Compuesto del Archivo de Internet de Marx & Engels

Segundo borrador

1) Gobierno de Defensa. Trochu, Favre, Picard, Ferry, como los diputados de París

La República proclamada el 4 de septiembre por los obreros de París fue aclamada en toda Francia sin una sola voz disidente. Su derecho a la vida se defendió mediante una guerra defensiva de cinco meses basada en la resistencia de París. Sin esa guerra defensiva librada en nombre de la República, Guillermo el Conquistador habría restaurado el Imperio de su «buen hermano» Luis Bonaparte. La camarilla de abogados, con Thiers como estadista y Trochu como general, se instaló en el Hôtel de Ville en un momento de sorpresa, cuando los verdaderos dirigentes de la clase obrera parisina estaban aún encerrados en las prisiones bonapartistas y el ejército prusiano marchaba ya sobre París. Tan profundamente imbuidos estaban entonces los Thiers, los Jules Favre, los Picard, de la fe en la dirección histórica de París, que fundaron su pretensión de ser el Gobierno de Defensa Nacional en el hecho de haber sido elegidos en las elecciones al Cuerpo Legislativo en 1869.

En nuestro segundo manifiesto sobre la guerra precedente, cinco días después del advenimiento de esos hombres, os dijimos lo que eran. Si ellos habían tomado el gobierno sin consultar a París, París había proclamado la República frente a su resistencia. Y su primer paso fue enviar a Thiers a mendigar por todas las cortes de Europa para comprar, si era posible, una mediación extranjera, trocando la República por un rey. París soportó su régimen (asunción del poder), porque profesaban, bajo solemne juramento, ejercer ese poder con el único propósito de la defensa nacional. Sin embargo, París no podía ser defendida seriamente sin armar a la clase obrera, organizarla en una Guardia Nacional y adiestrarla en la guerra misma. Pero París armada era la Revolución Social armada. La victoria de París sobre los prusianos habría sido una victoria de la República sobre la dominación de clase en Francia. En este conflicto entre el deber nacional y el interés de clase, el Gobierno de Defensa Nacional no vaciló un instante en convertirse en un Gobierno de Deserción Nacional. En una carta a Gambetta, Jules Favre confesó que aquello contra lo que Trochu se defendía no era el soldado prusiano, sino el obrero parisino. Cuatro meses después del comienzo del asedio, cuando creyeron llegado el momento oportuno para pronunciar la primera palabra de capitulación, Trochu, en presencia de Jules Favre y otros de sus colegas, se dirige a la reunión de los alcaldes de París en estos términos:

«La primera pregunta que me dirigieron mis colegas la misma noche del 4 de septiembre fue ésta: ¿Puede París, con alguna probabilidad de éxito, sostener un sitio contra el ejército prusiano? No vacilé en responder negativamente. Algunos de mis colegas aquí presentes darán fe de la verdad de mis palabras y de la persistencia de mi opinión. Les dije, en estos mismos términos, que, en el estado de cosas existente, el intento de París de mantener un sitio contra el ejército prusiano sería una locura. Sin duda, añadí, podría ser una locura heroica, pero nada más... Los acontecimientos (manejados por él mismo) no han desmentido mi previsión.»

(Este breve discurso de Trochu fue publicado después del armisticio por el señor Corbon, uno de los alcaldes presentes. Así, pues, en la misma noche de la proclamación de la República, el «plan» de Trochu, conocido por sus colegas, no era otra cosa que la capitulación de París y de Francia. Para curar a París de su «locura heroica», tenía que someterse a un tratamiento de diezmo y hambre, lo bastante largo para proteger a los usurpadores del 4 de septiembre de la venganza de los hombres de diciembre. Si la defensa nacional hubiera sido algo más que un falso pretexto para el «gobierno», sus miembros autoproclamados habrían abdicado el 5 de septiembre, revelado públicamente el «plan» de Trochu y exhortado al pueblo de París a rendirse inmediatamente al conquistador o a tomar la obra de la defensa en sus propias manos. En lugar de esto, los impostores publicaron manifiestos grandilocuentes en los que Trochu, «el gobernador, no capitulará jamás», y Jules Favre, el ministro de Asuntos Exteriores, «no cederá ni una piedra de nuestras fortalezas ni un palmo de nuestro territorio». Durante todo el tiempo del asedio, el plan de Trochu se llevó a cabo sistemáticamente. En efecto, los viles forajidos bonapartistas, a cuya custodia entregaron la dirección militar de París, se burlaban en su correspondencia íntima, con chistes groseros, de la farsa bien comprendida de la defensa. (Véase, por ejemplo, la correspondencia de Alphonse Simon Guiod, comandante supremo de la artillería del ejército de defensa de París y Gran Cruz de la Legión de Honor, con Suzanne, general de división de artillería, publicada por el Journal officiel de la Comuna.) La máscara de la impostura se cayó en la capitulación de París. El «Gobierno de Defensa Nacional» se desenmascaró como el «gobierno de Francia por los prisioneros de Bismarck», un papel que el propio Luis Bonaparte, en Sedán, había considerado demasiado infame incluso para un hombre de su calaña. En su huida desesperada a Versalles, tras los sucesos del 18 de marzo, los capituladores han dejado en manos de París las pruebas documentales de su traición, para destruir las cuales, como dice la Comuna en su Manifiesto a las Provincias, «no retrocederían ante convertir a París en un montón de ruinas bañadas en un mar de sangre».[42]

Algunos de los miembros más influyentes del Gobierno de Defensa tenían, además, urgentes razones privadas para empeñarse apasionadamente en tal consumación. ¡Véase solamente a Jules Favre, Ernest Picard y Jules Ferry!

Poco después de la conclusión del armisticio, el señor Millière, uno de los representantes de París en la Asamblea Nacional, publicó una serie de documentos legales auténticos que demostraban que Jules Favre, viviendo en amancebamiento con la esposa de un borracho residente en Argel, había conseguido, mediante la más audaz elaboración de falsificaciones extendida a lo largo de muchos años, apoderarse, en nombre de los hijos de su adulterio, de una cuantiosa herencia que lo convirtió en un hombre rico, y que, en un pleito entablado por los herederos legítimos, escapó a ser descubierto únicamente gracias a la connivencia de los tribunales bonapartistas. Dado que no había retórica alguna capaz de deshacerse de aquellos áridos documentos legales, Jules Favre, en el mismo heroísmo del autoenvilecimiento, permaneció por una vez mudo hasta que el tumulto de la guerra civil le permitió estigmatizar al pueblo de París ante la asamblea de Versalles como una banda de «presidiarios fugados» en completa rebelión contra la familia, la religión, el orden y la propiedad.

([El] caso Pic). Apenas llegó al poder este falsificador, se apresuró solícitamente a liberar a dos hermanos falsificadores, Pic y Taillefer, quienes habían sido condenados a trabajos forzados por robo y falsificación bajo el propio Imperio. Uno de ellos, Taillefer, que osó volver a París tras la instauración de la Comuna, fue devuelto inmediatamente a un alojamiento apropiado; ¡y luego Jules Favre contó a toda Europa que París estaba poniendo en libertad a todos los criminales de sus prisiones!

Ernest Picard, autodesignado ministro del Interior de la República Francesa el 4 de septiembre, después de haber aspirado en vano a ser ministro del Interior de Luis Bonaparte, es hermano de un tal Arthur Picard, individuo expulsado de la Bolsa de París como tramposo (Informe de la Prefectura de Policía, de 13 de julio de 1867) y convicto, por confesión propia, de un robo de 300.000 francos cuando era director de una de las sucursales de la Société générale (véase Informe de la Prefectura de Policía, 11 de diciembre de 1868). Ambos informes habían sido publicados en la época del Imperio. Ernest Picard convirtió a este Arthur Picard en redactor jefe de su Electeur libre, para que actuara durante todo el asedio como su intermediario financiero, descontando en la Bolsa los secretos de Estado confiados a Ernest y especulando tranquilamente con los desastres del ejército francés, mientras los vulgares especuladores eran engañados por las noticias falsas y las mentiras oficiales publicadas en el Electeur libre, órgano del ministro del Interior. Toda la correspondencia financiera entre este digno par de hermanos ha caído en manos de la Comuna. No es de extrañar que Ernest Picard, el Joe Miller del Gobierno de Versalles, «con las manos en los bolsillos del pantalón, se pasease de grupo en grupo soltando chistes», ante el primer grupo de guardias nacionales parisinos hechos prisioneros y expuestos a los feroces ultrajes de los corderos de Piétri.

Jules Ferry, un abogado sin un céntimo antes del 4 de septiembre, se las ingenió como alcalde de París para amasar una fortuna durante el asedio a costa del hambre, que en gran parte fue obra de su desgobierno. Las pruebas documentales están en manos de la Comuna. El día en que tuviera que rendir cuentas de su desgobierno sería su día del juicio.

Estos hombres son, pues, los enemigos mortales del París obrero, no sólo como parásitos de las clases dominantes, no sólo como traidores a París durante el asedio, sino sobre todo como criminales comunes que sólo en las ruinas de París, esa fortaleza de la Revolución Francesa, pueden esperar encontrar su permiso de libertad. Estos desesperados eran justamente los llamados a ser ministros de Thiers.

2) Thiers, Dufaure, Pouyer-Quertier

En el «sentido parlamentario», las cosas no son más que un pretexto para palabras, que sirven de trampa al adversario, de emboscada para el pueblo, o de asunto de lucimiento artístico para el orador mismo.

Su señor, el malicioso gnomo M. Thiers, tiene hechizada a la burguesía francesa desde hace casi medio siglo, porque es la más consumada expresión intelectual de su propia corrupción de clase. Ya antes de hacerse hombre de Estado había evidenciado sus dotes de embustero como historiador. Ávido de ostentación, como todos los hombres de talla enana, codicioso de cargos y de dinero, de intelecto estéril pero fantasía vivaz, epicúreo, escéptico, con una facilidad enciclopédica para dominar (aprender) la superficie de las cosas y convertirlas en mero pretexto para la charla, espadachín de la palabra de raro poder conversacional, escritor de diáfana superficialidad, maestro en pequeñas bribonerías de Estado, virtuoso del perjurio, artesano de todas las mezquinas estratagemas, arteros ardides y bajas perfidias de la guerra parlamentaria de partidos, ocupando los prejuicios nacionales y de clase el lugar de las ideas, y la vanidad el de la conciencia, para desplazar a un rival, y para abatir a tiros al pueblo, para sofocar la Revolución, malicioso en la oposición, odioso en el poder, sin escrúpulo jamás para provocar revoluciones: la historia de su vida pública es la crónica de las miserias de su país. Aficionado a blandir con sus brazos enanos ante el rostro de Europa la espada del primer Napoleón, de quien se había convertido en limpiabotas histórico, su política exterior culminó siempre en la humillación más absoluta de Francia, desde la convención de Londres de 1841[f][53] hasta la capitulación de París de 1871 y la presente guerra civil que libra al amparo de la invasión prusiana. Huelga decir que para semejante hombre las corrientes subterráneas más profundas de la sociedad moderna siguieron siendo un libro cerrado, pero incluso los cambios más palpables en su superficie resultaban aborrecibles para un cerebro cuya vitalidad entera había huido a la lengua. Por ejemplo, no se cansó nunca de denunciar como sacrilegio cualquier desviación del viejo sistema proteccionista francés; siendo ministro de Luis Felipe, se burló con sarcasmo de los ferrocarriles, calificándolos de quimera descabellada, y bajo Luis Bonaparte tachó de profanación toda reforma del podrido sistema militar francés. Con toda su versatilidad de talento y su veleidad de propósitos, se mantuvo firmemente desposado con las tradiciones de una rutina fosilizada, y nunca, durante su larga carrera oficial, se hizo culpable de una sola medida, por mínima que fuera, de utilidad práctica. Sólo el edificio del viejo mundo puede enorgullecerse de estar coronado por dos hombres como Napoleón el Pequeño y el pequeño Thiers. Los llamados logros de la cultura aparecen en un hombre así sólo como el refinamiento del libertinaje y la ... [g] del egoísmo.

