Karl Marx: La Guerra Civil en Francia

El Segundo Manifiesto[2]

9 de septiembre de 1870

[Ocupación prusiana de Francia]

En nuestro primer manifiesto del 23 de julio, decíamos:

«El toque de difuntos del Segundo Imperio ha sonado ya en París. Acabará, como empezó, con una parodia. Pero no olvidemos que son los gobiernos y las clases dominantes de Europa quienes han permitido a Luis Bonaparte representar durante 18 años la feroz farsa del Imperio restaurado.»

Así, incluso antes de que las operaciones bélicas hubiesen comenzado realmente, considerábamos la burbuja bonapartista como cosa del pasado.

Si no nos equivocábamos en cuanto a la vitalidad del Segundo Imperio, tampoco estábamos errados en nuestro temor de que la guerra alemana «perdiera su carácter estrictamente defensivo y degenerase en una guerra contra el pueblo francés». La guerra defensiva terminó, en realidad, con la rendición de Luis Bonaparte, la capitulación de Sedán y la proclamación de la república en París. Pero mucho antes de estos acontecimientos, en el momento mismo en que se hizo evidente la completa podredumbre de las armas imperiales, la camarilla militar prusiana se había decidido por la conquista. Pero se interponía un feo obstáculo: las propias proclamas del rey [prusiano] Guillermo al comienzo de la guerra.

En un discurso del trono ante la Dieta de Alemania del Norte, había declarado solemnemente hacer la guerra al emperador de los franceses y no a la nación francesa, cuando dijo:

«El emperador Napoleón, habiendo atacado por tierra y por mar a la nación alemana, la cual deseaba y desea vivir en paz con el pueblo francés, he asumido el mando de los ejércitos alemanes para repeler su agresión, y los acontecimientos militares me han llevado a cruzar las fronteras de Francia.»

No contento con afirmar el carácter defensivo de la guerra declarando que sólo asumía el mando de los ejércitos alemanes «para repeler la agresión», añadió que únicamente se había visto «llevado por los acontecimientos militares» a cruzar las fronteras de Francia. Una guerra defensiva, desde luego, no excluye operaciones ofensivas dictadas por los acontecimientos militares.

Así, el piadoso rey quedaba empeñado ante Francia y el mundo en una guerra estrictamente defensiva. ¿Cómo liberarlo de su solemne promesa? Los tramoyistas del escenario tuvieron que presentarlo como quien cede a regañadientes al mandato irresistible de la nación alemana. Al punto dieron la señal a la clase media liberal alemana, con sus profesores, sus capitalistas, sus ediles y sus plumíferos. Esa clase media, que en sus luchas por la libertad civil había ofrecido, desde 1846 hasta 1870, un espectáculo sin parangón de irresolución, incapacidad y cobardía, sintió, naturalmente, sumo deleite en pavonearse por la escena europea como el león rugiente del patriotismo alemán. Reivindicó su independencia cívica fingiendo forzar al gobierno prusiano a aceptar los designios secretos de ese mismo gobierno. Hace penitencia por su fe prolongada y casi religiosa en la infalibilidad de Luis Bonaparte, clamando ahora por el desmembramiento de la república francesa. ¡Escuchemos por un momento las alegaciones especiales de esos patriotas de corazón esforzado!

No se atreven a simular que los pueblos de Alsacia y Lorena ansíen el abrazo alemán; muy al contrario. Para castigar su patriotismo francés, Estrasburgo, ciudad con una ciudadela independiente que la domina, ha sido durante seis días bombardeada sin piedad y de manera demoníaca con granadas explosivas «alemanas», incendiándola y matando a gran número de sus indefensos habitantes. Sin embargo, el suelo de esas provincias perteneció en otros tiempos al antiguo Imperio alemán.[A] De ahí que, al parecer, el suelo y los seres humanos nacidos en él deban ser confiscados como propiedad alemana imprescriptible. Si el mapa de Europa ha de rehacerse al gusto del anticuario, no olvidemos de ningún modo que el Elector de Brandeburgo, por sus dominios prusianos, era vasallo de la república polaca.[B]

Los patriotas más avisados, sin embargo, reclaman Alsacia y la Lorena germanoparlante como «garantía material» contra la agresión francesa. Como este alegato despreciable ha desconcertado a muchas personas de espíritu débil, nos vemos obligados a entrar más a fondo en él.

