Mi querido amigo:

Espero que haya recibido mi carta del 3 de julio dirigida a Barletta. Recibí la suya del 28 de junio al día siguiente de partir la mía, y me alegró saber que había recibido el Mensaje, que está siendo traducido al italiano y que será publicado en esta última lengua. En cuanto a la traducción rusa, apremie a la Sra. por todos los medios a que la termine, pues cuanto antes esté hecha y publicada, tanto mejor. Por lo demás, la traducción alemana, holandesa y española se está publicando en Madrid; la traducción francesa se publicará en Ginebra y quizá otra en Bruselas. De este modo, con todas las persecuciones del gobierno continental, es una satisfacción comprobar que nuestra Asociación dispone de medios de publicación internacional más amplios que la prensa oficiosa de cualquier gobierno europeo.

Cuando llegó su carta, la mía para Florencia no había sido aún enviada, y por la situación consideré mejor no escribir directamente a aquella ciudad. Una carta con documentos impresos, enviada desde Londres a un zapatero de Florencia cuyo nombre ha figurado bajo el Mensaje a la Comuna, suscitaría naturalmente sospechas, mientras que la misma carta dirigida a un doctor en leyes de Nápoles llegaría como cosa ordinaria. Así pues, adjunto a la presente:

1.º El texto del Mensaje inaugural y provisional de 1864
2.º Estatutos aprobados por el Congreso
3.º Resoluciones del Congreso de 1866 y 1868
4.º Dos Mensajes del Consejo General sobre la guerra
5.º Mensaje sobre la guerra civil en Francia. 2.ª edición
6.º Ídem sobre el Sr. Washburne. 3 ejemplares

Tenga la bondad de enviar a Florencia algunos de estos documentos, como pueda económicamente, y quédese con el resto para su propio uso. No sé exactamente qué documentos le entregó nuestro Secretario antes de que usted lo dejara. Si desea más ejemplares de algunos o de todos, sírvase hacérmelo saber y se le enviarán tan pronto como los tengamos. En todo caso, ahora dispone usted de material suficiente para comunicar cuanta información sobre el estado actual de la Asociación pidan nuestros amigos de Florencia. Quizá sea conveniente que, por el momento, no mantenga yo correspondencia con ellos sino exclusivamente por medio de usted, hasta que cesen las persecuciones actuales, pues no sería ventajoso comprometer a nadie más de lo necesario. Entretanto, y hasta que su Sociedad se haya reconstituido, podrían formar de inmediato, con sus amigos más íntimos —de seis a una docena—, una Sección de nuestra Asociación, y escribirnos una carta haciendo constar su adhesión y nombrando a su Secretario, con quien entonces entraré en correspondencia. Esa Sección podría más tarde integrarse en la Sociedad reconstituida. En cuanto la carta llegue, se formará la lista de nombres para enviarla a la publicación.

Nos alegramos de saber que usted y otros amigos no temen las persecuciones, sino que, al contrario, las saludan como el mejor medio de propaganda. Esa es mi opinión, y parece que estamos destinados a tener tales persecuciones en abundancia. En España muchos han sido encarcelados y otros andan escondiéndose. En Bélgica existe por parte del gobierno todo el deseo de aplicar plenamente la ley, e incluso más, contra nosotros. En Alemania, los partidarios de Bismarck también están empezando este juego, si bien allí, más que en España, tropiezan con la enérgica resistencia de nuestros hombres, que han tenido bastante más éxito. Sin duda tendrán ustedes también su parte en Italia, pero nos satisface que esas persecuciones se encontrarán con un espíritu distinto del de Caporusso y sus amigos. Es verdaderamente asombroso que esos partidarios de Bakunin muestren tal cobardía en cuanto surge el menor peligro. Los bakuninistas españoles, que hace poco nos escribieron que su conducta de abstención de las cosas políticas había tenido un inmenso éxito, hasta el punto de que los socialistas ya no eran temidos, sino considerados como gente del todo inofensiva (¡¡!!), no se han comportado bien en absoluto ante las recientes persecuciones, y no somos capaces de encontrar uno solo entre ellos, de cualquier nación, que jamás se haya expuesto voluntariamente a un peligro, ya sea en una barricada o en otro lugar. Será una buena fortuna desembarazarse de ellos por completo, y si puede usted encontrar elementos en Nápoles, o en otras ciudades, que no tengan nada de esa corriente ginebrina, será mucho mejor. Hagamos lo que hagamos, o prescriba el Congreso que prescribamos, esos hombres formarán siempre, de hecho si no de nombre, una Secta Internacional dentro de nuestra sociedad, y los hombres de Nápoles, España, etc., darán más peso a las comunicaciones que reciben de sus propios cuarteles generales que a todo lo que pueda hacer la Asociación. De modo que si vuelven a entrar en nuestra Asociación, nos parece que será sólo por breve tiempo, y las cuestiones se suscitarán de nuevo, conduciéndolos a su exclusión. Hemos tenido pruebas que nos muestran que todavía tienen la intención de formar una Internacional propia al lado de la gran Internacional, y pueden tener la certeza de que ni el Consejo General ni el Congreso consentirán violación alguna de nuestras reglas.

