Mi querido amigo:
Espero que usted haya recibido el ejemplar del Manifiesto del Consejo General sobre la Guerra Civil en Francia que le envié a la dirección en Florencia que usted me dejó. Le enviaré otro ejemplar a Barletta en un día o dos, también en forma de carta, para mayor seguridad.
Me alegró mucho recibir su carta de Barletta, a la que habría respondido antes, pero el Manifiesto nos ha dado mucho trabajo, pues fue violentamente atacado por la prensa y tuvimos que responder a diferentes periódicos. También estoy ocupado traduciéndolo al alemán para nuestro periódico de Leipzig (Volksstaat).
Se está publicando una traducción holandesa en el Toekomst (L’Avvenire) de La Haya. Si usted puede lograr la publicación de una traducción italiana, esto le ayudaría mucho materialmente en su propaganda, dando a los obreros italianos medios inmediatos para conocer las opiniones del Consejo General, y los principios y modos de acción de vuestra asociación.
Reflexionando mejor, creo oportuno enviar dos ejemplares de nuestro Manifiesto a Castellazzo, en Florencia, pidiéndole que le envíe uno a usted en una carta. Con esta ocasión entablaré correspondencia con él, la cual se mantendrá regularmente. Debe usted disculpar que no le haya escrito antes, pero además de a Italia, debo también mantener correspondencia con España y con Bélgica. Ahora, con respecto a Nápoles y Caporusso, este último asistió a uno de nuestros congresos, aunque nunca mantuvo correspondencia regular con el Consejo, y para explicar esto debo entrar en algunos detalles históricos.
Caporusso y sus amigos eran sectarios del ruso Bakunin. Bakunin tiene una teoría propia, consistente más bien en una mezcla de comunismo y de proudhonismo; el querer reunir estas dos teorías en una demuestra que es completamente ignorante de economía política. Él aprendió de Proudhon, entre otras frases de anarquía, el «estado final de la sociedad», y está, no obstante, en oposición con toda acción política por parte de las clases obreras, en cuanto que éstas reconocerían el estado político de las cosas, y aun que todos los actos políticos son, en su opinión, «autoritarios». De qué modo espera que la presente opresión política y la tiranía del capital sean quebrantadas, y cómo piensa aun llevar adelante sus ideas favoritas sobre la abolición de la herencia sin «actos de autoridad», él no lo explica. Pero, aplastada por la fuerza la insurrección de Lyon en septiembre de 1870, él decretó en el Hôtel de Ville la abolición del Estado, sin tomar medida alguna contra todos los burgueses de la guardia nacional que tranquilamente se dirigieron al Hôtel de Ville, expulsaron a Bakunin y restablecieron el Estado, en menos de una hora. No obstante, Bakunin ha fundado una secta con sus teorías, a la cual pertenecen una pequeña porción de obreros franceses, suizos, muchos de los nuestros en España y algunos en Italia, entre ellos Caporusso y sus amigos; así que Caporusso hace honor a su nombre. Tiene por jefe a un ruso.
Ahora bien, nuestra Asociación se ha propuesto constituir un medio central de comunicación y conspiración entre las sociedades obreras existentes en los diferentes países y tender al mismo fin, a saber, la protección, el progreso y la completa emancipación de las clases obreras (el Reglamento de la Asociación). Las teorías especiales de Bakunin y sus amigos, estando bajo este reglamento, no habría objeción en aceptarlos como miembros y permitirles que hagan lo que puedan para propagar sus ideas por todos los medios adecuados. Tenemos gente de toda clase en nuestra Asociación: comunistas, proudhonianos, sindicalistas, tradeunionistas, cooperativistas, bakuninistas, etc., y también en nuestro Consejo General tenemos hombres de opiniones muy diferentes.
En el momento en que la Asociación se convirtiera en una secta, estaría perdida. Nuestra fuerza consiste en la liberalidad con que se interpreta el primer reglamento, a saber, que todos los hombres admitidos tienden a la emancipación completa de las clases obreras. Desgraciadamente, los bakuninistas, con esa estrechez de espíritu común a todas las sectas, no se contentaron con esto. Según ellos, el Consejo General estaba compuesto por reaccionarios, el programa de la Asociación era demasiado indefinido. El ateísmo y el materialismo (que el mismo Bakunin había aprendido de nosotros los alemanes) debían hacerse obligatorios; la abolición de la herencia y del Estado, etc., debían formar parte de nuestro programa. Ahora bien, Marx y yo somos casi tan viejos y buenos ateos y materialistas como Bakunin, como lo son aún casi todos nuestros miembros; que esta herencia es un disparate lo sabemos tan bien como él, a pesar de que diferimos de él en cuanto a la importancia y conveniencia de presentar su abolición como la liberación de todo mal, y «la abolición del Estado» es una vieja frase filosófica alemana, de la que ya hacíamos mucho uso cuando éramos simples muchachos. Pero poner todas estas cosas en nuestro programa sería alejar a un inmenso número de nuestros miembros, y dividir en lugar de unir al proletariado europeo. Cuando fracasaron los esfuerzos por hacer adoptar el programa bakuninista como programa de la Asociación, se hizo un intento de empujar a la Asociación por una vía indirecta.
