Karl Marx

El señor Washburne, embajador norteamericano en París

Según el volante londinense de julio de 1871.

Al Comité Central de Nueva York
de las Secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores
en los Estados Unidos

¡Ciudadanos!

El Consejo General de la Asociación considera su deber informarles de la conducta del embajador norteamericano, el señor Washburne, durante la guerra civil en Francia.

I

La declaración siguiente procede del señor Robert Reid, un escocés que vivió diecisiete años en París y fue, durante la guerra civil, corresponsal del periódico londinense “Daily Telegraph” y del “New York Herald”. Haremos notar de pasada que el “Daily Telegraph”, en su toma de partido por el gobierno de Versalles, llegó al extremo de falsear incluso los breves despachos telegráficos que el señor Reid le enviaba.

El señor Reid, que se halla de nuevo en Inglaterra, está dispuesto a corroborar su declaración mediante declaración jurada.

“El estruendo de las campanas de alarma, mezclado con el retumbar de los cañones, duró toda la noche. Imposible dormir. ¿Dónde están —me preguntaba— los representantes de Europa y de América? ¿Es posible que, ante estos torrentes de sangre inocente, no hagan ningún esfuerzo por la reconciliación? Ya no pude soportar por más tiempo este pensamiento, y como sabía que el señor Washburne se encontraba en la ciudad, decidí ir a buscarlo de inmediato. Creo que era el 17 de abril; la fecha exacta puede comprobarse, por lo demás, en mi carta a lord Lyons, que escribí el mismo día. Mientras me dirigía al domicilio del señor Washburne por los Campos Elíseos, me tropecé con numerosos carros de ambulancias llenos de heridos y moribundos. Alrededor del Arco de Triunfo estallaban granadas, y más y más personas inocentes se sumaban a la larga lista de víctimas del señor Thiers.

Tras llegar a la Rue de Chaillot núm. 95, pregunté al portero por el enviado de los Estados Unidos y fui remitido a la segunda planta. En París, la altura y el tipo de vivienda que se ocupa constituyen un signo inequívoco del patrimonio y de la posición que se poseen, una especie de barómetro social. En el primer piso a la calle encontramos, por ejemplo, a un marqués; en el quinto piso al fondo, a un sencillo mecánico; las escaleras que los separan simbolizan el abismo social que media entre ellos. Mientras subía las escaleras y no topé con ningún lacayo corpulento de calzones rojos y medias de seda, pensé: «¡Ah! Los americanos emplean mejor su dinero; nosotros despilfarramos el nuestro.»

Cuando entré en la habitación del secretario, pregunté por el señor Washburne. —¿Desea usted hablar con él personalmente? —Sí. —Me anunció y fui admitido. Estaba repantigado en un sillón, leyendo un periódico. Yo esperaba que se levantara, pero permaneció sentado, con el periódico delante de la cara, un acto de grosera descortesía en una tierra en donde la gente suele ser cortés.

Le dije al señor Washburne que traicionaríamos la causa de la humanidad si no hiciéramos todo lo posible para lograr una reconciliación. Lo consiguiéramos o no, en cualquier caso era nuestro deber intentarlo; y el momento parecía tanto más propicio cuanto que los prusianos estaban instando justo entonces a Versalles a llegar a un acuerdo definitivo. La influencia combinada de América e Inglaterra podría inclinar la balanza en favor de la paz.

El señor Washburne dijo:
—Los parisinos son rebeldes. Deben deponer las armas.
Yo objeté que la Guardia Nacional tenía el derecho legal de conservar sus armas; pero que no era de eso de lo que se trataba en absoluto. Cuando se pisotea la humanidad, el mundo civilizado tiene el derecho de intervenir, y yo le ruego que, a este respecto, colabore con lord Lyons.
El señor Washburne: —Esa gente de Versalles no quiere oír hablar de nada.
—Si se niegan, cargan con la responsabilidad moral.
El señor Washburne: —No soy de esa opinión. No puedo hacer nada en este asunto. Hable usted más bien con lord Lyons.

Así terminó nuestra conversación. Profundamente decepcionado, abandoné al señor Washburne. Había hallado a un hombre rudo y arrogante, en el que no se daba ninguno de esos sentimientos fraternales que cabría esperar en el representante de una república democrática. Dos veces había tenido el honor de entrevistarme con lord Cowley cuando fue nuestro representante en Francia. Su talante franco y cortés contrastaba crudamente con la actitud fría, altanera y deliberadamente aristocrática del enviado americano.

Intenté entonces convencer a lord Lyons de que Inglaterra, en interés de la defensa de la humanidad, estaba obligada a esforzarse seriamente para alcanzar una reconciliación, pues estaba convencido de que el gobierno británico no podía contemplar con indiferencia crueldades como las matanzas de la estación de Clamart y de Moulin-Saquet, sin hablar siquiera de las escenas de horror de Neuilly, sin cargar con la maldición de todo amigo de la humanidad. Lord Lyons me hizo comunicar de viva voz, por medio de su secretario, el señor Edward Malet, que había transmitido mi carta al gobierno y que con mucho gusto estaba dispuesto a hacer lo mismo con cualquier otra comunicación que yo pudiera hacerle en este asunto. Por un momento, las circunstancias fueron sumamente propicias para una reconciliación, y si nuestro gobierno hubiera puesto su peso en la balanza, al mundo se le habría ahorrado el baño de sangre de París. En cualquier caso, no es culpa de lord Lyons si el gobierno británico descuidó su deber.