No cabe duda de que la configuración general de Alsacia, comparada con la orilla opuesta del Rin, y la presencia de una gran plaza fortificada como Estrasburgo, aproximadamente a medio camino entre Basilea y Germersheim, favorecen en mucho una invasión francesa de Alemania del Sur, al tiempo que oponen dificultades peculiares a una invasión de Francia desde Alemania del Sur. Tampoco cabe duda de que la anexión de Alsacia y de la Lorena germanoparlante daría a Alemania del Sur una frontera mucho más fuerte, por cuanto ésta pasaría a dominar la cresta de los Vosgos en toda su longitud y las fortalezas que cubren sus pasos septentrionales. Si también se anexionase Metz, Francia quedaría ciertamente, por el momento, privada de sus dos principales bases de operaciones contra Alemania, pero eso no le impediría concentrar una nueva en Nancy o Verdún. Teniendo Alemania Coblenza, Maguncia [es decir, Mainz], Germersheim, Rastatt y Ulm, todas ellas bases de operaciones contra Francia de las que ha hecho amplio uso en esta guerra, ¿con qué apariencia de juego limpio puede envidiarle a Francia Estrasburgo y Metz, las dos únicas fortalezas de alguna importancia que ésta posee en ese lado? Además, Estrasburgo sólo pone en peligro a Alemania del Sur mientras ésta constituye una potencia separada de Alemania del Norte. De 1792 a 1795, Alemania del Sur nunca fue invadida desde esa dirección, porque Prusia era parte beligerante en la guerra contra la Revolución Francesa; pero tan pronto como Prusia firmó una paz por separado[C] en 1795, dejando al Sur que se valiera por sí mismo, comenzaron las invasiones de Alemania del Sur teniendo a Estrasburgo como base, y prosiguieron hasta 1809. El hecho es que una Alemania unida puede siempre hacer inofensivos a Estrasburgo y a cualquier ejército francés en Alsacia concentrando todas sus tropas, como se hizo en la presente guerra, entre Saarlouis y Landau, y avanzando, o aceptando batalla, sobre la línea de carreteras entre Maguncia y Metz. Mientras la masa de las tropas alemanas está apostada allí, cualquier ejército francés que avanzara desde Estrasburgo hacia Alemania del Sur sería flanqueado y vería amenazadas sus comunicaciones. Si la presente campaña ha demostrado algo, es la facilidad de invadir Francia desde Alemania.

Pero, en buena fe, ¿no es un completo disparate y un anacronismo hacer de las consideraciones militares el principio por el cual se han de fijar las fronteras de las naciones? Si prevaleciera esta regla, Austria tendría todavía derecho a Venecia y a la línea del Mincio, y Francia a la línea del Rin, para proteger París, el cual se halla ciertamente más expuesto a un ataque desde el nordeste que Berlín desde el sudoeste. Si las fronteras se han de fijar según los intereses militares, las reclamaciones no tendrán fin, pues toda línea militar es forzosamente defectuosa y puede mejorarse anexionando algún territorio periférico más; y, además, nunca podrán fijarse de manera definitiva y justa, porque siempre las ha de imponer el conquistador al conquistado, llevando consigo, por tanto, el germen de nuevas guerras.

Ésta es la lección de toda la historia.

Así ocurre con las naciones como con los individuos. Para privarlas del poder de ofender, hay que privarlas de los medios de defenderse. No basta con agarrotar, sino que hay que asesinar. Si cada conquistador tomara «garantías materiales» para quebrantar los nervios de una nación, el primer Napoleón lo hizo mediante el Tratado de Tilsit y la manera en que lo ejecutó contra Prusia y el resto de Alemania. Sin embargo, pocos años después, su gigantesco poder se quebró como una caña podrida contra el pueblo alemán. ¿Qué son las «garantías materiales» que Prusia, en sus más descabellados sueños, puede o se atreve a imponer a Francia, comparadas con las «garantías materiales» que el primer Napoleón le había arrancado a ella misma? El resultado no será menos desastroso. ¡La historia medirá su retribución no por la extensión de las millas cuadradas conquistadas a Francia, sino por la intensidad del crimen de resucitar, en la segunda mitad del siglo XIX, la política de conquista!

