20 de septiembre

El ciudadano Lorenzo nos recuerda que nos atengamos al Reglamento, y el ciudadano Bastelica siguió su ejemplo. Tanto en los Estatutos originales como en el Manifiesto Inaugural, leo que el Consejo General está obligado a preparar un orden del día para los Congresos, a fin de que sea discutido. El programa que el Consejo General ha preparado para la Conferencia trata de la organización de la Asociación, y la propuesta de Vaillant se refiere directamente a esta cuestión. Por tanto, la objeción de Lorenzo y Bastelica carece de fundamento. [1]

En prácticamente todos los países, ciertos miembros de la Internacional, invocando la concepción mutilada de los Estatutos adoptada en el Congreso de Ginebra, han hecho propaganda en favor de la abstención de la política; y los gobiernos se han guardado muy bien de no poner trabas a esa abstención. En Alemania, Schweitzer y otros a sueldo de Bismarck intentaron incluso uncir el carro a la política del gobierno. En Francia, esa criminal abstención permitió a Favre, Picard y otros apoderarse del poder el 4 de septiembre; esa abstención hizo posible que, el 18 de marzo, se instaurara un comité dictatorial compuesto en gran parte por bonapartistas e intrigantes que, en los primeros días, perdieron la Revolución por inactividad, días que deberían haber consagrado a fortalecer la Revolución.

En América, un congreso obrero recientemente celebrado [National Labor Union, 7-10 de agosto de 1871, Baltimore] resolvió ocuparse de las cuestiones políticas y sustituir a los políticos profesionales por obreros como ellos, autorizados para defender los intereses de su clase.

En Inglaterra, no es tan fácil para un obrero llegar al Parlamento. Como los miembros del Parlamento no reciben retribución alguna y el obrero tiene que trabajar para mantenerse, el Parlamento se vuelve inalcanzable para él, y la burguesía sabe muy bien que su obstinada negativa a conceder un salario a los miembros del Parlamento es un medio de impedir que la clase obrera esté representada en él.

Nunca debe creerse que sea de poca importancia tener obreros en el Parlamento. Si se silencian sus voces, como en el caso de De Potter y Castian, o si se les expulsa, como en el caso de Manuel, las represalias y las opresiones ejercen un profundo efecto sobre el pueblo. Si, por el contrario, pueden hablar desde la tribuna parlamentaria, como lo hacen Bebel y Liebknecht, el mundo entero los escucha. Tanto en un caso como en el otro, se da una gran publicidad a nuestros principios. Para citar un solo ejemplo: cuando, durante la guerra [franco-prusiana] que se libraba en Francia, Bebel y Liebknecht se propusieron señalar la responsabilidad de la clase obrera ante aquellos acontecimientos, toda Alemania se estremeció; y hasta en Munich, la ciudad donde las revoluciones sólo estallan por el precio de la remolacha, tuvieron lugar grandes manifestaciones exigiendo el fin de la guerra.

Los gobiernos nos son hostiles; hay que responderles con todos los medios a nuestro alcance. Lograr que los obreros entren en el Parlamento equivale a una victoria sobre los gobiernos, pero hay que elegir a los hombres adecuados, no a los Tolain.

Marx apoya la propuesta del ciudadano Vaillant, así como la enmienda de Frankel, de enunciarla como premisa y reforzarla así, en el sentido de que la Asociación ha exigido siempre, y no sólo a partir de hoy, que los obreros se ocupen de la política.

21 de septiembre

Marx dijo que ayer ya había hablado en favor de la moción de Vaillant, y que por tanto no se opondría a ella hoy. Respondió a Bastelica que al comienzo de la Conferencia ya se había decidido que ésta se ocuparía exclusivamente de la cuestión de organización y no de la cuestión de principios. En cuanto a la referencia al Reglamento, llama la atención sobre el hecho de que los Estatutos y el Manifiesto Inaugural, que ha releído, deben ser leídos en su conjunto.

Explicó la historia de la abstención de la política y dijo que uno no debe dejarse irritar por esta cuestión. Los hombres que propagaron esta doctrina eran utópicos bienintencionados, pero quienes hoy quieren tomar ese camino no lo son. Rechazan la política hasta después de una lucha violenta, y con ello empujan al pueblo hacia una oposición formal y burguesa, contra la que nosotros debemos luchar al mismo tiempo que combatimos a los gobiernos. Hemos de desenmascarar a Gambetta, para que no se siga embaucando al pueblo. Marx comparte la opinión de Vaillant. Debemos responder con un desafío a todos los gobiernos que someten a persecuciones a la Internacional.

La reacción existe en todo el Continente; es general y permanente —incluso en los Estados Unidos e Inglaterra— bajo una forma u otra.

Debemos anunciar a los gobiernos: Sabemos que sois la fuerza armada dirigida contra los proletarios; iremos contra vosotros por la vía pacífica donde sea posible, y con las armas si llegase a ser necesario.

Marx opina que la propuesta de Vaillant requiere algunos cambios, y por tanto apoya la moción de Outine. [2]