Federico Engels (Volksstaat N°38, 10 de mayo de 1871)

FEDERICO ENGELS
NUEVAMENTE EL SENOR VOGT
(Volkstaat, N? 38, 10 de mayo de 1871).

Jà

Desde la campaña de Augsburgo de 1859 que le valió
una tremenda azotaina, el señor Vogt parecía haberse hartado
de la política. Se dedicó con todas sus energías a las ciencias
naturales, en las que ya anteriormente, según lo dicho por
él mismo, había logrado descubrimientos “asombrosos”. Es
así como — en la misma época en que Küchenmeister y Leu-
kraft estudiaron la por demás complicada historia del desarrollo
de los parásitos intestinales, con lo que la ciencia en efecto
dió un gran paso hacia adelante —, Vogt había hecho el asombroso descubrimiento que dichos parásitos se dividían en dos
clases de gusanos: redondos, que son los gusanos redondos, y
chatos, que son los gusanos chatos. Y ahora agregaba a esta
grandiosa conquista, una conquista mucho más grande aún.
El descubrimiento de numerosos huesos humanos fosilizados pertenecientes a épocas prehistóricas, había puesto de
moda el estudio comparativo de los cráneos pertenecientes a
distintas razas humanas. Los cerebros eran medidos en todas
las dimensiones, se les comparaba, se discutía; no se llegó a
resultado alguno, hasta que finalmente Vogt, con su acostumbrado aplomo victorioso, anunció la solución del enigma:
aquellos cráneos que eran alargados, se llamaban cabezas largas, dolicocéfalas y otros que son redondeados, cabezas cortas,
branquicéfalos. Aquello que los más minuciosos y activos
observadores no lograron durante largos años de penosos
estudios, Vogt lo logró con la simple aplicación de su principio
gusanil. Y si a estos descubrimientos asombrosos, agregamos
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aún otro descubrimiento en el campo de la zoología política, vale decir, el de la Banda de Azufre, sin duda hasta el más
engreído estará de acuerdo con nosotros, en que Vogt ha hecho
bastante para justificar toda una vida humana.
Pero el gran espíritu de nuestro Vogt no tiene sosiego. La
política conservó sus irresistibles encantos para aquel hombre
que también en el banco de la cervecería era capaz de cumplir
tanto y tan grande. La azotaina del año sesenta había sido
felizmente olvidada, Herr Vogt de Marx, ya no se encontraba
en las librerías; por sobre todas aquellas desagradables historias, el pasto había crecido una y muchas veces. Nuestro
Vogt había realizado giras pronunciando conferencias que contaron con el aplauso de los filisteos alemanes, se había repantigado en todas las colecciones de histología, congresos etnológicos y de anticuarios, acercándose además a las legítimas
personalidades científicas; por consiguiente en cierto modo podía volver a sentirse hombre decente”, y creerse predestinado
a estudiar también en sentido político al filisteo alemán que
con tanto ahinco había estudiado en sentido histológico. Ocurrían grandes acontecimientos; Napoleón, el pequeño, había
capitulado en Sedán, los prusianos estaban a las puertas de París, Bismarck reclamaba AIsacia y Lorena. Por lo tanto era
hora que Vogt pronunciara su palabra decisiva.
Esta palabra se intitula; Cartas políticas de Carlos Vogt
a Federico Kolb, Biele 1870; contiene doce cartas que primeramente fueron publicadas en la Tagespresse— [Prensa del
Día} — de Viena y que además fueron copiadas en el Monitor
de Vogt, el Handelscourier— [Correo Comercial] — de Biele. Vogt se declara contrarío a la anexión y prusificación de
Alemania y le fastidia terriblemente el que en esto se encuentre
ahora convertido en simple sucesor de los tan odiados demócratas socialistas, vale decir, de la Banda de Azufre. Sería obvio
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ocuparse del resto del contenido de dicho panfleto, puesto que
resulta por demás indiferente saber cuáles son las ideas que
un Vogt pueda tener sobre asuntos semejantes. Por lo demás,
los argumentos que expone son únicamente los correspondientes a la politiquería de un filisteo cervecero, sólo que esta vez
Vogt no refleja al filisteo alemán, sino al filisteo suizo.