Pero, dicen los portavoces del patriotismo teutónico [alemán], no hay que confundir a los alemanes con los franceses. Lo que nosotros queremos no es gloria, sino seguridad. Los alemanes son un pueblo esencialmente pacífico. Bajo su sobria tutela, la propia conquista se transforma de condición para una guerra futura en prenda de paz perpetua. Por supuesto, no fueron alemanes quienes invadieron Francia en 1792 con el sublime propósito de pasar a bayoneta la revolución del siglo XVIII. No fueron alemanes quienes se mancharon las manos con el sojuzgamiento de Italia, la opresión de Hungría y el desmembramiento de Polonia. Su actual sistema militar, que divide a toda la población masculina apta en dos partes —un ejército permanente en servicio activo y otro ejército permanente en licencia, ambos igualmente sujetos a la obediencia pasiva a gobernantes por derecho divino—, tal sistema militar es, desde luego, «una garantía material» para mantener la paz y ¡la meta final de las tendencias civilizadoras! En Alemania, como en todas partes, los aduladores de los poderes establecidos envenenan la mente popular con el incienso de un mendaz autoelogio.

Por más que finjan indignarse ante la vista de las fortalezas francesas de Metz y Estrasburgo, esos patriotas alemanes no ven mal alguno en el vasto sistema de fortificaciones moscovitas de Varsovia, Modlin e Ivangorod [Todas plazas fuertes del Imperio ruso]. Mientras se regodean con los terrores de la invasión imperialista, cierran los ojos ante la infamia de la tutela autocrática.

Como en 1865, se intercambiaron promesas entre Gorchakov y Bismarck. Así como Luis Bonaparte se halagaba pensando que la Guerra de 1866, al agotar por igual a Austria y a Prusia, lo convertiría en el árbitro supremo de Alemania, así Alejandro [II de Rusia] se halagaba pensando que la Guerra de 1870, al agotar por igual a Alemania y a Francia, lo convertiría en el árbitro supremo del continente occidental. Así como el Segundo Imperio consideraba a la Confederación de Alemania del Norte incompatible con su existencia, la Rusia autocrática ha de considerarse amenazada por un imperio alemán bajo dirección prusiana. Tal es la ley del viejo sistema político. Dentro de sus límites, la ganancia de un Estado es la pérdida del otro. La influencia preponderante del zar sobre Europa radica en su tradicional dominio sobre Alemania. En un momento en que en la propia Rusia fuerzas sociales volcánicas amenazan con sacudir la base misma de la autocracia, ¿podría el zar permitirse soportar semejante pérdida de prestigio exterior? Ya los periódicos moscovitas repiten el lenguaje de los periódicos bonapartistas de la guerra de 1866. ¿Creen realmente los patriotas teutones que se garantizará a Alemania la libertad y la paz empujando a Francia a los brazos de Rusia? Si la fortuna de las armas, la arrogancia del éxito y la intriga dinástica conducen a Alemania al desmembramiento del territorio francés, sólo le quedarán entonces dos caminos abiertos. Deberá convertirse a toda costa en el instrumento declarado del engrandecimiento ruso o, tras un breve respiro, prepararse otra vez para otra guerra «defensiva», no una de esas guerras novedosas «localizadas», sino una guerra de razas, una guerra con las razas eslava y románica.[D]

La clase obrera alemana ha apoyado resueltamente la guerra, que no estaba en su poder impedir, como una guerra por la independencia alemana y la liberación de Francia y Europa de esa pesadilla pestilente, el Segundo Imperio. Fueron los obreros alemanes quienes, junto con los trabajadores rurales, aportaron los tendones y músculos de las heroicas huestes, dejando atrás a sus familias medio muertas de hambre. Diezmados por las batallas en el extranjero, serán diezmados una vez más por la miseria en casa. Ahora, a su vez, se adelantan para pedir «garantías» – garantías de que sus inmensos sacrificios no han sido comprados en vano, de que han conquistado la libertad, de que la victoria sobre los ejércitos imperialistas no se convertirá, como en 1815, en la derrota del pueblo alemán[E]; y, como la primera de estas garantías, reclaman una paz honrosa para Francia, y el reconocimiento de la república francesa.

El Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata Alemán publicó, el 5 de septiembre, un manifiesto en el que insistía enérgicamente en estas garantías.

«Nosotros – dicen – protestamos contra la anexión de Alsacia y Lorena. Y somos conscientes de hablar en nombre de la clase obrera alemana. En interés común de Francia y Alemania, en interés de la civilización occidental contra la barbarie oriental, los obreros alemanes no tolerarán pacientemente la anexión de Alsacia y Lorena.... Permaneceremos fielmente al lado de nuestros compañeros obreros de todos los países por la causa común internacional del proletariado!»

