Querida madre:

Si no te he escrito en tanto tiempo, ha sido porque deseaba responder a tus últimas observaciones acerca de mi actividad política de una manera que no te hiriera. Y cuando una y otra vez leía las infames mentiras de la *Kölnische Zeitung*, singularmente las infamias del canalla de Wachenhusen, cuando veía cómo esas mismas personas que durante la guerra en toda la prensa francesa no veían más que mentiras, ahora pregonan a toda trompeta por Alemania, cual si fueran el Evangelio, toda invención policial, toda calumnia del más venal periodicucho parisiense contra la Comuna, pues me ponía de un humor poco apropiado para escribir. De los pocos rehenes fusilados según el modelo prusiano, de los pocos palacios incendiados según el precedente prusiano, se arma un gran alboroto —porque todo lo demás son mentiras—, ¡pero de los 40.000 hombres, mujeres y niños que los versalleses, tras el desarme, han masacrado a ametralladora, de eso no habla nadie! Pero vosotros no podéis saber todo eso; dependéis de la *Kölnische* y de la *Elberfelder Zeitung*, y las mentiras os son metódicamente inculcadas. Sin embargo, tú has oído en tu vida tildar de auténticos ogros a muchas personas —los miembros de la Liga de la Virtud en tiempos del viejo Napoleón, los demagogos de 1817 y 1831, los hombres de 1848—, y después siempre se ha visto que no eran tan fieros y que una interesada furia persecutoria les achacaba al principio todas esas historias terroríficas que luego se desvanecieron en humo. Espero, querida madre, que recuerdes esto y que lo concedas también a los hombres de 1871, cuando leas esas imaginarias infamias en el periódico.

Que yo no he cambiado en nada las opiniones que sostengo desde hace casi 30 años, lo sabías, y tampoco debía serte inesperado que, tan pronto como los acontecimientos me obligaran a ello, no sólo las defendiera, sino que además cumpliera con mi deber. Te avergonzarías de mí si no lo hiciera. Si Marx no estuviera aquí, o sencillamente no existiera, eso no cambiaría nada en el asunto. Es, pues, muy injusto echarle la culpa a él; aunque, por supuesto, también recuerdo que antes los parientes de Marx afirmaban que yo lo había echado a perder. Pero basta de esto. Es algo que ya no se puede cambiar y a lo que hay que resignarse. Si durante algún tiempo reina la calma, el alboroto se acallará de todas formas y tú misma verás la cosa con más tranquilidad.

En septiembre pasé algún tiempo en Ramsgate, un pequeño, o mejor dicho, bastante grande balneario en la costa oriental, algo al norte de Dover. Es el balneario más divertido que conozco, sumamente desenfadado; la playa, muy hermosa, de arena firme, se estrecha al pie mismo de los abruptos acantilados de creta, y en la playa todo está lleno de falsos cantores de banquillo negros, prestidigitadores, tragafuegos, teatrillos de polichinelas y otras sandeces por el estilo. El lugar no es muy elegante, pero sí barato y sin cumplidos. El baño es muy bueno, y como hacía frío me sentó doblemente bien; se me despertó un apetito realmente insaciable y dormía 10 horas enteras al día. Aunque vivo en uno de los barrios más sanos de Londres, donde el aire, según me dijo un médico, es tan bueno como en el campo, he notado sin embargo qué diferencia supone un cambio de aires como éste, y realmente deberías pensar en disfrutar el próximo verano de 3 a 4 semanas de aire de mar, que vuelve aún más sano hasta al más sano.

Mi interesante vecina me ha dejado en paz desde hace bastante tiempo con su piano; debe de haberse ido de viaje. En cambio, ahora también en el otro costado, donde se han construido nuevas casas, tengo una música; es una tienda de sastre y en el piso de arriba se alquilan habitaciones. Hasta ahora no es nada grave y no puedo quejarme. Llueve de una manera abominable, lo cual resulta muy inesperado tras los espléndidos días de otoño que habíamos tenido, y tengo que encender fuego, mientras que aún hace 3 días el tiempo era tan bochornoso que no podía aguantar sin tener las ventanas abiertas. En general, el tiempo es aquí mucho mejor que en Manchester; casi nunca llueve un día entero, mientras que en Manchester, por estas fechas, a menudo llueve 2 o 3 días sin parar.

Por las manifestaciones de Hermann y de Emil me ha parecido que probablemente pasará todavía algún tiempo hasta que con Adolf vuelvan a encauzarse en cierta medida. Una vez que estén personalmente separados durante algún tiempo, eso se arreglará más fácilmente. En todo caso, es bueno que la aclaración esté zanjada al menos en los puntos principales; una vez liquidada la cuestión del dinero, al menos no surgirán nuevos motivos de discordia. Espero que con el tiempo todo vuelva a equilibrarse.

Por lo demás, estoy bien y animado, y he vuelto a mi primer amor, a saber, la pipa larga, después de haber encontrado al fin aquí un tabaco razonable. Esta noche me he reservado un placer especial, pues voy, a pesar de la lluvia, a la cervecería vienesa del Strand, donde al menos se puede beber hasta saciarse. Emil Blank junior estuvo también un momento en casa estos días; aparte de eso, no veo nunca a ese tarambana porque casi nunca voy a la City.

Ahora, que te vaya muy bien, saluda de todo corazón a todos los hermanos y no me guardes rencor por mi largo silencio.

De todo corazón, tu Friedrich.

A Emil Blank puedes decirle que Marx no necesita dinero de mi parte. Pero sí que me gustaría ver la cara que pondría el tal Emil Blank si yo quisiera darle consejos sobre el empleo de su dinero.