A nosotros únicamente interesa la agradable personalidad
del señor Vogt en sí, tal como pasa por sus innumerables
vueltas y revueltas.
Por consiguiente tomaremos el folletito y a su lado depositaremos aquella desgraciada obra de Vogt, los Ensayos
sobre ía actual situación de Europa, 1859, cuyas consecuencias
tanto y tan largo tiempo le hicieron sufrir. Entonces encontraremos, a pesar de toda su afinidad espiritual, del mismo
descuido en la forma de escribir — en la página 10 el señor
Vogt recoge sus “opiniones” con “sus propias orejas” que sin
duda deberán ser unas orejas muy peculiares, — que hoy el
señor Vogt dice precisamente todo lo contrario de lo que
predicaba once años atrás. Los Ensayos tenían por objeto convencer al filisteo alemán de que Alemania no tenía interés
en inmiscuirse en la guerra que Luis Bonaparte por aquel entonces planeaba contra Austria. Con este fin era preciso presentar a Luis Bonaparte como a un “hombre predestinado”,
liberador de pueblos, y defenderlo de los acostumbrados ataques
de los republicanos y hasta también, de algunos burgueses
liberales. Y el supuesto republicano Vogt, también se avino
a ello — claro está, con la cara harto avinagrada que ello le.
ocasionaba. Las malas lenguas y algunos miembros de la Banda de Azufre pretendían afirmar que el bueno de Vogt se
sometía a todos estos trastornos y a todas estas muecas, debido
tan sólo a que del lado bonapartista había obtenido aquello
que los ingleses han dado en llamar una “consideración”, es
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decir, dinero contante y sonante. Por cierto que se había producido toda clase de asuntos sospechosos. Vogt había ofrecido
dinero a las más diversas personas, con tal de que las mismas
actuaran en la prensa en su sentido, es decir, con tal que hicieran propaganda a favor de los propósitos liberadores de
los pueblos de Luis Bonaparte. El señor Brass, de cuyas virtudes, como es sabido, no es posible duchar desde que dirige
el Norddeutsche Allgemeine Zeitung — [La Gaceta Universal del Norte de Alemania] —, hasta este mismo señor Brass,
rechazó oficialmente "el comedero francés que Vogt pretendía
ofrecerle”. Pero no queremos continuar hablando de estas historias desagradables y preferimos suponer por ahora que los
dolores de barriga y las muecas del señor Vogt le pertenecían
por herencia propia.
Ahora, entretanto, se produjo la catástrofe de Sedán y
con ella todo cambió también para el señor Vogt, El mismo
Emperador de los franceses, libertador de pueblos, es tratado
aún con alguna reserva; de él se dice únicamente que "la revolución ya se cernía sobre su cabeza. Aún sin guerra, el Imperio tampoco habría visto el comienzo del año 1871 en las
Tullerías” (Página 1).
¡Pero su esposa! Oigámosle:
"Claro está que si Eugenia hubiera vencido— pues esa
española inculta que ni siquiera es capaz de escribir correctamente y sin faltas de ortografía, se mantiene o mantenía en
el campo de la batalla al frente de toda aquella fétida cola del
dragón, formada por monjes fanáticos y populacho — si Eugenia hubiera vencido, decimos, la situación momentánea habría sido peor aún”, que después de las victorias prusianas, etc.
Pero peor aún es tratada la cola del dragón de Luis Bonaparte, pues ahora queda demostrado que también él dispone
de una cola semejante. Ya en la página 2 se habla de "los
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terribles despilfarras del Imperio”. En la página 16, de la
“plebe” que “comandaba el ejército y estaba al frente de la
administración Imperial”. Estos despilfarras y esta plebe ya
se encontraba en 1859 y aún mucho antes, en su plena floración; Vogt, que por aquel entonces no tenía ojos para ello,
lo ve ahora con toda claridad: otro progreso más. Pero aún
no basta con esto.
