Obras Federico Engels 1871

Congreso Obrero de Roma. — Discursos de Bebel en el Reichstag

Apunte de Engels sobre su informe en la reunión del Consejo General del 14 de noviembre de 1871

De Italia han llegado de nuevo numerosas comunicaciones. De ellas se desprende que el llamado Congreso Obrero de Roma no era más que una artimaña de Mazzini, destinada a engañar al público acerca de los gigantescos avances que la Internacional realiza en Italia. En el transcurso del pasado verano, los dirigentes locales del bien organizado partido mazziniano en muchas grandes ciudades italianas, por primera vez y de manera completamente inesperada, se dieron cuenta de que estaban perdiendo el dominio absoluto que hasta entonces habían ejercido sobre las clases trabajadoras. El sano instinto de los obreros italianos les había permitido ver que los obreros de París, bajo la Comuna, execrados como eran por la voz unánime de las clases dominantes de Europa, no habían sido en realidad sino los paladines de la causa de todo el proletariado; y cuando Mazzini dio la orden a sus seguidores de sumarse al clamor general de la burguesía contra el pueblo de París, él mismo destruyó la base del ascendiente que hasta entonces había ejercido, casi sin discusión, sobre los obreros italianos. La gente trabajadora de las ciudades italianas empezó entonces a ver que tenía intereses de clase que iban más allá de la república de Mazzini; que esos intereses eran los mismos para todos los obreros de todo el mundo civilizado; y que existía una vasta sociedad para la defensa de esos intereses comunes: la Internacional. Además, estaban cansados, desde hacía tiempo, de las prédicas religiosas de Mazzini, completamente fuera de lugar como lo estaban en el país más dominado por el clero de Europa, y de que les recordara sin cesar que el gran objeto de sus vidas era el cumplimiento de deberes, sin hablarles nunca de sus derechos.

Mazzini consideró que lo mejor era cortar este contramovimiento de raíz. Durante los últimos veinte años, había dirigido de hecho las sociedades de socorros mutuos de obreros, los Oddfellows, Foresters y Druids de Italia, sociedades en las que la política estaba oficialmente prohibida y de las que se excluía rigurosamente incluso los objetivos más elementales de un sindicato obrero ordinario. Los presidentes, secretarios y juntas directivas de estas sociedades eran por lo general mazzinianos, y con su ayuda podía organizarse alguna manifestación en favor de ensalzar el mazzinianismo. Ahora bien, hasta 1864 estas sociedades habían celebrado congresos anuales; el último se celebró en Nápoles en el año mencionado, cuando se acordó un acto de fraternización, que contenía una especie de constitución, con un comité central para los asuntos comunes, etc. Pero desde entonces no se había convocado ningún congreso. Con la ayuda de las sociedades de Liguria, Mazzini hizo que se convocase ahora un nuevo congreso, que se reunió en Roma el 1.° de noviembre.

La forma en que se compuso este congreso queda perfectamente ilustrada por lo sucedido en la Sociedad Obrera de Roma. Allí, la junta directiva era casualmente antimazziniana y, como la invitación de los ligures instaba al congreso a discutir cuestiones políticas, dicha junta se negó a enviar delegados porque la discusión de la política iba contra las reglas generales. De hecho, dondequiera que las juntas directivas de las sociedades obreras no estaban integradas por mazzinianos, no se enviaron delegados, según afirman los propios periódicos mazzinianos; de lo cual se desprende claramente que los delegados enviados fueron elegidos, no por los afiliados, sino por las juntas directivas de las distintas sociedades. En estas circunstancias, la mayoría de los internacionales italianos protestó contra este congreso si pretendía representar a la masa de los obreros italianos. Solo unos pocos asistieron a sus reuniones, para poder observar lo que allí ocurría.

