56 MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA pios dependerá en todas partes y en todo tiempo de las circunstancias históricas existentes, razón por la cual no se hace especial hincapié en las medidas revolucionarias propuestas al final del capítulo II. Si hubiéramos de formularlo hoy, este pasaje presentaría un tenor distinto en muchos respectos. Este programa ha quedado a trozos anticuado por efecto del inmenso desarrollo experimentado por la gran industria en los últimos veinticinco años, con los consiguientes progresos ocurridos en punto a la organización política de la clase obrera y por efecto de las experiencias prácticas, de la revolución de febrero en primer término, y sobre todo de la Comuna de París, donde el proletariado, por vez primera, tuvo el Poder político en sus manos por espacio de dos meses. La comuna ha demostrado, principalmente, que “ la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque, poniéndola en marcha para sus propios fines” . (V. La guerra civil en Francia, alocución del Consejo general de la Asociación Obrera Internacional, edición alemana, pág. 51, donde se desarrolla ampliamente esta idea) (1). Huelga asimismo decir que la crítica de la literatura socialista presenta hoy lagunas, ya que sólo llega hasta 1847, y, finalmente, que las indicaciones que se hacen acerca de la actitud de los comunistas para con los diversos partidos de la oposición (capítulo I V ) , aunque sigan siendo exactas en sus líneas generales, están también anticuadas en lo que toca al detalle, por la sencilla razón de que la situación política ha cambiado radicalmente y el progreso histórico ha venido a eliminar del mundo a la mayoría de los partidos enumerados. Sin embargo, el Manifiesto es un documento histórico, que nosotros no nos creemos ya autorizados a modificar. T al vez una edición posterior aparezca precedida de una introducción que abarque el período que va desde 1847 hasta los tiempos actuales; la presente reimpresión nos ha sorprendido, sin dejarnos tiempo para eso. Londres, 24 de junio de 1872.

C arlos M a r x . F ederico E n g e l s .

( i ) Consúltese hoy sobre este punto: Engels, Cartas a Bernstein (edición alemana), pág. 134, y Lenin, El Estado y la Revolución (2* ed. 1929) > págs. 37 7 I04 - - II PROLOGO DE ENGELS A LA EDICION ALEMANA DE 1883 Desgraciadamente, al pie de este prólogo a la nueva edición del Manifiesto ya sólo aparecerá mi firma. Marx, ese hombre a quien la clase obrera toda de Europa y América debe más que a hombre alguno, descansa en el cementerio de Highgate, y sobre su tumba crece ya la primera hierba. Muerto él, sería doblemente absurdo pensar en revisar ni en adicionar el M anifiesto. En cambio, créome obligado, ahora más que nunca, a consignar aquí una vez más, para que quede bien patente, la siguiente afirmación: La idea cardinal que inspira todo el Manifiesto, a saber: que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad — una vez disuelto el primitivo régimen de comunidad del suelo— es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida — el proletariado— no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime — de la burguesía— sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases; esta idea cardinal fué fruto personal y exclusivo de Marx (1).

(1) " A esta idea — añado en el prólogo a la traducción inglesa— , que en mi opinión está llamada a inaugurar en la ciencia histórica el mismo progreso que la teoría de D arw in llevó a las ciencias naturales, nos habíamos ido acercando ya ambos poco a poco, varios años antes de 1845. Mi obra sobre la Situación de la clase obrera en Inglaterra revela los progresos hechos por m í personalmente en esa dirección. Pero cuando, en la primavera de 1845, v olví a reunirme con M arx en Bruselas, ya él había desarrollado perfectamente esa idea y me la expuso en términos casi tan claros y precisos como los que dejo resumidos más arriba.” (F. E.)