Aún cuando no puede decirse precisamente, que Vogt
insulta a su antiguo libertador, no puede eludir sin embargo,
el citar una carta de una sabio francés en la que se dice; “Si usted
tiene alguna influencia, trate de apartar de nosotros la peor de
las vergüenzas— [celle de mancrer l’infame] — la de tener
que repatriar al infame—[Luis Bonaparte],— Es preferible un
Enrique V, los Orleans, un Hohenzollern, antes que este
Traupmann, coronado que envenenaba todo lo que tocaba”
(pág. 13).
Por muy malos que fueran el ex-emperador, su inculta
esposa y sus respectivas colas de dragón, Vogt nos consuela
sin embargo, asegurándonos que aún queda uno en la familia
que hace la excepción: el príncipe Napoleón, más conocido con
el nombre de Plon-Plon. De él, Vogt dice en la página 33,
que el mismo Plon-Plon le había manifestado “que no respetaría a los alemanes del Sud si los mismos obraran de
distinta manera , es decir, si no estuvieran dispuestos a participar en la lucha contra los franceses; además estaba convencido del mal fin de la guerra y nunca lo había ocultado.
¿Quién se atrevería a acusar a Vogt de ingrato? ¿Acaso no
resulta conmovedor ver como él, el "republicano”, tiende su
mano fraternal al “príncipe” en desgracia, proporcionándole
un testimonio que éste podrá invocar en el caso de que alguna
vez se llamara a la gran licitación para encontrar al hombre
que habrá de sustituir a aquel "deshonrado”?
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En los Ensayos, de 1859, Rusia y ía política rusa es elogiada sin ambages, aquel Imperio, “a partir de la abolición
de la servílítud es mas bien un camarada del movimiento liberal, que un enemigo del mismo”; Polonia estaría a punto
de fundirse con Rusia — ¡según lo ha demostrado el levantamiento de 1863! — y Vogt considera que es muy natural que
Rusia constituya “el punto fijo alrededor del cual las nacionalidades eslavas tienden, cada vez más, a agruparse”. Y el que
en 1859 la política rusa marchara del brazo con la de Luis
Bonaparte, naturalmente era un mérito enorme. Ahora todo
esto ha cambiado. .. ahora se dice: “No dudo un sólo instante
de que estamos a las puertas de un conflicto entre el mundo
eslavo y el mundo germano. .. y de que por uno de ambos
lados será Rusia quien se encargue de dirigirlo” (págs. 30
y 31). Y entonces se demuestra que después de la anexión
de Álsacia — {en este conflicto Francia inmediatamente se
pondrá del lado de los eslavos] — y que hasta tratará de apresurar en lo posible su estallido, para poder recuperar a Alsacia,
de modo que aquella misma alianza franco-rusa, que en 1859
era considerada una fortuna para Alemania, se le aparece ahora
como un espantajo y fantasma atemorizante. Pero Vogt conoce
a sus filisteos alemanes. Sabe que puede ofrecerles todo y que
le está permitido desdecirse todas las veces que quiera. Sólo nos
preguntamos involuntariamente, ¿cómo fué posible que once
años atrás Vogt pudiera tener ía desvergüenza de propagar
como la mejor garantía para la evolución liberal de Alemania
y de Europa, una alianza entre Rusia y la Francia bonapartista?
