Friedrich Engels

[Sobre la estafa de la fundación en Inglaterra]

["Der Volksstaat" N.º 91 del 11 de noviembre de 1871]

Londres, 4 de noviembre. — Estamos aquí ahora en pleno auge de la prosperidad y de los negocios boyantes — nosotros, es decir, la Inglaterra oficial, los grandes capitalistas. El capital abunda en el mercado y busca por doquier colocación lucrativa; sociedades fraudulentas para la dicha de la humanidad y el enriquecimiento de los empresarios brotan como hongos. Minas, pozos de asfalto, ferrocarriles de tracción animal para grandes ciudades, fundiciones de hierro parecen estar ahora más de moda; se ofrecen minas en el Volga y en Nuevo México; en Saboya, en el Jura, en Hanóver se han comprado pozos de asfalto; Lisboa y Buenos Aires van a recibir ferrocarriles de tracción animal, etc. Todas estas sociedades por acciones no tienen, desde luego, otro fin que hacer subir momentáneamente las acciones, para que los empresarios puedan deshacerse con ganancia de su parte; lo que luego sea de los accionistas les tiene sin cuidado: «¡Después de nosotros, el diluvio!». En tres, cuatro años, cinco sextas partes de estas sociedades fraudulentas habrán ido por el camino de toda carne, y con ellas el dinero de los accionistas que se quedaron pegados a la liga. Serán, como siempre, en su mayoría gente pequeña que coloca sus ahorros en estas empresas «sumamente sólidas y ventajosas», y precisamente cuando las acciones han sido llevadas por el fraude al punto más alto... y bien merecido lo tienen. El fraude de las acciones es uno de los medios más poderosos para hacer pasar el caudal, presuntamente, y en parte quizá realmente, adquirido por sí mismo de la gente pequeña, a los bolsillos de los grandes capitalistas, a fin de que hasta al más tonto le resulte claro que en el orden social de nuestros días el capital «elaborado por uno mismo» es algo de todo punto imposible, y que más bien todo el capital existente no es otra cosa que el fruto del trabajo ajeno, apropiado sin retribución.

Y si esta estafa de la fundación ha cobrado últimamente también pleno auge en Alemania y Austria, si príncipes y judíos, cancilleres del imperio y clérigos de pacotilla hacen caza común de los ahorros de la gente pequeña, ello no puede sernos sino bienvenido.

Pero este desbordamiento de capitales en el mercado monetario no es más que el reflejo del florecimiento de la gran industria. En casi todas las ramas de la producción se trabaja con una agilidad como no se había visto desde hace años. Señaladamente en las dos industrias principales de Inglaterra, aquellas en que el hierro y el algodón forman las materias primas.

Los hilanderos de Lancashire tienen al fin nuevamente algodón suficiente para poder extender en masa sus fábricas; y no dejan escapar la oportunidad. Sólo en el pequeño Oldham hay quince hilanderías nuevas en construcción, por término medio de cincuenta mil husos cada una: en total 750.000 husos, ¡cifra casi igual a la que contiene toda la Unión Aduanera (sin la Alsacia)! A esto se añaden telares en proporción, y lo mismo ocurre en las demás ciudades de Lancashire. Las fábricas de maquinaria tienen encargos para meses, algunas para un año por adelantado, y se les paga cualquier precio con tal de que puedan entregar. En fin, vuelve a verse el panorama de 1844, después de la apertura del mercado chino, cuando los fabricantes sólo tenían un temor: no poder entregar lo suficiente; pues, según decían, ¡había que confeccionar vestidos para 300 millones de personas! Entonces vino el retroceso de 1845 y 1847, cuando de repente se puso de manifiesto que los 300 millones de chinos se habían venido haciendo ellos mismos, con toda amabilidad, sus vestidos hasta entonces, y las mercancías inglesas sobrantes yacían amontonadas e invendibles en todos los mercados, mientras los fabricantes y especuladores quebraban a centenares. Y así volverá a ocurrir ahora; esta gente no aprende nada, y aun cuando algo aprendiera, la ley interna de la producción capitalista la fuerza a repetir sin cesar el archiconocido ciclo de auge comercial, sobreproducción y crisis, a repetirlo en escala cada vez más amplia, hasta que, por fin, la insurrección del proletariado libere a la sociedad de la necesidad de este ciclo absurdo.

Un señor
Schwitzguebel
pide en el «Volksstaat», en nombre de un comité federal de la Suiza románica que me es desconocido, aclaraciones más precisas sobre lo que yo he publicado en el
«Volksstaat» acerca del señor Elpidin.
No tengo absolutamente nada que ver con el señor Schwitzguebel, y en este asunto no he de rendir cuentas en modo alguno a un tercero cualquiera. Pero si el propio señor Elpidin se dirigiera en este asunto a la redacción, estoy a su disposición y ruego a la redacción del «Volksstaat» que, en ese caso, comunique al señor Elpidin mi dirección, para que pueda dirigirse a mí directamente.