Primer borrador

El Gobierno de la Defensa

Cuatro meses después del comienzo de la guerra, cuando el Gobierno de la Defensa había arrojado una carnada a la Guardia Nacional de París permitiéndole mostrar su capacidad combativa en Buzenval,[112] el Gobierno consideró llegado el momento oportuno para preparar a París para la capitulación. A la asamblea de los alcaldes de París para la capitulación, Trochu, en presencia y con el apoyo de Jules Favre y algunos otros de sus colegas, reveló por fin su «plan». Dijo literalmente:

«La primera pregunta que me dirigieron mis colegas la noche del 4 de septiembre fue ésta: ¿Puede París, con alguna probabilidad de éxito, sostener un asedio contra el ejército prusiano? No vacilé en responder negativamente. Algunos de mis colegas aquí presentes darán fe de la verdad de estas palabras mías y de la persistencia de mi opinión; les dije en estos mismos términos que, en el estado de cosas existente, el intento de París de sostener un asedio contra el ejército prusiano sería una locura. Sin duda, añadí, podría ser una locura heroica, pero no sería otra cosa. ... Los acontecimientos no han desmentido mi previsión.»

El plan de Trochu, desde el mismo día de la proclamación de la República, era la capitulación de París y de Francia. De hecho, era el comandante en jefe de los prusianos. En una carta a Gambetta, el propio Jules Favre confesó que el enemigo a abatir no era el soldado prusiano, sino el «demagogo» (revolucionario) de París. Las rimbombantes promesas hechas al pueblo por el Gobierno de la Defensa eran, por tanto, otras tantas mentiras deliberadas. El «plan» lo llevaron a cabo sistemáticamente confiando la defensa de París a generales bonapartistas, desorganizando la Guardia Nacional y organizando el hambre bajo la malversación administrativa de Jules Ferry. Los intentos de los obreros parisinos del 5 de octubre, el 31 de octubre, etc., de sustituir a estos traidores por la Comuna, ¡fueron reprimidos como conspiraciones con el prusiano![113] Tras la capitulación, se arrojó (se dejó de lado) la máscara. Los capitulards se convirtieron en un gobierno por la gracia de Bismarck. Siendo sus prisioneros, estipularon con él un armisticio general, cuyas condiciones desarmaron a Francia e hicieron imposible toda resistencia ulterior. Resucitados en Burdeos como el Gobierno de la República, estos mismos capitulards, por medio de Thiers, su ex embajador, y Jules Favre, su Ministro de Asuntos Exteriores, imploraron fervientemente a Bismarck, en nombre de la mayoría de la llamada Asamblea Nacional, y mucho antes del levantamiento de París, que desarmara y ocupara París y reprimiera a «su canalla», como el propio Bismarck, a su regreso de Francia a Berlín, contó burlonamente a sus admiradores en Fráncfort. Esta ocupación de París por los prusianos: tal fue la última palabra del «plan» del Gobierno de la Defensa. La cínica desfachatez con que, desde su instalación en Versalles, los mismos hombres adulan y apelan a la intervención armada de Prusia, ha dejado estupefacta incluso a la prensa venal de Europa. Las heroicas hazañas de la Guardia Nacional de París, desde que ya no luchan bajo las órdenes de los capitulards, sino contra ellos, han obligado incluso a los más escépticos a estampar la palabra «traidor» sobre las frentes de bronce de los Trochu, Jules Favre y Cía. Los documentos incautados por la Comuna han proporcionado, por fin, las pruebas jurídicas de su alta traición. Entre estos papeles hay cartas de los sables bonapartistas, a quienes se había confiado la ejecución del «plan» de Trochu, en las que estos infames desgraciados se chancean y se burlan de su propia «defensa de París» (cf., por ejemplo, la carta de Alphonse Simon Guiod, comandante supremo de la artillería del ejército de defensa de París y Gran Cruz de la Legión de Honor, a Suzanne, General de división de artillería, publicada por el Journal officiel de la Comuna).

Es, pues, evidente que los hombres que ahora forman el gobierno de Versalles sólo pueden salvarse de la suerte de traidores convictos mediante la guerra civil, la muerte de la República y una restauración monárquica al amparo de las bayonetas prusianas.

Pero —y esto es lo más característico de los hombres del Imperio, así como de los hombres que sólo en su suelo y dentro de su atmósfera podían crecer hasta convertirse en falsos tribunos del pueblo— la República victoriosa no sólo los estigmatizaría como traidores, sino que tendría que entregarlos como criminales comunes a los tribunales penales. ¡Véase tan sólo a Jules Favre, Ernest Picard y Jules Ferry, los grandes hombres, bajo Thiers, del Gobierno de la Defensa!

Una serie de documentos judiciales autentificados, que abarcan unos 20 años, y publicados por el Sr. Millière, representante en la Asamblea Nacional, prueban que Jules Favre, viviendo en concubinato adúltero con la mujer de un borracho residente en Argel, había, mediante una complicadísima concatenación de audaces falsificaciones, maquinado apoderarse, en nombre de sus

bastardos, de una cuantiosa sucesión que lo convirtió en un hombre rico, y que sólo la connivencia de los tribunales bonapartistas lo salvó de ser desenmascarado en un pleito emprendido por los legítimos reclamantes. Jules Favre, pues, ese untuoso portavoz de la familia, la religión, la propiedad y el orden, ha incurrido hace mucho en las penas del Código penal. La servidumbre penal de por vida sería su suerte inevitable bajo todo gobierno honrado.

Ernest Picard, el actual Ministro del Interior de Versalles, nombrado por sí mismo el 4 de septiembre Ministro del Interior del Gobierno de la Defensa,[a] después de haber intentado en vano ser nombrado por Luis Bonaparte, este Ernest Picard es hermano de un tal Arthur Picard. Cuando, junto con Jules Favre y Cía., tuvo la impudencia de proponer a este digno hermano suyo como candidato en Sena y Oise para el Cuerpo Legislativo, el gobierno imperialista publicó dos documentos: un informe de la Prefectura de Policía (13 de julio[b] de 1867) afirmando que este Arthur Picard había sido excluido de la Bolsa como «escroc» [estafador], y otro documento del 11 de diciembre de 1868, según el cual Arthur había confesado el robo de 300.000 francos, cometido por él como director de una de las sucursales de la Société générale, calle Palestro, nº 5. Ernest no sólo convirtió a su digno Arthur en redactor jefe de un periódico propio, el Electeur libre, fundado bajo el Imperio y continuado hasta hoy, un periódico en el que los republicanos son denunciados diariamente como «ladrones, bandidos y partageux [partidarios del reparto]», sino que, una vez convertido en Ministro del Interior de la «Defensa», Ernest empleó a Arthur como su intermediario financiero entre el Ministerio del Interior y la Bolsa, para descontar allí los secretos de Estado a él confiados.

Toda la correspondencia «financiera» entre Ernest y Arthur ha caído en manos de la Comuna. Como el lacrimoso Jules Favre, Ernest Picard, el Joe Miller del Gobierno de Versalles, es un hombre incurso en el Código penal y en galeras.

Para completar este trío, Jules Ferry, un pobre abogado sin pan antes del 4 de septiembre, no contento con organizar el hambre de París, se las ingenió para amasar una fortuna a costa de esa hambre. ¡El día en que tuviera que rendir cuentas de sus peculados durante el sitio de París sería su día del juicio!

¡No es de extrañar, pues, que estos hombres, que sólo pueden esperar escapar de los presidios en una monarquía, protegidos por las bayonetas prusianas, que sólo en el tumulto de la guerra civil pueden ganar su libertad condicional, que estos desesperados fueran elegidos inmediatamente por Thiers y aceptados por los ruraux como las herramientas más seguras de la contrarrevolución!

¡No es de extrañar que cuando, a principios de abril, los guardias nacionales capturados fueron expuestos en Versalles a los feroces ultrajes de los «corderos» de Piétri y de la chusma versallesca, el Sr. Ernest Picard, «con las manos en los bolsillos del pantalón, caminara de grupo en grupo soltando chistes», mientras que «en el balcón de la Prefectura, la señora Thiers, la señora Jules Favre y un grupo de damas similares, con un aspecto excelente de salud y ánimos», se regocijaban en aquella repugnante escena! ¡No es de extrañar, pues, que mientras una parte de Francia se retuerce bajo los talones de los conquistadores, mientras París, el corazón y la cabeza de Francia, derrama a diario torrentes de su mejor sangre en defensa propia contra los traidores internos ..., los Thiers, Favre y Cía. se entreguen a francachelas en el Palacio de Luis XIV, como, por ejemplo, la gran fiesta ofrecida por Thiers en honor de Jules Favre a su regreso de Ruán (adonde había sido enviado a conspirar con (adular a) los prusianos). Es la cínica orgía de criminales evadidos.

Si el Gobierno de la Defensa primero convirtió a Thiers en su Embajador en el Extranjero, yendo a mendigar por todas las cortes de Europa, para trocar allí un rey para Francia por su intervención contra Prusia, si, más tarde, lo enviaron en una gira por las provincias francesas, para conspirar allí con los Châteaux y preparar secretamente las elecciones generales que, junto con la capitulación, tomarían a Francia por sorpresa, Thiers, por su parte, los convirtió en sus ministros y altos funcionarios. Eran hombres seguros.

Hay algo más bien misterioso en el proceder de Thiers: su temeridad al precipitar la revolución de París. No contento con aguijonear a París con las manifestaciones antirrepublicanas de sus ruraux, con las amenazas de decapitar y descapitalizar París, con la ley de Dufaure (Ministro de Justicia de Thiers) del 10 de marzo sobre los vencimientos de efectos [letras de cambio a punto de vencer], que hacía cernirse la bancarrota sobre el comercio de París, con el nombramiento de embajadores orleanistas, con el traslado de la Asamblea a Versalles, con la imposición de un nuevo impuesto a los periódicos, con la confiscación de los diarios republicanos de París, con la revivificación del estado de sitio, proclamado por primera vez por Palikao[61] y anulado con la caída del gobierno imperialista el 4 de septiembre, con el nombramiento de Vinoy, el decembrista y ex senador, como Gobernador de París, de Valentin, el gendarme imperialista, como Prefecto de Policía, y de Aurelle de Paladines, el general jesuita, como comandante en jefe de la Guardia Nacional de París —abrió la guerra civil con fuerzas exiguas, mediante el ataque de Vinoy a las colinas de Montmartre, mediante el intento, primero, de robar a la Guardia Nacional los cañones que les pertenecían y que sólo les fueron dejados por la convención de París porque eran de su propiedad, para así desarmar a París.

¿De dónde esta febril impaciencia d'en finir [de acabar de una vez]? Desarmar y someter a París era, por supuesto, la primera condición de una contrarrevolución monárquica, pero un intrigante astuto como Thiers sólo podía arriesgar el destino de la difícil empresa emprendiéndola sin la debida preparación, con medios ridículamente insuficientes, salvo bajo el imperio de alguna ola abrumadoramente urgente. El motivo era éste. Por mediación de Pouyer-Quertier, su Ministro de Finanzas, Thiers había concertado un préstamo de dos mil millones a pagar inmediatamente al contado, y algunos miles de millones más a pagar en ciertos plazos. En esta transacción de préstamo, se reservó un verdadero pot de vin (dinero de comisión) regio para esos grandes ciudadanos: Thiers, Jules Favre, Ernest Picard, Jules Simon, Pouyer-Quertier, etc. Pero había un inconveniente en la transacción. Antes de sellar definitivamente el tratado, los contratistas querían una garantía: la tranquilización de París. De ahí las temerarias acciones de Thiers. De ahí el odio salvaje contra los obreros parisinos, bastante perversos para interferir en este buen negocio.

En cuanto a los Jules Favre, Picard y demás, ya hemos dicho lo suficiente para demostrar que son los dignos cómplices de semejante agio. En cuanto al propio Thiers, es notorio que durante sus dos ministerios bajo Luis Felipe amasó 2 millones, y que durante su presidencia del Consejo (desde marzo de 1840) fue zaherido desde la tribuna de la Cámara de Diputados por sus peculaciones de Bolsa, ante lo cual derramó lágrimas, mercancía de la que dispone con tanta liberalidad como Jules Favre y el célebre cómico Frédérick Lemaître. No es menos notorio que la primera medida tomada por el señor Thiers para salvar a Francia de la ruina financiera que la guerra le había infligido fue... asignarse a sí mismo un sueldo anual de 3 millones de francos, exactamente la suma que Luis Bonaparte obtuvo en 1850, como compensación del señor Thiers y de su tropa en la Asamblea Legislativa, por permitirles abolir el sufragio universal.[114] Esta dotación del señor Thiers con 3 millones fue la primera palabra de la «república económica», cuyas perspectivas había abierto a sus electores parisinos en 1869. En cuanto a Pouyer-Quertier, es un hilandero de algodón de Ruán. En 1869 fue el jefe del cónclave de fabricantes que proclamó la necesidad de una reducción general de salarios para la «conquista» del mercado inglés —intriga entonces frustrada por la Internacional—.[115] Pouyer-Quertier, por lo demás partidario ferviente y aun servil del Imperio, sólo le encontraba un defecto: su tratado comercial con Inglaterra, que perjudicaba sus propios intereses fabriles. Su primer paso, como Ministro de Hacienda del señor Thiers, fue denunciar ese «odioso» tratado y proclamar la necesidad de restablecer los antiguos derechos protectores para su propia fábrica. Su segundo paso fue la patriótica tentativa de golpear a Alsacia mediante el restablecimiento de los antiguos derechos protectores, con el pretexto de que en este caso ningún tratado internacional se oponía a su reintroducción. Con esta maniobra maestra, su propia fábrica de Ruán se habría librado de la peligrosa competencia de las fábricas rivales de Mulhouse. Su último paso fue hacer a su yerno, el señor Roche-Lambert, el regalo del cargo de recaudador general [receptoría general] del Loiret, uno de los ricos botines que caen en el regazo de la burguesía gobernante, y el mismo que Pouyer-Quertier había censurado tanto a su predecesor imperialista, el señor Magne, por haber otorgado a su propio hijo ese gran puesto de agio. Este Pouyer-Quertier era, pues, exactamente el hombre idóneo para la perpetración del susodicho negocio.

30 mars. Rappel.[116] Jules Ferry, ex-maire de Paris, a défendu, par une circulaire du 28 mars, aux employés de l’octroi ... de continuer toute perception pour la ville de Paris. [30 de marzo, Rappel. Jules Ferry, ex alcalde de París, mediante una circular del 28 de marzo, prohibió a los empleados del fielato ... continuar toda recaudación para la ciudad de París].

Pequeñas bribonadas de Estado —un carácter mezquino... una conciencia carcomida... eterno sugeridor de intrigas parlamentarias... mezquinos expedientes y artificios... ensayando sus homilías de liberalismo, de las «libertades necesarias»... afanándose con ahínco en... fuertes razones que oponer a las probabilidades de fracaso... argumentos concluyentes que contrapesan... cierta especie de heroísmo en la bajeza exagerada... afortunadas estratagemas parlamentarias...

M. E. Picard est un malandrin, qui pendant toute la durée du siège a tripoté à la Bourse sur les défaites de nos armées. [El señor E. Picard es un malandrín que, durante todo el sitio, especuló en la Bolsa con las derrotas de nuestros ejércitos].

Massacre, trahison, incendie, assassinat, calomnie, mensonge. [Masacre, traición, incendio, asesinato, calumnia, mentira].

En su discurso a la asamblea de alcaldes, etc. (25 de abril), Thiers dice él mismo que los «asesinos de Clément Thomas y Lecomte» [son] un puñado de criminales —«et ceux qui pourront à juste titre être considérés comme complices de ces crimes par conspiration ou assistance, c’est-à-dire un très petit nombre d’individus.» [«y aquellos que con justo título puedan ser considerados como cómplices de estos crímenes por conspiración o auxilio, es decir, un número muy reducido de individuos.»]

Dufaure quiere doblegar a París mediante procesos de prensa en las provincias. Es monstruoso llevar a los periódicos ante un jurado por predicar la «conciliación».

Dufaure desempeña un gran papel en la intriga de Thiers. Con su ley del 10 de marzo sublevó a todo el comercio endeudado de París. Con su ley sobre los alquileres de las casas de París amenazó a todo París. Ambas leyes estaban destinadas a castigar a París por haber salvado el honor de Francia y retrasado seis meses la capitulación ante Bismarck. Dufaure es orleanista y un «liberal», en el sentido parlamentario de la palabra. En consecuencia, siempre ha sido el ministro de la represión y del estado de sitio.

Aceptó su primera cartera ministerial el 13 de mayo de 1839, después de la derrota de la dernière prise d’armes [última insurrección armada][117] del partido republicano, y fue, por tanto, el ministro de la represión despiadada del gobierno de Julio de aquel día.

El 2 de junio de 1849,[118] Cavaignac, obligado en octubre (1848) a imponer el estado de sitio, llamó a su ministerio a dos ministros de Luis Felipe (Dufaure, para Interior, y Vivien). Los nombró a requerimiento de la calle [de] Poitiers[119] (Thiers), que exigía garantías. Esperaba así asegurar el apoyo de los dinásticos para la inminente elección presidencial. Dufaure empleó los medios más ilegales para asegurar la candidatura de Cavaignac. La intimidación y la corrupción electorales nunca se habían ejercido en mayor escala. Dufaure inundó Francia con impresos difamatorios contra los otros candidatos, y especialmente contra Luis Bonaparte, lo que no le impidió convertirse más tarde en ministro de Luis Bonaparte. Dufaure volvió a ser el ministro del estado de sitio el 13 de junio de 1849 (contra la manifestación de la Guardia Nacional en protesta por el bombardeo de Roma, etc., por el ejército francés). Ahora es de nuevo el ministro del estado de sitio, proclamado en Versalles (para el departamento de Sena y Oise). Otorgó a Thiers el poder de declarar en estado de sitio cualquier departamento. Dufaure, como en 1839, como en 1849, quiere nuevas leyes represivas, nuevas leyes de prensa, una ley para «abreviar los trámites de los consejos de guerra». En una circular a los Procureurs généraux [Procuradores Generales], denuncia el grito de «conciliación» como un delito de prensa que ha de ser severamente perseguido. Es característico de la magistratura francesa que un solo Procureur général (el de Mayena)[c] escribiera a Dufaure para dimitir: «... No puedo servir a una administración que me ordena, en un momento de guerra civil, precipitarme en luchas partidistas y procesar a ciudadanos, que mi conciencia considera inocentes, por haber pronunciado la palabra conciliación.»

Perteneció a la «Union libérale» en 1847, que conspiró contra Guizot, así como perteneció a la «Union libérale» de 1869, que conspiró contra Luis Bonaparte.[120]

Respecto a la ley del 10 de marzo y a la ley de los alquileres, conviene señalar que los mejores clientes tanto de Dufaure como de Picard (ambos abogados) se encuentran entre los propietarios de casas y los grandes burgueses, nada dispuestos a perder cosa alguna por el sitio de París.

Ahora bien, al igual que después de la Revolución de febrero de 1848, estos hombres dicen a la República, como el verdugo dijo a Don Carlos: «Je vais t’assassiner, mais c’est pour ton bien» (Te voy a asesinar, pero por tu propio bien).