Aliado con los republicanos bajo la Restauración, Thiers se insinuó ante Luis Felipe como espía y partero carcelario de la duquesa de Berry, pero su actividad, cuando se deslizó por primera vez en un ministerio (1834-35), se centró en la matanza de los republicanos insurrectos en la calle Transnonain y en la incubación de las atroces leyes de septiembre contra la prensa.[47]

Al reaparecer como jefe del gabinete en marzo de 1840, salió a relucir con el complot de las fortificaciones de París. A la [protesta] del partido republicano contra el siniestro atentado a la libertad de París, respondió:

«¡Cómo! ¡Imaginar que unas obras de fortificación pudieran poner en peligro la libertad! Y, ante todo, calumniáis a cualquier Gobierno, sea cual sea, al suponer que pudiera un día intentar mantenerse bombardeando la capital... Pero sería [cien] veces más imposible después de su victoria que antes.»

En efecto, ¡ningún gobierno francés, salvo el del propio M. Thiers con sus ministros en libertad condicional y sus rumiantes rurales, se habría atrevido a semejante hazaña! Y esto, además, en la forma más clásica; una parte de sus fortificaciones en manos de sus conquistadores y protectores prusianos.

Cuando el Rey Bomba[49] probó fortuna en Palermo en enero de 1848, Thiers se levantó en la Cámara de Diputados:

«Sabéis, señores, lo que ocurre en Palermo: todos os estremecéis de horror» (en el sentido «parlamentario») «al oír que durante 48 horas una gran ciudad ha sido bombardeada. ¿Por quién? ¿Acaso por un enemigo extranjero, ejerciendo los derechos de la guerra? No, señores, por su propio gobierno.»

(Si hubiera sido por su propio gobierno, bajo la mirada y con la tolerancia del enemigo extranjero, todo habría estado, por supuesto, en regla.)

«¿Y por qué? Porque esa infortunada ciudad reclamaba sus derechos. Pues bien. Por reclamar sus derechos, ha sufrido 48 horas de bombardeo.»

(Si el bombardeo hubiera durado 4 semanas o más, todo habría estado en regla.)

«Permitidme apelar a la opinión de Europa. Se presta un servicio a la humanidad viniendo a hacer resonar desde la tribuna quizá más grande de Europa algunas palabras de indignación (¡vaya, palabras!) contra tales actos... Cuando el Regente Espartero, que había prestado servicios a su país (lo que Thiers nunca hizo), quiso bombardear Barcelona para sofocar una insurrección, se alzó desde todas las partes del mundo un grito general de indignación.»

Pues bien, alrededor de un año después, este hombre de alma hermosa se convirtió en el siniestro instigador y el más feroz defensor (apologista) del bombardeo de Roma por las tropas de la República Francesa, bajo el mando del legitimista Oudinot.

Pocos días antes de la Revolución de Febrero, impacientándose por el largo exilio del poder al que Guizot lo había condenado, y oliendo en el aire la conmoción, Thiers exclamó de nuevo en la Cámara de Diputados:

«Soy del partido de la Revolución, no sólo en Francia, sino en Europa. Deseo que el gobierno de la Revolución permanezca en manos de hombres moderados. Pero si ese gobierno pasara a manos de hombres ardientes, incluso de los radicales, no por ello desertaría (abandonaría) mi causa. Seré siempre del partido de la Revolución.»

Llegó la Revolución de Febrero. En lugar de desplazar al gabinete [de] Guizot por el gabinete [de] Thiers, como el hombrecillo había soñado, desplazó a Luis Felipe por la República. Acabar con esa Revolución fue el negocio exclusivo de M. Thiers desde la proclamación de la República hasta el golpe de Estado. El primer día de la victoria popular, se escondió ansiosamente, olvidando que el desprecio del pueblo lo rescataba de su odio. Aun así, con su legendario coraje, continuó rehuyendo la escena pública hasta después de la sangrienta disrupción de las fuerzas materiales del proletariado parisino por Cavaignac, el republicano burgués. Entonces el escenario quedó despejado para su tipo de acción. Su hora había sonado de nuevo. Se convirtió en la mente rectora del «Partido del Orden» y de su «República Parlamentaria», ese reinado anónimo en el que todas las facciones rivales de las clases dominantes conspiraron juntas para aplastar a la clase obrera y conspiraron unas contra otras, cada cual por la restauración de su propia monarquía.

(La Restauración había sido el reinado de los terratenientes aristocráticos; la Monarquía de Julio, el reinado del capitalista; la república de Cavaignac, el reinado de la fracción «republicana» de la burguesía, mientras que durante todos estos reinados la banda de hambrientos aventureros que formaba el partido bonapartista había jadeado en vano por el botín de Francia, que habría de calificarlos como los salvadores del «orden y la propiedad, la familia y la religión».

Aquella República fue el reinado anónimo de los coaligados legitimistas, orleanistas y bonapartistas, con los republicanos burgueses como apéndice.)

3) La Asamblea Rural

Si esta Asamblea Rural, reunida en Burdeos, hizo este gobierno, el «Gobierno de los hombres de la Defensa» se había cuidado de antemano de hacer esa Asamblea. Con ese propósito habían despachado a Thiers en una gira por las provincias, para allí prefigurar los acontecimientos venideros y preparar la sorpresa de las elecciones generales. Thiers tenía que superar una dificultad. Aparte de haberse convertido en una abominación para el pueblo francés, los bonapartistas, de ser elegidos en gran número, habrían restaurado inmediatamente el Imperio y embalsamado [h] a M. Thiers y Cía. para un viaje a Cayena. Los orleanistas estaban demasiado dispersos para llenar sus propios puestos y los dejados vacantes por los bonapartistas. Galvanizar al partido legitimista se había vuelto, por tanto, inevitable. Thiers no temía su tarea. [Los legitimistas eran] imposibles como gobierno de la Francia moderna y, por consiguiente, despreciables como rivales por cargos y dinero; ¿quién podría ser más idóneo para ser manejado como el instrumento ciego de la contrarrevolución que el partido cuya acción, en palabras de Thiers, siempre se había limitado a los tres recursos de «invasión extranjera, guerra civil y anarquía»? (Discurso de Thiers en la Cámara de Diputados del 5 de enero de 1833.) Un selecto grupo de legitimistas, expropiados por la Revolución de 1789, había recuperado sus propiedades alistándose en la servidumbre del primer Napoleón, [pero] el grueso de ellos, mediante el millardo de indemnización y las donaciones privadas de la Restauración. Incluso su exclusión de la participación en la política activa bajo los sucesivos reinados de Luis Felipe y Napoleón el Pequeño sirvió de palanca para el restablecimiento de su riqueza, como terratenientes. Liberados de los costos de la corte y la representación en París, no tenían más que, desde los mismísimos rincones de la Francia provinciana, recoger las manzanas de oro que caían en sus castillos del árbol de la industria moderna: los ferrocarriles aumentando el precio de sus tierras, la agronomía aplicada a ellas por arrendatarios capitalistas incrementando su producto, y la demanda inagotable de una población urbana rápidamente hinchada asegurando el crecimiento de los mercados para ese producto. Las mismísimas agencias sociales que reconstituyeron su riqueza material y rehicieron su importancia como socios de esa sociedad por acciones de los modernos esclavistas, los protegieron del contagio de las ideas modernas y les permitieron, en inocencia rústica, nada que olvidar y nada que aprender. Tales gentes proporcionaron la mera materia pasiva sobre la que trabajaría un hombre como Thiers. Mientras ejecutaba la misión que le confiara el Gobierno de la Defensa, el diablillo malicioso burló a sus mandantes asegurándose esa multitud de elecciones que habría de convertir a los hombres de la Defensa, de amos rivales, en sus reconocidos servidores.

Así tendidas las trampas electorales, el pueblo francés fue súbitamente convocado por los capituladores de París a elegir, en el plazo de 8 días, una Asamblea Nacional, con la tarea exclusiva, en virtud de los términos de la convención del 31 de enero, dictada por Bismarck, de decidir sobre la guerra o la paz. Aparte [de] las circunstancias extraordinarias en que ocurrió aquella elección, sin tiempo para la deliberación, con la mitad de Francia bajo el dominio de las bayonetas prusianas, con la otra mitad trabajada secretamente por la intriga gubernamental, con París aislado de las provincias, el pueblo francés sintió instintivamente que los propios términos del armisticio, aceptados por los capituladores, no dejaban a Francia otra opción (alternativa) que la de una paz a cualquier precio, y que para su sanción los peores hombres de Francia serían los mejores. De ahí la Asamblea Rural surgida en Burdeos.

