Querido Cafiero:

He recibido vuestra carta del 12, y espero que hayáis recibido la mía dirigida a Nápoles algunos días antes, con las normas de la Asociación, las deliberaciones de los Congresos de Ginebra y Bruselas, la 3.ª edición del discurso sobre la guerra civil en Francia, los discursos sobre la guerra franco-prusiana, el otro inaugural de la Asociación de 1864, etc., etc. Tales documentos bastarán ciertamente a explicaros cuáles eran las reglas y los principios de nuestra sociedad y los medios de que dispone el Consejo General para actuar en nombre y en pro de la sociedad misma.

Asimismo he recibido *La Plebe* de Lodi, el boletín sobre Caporusso y el número del *Roma del Popolo* que contiene el ataque de Mazzini contra nosotros. En cuanto a los hechos referentes a Caporusso, publicados y luego citados en vuestra carta, bastarían para declararlo incapaz de causarnos daño alguno en el futuro. Si osara presentarse de nuevo al público como representante de las clases obreras, se haría público el hecho de las 300 liras y eso aniquilaría los últimos vestigios de su influencia. Nos alegramos de saber que ahí no existe nada de la secta de los bakuninistas. Se nos había hecho creer lo contrario, pues los bakuninistas suizos afirmaron siempre que así era. Lo repetían constantemente, y como no recibíamos respuesta alguna de nuestras cartas a Nápoles, lo creímos. No teníamos otra dirección en Nápoles que la de Caporusso, a quien se escribieron al menos 3 cartas por nuestro secretario francés E. Dupont, estando presente Marx, pero Caporusso las ha debido sofocar. Si creéis que vale la pena, interrogad a Caporusso sobre dichas cartas. Por lo demás, jamás se recibió respuesta de ninguna carta desde Nápoles, y si las que se enviaron hubieran sido dirigidas, como afirmáis, directamente al Consejo, es demasiado claro que, entre la policía italiana, francesa e inglesa, no habría llegado ninguna.

Tenéis mucha razón al descansar sobre el momento reflexivo (en el que con placer reconozco la voz misma del viejo Hegel, a quien tanto debemos también) y al decir que la Asociación no puede contentarse en su acción con la simple y franca afirmación del artículo 1.º de los Estatutos, principio que, si no se desarrolla, seguirá siendo una mera negación, la negación del derecho de las clases aristocráticas y burguesas de “exploiter” al proletariado. En verdad, tenemos que ir mucho más allá; tenemos que desarrollar el lado positivo de la cuestión, de cómo la emancipación del proletariado ha de realizarse, y por tanto la discusión de las diversas opiniones se hace no solo inevitable, sino necesaria. Como digo, semejante discusión se prosigue constantemente, no solo en el seno de la Asociación, sino también en el Consejo General, donde hay comunistas, proudhonianos, owenianos, cartistas y bakuninistas, etc., etc. La mayor dificultad consiste en reunirlos a todos y hacer que las divergencias de opiniones sobre tales hechos no turben la solidez y la estabilidad de la Asociación. Y en ello hemos sido siempre afortunados, con la sola excepción de los bakuninistas suizos, quienes, con verdadero furor sectario, osaron siempre, ya directamente imponer su programa a la Asociación, ya indirectamente formando una sociedad internacional especial, con su propio Consejo Central, su propio congreso, y esto en el seno de la gran Internacional. Cuando lo intentaron bajo la forma de la *Alliance de la démocratie socialiste* de Ginebra, el Consejo les respondió con lo que sigue (22 de diciembre de 1868). Después de este documento (el Programa y el Reglamento de la Alianza), dicha Alianza se halla enteramente fusionada en la Internacional, mientras que ella está por entero fuera de esta Asociación; al lado del Consejo General de la Internacional, elegido por los sucesivos congresos de Ginebra, Lausana y Bruselas, habrá, según el Reglamento iniciador (de la Alianza), otro Consejo General con sede en Ginebra, que se ha nombrado a sí mismo. Al lado de los grupos locales de la Internacional, habrá grupos locales de la Alianza, los cuales, por medio de sus oficinas nacionales, que funcionan al margen de las oficinas nacionales de la Internacional, solicitarán a la oficina central de la Alianza su admisión en la Internacional. El Comité Central de la Alianza se arroga así el derecho de admisión en la Internacional. Por último, el Congreso general de la Asociación Internacional de los Trabajadores encontrará aún su propia duplicación (*doublure*) en el Congreso general de la Alianza, pues, según el reglamento iniciador, en el congreso anual de los trabajadores, la delegación de la Alianza de la democracia socialista, como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores, celebrará sus sesiones públicas en un local separado.

