Londres, 16 de junio de 1871.

Querida madre:

Justo cuando me siento a escribirte llega tu carta de Leutesdorf, lo que me induce a buscar en el mapa dónde he localizado felizmente el lugar. La situación ha de ser muy bonita, justo allí donde las montañas vuelven a acercarse al Rin, con la vista sobre la llanura que se extiende de Andernach a Coblenza, y bien creo que el aire de allí te ha sentado muy bien. Haces bien en llevarte contigo a Engelskirchen una buena compañía de alegres muchachas. La relación entre las dos casas vecinas tiene que ser, en esas circunstancias, necesariamente algo tensa y enojosa, y la presencia de las muchachas impide que se hable demasiado de ello. Estando el asunto ahora arreglado, no sería más que justo y razonable que ambas partes te dejasen ya en paz con eso; no conduce a nada recalentar siempre de nuevo la vieja col. Por lo que a mí respecta, me fue muy desagradable verme de repente requerido por Rudolf a prestarle a él, a Hermann y a Emil un servicio que no podía prestar sin tomar partido contra Adolf. Sabes que Rudolf es un tipo honesto a carta cabal, incapaz de fingir, y por eso su carta no me dejó la menor duda de que todo el asunto debía resolverse a espaldas de Adolf. Pero Adolf tenía exactamente tanto derecho a la información solicitada como los otros tres. El asunto me fue tan desagradable que primero le fui dando largas, pero cuando me bombardearon con cartas, tuve que decidirme, y entonces, en mi opinión, no pude por menos de comunicar también a Adolf esa información que tanto le interesaba. Ahora bien, para que tuviesen tiempo de arreglar la cosa, les escribí que le escribiría a A., y no escribí a A. hasta unos días más tarde. Por qué no le comunicaron ellos luego enseguida a A. que me habían hecho esa consulta y no le transmitieron mi respuesta me es inexplicable. Entonces todo habría estado en orden. Pero yo no podía prestarme a procurarles, a espaldas de Adolf, una información que pudiesen emplear contra Adolf. Y que a eso apuntaba todo lo prueba la última carta de Rudolf a mí. Rudolf en general ya consideraba un crimen que Adolf de todos modos quisiera salir, y esto, para mí que también he salido hace poco, me pareció algo exagerado. Ahora el asunto está felizmente en orden, y esperemos que no tarden en reconciliarse. Escribo a Adolf, que me pide informes sobre los arreglos de Manchester, y le digo que todos harían lo más razonable si, al producirse el arreglo — o la firma del contrato definitivo, o incluso antes —, se devolvieran mutuamente las cartas que intercambiaron en este asunto, las arrojasen al fuego y se bebieran una botella de champán.

En lo que toca a mi viaje a Alemania, es un asunto aparte. Sabes que desde la historia de París hay una persecución general contra nosotros, «la Internacional»; se dice que hemos urdido aquí, desde Londres, toda la revolución, lo cual es exactamente como si alguien afirmase que yo promoví la disputa entre mis hermanos y Adolf. Pero el griterío es un hecho, y tenemos noticia segura de que Marx, a quien esperaban en Hannover, iba a ser detenido allí. No podrían hacerme nada grave si yo atravesase el continente; pero sí podrían producirse pequeños contratiempos que, por nada del mundo, quisiera yo que ocurriesen en tu casa. Además, los miserables belgas aún siguen exigiendo pasaportes. Así que creo que lo mejor será esperar aún un poco a que los acontecimientos y las cabezas de la policía y de los filisteos se apacigüen algo más.

Lo de Emma es, con todo, un asunto extraño. Por lo que parece, tenéis tocólogos singulares en Barmen. Aquí también hemos tenido mucho viento del este, pero sólo tarde, en mayo, de modo que no hizo excesivo frío y a menudo el tiempo fue hermoso, si bien en los primerísimos días de junio tuve que encender fuego un par de veces. Desde anteayer hace bochorno y ha llovido fuerte, lo que ha sentado muy bien a las plantas, y ahora parece como si pronto fuésemos a tener buen tiempo. En conjunto, hemos tenido aquí una primavera muy agradable, mucho mejor que en Manchester. De allí recibo visitas con frecuencia; anteayer estuvo aquí el doctor Gumpert con su mujer, que se asombraba de qué hacía yo con una casa tan grande, pero me hizo grandes elogios del buen orden en que la tengo. Por lo demás, disfruto de mi habitual salud y apetito, con el tiempo me estoy acostumbrando a echarme una siestecita, me vuelvo visiblemente más cano de barba y apenas sufro más que, como siempre, de sed. Espero que tú también estés bien y puedas hacer tus paseos por la avenida de los tilos a orillas del Agger, donde ojalá pronto vuelva yo también a tumbarme en el banco después de comer y quedarme dormido. Saludos muy cordiales a todos de tu fiel hijo
Friedrich