Friedrich Engels

De la Internacional

Escrito el 19/20 de junio de 1873.

[«Der Volksstaat» n.º 53 del 2 de julio de 1873]

«Der Volksstaat» no ha publicado desde hace bastante tiempo sobre el estado de cosas en la Asociación Internacional de los Trabajadores más que las comunicaciones oficiales del Consejo General de Nueva York. Ha procedido exactamente igual que todos los demás periódicos internacionales y que la gran masa de los miembros de la propia Asociación. Mientras los órganos de la minoría de La Haya, dirigidos por la Alianza secreta bakunista, removían cielo y tierra para presentarse como los representantes de la verdadera mayoría de la Internacional, para denigrar y calumniar en todos los tonos a la mayoría del Congreso, al antiguo Consejo General y especialmente a Marx, y para agrupar en torno a sí a los genios incomprendidos de todas las naciones, los atacados se contentaron con dejar establecido de una vez por todas el estado de hecho acerca del Congreso de La Haya y con oponer los hechos mismos únicamente a las más grandes e infames calumnias. Por lo demás, se confió en el sano entendimiento de los obreros y en la acción del Consejo General, el cual, por cierto, se ha mostrado también plenamente a la altura de su puesto.

Lo que sigue demostrará que esta manera de proceder, observada en todas partes por sí misma y sin necesidad de ulterior acuerdo, ha dado sus frutos.

En
Inglaterra
, algunos miembros ingleses del último Consejo General, a quienes Marx en La Haya —sobre la base de pruebas documentales y de confesión propia, y sin que ellos se hubieran atrevido a replicar una palabra— había lanzado a la cara la acusación de corrupción, habían provocado en diciembre pasado una escisión en el Consejo Federal Británico. Se retiraron de él y convocaron un congreso separatista, que constó de once hombres en total, de los

cuales ni siquiera se osó decir si representaban a alguna sección y a cuáles. Los once hombres se declararon indignados contra las resoluciones de La Haya y se alinearon bajo la bandera de los secesionistas; entre ellos, en primer lugar, dos extranjeros,
Eccarius
y
Jung
. Desde entonces existieron dos Consejos Federales, pero con la diferencia de que el uno, el internacional, tenía tras de sí a casi todas las secciones, mientras que el otro, el secesionista, no representaba a nadie más que a sus propios miembros. Este último representó esta comedia durante varios meses, pero finalmente se extinguió. Con los obreros ingleses, a los que ha educado un movimiento de cincuenta años, no se pueden hacer, precisamente, tales farsas. En cambio, los días 1 y 2 de junio tuvo lugar en Manchester el Congreso de la Internacional británica y marcó decididamente una época en el movimiento obrero inglés. Estuvieron presentes 26 delegados, que representaban, junto a algunas localidades menores, los principales centros de la industria inglesa. El informe del Consejo Federal se distinguió de todos los documentos anteriores de ese género por el hecho de que —en este país de la legalidad consuetudinaria— reivindicaba para la clase obrera el derecho de imponer sus exigencias por la fuerza
.

El Congreso aprobó el informe y acordó: la bandera roja es la bandera de la Internacional británica; la clase obrera reclama la devolución no solo de toda la propiedad territorial, sino también de todos los medios de trabajo en general, al pueblo trabajador; como medida provisional se exige la jornada laboral normal de ocho horas; se felicita a los obreros españoles por la instauración de la República y la elección de diez obreros en las Cortes; se insta al gobierno inglés a poner en libertad inmediatamente a los fenianos irlandeses aún presos. — Quien conozca la historia del movimiento obrero inglés admitirá que nunca un congreso obrero inglés ha planteado exigencias tan amplias. Y, en todo caso, con este Congreso y con el final lamentable del Consejo Federal separatista, inventado por sí mismo, ha quedado decidida la posición de la Internacional inglesa.

