente, y luego deleguen a un lugar de reunión convenido a sus delegados, igualmente provistos de mandatos imperativos, responsables y revocables, para constituir la federación de las asociaciones, comunas y provincias insurrectas en nombre de los mismos principios y organizar un poder revolucionario suficientemente fuerte para triunfar sobre la reacción. Envío, no de comisarios revolucionarios oficiales con bandas de cualquier tipo, sino de agitadores revolucionarios a todas las provincias y municipios —especialmente a los campesinos, que no pueden ser revolucionados por principios ni por decretos de dictadura alguna, sino única y exclusivamente por el hecho mismo de la revolución, es decir, por las consecuencias necesarias del cese completo de la vida estatal jurídica oficial en todos los municipios. Abolición del Estado nacional incluso en el sentido de que todo país, provincia, municipio, asociación e incluso todo individuo aislado que se haya alzado en nombre de los mismos principios, será acogido en la federación revolucionaria sin consideración a las actuales fronteras estatales, aunque pertenezcan a diferentes sistemas políticos o nacionales, y de que las propias provincias, comunas, asociaciones e individuos que abracen el partido de la reacción quedarán excluidos. Así, pues, el hecho de la expansión y de la organización de la revolución misma, con la protección mutua de los países insurrectos, hará que triunfe la universalidad de la revolución fundada en la abolición de las fronteras y en la destrucción del Estado.

7. Ninguna revolución política o nacional podrá triunfar ya, a menos que la revolución política se transforme en social, y la revolución racional, precisamente por su carácter radicalmente socialista y destructor del Estado, se convierta en revolución general.

8. Como la revolución ha de surgir en todas partes del pueblo mismo y la dirección suprema ha de quedar siempre en manos del pueblo, organizado como federación libre de cooperativas agrícolas e industriales, el nuevo Estado revolucionario que se organiza por la vía de la delegación revolucionaria de abajo arriba y que abarca a todos los países organizados en nombre de esos mismos principios, sin tener en cuenta las antiguas fronteras ni la diversidad de nacionalidad, tendrá por objeto la administración del servicio público y no el gobierno de los pueblos. Constituirá la nueva patria, la alianza de la revolución universal contra la alianza de todos los reaccionarios.

9. Esta organización excluye todo pensamiento de una dictadura o de cualquier poder dirigente de tutela. Pero para la fundación de esta alianza revolucionaria y para el triunfo de la revolución sobre la reacción, es necesario que en medio de la anarquía popular, que constituirá precisamente la vida y toda la fuerza de la revolución, la unidad del pensamiento y de la acción revolucionaria encuentre un órgano. Este órgano debe ser la asociación secreta y universal de los hermanos internacionales.

10. Esta asociación parte de la convicción de que las revoluciones no las hacen nunca los individuos, ni siquiera las sociedades secretas. Se hacen como por sí mismas; la fuerza de las cosas, la corriente de los acontecimientos y de los hechos las crean. Se preparan largamente en la profundidad de la conciencia instintiva de las masas populares, y luego estallan, a menudo provocadas en apariencia sólo por causas insignificantes. Todo lo que una sociedad secreta bien organizada puede hacer consiste, en primer lugar, en apoyar el nacimiento de una revolución, difundiendo entre las masas las ideas correspondientes a los instintos de las masas, y en organizar, no el ejército revolucionario —el ejército ha de ser siempre el pueblo—, sino una especie de estado mayor revolucionario, compuesto de individuos abnegados, enérgicos, inteligentes y, sobre todo, de amigos del pueblo sinceros y no ambiciosos ni vanidosos, que tengan la capacidad de servir de intermediarios entre la idea revolucionaria y los instintos populares.

11. El número de estos individuos no debe, pues, ser muy grande. Para la organización internacional de toda Europa bastan cien revolucionarios firme y seriamente aliados. Doscientos o trescientos revolucionarios bastarán para la organización del país más grande.

2. Programa y reglamento de la alianza pública

Al separarse la minoría socialista de la Liga de la Paz y la Libertad (!) de dicha Liga a consecuencia del voto mayoritario en el congreso de Berna, voto que se pronunció expresamente contra el principio fundamental de todas las cooperativas obreras, el principio de la igualdad económica y social de las clases y de los individuos, esta minoría se ha adherido con ello, por sí misma, a los principios proclamados por los congresos obreros de Ginebra, Lausana y Bruselas. Varios miembros de la mencionada minoría, pertenecientes a diversas naciones, nos han propuesto organizar una nueva Alianza Internacional de la Democracia Socialista, la cual, si bien completamente integrada en la gran Asociación Internacional de los Trabajadores, se planteara la misión especial de estudiar las cuestiones políticas y filosóficas sobre la base de este gran principio de la igualdad general y moral de todos los seres humanos sobre la tierra.

Por nuestra parte, convencidos de la utilidad de semejante empresa, que proporcionará a los sinceros demócratas socialistas de Europa y América el medio de entenderse y de afianzar sus ideas, fuera de toda presión de ese falso socialismo que la democracia burguesa ostenta hoy para favorecer sus fines, hemos creído, de acuerdo con los mencionados amigos, que debíamos tomar la iniciativa de esta nueva organización.

