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Entrevista con Karl Marx

Jefe de L'Internationale

Revuelta del trabajo contra el capital – las dos caras de L'Internationale–

Transformación de la sociedad – su progreso en los Estados Unidos

por R. Landor

Londres, 3 de julio – Me habéis pedido que averigüe algo acerca de la Asociación Internacional, y he procurado hacerlo. La empresa es difícil en estos momentos. Londres es indiscutiblemente la sede central de la Asociación, pero los ingleses se han asustado y huelen la Internacional en todo, como el rey James olía la pólvora después de la famosa conjura. La conciencia de la Sociedad ha aumentado, naturalmente, con la suspicacia del público; y si quienes la dirigen tienen un secreto que guardar, son de la calaña de hombres que guardan bien un secreto. He visitado a dos de sus miembros dirigentes, he hablado libremente con uno, y aquí os doy lo sustancial de mi conversación. De una cosa me he cerciorado: de que es una sociedad de auténticos obreros, pero de que esos obreros están dirigidos por teorías sociales y políticas de otra clase. Uno de los hombres a quienes vi, miembro destacado del Consejo, estaba sentado en su banco de trabajo durante nuestra entrevista, y dejaba de hablarme de vez en cuando para recibir la queja, formulada en tono nada cortés, de uno de los muchos maestrillos del barrio que le daban empleo. He oído a ese mismo hombre pronunciar elocuentes discursos en público, inspirados en cada pasaje por la energía del odio hacia las clases que se llaman sus gobernantes. Comprendí sus discursos después de este atisbo de la vida doméstica del orador. Habrá sentido que tenía cerebro suficiente para organizar un gobierno obrero, y sin embargo se veía obligado a consagrar su vida a la más repugnante labor mecánica de una profesión mecánica. Era orgulloso y sensible, y aun así, a cada paso tenía que devolver una reverencia por un gruñido y una sonrisa por una orden que, en la escala de la cortesía, se situaba más o menos al mismo nivel que la llamada de un cazador a su perro. Este hombre me ayudó a vislumbrar un lado de la naturaleza de la Internacional: el resultado del

trabajo contra el capital,

del obrero que produce contra el intermediario que goza. He aquí la mano que golpearía con dureza cuando llegara la hora; y en cuanto a la cabeza que planea, creo que también la vi en mi entrevista con el Dr. Karl Marx.

El Dr. Karl Marx es un doctor alemán en filosofía, dotado de esa amplitud de conocimientos alemana que procede tanto de la observación del mundo vivo como de los libros. Yo deduciría que nunca ha sido un trabajador en el sentido corriente del término. Su entorno y su apariencia son los de un hombre acomodado de la clase media. El salón al que fui conducido la noche de la entrevista habría constituido una morada muy confortable para un próspero corredor de bolsa que ya hubiera alcanzado el desahogo y empezara ahora a labrarse una fortuna. Era la comodidad personificada, el aposento de un hombre de gusto y de medios holgados, pero sin nada en él peculiarmente característico de su dueño. Un fino álbum de vistas del Rin sobre la mesa denotaba, sin embargo, su nacionalidad. Escruté con cautela el jarrón del velador en busca de una bomba. Husmeé en busca de petróleo, pero el olor era olor a rosas. Me deslicé furtivamente de vuelta a mi asiento y aguardé, malhumorado, lo peor.

Él ha entrado y me ha saludado cordialmente, y estamos sentados frente a frente. Sí, estoy cara a cara con la revolución encarnada, con el verdadero fundador y espíritu rector de la Sociedad Internacional, con el autor del manifiesto en el que se decía al capital que, si guerreaba contra el trabajo, debía esperar que le incendiaran la casa sobre sus propias orejas..., en una palabra, con el

apologista de la Comuna

de París. ¿Recordáis el busto de Sócrates? El hombre que murió antes que profesar su fe en los dioses de la época..., el hombre de ese perfil de frente de línea amplia y pura que termina mezquinamente en un pequeño rasgo respingón y rizado, como un garabato bisectado, que forma la nariz. Tomad ese busto en vuestra imaginación, teñid la barba de negro, salpicándola aquí y allá con mechones grises; colocad esa cabeza así hecha sobre un cuerpo corpulento de mediana estatura, y tendréis al Doctor ante vosotros. Poned un velo sobre la parte superior del rostro y podríais estar en compañía de un sacristán nato. Revelad el rasgo esencial, la inmensa frente, y sabréis enseguida que tenéis que habéroslas con la más formidable de todas las fuerzas individuales compuestas: un soñador que piensa, un pensador que sueña.

