Friedrich Engels

Cartas desde Londres

IV

[El mitin en Hyde Park - La situación en España]

Del italiano.

["La Plebe" núm. 122 del 14 de diciembre de 1872]

Londres, 11 de diciembre de 1872

El proceso que el gobierno inglés ha entablado contra los oradores del mitin irlandés en Hyde Park ha desencadenado una fuerte tormenta sobre su propia cabeza. Ciertamente, el juez de paz ha impuesto a los acusados una multa de cinco libras esterlinas, pero la vista del proceso ha probado bajo distintos aspectos la completa ilegalidad de la nueva ordenanza sobre los parques públicos, de modo que el tribunal de apelación, en cuyas manos se halla ahora el proceso, tendrá que absolver a los acusados.

Y esto no es todo: después de este primer mitin, no pasa un domingo sin asambleas públicas en Hyde Park; y el gobierno no se atreve a perturbar a ninguno de los oradores. Una vez tuvo lugar allí una asamblea en favor de los funcionarios de policía que se habían declarado en huelga; otra vez se celebró el mitin sencillamente para reafirmar el derecho de reunión en los parques.

¿Una huelga de los funcionarios de policía? —preguntaréis—. Pues sí, señores míos, Inglaterra es un país endiablado, donde la huelga se infiltra por todas partes. Recuerdo que hace quince años los policemen de Manchester llevaron a cabo una huelga por un aumento de salario, que ya a los dos días se vio coronada por un éxito total. Hace unas semanas, los funcionarios de policía de la capital amenazaron con la huelga porque se les había denegado un aumento de salario de aproximadamente un 20%. En el último momento, el gobierno consideró aconsejable concederles todas sus reivindicaciones,

pero como represalia castigó al secretario de la asociación de resistencia que estos empleados habían formado; y como no quiso someterse a la pena impuesta, fue destituido. Entonces se desencadena un movimiento de protesta en las filas de la policía y se anuncia la asamblea en Hyde Park; el gobierno cede de nuevo, amnistía a los rebeldes incluso antes de que la asamblea tenga lugar, aunque con excepción del mencionado secretario. Esto es una prueba de cómo en Inglaterra —bajo una apariencia absolutamente aristocrática— el espíritu burgués ha penetrado por todas partes. En efecto, ¿qué otra nación es tan burguesa como para permitirse asociaciones de resistencia y huelgas de los funcionarios de policía?

Las noticias que nos llegan sobre la actitud de las distintas federaciones de la Internacional frente a las decisiones del Congreso de La Haya son muy satisfactorias. En Holanda (cuyos delegados votaron con la minoría) se han adoptado en un congreso regional acuerdos que corresponden al verdadero espíritu de la gran Asociación. Allí se ha decidido obrar de conformidad con los Estatutos y las disposiciones administrativas del Consejo General de Nueva York, reservándose, por lo demás, el derecho de someter las objeciones que se consideren necesarias al congreso general que debe celebrarse en septiembre de 1873, y no reconocer a ningún otro congreso el derecho de decidir sobre los intereses generales de la Asociación.

También en España, donde los jefes de la minoría de La Haya creían ser dueños absolutos de la situación, se abre paso el sano sentido de los trabajadores. Los partidarios de la Alianza, que se hallan al frente del Consejo Federal, han convocado un congreso regional para el 25 de diciembre en Córdoba. De acuerdo con el orden del día adoptado en el precedente congreso de Zaragoza, este congreso debería ocuparse de poner en armonía la organización federal española con las decisiones que adopte el congreso general de la Internacional. El Consejo Federal, por el contrario, ha puesto a la orden del día la elección entre las decisiones del Congreso de La Haya de la Internacional y del congreso de la Anti-Internacional de Saint-Imier. Esto significa una violación flagrante de los Estatutos Generales. Y la Nueva Federación Madrileña ha dirigido por ello un llamamiento a todas las federaciones verdaderamente internacionales (que reconocen los Estatutos Generales y los acuerdos de los congresos) para que elijan un nuevo Consejo Federal provisional. A este llamamiento se han adherido ya importantes

federaciones y secciones, como las de Lérida, Badalona, Denia, Pont de Vilumara; además, las federaciones de Gracia, Toledo, Alcalá y un gran número de las de Cádiz y Valencia se han pronunciado contra el actual Consejo Federal. En Gracia, un arrabal industrial de Barcelona, la federación de aquel lugar, compuesta por 500 hombres, después de una discusión que duró tres noches con los partidarios de la Alianza de Barcelona, adoptó por unanimidad todos los acuerdos de La Haya y decidió expresar una censura a los delegados españoles por su conducta en el último congreso general. En Valencia, el propio Consejo Federal se vio en peligro de ser derrotado en la asamblea general, por lo que impidió una votación que podía resultarle desfavorable; este asunto trajo como consecuencia una escisión. En este camino nos encontramos en España solo al principio; dentro de unas semanas este movimiento será lo bastante fuerte como para demostrar que los trabajadores españoles no quieren consentir que la Internacional sea desorganizada en provecho de los jefes de algunas sociedades secretas.

En el Congreso de La Haya se habló de un tal
Bousquet
, secretario de la comisaría de policía de Béziers, que se había infiltrado en las filas de la Internacional, pero que, por cierto, ya había sido expulsado de ella a petición de su sección por el anterior Consejo General. Este buen hombre, que luego fue ascendido por el señor Thiers a jefe de policía de su ciudad, ha encontrado un defensor en el núm. 21 del "Bulletin Jurassien". No hay que asombrarse mucho de ello, después de que de las filas de la Federación del Jura hayan salido los buenos de Albert Richard y Gaspard Blanc, actualmente secuaces del señor Louis-Napoléon.

F. Engels