Lecomte y Clément Thomas

Después del intento de Vinoy de tomar las buttes Montmartre (el 18 de marzo, fueron fusilados en los jardines del Chateau Rouge, a las 4 en punto, día 18), el general Lecomte y Clément Thomas fueron hechos prisioneros y fusilados por los mismos soldados exaltados del 81.º de línea. Fue un acto sumario de justicia de Lynch ejecutado pese a las instancias de algunos delegados del Comité Central. Lecomte, un degollador con charreteras, había ordenado en cuatro ocasiones a sus tropas, en la Place Pigalles, cargar contra una reunión desarmada de mujeres y niños. En lugar de fusilar al pueblo, los soldados lo fusilaron a él. Clément Thomas, un exintendente, «general», improvisado en vísperas de las masacres de junio (1848) por los hombres del National, de cuyo periódico había sido gérant [gerente], jamás había mojado su espada en sangre de otro enemigo que no fuera la de la clase obrera de París. Fue uno de los siniestros conspiradores que provocaron deliberadamente la insurrección de junio y uno de sus verdugos más atroces. Cuando, el 31 de octubre de 1870, los guardias nacionales proletarios de París sorprendieron al «Gobierno de la Defensa» en el Hôtel de Ville y los tomaron prisioneros, estos hombres que se habían nombrado a sí mismos, estos gens de paroles [hombres de palabra], como los llamó hace poco uno de ellos, Picard, dieron su palabra de honor de que cederían el puesto a la Comuna. Dejados así escapar impunemente, lanzaron a los bretones de Trochu sobre sus demasiado confiados captores. Uno de ellos, sin embargo, el señor Tamisier, renunció a su dignidad de comandante en jefe de la Guardia Nacional. Se negó a faltar a su palabra de honor. Entonces volvió a sonar la hora de Clément Thomas. Fue nombrado, en lugar de Tamisier, comandante en jefe de la Guardia Nacional. Era el hombre adecuado para el «plan» de Trochu. «Jamás hizo la guerra a los prusianos», la hizo a la Guardia Nacional, a la que desorganizó, desunió, calumnió, eliminando a todos sus oficiales hostiles al «plan» de Trochu, enfrentando a unos cuerpos de guardias nacionales contra otros y sacrificándolos en «salidas» planeadas de tal modo que los cubrieran de ridículo. Atormentado por los espectros de sus víctimas de junio, este hombre, sin cargo oficial alguno, tenía que reaparecer por fuerza en el teatro de guerra del 18 de marzo, donde olfateaba otra masacre del pueblo de París. Cayó víctima de la justicia de Lynch en el primer momento de exasperación popular. Los hombres que habían entregado París a las tiernas mercedes del decembrista Vinoy, para matar la República y embolsarse los pots de vin [sobornos] estipulados por el contrato Pouyer-Quertier, gritaban ahora: ¡Asesinos, asesinos! Su aullido fue repetido por la prensa de Europa, tan ávida de la sangre de los «proletarios». Se representó una farsa de histérica «sensiblería» en la Asamblea rural, y ahora como antes, los cadáveres de sus amigos eran las armas más bienvenidas contra sus enemigos. Se hizo a París y al Comité Central responsables de un accidente fuera de su control. Es sabido cómo, en los días de junio de 1848, los «hombres del orden» estremecieron Europa con el grito de indignación contra los insurrectos por el asesinato del arzobispo de París.[d] Ya entonces sabían perfectamente, por el testimonio del señor Jacquemet, vicario general del arzobispo, que lo había acompañado a las barricadas, que el obispo había sido fusilado por las tropas de Cavaignac, y no por los insurrectos,[e] pero su cadáver sirvió a su propósito. Sin embargo, el señor Darboy, actual arzobispo de París, uno de los rehenes tomados por la Comuna en legítima defensa contra las salvajes atrocidades del gobierno de Versalles, parece, según se desprende de su carta a Thiers, tener extraños recelos de que Papá Transnonain [121] esté ansioso por especular con su cuerpo como objeto de santa indignación. Apenas pasaba un día sin que los periódicos de Versalles anunciaran su ejecución, ejecución que las continuas atrocidades y la violación de las leyes de la guerra por parte del «orden» habrían justificado de parte de cualquier gobierno que no fuera el de la Comuna. Apenas había obtenido el gobierno de Versalles un primer éxito militar, cuando el capitán Desmarêt, que al frente de sus gendarmes asesinó al caballeroso Flourens, fue condecorado por Thiers. Flourens había salvado la vida a los «hombres de la defensa» el 31 de octubre. Vinoy, el fugitivo (renegado), fue nombrado Gran Cruz de la Legión de Honor porque hizo fusilar a nuestro valiente camarada Duval, al ser hecho prisionero, dentro de los reductos; porque, como segunda entrega, hizo fusilar a una docena de soldados de línea capturados que se habían unido al pueblo de París, e inauguró esta guerra civil con los «métodos de diciembre».[122] El general Galliffet – «el marido de esa encantadora marquesa cuyos trajes en los bailes de máscaras eran una de las maravillas del Imperio», como lo expresa delicadamente un plumífero de a centavo de Londres – «sorprendió» cerca de Rueil a un capitán, un teniente y un guardia nacional raso, los hizo fusilar en el acto y publicó inmediatamente una proclama glorificándose de la hazaña. Estos son algunos de los asesinatos narrados oficialmente y de los que se gloría el gobierno de Versalles. 25 soldados del 80.º regimiento de línea fusilados como «rebeldes» por el 75.º.

«Todo hombre que llevara el uniforme del ejército regular y fuera capturado en las filas de los comunistas era fusilado sin la menor piedad en el acto. Las tropas gubernamentales eran perfectamente feroces.»

«El señor Thiers comunicó a la Asamblea los alentadores detalles de la muerte de Flourens.»

Versalles, 4 de abril. Thiers, ese enano deforme, informa sobre sus prisioneros llevados a Versalles (en su proclama):

«Jamás rostros más degradados de una democracia degradada habían llamado la atención afligida de un hombre honesto.» (¡Los hombres de Piétri!)

«Vinoy protesta contra toda misericordia para con los oficiales o soldados de línea insurrectos.»

El 6 de abril, decreto de la Comuna sobre represalias (y rehenes):

«Considerando que el gobierno de Versalles pisotea abiertamente las leyes de la humanidad y las de la guerra, y que se ha hecho culpable de horrores con los que ni siquiera los invasores de Francia se han deshonrado... se decreta, etc.»[123] (Folgen die Artikel. [Siguen los artículos.])

5 de abril, Proclama de la Comuna:

«Cada día los bandidos de Versalles degüellan o fusilan a nuestros prisioneros, y cada hora nos enteramos de que se ha cometido otro asesinato. ... El pueblo, incluso en su ira, detesta el derramamiento de sangre, como detesta la guerra civil, pero es su deber protegerse contra los salvajes atentados de sus enemigos, y cueste lo que cueste, será ojo por ojo, diente por diente.»[124]

«Les sergents de ville qui se battent contre Paris ont 10 frs. par jour.» [«Los policías que luchan contra París cobran 10 francos al día.»]

Versalles, 11 de abril. Detalles espantosísimos del fusilamiento a sangre fría de prisioneros, no desertores, relatados con evidente fruición por oficiales generales y otros testigos oculares.

En su carta a Thiers, Darboy protesta «contra los atroces excesos que añaden horror a nuestra guerra fratricida». En el mismo tono escribe Deguerry (curé de la Madeleine) [(cura de la Magdalena)]:

«Estas ejecuciones suscitan de grandes colères à Paris et peuvent y produire de terribles représailles.» «Ainsi l’on est résolu, à chaque nouvelle exécution, d’en ordonner deux. des nombreux otages que l’on a entre les mains. Jugez à quel point ce que [je] vous demande comme prêtre est d’une rigoureuse et absolue nécessité.» [«Estas ejecuciones suscitan gran cólera en París y pueden provocar terribles represalias.» «Así, se ha resuelto, por cada nueva ejecución, disponer de dos de los muchos rehenes que se tienen en mano. Juzgue usted cuán urgente y absolutamente necesaria es la petición que, como sacerdote, le hago.»]

En medio de estos horrores Thiers escribe a los prefectos: «L’Assemblée siège paisiblement.» (Elle aussi a le coeur léger.)[125] [«La Asamblea sesiona apaciblemente.» (Ella también tiene el corazón ligero.)]

Thiers y la commission des quinze [126] de sus rurals tuvieron la fría desfachatez de «desmentir oficialmente» las «pretendidas ejecuciones sumarias y represalias atribuidas a las tropas de Versalles». Pero Papá Transnonain [decía] en su circular del 16 de abril sobre el bombardeo de París:

«Si se han disparado algunos cañonazos, no es obra del ejército de Versalles, sino de algunos insurrectos que quieren hacer creer que combaten, cuando no se atreven a mostrarse.»

Thiers ha demostrado superar a su héroe, Napoleón I, al menos en una cosa: los boletines mentirosos. (¡Por supuesto, París se bombardea a sí misma, para poder calumniar al señor Thiers!)

A estas atroces provocaciones de los negreros bonapartistas, la Comuna se ha contentado con tomar rehenes y amenazar con represalias, ¡pero sus amenazas han quedado en letra muerta! ¡Ni siquiera los gendarmes disfrazados de oficiales, ni siquiera los sergents de ville capturados, a quienes se les incautaron bombas explosivas, fueron llevados ante un consejo de guerra! ¡La Comuna se ha negado a mancharse las manos con la sangre de estos sabuesos!

Pocos días antes del 18 de marzo, Clément Thomas presentó al ministro de la Guerra Le Flô un plan para el desarme de trois quarts [tres cuartas partes] de la Guardia Nacional.

«La fine fleur de la canaille, disait-il. s’est concentrée auttour de Montmartre et s’entend avec Belleville.» [«La flor y nata de la canalla —decía— se concentra en torno a Montmartre y se entiende con Belleville.»]

La Asamblea Nacional

L’Assemblée élue le 8 février sous la pression de l’ennemi aux mains desquels les hommes qui gouvernent à Versailles avaient remis tous les forts et livré Paris sans défense, l’Assemblée de Versailles avait un but unique et clairement déterminé par la convention même signée à Versailles le 29 janvier – de décider si la guerre pouvait être continuée ou traiter la paix; et, dans ce cas, fixer les conditions de cette paix et assurer le plus promptement possible l’évacuation du territoire français. [La Asamblea elegida el 8 de febrero bajo la presión del enemigo, a cuyas manos los hombres que gobiernan en Versalles habían entregado todos los fuertes y abandonado el París indefenso — esta Asamblea de Versalles tenía un objetivo único y claramente determinado por la convención misma firmada en Versalles el 29 de enero: decidir si la guerra podía continuarse o negociar la paz; y, en este último caso, fijar las condiciones de esta paz y asegurar lo más rápidamente posible la evacuación del territorio francés.]

Chanzy, arzobispo de París, etc.

La liberación de Chanzy tuvo lugar casi simultáneamente con la retirada de Saisset. Los periodistas monárquicos estuvieron unánimes en decretar la muerte del general. Deseaban endosar ese amable procedimiento a los rojos. Tres veces se había ordenado su ejecución, y ahora iba realmente a ser fusilado.

Tras el asunto de Vendôme :[f] Reinaba la consternación en Versalles. Se esperaba un ataque contra Versalles el 23 de marzo, pues los dirigentes de la agitación comunal habían anunciado que marcharían sobre Versalles si la Asamblea tomaba alguna medida hostil. La Asamblea no lo hizo. Por el contrario, votó como urgente una proposición para celebrar elecciones comunales en París, etc. Con las concesiones, la Asamblea admitía su impotencia. Al mismo tiempo, intrigas monárquicas en Versalles. Generales bonapartistas y el duque de Aumale.[127] Favre confesó haber recibido una carta de Bismarck, anunciando que, a menos que se restableciera el orden para el 26 de marzo, París sería ocupado por las tropas alemanas. Los rojos vieron claramente su pequeño artificio. Die Vendôme affaire provoquée by le faussaire, ce jésuite infâme J. Favre, qui le (21 March?) est monté à la tribune de l’Assemblée de Versailles pour insulter ce peuple qui l’a tiré du néant et soulever Paris contre les départements. [El asunto de Vendôme fue provocado por el falsificador, ese infame jesuita J. Favre, que subió (¿el 21 de marzo?) a la tribuna de la Asamblea de Versalles para insultar al pueblo que lo había sacado de la nada y sublevar a París contra los departamentos.]

30 de marzo, Proclama de la Comuna:

«Aujourd’hui les criminels, que vous n’avez pas même voulu poursuivre, abusent de votre magnanimité pour organiser aux portes mêmes de la cité un foyer de conspiration monarchique. Ils invoquent la guerre civile, ils mettent en oeuvre toutes les corruptions, ils acceptent toutes les complicités, ils ont osé mendier jusqu’à l’appui de l’étranger.»[128] [«Hoy los criminales, a quienes ni siquiera quisisteis perseguir, abusan de vuestra magnanimidad y organizan un foco de conspiración monárquica a las mismas puertas de la ciudad. Invocan la guerra civil, emplean toda clase de métodos corruptos, aceptan cualquier complicidad, se atreven incluso a mendigar el apoyo del extranjero.»]

Thiers

El 25 de abril, al recibir a los alcaldes, tenientes de alcalde y concejales municipales de las comunas suburbanas del Sena, Thiers dijo:

«La République existe. Le chef de pouvoir exécutif n’est qu’un simple citoyen.» [«La República existe. El jefe del poder ejecutivo no es más que un simple ciudadano.»]

El progreso de Francia desde 1830 hasta 1871, según el señor Thiers, consiste en esto: en 1830 Luis Felipe era «la mejor de las Repúblicas». En 1871, el fósil ministerial del reinado de Luis Felipe, el propio enano de Thiers, es la mejor de las Repúblicas.

El señor Thiers inauguró su régimen con una usurpación. La Asamblea Nacional lo nombró jefe del ministerio de la Asamblea; él se nombró a sí mismo jefe del Ejecutivo de Francia.

La Asamblea y la Revolución de París

La Asamblea, convocada al dictado del invasor extranjero, no había sido elegida —como se establece claramente en el convenio de Versalles del 29 de enero— más que para un solo fin: decidir la continuación de la guerra o pactar las condiciones de paz. Al llamar al pueblo francés a las urnas, los capituladores de París definieron con toda claridad esa misión específica de la Asamblea, y ello explica en gran parte su composición misma. Como la continuación de la guerra se había hecho imposible por las propias condiciones del armisticio humildemente aceptado por los capituladores, la Asamblea no tenía en realidad más que registrar una paz vergonzosa, y para semejante cometido los peores hombres de Francia eran los mejores.

La República fue proclamada el 4 de septiembre, no por los leguleyos que se instalaron en el Hôtel de Ville como Gobierno de Defensa, sino por el pueblo de París. Fue aclamada en toda Francia sin una sola voz disidente. Conquistó su propia existencia mediante una guerra de cinco meses, cuya piedra angular fue la prolongada resistencia de París. Sin esa guerra, sostenida por la República y en nombre de la República, el Imperio habría sido restaurado por Bismarck tras la capitulación de Sedán, los leguleyos con el señor Thiers a la cabeza habrían tenido que capitular no por París, sino a cambio de garantías personales contra un viaje a Cayena, y jamás se habría oído hablar de la Asamblea Rural. Esta se reunió solo por gracia de la revolución republicana, incoada en París. No siendo una Asamblea constituyente, como el propio señor Thiers ha repetido hasta la náusea, no habría tenido siquiera el derecho de proclamar la destitución de la dinastía Bonaparte, de no ser como mero cronista de los incidentes ya pasados de la Revolución Republicana. Por tanto, el único poder legítimo en Francia es la Revolución misma, centrada en París. Esa Revolución no se hizo contra Napoleón el Pequeño, sino contra las condiciones sociales y políticas que engendraron el Segundo Imperio, que bajo su égida recibieron su último acabado y que, como la guerra con Prusia reveló de manera flagrante, dejarían a Francia convertida en un cadáver si no las sustituían las potencias regeneradoras de la Revolución de la clase obrera francesa. Las tentativas de la Asamblea Rural, que solo ostenta un poder de apoderado frente a la Revolución, de firmar el desastroso pagaré entregado por su actual «Ejecutivo» al invasor extranjero; su intento de tratar a la Revolución como a su propio capitulador, constituyen, por tanto, una usurpación monstruosa. Su guerra contra París no es más que una cobarde Chouannerie[129] al amparo de las bayonetas prusianas. Es una pura conspiración para asesinar a Francia, a fin de salvar los privilegios, los monopolios y los lujos de las clases degeneradas, caducas y putrefactas que la han arrastrado al abismo del que solo puede sacarla la mano hercúlea de una auténtica Revolución Social.

El mejor ejército de Thiers

Incluso antes de convertirse en «hombre de Estado», el señor Thiers había dado pruebas de sus dotes de embustero como historiador. Pero la vanidad, tan característica de los hombres enanos, lo ha llevado esta vez a lo sublime de lo ridículo. Su ejército del Orden, la hez de la soldatesca bonapartista recién reimportada, por gracia de Bismarck, de las prisiones prusianas, los zuavos pontificios,[92] los chuanes[91] de Charette, los vendeanos de Cathelineau, los «municipales»[130] de Valentin, los ex sergents de ville de Piétri y los gendarmes corsos de Valentin, que bajo Luis Bonaparte solo eran los espías del ejército, pero que bajo el señor Thiers forman su flor guerrera, todo ello bajo la supervisión de mouchards con charreteras y bajo el mando de los mariscales decembristas prófugos que ya no tenían honor que perder: a esta pandilla abigarrada, contrahecha y avergonzada la llama el señor Thiers «el mejor ejército que Francia haya poseído jamás». Si permite que los prusianos sigan acantonados en Saint-Denis, es solo para aterrorizarlos con la vista del «mejor ejército» de Versalles.

Thiers

Pequeñas bribonadas de Estado.

Eterno instigador de intrigas parlamentarias, el señor Thiers nunca fue otra cosa que un periodista «hábil» y un diestro esgrimista de la palabra, un maestro de la bribonada parlamentaria, un virtuoso del perjurio, un artífice de todas las pequeñas estratagemas, viles perfidias y sutiles ardides de la guerra de partidos parlamentaria. Este gnomo maléfico encantó a la burguesía francesa durante medio siglo porque es la más fiel expresión intelectual de la corrupción de su propia clase. Cuando militaba en las filas de la oposición, ensayaba una y otra vez su manida homilía de las «libertés nécessaires», para pisotearlas cuando estaba en el poder. Fuera del gobierno, solía amenazar a Europa con la espada de Francia. ¿Y cuáles fueron, en realidad, sus realizaciones diplomáticas? Embucharse en 1841 la humillación del tratado de Londres,[131] precipitar la guerra con Prusia con sus declamaciones contra la unidad alemana, comprometer a Francia en 1870 con su gira mendicante por todas las cortes de Europa, firmar en 1871 la capitulación de París para aceptar una «paz a cualquier precio» e implorar de Prusia una concesión: permiso y medios para desatar una guerra civil en su propio país oprimido. Para un hombre de su calaña, los mecanismos subterráneos de la sociedad moderna siempre fueron, por supuesto, desconocidos; pero ni siquiera los cambios palpables en su superficie logró comprender. Por ejemplo, toda desviación del viejo sistema proteccionista francés la denunciaba como un sacrilegio y, como ministro de Luis Felipe, llegó al extremo de tratar desdeñosamente la construcción de ferrocarriles como una quimera insensata, e incluso bajo Luis Bonaparte se opuso con saña a cualquier reforma de la podrida organización del ejército francés. Un hombre sin ideas, sin convicciones y sin coraje.

Un «revolucionario» profesional en el sentido de que, en su afán de ostentación, de ejercer el poder y de meter las manos en el Erario Nacional, nunca vaciló, cuando se veía relegado a las bancas de la oposición, en agitar las pasiones populares y provocar una catástrofe para desplazar a un rival; es al mismo tiempo un hombre de la más superficial rutina, etc. A la clase obrera la injuriaba llamándola «la vil multitud». Uno de sus antiguos colegas en las asambleas legislativas, contemporáneo suyo, capitalista y sin embargo miembro de la Comuna de París, el señor Beslay, se dirige a él en una alocución pública:

«El sometimiento (asservissement) del trabajo al capital: tal es el “fonds” [“fundamento”] de vuestra política, y [desde] el día en que visteis instalarse en el Hôtel de Ville la República del Trabajo, no habéis cesado de clamar a Francia: “¡Son unos criminales!”».

No es extraño que el señor Thiers haya ordenado a su ministro del Interior, Ernest Picard, que impida a «la Asociación Internacional» comunicarse con París (sesión de la Asamblea del 28 de marzo). Circulaire de Thiers aux préfets et sous-préfets [Circular de Thiers a los prefectos y subprefectos]:

«Los buenos obreros, tan numerosos comparados con los malos, deben saber que si el pan vuelve a desaparecer de sus bocas, se lo deben a los adeptos de la Internacional, que son los tiranos del trabajo, del que ellos se pretenden los libertadores».

Sin la Internacional...

(Jetzt die Geldgeschichte.) (Er und Favre haben ihr Geld nach London übersiedelt.) [(Ahora, el asunto del dinero.) (Él y Favre han enviado su dinero a Londres.)] Hay un proverbio que dice que cuando riñen los bribones, sale la verdad a relucir. Nada mejor, pues, para rematar el retrato de Thiers que las palabras del Monitor de Londres del amo de sus generales de Versalles. Dice el Situation[132] en su número del 28 de marzo:

«Nunca ha sido ministro el señor Thiers sin empujar a los soldados a la matanza del pueblo; él, el parricida, el hombre del incesto, el peculador, el plagiario, el traidor, el ambicioso, el impuissant [impotente]».

Astuto en ardides y hábil en argucias.