No obstante, debemos distinguir entre las orgías del antiguo régimen y la verdadera tarea histórica de los rurales. Asombrados de encontrarse como la fracción más fuerte de una inmensa mayoría compuesta por ellos mismos y los orleanistas, con un contingente de republicanos burgueses y una mera pizca de bonapartistas, creyeron vanamente en el largamente esperado advenimiento de su milenio retrospectivo. Allí estaban los talones de la invasión extranjera, pisoteando Francia; allí estaba la caída del Imperio y el cautiverio de un Bonaparte; y allí estaban ellos mismos. La rueda de la historia había girado evidentemente hasta detenerse en la Chambre introuvable de 1816, con sus profundas e impasibles maldiciones contra el diluvio revolucionario y sus abominaciones, con su “decapitación y descapitalización de París”, su “descentralización” que rompía la red del dominio estatal mediante las influencias locales de los castillos, y sus homilías religiosas y sus dogmas de política antediluviana, con su gentilhommerie, su frivolidad, su rencor genealógico contra las masas embrutecidas por el trabajo y sus visiones del mundo a lo Oeil-de-Boeuf. Sin embargo, en realidad solo tenían que desempeñar su papel como accionistas del “Partido del Orden”, como monopolistas de los medios de producción. De 1848 a 1851, solo tuvieron que formar una fracción del interregno de la “República Parlamentaria”, con la diferencia de que entonces estaban representados por los cultivados y entrenados campeones parlamentarios, los Berryer, los Falloux, los Larochejaquelein, mientras que ahora tenían que presentarse en su ruda tropa rural, impartiendo así un tono y una melodía diferentes a la Asamblea, enmascarando su realidad burguesa bajo colores feudales. Sus grotescas exageraciones sirven solo para realzar el liberalismo de su gobierno de bandidos. Atrapados en una usurpación de poderes más allá de sus mandatos electorales, viven solo por la tolerancia de sus propios gobernantes autodesignados. Habiendo sido la invasión extranjera de 1814 y 1815 el arma mortal esgrimida contra ellos por los burgueses advenedizos, en su ceguera injurídica se han echado sobre sí mismos la responsabilidad de esta entrega sin precedentes de Francia al extranjero por parte de sus enemigos burgueses. El pueblo francés, asombrado e insultado por la reaparición de todos los nobles Pourceaugnacs que creía enterrados hace mucho tiempo, ha tomado conciencia de que, además de hacer la Revolución del siglo XIX, tiene que rematar la Revolución de 1789 conduciendo a estos [...] al último fin de todos los criminales rurales: el matadero.

5) Apertura de la Guerra Civil. La Revolución del 18 de Marzo. Clément Thomas. Lecomte. El asunto de Vendôme.

El desarme de París, como mera necesidad de la trama contrarrevolucionaria, podría haberse emprendido de una manera más contemporizadora y circunspecta, pero como cláusula del urgente tratado financiero, con sus irresistibles fascinaciones, no admitía demora. Thiers tuvo, por tanto, que probar suerte con un golpe de Estado. Abrió la guerra civil enviando a Vinoy, el décembriseur, al frente de una multitud de sergents de ville y unos pocos regimientos de línea, a la expedición nocturna contra las colinas de Montmartre. Al fracasar su intento criminal ante la resistencia de los guardias nacionales y su fraternización con los soldados, al día siguiente, en un manifiesto fijado en los muros de París, Thiers comunicó a los guardias nacionales su magnánima determinación de dejarles sus armas, con las cuales —se sentía seguro— se apresurarían a agruparse en torno al gobierno contra “los rebeldes”. De 300.000 guardias nacionales, solo 300 respondieron a su llamamiento. La gloriosa Revolución obrera del 18 de marzo había tomado posesión indiscutida de París.

El Comité Central, que dirigió la defensa de Montmartre y emergió en la aurora del 18 de marzo como líder de la Revolución, no era ni un expediente del momento ni el fruto de una conspiración secreta. Desde el mismo día de la capitulación, mediante la cual el Gobierno de Defensa Nacional había desarmado a Francia pero se había reservado una guardia personal de 40.000 soldados con el propósito de amedrentar a París, París permaneció en vela. La Guardia Nacional reformó su organización y confió su control supremo a un Comité Central, compuesto por los delegados de las compañías individuales, en su mayoría obreros, con su fuerza principal en los suburbios obreros, pero pronto aceptado por todo el cuerpo excepto sus viejas formaciones bonapartistas. En vísperas de la entrada de los prusianos en París, el Comité Central tomó medidas para el traslado a Montmartre, Belleville y La Villette de los cañones y ametralladoras traicioneramente abandonados por los capitulards, incluso en aquellos barrios que los prusianos estaban a punto de ocupar. De este modo, puso a salvo la artillería, sufragada por las suscripciones de la Guardia Nacional, reconocida oficialmente como su propiedad privada en la convención del 31 de enero, y por ese mismo título exenta de la entrega general de armas. Durante todo el intervalo entre la reunión de la Asamblea Nacional en Burdeos y el 18 de marzo, el Comité Central había sido el gobierno popular de la capital, lo bastante fuerte como para persistir en su firme actitud de defensa a pesar de las provocaciones de la Asamblea, las medidas violentas del Ejecutivo y la amenazante concentración de tropas.

(La Revolución del 4 de septiembre había restaurado la República. La tenaz resistencia de París durante el asedio, sirviendo de base para una guerra defensiva en las provincias, había arrancado al invasor extranjero el reconocimiento de la República. Su verdadero significado y propósito solo fueron revelados por la Revolución del 18 de marzo, y esa revelación fue una Revolución. Se trataba de superar las condiciones sociales y políticas del dominio de clase que habían engendrado el Segundo Imperio, y que a su vez maduraron bajo su tutela hasta la putrefacción. Europa se estremeció como bajo una descarga eléctrica. Pareció por un momento dudar de si, en sus recientes sensacionales representaciones de Estado y guerra, había alguna realidad y si no eran la mera alucinación de un pasado largamente pretérito, sobre el cual descansa el viejo sistema mundial.)

La derrota de Vinoy por la Guardia Nacional fue solo un freno puesto a la contrarrevolución tramada por las clases dominantes, pero el pueblo de París convirtió de inmediato ese incidente de su autodefensa en el primer acto de una Revolución Social. La Revolución del 4 de septiembre había restaurado la República después de que el trono del usurpador quedara vacante. La tenaz resistencia de París durante su asedio, sirviendo de base para la guerra defensiva en las provincias, había arrancado al invasor extranjero el reconocimiento de esa República, pero su verdadero significado y propósito solo se revelaron el 18 de marzo. Se trataba de superar las condiciones sociales y políticas del dominio de clase, sobre las cuales descansa el viejo sistema mundial, que habían engendrado el Segundo Imperio y, bajo su tutela, madurado hasta la putrefacción. Europa se estremeció como bajo una descarga eléctrica. Pareció por un momento dudar de si sus últimas sensacionales representaciones de Estado y guerra tenían en ellas alguna realidad y no eran los meros sueños sanguinarios de un pasado largamente pretérito. Con las huellas de la hambruna largamente soportada aún en sus figuras, y bajo las mismísimas narices de las bayonetas prusianas, la clase obrera parisina conquistó de un salto el campeonato del progreso, etc.

En el sublime entusiasmo de la iniciativa histórica, la Revolución obrera de París se propuso como un punto de honor mantener al proletariado limpio de los crímenes en que abundan la Revolución y, aún más, la contrarrevolución de sus superiores naturales.

Clément Thomas, Lecomte, etc.

Pero ¿y las horribles “atrocidades” que han mancillado esta Revolución?

En la medida en que estas atrocidades que les imputan sus enemigos no son la calumnia deliberada de Versalles o el horrendo engendro del cerebro del plumífero a tanto la línea, se refieren solo a dos hechos: la ejecución de los generales Lecomte y Clément Thomas, y el asunto de Vendôme, de los cuales despacharemos en pocas palabras.

Uno de los asesinos a sueldo seleccionados para la ejecución del golpe de mano nocturno sobre Montmartre, el general Lecomte, había ordenado cuatro veces a sus tropas del 81 de línea, en la Place Pigalle, que cargaran contra una multitud desarmada y, ante su negativa, las insultó ferozmente. En lugar de disparar contra mujeres y niños, algunos de sus propios hombres le dispararon a él, cuando fue hecho prisionero en la tarde del 18 de marzo, en los jardines del Château-Rouge. Los hábitos inveterados adquiridos por la soldadesca francesa bajo el adiestramiento de los enemigos de la clase obrera, no son, por supuesto, susceptibles de cambiar en el momento mismo en que cambian de bando. Los mismos soldados ejecutaron a Clément Thomas.

El “General” Clément Thomas, un descontento ex sargento de intendencia, se había alistado, en los últimos tiempos del reinado de Luis Felipe, en el periódico “republicano” National, para servir allí en la doble calidad de testaferro (gérant responsable) y matón. Los hombres del National, habiendo abusado de la Revolución de Febrero para estafar su acceso al poder, metamorfosearon a su viejo sargento de intendencia en “General” en vísperas de la carnicería de junio, de la cual él, como Jules Favre, fue uno de los siniestros conspiradores y se convirtió en uno de los más despiadados ejecutores. Luego, su generalato llegó a un fin repentino. Desapareció solo para volver a salir a la superficie el 1 de noviembre de 1870. El día anterior, el Gobierno de Defensa, acorralado en el Hôtel de Ville, se había comprometido solemnemente, bajo palabra de honor, con Blanqui, Flourens y los otros representantes de la clase obrera, a abdicar su poder usurpado en manos de una Comuna libremente elegida por París. Faltaron, por supuesto, a su palabra de honor, para soltar a los bretones de Trochu, que habían ocupado el lugar de los corsos de Luis Bonaparte, contra el pueblo culpable de creer en su honor. Siendo el único, el Sr. Tamisier, que se negó a mancillar su nombre con tal quebrantamiento de fe, presentando de inmediato su dimisión del mando en jefe de la Guardia Nacional, el “General” Clément Thomas fue colocado subrepticiamente en su lugar. Durante todo el ejercicio de su cargo, no hizo la guerra a los prusianos, sino a la Guardia Nacional de París, mostrándose inagotable en pretextos para impedir su armamento general, en artimañas de desorganización enfrentando a sus elementos burgueses contra sus elementos obreros, en eliminar a los oficiales hostiles al “plan” de Trochu y en disolver bajo el estigma de la cobardía a los mismísimos batallones proletarios cuyo heroísmo asombra ahora a sus más enconados enemigos. Clément Thomas se sentía orgulloso de haber reconquistado su preeminencia de junio como el enemigo personal de la clase obrera parisina. Solo unos días antes del 18 de marzo, presentó ante el Ministro de Guerra Le Flô un plan propio para acabar con “la fine fleur de la canaille de París”. Como perseguido por los espectros de junio, ¡tuvo que aparecer necesariamente, en calidad de detective aficionado, en el escenario de la acción tras la derrota de Vinoy!

La Comuna Central intentó en vano rescatar a esos dos criminales, Lecomte y Clément Thomas, de la salvaje justicia de Lynch de los soldados, de la cual ellos mismos y los obreros de París eran tan culpables como la princesa Alejandra de las personas aplastadas hasta la muerte el día de su entrada en Londres. Jules Favre, con su falso patetismo, lanzó sus maldiciones sobre París, la cueva de asesinos. La Asamblea rural imitó histéricas contorsiones de "sensiblerie" [sentimentalismo]. Estos hombres jamás derramaron sus lágrimas de cocodrilo sino como pretexto para derramar la sangre del pueblo. Utilizar cadáveres respetables como armas de guerra civil ha sido siempre un truco favorito del Partido del Orden. ¡Cómo resonó Europa en 1848 con sus gritos de horror por el asesinato del Arzobispo de París por los insurrectos de junio, cuando sabían de sobra, por el testimonio de un testigo presencial, el señor Jaquemet, vicario del Arzobispo, que el Obispo había sido fusilado por los propios soldados de Cavaignac! ¡En las cartas a Thiers del actual Arzobispo de París, hombre sin vena de mártir, corre la astuta sospecha de que sus amigos de Versalles eran muy capaces de consolarse de su futura ejecución con el violento deseo de endilgar ese amable proceder a la Comuna! Sin embargo, cuando el grito de "asesinos" ya había cumplido su propósito, Thiers se desembarazó fríamente de él declarando desde la tribuna de la Asamblea Nacional que el "asesinato" era obra privada de "muy pocos" individuos oscuros.

