Karl Marx en The Eastern Post 1871

Al Editor de The Eastern Post

Señor: —

Un Consejo compuesto por más de treinta miembros no puede, naturalmente, redactar sus propios documentos. Tiene que confiar esa tarea a uno u otro de sus miembros, reservándose el derecho de rechazar o enmendar. El manifiesto sobre la "Guerra Civil en Francia", redactado por mí, fue adoptado por unanimidad por el Consejo General de la Internacional y, por tanto, es la expresión oficial de sus propias opiniones. Por lo que respecta, sin embargo, a las acusaciones personales lanzadas contra Jules Favre y compañía, la cosa cambia. En este punto, la gran mayoría del Consejo tuvo que fiarse de mi veracidad. Fue justamente por esta razón que apoyé la moción de otro miembro del Consejo para que el señor John Hales, en su respuesta al señor Holyoake, me nombrase como autor del manifiesto. De esas acusaciones me hago responsable yo solo, y por la presente desafío a Jules Favre y compañía a que me procesen por difamación. En su carta, el señor Llewellyn Davies dice:

"Es triste leer las acusaciones de bajeza personal que tan generosamente se lanzan los franceses unos contra otros."

¿No tiene esta frase un cierto tufillo a esa farisaica autosuficiencia con que William Cobbett zahirió tantas veces la mentalidad británica? Permítame preguntar al señor Llewellyn Davies qué fue peor: que la Petite Presse francesa, al servicio de la policía, fabricara las más infames calumnias contra los comuneros, muertos, cautivos u ocultos, o que la prensa inglesa las siga reproduciendo hasta hoy, pese a su profesado desprecio por la Petite Presse. No considero una inferioridad francesa el hecho de que acusaciones tan graves como, por ejemplo, las que durante un cuarto de siglo lanzó contra el difunto Lord Palmerston un hombre como el señor David Urquhart, pudieran ser acalladas en Inglaterra pero no en Francia.