Aliado con los republicanos antes de la Revolución de Julio, se deslizó hasta su primer ministerio bajo Luis Felipe desplazando a Laffitte, su antiguo protector. Su primer acto fue arrojar a la cárcel a su viejo colaborador Armand Carrel. Se insinuó con Luis Felipe como espía y comadrón- carcelero de la duquesa de Berry, pero su actividad se centró en la matanza de los republicanos parisienses insurrectos en la calle Transnonain y en las leyes de septiembre contra la prensa,[47] para ser luego arrojado a un lado como un instrumento ya mellado. Tras intrigar de nuevo hasta alcanzar el poder en 1840, planeó las fortificaciones de París, a las que se opuso todo el partido democrático, salvo los republicanos burgueses del National, por considerarlas un atentado contra la libertad de París. El señor Thiers replicó a sus protestas desde la tribuna de la Cámara de Diputados:

«Quoi? Imaginer que des ouvrages de fortification quelconque peuvent nuire a la liberté. ... C’est se placer hors de toute réalité. Et d’abord, c’est calomnier un gouvernement quel qu’il soit de supposer qu’il puisse un jour chercher à se maintenir en bombardant la capitale. Quoi? Après avoir percé de ses bombes la voûte des Invalides ou du Panthéon, après avoir inondé de ses feux la demeure de vos familles, il se présenterait à vous pour vous demander la confirmation de son existence! Mais il serait cent fois plus impossible après la victoire qu’auparavant.» [Cámara de Diputados: «¡Cómo! Imaginar que cualesquiera obras de fortificación puedan jamás poner en peligro la libertad... Eso es situarse fuera de toda realidad. Y, en primer lugar, es calumniar a un gobierno, sea cual fuere, suponer que algún día pudiera tratar de mantenerse bombardeando la capital. ¡Cómo! Después de haber perforado con sus bombas la bóveda de los Inválidos o del Panteón, después de haber inundado con sus fuegos la morada de vuestras familias, ¿se presentaría ante vosotros para pediros la confirmación de su existencia? ¡Pero sería cien veces más imposible después de la victoria que antes!»].

En efecto, ni el gobierno de Luis Felipe ni el de la Regencia bonapartista se atrevieron a retirarse de París y bombardearla. Este empleo de las fortificaciones estaba reservado al señor Thiers, su primer urdidor.

Cuando el rey Bomba[49] de Nápoles bombardeó Palermo en enero de 1848, el señor Thiers declaró de nuevo en la Cámara de Diputados: «Vous savez, Messieurs, ce qui se passe à Palerme: vous avez tous tressailli d’horreur en apprenant que, pendant 48 heures, une grande ville a été bombardée. Par qui? Etait-ce par un ennemi étranger, exerçant les droits de la guerre? Non, Messieurs, par son propre gouvernement. Et pourquoi? Parce que cette ville infortunée demandait des droits. Eh bien! pour la demande de ses droits il y a eu 48 heures de bombardement. Permettez-moi d’en appeler à l’opinion européenne. C’est un service à rendre à l’humanité que de venir, du haut de la plus grande tribune peut-être de l’Europe, faire retentir quelques paroles d’indignation contre de tels actes. Messieurs, lorsque, il y a 50 ans, les Autrichiens, exerçant les droits de la guerre, pour s’épargner les longueurs d’un siège, voulurent bombarder Lille, lorsque plus tard les Anglais, qui exerçaient aussi les droits de la guerre, bombardèrent Copenhague, et tout récemment, quand le régent Espartero, qui avait rendu des services à son pays, pour réprimer une insurrection, a voulu bombarder Barcelone, dans tous les partis, il y a eu une générale indignation.» [«Sabéis, señores, lo que ocurre en Palermo: todos vosotros os habéis estremecido de horror al saber que, durante 48 horas, una gran ciudad ha sido bombardeada. ¿Por quién? ¿Acaso por un enemigo extranjero que ejerce los derechos de la guerra? No, señores, por su propio gobierno. ¿Y por qué? Porque esa ciudad desdichada reclamaba sus derechos. ¡Pues bien! Por reclamar sus derechos ha sufrido 48 horas de bombardeo. Permitidme apelar a la opinión europea. Es un servicio que se presta a la humanidad venir desde la más alta tribuna, tal vez, de Europa, a hacer resonar algunas palabras de indignación contra semejantes actos. Señores, cuando, hace 50 años, los austríacos, ejerciendo los derechos de la guerra, para ahorrarse las lentitudes de un asedio, quisieron bombardear Lille, cuando más tarde los ingleses, que también ejercían los derechos de la guerra, bombardearon Copenhague, y muy recientemente, cuando el regente Espartero, que había prestado servicios a su país, para reprimir una insurrección, quiso bombardear Barcelona, en todos los partidos hubo una indignación general.»]

Poco más de un año después, Thiers oficiaba como el más fogoso apologista del bombardeo de Roma por las tropas de la República Francesa, y ensalzaba a su amigo, el general Changarnier, por haber pasado a sable a los guardias nacionales parisinos que protestaban contra esta violación de la Constitución francesa.

Pocos días antes de la Revolución de Febrero de 1848, impacientándose por el largo exilio del poder al que Guizot lo había condenado, [y] oliendo la creciente agitación de las masas, de la cual esperaba que le permitiera desbancar a su rival e imponerse a Luis Felipe, Thiers exclamó en la Cámara de Diputados:

«Je suis du parti de la révolution, tant en France qu’en Europe. Je souhaite que le gouvernement de la révolution reste dans les mains des hommes modérés. ... Mais quand ce gouvernement passerait dans les mains d’hommes ardents, fût-ce des radicaux, je n’abandonnerai pas ma cause pour cela. Je serai toujours du parti de la révolution.» [«Soy del partido de la revolución, tanto en Francia como en Europa. Deseo que el gobierno de la revolución permanezca en manos de hombres moderados... Pero si ese gobierno pasara a manos de hombres ardientes, aunque fueran radicales, no por ello abandonaré mi causa. Seré siempre del partido de la revolución.»]

Sofocar la Revolución de Febrero fue su ocupación exclusiva desde el día en que se proclamó la República hasta el golpe de Estado.

Durante los primeros días que siguieron a la explosión de Febrero se ocultó ansiosamente, pero los obreros de París lo despreciaban demasiado para odiarlo. Aun así, con su notoria cobardía, que hizo que Armand Carrel respondiera a su jactancia de que «un día moriría a orillas del Rin»: «Tú morirás en una cloaca», no se atrevió a desempeñar papel alguno en la escena pública antes de que las fuerzas populares fueran quebrantadas mediante la masacre de los insurgentes de junio. Se limitó primero a la dirección secreta de la conspiración de la reunión [del partido] de la Rue de Poitiers que desembocó en la Restauración del Imperio, hasta que el escenario quedó lo bastante despejado para reaparecer públicamente en él.

Durante el sitio de París, ante la cuestión de si París estaba a punto de capitular, Jules Favre respondió que, para pronunciar la palabra capitulación, ¡hacía falta el bombardeo de París! Esto explica sus protestas melodramáticas contra el bombardeo prusiano, indicando que este último era un bombardeo simulado, mientras que el bombardeo de Thiers es una realidad severa.

Saltimbanqui parlamentario.

Lleva 40 años en el escenario. Jamás ha iniciado una sola medida útil en departamento alguno del Estado o de la vida. Vanidoso, escéptico, epicúreo, jamás ha escrito ni hablado por las cosas. A sus ojos, las cosas mismas son meros pretextos para el lucimiento de su pluma o de su lengua. Excepto su sed de cargo, de dinero y de ostentación, no hay nada real en él, ni siquiera su chovinismo.

En la auténtica vena de los vulgares periodistas profesionales, ora se burla en sus boletines [del] mal aspecto de sus prisioneros de Versalles, ora comunica que los rurales están «à leur aise [a sus anchas]», ora se cubre de ridículo con su boletín sobre la toma de Moulin-Saquet (4 de mayo), donde se hicieron 300 prisioneros.

«Le reste des insurgés s’est enfui à toutes jambes, laissant 150 morts et blessés sur le champ de bataille» [«El resto de los insurgentes huyó a todo correr, dejando 150 muertos y heridos en el campo de batalla»], y añade con irritación: «Voilà la victoire que la Commune peut célébrer demain dans ses bulletins.» «Paris sera sous peu délivré de ses terribles tyrans qui l’oppriment.» [«He ahí la victoria que la Comuna puede celebrar mañana en sus boletines.» «París será liberado en breve de los terribles tiranos que lo oprimen.»]

París – el «París» de la masa del pueblo de París que lucha contra él no es «París». «París... eso es el rico, el capitalista, el ocioso» (¿por qué no el guisado cosmopolita?). Éste es el París del señor Thiers. El París real, el París que trabaja, piensa, lucha, el París del pueblo, el París de la Comuna es una «vil multitud». Ahí está todo el planteamiento del señor Thiers, no sólo para París, sino para Francia. El París que mostró su coraje en la «procesión pacífica» y en la escapada de Saisset, que ahora se agolpa en Versalles, en Rueil, en St. Denis, en St. Germain-en-Laye, seguido por las cocottes que se pegan al «hombre de la religión, la familia, el orden y la propiedad» (el París de las clases realmente «peligrosas», de las clases explotadoras y holgazanas) («los franc-fileurs»[89]) y que se divierte mirando con el telescopio la batalla que se libra, para quienes «la guerra civil no es más que una agradable diversión»: ése es el París del señor Thiers (como la emigración de Coblenza era la Francia del señor de Calonne). En su vena de periodista vulgar, no sabe siquiera guardar una fingida dignidad, sino que asesina a las mujeres, niñas y niños hallados bajo las ruinas de Neuilly, por no apartarse de la etiqueta de la «legitimidad». Forzosamente ha de iluminar las elecciones municipales que ha ordenado en Francia con el incendio de Clamart, abrasado por bombas de petróleo. Los historiadores romanos redondean

el carácter de Nerón diciéndonos que el monstruo se gloriaba de ser coplero y comediante. Pero elevad a un simple periodista profesional y saltimbanqui parlamentario como Thiers al poder, y superará en neroneidad a Nerón.

Él representa sólo su papel como instrumento ciego de los intereses de clase al permitir que los «generales» bonapartistas se venguen de París; pero representa su papel personal en la pequeña farsa secundaria de boletines, discursos, proclamas, en la que se traslucen la vanidad, la vulgaridad y el gusto más bajo del periodista.

Se compara con Lincoln y a los parisinos con los esclavistas rebeldes del Sur. ¡Los sudistas luchaban por la esclavitud del trabajo y la secesión territorial de los Estados Unidos. París lucha por la emancipación del trabajo y por la secesión del poder de los parásitos del Estado de Thiers, de los aspirantes a esclavistas de Francia!

En su discurso a los alcaldes

«On peut compter sur ma parole à laquelle je n’ai jamais manqué!» [«¡Podéis contar con mi palabra, que jamás he quebrantado!»]

«L’assemblée est une des plus libérales qu’ait nommée la France.» [«La Asamblea es una de las más liberales que ha nombrado Francia.»]

Er wird die Republik retten [Él salvará la República]

«pourvu que l’ordre et le travail ne soient pas perpétuellement compromis par ceux qui se prétendent les gardiens particuliers du salut de la République.» [«con tal de que el orden y el trabajo no se vean perpetuamente comprometidos por quienes pretenden ser los guardianes particulares de la salvación de la República.»]

In der Sitzung der Assemblée vom 27 April sagt er: «L’assemblée est plus libérale que lui-même!» [En la sesión de la Asamblea del 27 de abril dice: «¡La Asamblea es más liberal que él mismo!»]

Él, cuyo triunfo retórico en la manga fue siempre la denuncia de los tratados de Viena, ¡firma el tratado de París,[133] no sólo el desmembramiento de una parte de Francia, (no sólo la ocupación de casi la mitad de ella), sino los millardos de indemnización, sin siquiera pedir a Bismarck que especifique y pruebe sus gastos de guerra! ¡Ni siquiera permite a la Asamblea de Burdeos discutir los párrafos de su capitulación!

Él, que durante toda su vida vituperó a los Borbones por haber regresado a remolque de ejércitos extranjeros y por su comportamiento indigno para con los aliados que ocupaban Francia tras la conclusión de la paz,[134] ¡no pide a Bismarck en el tratado más que una concesión: 40.000 soldados para someter a París (como Bismarck declaró en la Dieta). París estaba, para todos los fines de defensa interna y [oposición a] la agresión extranjera, plenamente asegurado por su Guardia Nacional armada, pero Thiers añadió de inmediato [al] carácter de capitulación de París ante el extranjero, el carácter de capitulación de París ante sí mismo y Compañía. Esta estipulación era una estipulación para la guerra civil. Esa guerra misma la abre no sólo con el permiso pasivo de Prusia, sino con las facilidades que ella le presta, ¡con las tropas francesas cautivas que ella le envía magnánimamente desde las mazmorras alemanas! En sus boletines, en sus discursos y los de Favre en la Asamblea, se arrastra por el polvo ante Prusia y amenaza a París cada ocho días con su intervención, después de no haber logrado obtenerla, como declaró el propio Bismarck. ¡Los Borbones eran la dignidad misma comparados con este saltimbanqui, este gran apóstol del chovinismo!

Tras el descalabro de Prusia (paz de Tilsit de 1807), su gobierno sintió que sólo podía salvarse a sí mismo y al país mediante una gran regeneración social (revolución). Naturalizó en Prusia, a pequeña escala, dentro de los límites de una monarquía feudal, los resultados de la Revolución Francesa. Liberó al campesino, etc.[135]

Después de la derrota de Crimea, la cual, por mucho que Rusia hubiera salvado su honor con la defensa de Sebastopol y deslumbrado al extranjero con sus triunfos diplomáticos en París, puso al descubierto en su país la podredumbre de su sistema social y administrativo, su gobierno emancipó a los siervos y reformó todo su sistema administrativo y judicial.[136] En ambos países, la audaz reforma social fue trabada y limitada en su carácter porque fue otorgada desde el trono y no conquistada por el pueblo. Aun así, hubo grandes cambios sociales, que abolieron los peores privilegios de las clases dominantes y modificaron la base económica de la vieja sociedad. Sentían que la gran enfermedad solo podía curarse con medidas heroicas. Sentían que solo podían responder a los vencedores con reformas sociales, llamando a la vida elementos de regeneración popular. ¡La catástrofe francesa de 1870 no tiene paralelo en la historia del mundo moderno! Mostró a la Francia oficial, la Francia de Luis Bonaparte, la Francia de las clases dominantes y sus parásitos del Estado: un cadáver putrefacto. ¿Y cuál es el primer intento de los hombres infames que, mediante una sorpresa al pueblo, se apoderaron de su gobierno y que continúan detentándolo por medio de una conspiración con el invasor extranjero, cuál es su primer intento? Asesinar, bajo el patrocinio prusiano, mediante la soldadesca de Luis Bonaparte y la policía de Piétri, la gloriosa obra de regeneración popular iniciada en París, convocar a todos los viejos espectros legitimistas, derrotados por la Revolución de Julio, a los fósiles estafadores de Luis Felipe, derrotados por la Revolución de Febrero, ¡y celebrar una orgía de contrarrevolución! ¡Semejante heroísmo en el rebajamiento exagerado de sí mismo no tiene precedentes en los anales de la historia! Pero, lo que es más característico, en lugar de provocar un grito general de indignación por parte de la Europa y la América oficiales, suscita una corriente de simpatía y de encendida denuncia contra París. ¡Esto prueba que París, fiel a sus antecedentes históricos, busca la regeneración del pueblo francés convirtiéndolo en el paladín de la regeneración de la vieja sociedad, haciendo de la regeneración social de la humanidad la causa nacional de Francia! Es la emancipación de la clase productora respecto de las clases explotadoras, de sus secuaces y de sus parásitos del Estado, que demuestran la verdad del adagio francés: “les valets du diable sont pires que le diable himself” [“los criados del diablo son peores que el diablo mismo”]. ¡París ha izado la bandera de la humanidad!

18 de marzo: El gobierno impuso “un sello de 2 céntimos a cada ejemplar de toda publicación periódica, cualquiera que fuera su naturaleza”. “Prohibido fundar nuevos periódicos hasta el levantamiento del estado de sitio.”

Las diferentes fracciones de la burguesía francesa tuvieron sucesivamente sus reinados: los grandes terratenientes bajo la Restauración (los viejos Borbones), los capitalistas bajo la monarquía parlamentaria de Julio (Luis Felipe), mientras que sus elementos bonapartistas y republicanos seguían agitándose en segundo plano. Sus querellas de partido e intrigas se llevaban a cabo, por supuesto, bajo el pretexto del bienestar público, y cuando una revolución popular se desembarazaba de esas monarquías, la otra se instalaba.

Todo esto cambió con la República (febrero). Todas las fracciones de la burguesía se unieron en el Partido del Orden, es decir, el partido de los propietarios y capitalistas, coaligados para mantener la subyugación económica del trabajo y la maquinaria estatal represiva que la sostenía. En lugar de una monarquía, cuyo mismo nombre significaba el predominio de una fracción burguesa sobre la otra, una victoria de un lado y una derrota del otro (el triunfo de un lado y la humillación del otro), la República era la sociedad anónima por acciones de las fracciones burguesas combinadas, de todos los explotadores del pueblo agrupados, y, en efecto, legitimistas, bonapartistas, orleanistas, republicanos burgueses, jesuitas y volterianos se abrazaban unos a otros, ya sin ocultarse bajo el amparo de la corona, ya sin poder interesar al pueblo en sus querellas de partido disfrazándolas de luchas por los intereses populares, ya sin subordinarse los unos a los otros. Antagonismo directo y confeso de su dominación de clase frente a la emancipación de las masas productoras: el orden, nombre dado a las condiciones económicas y políticas de su dominación de clase y de la servidumbre del trabajo, esta forma anónima o republicana del régimen burgués, esta república burguesa, esta República del Partido del Orden, es el más odioso de todos los regímenes políticos. Su tarea directa, su única razón de ser, es aplastar al pueblo. Es el terrorismo de la dominación de clase. La cosa se hace de este modo. Después de que el pueblo ha combatido y hecho la Revolución, proclamado la República y abierto paso a una Asamblea Nacional, los burgueses, cuyas conocidas profesiones republicanas son garantía de su “República”, son empujados al primer plano del escenario por la mayoría de la Asamblea, compuesta por los enemigos vencidos y confesos de la República. A los republicanos se les confía la tarea de incitar al pueblo a caer en la trampa de una insurrección, para ser aplastado a sangre y fuego. Este papel lo desempeñó el partido del National con Cavaignac a la cabeza después de la Revolución de Febrero (mediante la insurrección de junio). Con su crimen contra las masas, estos republicanos pierden entonces su poder. Han cumplido su tarea, y, si bien se les permite apoyar al Partido del Orden en su lucha general contra el proletariado, son al mismo tiempo desplazados del gobierno, obligados a retroceder a las últimas filas y solo se les tolera “a prueba”. Los burgueses realistas coaligados se convierten entonces en los padres de la República, se instaura el verdadero dominio del “Partido del Orden”. Una vez quebradas por el momento las fuerzas materiales del pueblo, comienza, pieza por pieza, la obra de la reacción: la demolición de todas las concesiones conquistadas en cuatro revoluciones. El pueblo se ve exasperado hasta la locura no solo por los actos del Partido del Orden, sino por el cinismo descarado con que se le trata como vencido, con que, en su propio nombre, en nombre de la República, esa gentuza ruin lo gobierna con soberanía. Por supuesto, esa forma espasmódica de despotismo anónimo de clase no puede durar mucho, solo puede ser una fase transitoria. Sabe que se sienta sobre un volcán revolucionario. Por otra parte, si el Partido del Orden está unido en su guerra contra la clase obrera, en su calidad de Partido del Orden, el juego de intrigas de sus diferentes fracciones, unas contra otras, cada una por el predominio de su interés peculiar en el viejo orden social, cada una por la restauración de su propio pretendiente y ambiciones personales, entra en pleno vigor tan pronto como su dominio parece asegurado (garantizado) por la destrucción de las fuerzas revolucionarias materiales. Esta combinación de una guerra común contra el pueblo y una conspiración común contra la República, combinada con las disensiones internas de sus gobernantes y su juego de intrigas, paraliza la sociedad, disgusta y confunde a las masas de la clase media* y “perturba” los negocios, manteniéndolas en un estado crónico de inquietud. Bajo este régimen se crean (se han engendrado) todas las condiciones del despotismo, pero un despotismo sin quietud, un despotismo con la anarquía parlamentaria a su cabeza. Entonces llega la hora del golpe de Estado, y el hato incapaz tiene que ceder su puesto a cualquier pretendiente afortunado, poniendo fin a la forma anónima de dominación de clase. De esta manera Luis Bonaparte puso fin a la república burguesa después de sus 4 años de existencia. Durante todo ese tiempo Thiers fue el “âme damnée” [instrumento] del Partido del Orden, que en nombre de la República hacía la guerra a la República, una guerra de clase contra el pueblo, y, en realidad, creó el Imperio. Desempeñó exactamente el mismo papel ahora que entonces, solo que entonces como simple intrigante parlamentario, ahora como jefe del Ejecutivo. Si no resulta vencido por la Revolución, será, como entonces, un instrumento burlado. Cualquiera que sea el gobierno que le suceda, su primer acto será desechar al hombre que entregó Francia a Prusia y bombardeó París.