Fui directamente a mi asunto. El mundo, dije, parece estar a oscuras acerca de la Internacional, odiándola mucho, pero sin poder decir claramente qué es lo que odia. Algunos, que profesan haber escrutado más profundamente en la penumbra que sus vecinos, declaran haber distinguido una especie de figura de Jano, con una sonrisa franca y honrada de obrero en uno de sus rostros, y en el otro un ceño asesino de conspirador. ¿Querría él iluminar el arcano en que mora la teoría?

El profesor se rió, soltó una risilla, me pareció, ante la idea de que le tuviéramos tanto miedo. «No hay misterio alguno que aclarar, querido señor —comenzó, en una forma muy pulida del dialecto de Hans Breitmann—, salvo quizá el misterio de la estupidez humana en aquellos que ignoran perpetuamente el hecho de que nuestra Asociación es pública y que los informes más completos de sus actas se publican para todo aquel que quiera leerlos. Nuestro reglamento puede comprarse por un penique, y un chelín gastado en folletos os enseñará casi tanto acerca de nosotros como nosotros mismos sabemos.

R. [Landor]: Casi..., sí, quizá; pero ¿acaso ese algo que yo no sabré no constituye la omnímoda y gravísima reserva? Para ser enteramente franco con vos, y para exponer el caso tal como se le aparece a un observador externo, esta general pretensión de desdén hacia vosotros ha de significar algo más que la ignorante malquerencia del vulgo. Y sigue siendo pertinente preguntar, incluso después de lo que me habéis dicho, ¿qué es la Sociedad Internacional?

Dr. M.: No tenéis más que mirar a los individuos de que se compone: obreros.

R.: Sí, pero el soldado no necesita ser exponente del arte de gobierno que lo pone en movimiento. Conozco a algunos de vuestros miembros y puedo creer que no son de la pasta de que están hechos los conspiradores. Además, un secreto compartido por un millón de hombres no sería secreto alguno. Pero, ¿y si éstos no fueran más que instrumentos en manos de un audaz y —espero que me perdonéis que añada— no demasiado escrupuloso cónclave?

Dr. M.: No hay nada que probar.

R.: ¿La última insurrección de París?

Dr. M.: Exijo, en primer lugar, la prueba de que hubiera trama alguna..., de que sucediera algo que no fuera efecto legítimo de las circunstancias del momento; o, concedida la trama, exijo las pruebas de la participación en ella de la Asociación Internacional.

R.: La presencia en el cuerpo comunal de tantos miembros de la Asociación.

Dr. M.: Entonces fue también una trama de los francmasones, pues su participación en la obra en cuanto individuos no fue en modo alguno pequeña. No me sorprendería, en verdad, que el Papa achacara toda la insurrección a su cuenta. Pero intentad otra explicación. La insurrección de París fue hecha por los obreros de París. Los más capaces de los obreros tuvieron que ser necesariamente sus jefes y administradores, y los más capaces de los obreros son, casualmente, también miembros de la Asociación Internacional. Sin embargo, la Asociación, como tal, puede no ser en modo alguno responsable de su acción.

R.: Al mundo le parecerá de otro modo. La gente habla de instrucciones secretas desde Londres, e incluso de concesiones de dinero. ¿Puede afirmarse que la pretendida publicidad de los actos de la Asociación excluye todo secreto de comunicación?