En consecuencia, nos hemos organizado como sección central de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista y publicamos hoy su programa y reglamento.

Programa de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista

1. La Alianza se declara atea; quiere la abolición de todos los cultos religiosos y la sustitución de la fe por la ciencia, y de la justicia divina por la justicia humana.

2. Quiere ante todo la nivelación política, económica y social de las clases y de los individuos de ambos sexos, empezando por la abolición del derecho de herencia, a fin de que en el futuro el disfrute sea igual al trabajo productivo de cada cual y, según la resolución adoptada por el último congreso obrero de Bruselas, la tierra, los instrumentos de trabajo, así como todo otro capital, como propiedad colectiva de la sociedad entera, sirvan únicamente al provecho de los trabajadores, es decir, de las asociaciones agrícolas e industriales.

3. Quiere para todos los niños de ambos sexos, desde su nacimiento, la igualdad de medios para su desarrollo, es decir, de su sustento, de su educación y de su instrucción en todos los grados de la ciencia, de la industria y de las artes; abriga la convicción de que esta igualdad, en principio sólo económica y social, tendrá por consecuencia crear una igualdad natural cada vez mayor de los individuos, haciendo desaparecer todas las desigualdades artificiales, productos históricos de una organización social tan falsa como inicua.

4. Como enemiga de todo despotismo, no reconociendo más forma política que la republicana y rechazando de modo absoluto toda alianza reaccionaria, rechaza toda actividad política que no tenga como fin inmediato y directo el triunfo de la causa de los trabajadores contra el capital.

5. Confiesa que todos los Estados políticos autoritarios actualmente existentes, al transformarse más y más en simples funciones de la administración del servicio público en sus respectivos países, deben desaparecer en la unión universal de las libres cooperativas agrícolas e industriales.

6. Dado que la cuestión social sólo puede hallar su solución definitiva y real sobre la base de la solidaridad internacional o universal de los trabajadores de todos los países, la Alianza rechaza toda política fundada en el llamado patriotismo y en la rivalidad de las naciones.

7. Quiere la asociación universal de todas las asociaciones locales por medio de la libertad.

Reglamento

1. La Alianza Internacional de la Democracia Socialista se constituye como una rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores, cuyos estatutos generales íntegramente adopta.

2. Los miembros fundadores (membres fondateurs) organizan provisionalmente una oficina central en Ginebra.

3. Los miembros fundadores de un mismo país constituyen la oficina nacional de dicho país.

4. Las oficinas nacionales tienen la tarea de fundar en todas partes grupos locales de la Alianza de la Democracia Socialista, los cuales, por medio de sus respectivas oficinas nacionales, deberán solicitar después su admisión en la Asociación Internacional de los Trabajadores a la oficina central de la Alianza.

5. Todos los grupos locales forman sus oficinas en la forma usual en las secciones locales de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

6. Todos los miembros de la Alianza se obligan a pagar una cotización mensual de diez céntimos. La mitad de la cotización la retiene cada grupo nacional para sus propias necesidades, la otra mitad fluye a la caja de la oficina central para los fines generales.

En los países donde esta cotización se considere demasiado alta, las oficinas nacionales pueden reducirla de acuerdo con la oficina central.

7. En el congreso obrero anual, la delegación de la Alianza de la Democracia Socialista, como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores, celebrará sus sesiones públicas en un local especial.

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3. Carta de Bakunin a Francisco Mora en Madrid

(La carta está escrita en francés)

Locarno, 5 de abril de 1872

¡Querido aliado y camarada! Habiendo los amigos de Barcelona pedídome que os escriba, lo hago con tanto mayor placer cuanto que también yo y mis amigos, nuestros aliados de la Federación del Jura, estamos expuestos a las calumnias del Consejo General de Londres, en España como en otras partes. Es realmente muy lamentable que en esta terrible crisis, en la que se decide para muchas décadas la suerte del proletariado de toda Europa, y en la que todos los amigos del proletariado, de la humanidad y de la justicia deberían unirse fraternalmente para hacer frente al enemigo común, la sociedad de los privilegiados organizada en el Estado, es muy lamentable, digo, que hombres que, por lo demás, han prestado grandes servicios en el pasado a la Internacional, arrastrados hoy por una pasión malsana de autoritarismo, se rebajen incluso a la mentira y siembren la discordia, en lugar de crear por doquier esa libre unión de la que únicamente puede surgir la fuerza.