Thiers albergaba muchos agravios contra Luis Bonaparte. Este lo había utilizado como instrumento y como incauto. Lo había asustado (afectado sus nervios) con su arresto después del golpe de Estado. Lo había anulado al suprimir el régimen parlamentario, el único bajo el cual un mero parásito del Estado, como Thiers, un mero charlatán, puede desempeñar un papel político. Por último, y no menos importante, Thiers, habiendo sido el histórico limpiabotas de Napoleón, había descrito durante tanto tiempo sus hazañas, que llegó a imaginarse que él mismo las había realizado. La legítima caricatura de Napoleón I no era, a sus ojos, Napoleón el Pequeño, sino el pequeño Thiers. Con todo, no hubo infamia cometida por Luis Bonaparte que no fuera respaldada por Thiers, desde la ocupación de Roma por las tropas francesas hasta la guerra con Prusia.

Sólo un hombre de cabeza tan hueca puede imaginar por un solo instante que una República con él a la cabeza, con una Asamblea Nacional mitad legitimista, mitad orleanista, con un ejército bajo jefes bonapartistas, no lo echará a un lado en caso de resultar victoriosa.

No hay nada más grotescamente horrendo que un Pulgarcito que pretende actuar como (desempeñar el papel de) un Timur Tamerlán. En él, los actos de crueldad no son solo cuestión de negocio, sino una cosa de exhibición teatral (efecto escénico) de fantástica vanidad. ¡Escribir “sus” boletines, hacer gala de “su” severidad, tener “sus” tropas, “su” estrategia, “sus” bombardeos, “sus” bombas de petróleo, ocultar “su” cobardía bajo la sangre fría con que permite a los esquirols decembristas vengarse de París! ¡Esta especie de heroísmo en la bajeza exagerada! ¡Se regocija del importante papel que desempeña y del ruido que mete en el mundo! ¡Realmente se imagina ser un gran hombre: y cuán gigantescamente (titánicamente) él, el enano, el charlatán parlamentario, debe aparecer a los ojos del mundo! ¡En medio de las horrendas escenas de esta guerra, uno no puede dejar de sonreír ante las ridículas cabriolas que hace la vanidad de Thiers! M. Thiers es un hombre de vívida imaginación, por sus venas corre una vena de artista, y una vanidad de artista capaz de engañarlo para que crea en sus propias mentiras, y en su propia grandeza.

Por todos los discursos, boletines, etc., de Thiers, corre una vena de exaltada vanidad.

Ese affreux Triboulet.[j]

Espléndido bombardeo (con bombas de petróleo) desde Mont-Valérien, destruyó una parte de las casas en Les Ternes dentro de la muralla (?), con un grandioso incendio y un estruendo de cañón aterrador que sacudió todo París. Bombas lanzadas a propósito hacia los barrios de Les Ternes y los Campos Elíseos.

Bombas explosivas, bombas de petróleo.

La Comuna

El glorioso gacetillero de a penique británico ha hecho el espléndido descubrimiento de que esto no es lo que solíamos entender por autogobierno. Por supuesto, no lo es. No es la autoadministración de las ciudades por regidores engullidores de sopa de tortuga, juntas parroquiales que hacen chanchullos y feroces guardianes de workhouses. No es la autoadministración de los condados por los poseedores de extensas acres, largas bolsas y cabezas vacías. No es la abominación judicial de los “Grandes No Remunerados”.[137] No es el autogobierno político del país por medio de un club oligárquico y la lectura del periódico The Times. Es el pueblo actuando por sí mismo por sí mismo.

¡Dentro de esta guerra de caníbales, lo más repugnante, los gritos “literarios” del horrible gnomo sentado a la cabeza del gobierno!

¡El trato feroz a los prisioneros de Versalles no se interrumpió ni un momento, y su asesinato a sangre fría se reanudó tan pronto como Versalles se convenció de que la Comuna era demasiado humana para ejecutar su decreto de represalias!

El Journal de París (en Versalles) dice que 13 soldados de línea hechos prisioneros en la estación de ferrocarril de Clamart fueron fusilados sin más, y que todos los prisioneros que vistan uniformes de línea y lleguen a Versalles serán ejecutados en cuanto se disipen las dudas sobre su identidad.

El señor Alejandro Dumas, hijo, cuenta que un joven que ejercía las funciones, si no llevaba el título, de general, fue fusilado cuando hubo marchado (en custodia) unos cientos de yardas por una carretera.

5 de mayo, Mot d’ordre:[138] Según La Liberté, que aparece en Versalles, “todos los soldados del ejército regular que fueron hallados en Clamart entre los insurgentes fueron fusilados sobre el terreno” (¡por Lincoln-Thiers!) (Lincoln reconoció los derechos de beligerancia.) “¡Éstos son los hombres que denuncian en los muros de todas las comunas francesas a los parisinos como asesinos!” ¡Los bandidos!

Desmarêt.

Diputación de la Comuna a Bicêtre (27 de abril) para hacer una pesquisa sobre los 4 guardias nacionales del 185.° batallón de marcha de la Guardia Nacional, donde visitaron al único superviviente (gravemente herido) Scheffer. [Diputación de la Comuna a Bicêtre (27 de abril), donde visitaron al único superviviente (gravemente herido) Scheffer para inquirir acerca de los cuatro guardias nacionales del 185.° Batallón de Infantería de la Guardia Nacional.]

“El enfermo declaró que el 15 de abril, en Belle-Epine, cerca de Villejuif, él y tres de sus camaradas fueron sorprendidos por los cazadores a caballo, que les dijeron que se rindieran. Como les era imposible oponer una resistencia útil contra las fuerzas que los rodeaban, arrojaron sus armas al suelo y se rindieron. Los soldados los rodearon, los hicieron prisioneros sin ejercer violencia ni amenaza alguna contra ellos. Ya llevaban prisioneros desde hacía algunos instantes, cuando llegó un capitán de los cazadores a caballo y se precipitó sobre ellos, revólver en puño. Hizo fuego sobre uno de ellos sin decir una sola palabra y lo tendió muerto en el acto, luego hizo lo mismo con el guardia Scheffer, que recibió una bala en pleno pecho y cayó al lado de sus camaradas. Los otros dos guardias se echaron atrás aterrorizados ante esta infame agresión, pero el feroz capitán se precipitó sobre los dos prisioneros y los mató con otros dos tiros de revólver. Los cazadores, tras estos actos de atroz y feroz cobardía, se retiraron con su jefe, dejando a sus víctimas tendidas en el suelo.” [139] [“El herido declaró que el 15 de abril, en Belle-Epine, cerca de Villejuif, él y tres camaradas fueron atacados por soldados de caballería que les dijeron que se rindieran. Como era imposible oponer una resistencia eficaz contra las fuerzas que los rodeaban, arrojaron las armas al suelo y se rindieron. Los soldados los rodearon y los tomaron prisioneros sin usar violencia ni amenazas. Llevaban varios minutos prisioneros cuando un capitán de caballería llegó y se abalanzó sobre ellos revólver en mano. Sin mediar palabra disparó contra uno de ellos y lo mató; de la misma manera disparó contra el guardia Scheffer, que recibió una bala en el pecho y cayó junto a sus camaradas. Aterrorizados por este vil ataque, los otros dos guardias retrocedieron, pero el frenético capitán se abalanzó sobre ellos y los mató con dos tiros de revólver. Tras estos atroces e innobles actos, los soldados de caballería se retiraron con su jefe, dejando a sus víctimas tendidas en el suelo.”]

El “New York Tribune” [140] supera a los periódicos de Londres.

La “Asamblea Nacional más liberal y más libremente elegida que haya existido jamás en Francia” del señor Thiers es de la misma calaña que su “mejor ejército que Francia jamás haya poseído”. Esta senil Chambre introuvable, elegida con un falso pretexto, se compone casi exclusivamente de legitimistas y orleanistas. ¡Las elecciones municipales, realizadas bajo el propio Thiers el 30 de abril, muestran su relación con el pueblo francés! De los 700.000 concejales (en números redondos) elegidos por las 35.000 comunas que aún quedan en la Francia mutilada, 200 son legitimistas, 600 orleanistas, 7.000 bonapartistas declarados y todo el resto, republicanos o comunistas.[l] (Versailles Cor., Daily News, 5 de mayo.) ¿Hace falta alguna otra prueba de que esta Asamblea con la momia orleanista Thiers a su cabeza representa una minoría usurpadora?

París

El señor Thiers presentó una y otra vez a la Comuna como el instrumento de un puñado de “presidiarios” y “licenciados de presidio”, de la escoria de París. ¡Y este “puñado” de desesperados mantiene en jaque desde hace más de 6 semanas al “mejor ejército que Francia jamás haya poseído”, dirigido por el invencible MacMahon e inspirado por el genio del propio Thiers!

Las hazañas de los parisinos no sólo lo han refutado. Todos los elementos de París han hablado.

“No hay que confundir en modo alguno el movimiento de París con la sorpresa de Montmartre, la cual no fue sino la ocasión y el punto de partida; este movimiento es general y profundo en la conciencia de París; la mayor parte incluso de aquellos que, por una u otra causa, se han mantenido al margen, no por ello niegan su legitimidad social.” [“No hay que confundir el movimiento de París con el ataque por sorpresa de Montmartre, siendo este último sólo la causa y el punto de partida; este movimiento es general y cala hondo en la conciencia de París; incluso la mayoría de aquellos que por una u otra razón se mantienen al margen no niegan su legitimidad social.”]

¿Quién dice esto? Los delegados de las Cámaras sindicales, hombres que hablan en nombre de 7.000 a 8.000 comerciantes e industriales.[141] Han ido a decirlo a Versalles. ... La Ligue de la réunion républicaine ... la manifestación de los francmasones,[142] etc. [La Liga de la Unión Republicana ... la manifestación de los francmasones, etc.]

La provincia

Los pícaros provincianos. [Los pícaros de provincia.]

Si Thiers se hubiera figurado por un solo momento que las provincias estuviesen realmente en contra del movimiento de París, habría hecho cuanto estuviese en su mano para dar a las provincias las mayores facilidades posibles para conocer el movimiento y todos “sus horrores”. Les habría instado a mirarlo en su desnuda realidad, a convencerse con sus propios ojos y oídos de lo que es. ¡Pero no! Él y sus “defensores” tratan de mantener a las provincias sometidas, de impedir su levantamiento general en favor de París, mediante un muro de mentiras, del mismo modo que durante el sitio prusiano mantuvieron alejadas de París las noticias de las provincias. Sólo se permite a las provincias mirar a París a través de la cámara oscura (cristal deformante) de Versalles. (Sólo las mentiras y calumnias de los periódicos de Versalles llegan a los departamentos y allí hacen ley.) [Sólo las mentiras y calumnias de los periódicos de Versalles llegan a los departamentos y tienen allí validez.] Los saqueos y asesinatos por 20.000 licenciados de presidio deshonran la capital.

“La Ligue se impone como primer deber hacer luz y restablecer las relaciones normales entre la provincia y París.” [143] [“La Liga considera su primer deber esclarecer los hechos y restablecer las relaciones normales entre las provincias y París.”]

Así como ellos estaban cuando eran sitiados en París, así proceden ahora al sitiarla a su vez.

“La mentira, como en el pasado, es su arma favorita. Suprimen, confiscan los periódicos de la capital, interceptan las comunicaciones, escudriñan las cartas, de tal suerte que la provincia queda reducida a las noticias que a Jules Favre, Picard y Cía. les place darle, sin que sea posible verificar la exactitud de sus dichos.” [“Como antes, la mentira es su arma favorita. Suprimen y confiscan los periódicos de la capital, interceptan las comunicaciones, filtran las cartas, de modo que las provincias sólo pueden recibir las noticias que Jules Favre, Picard y compañía se complacen en dar, y no hay manera de verificar la verdad de lo que dicen.”]

Los boletines de Thiers, las circulares de Picard, las de Dufaure... Los carteles en las comunas. La prensa criminal de Versalles y los alemanes. El petit moniteur.[144] La reintroducción de los pasaportes para viajar de un lugar a otro. Un ejército de soplones desplegado por doquier. Arrestos (en Ruán, etc., bajo autoridad prusiana), etc. Los miles de comisarios de policía repartidos por los alrededores de París han recibido del prefecto-gendarme Valentin la orden de confiscar todos los periódicos, de cualquier matiz que sean, que se impriman en la ciudad insurgente, y de quemarlos en plaza pública, como en los mejores tiempos de la Santa Inquisición. [Los miles de comisarios de policía desplegados por los alrededores de París recibieron del prefecto-gendarme Valentin la orden de confiscar todos los periódicos, cualquiera que fuese su matiz, impresos en esta ciudad insurgente y de quemarlos en público como se hacía en pleno auge de la Santa Inquisición.]

El gobierno de Thiers apeló primero a las provincias [m] para que formasen batallones de Guardias Nacionales y los enviasen a Versalles contra París. La provincia, como dice el Journal de Limoges,[145] mostró su descontento negándose a proporcionar los batallones de voluntarios que Thiers y sus rurales le pedían. Los pocos idiotas bretones, que combaten bajo bandera blanca, llevando cada uno de ellos en el pecho un corazón de Jesús en tela blanca y gritando “¡Vive le roi!”, son el único ejército “provincial” reunido en torno a Thiers.

Las elecciones. Vengeur, 6 de mayo.[146]

La ley de prensa del señor Dufaure (8 de abril). Confesadamente dirigida contra los “excesos” de la prensa provincial.

Luego las numerosas detenciones en la provincia. Se la coloca bajo las leyes de los sospechosos.[147]

Bloqueo intelectual y policial de la provincia. [Bloqueo intelectual y policial de las provincias.]

23 de abril, El Havre: El consejo municipal ha despachado a tres de sus miembros a París y a Versalles con instrucciones de ofrecer mediación, con el fin de poner término a la guerra civil sobre la base del mantenimiento de la República y la concesión de franquicias municipales a toda Francia. ... 23 de abril, delegados de Lyon recibidos por Picard y Thiers – “Guerra a todo precio” fue su respuesta. [“Guerra a cualquier precio”, fue su respuesta.]

Petición de los delegados de Lyon presentada a la Asamblea por Greppo[148] el 24 de abril. [Petición de los delegados de Lyon presentada a la Asamblea por Greppo el 24 de abril.]

Los municipios de las ciudades de provincia cometieron la grandísima impudencia de enviar sus diputaciones a Versalles para reclamarles que concediesen lo que París pedía; ni una sola comuna de Francia ha enviado un mensaje aprobando los actos de Thiers y los rurales; los periódicos de provincia, al igual que estos consejos municipales, como se queja Dufaure en su circular contra la conciliación dirigida al procurador general,

“ponen en la misma línea a la Asamblea nacida del sufragio universal y a la pretendida comuna de París, reprochan a la primera no haber concedido a París sus derechos municipales, etc.” [“ponen a la Asamblea nacida del sufragio universal en el mismo plano que la pretendida Comuna de París, reprochan a la primera no haber concedido a París sus derechos municipales, etc.”]

y lo que es peor, estos consejos municipales, por ejemplo, el de Auch,

“le pedían unánimemente que propusiera inmediatamente un armisticio con París [le pedían unánimemente que propusiera de inmediato un armisticio con París] y que la Asamblea elegida el 8 de febrero se disolviera porque su mandato había expirado”. (Dufaure, a la Asamblea de Versalles, 26 de abril.)

Hay que recordar que éstos eran los viejos consejos municipales,[149] no los elegidos el 30 de abril. Sus delegaciones fueron tan numerosas, que Thiers decidió no recibirlas ya personalmente, sino remitirlas a un subalterno ministerial.

Por último, las elecciones del 30 de abril, el juicio final de la Asamblea y la sorpresa electoral de la que ésta había surgido. Si, pues, las provincias no han hecho hasta ahora más que una resistencia pasiva contra Versalles, sin alzarse por París, [ello] se explica por las fortalezas que aquí conservan aún las viejas autoridades, por el letargo en que el Imperio sumió y la guerra mantuvo a la provincia. Es evidente que entre París y las provincias sólo se interponen el ejército de Versalles, el gobierno y [la] muralla china de mentiras. Si esa muralla cae, se unirán con ella.

Es de lo más característico que los mismos hombres (Thiers y Cía.) que en mayo de 1850 abolieron, mediante una conspiración parlamentaria (Bonaparte los ayudó, para hacerlos caer en una trampa, tenerlos a su merced y proclamarse a sí mismo, tras el golpe de Estado, como el restaurador del sufragio universal frente al Partido del Orden y su Asamblea), el sufragio universal —porque bajo la República aún podía jugarles malas pasadas— sean ahora sus fanáticos adeptos, lo conviertan en su título «legítimo» contra París, después de que bajo Bonaparte hubiera recibido una organización tal que no es sino un mero juguete en manos del Ejecutivo, una mera máquina de fraude, sorpresa y falsificación por parte del Ejecutivo. (Congrès de la Ligue des villes) (Rappel, 6 mai.) [150]

Trochu, Jules Favre y Thiers, provincianos

Cabe preguntarse cómo estos caducos charlatanes e intrigantes parlamentarios como Thiers, Favre, Dufaure, Garnier-Pagès (reforzados sólo por unos cuantos bribones de la misma calaña) siguen reapareciendo, después de cada revolución, en la superficie, y usurpan el poder ejecutivo —estos hombres que siempre explotan y traicionan la Revolución, fusilan al pueblo que la hizo y secuestran las pocas concesiones liberales arrancadas a gobiernos anteriores (a las que ellos mismos se opusieron).

La cosa es muy sencilla. En primer lugar, si son muy impopulares, como Thiers después de la Revolución de Febrero, la magnanimidad popular los perdona. Tras cada levantamiento exitoso del pueblo, el grito de conciliación, alzado por los enemigos implacables del pueblo, encuentra eco en el pueblo en los primeros momentos de entusiasmo por su propia victoria. Pasado este primer momento, hombres como Thiers y Dufaure se eclipsan mientras el pueblo detenta el poder material, y actúan en la sombra. Reaparecen tan pronto como éste es desarmado, y son aclamados por la burguesía como sus chefs-de-file [jefes de fila].

O bien, como Favre, Garnier-Pagès, Jules Simon, etc. (reclutados unos cuantos más jóvenes de estampa similar) y el propio Thiers después del 4 de septiembre, [ellos] fueron la oposición republicana «respetable» bajo Luis Felipe; después, la oposición parlamentaria bajo L. Bonaparte. Los regímenes reaccionarios que ellos mismos han iniciado cuando la Revolución los elevó al poder, les aseguran los puestos de la oposición, deportando, matando, exiliando a los verdaderos revolucionarios. El pueblo olvida su pasado, las clases medias los consideran sus hombres, su pasado infame queda olvidado, y así reaparecen para recomenzar su traición y su obra de infamia.

Noche del 1 al 2 de mayo: la aldea de Clamart había estado en manos de los militares, la estación de ferrocarril en las [léase las] de los insurgentes (esta estación domina el Fuerte de Issy). Mediante una sorpresa (al dejarse entrar sus patrouilles [patrullas] por un soldado de guardia, por haberles sido traicionada la consigna), el 23 Batallón de Cazadores entró, sorprendió a la guarnición, la mayoría durmiendo en sus camas, hizo sólo 60 prisioneros, bayoneteó a 300 de los insurgentes. Además, soldados de línea [fueron] fusilados sumariamente después. Thiers, en su circular del 2 de mayo a los prefectos y autoridades civiles y militares, tiene la impudicia de decir:

«¡Ella (la Comuna) arresta generales (¡Cluseret!) sólo para fusilarlos, e instituye un comité de salud pública que es completamente indigno!»

Tropas bajo el mando del general Lacretelle tomaron el reducto de Moulin-Saquet, situado entre el Fuerte Issy y Montrouge, mediante un golpe de mano. La guarnición fue sorprendida por la traición del comandante Gallien, que había vendido la consigna a las tropas versallescas. 150 de los federales fueron bayoneteados y más de 300 hechos prisioneros. El señor Thiers, dice el corresponsal del Times, era débil cuando debería haber sido firme (el cobarde es siempre débil mientras tiene que temer peligro para sí mismo), y firme cuando todo se podía ganar con algunas concesiones. (El bribón es siempre firme cuando el empleo de la fuerza material desangra a Francia, le da grandes ínfulas a él mismo, pero cuando él, personalmente, está a salvo. Ésta es toda su astucia. Como Antonio, Thiers es un «hombre honrado».)

Boletín de Thiers sobre Moulin-Saquet (4 mai):

«Liberación de París de los espantosos tiranos que lo oprimen» («los versalleses estaban disfrazados de guardias nacionales») («la mayoría de los federales dormían y fueron golpeados o capturados en su sueño»).

Picard:

«Nuestra artillería no bombardea: cañonea, es cierto.» (Moniteur des communes, diario de Picard.)

«Blanqui, sepultado moribundo en un calabozo, Flourens, destrozado a machetazos por los gendarmes, Duval, fusilado por Vinoy, los tuvieron en sus manos el 31 de octubre y no les hicieron nada.»