Considerando: Que un segundo cuerpo internacional que funcione dentro y fuera de la Asociación Internacional de los Trabajadores sería el medio más infalible para desorganizarla. Que cualquier otro grupo de individuos residente en una localidad cualquiera tendría el derecho de imitar al grupo iniciador (de la Alianza) de Ginebra, bajo pretextos más o menos ostensibles, para añadir a la Asociación Internacional de los Trabajadores otras asociaciones internacionales con misiones especiales. Que de esta manera la Asociación Internacional de los Trabajadores se convertiría bien pronto en el juguete de los intrigantes de todas las nacionalidades y de todos los partidos. Que, por otra parte, los Estatutos de la Sociedad Internacional de los Trabajadores no admiten en su seno estas ramas locales de ramas nacionales (Véase el artículo 6 de los Estatutos). Que está prohibido a las Secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores darse Estatutos o Reglamentos administrativos contrarios a los Estatutos y Reglamentos administrativos de la Asociación Internacional de los Trabajadores (Véase artículo 12 del Reglamento administrativo). Que la cuestión ha sido prejuzgada por las resoluciones contra la Liga de la Paz, voto adoptado unánimemente en el Congreso de Bruselas (Esta Liga había invitado a la Internacional a unirse a ella, y ésta fue nuestra respuesta a esos burgueses). Que en dichas resoluciones el Congreso declara que la Liga de la Paz no tenía razón de existir, toda vez que, después de sus recientes declaraciones, su objetivo y sus principios eran idénticos a los de la Asociación Internacional de los Trabajadores; que varios miembros del grupo iniciador de la Alianza, en su calidad de delegados al Congreso de Bruselas, votaron dichas resoluciones.

El Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores ha resuelto por unanimidad: 1.° Todos los artículos del Reglamento de la Alianza Internacional de la Democracia Social que establecen sus relaciones con la Asociación Internacional de los Trabajadores se tienen por nulos y sin efecto. 2.° La Alianza Internacional de la Democracia Social no es admitida en absoluto como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Sobre este punto, a saber, que la Internacional no puede permitir que otra Internacional sectaria exista con su propia organización, creo que no puede haber dos opiniones. No cabe la menor duda de que todos los congresos y consejos generales venideros opondrán sus esfuerzos a la organización de tales intrigas en nuestro propio seno, y sería bueno que nuestros amigos de Nápoles, al menos los que tienen vínculos con Ginebra, lo comprendiesen: los bakuninistas son una minoría muy pequeña en la Asociación y son los únicos que en todo momento han procurado disensiones. Hablo principalmente de los suizos, pues con los otros apenas hemos tenido que hacer. Siempre les hemos permitido tener sus principios, difundirlos de la mejor manera que creyeran, con tal de que renunciasen a todo intento de minar la Asociación o de imponernos su programa, y así verán que los obreros de Europa no se convertirán ni mucho menos en instrumentos de una pequeña secta.

