Querido Kugelmann:

Por la dirección arriba indicada verá usted que me he instalado aquí en Londres con casa propia, y ya desde el otoño pasado, pues en (?) por aquella época había liquidado por fin mis diversos negocios en Manchester. Hasta ahora estoy satisfecho con la mudanza en todos los sentidos. Mi nueva vivienda no está a diez minutos enteros de casa de Marx, lo que según los criterios de aquí es muy cerca; además tengo el parque directamente delante de la puerta y un aire fresco espléndido. En cuanto al estado de Marx, se ha hecho usted una idea demasiado exagerada. En primer lugar, su audaz diagnóstico que atribuye su tos a un catarro pulmonar. Marx y yo tenemos un médico joven muy competente (escocés), que entiende de auscultación y percusión tan bien como la mayoría de la gente en Alemania y que dijo lo mismo que desde hacía tiempo era mi opinión: que la tos tiene su causa únicamente en la laringe y que el pulmón está completamente sano. Dice que, ciertamente, no es muy fácil eliminar una tos tan descuidada y arraigada, y profetiza que volverá en otoño, incluso si el verano la ahuyenta. Pero con un tratamiento adecuado, no concede ninguna importancia al asunto. La tos tenía de malo, ante todo, que le impedía dormir a Marx y así le bajaba el estado general de salud. Eso ya está prácticamente eliminado. El médico le trata sobre todo del hígado, y ya ha obtenido algún resultado; pero usted comprenderá que eso no va tan rápido en un padecimiento crónico que, por lo que sé, ya lleva 26 años siendo más o menos permanente. Por lo demás, M. en su manera de vivir no es, ni con mucho, tan loco como uno se imagina. Mientras dura la excitación comenzada con la guerra, no trabaja en cosas teóricas pesadas y vive de forma bastante racional; incluso sale con frecuencia a pasear, sin que yo vaya a recogerle, una hora y media o dos horas; se pasa semanas sin beber una gota de cerveza en cuanto nota que le sienta mal; que tenga un apetito caprichoso, que alterna entre la inapetencia y un hambre canina, no es de extrañar en su estado. No tiene usted que temer que su piel no funcione —salvo en las considerables zonas donde la cutis ha quedado totalmente destruida por los carbuncos—. Un paseo por Highgate hacia Hampstead y vuelta a Maitland Park mide aproximadamente una milla y media alemanas, con varias subidas y bajadas muy empinadas, y arriba hay más ozono del que se encuentra en todo Hannover. Y ese recorrido lo hace 3 o 4 veces por semana, al menos en parte. Naturalmente, a menudo tengo que empujarle, pero él sabe que le sienta bien. En general, vive, como yo, aproximadamente a 150 pies sobre el Támesis, en una zona despejada, con un aire apenas semiurbano, entre grandes jardines y pocas casas, y yo atribuyo a este entorno saludable el que no esté peor. Me llaman ahora mismo para comer y, como dentro de media hora se produce el loco cierre del correo, tengo que interrumpir.

En cualquier caso, tiene usted en lo anterior materia suficiente para poner en su justa medida sus inquietudes un tanto exageradas. Yo, por lo demás, no puedo resistirlo sin mucho movimiento al aire libre, y así M., de grado o por fuerza, tiene que acompañarme casi siempre, y ésa es, a fin de cuentas, la mejor medicina para él.

Con cordiales saludos, suyo,
F. E.