La Comuna

1. Medidas para la clase obrera

Trabajo nocturno de los oficiales panaderos suprimido (20 de abril).

La jurisdicción privada, usurpada por los señores de los molinos, etc. (fabricantes), (patronos, grandes y pequeños), siendo a la vez jueces, ejecutores, beneficiarios y partes en los litigios, ese derecho a un código penal propio, que les permite robar los salarios de los obreros mediante multas y deducciones como castigo, etc., abolida en los talleres públicos y privados; se impusieron penas a los patronos en caso de infringir esta ley; las multas y deducciones arrancadas desde el 18 de marzo serán reembolsadas a los obreros (27 de abril). Venta de objetos empeñados en los montes de piedad suspendida (29 de marzo).

Un gran número de talleres y fábricas han sido cerrados en París, al haber huido sus propietarios. Éste es el viejo método de los capitalistas industriales, que se consideran con derecho, «por la acción espontánea de las leyes de la economía política», no sólo a obtener una ganancia del trabajo, como condición del trabajo, sino a detenerlo por completo y arrojar a los obreros al arroyo —a producir una crisis artificial siempre que una revolución victoriosa amenaza el «orden» de su «sistema». La Comuna, muy sabiamente, ha nombrado una comisión comunal que, en cooperación con delegados elegidos por los distintos oficios, indagará los modos de entregar los talleres y fábricas abandonados a sociedades obreras cooperativas, con alguna indemnización para los capitalistas desertores (16 de abril); (esta comisión debe también hacer estadísticas de los talleres abandonados).

La Comuna ha dado orden a las alcaldías de no hacer distinción entre las mujeres llamadas ilegítimas, las madres y las viudas de los guardias nacionales, en cuanto a la indemnización de 75 céntimos.

Las prostitutas públicas, mantenidas hasta ahora para los «hombres de orden» en París, pero para su «seguridad» mantenidas en servidumbre personal bajo el dominio arbitrario de la policía; la Comuna ha liberado a las prostitutas de esta degradante esclavitud, pero ha barrido el suelo sobre el cual, y los hombres por los cuales, florece la prostitución. Las prostitutas de alto rango —las cocottes— no eran, por supuesto, bajo el dominio del orden, las esclavas, sino las amas de la policía y de los gobernantes.

No hubo, por supuesto, tiempo para reorganizar la instrucción pública (educación); pero al eliminar de ella el elemento religioso y clerical, la Comuna ha tomado la iniciativa en la emancipación mental del pueblo. Ha nombrado una comisión para la organización de l’enseignement [de la educación] (primaria (elemental) y profesional) (28 de abril). Ha ordenado que todos los instrumentos de instrucción, como libros, mapas, papel, etc., sean entregados gratuitamente por los maestros de escuela, quienes a su vez los reciben de las respectivas alcaldías a las que pertenecen. A ningún maestro de escuela se le permite, bajo ningún pretexto, pedir pago a sus alumnos por estos instrumentos de instrucción (28 de abril).

Montes de piedad: toute reconnaissance du mont-de-piété antérieure au 25 avril 1871, portant engagement d’effets d’habillement, de meubles, de linge, de livres, d’objets de literie et d’instruments de travail nicht über 20 frs. pourra être dégagée gratuitement à partir du 12 mai courant (7 de mayo).

2. Medidas para la clase obrera, pero sobre todo para las clases medias

Alquiler de viviendas correspondiente a los últimos 3 trimestres hasta abril, completamente condonado: Quien hubiera pagado cualquiera de estos 3 trimestres tendrá derecho a descontar esa suma de pagos futuros. La misma ley regirá en el caso de las habitaciones amuebladas. Ningún aviso de desalojo proveniente de los propietarios será válido durante los próximos 3 meses (29 de marzo).

Échéances (Pago de letras de cambio vencidas) (vencimiento de letras): todas las acciones judiciales por letras de cambio vencidas, suspendidas (12 de abril).

Todos los papeles comerciales de ese tipo deberán ser reembolsados en (los reembolsos se distribuirán a lo largo de) dos años, comenzando el próximo 15 de julio, sin que la deuda devengue intereses. El monto total de las sumas adeudadas se dividirá en 8 coupures [porciones] iguales pagaderas por trimestre (el primer trimestre se fechará a partir del 15 de julio). Sólo por estos pagos parciales vencidos se permitirán acciones judiciales (16 de abril). Las leyes Dufaure sobre arrendamientos y letras de cambio acarrearon la bancarrota de la mayoría de los respetables tenderos de París.

Los notarios, huissiers, subastadores, alguaciles y otros oficiales judiciales que hasta ahora hacían fortuna con sus funciones, transformados en agentes de la Comuna que reciben de ella salarios fijos como los demás obreros.

Como los profesores de la École de médecine han huido, la Comuna nombró una comisión para la fundación de universidades libres que ya no sean parásitos del Estado; dio a los estudiantes que habían aprobado su examen, medios para ejercer independientemente de los títulos de Doctor (títulos que serán conferidos por la facultad).

Puesto que los jueces del Tribunal Civil del Sena, como los demás magistrados siempre dispuestos a funcionar bajo cualquier gobierno de clase, habían huido, la Comuna nombró a un abogado para atender los asuntos más urgentes hasta la reorganización de los tribunales sobre la base del sufragio universal (26 de abril).

3. Medidas generales

Conscripción abolida. En la guerra actual, todo hombre apto (Guardia Nacional) debe servir. Esta medida es excelente para deshacerse de todos los traidores y cobardes que se esconden en París. (29 de marzo).

Juegos de azar suprimidos (2 de abril).

Iglesia separada del Estado; presupuesto religioso suprimido; todas las propiedades clericales declaradas bienes nacionales (3 de abril). La Comuna, habiendo hecho indagaciones a raíz de información privada, descubrió que además de la vieja guillotina, el «gobierno del orden» había encargado la construcción de una nueva guillotina (más expedita y portátil) y la había pagado por adelantado. La Comuna ordenó que ambas, la vieja y la nueva guillotina, fueran quemadas públicamente el 6 de abril. ¡Los periódicos versalleses, repetidos por la prensa del orden en todo el mundo, narraron que el pueblo de París, como demostración contra la sed de sangre de los comuneros, había quemado esas guillotinas! (6 de abril). Todos los presos políticos fueron puestos en libertad inmediatamente después de la Revolución del 18 de marzo. Pero la Comuna sabía que bajo el régimen de L. Bonaparte y su digno sucesor el Gobierno de Defensa, mucha gente

fueron simplemente encarcelados sin cargo alguno, como sospechosos políticos. En consecuencia, encargó a uno de sus miembros – Protot – que hiciera indagaciones. Por él, 150 personas fueron puestas en libertad que, estando detenidas desde hacía seis meses, aún no habían sido sometidas a examen judicial alguno; muchas de ellas, ya detenidas bajo Bonaparte, llevaban un año en prisión sin acusación ni examen judicial (9 de abril). Este hecho, tan característico del Gobierno de la Defensa, los enfureció. Afirmaban que la Comuna había liberado a todos los delincuentes. Pero ¿quién liberó a los delincuentes convictos? El falsificador Jules Favre. Apenas llegó al poder, se apresuró a liberar a Pic y Taillefer, condenados por robo y falsificación en el asunto del Etendard. Uno de estos hombres, Taillefer, atreviéndose a regresar a París, ha sido reinstalado en su cómoda morada. Pero esto no es todo. El Gobierno de Versalles ha entregado, en las Maisons centrales [prisiones] de toda Francia, a ladrones convictos con la condición de alistarse en el ejército del señor Thiers.

Decreto sobre la demolición de la columna de la plaza Vendôme como “un monumento de barbarie, símbolo de la fuerza bruta y de la gloria falsa, afirmación del militarismo, negación del derecho internacional” (12 de abril).[151]

Elección de Frankel (miembro alemán de la Internacional) para la Comuna declarada válida: “considerando que la bandera de la Comuna es la de la República Universal y que los extranjeros pueden tener asiento en ella” (4 de abril);[152] Frankel elegido después miembro del Ejecutivo de la Comuna (21 de abril).

El Journal officiel ha inaugurado la publicidad de las sesiones de la Comuna (15 de abril).

Decreto de Paschal Grousset para la protección de los extranjeros contra las requisiciones. Jamás hubo en París un gobierno tan cortés con los extranjeros (27 de abril).

La Comuna ha abolido los juramentos políticos y profesionales (27 de abril).

Destrucción del monumento llamado “Capilla Expiatoria de Luis XVI” en la rue d’Anjou-St. Thérèse (obra de la Chambre introuvable de 1816) (7 de mayo).

4. Medidas de Seguridad Pública

Desarme de los Guardias Nacionales “leales” (30 de marzo); la Comuna declara la incompatibilidad entre los puestos en sus filas y los de Versalles (29 de marzo).

Decreto de represalias. Nunca ejecutado. Sólo se arrestó a los individuos, el arzobispo de París y el cura de la Madeleine; todo el personal del colegio de jesuitas; los titulares de las principales iglesias; parte de estos individuos arrestados como rehenes, parte como conspiradores con Versalles, parte porque intentaron salvar los bienes de la Iglesia de las garras de la Comuna (6 de abril).

“Los monárquicos hacen la guerra como salvajes; fusilan a los prisioneros, asesinan a los heridos, disparan contra las ambulancias, las tropas alzan la culata de sus fusiles al aire y luego disparan traicioneramente.” (Proclama de la Comuna.)[153]

En relación con estos decretos de represalias, cabe señalar:

En primer lugar, hombres de todas las capas de la sociedad parisina – tras el éxodo de los capitalistas, los ociosos y los parásitos – intervinieron en Versalles para detener la guerra civil – excepto el clero parisino. El arzobispo y el cura de la Madeleine sólo escribieron a Thiers porque sentían aversión a “el derramamiento de su propia sangre”, en su calidad de rehenes.

En segundo lugar: Tras la publicación por la Comuna del decreto de represalias, la toma de rehenes, etc., el trato atroz que los corderos de Piétri y los gendarmes de Valentin infligían a los prisioneros de Versalles no cesó, pero el asesinato de los soldados y guardias nacionales parisinos cautivos se detuvo para reanudarse con renovado furor tan pronto como el Gobierno de Versalles se convenció de que la Comuna era demasiado humana para ejecutar su decreto del 6 de abril. Entonces el asesinato se reanudó en masa. La Comuna no ejecutó a un solo rehén, a un solo prisionero, ni siquiera a algunos oficiales de la gendarmería que, disfrazados de guardias nacionales, habían entrado en París como espías y fueron simplemente arrestados.

Sorpresa del Reducto de Clamart (2 de mayo). Estación ferroviaria en manos de los parisinos, masacre, bayonetazos, el 22º Batallón de Cazadores (¿Galliffet?) fusila sin más a soldados de línea sin formalidad alguna (2 de mayo). Reducto de Moulin-Saquet, situado entre el Fuerte Issy y Montrouge, sorprendido de noche por traición del comandante Gallien, que había vendido la contraseña a las tropas de Versalles. Los federales fueron sorprendidos en sus camas, dormidos, masacrados en su gran mayoría. (¿4 de mayo?)

25 de abril. 4 Guardias Nacionales (esto constatado por comisarios enviados a Bicètre, donde el único superviviente de los 4 hombres, en Belle-Epine, cerca de Villejuif. Su nombre Scheffer). Estos hombres, rodeados por cazadores a caballo, a su orden, incapaces de resistir, se rindieron, fueron desarmados, sin que los soldados les hicieran nada. Pero entonces llega el capitán de los cazadores y los fusila uno tras otro con su revólver. Los dejaron allí en el suelo. Scheffer, terriblemente herido, sobrevivió.

13 soldados de línea hechos prisioneros en la estación ferroviaria de Clamart fueron fusilados sin más, y todos los prisioneros que vistan el uniforme de línea y lleguen a Versalles serán ejecutados en cuanto se aclaren las dudas sobre su identidad. (Liberté, en Versalles.)

Alexandre Dumas, hijo, ahora en Versalles, cuenta que un joven que ejercía las funciones, si no llevaba el título, de general, fue fusilado, por orden de un general bonapartista, tras haber marchado custodiado algunos cientos de yardas por un camino. Tropas parisinas y guardias nacionales rodeados en casas por gendarmes, [que] inundan la casa con petróleo y luego le prenden fuego. Algunos cadáveres de guardias nacionales (calcinés) [(calcinados)] han sido transportados por la ambulancia de la prensa de las Ternes. (Mot d’ordre, 20 de abril.) “No tienen derecho a ambulancias.”

Thiers, Blanqui, el arzobispo, el general Chanzy. (Thiers dijo que sus bonapartistas habrían deseado ser fusilados.)

Visitas domiciliarias, etc. Casimir Bouis, nombrado presidente de una comisión de investigación [Casimir Bouis, appointed president of a commission of inquiry] sobre los actos de los dictadores del 4 de septiembre (14 de abril). Se invadieron domicilios particulares y se incautaron papeles, pero no se llevaron muebles ni se vendieron en subasta (papeles de los individuos del 4 de septiembre, de Thiers, etc., y de los policías bonapartistas), por ejemplo, en la mansión de Lafont, inspector general de prisiones [the papers of the fellows of September 4, Thiers etc. and Bonapartist police], (11 de abril). Las casas (propiedades) de Thiers y Cía., como traidores, fueron rastreadas,[p] pero sólo se confiscaron los papeles.

Arrestos entre ellos mismos: Esto escandaliza enormemente al burgués que quiere ídolos políticos y “grandes hombres”.

Es exasperante (Daily News, 6 de mayo, corresponsalía de París), sin embargo, y desalentador, que cualquiera que sea la autoridad que posea la Comuna, ésta cambia continuamente de manos, y no sabemos hoy en quién reposará el poder mañana. ... En todos estos cambios eternos se ve más que nunca la falta de una mano rectora. La Comuna es un concurso de átomos equivalentes, celosos unos de otros y sin que ninguno esté dotado de un control supremo sobre los demás.

¡Supresión de periódicos!

5. Medidas financieras

Véase Daily News, 6 de mayo.

¡Principal desembolso para la guerra!

Sólo 8.928 francos de saisies [incautaciones] – todo tomado de los eclesiásticos, etc.

Vengeur, 6 de mayo.

La Commune

El surgimiento de la Comuna y el Comité Central

La Comuna había sido proclamada en Lyon, luego en Marsella, Toulouse, etc., después de Sedán. Gambetta hizo todo lo posible por destruirla.[154]

Los diferentes movimientos en París a principios de octubre tenían por objeto el establecimiento de la Comuna, como medida de defensa contra la invasión extranjera, como realización del levantamiento del 4 de septiembre. Su establecimiento por el movimiento del 31 de octubre fracasó sólo porque Blanqui, Flourens y los demás dirigentes de entonces del movimiento creyeron en los gens de paroles [hombres de palabra] que habían dado su parole d’honneur [palabra de honor] de abdicar y dejar paso a una Comuna libremente elegida por todos los arrondissements de París. Fracasó porque salvaron la vida de aquellos hombres tan ávidos del asesinato de sus salvadores. Habiendo permitido escapar a Trochu y Ferry, los sorprendieron con los bretones de Trochu.[q] Hay que recordar que el 31 de octubre, el autoproclamado “Gobierno de la Defensa” sólo existía por tolerancia. Ni siquiera había pasado por la farsa de un plebiscito.[155] En estas circunstancias, nada era, por supuesto, más fácil que tergiversar el carácter del movimiento, denigrarlo como una conspiración traidora con los prusianos, mejorar el despido del único hombre[r] entre ellos que no rompería su palabra, para reforzar a los bretones de Trochu, que eran para el Gobierno de la Defensa lo que los spadassins corsos [desesperados] habían sido para L. Bonaparte, mediante el nombramiento de Clément Thomas como comandante en jefe de la Guardia Nacional; nada había más fácil para estos viejos sembradores de pánico [que] – apelando a los temores cobardes de la clase media [ante los] batallones obreros que habían tomado la iniciativa, sembrando desconfianza y discordia entre los propios batallones obreros, mediante un llamamiento al patriotismo – crear uno de esos días de reacción ciega y malentendidos desastrosos con los que siempre se las han arreglado para mantener su usurpado poder. Así como se habían deslizado en el poder el 4 de septiembre por sorpresa, ahora se les permitió darle una sanción ficticia mediante un plebiscito del verdadero patrón bonapartista durante días de terror reaccionario.

El establecimiento victorioso de la Comuna en París a principios de noviembre de 1870 (ya iniciada entonces en las grandes ciudades del [país] y segura de ser imitada en toda Francia) no sólo habría arrancado la defensa de manos de los traidores, y le habría impreso su entusiasmo [en ella] como muestra la presente guerra heroica de París, sino que habría cambiado por completo el carácter de la guerra. Habría pasado a ser la guerra de la Francia republicana, enarbolando la bandera de la Revolución Social del siglo XIX, contra Prusia, el portaestandarte de la conquista y la contrarrevolución. En lugar de enviar al trillado viejo intrigante a mendigar por todas las cortes de Europa, habría electrificado a las masas productoras del viejo y del nuevo mundo. Con el escamoteo de la Comuna el 31 de octubre, los Jules Favre y Cía. aseguraron la capitulación de Francia ante Prusia e iniciaron la presente guerra civil.

Pero una cosa queda demostrada: La Revolución del 4 de septiembre no fue sólo la reinstauración de la República porque el lugar del usurpador había quedado vacante por su capitulación en Sedán – no sólo conquistó esa República al invasor extranjero mediante la prolongada resistencia de París aunque luchando bajo la dirección de sus enemigos – esa Revolución se estaba abriendo camino en el corazón de las clases trabajadoras. La República había dejado de ser un nombre para una cosa del pasado. Estaba impregnada de un mundo nuevo. Su verdadera tendencia, velada a los ojos del mundo por los engaños, las mentiras y la vulgarización de una pandilla de abogados intrigantes y esgrimidores de palabras, afloró una y otra vez en los movimientos espasmódicos de las clases trabajadoras parisinas (y del sur de Francia) cuya consigna era siempre la misma, ¡la Comuna!

La Comuna – la forma positiva de la Revolución contra el Imperio y las condiciones de su existencia –, ensayada primero en las ciudades del sur de Francia, proclamada una y otra vez en movimientos espasmódicos durante el sitio de París y escamoteada [conjurada] mediante juegos de manos por el Gobierno de la Defensa y los bretones de Trochu, el héroe del “plan de capitulación”, fue al fin instalada victoriosamente el 26 de marzo, pero no brotó súbitamente a la vida aquel día. Era la meta invariable de la revolución de los obreros. La capitulación de París, la abierta conspiración contra la República en Burdeos, el golpe de Estado iniciado por el ataque nocturno a Montmartre, agruparon en torno a ella a todos los elementos vivos de París, sin permitir ya a los defensistas limitarla a los esfuerzos aislados de los sectores más conscientes y revolucionarios de la clase obrera parisiense.

El Gobierno de la Defensa sólo fue soportado como un pis aller [recurso provisional] de la primera sorpresa, una necesidad de la guerra. La verdadera respuesta del pueblo de París al Segundo Imperio, al Imperio de la Mentira, fue la Comuna.

Así también, el levantamiento de todo el París vivo – con excepción de los pilares del bonapartismo y de su oposición oficial, los grandes capitalistas, los agiotistas financieros, los estafadores, los holgazanes y los viejos parásitos del Estado – contra el Gobierno de la Defensa no data del 18 de marzo, aunque ese día conquistase su primera victoria contra la conspiración; data del 31 de enero, del mismísimo día de la capitulación. La Guardia Nacional – es decir, toda la virilidad armada de París – se organizó y gobernó realmente París a partir de aquel día, independientemente del gobierno usurpador de los capitulards, instalado por gracia de Bismarck. Se negó a entregar sus armas y su artillería, que eran de su propiedad y que sólo dejó en la capitulación porque eran de su propiedad. No fue la magnanimidad de Jules Favre la que salvó esas armas de Bismarck, sino la disposición del París armado a luchar por sus armas contra Jules Favre y Bismarck. En vista del invasor extranjero y de las negociaciones de paz, París no quiso complicar la situación. Temía la guerra civil. Se limitó a una mera actitud de defensa y se contentó con el autogobierno de facto de París. Pero se organizó silenciosa y firmemente para la resistencia. (Incluso en los términos mismos de la capitulación, los capitulards habían mostrado inequívocamente su tendencia a hacer de la rendición ante Prusia, al mismo tiempo, el medio de su dominación sobre París. La única concesión que insistieron en obtener de Prusia, concesión que Bismarck les habría impuesto como condición si no la hubiesen mendigado como tal, fue la de 40 000 soldados para someter a París. Frente a sus 300 000 guardias nacionales – más que suficientes para asegurar París contra cualquier intento del enemigo exterior y para la defensa de su orden interior –, la exigencia de esos 40 000 hombres – cosa además confesada – no podía tener otro fin.) Sobre su organización militar existente injertó una federación política según un plan muy sencillo. Era la alianza de toda la Guardia Nacional, puesta en conexión recíproca mediante los delegados de cada compañía, que a su vez nombraban los delegados de los batallones, quienes designaban delegados generales, generales de legión, encargados de representar a un arrondissement y de cooperar con los delegados de los otros 19 arrondissements. Esos 20 delegados, elegidos por la mayoría de los batallones de la Guardia Nacional, compusieron el Comité Central que el 18 de marzo inició la revolución más grande de este siglo y que aún ocupa su puesto en la presente lucha gloriosa de París. Jamás fueron unas elecciones más escrutadas, jamás unos delegados representaron más plenamente a las masas de las que habían brotado. A la objeción de los ajenos de que eran desconocidos – en realidad, sólo lo eran para las clases trabajadoras, pero no eran viejos vividores, hombres célebres por las infamias de su pasado, por su caza de lucro y cargos –, respondieron orgullosamente: “Así eran los 12 Apóstoles”, y respondieron con sus hechos.

