EL CONSEJO GENERAL A TODOS LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES

Ciudadanos:

El Consejo General se ve en la necesidad de denunciar públicamente ante vosotros la existencia, en el seno de la Internacional, de intrigas que, aunque en plena actividad desde hace varios años, jamás han sido siquiera sospechadas por la mayoría de entre vosotros.

En nuestra circular privada del 5 de marzo de 1872, sobre «las pretendidas divisiones en la Internacional»*, nos vimos obligados a llamar vuestra atención sobre las maniobras de la llamada «Alianza de la Democracia Socialista», maniobras encaminadas a sembrar la discordia en nuestras filas y a entregar, de manera subrepticia, la dirección suprema de nuestra Asociación a una pequeña camarilla dirigida por Michael Bakounine.

La Alianza de la Democracia Socialista, recordaréis, publicó, ya en sus orígenes, un conjunto de estatutos que, de haberlos sancionado nosotros, le habrían otorgado una doble existencia, dentro y fuera de la Internacional al mismo tiempo. Habría tenido sus propias secciones, federaciones y congresos al lado de las secciones, federaciones y congresos de la Internacional, y sin embargo pretendía tomar parte en estos últimos. Su objetivo era suplantar nuestros Estatutos Generales por el programa especial de M. Bakounine e imponer a nuestra Asociación su dictadura personal.

El Consejo General, mediante su circular del 22 de diciembre de 1868, rechazó esas pretensiones.382 Admitió a la Alianza de la Democracia Socialista en la Internacional sólo bajo la condición expresa de que dejara de ser un cuerpo internacional; que disolviera su organización; que sus secciones ingresaran simplemente como secciones locales. Estas condiciones fueron formalmente aceptadas por la Alianza. Pero de todas sus pretendidas secciones, sólo la Sección Central de Ginebra ingresó en nuestra Asociación. Las demás siguieron siendo un misterio para el Consejo General, que quedó así bajo la impresión de que no existían.

Y ahora, tres años más tarde, estamos en posesión de documentos que prueban de manera irrefragable que esa misma Alianza de la Democracia Socialista, a pesar de su promesa formal, ha seguido y sigue existiendo como un cuerpo internacional dentro de la Internacional, y bajo la forma de una sociedad secreta; que sigue estando dirigida por M. Bakounine; que sus fines siguen siendo los mismos, y que todos los ataques que a lo largo de los últimos doce meses se han dirigido, aparentemente, contra la Conferencia de Londres y el Consejo General, pero en realidad contra toda nuestra organización, han tenido su origen en esta Alianza. Los mismos hombres que acusan al Consejo General de autoritarismo sin haber podido jamás señalar un solo acto autoritario por su parte, que hablan en cada ocasión de la autonomía de las secciones, de la libre federación de los grupos, que acusan al Consejo General de querer imponer a la Internacional su propia doctrina oficial y ortodoxa y de transformar nuestra Asociación en una organización constituida jerárquicamente — esos mismos hombres, en la práctica, se constituyen como una sociedad secreta con una organización jerárquica, y bajo una dirección no meramente autoritaria, sino absolutamente dictatorial; pisotean todo vestigio de autonomía de las secciones y de las federaciones; apuntan a imponer a la Internacional, por medio de esta organización secreta, las doctrinas personales y ortodoxas de M. Bakounine. Mientras exigen que la Internacional se organice de abajo hacia arriba, ellos mismos, como miembros de la Alianza, se someten humildemente a la consigna que se les transmite desde arriba.

¿Hace falta decir que la mera existencia de semejante sociedad secreta dentro de la Internacional constituye una violación flagrante de nuestros Estatutos Generales? Dichos Estatutos sólo conocen una clase de miembros de la Internacional, con derechos y deberes iguales para todos; la Alianza los separa en dos clases, los iniciados y los profanos, estando estos últimos destinados a ser dirigidos por los primeros mediante una organización cuya existencia misma desconocen. La Internacional exige a sus adherentes que reconozcan la Verdad, la Justicia y la Moral como base de su conducta; la Alianza impone a sus adeptos, como primer deber, la mendacidad, la disimulación y la impostura, ordenándoles engañar a los internacionales profanos en lo que respecta a la existencia de la organización secreta y a los motivos y fines de sus propias palabras y acciones. El programa de la Internacional está establecido en nuestros Estatutos y es conocido por todos; el de la Alianza jamás ha sido confesado y es desconocido hasta el día de hoy.