Lo que dice usted acerca del estado de las poblaciones en el sur de Italia no nos sorprende. Sin embargo, aquí en Inglaterra, donde el movimiento de las clases obreras es casi tan viejo como el siglo, se encuentran apatía e ignorancia en abundancia. El movimiento de las trade-unions se ha convertido, entre todas las uniones de oficio grandes, poderosas y ricas, más en un obstáculo al movimiento general que en un instrumento de su progreso, y fuera de las trade-unions existe aquí una inmensa masa de obreros de Londres que desde hace varios años se mantienen completamente alejados del movimiento político, y por consiguiente son muy ignorantes. Pero, por otra parte, están también libres de muchos de los prejuicios tradicionales de los unionistas de oficio y de otras viejas sectas, y por ello forman un excelente material sobre el cual se puede trabajar. Están a punto de ser puestos en movimiento por nuestra Asociación, y los hemos reconocido inteligentes. Su posición en Nápoles he podido comprenderla perfectamente; es la misma en la que algunos de nosotros nos encontrábamos en Alemania hace 25 años, cuando por primera vez fundamos el movimiento social. Entonces teníamos entre los proletarios tan sólo los pocos hombres que en Suiza, Francia e Inglaterra se habían imbuido de ideas socialistas y comunistas; disponíamos de poquísimos medios para actuar sobre las masas y, como usted, debíamos buscar adeptos entre maestros de escuela, periodistas y estudiantes. Afortunadamente, en ese período del movimiento tales hombres, no perteneciendo exactamente a la clase obrera, se encontraban fácilmente; más tarde, cuando la gente trabajadora domina el movimiento como masa, se vuelven ciertamente raros.

Con la libertad asegurada desde 1848, con la prensa, con el registro de meetings y de asociaciones, esta primera fase del movimiento se ha acortado naturalmente mucho, y sin duda en uno o dos años podrá usted darnos un informe distinto sobre el estado de las cosas en Nápoles.

Le agradecemos también su determinación de exponernos los hechos tal como realmente son. Nuestra Asociación es lo bastante fuerte para mostrar que conoce la verdad real, aun cuando parezca desfavorable, y nada podría debilitarla salvo los informes exagerados, que no tendrían realidad alguna. Obre así y nunca recibirá de mí noticia alguna que pueda, en lo más mínimo, hacerle ver las cosas de modo distinto a como son.

Adjunto el informe de la reunión del Consejo del 3 de julio, con todos los hechos relativos al mayor Wolf. Puesto que es hombre bien conocido en Italia, será bueno publicarlos ahí.

Puedo añadir que tenemos una regla para todos los periódicos publicados por nuestra organización: dos ejemplares deben enviarse regularmente al Consejo aquí, uno para el Archivo donde se guardan todos, y otro para la Secretaría del país en que se publican. ¿Tendría usted la bondad de hacer que esto se cumpla tan pronto como haya un órgano italiano de la Asociación? También deberían enviarse aquí algunos ejemplares de las traducciones italianas. Ahora tenemos aquí a seis italianos refugiados que combatieron en París por la Comuna y a quienes socorremos con nuestros fondos para los refugiados.

Salud y fraternidad.

firmado: F. Engels