El carácter de la Comuna

La maquinaria estatal centralizada que, con sus ubicuos y complicados órganos militares, burocráticos, clericales y judiciales, enreda (aprisiona) a la sociedad civil viva como una boa constrictora, fue forjada primeramente en los días de la monarquía absoluta como arma de la sociedad moderna naciente en su lucha de emancipación del feudalismo. Los privilegios señoriales de los señores medievales, de las ciudades y del clero se transformaron en atributos de un poder estatal unitario, desplazando a los dignatarios feudales por funcionarios estatales asalariados, transfiriendo las armas de los mesnaderos medievales de los terratenientes y de las corporaciones de los ciudadanos urbanos a un ejército permanente, y sustituyendo la anarquía abigarrada (multicolor) de los poderes medievales en conflicto por el plan regulado de un poder estatal, con una división del trabajo sistemática y jerárquica. La primera Revolución francesa, con su tarea de fundar la unidad nacional (de crear una nación), tuvo que romper todas las independencias locales, territoriales, urbanas y provinciales. Por eso se vio forzada a desarrollar, lo que la monarquía absoluta había iniciado, la centralización y organización del poder estatal, y a ampliar la circunferencia y los atributos del poder estatal, el número de sus instrumentos, su independencia y su dominio sobrenaturalista sobre la sociedad real, que de hecho tomó el lugar del cielo sobrenaturalista medieval, con sus santos. Cada pequeño interés aislado engendrado por las relaciones de los grupos sociales fue separado de la sociedad misma, fijado y hecho independiente de ella y opuesto a ella, bajo la forma de interés del Estado, administrado por sacerdotes del Estado con funciones jerárquicas exactamente determinadas.

Esta excrecencia parasitaria [sobre] la sociedad civil, que pretendía ser su contrapartida ideal, alcanzó su pleno desarrollo bajo el dominio del primer Bonaparte. La Restauración y la Monarquía de Julio no le añadieron más que una mayor división del trabajo, que crecía en la misma medida en que la división del trabajo dentro de la sociedad civil engendraba nuevos grupos de interés y, por tanto, nuevo material para la acción estatal. En su lucha contra la Revolución de 1848, la República parlamentaria de Francia y los gobiernos de toda la Europa continental se vieron forzados a reforzar, con sus medidas de represión contra el movimiento popular, los medios de acción y la centralización de ese poder gubernamental. Todas las revoluciones, pues, no hicieron sino perfeccionar la maquinaria estatal en vez de arrojar este mortífero íncubo. Las fracciones y partidos de las clases dominantes que luchaban alternativamente por la supremacía, consideraban la ocupación (el control) (la toma) y la dirección de esa inmensa maquinaria de gobierno como el botín principal del vencedor. Se centraba en la creación de inmensos ejércitos permanentes, una plétora de parásitos estatales y enormes deudas nacionales. Durante la época de la monarquía absoluta fue un medio de la lucha de la sociedad moderna contra el feudalismo, coronada por la Revolución francesa, y bajo el primer Bonaparte sirvió no sólo para someter la Revolución y aniquilar todas las libertades populares, sino que fue un instrumento de la Revolución francesa para golpear en el extranjero, para crear para Francia, en el Continente, en lugar de monarquías feudales, Estados más o menos a imagen de Francia. Bajo la Restauración y la Monarquía de Julio se convirtió no sólo en [un] medio de la dominación forzosa de clase de la clase media, sino [léase sino también] en un medio de añadir a la explotación económica directa una segunda explotación del pueblo, al asegurar a sus [es decir, de la clase media] familias todos los ricos puestos de la corte del Estado. Durante el período de la lucha revolucionaria de 1848 sirvió, por fin, como medio para aniquilar esa Revolución y todas las aspiraciones a la emancipación de las masas populares. Pero el parásito estatal sólo recibió su último desarrollo durante el Segundo Imperio. El poder gubernamental, con su ejército permanente, su burocracia que todo lo dirige, su clero obnubilador y su jerarquía de tribunales serviles, había llegado a ser tan independiente de la sociedad misma, que un aventurero grotescamente mediocre con una banda hambrienta de desesperados detrás de él bastó para empuñarlo. Ya no necesitaba el pretexto de una Coalición armada de la vieja Europa contra el mundo moderno fundado por la Revolución de 1789. Ya no aparecía como un medio de dominación de clase, subordinado a su ministerio parlamentario o a su legislatura. Humillando bajo su dominio incluso los intereses de las clases dominantes, cuyo simulacro parlamentario suplantó mediante Corps législatifs autoelegidos y senados autopagados, sancionado en su poder absoluto por el sufragio universal, la necesidad reconocida de mantener el “orden”, es decir, el dominio del terrateniente y del capitalista sobre el productor, encubriendo bajo los harapos de una mascarada del pasado las orgías de la corrupción del presente y la victoria de la fracción más parásita, el estafador financiero, el desenfreno de todas las influencias reaccionarias del pasado desatadas – un pandemonio de infamias –, el poder estatal había recibido su expresión última y suprema en el Segundo Imperio. Aparentemente la victoria final de este poder gubernamental sobre la sociedad, era de hecho la orgía de todos los elementos corruptos de esa sociedad. A los ojos del no iniciado aparecía sólo como la victoria del Ejecutivo sobre el Legislativo, [léase como] la derrota final de la forma de dominación de clase que pretendía ser la autocracia de la sociedad [por] su forma que pretendía ser un poder superior a la sociedad. Pero en realidad no era sino la última forma degradada y la única posible de esa dominación de clase, tan humillante para esas clases mismas como para las clases trabajadoras a las que mantenían encadenadas por ella.

El 4 de septiembre fue solo la reivindicación de la República contra el grotesco aventurero que la había asesinado. La verdadera antítesis del Imperio mismo —es decir, del poder del Estado, del ejecutivo centralizado, del cual el Segundo Imperio fue solo la fórmula agotadora— fue la Comuna. Este poder del Estado constituye de hecho la creación de la clase media, primero [como] un medio para quebrantar el feudalismo, luego [como] un medio para aplastar las aspiraciones emancipadoras de los productores, de la clase obrera. Todas las reacciones y todas las revoluciones solo habían servido para transferir ese poder organizado —esa fuerza organizada de la esclavitud del trabajo— de una mano a otra, de una fracción de las clases dominantes a otra. Había servido a las clases dominantes como medio de sojuzgamiento y de lucro. Había chupado nuevas fuerzas de cada nuevo cambio. Había servido como el instrumento para quebrantar todo levantamiento popular y servido para aplastar a las clases obreras después que estas habían combatido y se les había ordenado asegurar su transferencia de una parte de sus opresores a las otras. Esta fue, por tanto, una revolución no contra esta o aquella forma, legítima, constitucional, republicana o imperialista, de poder del Estado. Fue una revolución contra el Estado mismo, ese aborto sobrenaturalista de la sociedad, una reasunción por el pueblo y para el pueblo de su propia vida social. No fue una revolución para transferirlo de una fracción de las clases dominantes a otra, sino una revolución para quebrantar esta horrible maquinaria de la dominación de clase misma. No fue una de esas luchas enanas entre las formas ejecutiva y parlamentaria de la dominación de clase, sino una revuelta contra ambas formas, que se integran mutuamente, y de las cuales la forma parlamentaria era solo la obra accesoria engañosa del Ejecutivo. El Segundo Imperio fue la forma final de esta usurpación estatal. La Comuna fue su negación definitiva y, por tanto, la iniciación de la Revolución Social del siglo XIX. Cualquiera que sea, pues, su suerte en París, hará le tour du monde. Fue aclamada de inmediato por la clase obrera de Europa y de los Estados Unidos como la palabra mágica de la liberación. Las glorias y las hazañas antediluvianas del conquistador prusiano parecieron solo alucinaciones de un pasado remoto.

Solo la clase obrera podía formular con la palabra “Comuna” e iniciar mediante la combatiente Comuna de París esta nueva aspiración. Incluso la última expresión de ese poder del Estado en el Segundo Imperio, aunque humillante para el orgullo de las clases dominantes y arrojando al viento sus pretensiones parlamentarias de autogobierno, había sido solo la última forma posible de su dominación de clase. Aunque desposeyéndolas políticamente, fue la orgía bajo la cual todas las infamias económicas y sociales de su régimen alcanzaron pleno dominio. La burguesía media y la pequeña clase media estaban, por sus condiciones económicas de vida, excluidas de iniciar una nueva revolución e inducidas a seguir la senda de las clases dominantes o [a convertirse en] seguidoras de la clase obrera. Los campesinos eran la base económica pasiva del Segundo Imperio, de ese último triunfo de un Estado separado de e independiente de la sociedad. Solo los proletarios, inflamados por una nueva tarea social a cumplir por ellos para toda la sociedad, abolir todas las clases y toda dominación de clase, eran los hombres para quebrantar el instrumento de esa dominación de clase: el Estado, el poder gubernamental centralizado y organizado que usurpa ser el amo en lugar del servidor de la sociedad. En la lucha activa contra ellos por parte de las clases dominantes, apoyadas por la adhesión pasiva del campesinado, se había engendrado el Segundo Imperio, la última coronación y al mismo tiempo la más señalada prostitución del Estado —que había ocupado el lugar de la Iglesia medieval—. Había brotado a la vida contra ellos. Por ellos fue quebrantado, no como una forma peculiar de poder gubernamental (centralizado), sino como su expresión más poderosa, elaborada hasta una independencia aparente de la sociedad y, por tanto, también su realidad más prostituida, cubierta de infamia de arriba abajo, habiendo concentrado en sí la corrupción absoluta en el interior y la impotencia absoluta en el exterior.

Pero esta forma de dominación de clase solo se había derrumbado para hacer del Ejecutivo, de la maquinaria gubernamental del Estado, el grande y único objeto de ataque de la revolución.

El parlamentarismo en Francia había llegado a su fin. Su último período y predominio más pleno fue la República Parlamentaria desde mayo de 1848 hasta el golpe de Estado. El Imperio que lo mató fue su propia creación. Bajo el Imperio, con su Cuerpo Legislativo y su Senado —en esta forma ha sido reproducido en las monarquías militares de Prusia y Austria—, no había sido más que una mera farsa, una mera obra accesoria del despotismo en su forma más cruda. El parlamentarismo, pues, estaba muerto en Francia, y la revolución de los obreros ciertamente no iba a despertarlo de esta muerte.

La Comuna —la reabsorción del poder del Estado por la sociedad como sus propias fuerzas vivas en vez de como fuerzas que la controlan y subyugan, por las masas populares mismas, que forman su propia fuerza en lugar de la fuerza organizada de su supresión— la forma política de su emancipación social, en lugar de la fuerza artificial (apropiada por sus opresores) (su propia fuerza opuesta a ellas y organizada contra ellas) de la sociedad esgrimida para su opresión por sus enemigos. La forma era simple, como todas las grandes cosas. La reacción de las revoluciones anteriores —el tiempo que necesitan todos los desarrollos históricos, y en el pasado siempre perdido en todas las revoluciones, en los días mismos del triunfo popular, tan pronto como este había depuesto sus armas victoriosas, para volverse contra sí mismo— primero, desplazando al ejército por la Guardia Nacional.

«Por primera vez desde el 4 de septiembre, la República está liberada del gobierno de sus enemigos. ... [Da] a la ciudad una milicia nacional que defiende a los ciudadanos contra el poder (el gobierno) en lugar de un ejército permanente que defiende al gobierno contra los ciudadanos.» (Proclamación del Comité Central del 22 de marzo.)[156]

(El pueblo solo tenía que organizar esta milicia a escala nacional, para haber acabado con los ejércitos permanentes; [esta es] la primera condición económica sine qua [non] para todas las mejoras sociales, descartando de inmediato esta fuente de impuestos y deuda del Estado, y este constante peligro de usurpación gubernamental de la dominación de clase —de la dominación de clase regular o de un aventurero que pretende salvar a todas las clases); al mismo tiempo, la garantía más segura contra la agresión extranjera y haciendo de hecho imposible el costoso aparato militar en todos los demás Estados; la emancipación del campesino del impuesto de sangre y de [ser] la fuente más fértil de toda la tributación y las deudas del Estado. He aquí ya el punto en que la Comuna es una suerte para el campesino, la primera palabra de su emancipación. Con la “policía independiente” abolida, y sus rufianes suplantados por servidores de la Comuna. El sufragio universal, hasta ahora abusado ya sea para la sanción parlamentaria del Santo Poder del Estado, ya sea como un juego en manos de las clases dominantes, solo empleado por el pueblo para sancionar (elegir los instrumentos de) la dominación parlamentaria de clase una vez cada muchos años, [es] adaptado a sus verdaderos fines, a elegir por las Comunas a sus propios funcionarios de administración e iniciativa. [Disipada queda] la ilusión como si la administración y el gobierno político fueran misterios, funciones trascendentes que solo debieran confiarse a las manos de una casta adiestrada —parásitos del Estado, sicofantes abundantemente pagados y sinecuristas en los puestos superiores, que absorben la inteligencia de las masas y la vuelven contra ellas mismas en los lugares inferiores de la jerarquía. Aboliendo por completo la jerarquía estatal y reemplazando a los amos altivos del pueblo por servidores siempre revocables, una responsabilidad ficticia por una responsabilidad real, ya que actúan continuamente bajo la supervisión pública. Pagados como obreros calificados, 12 libras al mes, no excediendo el salario más alto de 240 libras al año, un salario algo superior a 1/5, según una gran autoridad científica, el profesor Huxley, para satisfacer a un oficinista de la Junta Escolar Metropolitana. Toda la farsa de los misterios de Estado y las pretensiones de Estado fue abolida por una Comuna, compuesta en su mayoría de simples obreros, organizando la defensa de París, llevando la guerra contra los pretorianos de Bonaparte, asegurando el approvisionnement [abastecimiento] de esa inmensa ciudad, llenando todos los puestos hasta entonces divididos entre gobierno, policía y prefectura, haciendo su trabajo públicamente, simplemente, bajo las más difíciles y complicadas circunstancias, y haciéndolo, como Milton hizo su Paraíso Perdido, por unas pocas libras, actuando a plena luz del día, sin pretensiones de infalibilidad, sin esconderse tras oficinas de circunloquios, sin avergonzarse de confesar errores corrigiéndolos. Haciendo de una sola vez de las funciones públicas —militares, administrativas, políticas— verdaderas funciones de obreros, en lugar de los atributos ocultos de una casta adiestrada; (manteniendo el orden en la turbulencia de la guerra civil y la revolución) (iniciando medidas de regeneración general). Cualesquiera que sean los méritos de las medidas aisladas de la Comuna, su medida más grande fue su propia organización, improvisada con el enemigo extranjero a una puerta y el enemigo de clase a la otra, probando con su vida su vitalidad, confirmando su tesis con su acción. Su aparición fue una victoria sobre los vencedores de Francia. París, cautiva, reasumió mediante un audaz salto la jefatura de Europa, no dependiendo de la fuerza bruta, sino tomando la delantera del movimiento social, dando cuerpo a las aspiraciones de la clase obrera de todos los países.

Con todas las grandes ciudades organizadas en Comunas según el modelo de París, ningún gobierno podría reprimir el movimiento por la sorpresa de una reacción súbita. Incluso mediante este paso preparatorio llegó el tiempo de incubación, la garantía del movimiento. Toda Francia [quedaría] organizada en Comunas que se auto-trabajan y auto-gobiernan, sustituido el ejército permanente por las milicias populares, eliminado el ejército de parásitos del Estado, desplazada la jerarquía clerical por el maestro de escuela, transformado el juez del Estado en órganos comunales, el sufragio para la representación nacional no una cuestión de prestidigitación para un gobierno todopoderoso sino la expresión deliberada de Comunas organizadas, reducidas las funciones del Estado a unas pocas funciones para fines nacionales generales.

Tal es la Comuna: la forma política de la emancipación social, de la liberación del trabajo de las usurpaciones (de la esclavización) de los monopolistas de los medios de trabajo, creados por los propios trabajadores o que constituyen un don de la naturaleza. Así como la maquinaria del Estado y el parlamentarismo no son la vida real de las clases dominantes, sino tan sólo los órganos generales organizados de su dominación, las garantías políticas y las formas y expresiones del viejo orden de cosas, así la Comuna no es el movimiento social de la clase obrera y, por tanto, de una regeneración general de la humanidad, sino los medios organizados de acción. La Comuna no suprime las luchas de clases, a través de las cuales las clases trabajadoras luchan por la abolición de todas las clases y, por lo tanto, de toda dominación de clase (porque no representa un interés particular, representa la liberación del “trabajo”, es decir, la condición fundamental y natural de la vida individual y social que sólo mediante la usurpación, el fraude y los artificios artificiales puede ser desplazada de los pocos a los muchos), pero brinda el medio racional en el que esa lucha de clases puede recorrer sus diferentes fases de la manera más racional y humana. Puede desencadenar reacciones violentas y revoluciones igualmente violentas. Comienza la emancipación del trabajo —su gran meta— eliminando el trabajo improductivo y perjudicial de los parásitos del Estado, cortando los resortes que sacrifican una inmensa porción del producto nacional para alimentar al monstruo estatal, por un lado, y realizando, por el otro, el trabajo real de administración, local y nacional, a salarios de trabajadores. Comienza, por tanto, con un inmenso ahorro, con una reforma económica al igual que con una transformación política.

Una vez que la organización comunal esté firmemente establecida a escala nacional, las catástrofes que aún pudiera sufrir serían insurrecciones esporádicas de esclavistas, que, aunque interrumpieran por un momento la obra del progreso pacífico, no harían sino acelerar el movimiento, poniendo la espada en manos de la Revolución Social.

La clase obrera sabe que tiene que pasar por diferentes fases de la lucha de clases. Sabe que la superación de las condiciones económicas de la esclavitud del trabajo por las condiciones del trabajo libre y asociado sólo puede ser la obra progresiva del tiempo (esa transformación económica), que requiere no sólo un cambio en la distribución, sino una nueva organización de la producción, o más bien la liberación de las formas sociales de producción en el trabajo organizado actual (engendrado por la industria actual) de las trabas de la esclavitud, de su actual carácter de clase, y su coordinación armoniosa nacional e internacional. Sabe que esta obra de regeneración será una y otra vez retardada e impedida por la resistencia de los intereses creados y los egoísmos de clase. Sabe que la presente “acción espontánea de las leyes naturales del capital y de la propiedad territorial” sólo puede ser superada por “la acción espontánea de las leyes de la economía social del trabajo libre y asociado” mediante un largo proceso de desarrollo de nuevas condiciones, como lo fue la “acción espontánea de las leyes económicas de la esclavitud” y la “acción espontánea de las leyes económicas de la servidumbre”. Pero sabe al mismo tiempo que se pueden dar grandes pasos de inmediato mediante la forma comunal de organización política y que ha llegado el momento de iniciar ese movimiento para sí mismos y para la humanidad.

Campesinado

(Indemnización de guerra.) Incluso antes de la instalación de la Comuna, el Comité Central había declarado a través de su Journal officiel: “La mayor parte de la indemnización de guerra debe ser pagada por los autores de la guerra.” [157] Esta es la gran “conspiración contra la civilización” que los hombres del Orden más temen. Esta es la cuestión más práctica. Con la Comuna victoriosa, los autores de la guerra tendrán que pagar su indemnización; con Versalles victorioso, las masas productoras, que ya han pagado con sangre, ruina y contribución, tendrán que pagar de nuevo, y los dignatarios financieros incluso se las arreglarán para sacar provecho de la transacción. La liquidación de los costos de la guerra será decidida por la guerra civil. La Comuna representa en este punto vital no sólo los intereses de la clase obrera, de la pequeña clase media, de hecho, de toda la clase media con excepción de la burguesía (los capitalistas ricos) (los terratenientes ricos y sus parásitos del Estado). Representa sobre todo el interés del campesinado francés. Sobre ellos se descargará la mayor parte de los impuestos de guerra, si Thiers y sus “Ruraux” resultan victoriosos. Y hay gente bastante tonta para repetir el grito de los “Ruraux” de que ellos —los grandes propietarios territoriales— “representan al campesino”, el cual, por supuesto, en la ingenuidad de su alma, está sumamente ansioso por pagar por esos buenos “terratenientes” los millares de millones de la indemnización de guerra, que ya le hicieron pagar el millardo de indemnización: la indemnización de la Revolución.[83]

Los mismos hombres comprometieron deliberadamente la República de Febrero con el impuesto adicional de 45 céntimos [84] sobre el campesino, pero esto lo hicieron en nombre de la Revolución, en nombre del “gobierno provisional” creado por ella. ¡Ahora es en su propio nombre que libran una guerra civil contra la República Comunal para descargar la indemnización de guerra de sus propios hombros sobre los del campesino! ¡Éste, por supuesto, estará encantado!