Bakunin formó en Ginebra una «Alianza de la Democracia Socialista» que debía ser una asociación internacional separada de la nuestra propia. Los espíritus más radicales de nuestras secciones, los bakuninistas, debían formar en todas partes secciones de esta alianza, y dichas secciones debían estar sujetas a un Consejo General separado en Ginebra (Bakunin) y tener consejos nacionales separados junto a los nuestros; y en nuestro congreso general, la Alianza debía sentarse por la mañana en nuestro Congreso y por la tarde celebrar su propio congreso separado.
Este simpático plan fue presentado al Consejo General en noviembre de 1868, pero el 22 de diciembre de 1868 el Consejo General anuló estos estatutos por considerarlos contrarios a los estatutos de nuestra Asociación y declaró que las secciones de la Alianza solo podían ser admitidas por separado y que la Alianza debía disolverse o dejar de pertenecer a la Internacional.
El 9 de marzo de 1869, el Consejo General informó a la Alianza que «il n’existe pas section de l’Alliance en sections de l’Ass. Int. des travailleurs si la dissolution et l’entrée des sections dans l’Int. étaient définitivement décidées il deviandrait nécessaire d’après nos règlements d’informer le Conseil sur les résidences et la force numérique de chaque nouvelle section». Estas condiciones nunca se cumplieron exactamente, pero la Alianza como tal fue rechazada en todas partes, excepto en Francia y en Suiza, donde acabó creando una división, a raíz de la cual cerca de 1000 bakuninistas —no la décima parte de los nuestros— se retiraron de la federación francesa y suiza y ahora han solicitado al Consejo ser reconocidos como una federación separada, cosa que muy probablemente el Consejo no obstaculizará.
De esto ve usted que el principal resultado de la acción de los bakuninistas ha sido crear divisiones en nuestras filas. Nadie obstaculizó su dogma especial, pero no se contentaron con ello y querían mandar e imponer sus doctrinas a todos nuestros miembros. Hemos resistido como era nuestro deber, y si acceden a quedarse tranquilamente al lado de los demás miembros, no tenemos ni el derecho ni la voluntad de excluirlos. Pero es cuestión de si es conveniente poner de relieve a tales elementos, y si podemos ganarnos a las secciones italianas no imbuidas de este fanatismo especial, seguramente podremos trabajar mejor juntos. Usted mismo podrá juzgar según las circunstancias que haya encontrado en Nápoles. El programa citado en la circular de Jules Favre contra nosotros, como el programa de la Internacional, es un programa verdaderamente bakuninista, mencionado más arriba.
Nuestra respuesta a Favre la encontrará usted en el Times de Londres del 13 de junio.
Mazzini en 1864 intentó convertir nuestra asociación en provecho propio, pero fracasó. Su principal instrumento era un garibaldino, el mayor Wolf (su verdadero nombre, príncipe Thurn und Taxis), quien ahora ha sido descubierto como espía de la policía francesa por Tibaldi. Cuando M. vio que la Internacional no podía servirle como medio, la atacó con mucha violencia y ha sacado partido de toda ocasión para ultrajaría, pero, como usted dice, el tiempo ha pasado pronto y «Dios y el pueblo» ya no es la consigna de la clase trabajadora italiana.
Nos hemos dado perfecta cuenta de que el sistema de los arrendatarios o métayers, desde los romanos hasta nosotros, ha sido la base de la producción agrícola en Italia. Este sistema sin duda concede por lo general a los arrendatarios una independencia política más amplia que la que se permite aquí a los arrendatarios en comparación con el proletario. Pero si hemos de creer a Sismondi y a los escritores recientes sobre este tema, la explotación de los arrendatarios por los propietarios es tan grande en Italia como en todas partes y las cargas son sumamente pesadas sobre el más bajo estrato de los campesinos. En Lombardía, donde los poderes son amplios, los arrendatarios, cuando yo estuve allí, estaban medianamente acomodados, pero existía aún cierta clase de proletarios rurales empleados por los arrendatarios, que no hacían sino el trabajo real y no obtenían ningún beneficio de este sistema. En las otras partes de Italia, donde hay menos arrendatarios, el sistema de métayers, por lo que puedo conocer desde lejos, no los protege de la misma miseria, ignorancia y degradación que es la suerte de los pequeños arrendatarios en Francia, Alemania, Bélgica e Irlanda. Nuestra política con respecto a las poblaciones agrícolas ha sido generalmente y naturalmente la siguiente: donde hay grandes propiedades, allí el arrendatario es capitalista respecto a los trabajadores, y allí debemos impulsar la causa del trabajador; donde luego hay pequeñas parcelas, el arrendatario, aunque nominalmente sea un pequeño capitalista o propietario (como en Francia y parte de Alemania), en realidad está generalmente reducido a la misma miseria que el proletario, y entonces debemos trabajar para él. Sin duda debe ser lo mismo en Italia. Pero el Consejo le estará muy agradecido si usted nos proporciona información al respecto, así como sobre la reciente legislación en Italia en cuanto a las propiedades rurales y otras cuestiones sociales.
Después de muchas interrupciones, termino esta carta el 3 de julio, y solo le pido que tenga la bondad de favorecerme con una pronta respuesta. A Castellazzo escribo hoy.
Suyo devotísimo,
Firmado F. Engels.