Karl Marx en The Sun 1871

Carta al editor de The Sun, Charles Dana

Brighton, 25 de agosto de 1871

Mi estimado señor:

Ante todo, he de rogarle que disculpe mi prolongado silencio. Hace tiempo que debería haber contestado a su carta, de no haberme hallado completamente abrumado de trabajo, tanto que mi salud se quebrantó y mi médico consideró necesario desterrarme durante unos meses a este lugar de baños de mar, con la estricta prohibición de no hacer nada.

Atenderé su deseo a mi regreso a Londres, cuando se presente una ocasión favorable para lanzarme a la imprenta.

He enviado una declaración al New York Herald en la que rechazo toda y cada responsabilidad por la basura y las falsedades manifiestas con que me abruma su corresponsal. No sé si el Herald la ha publicado.

El número de refugiados de la Comuna que llegan a Londres va en aumento, mientras que nuestros medios para sostenerlos disminuyen día a día, de modo que muchos se encuentran en un estado muy deplorable. Haremos un llamamiento de auxilio a los americanos.

Para darle una idea del estado de cosas que impera en Francia bajo la República de Thiers, le contaré lo que les ha sucedido a mis propias hijas.

Mi segunda hija, Laura, está casada con el señor Lafargue, un hombre de medicina. Salieron de París pocos días antes del comienzo del primer asedio con destino a Burdeos, donde residía el padre de Lafargue. Este último, que había caído gravemente enfermo, quiso ver a su hijo, quien lo atendió y, de hecho, permaneció junto a su lecho de enfermo hasta el momento de su muerte. Lafargue y mi hija continuaron luego residiendo en Burdeos, donde aquél posee una casa. Durante el tiempo de la Comuna, Lafargue actuó como secretario de las secciones de la Internacional en Burdeos, y también fue enviado como delegado a París, donde permaneció seis días para informarse del estado de las cosas allí. Durante todo ese tiempo no fue molestado por la policía de Burdeos. Hacia mediados de mayo, mis dos hijas solteras partieron hacia Burdeos, y de allí, junto con la familia Lafargue, hacia Bagnères-de-Luchon, en los Pirineos, cerca de la frontera española. … Allí la hija mayor, que había sufrido un grave ataque de pleuresía, tomó las aguas minerales y se sometió a un tratamiento médico regular. Lafargue y su esposa tuvieron que atender a un bebé moribundo, y mi hija menor se entretuvo todo lo que pudo en los encantadores alrededores de Luchon, en la medida en que las aflicciones familiares lo permitían. Luchon es un lugar de recreo para enfermos y para el beau monde, y, sobre todo, el menos indicado para las intrigas políticas. Mi hija, la señora Lafargue, tuvo además la desgracia de perder a su hijo, y poco después de su entierro – en la segunda semana de agosto – ¿a quién va a aparecer en su domicilio? El ilustre Kératry, bien conocido por las infamias que cometió durante la guerra de México y por el papel equívoco que desempeñó durante la guerra franco-prusiana, primero como prefecto de policía de París y después como un autodenominado general en Bretaña, y ahora prefecto del Alto Garona, y el señor Delpech, procurador general de Toulouse – ambos dignos personajes acompañados de gendarmes.

Lafargue había recibido un aviso la víspera y había cruzado la frontera española, tras haberse provisto de un pasaporte español en Burdeos.

Aunque hijo de padres franceses, nació en Cuba y es, por tanto, español. Se practicó un registro domiciliario en la vivienda de mis hijas, y ellas mismas fueron sometidas a un severo interrogatorio por los dos poderosos representantes de la República de Thiers. Se las acusó de mantener una correspondencia insurreccional. ¡Esa correspondencia consistía simplemente en cartas a su madre, cuyo contenido, por supuesto, no era halagüeño para el gobierno francés, y en ejemplares de algunos periódicos londinenses! Durante aproximadamente una semana, su casa fue vigilada por gendarmes. Tuvieron que prometer que abandonarían Francia, donde su presencia resultaba demasiado peligrosa, tan pronto como pudieran hacer los preparativos necesarios para su partida, y, mientras tanto, debían considerarse como personas puestas bajo la alta vigilancia de la policía. Kératry y Delpech se habían halagado con la esperanza de encontrarlas desprovistas de pasaportes, pero afortunadamente poseían pasaportes ingleses regulares. De otro modo, habrían tenido que compartir el trato infame de la hermana de Delescluze y de otras damas francesas tan inocentes como ellas. Todavía no han regresado, y probablemente esperan noticias de Lafargue.

Mientras tanto, los periódicos de París contaban las mentiras más increíbles; Le Gaulois, por ejemplo, transformaba a mis tres hijas en tres hermanos míos, agentes bien conocidos y peligrosos de la propaganda de la Internacional, aunque yo no tengo hermanos. Al mismo tiempo que La France, órgano parisino de Thiers, ofrecía un relato de los acontecimientos de Luchon muy barnizado, y afirmaba que el señor Lafargue podía regresar tranquilamente a Francia sin correr peligro alguno, ¡el gobierno francés solicitaba al gobierno español que arrestara a Lafargue como miembro de la Comuna de París!, a la que nunca había pertenecido y a la que, como residente de Burdeos, no podía pertenecer. Lafargue fue, de hecho, arrestado y, bajo escolta de gendarmes, conducido a Barbastro, donde tuvo que pernoctar en la prisión del pueblo, de allí a Huesca, desde donde el gobernador, por orden telegráfica del ministro español de la Gobernación, tuvo que remitirlo a Madrid. Según The Daily News del 24 de agosto, ha sido finalmente puesto en libertad.

Todo el procedimiento en Luchon y en los periódicos no fue más que un intento mezquino del señor Thiers y compañía de vengarse de mí como autor del manifiesto del Consejo General de la Internacional sobre la guerra civil. Entre su venganza y mis hijas se interponía el pasaporte inglés, y el señor Thiers es tan cobarde en sus relaciones con las potencias extranjeras como inescrupuloso con respecto a sus compatriotas desarmados.

En cuanto a Cluseret, no creo que fuera un traidor, pero ciertamente se empeñó en desempeñar un papel para el que carecía de temple, y así causó un gran daño a la Comuna. No sé nada de su paradero. ¡Y ahora, addio!

Su viejo amigo,

Karl Marx