Friedrich Engels

Cartas desde Londres

II

[Una vez más sobre el Congreso de La Haya]

["La Plebe" N.º 107 del 8 de octubre de 1872]

Londres, 5 de octubre de 1872

Espero que el resultado del Congreso de La Haya haga reflexionar a nuestros «autónomos» amigos de Italia. Deberían saber que, allí donde hay una organización, se sacrifica una parte de la autonomía en aras de la unidad de acción. Si no ven que la *Internacional* es una sociedad organizada para la lucha y no para bellas teorías, lo lamento; pero una cosa es segura: la gran *Internacional* dejará que Italia actúe por su cuenta hasta que esté dispuesta a aceptar las condiciones comunes a todos.

En la alianza secreta de la democracia socialista hay tres grados: hermanos internacionales (un número reducido), hermanos nacionales y simples miembros de la Alianza. C. [Carlo Cafiero] es hermano *internacional*, al igual que Guillaume (jefe de Estado Mayor de Bakunin) y uno o dos españoles.

De los delegados franceses, cinco vinieron de Francia con nombres falsos; los demás eran emigrados de la Comuna. Le adjunto la lista, en la que no figuran los nombres ni las localidades de las secciones francesas, para no delatarlas a la policía. Sin embargo, nos hemos reorganizado en más de treinta departamentos de Francia, y la *Internacional* es allí más fuerte y más activa de lo que jamás fue.

Fue alentador ver cómo los franceses y los alemanes en La Haya votaban siempre juntos; bien se veía que, para los internacionales, las guerras, las conquistas y el odio nacional no existían. Y esta alianza de franceses y alemanes hizo que todas las resoluciones, sin excepción, fueran aprobadas. Las causas del traslado del Consejo General a Nueva York fueron: 1. La firme decisión de Marx, Serraillier, Dupont y Engels de no aceptar un nuevo mandato. Marx y Engels tienen que realizar trabajos científicos para los que les ha faltado tiempo desde hace dos años; 2. la certeza de que, en caso de su dimisión, un Consejo General en Londres se compondría, por lo que respecta a los franceses, de blanquistas, que con su manía de las conspiraciones llevarían a la cárcel a la mayoría de los nuestros en Francia, suponiendo que siquiera fueran aceptados por estos últimos; y, por lo que se refiere a los ingleses, de hombres corrompidos, acostumbrados a venderse a la burguesía liberal y a los agentes radicales del señor Gladstone; y en cuanto a las demás nacionalidades, no habrían estado representadas en absoluto, porque Wróblewski, Mac Donnel, Frankel y los demás no querían quedarse sin Marx.

Diga lo que diga la prensa burguesa, fuimos bien recibidos por los obreros de La Haya. En una ocasión, la reacción nos envió un puñado de individuos borrachos para que cantaran el himno nacional real holandés al término de la sesión. Los dejamos cantar y respondimos, mientras pasábamos por entre ellos, con *La Marsellesa*. La minoría del Congreso habría bastado para dispersarlos por la fuerza. En la última sesión, el sábado, el numeroso público tributó fuertes aplausos a los oradores.