Los "hombres de Orden", los reaccionarios de París, temblando ante la victoria del pueblo como señal de retribución, quedaron muy asombrados por procederes extrañamente discordantes con sus propios métodos tradicionales de celebrar una derrota del pueblo. Incluso a los sergents de ville, en vez de ser desarmados y encerrados, se les abrieron de par en par las puertas de París para que se retiraran a salvo a Versalles, mientras que a los "hombres de Orden", no solo se les dejó ilesos, sino que se les permitió reagruparse tranquilamente y apoderarse de las fortalezas en el mismo centro de París. Interpretaron, por supuesto, la indulgencia del Comité Central y la magnanimidad de los obreros armados como meros síntomas de debilidad consciente. De ahí su plan de ensayar, bajo la máscara de una manifestación "desarmada", la obra en la que cuatro días antes habían fracasado los cañones y las mitrailleuses de Vinoy. Partiendo de los barrios del lujo, una turba amotinada de "caballeros" con todos los "petits crevés" [petimetres] en sus filas y los familiares del Imperio —los Heeckeren, Coëtlogon, H. de Pène, etc.— a la cabeza, se presentó en orden de marcha bajo los gritos de "¡Abajo los asesinos! ¡Abajo el Comité Central! ¡Vive l'Assemblée nationale!", maltratando y desarmando a los puestos destacados de guardias nacionales que encontraban a su paso. Cuando por fin desembocaron en la plaza Vendôme, intentaron, entre gritos de insultos soeces, desalojar a los guardias nacionales de su cuartel general, forzando las líneas. En respuesta a sus pistoletazos, se hicieron las sommations reglamentarias (el equivalente francés de la lectura inglesa del Riot Act), que resultaron ineficaces para detener a los agresores. Entonces el general de la Guardia Nacional ordenó hacer fuego, y estos alborotadores se dispersaron en desbandada. Dos guardias nacionales muertos, ocho heridos de gravedad y las calles por las que se disolvieron sembradas de revólveres, puñales y bastones-espada dieron clara evidencia del carácter "desarmado" de su manifestación "pacífica". Cuando, el 13 de junio de 1849, la Guardia Nacional de París hizo una manifestación realmente "desarmada" para protestar contra el ataque alevoso a Roma por las tropas francesas, Changarnier, el general del "Partido del Orden", hizo que sus filas fueran sableadas, pisoteadas por la caballería y tiroteadas. Se proclamó de inmediato el estado de sitio, se iniciaron nuevas detenciones, nuevas proscripciones, un nuevo reinado del terror. Pero los "órdenes inferiores" manejan estas cosas de otro modo. Los fugitivos del 22 de marzo, que no fueron perseguidos ni hostigados en su huida, ni posteriormente llamados a rendir cuentas por el juez de instrucción, pudieron dos días después volver a reunir una manifestación "armada" bajo el mando del almirante Saisset. Incluso después del grotesco fracaso de esta su segunda intentona, se les permitió, como a todos los demás ciudadanos de París, probar suerte en las urnas para la elección de la Comuna. Al sucumbir en esta batalla incruenta, purgaron al fin a París de su presencia mediante un éxodo sin ser molestados, arrastrando consigo a las cocottes, a los lazzaroni y a las demás clases peligrosas de la capital. El asesinato de los "ciudadanos desarmados" el 22 de marzo es un mito que ni siquiera Thiers y sus rurals se han atrevido jamás a repetir, confiándolo exclusivamente a la servidumbre del periodismo europeo.

Si algo hay que reprochar en la conducta del Comité Central y de los obreros de París hacia estos "hombres de Orden" desde el 18 de marzo hasta el momento de su éxodo, es un exceso de moderación que raya en la debilidad.

¡Mirad ahora la otra cara de la medalla!

Tras el fracaso de su sorpresa nocturna en Montmartre, el Partido del Orden inició su campaña regular contra París a comienzos de abril. Para inaugurar la guerra civil con los métodos de diciembre, la masacre a sangre fría de los soldados de línea capturados y el infame asesinato de nuestro valiente amigo Duval, Vinoy, el fugitivo, es nombrado por Thiers Gran Cruz de la Legión de Honor. Galliffet, el favorito de esa mujer tan célebre por sus desvergonzadas mascaradas en las orgías del Segundo Imperio, se jacta en un manifiesto oficial del cobarde asesinato de guardias nacionales de París con su teniente y su capitán, perpetrado por sorpresa y a traición. Desmarêt, el gendarme, es condecorado por su carnicero despedazamiento del noble y caballeroso Flourens, cuyos detalles alentadores de su muerte se comunican triunfalmente a la Asamblea de Thiers. En la horriblemente grotesca exultación de un Tom Pouce haciendo el papel de Timur Tamerlán, Thiers niega a los "rebeldes" contra su pequeñez todos los derechos y usos de la guerra civilizada, incluso el derecho de las "ambulancias".

Cuando la Comuna publicó el 7 de abril el decreto de represalias, declarando su deber de protegerse contra las hazañas caníbales de los bandidos de Versalles y exigir ojo por ojo, diente por diente, el trato atroz a los prisioneros de Versalles, de los cuales Thiers dice en uno de sus boletines que "jamás semblantes más degradados de una democracia degradada habían encontrado las miradas afligidas de los hombres honestos", no cesó, pero sí se detuvieron los fusilamientos de los cautivos. Apenas, sin embargo, él y su general decembrista se percataron de que el decreto de la Comuna no era más que una amenaza vacía, de que incluso sus gendarmes espías capturados en París bajo el disfraz de guardias nacionales, de que incluso sus sergents de ville capturados con bombas explosivas encima eran perdonados, cuando al instante volvió a instaurarse en masa el viejo régimen, y ha continuado hasta hoy. Los guardias nacionales que se habían rendido en Belle-Épine ante una fuerza abrumadora de cazadores fueron entonces fusilados uno tras otro por el capitán del pelotón a caballo; casas a las que habían huido tropas parisinas y guardias nacionales fueron rodeadas por gendarmes, inundadas de petróleo y luego incendiadas, siendo los cadáveres calcinados transportados después por la ambulancia de París; el bayonetazo a los guardias nacionales sorprendidos a traición en sus camas en el reducto de Moulin-Saquet (los federados sorprendidos en sus camas dormidos), la masacre (fusilamiento) de Clamart, prisioneros que vestían el uniforme de línea fusilados sin más, —¡todas estas altas hazañas, contadas con ligereza en el boletín de Thiers, son solo unos pocos incidentes de esta rebelión de esclavistas! Pero ¿no sería ridículo citar hechos aislados de ferocidad ante esta guerra civil, fermentada en medio de las ruinas de Francia por los conspiradores de Versalles, desde los más mezquinos motivos de interés de clase, y [ante] el bombardeo de París bajo el patrocinio de Bismarck, a la vista de sus soldados? La manera ligera con que Thiers informa de estas cosas en el boletín ha escandalizado incluso los nervios no demasiado sensibles del Times. Todo esto es, sin embargo, "regular", como dicen los españoles. Las luchas de las clases dominantes contra las clases productoras que amenazan sus privilegios están llenas de los mismos horrores, aunque ninguna exhibe tal exceso de tenacidad por parte de los oprimidos y soporta tal envilecimiento... Los suyo ha sido siempre el viejo axioma de la caballería andante de que toda arma es lícita si se usa contra el plebeyo.

"L'Assemblée siège paisiblement [La Asamblea sesiona pacíficamente]", escribe Thiers a los prefectos.

El asunto de Belle-Épine

El asunto de Belle-Épine, cerca de Villejuif, fue así: El 25 de abril, cuatro guardias nacionales fueron rodeados por una tropa de cazadores montados, que los intimaron a rendirse y deponer las armas. Incapaces de resistir, obedecieron y los cazadores los dejaron ilesos. Algún tiempo después llegó su capitán, un digno oficial de Galliffet, a todo galope y fusiló a los prisioneros con su revólver, uno tras otro, y luego se alejó al trote con su tropa. Tres de los guardias murieron, uno, llamado Scheffer, gravemente herido, sobrevivió y fue posteriormente llevado al hospital de Bicêtre. Allá la Comuna envió una comisión para recoger el testimonio del moribundo, que publicó en su informe. Cuando uno de los diputados parisinos de la Asamblea interpeló al ministro de la Guerra sobre ese informe, los rurals ahogaron la voz del diputado y prohibieron al ministro responder. Sería un insulto a su "glorioso" ejército —no cometer asesinato, sino hablar de él.

La tranquilidad de ánimo con que esa Asamblea soporta los horrores de la guerra civil queda reflejada en uno de los boletines de Thiers a sus prefectos: "L'Assemblée siège paisiblement" (tiene el coeur léger como Ollivier), y el Ejecutivo con sus presos en libertad condicional muestra con sus proezas gastronómicas, ofrecidas por Thiers y en la mesa de príncipes alemanes, que su digestión no se ve turbada ni siquiera por los fantasmas de Lecomte y Clément Thomas.

6) La Comuna

Después de Sedán, la Comuna había sido proclamada por los obreros de Lyon, Marsella y Toulouse. Gambetta hizo todo lo posible por destruirla. Durante el sitio de París, las siempre recurrentes conmociones obreras, aplastadas una y otra vez con falsos pretextos por los bretones de Trochu —dignos sustitutos de los corsos de Luis Bonaparte— fueron otros tantos intentos de desalojar al gobierno de los impostores por medio de la Comuna. La Comuna entonces elaborada en silencio era el verdadero secreto de la Revolución del 4 de septiembre. De ahí que, en los albores mismos del 18 de marzo, tras la derrota de la contrarrevolución, la adormilada Europa se sobresaltara de su ensueño bajo las explosiones parisinas de "¡Vive la Commune!".

¿Qué es la Comuna, esa esfinge tan enigmática para la mente burguesa?

En su concepción más simple, es la forma bajo la cual la clase obrera asume el poder político en sus bastiones sociales, París y los otros centros de la industria.

"Los proletarios de la capital", decía el Comité Central en su proclama del 20 de marzo, "en medio de los fracasos y las traiciones de las clases dominantes, han comprendido que para ellos había sonado la hora de salvar la situación tomando en sus propias manos la dirección de los asuntos públicos... Han comprendido que era su deber imperioso y su derecho absoluto tomar en sus propias manos su propio destino apoderándose del poder político (poder del Estado)".