El congreso abrió sus sesiones el 1.° de noviembre. Mazzini y Garibaldi fueron elegidos presidentes honorarios, ¡y eso una semana después de que apareciera la carta de Garibaldi a Petroni, en la que rompía definitivamente con Mazzini! a A continuación se volvió a debatir el acto de fraternización del congreso de Nápoles. En esta ocasión, un delegado propuso que se modificase añadiendo una declaración de que el congreso se adhería expresamente a los principios de Giuseppe Mazzini. El debate fue largo, pero al final prevaleció la vieja organización mazziniana. Treinta y cuatro votaron a favor, diecinueve en contra, seis se abstuvieron y diez estuvieron ausentes. Por una mayoría de quince sobre el número de votos emitidos, pero por una minoría de uno sobre el número total de delegados enviados al congreso, los Oddfellows y Druids italianos se han comprometido, por el espacio de un año, a cuanto Mazzini pueda decir o hacer. Huelga decir que los tres representantes de las secciones de la Internacional se retiraron inmediatamente bajo protesta. Podemos añadir que ya en la primera reunión preparatoria del congreso se había acordado en privado que no se discutiría ni la cuestión de la Internacional ni ninguna cuestión religiosa. ¡El reglamento debía suspenderse solo en favor de Mazzini!

Las demás votaciones del congreso solo interesaban a los mazzinianos. Representan intentos de galvanizar la agonizante influencia de Mazzini, intentos completamente infructuosos ante el inmenso movimiento internacionalista que invade actualmente a la clase obrera italiana. La prensa radical italiana de Roma, en particular La Capitale e Il Tribuno, censura severamente al congreso por su implícito voto de confianza a Mazzini. Este último periódico dice: “Este voto fue una sentencia sobre la trama entre Mazzini y Garibaldi; entre las nociones teológicas del sumo sacerdote y las afirmaciones rotundas de los derechos del obrero.” Con ello se pretendía decir a Garibaldi: — “Te equivocas al negar los principios de Mazzini, que son los de la clase obrera italiana”; se pretendía decir a los vencidos de la Comuna que los hidalgos monárquicos de Versalles tuvieron razón al fusilarlos; se pretendía decir a la Internacional que los distintos gobiernos hicieron bien al intentar matarla, y que Italia opondría un dique al torrente que se precipita sobre el privilegio y el monopolio. Habría estado bien que los obreros italianos, reunidos en congreso, hubieran discutido a fondo y examinado bien todas las proposiciones, pero en lugar de eso las objeciones planteadas incluso antes de que surgieran las propias cuestiones, el Ait Philosophus, la palabra del maestro aceptada como evangelio, constituyen actos que no perjudican a nadie sino a aquel partido que se vio obligado a recurrir a medios semejantes para deshacerse de una propaganda a la que de otro modo no podía vencer.”

El mismo periódico trae un notable artículo sobre los jornaleros agrícolas o pequeños campesinos en Italia, que exige que todas las inmensas fincas que hoy están sin cultivar o abandonadas en estado de pantanos, sean declaradas propiedad de la clase trabajadora, a menos que sus propietarios las roturen y cultiven dentro de un plazo limitado.

En el Parlamento alemán, nuestro amigo Bebel ha hablado dos veces. En el primer discurso, atacó el creciente gasto militar. Todo este vasto ejército, dijo, se necesita principalmente contra los trabajadores en el propio país. Pero ustedes, señores burgueses, con el rápido aumento de sus fábricas y talleres, han creado ustedes mismos un aumento tan rápido del número de la clase obrera, que jamás podrán aumentar su ejército al mismo ritmo. En el segundo discurso, sobre la moción liberal de que todos los Estados alemanes estuvieran obligados a tener instituciones representativas, Bebel dijo que todas las constituciones de los Estados alemanes, grandes y pequeños, no valían el papel en que estaban escritas; el Gobierno ejecutivo prusiano era supremo y hacía lo que le venía en gana en toda Alemania, y deseó que todos los pequeños Estados, falsamente considerados como los últimos refugios de la libertad, fueran absorbidos por Prusia, para poner al pueblo por una vez cara a cara con su verdadero enemigo, el Gobierno prusiano. Al declarar que no exceptuaba de esta condena absoluta las constituciones del Imperio alemán, la Cámara, a propuesta del presidente, le cortó la palabra en mitad del discurso. Esta es la libertad de discusión, tal como la entienden los aristócratas, burócratas, capitalistas y abogados del Parlamento alemán. El único obrero que hay entre ellos es tan capaz de enfrentarse a todos los demás, que tienen que reducirlo por la fuerza bruta.

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