Pero volvamos al señor Washburne. El miércoles 24 de mayo por la mañana, iba yo por el bulevar de las Capuchinas cuando oí gritar mi nombre. Me volví y vi al doctor Hossart al lado del señor Washburne en un carruaje abierto, rodeado por un numeroso grupo de americanos. Tras los saludos de rigor, entablé conversación con el doctor Hossart. La charla giró en seguida en torno a las terribles escenas que nos rodeaban. Entonces el señor Washburne se dirigió a mí y declaró, con el tono de la más profunda convicción:
«Todo el que pertenezca a la Comuna, y todos los que simpaticen con ella, serán fusilados.»
¡Ay!, demasiado bien sabía yo que mataban a viejos y jóvenes cuyo único crimen consistía en simpatizar con la Comuna; pero no estaba preparado para oírlo decir de modo semioficial al señor Washburne, y sin embargo él, al repetir esta frase sanguinaria, todavía tenía tiempo para salvar al arzobispo.”

II

“El 24 de mayo, el secretario del señor Washburne se presentó ante la Comuna, reunida a la sazón en la alcaldía del distrito XI, para ofrecer una propuesta de los prusianos de mediación entre los versalleses y los federados, en las siguientes condiciones:

Cese de las hostilidades.

Nueva elección de la Comuna, por una parte, y de la Asamblea Nacional, por la otra.

Las tropas de Versalles abandonan París y acantonan en los fuertes y ante ellos.

La custodia de París se confía, en lo sucesivo, a la Guardia Nacional.

Ninguno de los que hayan servido o sirvan en el ejército de los federados podrá ser castigado.

La Comuna aceptó estas propuestas en sesión extraordinaria, con la reserva de que se concedieran a Francia dos meses para preparar las elecciones generales a una asamblea constituyente.

Con el secretario de la legación americana tuvo lugar una segunda entrevista. La Comuna, en su sesión de la mañana del 25 de mayo, acordó enviar a cinco ciudadanos —entre ellos Vermorel, Delescluze y Arnold— como plenipotenciarios a Vincennes, donde, según los datos del secretario del señor Washburne, se encontraría un representante de los prusianos. Sin embargo, la diputación no fue dejada pasar por los guardias nacionales de servicio a la puerta de Vincennes. Tuvo lugar una última entrevista con el mismo secretario americano, que condujo a que el ciudadano Arnold, a quien aquél había entregado un salvoconducto para su seguridad, se dirigiera el 26 de mayo a St. Denis, donde no fue recibido por los prusianos.

El resultado de esta mediación americana (que dejaba entrever una renovada neutralidad de los prusianos y una mediación proyectada por ellos entre los beligerantes) fue que la defensa quedara paralizada durante dos días en el momento más crítico. Pese a las precauciones tomadas para mantener secretas las negociaciones, éstas llegaron pronto a conocimiento de los guardias nacionales, quienes, confiando plenamente en la neutralidad prusiana, se refugiaron en las líneas prusianas para entregarse prisioneros. Es sabido cómo su confianza fue burlada por los prusianos, cuyos centinelas fusilaron a una parte de los fugitivos y entregaron a los supervivientes al gobierno de Versalles.

Durante todo el tiempo que duró la guerra civil, el señor Washburne no se cansó de asegurar a la Comuna, por medio de su secretario, sus encendidas simpatías y de declararle que condenaba resueltamente al gobierno de Versalles; sólo su posición diplomática le impedía manifestarlo públicamente.”

La declaración bajo II procede de un miembro de la Comuna de París, quien, al igual que el señor Reid, está dispuesto, si es necesario, a corroborarla mediante declaración jurada.

Para valorar correctamente la conducta del señor Washburne, es preciso considerar las declaraciones del señor Reid y del miembro de la Comuna de París en su conjunto, como testimonios que señalan dos caras de una misma cosa. Mientras el señor Washburne le declara al señor Reid que los comuneros son “rebeldes” que merecen su suerte, le manifiesta a la Comuna su simpatía por su causa y su desprecio por el gobierno de Versalles.
El mismo 24 de mayo
en que, en presencia del doctor Hossart y de muchos americanos, le comunica al señor Reid que no sólo los comuneros, sino también todos los que simpatizan con ellos están irrevocablemente condenados a muerte, le comunica a la Comuna por medio de su secretario que no sólo a sus miembros, sino a todos los integrantes del ejército de los federados se les regalará la vida.

Les rogamos, estimados ciudadanos, que presenten estos hechos a la clase obrera de los Estados Unidos y la inviten a decidir si el señor Washburne es digno de representar a la república americana.

El Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores:

M. J. Boon, Fred. Bradnick, G. H. Buttery, Caihill, William Hales, Kolb, F. Leßner, George Milner, Thos. Mottershead, Chas. Murray, P. Mac Donnel, Pfänder, John Roach, Rühl, Sadler, Cowell Stepney, Alfred Taylor, W. Townshend

Secretarios corresponsales:

Eugéne Dupont, por Francia

Karl Marx, por Alemania y Holanda

F. Engels, por Bélgica y España

H. Jung, por Suiza

P. Giovacchini, por Italia

Zévy Maurice, por Hungría

Antoni Zabicki, por Polonia

James Cohen, por Dinamarca

J. G. Eccarius, por los Estados Unidos

Hermann Jung, presidente

John Weston, tesorero

George Harris, secretario de finanzas

John Hales, secretario general

Oficina: 256, High Holborn, Londres, W. C.

11 de julio de 1871