En
Suiza
las cosas no van mejor para los confederados particulares. Es sabido que la Federación del Jura fue desde siempre el alma de toda la confabulación separatista en la Internacional. Ya en el Congreso de La Haya declararon sus delegados que representaban a la verdadera mayoría de la Internacional y que lo demostrarían en el próximo Congreso. Pero, del dicho al hecho hay mucho trecho, también para aquellos que hablan a boca llena. Los días 27 y 28 de abril la Federación del Jura celebró su Congreso en Neuchâtel. De las deliberaciones se desprende que la Federación cuenta con once secciones suizas, de las cuales nueve

estuvieron representadas. Sobre cómo se hallan estas once secciones, cuán fuertes son, etc., no dice ni una palabra el informe de la comisión; en cambio, declara que, por así decirlo, toda la Internacional se ha adherido a su confabulación separatista. Según esto, pues, esa enorme mayoría se presentará en el próximo Congreso general y echará abajo las resoluciones de La Haya, ¿no? No, precisamente eso no. Por el contrario, la misma comisión propone —lo cual, naturalmente, es aceptado de inmediato por estos delegados «autónomos»—: para que el nuevo Congreso no incurra de nuevo en los peligrosos extravíos del Congreso de La Haya, las federaciones separatistas celebrarán un congreso propio en alguna ciudad suiza y no reconocerán ningún congreso que el Consejo General de Nueva York pudiera convocar.

El
Congreso de La Haya
encargó expresamente al Consejo General que determinara la ciudad suiza donde deberá celebrarse el próximo Congreso. El acuerdo de la Federación del Jura no significa, pues, otra cosa que una nueva retirada, oculta tras frases altisonantes.

En efecto, ya era hora de que estos señores se cubrieran las espaldas. Los días 1 y 2 de junio —días fatales para los separatistas— se celebró en Olten el Congreso Obrero Suizo. Entre 80 delegados, apenas
cinco
eran del Jura. Se propuso fundar una Liga Obrera Suiza centralizada.

Los cinco del Jura, por el contrario, propusieron un sistema federativo artificiosamente clausulado que habría tornado ineficaz a toda la organización. Al hallarse en una minoría desesperada, se dedicaron, como en La Haya, a hacer perder el tiempo a los demás. El Congreso perdió todo el domingo con el debate sobre esta llamada «cuestión de principio». Finalmente, la mayoría se vio obligada, exactamente igual que en La Haya, a tapar la boca a estos oradores de largo aliento, para poder pasar al trabajo. El lunes se acordó simplemente fundar una Liga centralizada, tras lo cual los cinco predicadores, después de dar lectura a una declaración insustancial, abandonaron la sala y se marcharon a casa. ¡Y estos hombres, tan completamente nulos en su propio país, peroran desde hace años sobre su vocación de reorganizar la Internacional!

Pero las desgracias nunca vienen solas. En Italia, donde los anarquistas de la confabulación separatista llevan momentáneamente la voz cantante, uno de los suyos, Crescio de Piacenza, había enviado su nuevo periódico: «L'Avvenire Sociale» (El Porvenir Social) a Garibaldi, a quien estos señores reclaman continuamente como uno de los suyos. El periódico estaba lleno de gritos de ira

contra lo que ellos llaman «el principio de autoridad», que según su opinión es la raíz de todos los males. A ello respondió Garibaldi:

«¡Querido Crescio! Muchísimas gracias, etc. Queréis, en vuestro periódico, hacer la guerra a la mentira y a la esclavitud; éste es un programa muy hermoso. Pero creo que combatir el principio de autoridad es uno de los errores de la Internacional, el cual obstaculiza sus progresos.
La Comuna de París sucumbió porque en París no había ninguna autoridad, sino solamente anarquía
.»

El viejo luchador por la libertad, que en un solo año, el de 1860, realizó más de lo que todos los anarquistas jamás intentarán en su vida, sabe apreciar el valor de la disciplina tanto más cuanto que él mismo siempre tuvo que disciplinar a sus fuerzas armadas, y no lo hizo como los soldados de oficio, mediante la instrucción y la constante amenaza de fusilamiento, sino ante el enemigo.

Por desgracia no hemos llegado aún al final en la enumeración de los contratiempos que les han sobrevenido a los separatistas. Solo les faltaba uno, y también éste les ha ocurrido. El «Neuer», cuyo olfato policial había descubierto desde hace ya bastante tiempo en estos elementales perturbadores de la Internacional un cierto perfume dulzón, se pasa ahora completamente a su lado. En su número 68 encuentra que el proyecto de estatutos elaborado por los belgas —que de hecho han salido ya de la Internacional— corresponde enteramente a sus puntos de vista y anuncia su adhesión a los confederados particulares. Con esto se colman todos nuestros deseos. Si Hasselmann y Hasenclever se presentan en el Congreso de los separatistas, esta alianza particular recibirá ya su verdadero carácter. A la derecha Bakunin, a la izquierda Hasenclever y, en el medio, los desdichados belgas, a quienes se lleva de la nariz sirviéndose de sus frases proudhonianas.