Dr. M.: ¿Qué asociación jamás formada ha llevado a cabo su obra sin medios privados a la par que públicos? Pero hablar de instrucciones secretas desde Londres, como de decretos en materia de fe y moral emanados de algún centro de dominación e intriga papal, es desconocer por completo la naturaleza de la Internacional. Esto implicaría una forma centralizada de gobierno para la Internacional, cuando la forma real es, deliberadamente, aquella que da el mayor juego a la energía e independencia locales. De hecho, la Internacional no es en absoluto un gobierno para la clase obrera. Es más bien un vínculo de unión que una fuerza controladora.

R.: ¿Y de unión con qué fin?

Dr. M.: La emancipación económica de la clase obrera mediante la conquista del poder político. El uso de ese poder político para alcanzar fines sociales. Es necesario que nuestros fines sean así de amplios para abarcar toda forma de actividad de la clase obrera. Si los hubiésemos hecho de carácter especial, los habríamos adaptado a las necesidades de una sola sección, de una sola nación de obreros. Pero ¿cómo podía pedirse a todos los hombres que se unieran para promover los objetivos de unos pocos? De haberlo hecho así, la Asociación habría perdido su derecho a llamarse Internacional. La Asociación no dicta la forma de los movimientos políticos; sólo exige una garantía en cuanto a su fin. Es una red de sociedades afiliadas que se extiende por todo el mundo del trabajo. En cada parte del mundo se presenta algún aspecto especial del problema, y los obreros de allí abordan su consideración a su propio modo. Las combinaciones entre obreros no pueden ser absolutamente idénticas en sus detalles en Newcastle y en Barcelona, en Londres y en Berlín. En Inglaterra, por ejemplo, el camino para mostrar el poder político está abierto a la clase obrera. La insurrección sería una locura allí donde la agitación pacífica haría el trabajo más rápida y seguramente. En Francia, un centenar de leyes represivas y un antagonismo mortal entre las clases parecen hacer necesaria la solución violenta de la guerra social. La elección de esa solución es asunto de las clases obreras de ese país. La Internacional no presume de dictar en la materia, y apenas de aconsejar. Pero a todo movimiento le concede su simpatía y su ayuda dentro de los límites fijados por sus propias leyes.

R.: ¿Y cuál es la naturaleza de esa ayuda?

Dr. M.: Para dar un ejemplo, una de las formas más comunes del movimiento de emancipación es la de las huelgas. Antiguamente, cuando estallaba una huelga en un país, se la derrotaba trayendo obreros de otro. La Internacional ha puesto fin casi por completo a eso. Recibe información de la huelga proyectada, la difunde entre sus miembros, quienes comprenden de inmediato que, para ellos, el escenario de la lucha debe ser terreno prohibido. De este modo, los patronos quedan solos para habérselas con sus hombres. En la mayoría de los casos, los obreros no necesitan más ayuda que esa. Sus propias cotizaciones, o las de las sociedades a las que están afiliados más directamente, les proporcionan fondos; pero si la presión sobre ellos se hace demasiado fuerte y la huelga es una de las que la Asociación aprueba, sus necesidades se cubren con la caja común. Por estos medios, hace poco se llevó a término victorioso una huelga de los cigarreros de Barcelona. Pero la Sociedad no tiene interés en las huelgas, aunque las apoye bajo ciertas condiciones. Desde un punto de vista pecuniario, no puede ganar nada con ellas, pero sí puede perder fácilmente. Resumámoslo todo en una palabra. Las clases trabajadoras siguen siendo pobres en medio del aumento de la riqueza, miserables en medio del aumento del lujo. Su privación material empequeñece su estatura moral tanto como la física. No pueden confiar en otros para poner remedio. Se ha convertido, pues, para ellas en una necesidad imperiosa tomar su propio caso en sus manos. Tienen que revisar las relaciones entre ellas y los capitalistas y terratenientes, y eso significa que deben transformar la sociedad. Este es el fin general de toda organización obrera conocida; las ligas por la tierra y el trabajo, las sociedades de oficio y de socorros mutuos, la producción cooperativa no son sino medios para alcanzarlo. Establecer una solidaridad perfecta entre estas organizaciones es la tarea de la Asociación Internacional. Su influencia empieza a sentirse por doquier. Dos periódicos difunden sus puntos de vista en España, tres en Alemania, el mismo número en Austria y Holanda, seis en Bélgica y seis en Suiza. Y ahora que les he dicho lo que es la Internacional, quizá estén en condiciones de formarse su propia opinión acerca de sus pretendidos complots.

