Karl Marx

Una vez más Stefanoni y la Internacional

[Carta a la redacción del "Gazzettino Rosa"]

Del italiano.

["Gazzettino Rosa" núm. 148, 28 de mayo de 1872]

Londres, 23 de mayo de 1872

Señor redactor:

En el "Libero Pensiero" del 28 de marzo, el señor Stefanoni preveía, con razón, que yo, pese a su desventura con Liebknecht, seguiría respondiendo con el silencio a sus constantes calumnias. Si hoy rompo ese silencio es porque el señor Karl Vogt, un hombre al que he liquidado política y moralmente en Alemania con mi libro «Herr Vogt», se revela ahora como el inspirador de las afirmaciones de su correligionario Stefanoni.

El señor Stefanoni cita del libro de Vogt, escrito contra mí y en general contra el partido comunista alemán, la patraña acerca de mis relaciones con el espía Cherval; pero omite con toda intención la carta de J. Ph. Becker desde Ginebra, que desenmascara del modo más humorístico las toscas invenciones de Vogt (véase «Herr Vogt», página 21).

Esta calumnia y otras de naturaleza similar con las que Vogt llena su sucio libro fueron reproducidas por la "National-Zeitung" de Berlín pocos días después de su publicación. Inmediatamente presenté desde Londres una querella por difamación. Conforme al ordenamiento jurídico prusiano, tuve que pasar primero por un procedimiento preliminar, es decir, obtener de los tribunales el permiso para procesar al redactor de la "National-Zeitung". Me vi obligado, pues, a recorrer toda la escala de los tribunales, desde el juez de instrucción hasta el Tribunal Supremo, para no obtener finalmente absolutamente nada. En una palabra, se me prohibió incoar un proceso tan comprometedor para el señor Vogt (que precisamente entonces, en sus «Estudios políticos», había instado a Prusia a apoderarse del resto de Alemania por la fuerza de las armas) —pero igualmente comprometedor para un periódico que, bajo la máscara de una supuesta oposición, despachaba los asuntos del gobierno y más tarde se reveló como el instrumento más servil de Bismarck—, un proceso, en fin, que debía dar plena satisfacción a un hombre calumniado entonces, por orden de arriba, por toda la prensa venal de Alemania.

Todos los episodios de mi lucha con los tribunales prusianos, junto con los documentos exculpatorios que les presenté, están impresos en mi libro «Herr Vogt» y, por tanto, deben ser conocidos por el virtuoso señor Stefanoni.

El señor Stefanoni cita también mis «Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia» (1853); ¿para probar qué? Que yo tenía relaciones con los comunistas alemanes.

De ello me enorgullezco. Por lo demás, el verdadero motivo de esa publicación era mostrar que la Liga de los Comunistas no era una sociedad secreta en el sentido del Código Penal, y que precisamente por eso el gobierno prusiano se vio obligado a hacer fabricar por el infame Stieber y sus secuaces una serie de documentos falsos que se me atribuían a mí y a los acusados. Hoy no hay nadie en Alemania, ni siquiera entre los bismarckianos, que osara negar este hecho. Que el señor Stefanoni haga causa común no solo con Vogt, sino incluso con Stieber, es demasiado fuerte, incluso para un espíritu fuerte [librepensador] de la calaña de Stefanoni.

En su periódico del 18 de abril, el señor Stefanoni pasa nuevamente al ataque. En mi libro había demostrado sobradamente que el señor Vogt se había vendido a Bonaparte en 1859, comprometiéndose a ser su agente principal en Alemania y en Suiza. Diez años más tarde, la indiscreción de sus amigos Jules Favre y Cía no ha hecho sino confirmar este hecho.

Es absolutamente falso que yo, por un supuesto interés alemán, hubiera tomado partido por Austria contra el señor Vogt, ese valiente paladín de Italia. En 1848/49 defendí en la "Neue Rheinische Zeitung" la causa de Italia frente a la mayoría del Parlamento y de la prensa alemana. Más tarde, en 1853 y en otras ocasiones, asumí en el "New-York Daily Tribüne" la defensa de un hombre con quien me había hallado en constante oposición en las cuestiones de principio: Mazzini [véanse: «Llamamiento de Mazzini» y «Mazzini y Napoleón»]. En una palabra, siempre estuve del lado de la Italia revolucionaria frente a Austria.

Pero la guerra de 1859 fue algo muy distinto. Yo la denuncié porque debía prolongar la existencia del Imperio bonapartista por otra década más, someter a Alemania al régimen de la camarilla prusiana y hacer de Italia lo que hoy es. Excepcionalmente, Mazzini compartió mi opinión. (Véase «Pensiero ed Azione» del 2 al 15 de mayo de 1859.) En aquel tiempo fue atacado, al igual que yo, por el inevitable señor Vogt.

Aunque estaba dispuesto a denunciar al señor Vogt como agente bonapartista, tuve que rechazar la paternidad de una circular anónima que el señor Karl Blind había lanzado contra él. El señor Stefanoni cita, siguiendo a Vogt, las declaraciones que este se había procurado del propietario de la imprenta y de los impresores para probar que Blind no era el autor de la circular y que no había sido impresa en casa de ese propietario.

Ahora bien, si el señor Stefanoni, como él lo afirma, hubiera leído mi libro, habría leído en las páginas 186/187 las declaraciones prestadas bajo juramento ante un tribunal inglés por el mencionado impresor y uno de sus colegas, en las que se establece que precisamente Karl Blind es el autor de la circular anónima. Del señor Vogt, el señor Stefanoni pasa a Herzen. En primer lugar, hace que Herzen asista a la asamblea en que se fundó la Internacional y fija la formación de la Asociación en 1867. Todo el mundo sabe que la Internacional fue fundada en septiembre de 1864 en una asamblea en Long Acre, a la que Herzen no estuvo presente. El evangelista del racionalismo, el señor Stefanoni, trata la cronología y la topografía exactamente como lo hicieron sus predecesores en el Nuevo Testamento hace dieciocho siglos. Aproximadamente diez años antes de la fundación de la Internacional, me había negado a tomar la palabra junto al señor Herzen, el paneslavista ruso, con motivo de una manifestación pública.

Ni siquiera Herzen se atreve, en un libro aparecido tras su muerte, editado por su hijo, que está lleno de mentiras sobre mí, a decir que yo lo hubiera calificado de espía ruso, como lo afirma el veraz señor Stefanoni. Por lo demás, aquellos que deseen ilustrarse sobre el valor que debe atribuirse al socialista diletante Herzen no tienen más que leer el opúsculo «Nuestros asuntos domésticos» de Serno-Solowijewitsch.

Tengo el honor de ser, señor redactor, su más seguro servidor

Karl Marx