¡Y ahora, para colmo, Prusia! En ios Ensayos se hace entender claramente a Prusia que apoye en forma indirecta los
planes de Napoleón contra Austria, que se limite a la defensa
del terreno federal alemán para luego, “al producirse las
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negociaciones de paz, obtener su paga en tierras pertenecientes
a los territorios llanos del Norte de Alemania. Los límites de
la posterior federación del Norte — el Erzgebirge, el Meno y
el mar—, ya por aquel entonces le eran presentados a Prusia
como carnada. Y en el epílogo de la segunda edición, aparecida
durante la guerra de Italia, cuando el fuego ya ardía sobre las
uñas de los bonapartistas y no había tiempo que perder <;on
rodeos y conversaciones, también Vogt dice por fin lo que
tiene que decir, invitando a Prusia a iniciar una guerra civil en
Alemania a objeto de poder fundar una potencia central unificada a favor de la incorporación de Alemania a Prusia. Esta
unificación de Alemania no costaría tantas semanas como meses cuesta la guerra de Italia. Ahora bien: justamente siete
años después, y también de acuerdo con Luis Napoleón, Pru-
sía ot>ra al pie de la letra de las insinuaciones bonapartistas
repetidas por Vogt; se lanza a una guerra civil, obtiene momentáneamente su premio en tierras de los territorios llanos
del Norte y proporciona, por lo menos para el Norte, una
potencia central Unificada.. . ¿Y el señor Vogt? El señor Vogt
se presenta ahora repentinamente y se lamenta de que “la guerra
de 1870 había sido la ineludible consecuencia de la de 1866”
(pág. 1). Se queja de la insaciable política de conquistas prusiana, “que siempre pica la carnada cuando se le ofrece alguna
conquista, tal como un tiburón hincaría sus dientes en un
trozo de tocino, (pág. 20). “Nunca y en ninguna parte he
visto un gobierno y un pueblo que mereciera tanto este nombre— Estado ladrón, Estado pequeño — como el prusiano”
(pág. 35). Lamenta la incorporación de Alemania a Prusia,
como la peor desgracia que pudo ocurrirle a Alemania y a Europa — octava y novena carta —.Esto es lo que ha sacado
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Bismarck con seguir el consejo de Vogt y esto lo que le pasa
a Vogt, por haberle dado un consejo a Bismarck.
Hasta aquí todo parecía no marchar del todo mal para
nuestro Vogt. Las viejas historias difamatorias habían sido
definitivamente olvidadas por los filisteos y los Ensayos habían
desaparecido por completo. Vogt podía volver a hacerse pasar
por un ciudadano decente, medianamente demócrata y jactarse
de que éstas, sus Cartas Políticas, se oponían a la banal corriente filistea de Alemania.
Hasta el fatal acuerdo en la cuestión anexionista con los
demócratas socialistas, únicamente podía valerle honores: puies-
to que Vogt no se había pasado a la Banda de Azufre, necesariamente la Banda de Azufre tenía que pasarse a Vogt.: Entonces, de repente, la mirada cae sobre una línea, pálida y
delgada, perteneciente a las listas recién publicadas de los fondos secretos empleados por Luis Bonaparte: /
VOGT — il luí a été remis en Aout 1859... ífi 40.000.
[VOGT'— le fueron remitidos en agosto de 1895...
40.000 francos”].
¿Vogt? Pero, ¿quién es Vogt? ¡Qué desgracia para Vogt
que no se haya agregado algún calificativo más definido! Sí
se dijera: el profesor Carlos Vogt, de Ginebra, y apareciera
la dirección, calle y número, etc., acaso entonces Vogt podría
decir: “Ese no soy yo”, ese es mi hermano, mi mujer, mi
hijo mayor. . . Todos, menos yo. ¡Pero de esta manera! ¡Sencillamente V O G T ! Sin más datos, sin nombre de pila, sin
dirección, ése sólo puede ser un Vogt, el sabio universalmente
conocido, el gran descubridor de los gusanos redondos y de
los gusanos chatos, de los cráneos alargados y de los cráneos
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redondeados y de la Banda de Azufre, el hombre cuyo renombre es tan conocido por los policías de los fondos secretos, que todo otro dato resulta superfluo! Y además, ¿acaso
existe otro Vogt que haya prestado tantos servicios al gobierno
bonapartista de 1859, que el mismo en agosto de ese mismo
año — y precisamente para esa fecha Vogt se encontraba en
París— pudiera pagarle 40.000 francos? El que usted, señor
Vogt, haya prestado esos servicios es notorio; sus Ensayos lo
atestiguan; estos Ensayos aparecieron en su primera edición
durante el trancurso de la primavera; en su segunda, en el
verano; el que a partir del 1 de abril hasta ya muy avanzado
el verano, usted se dedicó a invitar a numerosas personas a
trabajar, previa remuneración, a favor de sus intereses bona-
partistas, es algo que usted mismo ha confesado; en agosto
de 1859, terminada la guerra, usted estuvo en París■—-¿y ahora
pretende usted que nosotros creamos que ese Vogt a seca^ al
que en 1859 Bonaparte hizo pagar 40.000 francos, es otro
Vogt completamente desconocido? Se lo juramos por todos
sus gusanos redondos y chatos: mientras usted no nos pruebe
lo contrario, será preciso que supongamos que es usted el
Vogt en cuestión.
