Friedrich Engels

[El mensaje «La guerra civil en Francia» y la prensa inglesa]

[«Der Volksstaat» n.º 54 del 5 de julio de 1871]

Londres, 30 de junio. Desde que Londres existe, ningún impreso ha causado semejante sensación como el mensaje del Consejo General de la Internacional. La gran prensa intentó al principio su recurso predilecto, el del silencio absoluto; pero bastaron unos pocos días para demostrarle que aquí no funcionaba. «Telegraph», «Standard», «Spectator», «Pall Mall Gazette», «Times» tuvieron que dignarse, uno tras otro, a editorializar sobre el «documento digno de atención». Luego vinieron cartas de terceros en los periódicos, que llamaban la atención sobre esto y aquello en particular. Luego otra vez artículos de fondo, y al final de la semana los semanarios volvieron de nuevo sobre el asunto. Toda la prensa ha tenido que confesar unánimemente que la Internacional es una gran potencia europea, con la que hay que contar, que no se elimina dejando de hablar de ella. La maestría estilística con que está redactado el mensaje —un lenguaje tan vigoroso como el de William Cobbett, dice el «Spectator»— tuvieron que reconocerla todos. Era de esperar que esta prensa burguesa se abalanzara de forma más o menos unánime sobre una reivindicación tan enérgica del punto de vista proletario, sobre una justificación tan decisiva de la Comuna de París. Asimismo, que las stieberiadas fabricadas por los periódicos policíacos de París y los documentos que Jules Favre endilgó a la Internacional, pertenecientes a una sociedad completamente distinta (la Alianza de la Socialdemocracia de Bakunin), le fueran atribuidos, pese a la contradicción pública del Consejo General. Sin embargo, al final incluso al filisteo le resultó excesivo el escándalo. El «Daily News» empezó a tranquilizar y el «Examiner», el único periódico que se comportó verdaderamente de forma decente, salió en defensa de la Internacional en un artículo detallado. Dos miembros ingleses del Consejo General, uno de los cuales (Odger) estaba desde hacía tiempo en un pie demasiado bueno con la burguesía, y el otro (Lucraft) parece haberse vuelto considerablemente más respetuoso con la opinión de las gentes «respetables» a raíz de su elección al consejo escolar de Londres, se dejaron mover por el ruido de los periódicos a declarar su dimisión, que fue también aceptada por unanimidad. Han sido ya sustituidos por otros dos obreros ingleses |J. Roach y A. Taylor| y pronto se darán cuenta de lo que significa traicionar al proletariado en la hora de la decisión.

Un clérigo inglés, Llewellyn Davies, se lamentaba en el «Daily News» de las invectivas contenidas en el mensaje contra Jules Favre y consortes, y opinaba que sería deseable que se determinara la verdad o falsedad de esas acusaciones, por su parte incluso mediante un proceso del gobierno francés contra el Consejo General. Al día siguiente declaraba Karl Marx en el mismo periódico que él, como autor del mensaje, se consideraba personalmente responsable de dichas acusaciones; pero la embajada francesa no parece tener orden de proceder contra él con una querella por difamación. Finalmente declara la «Pall Mall Gazette» que eso ni siquiera es necesario, que el carácter privado de un hombre de Estado siempre es sagrado y solo sus actos públicos pueden ser atacados. Naturalmente, si el carácter privado de los hombres de Estado ingleses fuera arrastrado ante la opinión pública, habría llegado el día del juicio final para el mundo oligárquico y burgués.

Un artículo de y sobre el canalla de Netschajew ha hecho la ronda en la prensa alemana desde el «Wanderer» vienés, en el que se glorifican sus hazañas, junto con las de Serebrennikow y Elpidin. De repetirse esto, volveremos más detenidamente sobre este limpio trío. Por ahora, solo la observación de que Elpidin es un notorio espía ruso.