Por desgracia, no podemos albergar grandes esperanzas de su éxito inmediato. Si los obreros franceses en medio de la paz no lograron detener al agresor, ¿es más probable que los obreros alemanes detengan al vencedor en medio del clamor de las armas? El manifiesto de los obreros alemanes exige la extradición de Luis Bonaparte, como vulgar delincuente, a la república francesa. Sus gobernantes, por el contrario, ya se esfuerzan por devolverlo a las Tullerías[F] como el mejor hombre para arruinar a Francia. Sea como fuere, la historia demostrará que la clase obrera alemana no está hecha de la misma pasta maleable que la clase media alemana. Sabrán cumplir con su deber.

Como ellos, saludamos el advenimiento de la república en Francia, pero al mismo tiempo abrigamos recelos que esperamos resulten infundados. Esa república no ha derrocado el trono, sino que se ha limitado a ocupar su puesto vacante. Ha sido proclamada, no como una conquista social, sino como una medida de defensa nacional. Está en manos de un Gobierno Provisional compuesto en parte de notorios orleanistas, en parte de republicanos de la clase media, sobre algunos de los cuales la insurrección de junio de 1848 ha dejado su estigma indeleble. La división del trabajo entre los miembros de ese gobierno resulta incómoda. Los orleanistas se han apoderado de las fortalezas del ejército y la policía, mientras que a los republicanos profesos les han correspondido las carteras de hablar. Algunos de sus actos demuestran sobradamente que han heredado del imperio, no sólo ruinas, sino también su pavor a la clase obrera. Si en nombre de la república se prometen, con frases pomposas, imposibilidades futuras, ¿no será acaso con vistas a preparar el grito en favor de un gobierno «posible»? ¿No será la república, para algunos de sus promotores de la clase media, un simple recurso provisional y un puente hacia una restauración orleanista?

La clase obrera francesa se mueve, por tanto, en circunstancias de extrema dificultad. Todo intento de derribar al nuevo gobierno en la crisis actual, cuando el enemigo está casi llamando a las puertas de París, sería una locura desesperada. Los obreros franceses deben cumplir sus deberes como ciudadanos; pero, al mismo tiempo, no deben dejarse arrastrar por los recuerdos nacionales de 1792, como los campesinos franceses se dejaron embaucar por los recuerdos nacionales del Primer Imperio. No les corresponde recapitular el pasado, sino construir el porvenir. Que aprovechen con calma y resolución las oportunidades de la libertad republicana para la obra de su propia organización de clase. Ello les dotará de nuevas fuerzas hercúleas para la regeneración de Francia, y para nuestra tarea común: la emancipación del trabajo. De sus energías y sabiduría depende el destino de la república.

Los obreros ingleses ya han tomado medidas para vencer, mediante una saludable presión desde fuera, la reticencia de su gobierno a reconocer la república francesa.[G] La actual dilación del gobierno británico está probablemente destinada a expiar la guerra antijacobina [1792] y la antigua prisa indecente en sancionar el golpe de Estado.[H] Los obreros ingleses instan también a su gobierno a que oponga todo su poder al desmembramiento de Francia, que una parte de la prensa inglesa reclama a gritos con desvergonzado cinismo. Es la misma prensa que durante 20 años deificó a Luis Bonaparte como la providencia de Europa, que vitoreó frenéticamente la rebelión de los esclavistas.[I] Ahora, como entonces, trabaja empeñosamente para el esclavista.

Que las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores en cada país muevan a la acción a las clases obreras. Si abandonan su deber, si permanecen pasivas, la actual guerra tremenda no será sino la precursora de contiendas internacionales aún más mortíferas, y conducirá en cada nación a un renovado triunfo sobre el obrero por parte de los señores de la espada, de la tierra y del capital.

¡Vive la République!

Capítulo 3: [Francia capitula y el Gobierno de Thiers]

Índice: La guerra civil en Francia

Karl Marx: La guerra civil en Francia

La Tercera Alocución

Mayo, 1871

[Revolución de los obreros de París

y masacres reaccionarias de Thiers]

París armada era el único obstáculo serio en el camino de la conspiración contrarrevolucionaria. París, por tanto, debía ser desarmada.

En este punto, la Asamblea de Burdeos [Asamblea Nacional] era la sinceridad misma. Aunque la rugiente retórica de sus rurales no hubiera sido ya bastante audible, la entrega de París por Thiers a las tiernas mercedes del triunvirato de Vinoy el decembrista, Valentin el gendarme bonapartista, y Aurelles de Paladine el general jesuita, habría cortado hasta el último subterfugio de la duda.

