Friedrich Engels

El Congreso de Sonvillier y la Internacional

Escrito hacia el 3 de enero de 1872.

["Der Volksstaat" núm. 3, del 10 de enero de 1872]

Cuál es la situación de la Asociación Internacional de los Trabajadores en este momento, apenas necesitamos exponerlo. Por un lado, los grandiosos acontecimientos de París le han dado un poder y una extensión como nunca antes había poseído; por el otro, encontramos a casi todos los gobiernos europeos coligados contra ella, Thiers con Gortschakow, Bismarck con Beust, Viktor-Emanuel con el Papa, España con Bélgica. Se ha desencadenado una cacería general contra la Internacional; todos los poderes del viejo mundo, tribunales de guerra y tribunales civiles, policía y prensa, junkers rurales y burgueses rivalizan en la persecución, y en todo el continente apenas hay un rincón donde no se haga todo lo posible para declarar fuera de la ley a la terrible gran confraternidad obrera.

Es precisamente este momento de desorganización general, forzosa, impuesta por los poderes de la vieja sociedad, este momento en que la unidad y la cohesión son más necesarias que nunca, precisamente este momento ha sido escogido por un pequeño número de miembros de la Internacional, que según su propia confesión se reduce cada día más, en un rincón de Suiza, para arrojar una manzana de la discordia entre los miembros mediante una circular pública. Esta gente —se autodenominan 
Federación del Jura—
 son esencialmente los mismos que, bajo la dirección de Bakunin, vienen perturbando sin cesar desde hace más de dos años la unidad en la Suiza francesa y, mediante una diligente correspondencia privada con algunas eminencias afines de diversos países, han trabajado en contra de la acción común en la Internacional. Mientras estas intrigas se limitaron a Suiza o transcurrieron en secreto, no quisimos darles mayor publicidad; esta circular nos obliga a hablar.

La Federación del Jura, en su Congreso de Sonvillier del 12 de noviembre, apoyándose en que el Consejo General no había convocado este año un congreso, sino una conferencia, acordó una circular a todas las secciones de la Internacional, la cual se ha difundido impresa en masa por todas las partes del mundo, y en la que se exhorta a las secciones a presionar para la convocatoria inmediata de un congreso. Por qué el congreso tuvo que ser sustituido por una conferencia es, al menos para nosotros en Alemania y Austria, de una claridad meridiana. No habríamos podido estar representados sin que nuestros delegados, a su regreso, hubiesen sido inmediatamente detenidos y puestos a buen recaudo, y en la misma situación se habrían encontrado los delegados de España, Italia y Francia. En cambio, una conferencia que no celebra debates públicos, sino únicamente sesiones administrativas, era perfectamente posible porque los nombres de los delegados no se hacían públicos. Tenía el inconveniente de no poder decidir cuestiones de principio, ni efectuar modificaciones estatutarias, ni realizar en general actos legislativos, y de tener que limitarse a acuerdos administrativos para la mejor ejecución de la organización fijada por los estatutos y las resoluciones de los congresos. Pero eso era también lo único necesario en aquellas circunstancias; se trataba de medidas para la situación de emergencia del momento, y para ello era suficiente.

Los ataques contra la conferencia y sus acuerdos no eran, sin embargo, más que el pretexto. La presente circular solo habla de ello de paso. Por el contrario, encuentra que el mal es mucho más profundo. Afirma que, según los estatutos y las resoluciones originarias de los congresos, la Internacional no es sino «una libre federación de secciones autónomas» (independientes), que tiene por fin la emancipación de los obreros por los obreros mismos,

«al margen de toda autoridad directiva, incluso de aquella creada por libre consentimiento».

Por consiguiente, el Consejo General no sería más que «una simple oficina de estadística y correspondencia». Pero, según ella, esta base originaria fue falseada muy pronto, primero por el derecho concedido al Consejo General de completarse a sí mismo con nuevos miembros, y más aún por las resoluciones del Congreso de Basilea, que otorgaron al Consejo General el derecho de suspender a secciones concretas hasta el próximo congreso y de resolver provisionalmente los conflictos hasta la decisión del congreso. De este modo, se habría puesto en manos del Consejo General un poder peligroso, la libre asociación de secciones independientes se habría transformado en una organización jerárquica y autoritaria de «secciones disciplinadas», de suerte que

«las secciones estarían por completo en manos del Consejo General, el cual podría a su arbitrio negarles la admisión o suspender su actividad».