La Comuna abolirá el reclutamiento obligatorio, el Partido del Orden sujetará al campesino con el impuesto de sangre. El Partido del Orden le impondrá al recaudador de impuestos para pagar una maquinaria estatal parasitaria y costosa, la Comuna le dará un gobierno barato. El Partido del Orden continuará moliéndolo con el usurero urbano, la Comuna lo liberará del íncubo de las hipotecas que pesan sobre su parcela de tierra. La Comuna reemplazará el cuerpo judicial parasitario que devora el corazón de sus ingresos —el notario, el huissier, etc.— por agentes comunales que harán su trabajo a salarios de obreros, en lugar de enriquecerse a costa del trabajo del campesino. ¡Derribará toda esa telaraña judicial que atrapa al campesino francés y da cobijo a la magistratura y a los maires de las arañas burguesas que chupan su sangre! El Partido del Orden lo mantendrá bajo el dominio del gendarme, ¡la Comuna le devolverá la vida independiente, social y política! ¡La Comuna lo ilustrará mediante el gobierno del maestro de escuela, el Partido del Orden le impondrá el embrutecimiento mediante el dominio del cura! ¡Pero el campesino francés es, ante todo, un hombre que calcula! ¡Encontrará sumamente razonable que el pago del clero ya no le sea exigido por el recaudador de impuestos, sino que se deje a la “acción espontánea” de su instinto religioso!

El campesino francés había elegido presidente de la República a Luis Bonaparte, ¡pero el Partido del Orden (durante el régimen anónimo de la República bajo la Asamblea constituyente y legislativa) fue el creador del Imperio! ¡Lo que el campesino francés quiere realmente, empezó a mostrarlo en 1849 y 1852 oponiendo su maire al prefecto del gobierno, su maestro de escuela al cura del gobierno, él mismo al gendarme del gobierno! ¡El núcleo de las leyes reaccionarias del Partido del Orden en 1849 —y particularmente en enero y febrero de 1850 [85]— estaban dirigidas específicamente contra el campesinado francés! Si el campesino francés había hecho presidente de la República a Luis Bonaparte porque, en su tradición, todos los beneficios que había obtenido de la primera Revolución se transferían fantásticamente al primer Napoleón, ¡los levantamientos armados de campesinos en algunos departamentos de Francia y la cacería de gendarmes sobre ellos tras el golpe de Estado demostraron que aquella ilusión se desmoronaba rápidamente! El Imperio se fundó sobre ilusiones artificialmente alimentadas hasta el poder y sobre prejuicios tradicionales, la Comuna se fundaría sobre sus intereses vivos y sus necesidades reales.

El odio del campesino francés se concentra en los “Rurales”, los hombres del Château, los hombres del millardo de indemnización y el capitalista urbano disfrazado de propietario territorial, cuyas usurpaciones sobre él nunca avanzaron más rápidamente que bajo el Segundo Imperio, fomentadas en parte por medios artificiales del Estado, en parte surgidas naturalmente del propio desarrollo de la agricultura moderna. Los “Rurales” saben que tres meses de dominio del Imperio republicano en Francia serían la señal del levantamiento del campesinado y del proletariado agrícola contra ellos. ¡De ahí su odio feroz hacia la Comuna! Lo que temen incluso más que la emancipación del proletariado urbano es la emancipación de los campesinos. Los campesinos pronto aclamarían al proletariado urbano como sus propios dirigentes y hermanos mayores. Existe, por supuesto, en Francia como en la mayoría de los países continentales, un profundo antagonismo entre los productores urbanos y rurales, entre el proletariado industrial y el campesinado. Las aspiraciones del proletariado, la base material de su movimiento, es el trabajo organizado en gran escala, aunque actualmente organizado despóticamente, y los medios de producción centralizados, aunque actualmente centralizados en manos del monopolista, no sólo como medios de producción, sino como medios de explotación y esclavización de los productores. Lo que el proletariado tiene que hacer es transformar el actual carácter capitalista de ese trabajo organizado y de esos medios de trabajo centralizados, transformarlos de medios de dominación y explotación de clase en formas de trabajo libre y asociado y medios sociales de producción. Por otro lado, el trabajo del campesino está aislado y los medios de producción están parcelados, dispersos. Sobre estas diferencias económicas se levanta, superconstruido, todo un mundo de diferentes puntos de vista sociales y políticos. Pero esta propiedad campesina ha superado desde hace mucho su fase normal, es decir, la fase en la que era una realidad, un modo de producción y una forma de propiedad que respondía a las necesidades económicas de la sociedad y colocaba a los propios productores rurales en condiciones normales de vida. Ha entrado en su período de decadencia. De un lado, ha surgido de ella un gran proletariado rural (prolétariat foncier), cuyos intereses son idénticos a los de los trabajadores asalariados urbanos. El modo de producción mismo ha quedado anticuado por el progreso moderno de la agronomía. Por último —la propiedad campesina misma se ha vuelto nominal, dejando al campesino la ilusión de la propiedad y expropiándolo de los frutos de su propio trabajo. La competencia de los grandes productores agrícolas, el impuesto de sangre, el impuesto estatal, la usura del acreedor hipotecario urbano y el multitudinario saqueo del sistema judicial que se ha tejido a su alrededor, lo han degradado a la posición de un ryot hindú, mientras que la expropiación —incluso la expropiación de su propiedad nominal— y su degradación a proletario rural es un hecho cotidiano. Lo que separa al campesino del proletario no es ya, por tanto, su interés real, sino su prejuicio ilusorio. Si la Comuna, como hemos mostrado, es el único poder que puede otorgarle grandes adelantos inmediatos incluso en sus condiciones económicas actuales, es la única forma de gobierno que puede asegurarle la transformación de sus condiciones económicas actuales, rescatarlo de la expropiación por parte del terrateniente, por un lado, salvarlo de la molienda, del trabajo penoso y de la miseria bajo el pretexto de la propiedad, por el otro; que puede convertir su propiedad nominal de la tierra en propiedad real de los frutos de su trabajo, que puede combinar para él las ventajas de la agronomía moderna, dictadas por las necesidades sociales y que hoy lo acosan cada día como una potencia hostil, sin aniquilar su posición como productor realmente independiente. Beneficiándose inmediatamente de la República Comunal, pronto confiaría en ella.

Union (Ligue) Républicaine

El partido del desorden, cuyo régimen alcanzó su cumbre bajo la corrupción del Segundo Imperio, ha abandonado París (éxodo de París), seguido de sus pertenencias, sus lacayos, sus sirvientes, sus parásitos del Estado, sus mouchards, sus cocottes y toda la banda del bajo bohème (los criminales comunes) que forman el complemento de ese bohème de calidad. Pero los elementos verdaderamente vitales de las clases medias, liberados por la revolución de los trabajadores de sus falsos representantes, se han separado de él por primera vez en la historia de las revoluciones francesas y han salido a la luz en sus verdaderos colores. Es la "Liga de la Libertad Republicana",[158] que actúa como intermediaria entre París y las provincias, renegando de Versalles y marchando bajo las banderas de la Comuna.

La Revolución Comunal como Representante de Todas las Clases de la Sociedad que No Viven del Trabajo Ajeno[ac]

Hemos visto que el proletariado parisino combate por el campesino francés, y Versalles combate contra él; que la mayor ansiedad de los ruraux es que París sea oído por el campesino y no esté ya separado [leído: de él] por el bloqueo; que en el fondo de su guerra contra París está el intento de mantener al campesinado como su siervo y tratarlo como antes como su matière “taillable à merci et miséricorde” [su objeto “sujeto a pagar impuestos a su merced y voluntad”].

¡Por primera vez en la historia, la pequeña y media clase media [pequeña y media burguesía] se ha agrupado abiertamente en torno a la revolución de los trabajadores, proclamándola como el único medio de su propia salvación y la de Francia! ¡Forma con ellos el grueso de la Guardia Nacional, se sienta con ellos en la Comuna, media por ellos en la Union républicaine!

¡Las principales medidas tomadas por la Comuna se toman para la salvación de la clase media – ¡la clase deudora de París contra la clase acreedora! Esa clase media se había agrupado en la insurrección de junio (1848) contra el proletariado bajo las banderas de la clase capitalista, de sus generales y de sus parásitos del Estado. Fue castigada de inmediato el 19 de septiembre de 1848 con el rechazo de los “concordats à l’amiable”.[79] ¡La victoria sobre la insurrección de junio se mostró también de inmediato como la victoria del acreedor, del capitalista acaudalado, sobre el deudor, la clase media! ¡Exigió despiadadamente su libra de carne! ¡El 13 de junio de 1849, la Guardia Nacional de esa clase media fue desarmada y acuchillada por el ejército de la burguesía!

Durante el Imperio, [como resultado de] la dilapidación de los recursos del Estado, de la que se alimentaba el capitalista acaudalado, esta clase media fue entregada al saqueo del agiotista, de los reyes del ferrocarril, de las estafadoras asociaciones del Crédit mobilier, etc., y expropiada por la asociación capitalista (sociedad por acciones). Rebajada en su posición política, atacada en sus intereses económicos, se sintió moralmente sublevada por las orgías de aquel régimen. Las infamias de la guerra le dieron el último choque y despertaron sus sentimientos como franceses. [Considerando] los desastres infligidos a Francia por esa guerra, su crisis de descomposición nacional y su ruina financiera, ¡esta clase media siente que no la clase corrupta de los aspirantes a esclavistas de Francia, sino sólo las aspiraciones viriles y la fuerza hercúlea de la clase obrera pueden acudir al rescate!

¡Sienten que sólo la clase obrera puede emanciparlos del dominio clerical, convertir la ciencia de instrumento de dominio de clase en una fuerza popular, convertir a los hombres de ciencia mismos de alcahuetes del prejuicio de clase, parásitos del Estado cazadores de cargos y aliados del capital, en libres agentes del pensamiento! La ciencia sólo puede desempeñar su genuino papel en la República del Trabajo.

La República sólo es posible como República Abiertamente Social

Esta guerra civil ha destruido las últimas ilusiones sobre la “República”, como el Imperio [destruyó] la ilusión del “sufragio universal” inorganizado en manos del gendarme del Estado y del cura. Todos los elementos vitales de Francia reconocen que una República sólo es posible en Francia y Europa como “República Social”, es decir, una República que reniega de la clase capitalista y terrateniente de la maquinaria del Estado para sustituirla por la Comuna, que francamente confiesa la “emancipación social” como el gran objetivo de la República y garantiza así esa transformación social mediante la organización comunal. ¡La otra República no puede ser más que el terrorismo anónimo de todas las fracciones monárquicas, de los legitimistas, orleanistas y bonapartistas combinados para desembocar en un imperio quelconque [de cualquier tipo] como su meta final, el terror anónimo del dominio de clase que, habiendo hecho su trabajo sucio, estallará siempre en un Imperio!

Los republicanos profesionales de la Asamblea Rural son hombres que realmente creen, a pesar de las experiencias de 1848-51, a pesar de la guerra civil contra París, que la forma republicana del despotismo de clase [es] una forma posible y duradera, mientras que el “Partido del Orden” la exige sólo como una forma de conspiración para combatir a la República y reintroducir su única forma adecuada, la monarquía o más bien el imperialismo, como forma del despotismo de clase. En 1848, estos incautos voluntarios fueron empujados al primer plano hasta que, con la insurrección de junio, allanaron el camino para el dominio anónimo de todas las fracciones de los aspirantes a esclavistas en Francia. En 1871, en Versalles, son desde el principio empujados al trasfondo, ¡para figurar allí como la decoración “republicana” del gobierno de Thiers y sancionar con su presencia la guerra de los generales bonapartistas contra París! ¡En una autoironía inconsciente, estos desdichados celebran su reunión de partido en la Salle des Paume (Jeu de Paume) para mostrar cómo han degenerado respecto a sus predecesores de 1789![159] ¡Mediante sus Schölcher, etc., intentaron engatusar a París para que entregara sus armas a Thiers y forzarlo al desarme mediante la Guardia Nacional del “Orden” bajo Saisset! No hablamos de los llamados diputados socialistas de París como Louis Blanc. Soportan mansamente los insultos de un Dufaure y de los ruraux, adoran los derechos “legales” de Thiers y, gimiendo en presencia de los bandidos, ¡se cubren de infamia!

Trabajadores y Comte

Si los trabajadores han superado la época del sectarismo socialista, no debería olvidarse que nunca han estado en las andaderas del comtismo. Esta secta nunca ha proporcionado a la Internacional más que una rama de aproximadamente media docena de hombres, cuyo programa fue rechazado por el Consejo General.[160] Comte es conocido por los trabajadores parisinos como el profeta en política del imperialismo (de la dictadura personal), del dominio capitalista en economía política, de la jerarquía en todas las esferas de la acción humana, incluso en la esfera de la ciencia, y como el autor de un nuevo catecismo con un nuevo papa y nuevos santos en lugar de los antiguos.

Si sus seguidores en Inglaterra desempeñan un papel más popular que los de Francia, no es por predicar sus doctrinas sectarias, sino por su valor personal, y por la aceptación [...] de las formas de la lucha de clases obreras creadas sin ellos,[ad] como, por ejemplo, las trade unions y las huelgas en Inglaterra, que, dicho sea de paso, son denunciadas como herejía por sus correligionarios de París.

La Comuna (Medidas Sociales)

Que los trabajadores de París han tomado la iniciativa de la presente Revolución y con heroica abnegación soportan el peso de esta batalla, no es nada nuevo. ¡Es el hecho sorprendente de todas las revoluciones francesas! ¡Es sólo una repetición del pasado! Que la Revolución se hace en nombre y confesadamente para las masas populares, es decir, las masas productoras, es un rasgo que esta Revolución tiene en común con todas sus predecesoras. El rasgo nuevo es que el pueblo, tras el primer alzamiento, no se ha desarmado y entregado su poder a los charlatanes republicanos de las clases dominantes, que, mediante la constitución de la Comuna, han tomado la dirección efectiva de su Revolución en sus propias manos y han encontrado al mismo tiempo, en caso de éxito, los medios para mantenerla en manos del pueblo mismo, desplazando la maquinaria del Estado, la maquinaria gubernamental de las clases dominantes por una maquinaria gubernamental propia. ¡Éste es su crimen inefable! ¡Trabajadores que infringen el privilegio gubernamental de los 10.000 de arriba y proclaman su voluntad de romper la base económica de ese despotismo de clase que, por su propio interés, empuñaba la fuerza organizada del Estado de la sociedad! ¡Esto es lo que ha arrojado a las clases respetables, tanto en Europa como en los Estados Unidos, al paroxismo de las convulsiones y explica sus gritos de abominación [de que] es blasfemia, [y] sus feroces llamamientos al asesinato del pueblo y la grosería de insultos y calumnias desde sus tribunas parlamentarias y su servil prensa!

¡La mayor medida de la Comuna es su propia existencia, laborando, actuando bajo circunstancias de dificultad inaudita! ¡La bandera roja, izada[ae] por la Comuna de París, corona en realidad sólo el gobierno de los trabajadores para París! ¡Han proclamado clara, conscientemente, la Emancipación del Trabajo y la transformación de la sociedad como su meta! Pero el carácter “social” real de su República consiste sólo en esto: ¡que los trabajadores gobiernan la Comuna de París! ¡En cuanto a sus medidas, deben, por la naturaleza de las cosas, limitarse principalmente a la defensa militar de París y su approvisionnement [abastecimiento]!

[la República, una e indivisible] (Louis Blanc la expresa así, Thiers la llama unidad de Francia) mientras que su primera hazaña misma fue sublevarse contra la unidad declarándose por la “decapitación y descapitalización” de París, queriendo entronizar a la Asamblea en una ciudad de provincia. Lo que realmente quieren es volver a lo que precedió a la maquinaria estatal centralizada, volverse más o menos independientes de sus prefectos y sus ministros, y poner en su lugar la influencia señorial provincial y local de los Châteaux. Quieren una descentralización reaccionaria de Francia. Lo que París quiere es suplantar esa centralización que ha cumplido su servicio contra la feudalidad, pero que se ha convertido en la mera unidad de un cuerpo artificial, apoyado en gendarmes, ejércitos rojo y negro, reprimiendo la vida de la sociedad real, pesando como una pesadilla sobre ella, otorgando a París una “omnipotencia aparente” al encerrarlo y dejar las provincias al margen – suplantar esta Francia unitaria que existe al lado de la sociedad francesa, por la unión política de la sociedad francesa misma mediante la organización comunal.

Los verdaderos partidarios de romper la unidad de Francia son, por tanto, los rurales, opuestos a la maquinaria estatal unitaria en la medida en que interfiere con su propia importancia local (derechos señoriales), en la medida en que es el antagonista del feudalismo.

Lo que París quiere es romper ese sistema unitario ficticio, en la medida en que es el antagonista de la unión real y viva de Francia y un mero medio de dominación de clase.

Visión comtista

Hombres completamente ignorantes del sistema económico existente son, por supuesto, aún menos capaces de comprender la negación de los obreros a ese sistema. No pueden, naturalmente, comprender que la transformación social a la que apunta la clase obrera es el nacimiento necesario, histórico, inevitable del sistema actual mismo. Hablan en tonos despectivos de la amenazada abolición de la “propiedad”, porque a sus ojos su actual forma clasista de propiedad – una forma histórica transitoria – es la propiedad misma, y la abolición de esa forma sería por tanto la abolición de la propiedad. Así como ahora defienden la “caridad” del dominio del capital y el sistema del salariado, si hubieran vivido en tiempos feudales o en tiempos de esclavitud habrían defendido el sistema feudal y el sistema esclavista, por fundarse en la naturaleza de las cosas, por ser un brote espontáneo surgido de la naturaleza; [habrían] declamado fieramente contra sus “abusos”, pero al mismo tiempo, desde la altura de su ignorancia, respondiendo a las profecías de su abolición con el dogma de su “caridad” sopesada por “frenos morales” (“constreñimientos”).

Tienen tanta razón en su apreciación de los objetivos de las clases trabajadoras parisinas como el señor Bismarck al declarar que lo que la Comuna quiere es la propiedad social que hace de la propiedad el atributo del trabajo; lejos de crear “constreñimientos morales” individuales, emancipará las “costumbres” del individuo de sus constreñimientos de clase.

¡Pobres hombres! Ni siquiera saben que toda forma social de propiedad tiene sus propias “costumbres”, y que la forma de [...]

Cómo el aliento de la revolución popular ha cambiado París. La Revolución de Febrero fue llamada la revolución del desprecio moral. Fue proclamada por los gritos del pueblo: “¡A bas les grands voleurs! ¡A bas les assassins!” [“¡Abajo los grandes ladrones! ¡Abajo los asesinos!”]. Tal era el sentimiento del pueblo. Pero en cuanto a la burguesía, ¡querían un dominio más amplio para la corrupción! Lo consiguieron bajo el reinado de Luis Bonaparte (Napoleón el Pequeño). París, la ciudad gigantesca, la ciudad de la iniciativa histórica, fue transformada en la maison dorée [“casa dorada” – burdel] de todos los ociosos y estafadores del mundo, ¡en un guisado cosmopolita! Tras el éxodo de la “gente de mejor clase”, reapareció el París de la clase obrera, heroico, abnegado, ¡entusiasta en el sentimiento de su hercúlea tarea! Ningún cadáver en la Morgue, ninguna inseguridad en las calles. París nunca estuvo más tranquilo por dentro. En lugar de las cocottes, ¡las heroicas mujeres de París! ¡París viril, severo, combatiente, trabajador, pensante! ¡París magnánimo! Ante el canibalismo de sus enemigos, ¡haciendo a sus prisioneros meramente inofensivos!... Lo que París ya no tolerará más es, sin embargo, la existencia de las cocottes y los cocodès [dandis]. Lo que está resuelta a expulsar o transformar es esta raza inútil, escéptica y egoísta que se ha apoderado de la ciudad gigantesca para usarla como propia. Ninguna celebridad del Imperio tendrá derecho a decir: “París es muy agradable en los mejores barrios, pero hay demasiados pobres en los otros.” (Vérité, 23 de abril):

“El crimen privado, maravillosamente disminuido en París. ¡La ausencia de ladrones y cocottes, de asesinatos y ataques callejeros: todos los conservateurs [conservadores] han huido a Versalles!”