El núcleo de la Alianza se encuentra en la federación del Jura. Desde allí se lanza la consigna que es recogida y repetida inmediatamente por las otras secciones y por los periódicos pertenecientes a la organización secreta. En Italia, cierto número de sociedades están controladas por ella. Estas sociedades se llaman secciones internacionales, pero nunca han solicitado su admisión, ni pagado contribuciones, ni cumplido ninguna de las otras condiciones prescritas por nuestro Reglamento. En Bélgica, la Alianza cuenta con algunos agentes influyentes. En el sur de Francia tiene varios corresponsales, entre ellos pluralistas, que acumulan sus funciones de corresponsales de la Alianza con el cargo de secretario del inspector de policía. Pero el país donde la Alianza está organizada con mayor eficacia, y donde tiene las más extensas ramificaciones, es España. Habiendo logrado deslizarse silenciosamente y desde el comienzo en las filas de los internacionales españoles, ha logrado controlar, la mayor parte del tiempo, los sucesivos Consejos y Congresos federales. Los internacionales más entregados en España eran inducidos a creer que esta organización secreta existía en todas partes dentro de nuestra Asociación y que era casi un deber pertenecer a ella. Este engaño fue destruido por la Conferencia de Londres, donde el delegado español,* él mismo miembro de la Alianza, pudo convencerse de que ocurría lo contrario, así como por las mentiras y los ataques violentos que, inmediatamente después, Bakounine ordenó a su fiel rebaño lanzar contra la Conferencia y el Consejo General. Tras una prolongada lucha dentro de la Alianza, aquellos de sus miembros españoles que tenían más en el corazón a la Internacional que a la Alianza, se retiraron de esta última. Inmediatamente fueron asaltados por los insultos y calumnias más atroces de parte de quienes permanecieron fieles a la sociedad secreta. Dos veces fueron expulsados de la federación local de Madrid, en abierta violación del reglamento vigente. Cuando propusieron constituirse como la «Nueva Federación de Madrid»,383 el Consejo Federal negó su autorización y devolvió las contribuciones que habían ofrecido. Y aquí debemos señalar que, de entre los ocho miembros de ese Consejo Federal, hay cinco (Vicente Rossell, Peregrin Montoro, Severino Albarracin, Francisco Tomas y Franco Martinez) que sabemos son miembros de la Alianza; es además probable que haya otros aparte de estos. De este modo, las secciones y federaciones locales de España, tan orgullosas de su autonomía, son conducidas como un rebaño de ovejas, sin siquiera sospecharlo, por órdenes secretas enviadas desde Suiza, que el Consejo Federal ha de acatar sin murmurar, so pena de ser proscrito por la Alianza.

El Consejo Federal español, con el fin de asegurar la elección, como delegados para el Congreso de La Haya, de miembros de la Alianza, ha enviado a las secciones y federaciones locales una circular privada fechada el 7 de julio, en la que las llama a una contribución extraordinaria para sufragar los gastos de los delegados, y además les ordena, autoritariamente, votar por un cierto número de delegados, que serán elegidos por la totalidad de los internacionales españoles; todas las papeletas de votación deben ser enviadas al Consejo Federal, quien comprobará el resultado de la elección. De esta manera, el éxito de los candidatos de la Alianza quedaba puesto fuera de toda duda. Además, el Consejo Federal anunciaba que redactará instrucciones que obligarán a los delegados elegidos. Tan pronto como tuvimos conocimiento de esta conjura para enviar al Congreso a los delegados de la Alianza con el dinero de la Internacional, y habiendo recibido, además, las pruebas de la complicidad del Consejo Federal español en las maniobras de la sociedad secreta, le hemos requerido, el 24 de julio:

1) Que nos entregara una lista de todos los miembros de la Alianza en España, con la indicación de los cargos que pudieran ocupar en la Internacional;

2) Que instruyera una investigación sobre el carácter y la acción de la Alianza en España, así como sobre su organización y sus ramificaciones allende la frontera;

3) Que nos enviara una copia de su circular privada del 7 de julio;