Pero el proletariado no puede, como hicieron las clases dominantes y sus diferentes fracciones rivales en las sucesivas horas de su triunfo, simplemente apoderarse del cuerpo estatal existente y manejar esta agencia ya lista para sus propios fines. La primera condición para el ejercicio del poder político es transformar la maquinaria funcionante y destruirla: un instrumento de dominación de clase. Esa enorme maquinaria gubernamental, que envuelve como una boa constrictora el cuerpo social real en las ubicuas mallas de un ejército permanente, una burocracia jerárquica, una policía obediente, un clero y una magistratura serviles, fue forjada por primera vez en los días de la monarquía absoluta como arma de la naciente sociedad burguesa en sus luchas por emanciparse del feudalismo. La primera Revolución Francesa, con su tarea de dar pleno alcance al libre desarrollo de la sociedad burguesa moderna, tuvo que barrer todas las fortalezas feudales locales, territoriales, urbanas y provinciales, y preparó el suelo social para la superestructura de un poder estatal centralizado, con órganos omnipresentes ramificados según el plan de una división del trabajo sistemática y jerárquica.

Pero la clase obrera no puede simplemente apoderarse de la maquinaria estatal ya lista y manejarla para sus propios fines. El instrumento político de su esclavización no puede servir como el instrumento político de su emancipación.

El Estado burgués moderno se encarna en dos grandes órganos: el parlamento y el gobierno. La omnipotencia parlamentaria había engendrado, durante el período de la República del Partido del Orden, de 1848 a 1851, su propia negación: el Segundo Imperio; y el imperialismo, con su mera burla del parlamento, es el régimen que hoy florece en la mayoría de los grandes Estados militares del continente. A primera vista, aparentemente, la dictadura usurpadora del cuerpo gubernamental sobre la sociedad misma, elevándose por igual sobre todas las clases y humillándolas por igual; de hecho, al menos en el continente europeo, se ha convertido en la única forma de Estado posible en la que la clase apropiadora puede continuar dominando a la clase productora. La asamblea de los fantasmas de todos los parlamentos franceses difuntos que aún ronda en Versalles no ejerce fuerza real alguna salvo la maquinaria gubernamental tal como fue moldeada por el Segundo Imperio. El enorme parásito gubernamental, que envuelve el cuerpo social como una boa constrictora en las ubicuas mallas de su burocracia, policía, ejército permanente, clero y magistratura, data su nacimiento de los días de la monarquía absoluta. El poder estatal centralizado debía entonces servir a la naciente sociedad burguesa como un arma poderosa en sus luchas por emanciparse del feudalismo. La Revolución Francesa del siglo XVIII, con su tarea de barrer la basura medieval de los privilegios señoriales, locales, urbanos y provinciales, no pudo sino despejar simultáneamente el suelo social de los últimos obstáculos que dificultaban el pleno desarrollo de un poder estatal centralizado, con órganos omnipresentes forjados según el plan de una división del trabajo sistemática y jerárquica. Así irrumpió a la vida bajo el Primer Imperio, él mismo producto de las guerras de coalición de la vieja Europa semifeudal contra la Francia moderna. Durante los regímenes parlamentarios subsiguientes de la Restauración, la Monarquía de Julio y la República del Partido del Orden, la suprema gestión de esa maquinaria estatal, con sus irresistibles atractivos de cargos, lucro y patronazgo, se convirtió no solo en el blanco de la contienda entre las fracciones rivales de la clase dominante, sino que, en la misma medida en que el progreso económico de la sociedad moderna engrosaba las filas de la clase obrera, acumulaba sus miserias, organizaba su resistencia y desarrollaba sus tendencias a la emancipación, en una palabra, en la medida en que la lucha de clases moderna, la lucha entre el trabajo y el capital, asumía forma y figura, la fisonomía y el carácter del poder estatal experimentaron un cambio sorprendente. Siempre había sido el poder para el mantenimiento del orden, es decir, del orden existente de la sociedad y, por tanto, de la subordinación y explotación de la clase productora por la clase apropiadora. Pero mientras este orden fue aceptado como una necesidad incontrovertible e indiscutida, el poder estatal pudo asumir un aspecto de imparcialidad. Mantuvo la subordinación existente de las masas, que era el orden inalterable de las cosas y un hecho social soportado sin contestación por parte de las masas, ejercido por sus «superiores naturales» sin solicitud alguna. Con la entrada de la sociedad misma en una nueva fase, la fase de la lucha de clases, el carácter de su fuerza pública organizada, el poder estatal, no pudo sino cambiar también y desarrollar cada vez más su carácter de instrumento del despotismo de clase, el motor político que perpetúa por la fuerza la esclavización social de los productores de riqueza por sus apropiadores, la dominación económica del capital sobre el trabajo. Después de cada nueva revolución popular, que resulta en la transferencia de la dirección de la maquinaria estatal de un conjunto de las clases dominantes a otro, el carácter represivo del poder estatal se desarrolló más plenamente y se usó con mayor crueldad, porque las promesas hechas, y aparentemente aseguradas por la Revolución, solo podían romperse mediante el empleo de la fuerza. Además, el cambio obrado por las sucesivas revoluciones solo sancionó políticamente el hecho social, el creciente poder del capital, y, por tanto, transfirió el poder estatal mismo más y más directamente a las manos de los antagonistas directos de la clase obrera. Así, la Revolución de Julio transfirió el poder de las manos de los terratenientes a las de los grandes fabricantes (los grandes capitalistas), y la Revolución de Febrero a las de las fracciones unidas de la clase dominante, unidas en su antagonismo a la clase obrera, unidas como «el Partido del Orden», el orden de su propia dominación de clase. Durante el período de la República Parlamentaria, el poder estatal se convirtió al fin en el declarado instrumento de guerra, manejado por la clase apropiadora contra la masa productora del pueblo. Pero como instrumento declarado de guerra civil, solo podía ser manejado durante un tiempo de guerra civil, y la condición de vida para la República Parlamentaria era, por tanto, la continuación de la guerra civil abiertamente declarada, la negación precisamente de ese «orden» en nombre del cual se libraba la guerra civil. Esto solo podría ser un estado de cosas espasmódico, excepcional. Era imposible como la forma política normal de la sociedad, insoportable incluso para la masa de las clases medias. Cuando, pues, todos los elementos de la resistencia popular estuvieron quebrantados, la República Parlamentaria tuvo que desaparecer ante el Segundo Imperio.

El Imperio —que profesaba descansar sobre la mayoría productora de la nación, los campesinos, que aparentemente estaban fuera del alcance de la lucha de clases entre el capital y el trabajo (indiferentes y hostiles a ambos poderes sociales contendientes), manejando el poder estatal como una fuerza superior a las clases dominante y dominadas, imponiendo a ambas una tregua (silenciando la forma política, y por tanto revolucionaria, de la lucha de clases), despojando al poder estatal de su forma directa de despotismo de clase al quebrar el poder parlamentario, y por tanto directamente político, de las clases apropiadoras— era la única forma de Estado posible para asegurar al viejo orden social una tregua de vida. Fue, por tanto, aclamado en todo el mundo como el «salvador del orden» y objeto de admiración durante 20 años por parte de los aspirantes a esclavistas de todo el mundo. Bajo su dominio, coincidiendo con el cambio producido en el mercado mundial por California, Australia y el maravilloso desarrollo de los Estados Unidos, se desencadenó un período de actividad industrial sin precedentes, una orgía de agiotaje, estafas financieras y aventuras de sociedades por acciones —llevando todo a la rápida centralización del capital mediante la expropiación de la clase media y ensanchando el abismo entre la clase capitalista y la clase obrera—. Toda la torpeza del régimen capitalista, dando pleno alcance a su tendencia innata, se desató sin trabas. Al mismo tiempo, una orgía de libertinaje lujoso, esplendor meretricio, un pandemonio de todas las bajas pasiones de las clases altas. Esta forma última del poder gubernamental era al mismo tiempo su forma más prostituida, el desvergonzado saqueo de los recursos del Estado por una banda de aventureros, semillero de enormes deudas de Estado, la gloria de la prostitución, una vida ficticia de falsas apariencias. El poder gubernamental, con todo su oropel, de arriba abajo sumergido en el lodo. La madurez de la podredumbre de la maquinaria estatal misma, y la putrefacción de todo el cuerpo social, floreciente bajo ella, fueron puestas al desnudo por las bayonetas de Prusia, ella misma ansiosa por transferir la sede europea de ese régimen de oro, sangre y lodo de París a Berlín.

Este era el poder estatal en su forma última y más prostituida, en su realidad suprema y más vil, que la clase obrera de París tenía que vencer, y del cual solo esta clase podía librar a la sociedad. En cuanto al parlamentarismo, había sido muerto por sus propios cargos y por el Imperio. Todo lo que la clase obrera debía hacer era no revivirlo.

Lo que los obreros tenían que derribar no era una forma más o menos incompleta del poder gubernamental de la vieja sociedad; era ese poder mismo en su forma última y extenuante, el Imperio. El opuesto directo al Imperio era la Comuna.

En su concepción más simple, la Comuna significaba la destrucción preliminar de la vieja maquinaria gubernamental en sus sedes centrales, París y las otras grandes ciudades de Francia, y su sustitución por un verdadero autogobierno que, en París y las grandes ciudades, los baluartes sociales de la clase obrera, era el gobierno de la clase obrera. Gracias al sitio, París se había librado del ejército, que fue sustituido por una Guardia Nacional, cuyo grueso estaba formado por los obreros de París. Sólo debido a esta situación pudo hacerse posible la insurrección del 18 de marzo. Este hecho debía convertirse en institución, y la Guardia Nacional de las grandes ciudades, el pueblo armado contra la usurpación gubernamental, debía reemplazar al ejército permanente que defiende al gobierno contra el pueblo.

La Comuna debía componerse de los concejales municipales de los distintos arrondissements (como París fue la iniciadora y el modelo, tenemos que referirnos a ella), elegidos por sufragio de todos los ciudadanos, responsables y revocables a corto plazo. La mayoría de ese cuerpo estaría naturalmente compuesta por obreros o representantes reconocidos de la clase obrera. Había de ser un cuerpo de trabajo, no parlamentario, ejecutivo y legislativo al mismo tiempo. Los agentes de policía, en lugar de ser agentes de un gobierno central, debían ser servidores de la Comuna, nombrados, al igual que los funcionarios de todos los demás ramos de la administración, por la Comuna y siempre revocables por ella; todos los funcionarios, al igual que los miembros de la Comuna, debían desempeñar su trabajo a salario de obreros. Los jueces también debían ser elegidos, revocables y responsables. La iniciativa en todos los asuntos de la vida social debía reservarse a la Comuna. En una palabra, todas las funciones públicas, incluso las pocas que corresponderían al Gobierno Central, debían ser ejecutadas por agentes comunales y, por tanto, bajo el control de la Comuna. Es uno de los absurdos decir que las funciones centrales, no de autoridad gubernamental sobre el pueblo, sino requeridas por las necesidades generales y comunes del país, se harían imposibles. Esas funciones existirían, pero los funcionarios mismos no podrían, como en la vieja maquinaria gubernamental, elevarse por encima de la sociedad real, porque las funciones serían ejecutadas por agentes comunales y, por tanto, siempre bajo control real. Las funciones públicas dejarían de ser una propiedad privada concedida por un gobierno central a sus instrumentos. Con el ejército permanente y la policía gubernamental, la fuerza física de represión debía ser quebrada. Mediante la separación de la Iglesia del Estado y la expropiación de todas las iglesias como corporaciones propietarias, la expulsión de la enseñanza religiosa de todas las escuelas públicas (al mismo tiempo que se introducía la enseñanza gratuita), confinándola al ámbito de la vida privada, para que allí viva de las limosnas de los fieles, y la emancipación de todos los institutos de enseñanza de la tutela y la servidumbre gubernamentales, la fuerza espiritual de represión debía ser quebrada, y la ciencia no sólo sería accesible a todos, sino liberada de las trabas de la presión gubernamental y del prejuicio de clase. Los impuestos municipales serían determinados y recaudados por la Comuna; los impuestos para fines generales del Estado serían recaudados por funcionarios comunales y desembolsados por la Comuna misma para los fines generales (su desembolso para los fines generales sería supervisado por la Comuna misma).

