Obras de Frederick Engels, 1871
Declaración de Giuseppe Garibaldi y sus efectos sobre las clases trabajadoras en Italia
Relato del informe presentado por Engels en la reunión del Consejo General del 7 de noviembre de 1871

Las noticias de Italia eran de un interés peculiar; se recibieron cartas de varias ciudades italianas, entre ellas Turín, Milán, Rávena y Girgenti. Éstas confirmaban en todos los sentidos los inmensos avances con que la Asociación progresaba en Italia. Las clases trabajadoras, al menos en las ciudades, estaban abandonando rápidamente a Mazzini, cuyas denuncias contra la Internacional no surtían efecto alguno en las masas. Pero las denuncias de Mazzini habían producido un buen efecto: habían llevado a Garibaldi no sólo a pronunciarse enteramente en favor de nuestra Asociación, sino también, precisamente en esta cuestión, a una ruptura abierta con Mazzini. En una larga carta dirigida a M. Petroni, un abogado sardo, que desde entonces ha sido elegido presidente del Congreso Obrero Italiano, actualmente reunido en Roma, Garibaldi expresa su indignación de que los mazzinianos se atrevan a hablar de él como de un viejo tonto, que siempre había hecho lo que los hombres que lo rodeaban, sus satélites y aduladores, le habían persuadido a hacer. ¿Quiénes eran esos satélites, pregunta? ¿Eran los hombres de su estado mayor que vinieron con él de Sudamérica en 1848, los que encontró en Roma en el 49, o los de su estado mayor del 59 y 60, o los que combatieron con él recientemente contra los prusianos? Si así fuera, sostiene que eran hombres cuyos nombres vivirán por siempre en la memoria de la Italia agradecida.

Pero volvamos a esos satélites y aduladores. «Lo repito: ni siquiera tenéis el mérito de la originalidad, cuando desenterráis de nuevo que mis satélites y aduladores siempre han llevado de las narices a ese niño canoso de Niza. Y mientras tú, Petroni, sufrías dieciocho años en las prisiones de la Inquisición, la gente de tu secta (los mazzinianos) eran precisamente los acusados por los realistas de ser mis satélites y seguidores. Lee toda la basura dinástica publicada sobre todo a partir de 1860, y allí encontrarás que Garibaldi podría ser bueno para algo si no tuviera la desgracia de ser dirigido por Mazzini y de estar rodeado de los mazzinianos. Todo esto es falso, y puedes preguntar a quienes me han conocido más de cerca e íntimamente si jamás encontraron un hombre más terco que yo, una vez que me he decidido a hacer algo que he reconocido como justo. Pregúntale a Mazzini mismo si me ha encontrado fácil de persuadir cada vez que ha intentado arrastrarme hacia alguna de sus quimeras irrealizables. Pregúntale a Mazzini si el origen de nuestro desacuerdo no es que en 1848 le dije que obraba mal reteniendo en la ciudad, con un pretexto u otro, a la juventud de Milán, mientras nuestro ejército combatía al enemigo en el Mincio. Y Mazzini es un hombre que no perdona jamás si alguien toca su infalibilidad.»

Garibaldi afirma a continuación que Mazzini, en 1860, hizo todo lo que estaba en su poder para frustrar y hacer abortar la expedición del general a Sicilia, que culminó con la unificación de Italia; que cuando Mazzini se enteró del éxito de Garibaldi, insistió en que éste proclamara la República en Italia, cosa absurda y completamente necia en aquellas circunstancias, y finalmente reprocha al «gran exiliado, que todo el mundo sabía que estaba en Italia», su mezquindad al denigrar a los caídos de París, los únicos hombres que en esta época de tiranía, de mentiras, de cobardía y de degradación han enarbolado en alto, incluso al morir, el sagrado estandarte del derecho y de la justicia.

Continúa: «Lanzáis anatema sobre París porque París destruyó la columna Vendôme y la casa de Thiers. ¿Habéis visto alguna vez una aldea entera destruida por las llamas por haber dado refugio a un voluntario o a un francotirador? Y eso no sólo en Francia, lo mismo en Lombardía, en el Véneto. En cuanto a los palacios incendiados en París con petróleo, que pregunten a los curas que, por su íntimo conocimiento del fuego infernal del que predican, deberían ser buenos jueces, qué diferencia hay entre el fuego de petróleo y los incendios que los austríacos provocaron para quemar aldeas en Lombardía y el Véneto, cuando aquellos países todavía estaban bajo el yugo de los hombres que fusilaron a Ugo Bassi, a Ciceruacchio y a sus dos hijos, y a miles de italianos que cometieron el sacrilegio de pedir una Roma libre y una Italia libre.

»Cuando la luz del día haya disipado las tinieblas que cubren París, espero que tú, amigo mío, seas más indulgente con los actos provocados por la situación desesperada de un pueblo que, ciertamente, fue mal dirigido, como suele ocurrir a las naciones que se dejan seducir por la fraseología de los doctrinarios, pero que, en el fondo, combatió heroicamente por sus derechos. Los detractores de París pueden decir lo que quieran, nunca lograrán probar que unos cuantos malvados y extranjeros —como decían de nosotros en Roma en 1849— hayan resistido durante tres meses contra un gran ejército, apoyado como estaba por los más poderosos ejércitos de Prusia.

»¿Y la Internacional? ¿Qué necesidad hay de atacar a una Asociación casi sin conocerla? ¿No es esa Asociación una emanación del estado anormal de la sociedad en el mundo entero? Una sociedad en la que los muchos han de trabajar como esclavos para una subsistencia miserable, y en la que los pocos, por medio de mentiras y de la fuerza, se apropian de la mayor parte del producto de los muchos, sin haberla ganado con el sudor de su frente, ¿no ha de suscitar tal sociedad el descontento y la venganza de las masas sufrientes?

»Deseo que a la Internacional no le ocurra lo que al pueblo de París, es decir, que no se deje engañar por los inventores de doctrinas que la empujarían a exageraciones y, finalmente, al ridículo; sino que estudie bien, antes de confiar en ellos, el carácter de los hombres que han de guiarla por la senda del mejoramiento moral y material.»

Vuelve por un momento a Mazzini: «Mazzini y yo, ambos somos viejos; pero nadie habla de reconciliación entre él y yo. La gente infalible muere, pero no se doblega. ¿Reconciliación con Mazzini? sólo hay un camino posible: obedecerle; y de eso no me siento capaz.»

Y por último el viejo soldado prueba, refiriéndose a su pasado, que siempre ha sido un verdadero internacional, que ha combatido por la libertad en todas partes y en cualquier lugar, primero en Sudamérica, luego ofreciendo sus servicios al Papa (sí, incluso al Papa, cuando hacía de liberal), luego bajo Víctor Manuel, por último en Francia, bajo Trochu y Jules Favre, y concluye: «Yo y la juventud de Italia estamos dispuestos a servir a Italia, también codo a codo con vosotros, los mazzinianos, si fuera necesario.»

Esta carta culminante de Garibaldi, que llega tras otras varias en las que ya ha expresado claramente sus simpatías por la Internacional, pero se había abstenido de hablar claramente respecto a Mazzini, ha tenido un inmenso efecto en Italia y hará que muchos nuevos adeptos se agrupen en torno a nuestra bandera.

Se anunció asimismo que en la próxima reunión del Consejo se presentará un informe completo del Congreso Obrero de Roma.

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