4) Que nos explicara cómo conciliaban con sus deberes hacia la Internacional la presencia, en el Consejo Federal, de al menos tres miembros notorios de la Alianza;

5) Que enviara una respuesta categórica a vuelta de correo.*

Esta respuesta podría haber estado en nuestras manos a más tardar el 1 de agosto. Pero sólo el 5 de agosto recibimos una carta fechada en Valencia, 1º de agosto (matasellos ilegible), en la que se difería una respuesta bajo el pretexto de que los miembros del Consejo no entendían nuestra carta, que estaba escrita en francés, y de que se requería tiempo para traducirla. ¡Ese mismo Consejo, en su carta del 15 de junio, nos había solicitado que le enviáramos nuestras publicaciones, etc., siempre que fuera posible en francés, por estar ellos (los miembros del Consejo) algo familiarizados con esa lengua! De modo que el pretexto es falso; lo único que se quiere es hacernos perder tiempo, cuando el tiempo es precioso.

Nos vemos, pues, en la necesidad de denunciar ante todos los miembros de la Asociación, y sobre todo ante los internacionales españoles, al Consejo Federal español como traidores a la Asociación Internacional de los Trabajadores. En lugar de cumplir fielmente el mandato que les confiaron los internacionales españoles, se han convertido en el órgano de una sociedad no sólo extraña, sino hostil a la Internacional. En lugar de obedecer los Estatutos Generales y Reglamentos, así como las resoluciones de los congresos generales y españoles, obedecen órdenes secretas emanadas de M. Bakounine. La sola existencia de un Consejo Federal compuesto, en su mayoría, por miembros de una sociedad secreta extraña a la Internacional, constituye una violación flagrante de nuestros Estatutos Generales.

Estos son, Ciudadanos, los hechos que tenemos que exponer ante vosotros antes de que tengan lugar las elecciones para el Congreso. Por primera vez en la historia de las luchas de la clase obrera, tropezamos con una conjura secreta urdida en el seno mismo de esa clase, y destinada a socavar, no el régimen capitalista existente, sino la Asociación misma en la que ese régimen encuentra a su adversario más enérgico. Es una conjura montada para obstaculizar el movimiento proletario. Así, dondequiera que la encontramos, la hallamos predicando la doctrina enervante de la abstención absoluta de la acción política; y

mientras los sencillos y profanos internacionales son perseguidos y encarcelados en casi toda Europa, los valientes miembros de la Alianza gozan de una inmunidad completamente excepcional.

Ciudadanos, a vosotros toca elegir. Lo que está en juego en este momento no es ni la autonomía de las secciones, ni la federación libre de los grupos, ni la organización de abajo arriba, ni ninguna otra fórmula igualmente pretenciosa y sonora; la cuestión hoy es ésta: ¿Queréis que vuestros órganos centrales estén compuestos por hombres que no reconocen otro mandato que el vuestro, o queréis que estén compuestos por hombres elegidos por sorpresa y que aceptan vuestro mandato con la resolución de conduciros, como a un rebaño de ovejas, según las instrucciones secretas que emanen de un misterioso personaje en Suiza?

Desenmascarar la existencia de esta sociedad secreta de embaucadores es aplastar su poder. Los hombres de la Alianza no son tan necios como para esperar que la gran masa de los internacionales se someta a sabiendas a una organización como la suya, una vez conocida su existencia. Y sin embargo, hay una incompatibilidad completa entre los embaucadores y aquellos a quienes se destina a ser embaucados, entre la Alianza y la Internacional.

Además, ya es hora de poner fin de una vez por todas a esas disputas internas provocadas cada día de nuevo en el seno de nuestra Asociación por la presencia de este cuerpo parásito. Estas disputas no sirven más que para despilfarrar fuerzas que deberían emplearse en combatir el actual régimen de la clase media.

La Alianza, en la medida en que paraliza la acción de la Internacional contra los enemigos de la clase obrera, sirve admirablemente a la clase media y a los gobiernos.

Por estas razones, el Consejo General pedirá al Congreso de La Haya que expulse de la Internacional a todos y cada uno de los miembros de la Alianza y que confiera al Consejo los poderes que le permitan impedir eficazmente la repetición de conspiraciones semejantes.