La fuerza gubernamental de represión y la autoridad sobre la sociedad serían así quebradas en sus órganos meramente represivos, y allí donde tuviera funciones legítimas que cumplir, éstas no serían ejercidas por un cuerpo superior a la sociedad, sino por los agentes responsables de la sociedad misma.

7) Schluss[t]

Al París combatiente, trabajador, pensante, electrizado por el entusiasmo de la iniciativa histórica, lleno de realidad heroica, la nueva sociedad en sus dolores de parto, se opone en Versalles la vieja sociedad, un mundo de ficciones anticuadas y mentiras acumuladas. Su verdadera representación es esa Asamblea Rural, poblada por los espectros farfulladores de todos los regímenes difuntos en los que sucesivamente se había encarnado la dominación de clase en Francia, con un charlatán senil del parlamentarismo a la cabeza, y la espada en manos de los capituladores imperialistas, bombardeando París bajo la mirada de sus conquistadores prusianos.

Las inmensas ruinas que el Segundo Imperio, al derrumbarse, ha amontonado sobre Francia, no son para ellos más que una oportunidad para desenterrar y arrojar a la superficie los escombros de ruinas anteriores, del legitimismo o del orleanismo.

La llama de la vida ha de arder en una atmósfera de exhalación sepulcral de todas las emigraciones pasadas. (El mismo aire que respiran es la exhalación sepulcral de todas las emigraciones pasadas.)

No tienen nada de real, excepto su conspiración común contra la vida, su egoísmo de intereses de clase, su deseo de alimentarse del cadáver de la sociedad francesa, sus intereses comunes de esclavistas, su odio al presente y su guerra contra París.

Todo en ellos es una caricatura, desde ese viejo fósil del régimen de Louis Philippe, el conde Jaubert, que exclama en la Asamblea Nacional, en el palacio de Louis XIV: «Somos el Estado» («El Estado, ése somos nosotros»),[175] (ellos son, de hecho, el espectro del Estado en su secesión de la sociedad), hasta los republicanos que adulan a Thiers celebrando sus réunions [reuniones] en el Jeu de Paume (el Juego de Pelota) para mostrar su degeneración respecto de sus predecesores de 1789.

Con Thiers a la cabeza, el grueso de la mayoría dividido en esos dos grupos de legitimistas y orleanistas, y a la zaga los republicanos del «viejo estilo». Cada una de estas fracciones intriga por una restauración propia: los republicanos por la de la República parlamentaria, cimentando sus esperanzas en la senil vanidad de Thiers, y constituyendo mientras tanto la decoración republicana de su gobierno y sancionando con su presencia la guerra de los generales bonapartistas contra París, después de haber intentado atraer a París a los brazos de Thiers y desarmarla bajo Saisset! Caballeros de la triste figura, las humillaciones que soportan voluntariamente muestran a qué ha venido a parar el republicanismo como forma especial de dominación de clase. Fue en consideración a ellos que Thiers dijo a los alcaldes reunidos del Sena y del Oise: ¿Qué más podían desear? «¿Acaso no era él, un simple ciudadano, quien estaba a la cabeza del Estado?» Progreso de 1830 a 1870: entonces, Louis Philippe era la mejor de las repúblicas, y ahora, el ministro de Louis Philippe, el pequeño Thiers mismo, es la mejor de las repúblicas.

Obligados a realizar su verdadera labor —la guerra contra París— mediante los soldados, gendarmes y policías imperialistas, bajo el mando de los generales bonapartistas retirados, tiemblan de miedo ante la sospecha de que —como durante su régimen de 1848 a 1851— no están haciendo sino forjar el instrumento para una segunda restauración del Imperio. Los zuavos pontificios y los vendeanos de Cathelineau y los bretones de Charette constituyen, en realidad, su ejército «parlamentario», simples fantasmas de un ejército comparados con la realidad imperial. Mientras rugen de rabia ante el mero nombre de la República, aceptan los dictados de Bismarck en su nombre, dilapidan en su nombre el resto de la riqueza francesa en la guerra civil, denuncian a París en su nombre, fraguan leyes de proscripción preventiva contra los rebeldes en su nombre, usurpan la dictadura sobre Francia en su nombre.

Su título es el sufragio universal, al que siempre se opusieron durante sus propios regímenes de 1815 a 1848, abolido en mayo de 1850, después de que la República lo hubiera establecido contra ellos, y que ahora aceptan como la prostituta del Imperio, olvidando que con él aceptan el Imperio de los plebiscitos. Ellos mismos son imposibles incluso con el sufragio universal.

Reprochan a París haberse rebelado contra la unidad nacional, y su primera palabra es la decapitación de esa unidad mediante la decapitalización de París. París ha hecho lo que ellos fingían querer, pero lo ha hecho no como ellos lo querían, como un sueño reaccionario del pasado, sino como la reivindicación revolucionaria del futuro. Thiers, el chauvinista, amenaza desde el 18 de marzo a París con la «intervención de Prusia»; en Burdeos abogó por la «intervención de Prusia»; de hecho, sólo actúa contra París con los medios que Prusia le concede. Los Bourbons eran la dignidad misma, comparados con este charlatán del chauvinismo.

Cualquiera que sea el nombre —en caso de que resulten victoriosos— de su Restauración, y cualquiera que sea el pretendiente triunfante que pongan a su cabeza, su realidad no puede ser otra que el Imperio, la forma política última e indispensable de la dominación de sus clases podridas. Si logran restaurarlo —y han de restaurarlo si triunfa alguno de sus planes de restauración—, sólo lograrán acelerar la putrefacción de la vieja sociedad que representan y la madurez de la nueva que combaten. Sus ojos turbios sólo ven las obras exteriores políticas de los regímenes difuntos y sueñan con revivirlos colocando a un Henry the 5th o al conde de París a la cabeza. No ven que los cuerpos sociales que sostenían esas superestructuras políticas se han marchitado, que esos regímenes sólo fueron posibles bajo condiciones ya superadas y fases pasadas de la sociedad francesa, y que ésta, en su estado de putrefacción, ya sólo puede soportar el imperialismo, y en su estado de regeneración, la República del Trabajo. No ven que los ciclos de las formas políticas no eran sino la expresión política de los cambios reales que experimentaba la sociedad.

Los prusianos, que con tosca exultación guerrera por el triunfo contemplan las agonías de la sociedad francesa y las explotan con el sórdido cálculo de un Shylock y la desdeñosa grosería de los [¿...?],[u] ya están castigados por el trasplante del Imperio al suelo alemán. Ellos mismos están condenados a desatar en Francia las fuerzas subterráneas que los sepultarán junto con el viejo orden de cosas. La Comuna de París puede caer, pero la Revolución Social que ha iniciado triunfará. Su cuna está en todas partes.

Fragmentos

Las mentiras de los boletines de Thiers.

La inmensa farsa de ese Versalles, su carácter mentiroso, no podía encarnarse y resumirse mejor que en Thiers, el mentiroso profesional, para quien la «realidad de las cosas» sólo existe en su «sentido parlamentario», es decir, como mentira.

En su respuesta a la carta del arzobispo, niega con desfachatez «las pretendidas ejecuciones y represalias (!) atribuidas a las tropas de Versalles», y hace confirmar esta impúdica mentira por una comisión nombrada ex profeso por sus ruraux. Él conoce, por supuesto, las triunfales proclamaciones de los propios generales bonapartistas. Pero en el «sentido parlamentario» de la palabra, no existen.

En su circular del 16 de abril sobre el bombardeo de París:

«Si se han disparado algunos cañonazos, no es obra del ejército de Versalles, sino de algunos insurrectos que quieren hacer creer que luchan, mientras que no se atreven a mostrarse».

¡Por supuesto, París se bombardea a sí misma para hacer creer al mundo que lucha!

Luego: «Notre artillerie ne bombarde pas: elle canonne, il est vrai.» [«Nuestra artillería no bombardea: es cierto que cañonea.»]

El boletín de Thiers sobre Moulin-Saquet (4 de mayo): «Délivrance de Paris des affreux tyrans qui l’oppriment» [«Liberación de París de los horribles tiranos que la oprimen»] (matando a los guardias nacionales de París mientras dormían).

El abigarrado tropel de un ejército —la hez de la soldadesca bonapartista liberada de la prisión por gracia de Bismarck, cuyo núcleo lo forman los gendarmes de Valentin y los sergents de ville de Piétri, aderezado con los zuavos pontificios, los chuanes de Charette y los vendeanos de Cathelineau, todo ello puesto bajo el mando de los generales decembristas fugados de la capitulación— lo califica de «el mejor ejército que Francia haya poseído jamás». Por supuesto, si los prusianos acantonan aún en Saint-Denis, es porque Thiers quiere asustarlos con la vista de ese «magnífico entre los magníficos ejércitos».

Si tal es el “mejor ejército” —el anacronismo de Versalles es “la asamblea más liberal y más libremente elegida que haya existido jamás en Francia”. Thiers corona su excentricidad diciendo a los alcaldes, etc., que “es un hombre que nunca ha faltado a su palabra”, por supuesto en el sentido parlamentario de mantener la palabra.

Es el más auténtico de los republicanos y (Séance vom [sesión del] 27 de abril): “L’assemblée est plus libérale que lui-même.” [“La Asamblea es más liberal que él mismo.”]

A los alcaldes: “On peut compter sur ma parole à laquelle je n’ai jamais manqué,” [“Podéis confiar en mi palabra, a la que nunca he faltado,”] en un sentido no parlamentario, que nunca he mantenido.

“L’assemblée est une des plus libérales qu’ait nommée la France.” [“La Asamblea es una de las más liberales que Francia ha elegido.”]

Se compara a sí mismo con Lincoln y a los parisinos con los esclavistas rebeldes del Sur. Los sureños querían la secesión territorial de los Estados Unidos para la esclavitud del trabajo. París quiere la secesión del propio señor Thiers y de los intereses que representa del poder, para la emancipación del trabajo.