En cuanto a sus concepciones teóricas, el Consejo General escribió a la Alianza el 9 de marzo de 1869, citando el artículo 1.° de los Estatutos. Como las secciones de las clases obreras en los diferentes países se hallan en condiciones de desarrollo diversas, se sigue necesariamente que sus opiniones teóricas, que reflejan el movimiento real, sean tan divergentes. Entretanto, la comunidad de acción iniciada por la Asociación Internacional de los Trabajadores, el intercambio de ideas facilitado por la publicidad que dan los órganos de las diferentes secciones nacionales, y, por último, las discusiones directas en los Congresos, no dejarán de engendrar gradualmente un programa teórico común. Así, estaría fuera de las funciones del Consejo General hacer el examen crítico del programa de la Alianza. Nosotros no hemos de investigar en modo alguno si es o no una expresión adecuada del movimiento proletario. Para nosotros se trata solamente de saber si no contiene nada contrario a la tendencia general de nuestra asociación, es decir, nada contrario a la emancipación completa de las clases obreras.

Os he citado, pues, esto por extenso para probaros lo infundado que sería cualquier reproche al Consejo General de que rebasaría los límites del artículo 1.° de los Estatutos. En sus atribuciones oficiales, por lo que respecta a la admisión o rechazo de secciones, no puede ciertamente obrar de ese modo; pero en cuanto a las investigaciones y discusiones sobre puntos teóricos, el Consejo no desea nada con más ardor que eso. De semejantes discusiones espera el Consejo llegar a un programa teórico general que fuese acepto al proletariado europeo. En todos nuestros congresos teóricos, las discusiones han ocupado largamente la mayor parte del tiempo, pero menester es notar que en estas discusiones teóricas, Bakunin y sus amigos han tomado poquísima parte. El Consejo General, incluso en sus documentos oficiales, ha ido mucho más lejos que el artículo 1.° Leed todos los discursos que os he enviado y en particular el número 3 del que versa sobre la guerra civil en Francia, en el cual nos declaramos a favor del Comunismo, cosa que, sin duda, habrá disgustado terriblemente a los muchos proudhonianos de la Asamblea. Pudimos hacerlo porque nos veíamos arrastrados por los capitalistas calumniadores de la Comuna de París.

—No existe ningún documento emitido por el Consejo General que vaya más allá del artículo 1.° Pero el Consejo puede ir más allá del programa oficial de la asociación, solamente en la medida en que las circunstancias puedan justificarlo: no puede dar a ninguna sección el derecho a decir: Habéis infringido nuestros estatutos; proclamáis oficialmente cosas que no están en las reglas de la Asociación.

Decís que nuestros amigos de Nápoles no se contentan con la mera abstracción, quieren algo concreto, no se satisfacen sino con la igualdad, con el orden social en lugar del desorden. Bien, estamos dispuestos a hacer más. No hay en el Consejo General un solo hombre que no esté por la abolición total de las clases sociales, y no hay un solo documento del Consejo General que no esté en armonía con ello. Debemos deshacernos de los terratenientes y de los capitalistas, sustituyéndolos y empujando a las clases asociadas de los obreros, agrícolas e industriales, y todos los medios de producción, tierras, instrumentos, máquinas, materias primas y cuantos medios hay para sostener la vida durante el tiempo necesario a la producción. Con eso la desigualdad habrá de cesar. Y para llevar esto a término necesitamos la supremacía política del proletariado. Creo que esto es bastante concreto para los amigos de Nápoles. Al mismo tiempo, mientras nosotros, como otros, cumplimos nuestra parte en el trabajo del terreno ingrato, no debe pretenderse que el Consejo General lance a cortos intervalos proclamas incendiarias, con las que una buena parte de nuestros miembros estaría contenta, mientras la otra parte estaría ciertamente disgustada. Si, por el contrario, se presenta una coyuntura real, entonces es cuando nos mostramos fuertes, como sucedió con el discurso sobre la guerra civil, y ello queda probado con aquel documento sobre Francia.

En cuanto a la cuestión religiosa, no podemos hablar de ella oficialmente, salvo cuando los curas nos provoquen, pero sentiréis el espíritu del ateísmo en todas nuestras publicaciones, y además no admitimos sociedad alguna que tenga el más leve sentido de alusión religiosa en sus estatutos. Muchos quisieron participar en ella, pero todos fueron invariablemente rechazados. Si nuestros amigos de Nápoles se constituyeran en sociedad de Ateos y no admitieran más que Ateos, ¿en qué vendría a parar su propaganda en una ciudad en la que, y vos mismo lo decís, no sólo Dios es omnipotente sino también San Genaro, a quien hay que tratar con delicadeza? Adjunto una carta para C. Palladino que contiene las expresiones de simpatía por la Sección Napolitana según vuestros deseos; tened la bondad de hacérsela llegar.