Pero al mismo tiempo que exhibían insultantemente el verdadero propósito del desarme de París, los conspiradores le pedían que depusiera las armas bajo un pretexto que era la más estridente, la más descarada de las mentiras. La artillería de la Guardia Nacional de París, decía Thiers, pertenecía al Estado, y al Estado debía ser devuelta. El hecho era éste: Desde el mismo día de la capitulación, por la cual los prisioneros de Bismarck habían firmado la rendición de Francia, pero reservándose una numerosa guardia de corps con el propósito expreso de amedrentar a París, París se mantuvo vigilante. La Guardia Nacional se reorganizó y confió su control supremo a un Comité Central elegido por todo el cuerpo, salvo algunos fragmentos de las antiguas formaciones bonapartistas. En vísperas de la entrada de los prusianos en París, el Comité Central tomó medidas para trasladar a Montmartre, Belleville y La Villette los cañones y mitrailleuses traicioneramente abandonados por los capitulards en y alrededor de los mismos barrios que los prusianos iban a ocupar. Aquella artillería había sido costeada por las suscripciones de la Guardia Nacional. Como propiedad privada suya, fue oficialmente reconocida en la capitulación del 28 de enero, y en virtud de ese mismo título quedó eximida de la entrega general, en manos del conquistador, de las armas pertenecientes al gobierno. Y tan absolutamente desprovisto estaba Thiers hasta del más endeble pretexto para iniciar la guerra contra París, que tuvo que recurrir a la mentira flagrante de que la artillería de la Guardia Nacional era propiedad del Estado.

La confiscación de su artillería no era, evidentemente, sino el preludio del desarme general de París y, por tanto, de la Revolución del 4 de Septiembre. Pero esa revolución se había convertido en el estatuto legal de Francia. La república, obra suya, fue reconocida por el conquistador en los términos de la capitulación. Tras la capitulación, fue reconocida por todas las potencias extranjeras, y en su nombre se había convocado a la Asamblea Nacional. La revolución obrera de París del 4 de Septiembre era el único título legal de la Asamblea Nacional reunida en Burdeos y de su ejecutivo. Sin ella, la Asamblea Nacional habría tenido que ceder su puesto inmediatamente al Cuerpo Legislativo elegido en 1869 por sufragio universal bajo el dominio francés, no bajo el prusiano, y dispersado por la fuerza de las armas por la revolución. Thiers y sus presos bajo palabra habrían tenido que capitular para obtener salvoconductos firmados por Luis Bonaparte, que los libraran de un viaje a Cayena[A]. La Asamblea Nacional, con su poder plenipotenciario para acordar las condiciones de paz con Prusia, no era más que un episodio de aquella revolución, cuyo verdadera encarnación era el París armado aún, que la había iniciado, que había soportado por ella un asedio de cinco meses con sus horrores de hambruna, y que había hecho de su prolongada resistencia, pese al plan de Trochu, la base de una obstinada guerra defensiva en las provincias. Y ahora París tenía que deponer las armas ante la insolente exigencia de los esclavistas sublevados de Burdeos, reconociendo que su Revolución del 4 de Septiembre no había significado más que una simple transferencia de poder de Luis Bonaparte a sus rivales monárquicos; o tenía que alzarse como el paladín abnegado de Francia, cuya salvación de la ruina y cuya regeneración eran imposibles sin el derrocamiento revolucionario de las condiciones políticas y sociales que habían engendrado el Segundo Imperio, y que bajo su amparo protector habían madurado hasta la putrefacción absoluta. París, macilento por cinco meses de hambre, no vaciló un instante. Resolvió heroicamente arrostrar todos los azares de una resistencia contra los conspiradores franceses, incluso con los cañones prusianos amenazándola desde sus propios fuertes. Sin embargo, por el horror que le inspiraba la guerra civil a la que se pretendía empujar a París, el Comité Central persistió en una actitud meramente defensiva, a pesar de las provocaciones de la Asamblea, de las usurpaciones del Ejecutivo y de la amenazante concentración de tropas en París y sus alrededores.