A nuestros lectores alemanes, que conocen demasiado bien el valor de una organización capaz de defenderse, todo esto les parecerá muy extraño. Naturalmente, pues las teorías del señor Bakunin, que aquí aparecen en plena floración, no han llegado hasta ahora a Alemania. ¡Una sociedad obrera que ha inscrito en su bandera ante todo la lucha por la emancipación de la clase obrera ha de tener a su cabeza —no un comité ejecutivo, sino una simple oficina de estadística y correspondencia! Pero la lucha por la emancipación de la clase obrera es, para Bakunin y sus compinches, un mero pretexto; el verdadero fin es completamente distinto.

«La sociedad futura no debe ser otra cosa que la generalización de la organización que se habrá dado la Internacional. Debemos, pues, procurar que esta organización se aproxime lo más posible a nuestro ideal... La Internacional, germen de la futura sociedad humana, está obligada a ser ya desde ahora la imagen fiel de nuestros principios de libertad y federalismo, y a expulsar de su seno todo principio que tienda a la autoridad y a la dictadura.»

Los alemanes tenemos fama de místicos, pero ni de lejos alcanzamos este misticismo. ¡La Internacional, un modelo de la sociedad futura en la que no habrá ya fusilamientos de Versalles, ni tribunales de guerra, ni ejércitos permanentes, ni violación de correspondencia, ni tribunal criminal de Brunswick! ¡Precisamente ahora, cuando tenemos que defendernos con uñas y dientes, se pretende que el proletariado no se organice según las necesidades de la lucha que se le impone a diario y a todas horas, sino según las representaciones que algunos fantaseadores se hacen de una indeterminada sociedad futura! Imaginemos cómo sería nuestra propia organización alemana según este modelo. En vez de luchar contra los gobiernos y contra la burguesía, andaríamos elucubrando si cada artículo de nuestros estatutos, cada resolución de congreso será o no la imagen fiel de la sociedad futura. En lugar de nuestro comité ejecutivo, ¡una simple oficina de estadística y correspondencia que se las arregle como pueda con las secciones independientes, tan independientes que no les está permitido ni siquiera reconocer una autoridad directiva creada por su propio libre consentimiento, pues con ello violarían su primer deber, a saber: ser un modelo fiel de la sociedad futura! Ya no se habla más de concentrar las fuerzas, de acción común. Si en cada sección la minoría se somete a la mayoría, comete un crimen contra los principios de la libertad y reconoce un principio que tiende a la autoridad y a la dictadura. Si Stieber con todos sus secuaces, si todo el gabinete negro, si todos los oficiales prusianos ingresan por orden en la organización socialdemócrata para arruinarla, el comité, o mejor dicho, la oficina de estadística y correspondencia, no debe, ¡por ningún motivo!, impedírselo, ¡pues eso sería introducir una organización jerárquica y autoritaria! ¡Y sobre todo, nada de secciones disciplinadas! ¡Nada de disciplina de partido, nada de centralización de las fuerzas en un punto, nada de armas de lucha! ¿Dónde quedaría entonces el modelo de la sociedad futura? En resumen, ¿a dónde iríamos a parar con esta nueva organización? A la organización cobarde y rastrera de los primeros cristianos, aquellos esclavos que aceptaban agradecidos cada puntapié y que, al cabo de trescientos años, ciertamente, proporcionaron la victoria a su religión arrastrándose; ¡un método de revolución que el proletariado, en verdad, no imitará! Exactamente igual que los primeros cristianos tomaron su cielo imaginado como modelo de su organización, así deberíamos nosotros tomar como modelo el cielo social futuro del señor Bakunin y, en lugar de luchar, rezar y esperar. ¡Y los que nos predican este sinsentido se hacen pasar por los únicos revolucionarios auténticos!

Volviendo a la Internacional, de momento todas esas cosas van por buen camino. Hasta la nueva decisión del congreso, el Consejo General tiene el deber de ejecutar las resoluciones de Basilea y cumplirá con su deber. Y del mismo modo que no ha tenido reparo en expulsar a los Tolain y los Durand, velará por que a los Stieber y compañía se les cierre el acceso a la Internacional, aunque el señor Bakunin considere esto dictatorial.

Pero, ¿cómo surgieron esas perniciosas resoluciones de Basilea? De manera muy sencilla. Los delegados belgas las propusieron, y
nadie habló más cálidamente en favor de ellas que Bakunin y sus amigos
, especialmente Schwitzguébel y Guillaume, ¡los firmantes de la presente circular! Pero, claro está, entonces la situación era distinta. Entonces estos señores esperaban conquistar la mayoría y ver transferido a ellos el Consejo General. Entonces no podían hacer al Consejo General lo bastante fuerte. Y ahora —sí, amigo, la cosa es muy diferente— ahora las uvas están
verdes, y ahora hay que reducirlo a una simple oficina de estadística y correspondencia, para que el pudor de la sociedad futura bakuninista no tenga que ruborizarse.