Ahora, acerca de Mazzini. Su artículo en Roma del Popolo lo comuniqué al Consejo el pasado martes. Os enviaré el informe publicado sobre la discusión dentro de pocos días. Sin embargo, para Italia es deseable que se publique lo siguiente. Mazzini dice: «Esta Asociación, fundada años ha en Londres, y a la cual rehusé desde el principio mi cooperación... un núcleo de individuos que pretende gobernar directamente una vasta multitud de hombres diversos por patria, tendencias, condiciones políticas, intereses económicos y medios de acción, acabará siempre por no obrar, o tendrá que obrar tiránicamente. Por esto me retiré, y se retiró después la sección obrera italiana».

Ahora he aquí los hechos. Después del mitin del 28 de septiembre de 1864, en el cual nuestra sociedad fue fundada tan pronto como el Consejo provisional fue elegido en la dicha asamblea pública, el mayor L. Wolf presentó un manifiesto y un número de reglas hechas por el mismo Mazzini. No sólo no hubo objeción de gobernar directamente una multitud, etc., no sólo no decía que este esfuerzo «si trabaja íntegramente, tendrá que obrar tiránicamente», sino por el contrario las reglas fueron concebidas con el espíritu de una conspiración centralizada, dando un poder tiránico a la corporación central. El manifiesto era en el habitual estilo de Mazzini, la démocratie vulgaire, ofreciendo derechos políticos a los obreros con el objeto de mantener intactos los privilegios sociales de las clases medias y elevadas. Tal manifiesto y proyecto de normas fueron luego rechazados. Pero los italianos (leed los nombres al dorso de nuestro discurso inaugural) continuaron siendo miembros hasta que la dicha cuestión fue presentada de nuevo respecto de algunos burgueses franceses democráticos que deseaban servirse de la Internacional. Cuando éstos no fueron recibidos, entonces primero Wolf y después los otros se retiraron, y nosotros habíamos acabado para siempre con Mazzini.

Algo después, el Consejo Central, en respuesta a un artículo de Vésinier, declaró en el periódico de Lieja que Mazzini nunca fue miembro de la Asociación y que los planes de su manifiesto y las reglas fueron rechazados. Habréis visto que también en la prensa inglesa Mazzini ha atacado furiosamente a la Comuna de París; es justamente lo que él hace siempre cuando los proletarios se alzan; después de tal derrota, los denuncia a los burgueses. Después de la insurrección de junio de 1848 hizo lo mismo, denunció a los proletarios insurrectos de un modo tan ultrajante que hasta Louis Blanc escribió un folleto contra él. Y Louis Blanc nos ha dicho luego varias veces que la insurrección de junio de 1848 fue obra de los agentes bonapartistas.

Si Mazzini llama a nuestro amigo Marx «hombre de ingenio... disolvente, de temple dominador», etc., etc., yo sólo puedo deciros que la dominación disolvente y el espíritu celoso de Marx han sabido mantener unida a nuestra asociación durante siete años, y ha hecho más que ningún otro por llevarla a la presente y orgullosa posición. En cuanto al desmembramiento de la sociedad que, como se dice, ya ha comenzado aquí en Inglaterra, el hecho es que dos miembros ingleses del Consejo que se habían vuelto demasiado íntimos con la burguesía encontraron nuestro mensaje sobre la guerra civil demasiado fuerte y se retiraron. En lugar de éstos, hemos ganado 4 nuevos ingleses y 1 irlandés, y nos consideramos mucho más fuertes, aquí en Inglaterra, de lo que éramos antes de que los 2 renegados nos abandonaran. En vez de encontrarnos en un estado de disolución, ahora somos por primera vez públicamente reconocidos por toda la prensa inglesa como una gran potencia europea, y jamás un pequeño folleto ha producido mejores sensaciones que las que aquí en Londres produjo el mensaje sobre la guerra civil, del que está a punto de salir la 3.ª edición.