R.: Y Mazzini, ¿es miembro de vuestra asociación?

Dr. M.: (riendo) Ah, no. Muy poco habríamos avanzado si no hubiésemos ido más allá del círculo de sus ideas.

R.: Me sorprende usted. Ciertamente, habría pensado que representaba las opiniones más avanzadas.

Dr. M.: No representa nada mejor que la vieja idea de una república burguesa. Nosotros no queremos nada con la burguesía. Ha quedado tan rezagado del movimiento moderno como los profesores alemanes, a quienes, sin embargo, se sigue considerando en Europa como los apóstoles del democratismo culto del futuro. Lo fueron, en un tiempo —tal vez antes del 48, cuando la burguesía alemana, en el sentido inglés, apenas había alcanzado su desarrollo propio—. Pero ahora se han pasado en cuerpo y alma a la reacción, y el proletariado ya no sabe nada de ellos.

R.: Algunos han creído ver en vuestra organización indicios de un elemento positivista.

Dr. M.: Nada de eso. Tenemos entre nosotros a positivistas, y a otros que, sin ser de nuestra asociación, también trabajan. Pero ello no se debe a su filosofía, que nada quiere saber del gobierno popular tal como nosotros lo entendemos, y que solo aspira a poner una nueva jerarquía en lugar de la vieja.

R.: Entonces, según parece, los dirigentes del nuevo movimiento internacional han tenido que formar tanto una filosofía como una asociación.

Dr. M.: Precisamente. No sería muy verosímil, por ejemplo, que pudiésemos esperar prosperar en nuestra guerra contra el capital si derivásemos nuestra táctica, pongamos por caso, de la economía política de Mill. Él ha trazado un tipo de relación entre el trabajo y el capital. Nosotros esperamos demostrar que es posible establecer otra.

R.: ¿Y los Estados Unidos?

Dr. M.: Por ahora, los centros principales de nuestra actividad se hallan entre las viejas sociedades de Europa. Hasta aquí, muchas circunstancias han tendido a impedir que el problema obrero adquiriese una importancia absorbente en los Estados Unidos. Pero esas circunstancias están desapareciendo rápidamente, y aquel problema se sitúa en primer plano con la celeridad del crecimiento, como en Europa, de una clase trabajadora separada del resto de la comunidad y divorciada del capital.

R.: Dijérase que en este país la solución anhelada, cualquiera que sea, se alcanzará sin los medios violentos de la revolución. El sistema inglés de agitación mediante la tribuna y la prensa, hasta que las minorías se convierten en mayorías, es un signo esperanzador.

Dr. M.: En ese punto no soy tan optimista como usted. La burguesía inglesa se ha mostrado siempre bastante dispuesta a aceptar el veredicto de la mayoría, mientras ha disfrutado del monopolio del poder electoral. Pero, óigame bien, tan pronto como se vea derrotada en las urnas en aquellas cuestiones que considere vitales, veremos aquí una nueva guerra de esclavistas.

He expuesto a usted, lo mejor que he podido recordarlo, los puntos principales de mi conversación con este hombre notable. Le dejo a usted sacar sus propias conclusiones. Dígase lo que se diga en favor o en contra de la probabilidad de su complicidad con el movimiento de la Comuna, podemos estar seguros de que, en la Asociación Internacional, el mundo civilizado tiene en su seno un poder nuevo con el que habrá de llegar pronto a un ajuste de cuentas, para bien o para mal.

New York World, 18 de julio de 1871, reimpreso en Woodhull & Claflin's Weekly, 12 de agosto de 1871.