“No se ha señalado un solo ataque nocturno, incluso en los barrios más apartados y menos frecuentados, desde que los ciudadanos hacen ellos mismos su labor policial.”

Fragmentos

Thiers sobre los rurales

Este partido “sólo conoce tres medios: la invasión extranjera, la guerra civil y la anarquía... Un gobierno así nunca será el de Francia.” (Cámara de los Diputados, 5 de enero de 1833.)

Gobierno de Defensa

Y este mismo Trochu dijo en su famoso programa: “El gobernador de París no capitulará jamás”, y Jules Favre en su circular: “Ni una piedra de nuestras fortalezas, ni un pie de nuestro territorio”, lo mismo que Ducrot: “No regresaré a París sino muerto o victorioso.” Luego encontró en Burdeos que su vida era necesaria para reprimir a los “rebeldes” de París. (Estos miserables saben que en su huida a Versalles han dejado atrás las pruebas de sus crímenes, y para destruir estas pruebas no retrocederían ante hacer de París una montaña de ruinas bañada en un mar de sangre.) (Manifiesto a la provincia, por globo.)

“La unidad que se nos ha impuesto hasta ahora, por el Imperio, la Monarquía y el Gobierno Parlamentario, no es más que centralización, despótica, ininteligente, arbitraria y onerosa. La unidad política tal como la desea París, es una asociación voluntaria de toda iniciativa local”, ... una delegación central de las Comunas Federadas. “Fin del viejo mundo gubernamental y clerical, de la supremacía militar y de la burocracia y el tráfico de monopolios y privilegios a los que el proletariado debía su esclavitud y la patria sus desgracias y desastres.” (Proclama de la Comuna, 19 de abril.)

Gendarmes y policías

20.000 gendarmes (atraídos a Versalles desde toda Francia, en total 30.000 bajo el Imperio) y 12.000 agentes de la policía parisina – base del ejército más fino que Francia haya tenido jamás.

Diputados republicanos de París

Los Diputados Republicanos de París “no han protestado ni contra el bombardeo de París, ni contra las ejecuciones sumarias de los prisioneros, ni contra las calumnias contra el pueblo de París. Al contrario, con su presencia en la Asamblea y su mutisme [mutismo], han dado consagración a todos estos actos apoyados por la notoriedad que el Partido Republicano ha conferido a esos hombres. Se han convertido en aliados y cómplices conscientes del partido monárquico. Decláraseles traidores a su mandato y a la República.” (Asociación general de los defensores de la República.) (9 de mayo.)

“La centralización conduce a la apoplejía en París y a la ausencia de vida en todas partes.” (Lamennais.)

“Hoy todo se refiere a un centro, y este centro es, por así decirlo, el Estado mismo.” (Montesquieu.)

Asunto Vendôme, etc.

El Comité Central de la Guardia Nacional, constituido por la nominación de un delegado de cada compañía, al entrar los prusianos en París, transportó a Montmartre, Belleville y La Villette los cañones y ametralladoras fundidos por suscripción de los propios Guardias Nacionales, cañones y ametralladoras que fueron abandonados por el Gobierno de Defensa Nacional, incluso en aquellos barrios que iban a ser ocupados por los prusianos.

En la mañana del 18 de marzo el Gobierno hizo un enérgico llamamiento a la Guardia Nacional, pero de 400.000 Guardias Nacionales sólo 300 hombres respondieron.

El 18 de marzo, a las 3 de la madrugada, los agentes de policía y algunos batallones de línea estuvieron en Montmartre, Belleville y La Villette para sorprender a los guardianes de la artillería y llevársela por la fuerza.

La Guardia Nacional resistió, los soldados de línea levèrent la crosse en l’air [pusieron las culatas en alto], a pesar de las amenazas y las órdenes del General Lecomte, fusilado el mismo día por sus soldados al mismo tiempo que Clément Thomas. (“Tropas de línea pusieron las culatas de sus fusiles al aire y fraternizaron con los insurgentes.”)

El boletín de victoria de Aurelle de Paladines estaba ya impreso; también papeles encontrados sobre la Descentralización de París.

El 19 de marzo el Comité Central declaró levantado el estado de sitio de París; el 20 Picard lo proclamó para el departamento de Sena y Oise.

18 de marzo (por la mañana: creyendo aún en su victoria), Proclama de Thiers, fijada en los muros:

“El Gobierno ha resuelto actuar. Los criminales que pretenden instituir un gobierno deben ser entregados a la justicia regular y los cañones sustraídos deben ser devueltos a los Arsenales.”

Ya avanzada la tarde, fracasada la sorpresa nocturna, apela a la Guardia Nacional:

“El Gobierno no prepara un golpe de Estado. El Gobierno de la República no tiene ni puede tener otro fin que la salvación de la República.”

Él se limitará a “acabar con el comité insurgente”... “casi todos desconocidos para la población.”

Al caer la noche, una tercera proclama a la Guardia Nacional, firmada por Picard y Aurelle:

“Algunos hombres extraviados ... resisten formalmente a la Guardia Nacional y al ejército. ... El Gobierno ha decidido que os sean dejadas vuestras armas. Empuñadlas con resolución para establecer el imperio de la ley y salvar a la República de la anarquía.”

(El 17 Schölcher intenta engatusarlos para que se desarmen.)

Proclama del Comité Central del 19 de marzo: “El estado de sitio queda levantado. El pueblo de París es convocado para sus elecciones comunales.”

Íd. a la Guardia Nacional:

“Nos habéis encargado organizar la defensa de París y de vuestros derechos.... En este momento nuestro mandato ha expirado; os lo devolvemos, no ocuparemos el lugar de aquellos que el aliento popular vient de renverser [acaba de derribar].”

Permitieron a los miembros del Gobierno retirarse tranquilamente a Versalles (incluso a quienes tenían en sus manos como Ferry).

Las elecciones comunales convocadas para el 22 de marzo, a causa de la manifestación del Partido del Orden, aplazadas al 26 de marzo.

21 de marzo. Rugidos frenéticos de disentimiento de la Asamblea ante las palabras “Vive la République” al final de una Proclama “a los ciudadanos y al ejército (soldados).” Thiers: “Podría ser una propuesta muy legítima, etc.” (Disentimiento de los rurales.) Jules Favre hizo una arenga contra la doctrina de que la República está por encima del sufragio universal, halagó a la mayoría rural, amenazó a los parisinos con la intervención prusiana y provocó la manifestación del Partido del Orden. Thiers: “Pase lo que pase, no enviaría una fuerza armada a atacar París.” (Todavía no tenía tropas para hacerlo.)

El Comité central estaba tan poco seguro de su victoria que aceptó de buen grado la mediación de los alcaldes y los diputados de París… La obstinación de Thiers le permitió (al Comité) subsistir uno o dos días; entonces cobró conciencia de sus propias fuerzas. Innumerables errores de los revolucionarios. En lugar de poner fuera de combate a los sargentos de ciudad, se les abrieron las puertas; marcharon a Versalles, donde fueron acogidos como salvadores; se dejó salir al 43.º de línea; se envió a sus hogares a todos los soldados que habían fraternizado con el pueblo; se permitió a la reacción organizarse en el centro mismo de París; se dejó en paz a Versalles. Tridon, Jaclard, Varlin, Vaillant querían que se marchara inmediatamente a desalojar a los realistas… Favre y Thiers realizaban gestiones apremiantes cerca de las autoridades prusianas con el fin de obtener su concurso… para reprimir el movimiento insurreccional de París.

La ocupación constante de Trochu y de Clément Thomas de impedir todas las tentativas de armamento y de organización de la Guardia Nacional. La marcha sobre Versalles fue decidida, preparada y emprendida por el Comité central, sin conocimiento de la Comuna e incluso en oposición directa con su voluntad claramente manifestada…

Bergeret… en lugar de volar el puente de Neuilly, que los federados no podían guardar a causa del Mont-Valérien y de las baterías establecidas en Courbevoie, dejó a los realistas apoderarse de él, atrincherarse poderosamente allí y asegurarse así una vía de comunicación con París. …

Como dijo el Sr. Littré en una carta (Daily News, 20 de abril):

«París desarmada; París maniatada por los Vinoy, los Valentin, los Paladines, la República estaba perdida. Así lo comprendieron los parisinos. Ante la alternativa de sucumbir sin combatir, o de arriesgar una contienda terrible de resultado incierto, optaron por combatir; y no puedo sino elogiarlos por ello.»

La expedición a Roma, obra de Cavaignac, Jules Favre y Thiers.

«Un gobierno que tiene todas las ventajas interiores del gobierno republicano y la fuerza exterior del gobierno monárquico. Hablo de la república federativa. … Es una sociedad de sociedades, que forman una nueva, que puede acrecentarse mediante numerosos asociados, hasta que su poder baste para la seguridad de quienes se han unido. Esta suerte de república … puede mantenerse, en su grandeza, sin que el interior se corrompa. La forma de esta sociedad previene todos los inconvenientes.» (Montesquieu, Del espíritu de las leyes, l. IX, cap. I.)[169]

Constitución de 1793:[170]

§78) Hay en cada comuna de la República una administración municipal. En cada distrito, una administración intermedia; en cada departamento, una administración central. §79) Los oficiales municipales son elegidos por las asambleas de la comuna. §80) Los administradores son nombrados por las asambleas electorales de departamento y de distrito. §81) Las municipalidades y las administraciones son renovadas cada año por mitad.

Consejo ejecutivo. §62) Compuesto de 24 miembros. §63) La Asamblea electoral de cada departamento nombra un candidato. El Cuerpo legislativo elige de la lista general a los miembros del consejo. §64) Es renovado por mitad en cada legislatura, en el último mes de su período de sesiones. §65) El consejo está encargado de la dirección y de la vigilancia de la administración general. §66) Nombra, fuera de su seno, a los agentes en jefe de la administración general de la República. §68) Estos agentes no forman un consejo; están separados, sin relaciones inmediatas entre ellos; no ejercen ninguna autoridad personal. §73) El Consejo revoca y reemplaza a los agentes por él designados.

Azuzado, por una parte, por el llamado de Jules Favre a la guerra civil en la Asamblea —dijo que los prusianos habían amenazado con intervenir si los parisinos no cedían de inmediato—, y alentado por la indulgencia del pueblo y la actitud pasiva del Comité Central hacia él, el «Partido del Orden» de París se decidió por un golpe de mano, que se produjo el 22 de marzo bajo la etiqueta de una Procesión Pacífica, una manifestación pacífica contra el Gobierno Revolucionario. Y fue una manifestación pacífica de carácter muy peculiar. «Todo el movimiento pareció una sorpresa. No se hicieron preparativos para hacerle frente.» «Una turba amotinada de caballeros», en primera fila los familiares del Imperio, los Heeckeren, Coëtlogon y H. de Pène, etc., maltratando y desarmando a guardias nacionales destacados de centinelas avanzados, quienes huyeron a la plaza Vendôme, desde donde los guardias nacionales marchan de inmediato hacia la Rue Neuve-des-Petits-Champs. Al encontrarse con los amotinados, recibieron orden de no disparar, pero los amotinados avanzan al grito de: «¡Abajo los asesinos! ¡Abajo el Comité!», insultan a los guardias, intentan arrebatarles los fusiles, disparan con un revólver contra el ciudadano Maljournal (teniente del estado mayor de la plaza, miembro del Comité Central). El general Bergeret les intima a retirarse (a disolverse). Durante unos cinco minutos suenan los tambores y se hacen las intimaciones (que sustituyen a la lectura del acta de dispersión de los disturbios o Riot Act inglés). Contestan con gritos insultantes. Dos guardias nacionales caen gravemente heridos. Mientras tanto, sus camaradas vacilan y disparan al aire. Los amotinados intentan forzar las líneas y desarmarlos. Bergeret ordena fuego y los cobardes huyen. El tumulto se dispersa enseguida y el fuego cesa. Se dispara desde las casas sobre los guardias nacionales. Dos de ellos, Wahlin y François, mueren; ocho resultan heridos. Las calles por las que se dispersan los «pacíficos» quedan sembradas de revólveres y bastones de espada (muchos de ellos recogidos en la Rue de la Paix). El vizconde de Molinet, muerto por la espalda (por los suyos), [es] hallado con un puñal sujeto por una cadena.

Se batió llamada. Una cantidad de bastones de espada, revólveres y puñales yacían en las calles por donde había pasado la manifestación «desarmada». Se hicieron disparos de pistola antes de que los insurrectos recibieran la orden de disparar sobre la multitud. Los manifestantes fueron los agresores (presenciado por el general Sheridan desde una ventana).

Esto fue, pues, simplemente un intento, por parte de los reaccionarios de París, armados de revólveres, bastones de espada y puñales, de hacer lo que Vinoy no había logrado con sus sargentos de ciudad, soldados, cañones y ametralladoras. ¡Era realmente demasiado grave que los «órdenes inferiores» de París ni siquiera se dejasen desarmar por los «caballeros» de París!

Cuando el 13 de junio de 1849 los guardias nacionales de París hicieron una procesión realmente «desarmada» y «pacífica» para protestar contra un crimen, el ataque a Roma por las tropas francesas, el general Changarnier fue elogiado por su íntimo Thiers por acuchillarlos y tirotearlos. ¡Se declaró el estado de sitio, nuevas leyes de represión, nuevas proscripciones, un nuevo reinado del terror! En lugar de todo aquello, el Comité Central y los obreros de París se mantuvieron estrictamente a la defensiva, durante el encuentro mismo, dejaron que los agresores (los caballeros del puñal) regresaran tranquilamente a sus casas, y, con su indulgencia, al no pedirles cuentas por esta empresa audaz, los alentaron tanto que dos días más tarde, bajo el mando del almirante Saisset, enviado desde Versalles, [ellos] se replegaron nuevamente y volvieron a probar suerte en la guerra civil.

Y este asunto de Vendôme suscitó en Versalles un grito de «asesinato de ciudadanos desarmados», que repercutió en todo el mundo. Cabe señalar que incluso Thiers, aun repitiendo eternamente el asesinato de los dos generales, no se ha atrevido ni una sola vez a recordar al mundo este «asesinato de ciudadanos desarmados».

Como en los tiempos medievales el caballero podía usar cualquier arma contra el plebeyo, pero a este último no le estaba permitido ni siquiera defenderse.

(27 de marzo, Versalles. Thiers:

«Doy una contradicción formal a quienes me acusan de estar allanando el camino hacia un arreglo monárquico. Encontré la República como un hecho consumado. Ante Dios y ante los hombres declaro que no la traicionaré.»)

Después del segundo levantamiento del Partido del Orden, el pueblo de París no tomó represalia alguna. El Comité Central cometió incluso el gran error, contra el consejo de sus miembros más enérgicos, de no marchar de inmediato sobre Versalles, donde, tras la huida del almirante Saisset y el ridículo derrumbe de la Guardia Nacional del Orden, reinaba la consternación absoluta, sin haberse organizado aún ninguna fuerza de resistencia.

Tras la elección de la Comuna, el Partido del Orden probó de nuevo sus fuerzas en las urnas y, al ser derrotado otra vez, emprendió su éxodo de París. Durante la elección, estrechones de manos y fraternización de los burgueses (en los patios de las alcaldías) con los guardias nacionales insurrectos, mientras que entre ellos no hablan más que de «décimation en masse», «mitraille», «freír en Cayena», «fusillades en masa».

«Los fugitivos de ayer piensan hoy, adulando a los hombres del Hôtel de Ville, mantenerlos tranquilos hasta que los generales rurales y bonapartistas, que se están concentrando en Versalles, estén en posición de hacer fuego sobre ellos.»

Thiers inició el ataque armado contra la Guardia Nacional por segunda vez en el affaire del 2 de abril. Combates entre Courbevoie y Neuilly, cerca de París. Guardias Nacionales derrotados, el puente de Neuilly ocupado por los soldados de Thiers. Varios miles de guardias nacionales que habían salido de París y ocupado Courbevoie y Puteaux y el puente de Neuilly, derrotados. Se hicieron muchos prisioneros. Muchos de los insurgentes fueron fusilados de inmediato como rebeldes. Las tropas de Versalles iniciaron el fuego.

La Comuna:

«El gobierno de Versalles nos ha atacado. No pudiendo contar con el ejército, ha enviado a los zuavos pontificios de Charette, a los bretones de Trochu y a los gendarmes de Valentin para bombardear Neuilly.»[171]

El 2 de abril, el gobierno de Versalles había enviado una división compuesta principalmente por gendarmes, infantes de marina, guardias forestales y policías. Vinoy, con dos brigadas de infantería, y Galliffet, al mando de una brigada de caballería y una batería de artillería, avanzaron sobre Courbevoie.

París, 4 de abril. Millière (Declaración):

«El pueblo de París no hacía intento agresivo alguno... cuando el gobierno ordenó que fuera atacado por los ex soldados del Imperio, organizados como tropas pretorianas, bajo el mando de ex senadores.» [172]

Notas

Nota. En todo este documento, el término «middle-class» debe leerse como «burguesía», es decir, la clase capitalista, tanto grande como pequeña, en vez de entenderse en el uso moderno de «clase media», que designa a profesionales y pequeños empresarios por oposición a los grandes capitalistas.

a. En su manuscrito final, Marx hizo una revisión: Ernest Picard era Ministro de Finanzas del Gobierno de la Defensa Nacional y el Electeur libre era el periódico de la Oficina de Finanzas (véase p. 45).

b. La fecha correcta era el 31 de julio.

c. Louis Vacheron.

d. Denis Auguste Affre.

e. insurged: insurgentes.

f. Véase infra, pp. 206-08.

g. «banks» debe leerse «ranks».

h. octroyed: otorgado.

i. «hissed» debe leerse «hoisted».

j. Ese repugnante Triboulet (bufón trágico típico en Le Roi s’amuse de Victor Hugo).

k. La fecha correcta era el 25 de abril.

l. Esto se refiere a los partidarios de la Comuna.

m. En el manuscrito, encima de las palabras «apeló por primera vez a las provincias» se lee lo siguiente: «se dirigió a las provincias con un llamamiento angustiado, antes de haber obtenido de Bismarck un ejército de cautivos.» (Retraducido de la traducción alemana de los «Borradores de La guerra civil en Francia» en Marx/Engels, Werke, Vol. 17.)

n. «23 Bataillon» debe leerse «22º Batallón».

o. «St. Thérèse» debe leerse «St. Honoré».

p. trailed: registrado.

q. En la traducción alemana, esta frase dice: «Dejaron escapar a Trochu y a Ferry, y éstos se les echaron encima luego con los bretones de Trochu.»

r. François Tamisier.

s. «hissing» debe leerse «hoisting».

t. La fecha correcta era el 28 de enero.

u. En la traducción alemana, la última parte de la frase dice: «... que eran de su propiedad, habían sido reconocidas oficialmente como de su propiedad en la capitulación y, por lo tanto, le fueron dejadas.»

v. rise: levantamiento.

w. En la traducción alemana, esta frase dice: «Frente a las revoluciones anteriores –en las que siempre se perdía el tiempo necesario para todo desarrollo histórico y en las que, en los primerísimos días del triunfo popular, tan pronto como el pueblo deponía sus armas victoriosas, éstas se volvían contra el pueblo mismo–, la Comuna reemplazó en primer lugar al ejército por la Guardia Nacional.»

x. play: juguete.

y. relented: retardado.

z. superconstructed: como superestructura.

aa. «trudging» debe leerse «drudging».

ab. topped: alcanzó su cima.

ac. foreign labour: trabajo ajeno.

ad. En la traducción alemana, esta frase dice: «... y porque sus sectas aceptan las formas de la lucha de clases proletaria, que fueron creadas sin ellas. ...»

ae. «hissed» debe leerse «hoisted».

af. Leo Frankel.

ag. outdoor: exterior.

ah. birth: producto.

ai. En la traducción alemana, los dos últimos párrafos dicen:

«Tienen tanta razón en su apreciación de los objetivos de las clases trabajadoras de París como el señor Bismarck al declarar que lo que quiere la Comuna es el sistema municipal prusiano.

«¡Pobres hombres! Ni siquiera saben que toda forma social de propiedad tiene sus propias “costumbres” y que la forma de propiedad social que hace de la propiedad el atributo del trabajo –lejos de crear “constreñimientos morales” individuales– emancipará las “costumbres” del individuo de sus constreñimientos de clase.»

aj. En la traducción alemana, esta frase dice: «Ante el canibalismo de sus enemigos, tomó medidas para que sus cautivos no pudieran ponerla ya en peligro.»

ak. Que sumaban 30.000 bajo el Imperio.

al. «Decentralización» debe leerse «Diciembrización». [122]

am. removed: fue aplazado.