La venganza que los generales bonapartistas, los gendarmes y los chuanes descargan sobre París es una necesidad de la guerra de clase contra el trabajo, pero en la pequeña farsa de sus boletines Thiers la convierte en un pretexto para caricaturizar a su ídolo, el primer Napoleón, y hacerse el hazmerreír de Europa afirmando audazmente que el ejército francés, mediante su guerra contra los parisinos, ha recuperado la fama que había perdido en la guerra contra los prusianos. Toda la guerra aparece así como un mero juego de niños para dar rienda suelta a la vanidad infantil de un enano, exaltado por tener que describir sus propias batallas, libradas por su propio ejército, bajo su propio mando supremo secreto.

Y sus mentiras culminan respecto a París y a la provincia.

París, que en realidad mantiene a raya durante dos meses al mejor ejército que Francia haya poseído jamás, pese a la ayuda secreta de los prusianos, en realidad sólo ansía ser liberada de sus “atroces tiranos” por Thiers, y por eso lucha contra él, aunque no es más que un puñado de criminales.

No se cansa de presentar a la Comuna como un puñado de presidiarios, de licenciados de presidio, de escoria. París lucha contra él porque quiere ser liberado por él de “los affreux [espantosos] tiranos que la oprimen”. ¡Y este “puñado” de desesperados mantiene a raya desde hace dos meses al “mejor ejército que Francia haya poseído jamás”, acaudillado por el invencible MacMahon e inspirado por el genio napoleónico del propio Thiers!

La resistencia de París no es una realidad, pero las mentiras de Thiers sobre París sí lo son.

No contentos con refutarlo con sus hazañas, todos los elementos vivos de París le han hablado, pero en vano, para sacarlo de su mundo de mentiras.

“No hay que confundir el movimiento de París con la sorpresa de Montmartre, que fue sólo su ocasión y punto de partida: este movimiento es general y profundo en la conciencia de París; el mayor número incluso de aquellos que por una u otra razón se mantienen al margen (se apartan), no por ello dejan de reconocer su legitimidad social.”

¿Quién le dijo esto? Los delegados de las Cámaras Sindicales, hablando en nombre de 7 a 8.000 comerciantes e industriales.[141] Fueron a decírselo personalmente a Versalles. Así lo hizo la Liga de la Unión Republicana, así lo hicieron las logias masónicas[142] mediante sus delegados y sus manifestaciones. Pero él se aferra a lo suyo.

En sus boletines de [léase sobre] Moulin-Saquet (4 de mayo):

“300 prisioneros capturados... el resto de los insurrectos ha huido à toutes jambes, laissant 150 morts et blessés sur le champ de bataille... . Voilà la victoire que la Commune peut célébrer dans ses bulletins. Paris sera sous peu délivré de ses terribles tyrans qui l’oppriment.” [... ha huido a toda velocidad, dejando 150 muertos y heridos en el campo de batalla... . Ésta es la victoria que la Comuna puede celebrar en sus boletines. París será liberado en breve de sus terribles tiranos que la oprimen.”]

Pero el París combatiente, el París real no es su París. Su París es en sí mismo una mentira parlamentaria. “El París rico, ocioso, capitalista”, el cosmopolita guiso, ése es su París. Ése es el París que quiere que le sea restaurado; el París real es el París de la “vil multitud”. El París que mostró su valor en la “procesión pacífica” y en la desbandada de Saisset, que se agolpa ahora en Versalles, en Rueil, en St. Denis, en St. Germain-en-Laye, seguido por las cocottes, apegado al “hombre de familia, de religión, de orden” y, sobre todo, “de propiedad”, el París de las clases ociosas, el París de los francs-fileurs, que se divierte mirando con telescopios las batallas en curso, considerando la guerra civil [como] sólo una diversión agradable, ése es el París del señor Thiers, como la Emigración de Coblenza era la Francia del señor de Calonne y como la Emigración de Versalles es la Francia del señor Thiers.

Si el París que quiere ser liberado de la Comuna por Thiers, sus Rurales, Decembrizadores y gendarmes es una mentira, también lo es su “Provincia”, que a través de él y de sus Rurales quiere ser liberada de París.

Antes de la conclusión definitiva del tratado de paz en Fráncfort,[176] apeló a las provincias para que enviaran sus batallones de Guardias Nacionales y voluntarios a Versalles a luchar contra París. Las provincias se negaron rotundamente. Sólo la Bretaña envió un puñado de chuanes “luchando bajo bandera blanca, llevando cada uno sobre el pecho un corazón de Jesús en tela blanca y gritando: ‘¡Vive le roi!’”. Así escucha la Francia provincial sus llamamientos, de modo que se vio forzado a enviar tropas francesas cautivas de Bismarck, a echar mano de los zuavos pontificios (los verdaderos representantes armados de su Francia provincial) y a hacer de 20.000 gendarmes y 12.000 sergents de ville el núcleo de su ejército.

A pesar de la muralla de mentiras, del bloqueo intelectual y policíaco con el que intentó aislar (debar) a París de las provincias, las provincias, en lugar de enviarle batallones para hacer la guerra a París, lo inundaron con tantas delegaciones que insistían en la paz con París, que él se negó a recibirlas ya en persona. El tono de los mensajes enviados desde las provincias, la mayoría de los cuales proponían la conclusión inmediata de un armisticio con París, la disolución de la Asamblea “porque su mandato había expirado” y la concesión de los derechos municipales reclamados por París, era tan ofensivo que Dufaure los denuncia en su “circular contra la conciliación” a los Prefectos. Por otra parte, la Asamblea Rural y Thiers no recibieron ni un solo mensaje de aprobación por parte de las provincias.

Pero el gran défi [desafío] que las provincias lanzaron a la “mentira” de Thiers acerca de las provincias fueron las elecciones municipales del 30 de abril, celebradas bajo su gobierno, sobre la base de una ley de su Asamblea. De 700.000 concejales (en cifras redondas) elegidos por los 30.000 municipios que aún quedaban en la Francia mutilada, ¡los legitimistas, orleanistas y bonapartistas unidos no alcanzaron los 8.000! ¡Las elecciones complementarias fueron aún más hostiles! ¡Esto mostró claramente hasta qué punto la Asamblea Nacional, elegida por sorpresa y con falsos pretextos, representa a Francia, a la Francia provincial, a la Francia menos París!

Pero el plan de una asamblea de los delegados municipales de las grandes ciudades provinciales en Burdeos, prohibido por Thiers basándose en su ley de 1834 y en una imperial de 1855,[177] lo forzó a confesar que sus “provincias” son una mentira, como “su” París lo es. Las acusa de asemejarse al París “falso”, de estar ansiosamente empeñadas en “poner los fundamentos del comunismo y de la rebelión”. De nuevo ha recibido respuesta en la última resolución de los consejos municipales de Nantes, Vienne, Chambéry, Limoux, Carcassone, Angers, Carpentras, Montpellier, Privas, Grenoble, etc., que piden, que insisten en la paz con París,

“la afirmación absoluta de la República, el reconocimiento del derecho Comunal”, que, como dice el consejo municipal de Vienne, “los élus del 8 de febrero prometieron dans leur circulaire, lorsqu’ils étaient candidats. Pour faire cesser la guerre étrangère, elle (I’Assemblée nationale) a cédé deux provinces et promis cinq milliards à la Prusse. Que ne doit-elle pas faire pour mettre fin à la guerre civile?” [“los elegidos del 8 de febrero prometieron en su circular cuando eran candidatos. Para poner fin a la guerra extranjera, ella (la Asamblea Nacional) cedió dos provincias y prometió dar cinco mil millones a Prusia. ¿Qué no debería hacer para poner fin a la guerra civil?”]

(Justo lo contrario. Las dos provincias no son propiedad “privada” suya, y en cuanto al pagaré de 5 mil millones, la cuestión es precisamente que lo pague el pueblo francés y no ellos.)

Si, por tanto, París puede quejarse con razón de que las provincias se limiten a manifestaciones pacíficas, dejándolo solo contra todas las fuerzas del Estado..., la provincia ha desmentido en los tonos más inequívocos a Thiers y a la Asamblea que dice representarla allí, ha declarado que su Provincia es una mentira como lo es toda su existencia, una farsa, un falso pretexto.

El Consejo General se siente orgulloso del papel prominente que las secciones parisinas de la Internacional han desempeñado en la gloriosa revolución de París. No, como los imbéciles imaginan, como si la sección de París, o cualquier otra sección de la Internacional, recibiera su mot d’ordre [consigna] de un centro. Pero al pertenecer a la Internacional la flor de la clase obrera de todos los países civilizados, y estando imbuida de sus ideas, en todas partes tomarán con seguridad la delantera en los movimientos de la clase obrera.

Desde[v] el mismo día de la capitulación por la cual el gobierno de los prisioneros de Bismarck había firmado la rendición de Francia, pero, a cambio, obtuvo permiso para retener una guardia personal con el propósito expreso de amedrentar a París, París permaneció en guardia. La Guardia Nacional se reorganizó y confió su control supremo a un Comité Central elegido por todas las compañías, batallones y baterías de la capital, salvo algunos fragmentos de las viejas formaciones bonapartistas. En vísperas de la entrada de los prusianos en París, el Comité Central tomó medidas para el traslado a Montmartre, Belleville y La Villette de los cañones y ametralladoras traidoramente abandonados por los capituladores en los mismos barrios que los prusianos estaban a punto de ocupar.

París armado era el único obstáculo serio en el camino de la conspiración contrarrevolucionaria. París, por tanto, debía ser desarmado. En este punto la Asamblea de Burdeos era la sinceridad misma. Si la rugiente perorata de sus rurales no hubiese sido ya bastante audible, la entrega de París por Thiers a las tiernas mercedes del triunvirato de Vinoy, el decembrizador, Valentin, el gendarme bonapartista, y Aurelle de Paladines, el general jesuita, habría cortado hasta el último subterfugio de duda en cuanto a la meta última del desarme de París. Pero si su propósito era francamente confesado, el pretexto con que estos atroces criminales iniciaron la guerra civil era la mentira más desvergonzada, la más descarada. La artillería de la Guardia Nacional de París, dijo Thiers, pertenecía al Estado, y al Estado debía ser devuelta. El hecho era este: desde el mismo día de la capitulación por la cual los prisioneros de Bismarck habían firmado la rendición de Francia pero se habían reservado una numerosa guardia personal con el expreso propósito de amedrentar a París, París permaneció en guardia. La Guardia Nacional se reorganizó y confió su mando supremo a un Comité Central elegido por todo el cuerpo, salvo algunos fragmentos de las viejas formaciones bonapartistas. La víspera de la entrada de los prusianos en París, el Comité Central tomó medidas para trasladar a Montmartre, Belleville y La Villette los cañones y las ametralladoras, traicioneramente abandonados por los capitulardos precisamente en los barrios que los prusianos estaban a punto de ocupar. Esa artillería había sido costeada con las suscripciones de la Guardia Nacional. Como propiedad privada suya fue reconocida oficialmente en la convención del 28 de enero, y por ese mismo título eximida de la entrega general de armas pertenecientes al gobierno en manos del conquistador. ¡Y Thiers se atrevió a iniciar la guerra civil con el mendaz pretexto de que la artillería de la Guardia Nacional era propiedad del Estado!