Thiers abrió la guerra civil enviando a Vinoy, al frente de una multitud de sergents-de-ville y de algunos regimientos de línea, en una expedición nocturna contra Montmartre, para apoderarse por sorpresa de la artillería de la Guardia Nacional. Es bien sabido cómo este intento fracasó ante la resistencia de la Guardia Nacional y la fraternización de la tropa de línea con el pueblo. Aurelle de Paladines había impreso de antemano su boletín de victoria, y Thiers tenía ya listos los carteles que anunciaban sus medidas de golpe de Estado. Ahora estos tuvieron que ser sustituidos por proclamas de Thiers, comunicando su magnánima decisión de dejar a la Guardia Nacional en posesión de sus armas, con las cuales, decía, se sentía seguro de que se agruparían en torno al gobierno contra los rebeldes. De los 300.000 guardias nacionales, solo 300 respondieron a este llamamiento a agruparse en torno al pequeño Thiers contra sí mismos. La gloriosa Revolución obrera del 18 de Marzo tomó el mando indiscutido de París. El Comité Central fue su gobierno provisional. Europa pareció dudar por un momento si sus recientes y sensacionales representaciones de Estado y de guerra tenían algo de realidad, o si eran los sueños de un pasado remoto.

Desde el 18 de Marzo hasta la entrada de las tropas versallescas en París, la revolución proletaria se mantuvo tan exenta de los actos de violencia en que abundan las revoluciones —y más aún las contrarrevoluciones— de las «clases superiores», que a sus adversarios no les quedaron hechos que denunciar, salvo la ejecución de los generales Lecomte y Clément Thomas, y el asunto de la plaza Vendôme.

Uno de los oficiales bonapartistas que participaron en el intento nocturno contra Montmartre, el general Lecomte, había ordenado cuatro veces al 81.º regimiento de línea que abriera fuego contra una reunión desarmada en la plaza Pigalle, y al negarse estos, los insultó ferozmente. En lugar de disparar contra mujeres y niños, sus propios hombres le dispararon a él. Los hábitos inveterados que adquieren los soldados bajo el adiestramiento de los enemigos de la clase obrera no cambian, por supuesto, en el mismo instante en que estos soldados cambian de bando. Los mismos hombres ejecutaron a Clément Thomas.

El «general» Clément Thomas, un descontento ex-sargento de intendencia, se había alistado, en los últimos tiempos del reinado de Luis Felipe, en las oficinas del periódico republicano Le National, para servir allí en el doble papel de testaferro responsable (gérant responsable) y de matón duelista de aquella publicación tan combativa. Después de la revolución de Febrero, cuando los hombres del National llegaron al poder, metamorfosearon a este viejo sargento de intendencia en general en vísperas de la carnicería de Junio, de la cual él, al igual que Jules Favre, fue uno de los siniestros conspiradores, convirtiéndose en uno de sus más cobardes verdugos. Después, él y su generalato desaparecieron durante largo tiempo, para volver a aflorar a la superficie el 1 de noviembre de 1870. La víspera, el Gobierno de la Defensa Nacional, acorralado en el Hôtel de Ville, había empeñado solemnemente su palabra a Blanqui, Flourens y otros representantes de la clase obrera de abdicar su poder usurpado en manos de una comuna libremente elegida por París.[B] En lugar de mantener su palabra, lanzaron sobre París a los bretones de Trochu, que ahora reemplazaban a los corsos de Bonaparte.[C] Tan solo el general Tamisier, negándose a mancillar su nombre con semejante violación de la fe jurada, dimitió el puesto de comandante en jefe de la Guardia Nacional, y en su lugar Clément Thomas volvió a ser, una vez más, general. Durante todo su mandato, no hizo la guerra a los prusianos, sino a la Guardia Nacional de París. Impidió su armamento general, enzarzó a los batallones burgueses contra los batallones obreros, eliminó a los oficiales hostiles al «plan» de Trochu y disolvió, bajo el estigma de la cobardía, precisamente aquellos batallones proletarios cuyo heroísmo ha asombrado ahora a sus más encarnizados enemigos. Clément Thomas se sentía muy orgulloso de haber reconquistado su preeminencia de Junio como enemigo personal de la clase obrera de París. Apenas unos días antes del 18 de Marzo, presentó al ministro de la Guerra, Le Flô, un plan suyo para «acabar con la flor y nata [la fine fleur] de la canaille parisina». Tras la derrota de Vinoy, no pudo menos que aparecer en escena como espía aficionado. El Comité Central y los obreros de París eran tan responsables de la muerte de Clément Thomas y Lecomte como la princesa de Gales de la suerte de las personas aplastadas el día de su entrada en Londres.