Y esta gente, sectarios de profesión que, junto con su doctrina místico‑protocristiana, constituyen una parte insignificante de los miembros de la Internacional, no tienen empacho en reprochar al Consejo General que sus miembros quieran

«hacer predominar en la Internacional su programa particular, su doctrina personal; sus ideas privadas se les antojan la teoría oficial, la única que tiene derecho de ciudadanía en la asociación».

Esto es, en verdad, fuerte. Quien haya tenido ocasión de seguir la historia interna de la Internacional sabe que esa misma gente se ocupa desde hace casi tres años, principalmente, en imponer a la asociación su doctrina sectaria como programa general y, no habiéndolo logrado, en hacer pasar subrepticiamente frases bakuninistas como programa general de la Internacional. A pesar de ello, el Consejo General solo ha protestado contra esa suplantación, pero jamás les ha disputado hasta ahora el derecho a pertenecer a la Internacional ni a sacar al mercado, a sus anchas, sus fantasías sectarias como tales. Cómo acogerá el Consejo General esta nueva circular, esperemos a verlo.

De lo que esta gente ha conseguido con su nueva organización, ellos mismos se han expedido un brillante certificado. En todas partes donde la Internacional no ha chocado con la resistencia violenta de gobiernos reaccionarios, ha realizado progresos gigantescos desde la Comuna de París. En el Jura suizo, en cambio, donde estos señores han campado por sus respetos sin restricciones desde hace año y medio, ¿qué vemos? Escuchemos su propio informe al Congreso de Sonvillier (Ginebra, "Révolution Sociale" del 23 de noviembre):

«Estos terribles acontecimientos han tenido que ejercer sobre nuestras secciones una influencia en parte desmoralizadora, en parte saludable... luego llega el comienzo de la lucha gigantesca que el proletariado ha de librar contra la burguesía, y con ello la reflexión... unos se escabullen (s'en vont) y ocultan su cobardía, otros se adhieren con más firmeza que nunca al principio renovador de la Internacional. — Tal es el hecho predominante de la historia interna actual de la Internacional en general y de nuestra federación en particular.»

Lo nuevo es que se pretenda que esto haya ocurrido en la Internacional en general, cuando precisamente ha sucedido lo contrario. Lo cierto es que éste ha sido el caso en la Federación del Jura. Escuchen ahora a los propios señores: La sección de Moutier es la que menos ha sufrido, pero no ha logrado nada:

«Si no se han fundado nuevas secciones, hay que esperar, sin embargo, etc.»... y sin embargo esta sección era «completamente favorecida por el — excelente espíritu de la población»... «la sección de Grange se ha reducido a un pequeño núcleo de obreros.»

Dos secciones de Biel jamás han contestado las cartas del comité, como tampoco las secciones de Neuchâtel y una de Locle; la tercera sección de Biel está «por el momento muerta»... aunque «no se ha perdido toda esperanza de ver resurgir la Internacional en Biel».

La sección de Saint-Blaise ha muerto, la de Val de Ruz ha desaparecido, sin que se sepa cómo; la sección central de Locle, tras una larga agonía, se disolvió, pero, al parecer con el fin de la elección para el congreso, ha sido reconstituida a duras penas; la de La-Chaux-de-Fonds se halla en una situación crítica; la sección de los relojeros de Courtelary se está transformando actualmente en una cooperativa sindical adoptando los estatutos de la cooperativa sindical de relojeros suizos, es decir, adopta los estatutos de una asociación que no pertenece a la Internacional; la sección central del mismo distrito ha suspendido su actividad porque sus miembros de Saint-Imier y de Sonvillier han fundado una sección separada (lo que no impide que la misma sección central se haga representar en el congreso por dos delegados, junto con los delegados de las dos secciones de Saint-Imier y de Sonvillier); la sección Catébat, después de una brillante existencia, ha tenido que disolverse a consecuencia de las intrigas de los burgueses locales, y lo mismo la de Corgémont; en Ginebra, por último, aún existe una sección.

He aquí lo que los representantes de la federación libre de secciones independientes, con una oficina de estadística y correspondencia a la cabeza, han hecho en año y medio de una federación que, sin ser extensa ni numerosa, era floreciente. ¡Y eso en un país donde gozaban de completa libertad de acción y en una época en que, en todas partes, la Internacional daba pasos gigantescos! ¡Y en el mismo instante en que ellos mismos nos muestran este cuadro lamentable de sus fracasos, en que lanzan este grito angustioso de impotencia y disolución, en ese mismo instante se presentan ante nosotros con la pretensión de arrancar a la Internacional de la trayectoria que hasta ahora ha seguido, a lo largo de la cual ha llegado a ser lo que es, y de conducirla por el camino que a la Federación del Jura la ha llevado de su relativo florecimiento a la disolución completa!