Para daros una idea exacta de nuestros esfuerzos, me basta con deciros una sola cosa. Nuestro programa es el vuestro, el mismo que proclamasteis el año pasado en vuestro congreso, y si habéis permanecido fieles a él, sois de los nuestros, por la misma razón que nosotros somos de los vuestros. Detestamos el principio de la dictadura, del sistema de gobierno (gouvernementalisme) y de la autoridad, como vosotros lo detestáis; tenemos la convicción de que todo poder político se convierte en una fuente infalible de desmoralización para los gobernantes y de servidumbre para los gobernados. — Estado significa dominación, y la naturaleza humana está hecha de tal modo que toda dominación conduce a la explotación. Como enemigos del Estado en todas las circunstancias, del Estado en todas sus manifestaciones, no queremos tolerar uno semejante tampoco en la Internacional. Consideramos la Conferencia de Londres y las resoluciones por ella adoptadas como una intriga de la ambición y como un golpe de Estado, y por eso hemos protestado y protestaremos hasta el fin. No toco las cuestiones personales; desgraciadamente, no podrán menos de ocupar demasiado al próximo congreso, si es que este congreso se celebra, cosa de la que yo, por mi parte, dudo, pues si las cosas siguen marchando como hasta ahora, pronto no habrá en el continente europeo lugar alguno donde los delegados del proletariado puedan reunirse para deliberar libremente. Y ahora todas las miradas se dirigen a España y al resultado de vuestro congreso. ¿Cuál será ese resultado? Esta carta, si os llega, os llegará después del congreso. ¿Os encontrará en plena revolución o en plena reacción? Todos nuestros amigos de Italia, Francia y Suiza esperan noticias de vuestro país con ansiedad cruel.

Sabéis sin duda que en Italia, en los últimos tiempos, la Internacional y nuestra querida Alianza han alcanzado un desarrollo muy considerable. El pueblo, tanto en el campo como en las ciudades, se encuentra en una situación completamente revolucionaria, es decir, en una situación económicamente desesperada, y las masas empiezan a organizarse de un modo muy serio; sus intereses comienzan a convertirse en ideas. — Lo que hasta ahora le ha faltado a Italia no han sido los instintos, sino precisamente la organización y la idea. Ambas se están formando ahora de tal manera que Italia, después de España y junto con España en esta hora, es tal vez el país más revolucionario. En Italia existe lo que falta en los demás países: una juventud ardiente, enérgica, sin posición alguna, sin carrera, sin salida (tout à fait déplacée, sans carrière, sans issue), que, a pesar de su origen burgués, no está agotada moral e intelectualmente, como la juventud burguesa de otros países. Hoy se precipita de cabeza (à tête perdue) en el socialismo revolucionario con todo nuestro programa, el programa de la Alianza. Mazzini, nuestro genial y poderoso adversario, ha muerto, el partido mazziniano está completamente desorganizado, y Garibaldi se deja arrastrar cada vez más por esa juventud que lleva su nombre, la cual, sin embargo, va, o más bien corre, mucho más lejos que él. He enviado a los amigos de Barcelona una dirección italiana; pronto les enviaré otras. Es bueno, es necesario que los Aliados de España entren en comunicación directa con los de Italia. ¿Recibís los periódicos socialistas italianos? Os recomiendo especialmente: «Eguaglianza» en Girgenti, Sicilia; «Campana» en Nápoles; el «Fascio Operaio» en Bolonia; «Il Gazzettino Rosa», pero sobre todo «Il Martello» en Milán, el cual, desgraciadamente, ha sido secuestrado y todos sus redactores se encuentran en la cárcel.

En Suiza os recomiendo dos Aliados: James Guillaume (Suiza, Neuchâtel, 5, Rue de la Place d’Armes) y Adhemar Schwitzguébel, grabador (miembro y secretario corresponsal de la Federación del Jura), Suiza, Jura bernés, Sonvillier, señor Adhemar Schwitzguébel, grabador. (Sigue la dirección de Bakunin.)

Alianza y fraternidad

M. Bakunin

Os ruego que saludéis de mi parte al Hermano Morago y le pidáis que me envíe su periódico.

¿Recibís el «Bulletin» de la Federación del Jura? Os ruego que queméis esta carta, pues contiene nombres.

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El Congreso de La Haya ha expulsado a Bakunin no sólo por ser el fundador de la Alianza, sino también por un hecho personal de la Internacional. El documento auténtico que prueba este hecho está aún en nuestras manos, pero razones políticas nos ordenan abstenernos por el momento de su publicación.

Variantes del texto

{1} En la edición francesa, el siguiente fragmento de frase reza: der Majorität des Zentralkomitees einberufen ist

{2} En la edición francesa, se añade: selbst oder

{3} En la edición francesa: höchster Chef und Administrator

{4} En la edición francesa, se añade: heute

{5} En la edición francesa, se añade: eines Landes

{6} En la edición francesa: besonders

{7} En la edición francesa, el siguiente fragmento de frase reza: zu Menschenmassakern geführt hat und stets führen wird

{8} En la edición francesa: insurgierten

{9} En la edición francesa: wirklichen

{10} En la edición francesa: Produktion (en lugar de: produktiven Arbeit)

{11} En la edición francesa, el siguiente fragmento de frase reza: durch die Arbeiter, d.h. die ackerbauenden und industriellen Assoziationen nutzbar gemacht werden können

{12} En la edición francesa, se añade: der Allianz