Repito que es muy de desear que esta respuesta a Mazzini se publique en italiano y que se muestre a los obreros italianos que el gran agitador y conspirador Mazzini no tiene para ellos otro concepto que éste: educación, instruíos como mejor podáis (como si ello dependiera de sí solos), esforzaos en crear más frecuentes las sociedades cooperativas de consumo (no sólo de producción) y confiad en el porvenir!!

En el meeting del pasado martes, el Consejo ha resuelto: Que una conferencia privada de delegados de las diversas secciones de los obreros de la Asociación Internacional se celebre en Londres el tercer domingo de septiembre (17 de septiembre). Se tomó tal resolución porque un congreso público es ahora imposible, vistas las persecuciones gubernamentales que tienen lugar en España, Francia, Alemania y tal vez también en Italia. Si celebrásemos un congreso público, no tendríamos en la mayor parte de estos países a nuestros delegados elegidos públicamente, y además probablemente serían arrestados a su regreso. Estando así las cosas, nos vemos obligados a recurrir a una conferencia privada, sin que se publique ni la convocatoria, ni la reunión, ni las deliberaciones. Semejante conferencia tuvo lugar en 1865 en lugar de un congreso. La actual conferencia puede naturalmente reunirse sólo en Londres, por ser ésta la única capital de Europa donde los extranjeros no son condenados por la policía a la expulsión. El número de delegados y las normas para las elecciones se dejan por entero a las diversas divisiones nacionales. La conferencia no dispondrá más que de pocos días, y así limitará sus discusiones principalmente a las cuestiones prácticas relativas a la administración interna de la organización general de la sociedad. Como sus sesiones no serán públicas, ni las discusiones se publicarán después, la discusión de los puntos teóricos tendrá poca importancia; sin embargo, la reunión de los delegados será una coyuntura afortunada para que intercambien sus ideas. El Consejo General someterá a la conferencia un informe de su gestión durante los dos últimos años y la conferencia se pronunciará sobre el mismo. Así habrá varias cuestiones importantes antes de proceder adelante.

Os ruego, pues, que impulséis la reorganización de nuestras secciones en Italia, tanto como sea posible, a fin de que estén representadas en esta conferencia. Como Gambuzzi vendrá a Londres hacia esa época, tal vez podría ajustar convenientemente su viaje y recibir un mandato como uno de vuestros delegados. Debo, no obstante, al mismo tiempo, llamar vuestra atención sobre el capítulo 8.º del Reglamento Administrativo, que dice: Sólo los delegados de divisiones y secciones que han pagado sus contribuciones al Consejo General pueden tomar parte en las tareas del Congreso. La contribución es de un penique o 10 céntimos al año por cada miembro, y sería bueno que fueran enviadas antes de la conferencia, ya que pudiera ocurrir que, de obrar de otro modo, surgieran dificultades acerca de la administración de los delegados. ¿Querríais tener la bondad de enviarme por lo menos 6 ejemplares de la traducción italiana «La guerra civil en Francia» tan pronto como sea publicada, para uso del Consejo? Sería bueno que en el sobre de vuestra carta, en lugar de mi nombre, pongáis Sig.na Burns, así, exactamente: Miss Burns, 122 Regent’s. Park et rien de plus, sin ningún otro sobrecito interior ni otra dirección. Es mi sobrina y es una muchacha que no conoce el italiano, y por tanto no hay equivocación que temer.

Adjunto también nuestro mensaje al Consejo Americano denunciando la conducta de su embajador en París, Sr. Washburne. 2) y 3) informes publicados de las 2 reuniones del Consejo (estos informes publicados no contienen más que lo que deseamos que se publique, por haberles sustraído todos los asuntos de la administración interna). F. Engels.