La confiscación de esta artillería evidentemente no había de servir sino como medida preparatoria para el desarme general de la Guardia Nacional de París, y por tanto de la Revolución del 4 de septiembre. Pero esa Revolución se había convertido en el estatus legal de Francia. Su República fue reconocida en los términos de la capitulación misma por el conquistador, después de la capitulación fue reconocida por las potencias extranjeras, y en su nombre se había convocado la Asamblea Nacional. La Revolución de los obreros parisinos del 4 de septiembre era el único título legal de la Asamblea Nacional reunida en Burdeos y de su Ejecutivo. Sin ella, la Asamblea Nacional habría tenido que ceder inmediatamente su puesto al Cuerpo Legislativo, elegido por sufragio universal y dispersado por el brazo de la Revolución. Thiers y sus presidiarios en libertad condicional habrían tenido que capitular para obtener salvoconductos y garantías contra un viaje a Cayena. La Asamblea Nacional, con su poder notarial para arreglar las condiciones de paz con Prusia, no era más que un incidente de la Revolución. Su verdadera encarnación era París armado, que había iniciado la Revolución y había soportado por ella un sitio de cinco meses con sus horrores de hambruna, que había hecho de su prolongada resistencia, pese al «plan» de Trochu, la base de una tremenda guerra defensiva en las provincias. Y ahora se conminaba a París, con grosero insulto, por los amotinados esclavistas de Burdeos, a que depusiera las armas y reconociese que la revolución popular del 4 de septiembre no había tenido otro propósito que la simple transferencia del poder de manos de Luis Bonaparte y sus secuaces a las de sus rivales monárquicos, o a que se alzara como el abnegado paladín de Francia, que solo podía ser salvada de su ruina y regenerada mediante el derrocamiento revolucionario de las condiciones políticas y sociales que habían engendrado el Imperio y que, bajo su tutela, habían madurado hasta la putrefacción más completa. París, demacrado por un hambre de cinco meses, no vaciló un solo instante. Resolvió heroicamente arrostrar todos los azares de una resistencia contra los conspiradores franceses bajo las mismísimas narices del ejército prusiano acuartelado ante sus puertas. Pero en su absoluta aborrecencia de la guerra civil, el gobierno popular de París, el Comité Central de la Guardia Nacional, continuó persistiendo en su actitud meramente defensiva, pese a las provocaciones de la Asamblea, las usurpaciones del Ejecutivo y la amenazante concentración de tropas en París y en sus alrededores.

En la madrugada del 18 de marzo, París se alzó bajo el estruendo de gritos de «¡Vive la Commune!». ¿Qué es la Comuna, esa esfinge tan desconcertante para la mente burguesa?

«Los proletarios de la capital», dijo el Comité Central en su manifiesto del 18 de marzo, «en medio de los fracasos y las traiciones de las clases gobernantes, han comprendido que para ellos ha sonado la hora de salvar la situación tomando en sus propias manos la dirección de los asuntos públicos... Han comprendido que es su imperioso deber y su absoluto derecho tomar en sus propias manos sus propios destinos mediante la conquista del poder político».

Pero la clase obrera no puede, como las facciones rivales de la clase apropiadora han hecho en sus horas de triunfo, apoderarse sin más de la maquinaria estatal ya preparada y manejarla para sus propios fines.

El poder estatal centralizado, con sus órganos omnipresentes de ejército permanente, policía, burocracia, clero y magistratura —órganos forjados según el plan de una división sistemática y jerárquica del trabajo— data de los días de la monarquía absoluta, cuando sirvió a la naciente sociedad de la clase media como arma poderosa en sus luchas por la emancipación del feudalismo. La Revolución francesa del siglo XVIII barrió la hojarasca de los privilegios señoriales, locales, municipales y provinciales, despejando así el suelo social de sus últimos obstáculos medievales para la superestructura final del Estado. Este recibió su forma definitiva bajo el Primer Imperio, vástago de las guerras de coalición de la vieja Europa semifeudal contra la Francia moderna. Bajo los regímenes parlamentarios subsiguientes, la posesión del poder gubernamental, con sus irresistibles seducciones de cargos, lucro y patronazgo, se convirtió no solo en la manzana de la discordia entre las facciones rivales de las clases gobernantes. Su carácter político cambió simultáneamente con los cambios económicos de la sociedad. Al mismo ritmo con que el progreso de la industria desarrollaba, ensanchaba e intensificaba el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, el poder gubernamental asumía más y más el carácter del poder nacional del capital sobre el trabajo, de una fuerza política organizada para imponer la esclavización social, de una mera máquina del despotismo de clase. Tras cada revolución popular, que marca una nueva fase progresiva en la marcha de la lucha de clases, el carácter represivo del poder estatal aparece más despiadado y más despojado de disfraz. La Revolución de Julio, al transferir la gestión de la maquinaria estatal del terrateniente al capitalista, la transfiere del antagonista lejano al antagonista inmediato de los obreros. De ahí que el poder estatal asuma una actitud más claramente definida de hostilidad y represión respecto a la clase obrera. La Revolución de Febrero iza los colores de la «República Social», probando así desde el comienzo que el verdadero significado del poder estatal queda revelado, que su pretensión de ser la fuerza armada del bienestar público, la encarnación de los intereses generales de la sociedad elevándose por encima de los intereses privados en pugna y manteniéndolos en sus respectivas esferas, estalla hecha añicos, que su secreto como instrumento del despotismo de clase queda al descubierto, que los obreros quieren la República, ya no como una modificación política del viejo sistema de dominación de clase, sino como el medio revolucionario de quebrantar la dominación de clase misma. Ante las amenazas de la «República Social», la clase gobernante siente instintivamente que el reinado anónimo de la República Parlamentaria puede transformarse en una sociedad por acciones de sus facciones en conflicto, mientras que las monarquías pasadas, por su mismo título, significan la victoria de una facción y la derrota de la otra, el predominio del interés de una sección de esa clase sobre el de la otra, la tierra sobre el capital o el capital sobre la tierra. Frente a la clase obrera, la clase hasta ahora gobernante, cualesquiera que sean las formas específicas en que se apropie del trabajo de las masas, tiene un solo y mismo interés económico: mantener la esclavización del trabajo y cosechar sus frutos directamente como terrateniente y capitalista, indirectamente como parásitos estatales del terrateniente y del capitalista, imponer ese «orden» de cosas que convierte a la multitud productora, «vil multitud», en mera fuente de riqueza y dominio para sus superiores. De ahí que legitimistas, orleanistas, republicanos burgueses y los aventureros bonapartistas, ansiosos de calificarse como defensores de la propiedad saqueándola primero, se unan y fusionen en el «Partido del Orden», el resultado práctico de esa Revolución hecha por el proletariado bajo los entusiastas gritos de la «República Social». La República Parlamentaria del Partido del Orden no es solo el reinado del terror de la clase gobernante. El poder estatal se convierte en sus manos en el instrumento confeso de la guerra civil en manos del capitalista y del terrateniente, sus parásitos estatales, contra las aspiraciones revolucionarias del productor.

Bajo los regímenes monárquicos, las medidas represivas y los principios confesados del gobierno de turno son denunciados al pueblo por las fracciones de las clases gobernantes que están fuera del poder; las filas de oposición de la clase gobernante interesan al pueblo en sus querellas partidistas apelando a sus propios intereses, adoptando actitudes de tribunos del pueblo, reivindicando las libertades populares. Pero en el reinado anónimo de la República, al tiempo que amalgaman los modos de represión de todos los regímenes pasados (sacando de los arsenales de todos los regímenes pasados las armas de represión) y los esgrimen despiadadamente, las diferentes fracciones de la clase gobernante celebran una orgía de renegación. Con cínico desenfado reniegan de las profesiones de su pasado, pisotean sus «llamados» principios, maldicen las revoluciones que han provocado en su nombre y maldicen el nombre de la República misma, aunque solo su reinado anónimo sea lo bastante amplio para admitirlos en una cruzada común contra el pueblo.

Así, esta forma más cruel es al mismo tiempo la forma más odiosa y repugnante de dominación de clase. Esgrimiendo el poder del Estado sólo como instrumento de guerra civil, sólo puede mantenerlo perpetuando la guerra civil. Con la anarquía parlamentaria a su cabeza, coronada por las incesantes intrigas de cada una de las fracciones del partido del «Orden» para restaurar cada cual su régimen favorito, [y] en guerra abierta contra todo el cuerpo de la sociedad desde su propio círculo estrecho, la dominación del Partido del Orden se convierte en la más intolerable dominación del desorden. Habiendo, en su guerra contra la masa del pueblo, quebrado todos sus medios de resistencia y dejándola inerme bajo la espada del Ejecutivo, el propio Partido del Orden y su régimen parlamentario son despedidos de la escena por la espada del Ejecutivo. Esa república parlamentaria del partido del Orden no puede ser, por tanto, más que un interregno. Su desenlace natural es el imperialismo, cualquiera que sea el número del Imperio. Bajo la forma del imperialismo, el poder del Estado, con la espada por cetro, profesa apoyarse en el campesinado, esa gran masa de productores aparentemente al margen de la lucha de clases entre el trabajo y el capital; profesa salvar a la clase obrera destruyendo el parlamentarismo y, por tanto, la subordinación directa del poder del Estado a las clases dominantes; profesa salvar a las propias clases dominantes sometiendo a las clases trabajadoras sin insultarlas; profesa, si no el bienestar público, al menos la gloria nacional. Se le proclama, por tanto, como el «salvador del orden». Por muy hiriente que sea para el orgullo político de la clase dominante y de sus parásitos estatales, demuestra ser el régimen verdaderamente adecuado del «orden» burgués, dando pleno curso a todas las orgías de su industria, las torpezas de su especulación y todo el esplendor meretricio de su vida. El Estado, así aparentemente elevado por encima de la sociedad civil, se convierte al mismo tiempo en el foco de todas las corrupciones de esa sociedad. Su propia podredumbre absoluta, y la podredumbre de la sociedad a la que pretendía salvar, quedaron al desnudo por la bayoneta de Prusia; pero hasta tal punto es este imperialismo la forma política inevitable del «orden», es decir, del «orden» de la sociedad burguesa, que la propia Prusia parecía no hacer sino derribar su sede central en París para trasladarla a Berlín.

El Imperio no es meramente, como sus predecesoras, la monarquía legítima, la monarquía constitucional y la república parlamentaria, una de las formas políticas de la sociedad burguesa; es, al mismo tiempo, su forma política más prostituida, más completa y última. Es el poder del Estado de la moderna dominación de clase, al menos en el continente europeo.