Friedrich Engels

Cartas desde Londres

III

[El mitin en Hyde Park]

["La Plebe" Nº 117 del 17 de noviembre de 1872]

Londres, 14 de noviembre [1872]

El gobierno liberal inglés mantiene actualmente en sus prisiones a no menos de 42 presos políticos irlandeses, a quienes no solo trata como ladrones y asesinos, sino mucho peor, con una crueldad extraordinaria. En los bellos tiempos del rey Bomba [Fernando II], el señor Gladstone, jefe del actual ministerio liberal, emprendió un viaje circular por Italia y visitó en Nápoles a los presos políticos; de vuelta en Inglaterra, publicó un folleto en el que denunciaba ante Europa al gobierno napolitano por el trato indigno a los presos políticos.

Ello no impide que el mismo señor Gladstone trate de idéntica manera a los condenados políticos irlandeses a quienes mantiene bajo cerrojo y barrotes. — Los internacionalistas irlandeses de Londres decidieron organizar en Hyde Park (el más extenso parque público de Londres, donde en tiempos agitados se celebran todas las grandes asambleas públicas) una manifestación monstruo en pro de una amnistía general. Entraron en contacto con todas las sociedades democráticas de Londres y formaron un comité al que pertenecían, entre otros, Mac Donnel (irlandés), Murray (inglés) y Leßner (alemán), todos ellos miembros del anterior Consejo General de la Internacional.

Surgió una dificultad. En la última sesión del parlamento, el gobierno había hecho aprobar una ley que le otorgaba el derecho de reglamentar, mediante decretos, las reuniones públicas en los parques de Londres. Aprovechó esta circunstancia e hizo fijar un reglamento que prescribía a quienes tuvieran la intención de celebrar una de tales asambleas públicas que debían dar notificación escrita de ello a la policía con dos días de antelación e indicar los nombres de los oradores. Dicho reglamento, cuidadosamente ocultado a la prensa londinense, derogó con un trazo de pluma uno de los derechos más preciados del pueblo trabajador londinense, a saber, el derecho a celebrar asambleas públicas en los parques cuando y como le pluguiera. Someterse a ese reglamento hubiera significado abandonar el derecho del pueblo.

Los irlandeses, que constituyen el elemento más revolucionario de la población, no eran hombres que hubieran mostrado tal debilidad. El comité decidió por unanimidad actuar como si ignorase la existencia del reglamento y celebrar su asamblea a despecho del gobierno.

El domingo pasado, hacia las tres, dos columnas interminables con bandas de música y banderas se dirigieron a Hyde Park. Las bandas de música tocaban canciones nacionales irlandesas y La Marsellesa; casi todas las banderas eran irlandesas (verdes con un arpa dorada en el centro) y rojas. En la entrada del parque solo se encontraban unos pocos policías, de modo que las columnas pudieron entrar sin encontrar la menor resistencia, se reunieron en el lugar fijado y comenzaron los discursos.

Se hallaban presentes al menos treinta mil espectadores, de los cuales, por poco que se calcule, la mitad llevaba una cinta verde o una hoja verde en el ojal de la chaqueta para demostrar su nacionalidad irlandesa; los restantes eran ingleses, alemanes, franceses. La multitud era demasiado numerosa como para haber podido oír los discursos y, por ello, se organizó junto al primero un segundo mitin, en el que otros oradores hablaron sobre el mismo asunto. Se adoptaron enérgicas resoluciones que exigían una amnistía general, así como la abolición de las leyes de excepción que imponían a Irlanda un permanente estado de sitio. Hacia las cinco volvieron a formarse las columnas y la multitud abandonó el parque, después de haber pisoteado el reglamento del ministerio Gladstone.

Es la primera vez que tuvo lugar una manifestación irlandesa en Hyde Park; tuvo un gran éxito: ni siquiera la prensa burguesa londinense pudo negarlo. Es la primera vez que elementos ingleses e irlandeses de nuestra población se unieron cordialmente. Estos dos elementos de la clase obrera, cuya mutua hostilidad servía ante todo a los intereses del gobierno y de las clases ricas, ahora se tienden la mano; este hecho grato lo debemos, sobre todo, a la influencia del anterior Consejo General de la Internacional, que siempre había orientado todos sus esfuerzos a preparar la alianza entre los trabajadores de las dos naciones sobre la base de una igualdad plena. La asamblea del 3 de noviembre inaugurará una nueva era en el movimiento obrero londinense.

Pero, diréis, ¿qué hace el gobierno? ¿Acaso se resignará fácilmente a ser tratado de ese modo? ¿Dejará que su reglamento sea pisoteado impunemente?

Pues bien, lo que ha hecho es esto: junto a la tribuna en Hyde Park había apostado a dos comisarios de policía con dos funcionarios, los cuales han apuntado los nombres de los oradores. Al día siguiente, esos dos comisarios han presentado denuncia contra los oradores ante el juez de paz. El juez los ha citado y tendrán que comparecer ante él el próximo sábado. Esta manera de proceder demuestra sobradamente que no se les quiere armar un gran proceso. Parece que el gobierno va a encajar la derrota que le han infligido los irlandeses o, como se dice aquí, los fenianos, y que se contentará con una pequeña multa. En todo caso, la audiencia será interesante y os informaré sobre ella en una de mis próximas cartas. Lo que ya es del todo seguro, sin embargo, es que los irlandeses, gracias a su energía, han salvado el derecho del pueblo londinense a reunirse en los parques cuando y como le plazca.

F. Engels