Pero acaso diga usted que esa es una afirmación que se
funda únicamente en la palabra del actual gobierno francés, es
decir, en el gobierno de los comunalistas o sea, comunistas,
que también se llaman Banda de Azufre. ¿Quién puede creer
lo que diga esa gente? A esto podría responderse, que el “Gobierno de la defensa nacional’’ llevó a cabo la publicación de
la Correspondence et papier de la famille Imperiale [correspondencia y los documentos de la familia imperial], publicación ésta que constituye su acción oficial y es garantizada
por él. ¿Y qué opinaba usted de ese gobierno, Jules Favre,
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Tronchin, etc.? "Los hombres que ahora encabezan el gobierno nada tienen que envidiar a nadie en cuanto a inteligencia, vigor activo y lealtad probada. .., pero no es posible que
cumplan lo imposible”. Esto es lo que usted dice con respecto
a ellos en la página 52 de su folleto. En efecto, señor Vogt,
no pueden cumplir lo imposible, pero usted por lo menos
habría podido guardarse sus nombre en agradecimiento a esta
cálida consideración de que tan pocas veces fuera objeto?
Sin embargo, tal como usted mismo lo dice, señor Vogt,
"el oro es la equivalencia del daño que el individuo sufre en
su persona” — pág. 24 —, y si bien su estimada persona,
debido a sus brincos de orden político, en efecto ha sufrido
algún "daño” — esperamos que el mismo haya sido tan sólo
de orden moral. ..-— confórmese usted con su equivalencia”.
Cuando en el verano pasado comenzó el fragor bélico,
usted estaba "convencido” de que toda aquella bulla gubernamental francesa únicamente habría de servir para cubrir, con
aparentes pertrechos, los terribles despilfarros del Imperio. Bajo el gobierno de Luis Felipe, este trabajo les había sido
encomendado a los gusanos que carcomen la madera— los
gastos secretos que sobrepasaban el presupuesto, eran cargados
sobre la cuenta maderera de la Marina — ;durante el Imperio
no habría bastado toda la carcoma del mundo para cubrir
los excesos” (pág. 4).
Bueno, señor Vogt, por lo visto volvemos a encontrarnos
entre sus tan queridos gusanos y esta vez con los gusanos
madereros.
¿A qué especie pertenecen éstos? ¿A los gusanos redondos
o a los chatos? ¿Quién es capaz de decidirlo, Únicamente usted, señor Vogt, y usted lo decidirá efectivamente. De acuerdo
a la Cortespondance, etc., también usted milita entre los "gu492

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sanos madereros”, y ayudó a comerse los gastos excedentes
al presupuesto del Estado”, hasta cubrir la suma de 40.000
francos. Y el que usted es un “gusano redondeado”, eso lo
sabe todo aquel que lo conoce.
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Se terminó el 4 de agosto de
1977 en la Imprenta de Juan Pablos, S. A., Mexicali 39, México
11, D.F.
1,000 ejemplares