La matanza de ciudadanos desarmados en la plaza Vendôme es un mito que el señor Thiers y los rurals ignoraron persistentemente en la Asamblea, confiando su propagación exclusivamente a la servidumbre del periodismo europeo. «Los hombres del orden», los reaccionarios de París, temblaron ante la victoria del 18 de Marzo. Para ellos era la señal de que la retribución popular llegaba por fin. Los espectros de las víctimas asesinadas por sus manos, desde los días de Junio de 1848 hasta el 22 de enero de 1871,[D] se alzaron ante sus rostros. Su pánico fue su único castigo. Incluso a los sergents-de-ville, en lugar de desarmarlos y encerrarlos, como debería haberse hecho, se les abrieron de par en par las puertas de París para que se retiraran seguros a Versalles. A los hombres del orden no solo se los dejó indemnes, sino que se les permitió reagruparse y apoderarse tranquilamente de más de una posición fuerte en el mismo centro de París. Esta indulgencia del Comité Central —esta magnanimidad de los obreros armados—, tan extrañamente en contradicción con los hábitos del «Partido del Orden», fue malinterpretada por este como un mero síntoma de debilidad consciente. De ahí su insensato plan de intentar, bajo la capa de una manifestación desarmada, lo que Vinoy no había logrado con sus cañones y ametralladoras. El 22 de Marzo, una turba alborotadora de señoritos partió de los barrios del lujo, con todos los petis crevés en sus filas, y a su cabeza los notorios familiares del imperio: los Heeckeren, Coëtlogon, Henri de Pène, etc. Con el cobarde pretexto de una manifestación pacífica, esta chusma, armada en secreto con las armas del bravo [es decir, asesino a sueldo], se puso en orden de marcha, maltrató y desarmó a los piquetes y centinelas destacados de la Guardia Nacional que encontró a su paso, y, al desembocar de la Rue de la Paix, al grito de «¡Abajo el Comité Central! ¡Abajo los asesinos! ¡Viva la Asamblea Nacional!», intentó romper la línea allí formada y tomar así por sorpresa el cuartel general de la Guardia Nacional en la plaza Vendôme. En respuesta a sus pistoletazos, se hicieron las intimaciones reglamentarias (el equivalente francés del Riot Act inglés)[E] y, al resultar ineficaces, el general [Bergeret] de la Guardia Nacional ordenó hacer fuego. Una sola descarga dispersó en desbandada salvaje a los fatuos petimetres que esperaban que la mera exhibición de su «respetabilidad» surtiera sobre la Revolución de París el mismo efecto que las trompetas de Josué sobre los muros de Jericó. Los fugitivos dejaron tras de sí dos guardias nacionales muertos, nueve gravemente heridos (entre ellos un miembro del Comité Central [Maljournal]) y todo el escenario de su hazaña sembrado de revólveres, puñales y bastones-espada, que atestiguaban el carácter «desarmado» de su manifestación «pacífica». Cuando, el 13 de junio de 1849, la Guardia Nacional hizo una manifestación realmente pacífica para protestar contra el criminal asalto de las tropas francesas a Roma, Changarnier, entonces general del Partido del Orden, fue aclamado por la Asamblea Nacional, y en particular por el señor Thiers, como el salvador de la sociedad, por haber lanzado sus tropas desde todos lados contra aquellos hombres desarmados, para fusilarlos y sablearlos, y pisotearlos bajo los cascos de sus caballos. París fue entonces puesto en estado de sitio. Dufaure hizo aprobar apresuradamente por la Asamblea nuevas leyes de represión. Nuevas detenciones, nuevas proscripciones, un nuevo reinado del terror se instauró. Pero las clases bajas manejan estas cosas de otro modo. El Comité Central de 1871 simplemente ignoró a los héroes de la «manifestación pacífica»; tanto, que solo dos días después pudieron concentrarse bajo el mando del almirante Saisset para aquella manifestación armada, coronada por la famosa estampida hacia Versalles. En su renuencia a continuar la guerra civil abierta por el intento de asalto ladronesco de Thiers contra Montmartre, el Comité Central cometió esta vez un error decisivo al no marchar inmediatamente sobre Versalles, entonces completamente indefenso, poniendo así fin a las conspiraciones de Thiers y sus rurals. En lugar de esto, se volvió a permitir al Partido del Orden probar su fuerza en las urnas, el 26 de Marzo, día de la elección de la Comuna. Entonces, en las mairies de París, intercambiaron melosas palabras de conciliación con sus demasiado generosos vencedores, mientras murmuraban en sus corazones votos solemnes de exterminarlos a su debido tiempo.

Capítulo V: [La Comuna de París]

Ahora, miremos el reverso de la medalla. Thiers abrió su segunda campaña contra París a principios de abril. El primer lote de prisioneros parisinos conducido a Versalles fue sometido a atrocidades repugnantes, mientras Ernest Picard, con las manos en los bolsillos del pantalón, se paseaba burlándose de ellos, y mientras las señoras Thiers y Favre, en medio de sus damas de honor (?), aplaudían desde el balcón los ultrajes de la chusma versallesa. Los soldados de línea capturados fueron masacrados a sangre fría; nuestro valiente amigo, el general Duval, el fundidor de hierro, fue fusilado sin sombra de proceso. Gallifet, el mantenido de su mujer, tan famosa por sus desvergonzadas exhibiciones en las orgías del Segundo Imperio, se jactó en una proclama de haber ordenado el asesinato de un pequeño destacamento de Guardias Nacionales, con su capitán y su teniente, sorprendidos y desarmados por sus cazadores. Vinoy, el fugitivo, fue nombrado por Thiers Gran Cruz de la Legión de Honor, por su orden general de fusilar a todo soldado de línea que se hallase en las filas de los federados. Desmaret, el gendarme, fue condecorado por el alevoso despedazamiento, propio de un carnicero, del noble y caballeresco Flourens, que había salvado las cabezas del Gobierno de la Defensa Nacional el 31 de octubre de 1870.[F] Los “detalles alentadores” de su asesinato fueron expuestos con triunfal prolijidad por Thiers en la Asamblea Nacional. Con la vanidad exaltada de un Pulgarcito parlamentario al que se permite desempeñar el papel de un Tamerlán, negó a los rebeldes el derecho de neutralidad para las ambulancias. Nada más horrible que aquel mono al que se dejó, durante un tiempo, dar rienda suelta a sus instintos de tigre, tal como lo previera Voltaire.[Cándido, cap. 22] (Véanse los artículos de prensa.)

Después del decreto de la Comuna del 7 de abril, en que se ordenaban represalias y se declaraba el deber de “proteger a París contra las hazañas caníbales de los bandidos versalleses y de exigir ojo por ojo, diente por diente”,[G] Thiers no suspendió el trato bárbaro a los prisioneros y, por añadidura, los insultó en sus partes como sigue: “Nunca rostros más degradados de una democracia degradada se ofrecieron a las miradas afligidas de los hombres honrados” – honrados como el mismo Thiers y sus ministros, presidiarios en libertad condicional. Con todo, durante un tiempo se suspendieron los fusilamientos de prisioneros. Pero apenas Thiers y sus generales decembristas [del golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851] comprendieron que el decreto de represalias de la Comuna no era más que una vana amenaza, que incluso sus espías gendarmes capturados en París bajo disfraz de Guardias Nacionales, que hasta los sargentos de ciudad cogidos con granadas incendiarias encima eran perdonados, se reanudaron los fusilamientos en masa de prisioneros y prosiguieron sin interrupción hasta el final. Las casas en las que se habían refugiado Guardias Nacionales eran rodeadas por los gendarmes, rociadas con petróleo (que aquí aparece por primera vez en esta guerra) y luego incendiadas, y los cadáveres calcinados eran sacados después por la ambulancia de la prensa de las Ternes. Cuatro Guardias Nacionales que se habían rendido a un destacamento de cazadores montados en Belle Épine, el 25 de abril, fueron fusilados uno tras otro por el capitán, un hombre digno de Gallifet. Una de sus cuatro víctimas, Scheffer, dado por muerto, logró arrastrarse de vuelta a los puestos avanzados parisinos y declaró sobre estos hechos ante una comisión de la Comuna. Cuando Tolain interpeló al ministro de la Guerra acerca del informe de esa comisión, los rurales ahogaron su voz e impidieron a Le Flô contestar. Sería un insulto para su “glorioso” ejército hablar de sus hazañas. El tono ligero con que el parte de Thiers anunciaba el bayoneteo de los federados, sorprendidos mientras dormían en Moulin Saquet, y los fusilamientos en masa de Clamart, hirió los nervios incluso del no demasiado sensible London Times. Pero resultaría ridículo hoy intentar relatar las atrocidades meramente preliminares cometidas por los bombarderos de París y los instigadores de una rebelión de esclavistas protegida por la invasión extranjera. En medio de todos estos horrores, Thiers, olvidado de sus lamentos parlamentarios sobre la terrible responsabilidad que abruma sus hombros de enano, se jacta en sus partes de que l’Assemblée siège paisiblement (la Asamblea continúa reuniéndose en paz), y demuestra con sus constantes festines, ora con generales decembristas, ora con príncipes alemanes, que su digestión no se turba en lo más mínimo, ni siquiera por los fantasmas de Lecomte y Clément Thomas.