Notes on the War. Engels 1870-71.

El aspecto militar de los asuntos en Francia

Si la serie de desastres infligidos a las armas francesas que señalan la campaña de enero —las derrotas de Faidherbe y Chanzy, la caída de París, la derrota y rendición de Bourbaki ante los suizos— si todos estos acontecimientos aplastantes, concentrados en el breve lapso de tres semanas, pueden considerarse con razón como suficientes para quebrantar el espíritu de resistencia en Francia, ahora no parece improbable que los alemanes, con sus exigencias desmesuradas, vuelvan a despertar ese espíritu. Si el país ha de ser completamente arruinado tanto por la paz como por la guerra, ¿para qué hacer la paz? Las clases propietarias, la clase media de las ciudades y los grandes terratenientes, junto con una parte del campesinado menor, formaban hasta ahora el partido de la paz; se podía contar con ellos para elegir diputados pacifistas para la Asamblea Nacional; pero si se persiste en semejantes exigencias inauditas, el grito de guerra a muerte podría alzarse tanto de sus filas como de las de los obreros de las grandes ciudades. En todo caso, conviene no desatender la posibilidad, cualquiera que sea, de que la guerra pueda reanudarse después del 19 de febrero…; tanto más cuanto que los propios alemanes, si hemos de dar crédito al Daily News de hoy, no están tan satisfechos con el cariz de los asuntos como para abstenerse de hacer serios preparativos para reanudar las hostilidades. Echemos, pues, otra ojeada al aspecto militar de la situación.

Los veintisiete departamentos de Francia ocupados hoy por los prusianos abarcan una superficie de 15.800.000 hectáreas, con una población (una vez descontadas las fortalezas que aún no se han rendido) de algo menos de 12.500.000. La extensión de toda Francia comprende 54.240.000 hectáreas, y su población es de 37.382.000 habitantes. De ahí se desprende que, en números redondos, quedan aún sin conquistar treinta y ocho millones y medio de hectáreas, con una población de 25.000.000 de almas, es decir, dos tercios largos de la población y considerablemente más de dos tercios del territorio. París y Metz, cuya resistencia frenó durante tanto tiempo el avance enemigo, han caído ciertamente. El interior del país no conquistado no contiene ningún otro campo atrincherado —con excepción de Lyon— capaz de desempeñar el mismo papel que esas dos fortalezas. Algo menos de 700.000 franceses (sin contar la Guardia Nacional de París) son prisioneros de guerra o se hallan internados en Suiza. Pero existen otras circunstancias que pueden compensar este déficit, incluso si el armisticio de tres semanas no se aprovecha para crear nuevos campamentos rodeados de obras de campaña; tiempo para ello sobra.

La mayor parte de la Francia no conquistada se halla al sur de la línea Nantes-Besançon; forma un bloque compacto, cubierto por tres lados por el mar o por fronteras neutrales, y con sólo su límite septentrional abierto al ataque enemigo. Aquí reside la fuerza de la resistencia nacional; aquí se encuentran los hombres y el material para proseguir la guerra si vuelve a desencadenarse. Para conquistar y ocupar este inmenso rectángulo de 450 millas por 250, frente a una resistencia desesperada —regular e irregular— de los habitantes, las fuerzas actuales de los prusianos no bastarían. La rendición de París, que deja cuatro cuerpos para la guarnición de la capital, liberará nueve divisiones; la rendición de Bourbaki libera las seis divisiones de línea de Manteuffel; en total, quince divisiones, o de 150.000 a 170.000 soldados adicionales para operaciones en campaña, que se suman a las cuatro de Goeben y a las ocho de Federico Carlos. Pero Goeben tiene sobradas ocupaciones en el Norte, y Federico Carlos ha demostrado con su detención en Tours y Le Mans que su capacidad ofensiva está agotada por completo, de modo que para la conquista del Sur no quedan más que las quince divisiones antes mencionadas; y durante algunos meses no podrán llegar nuevos refuerzos.

A estas quince divisiones, los franceses tendrán que oponer, al principio, formaciones en su mayoría nuevas. En los alrededores de Nevers y Bourges se hallaban los cuerpos 15 y 25; en la misma vecindad debía de encontrarse el 19º Cuerpo, del cual no hemos vuelto a tener noticia desde comienzos de diciembre. Luego está el 24º Cuerpo, escapado del naufragio de Bourbaki, y las tropas de Garibaldi, reforzadas hace poco hasta alcanzar los 50.000 hombres, aunque ignoramos con qué unidades y de qué procedencia. El conjunto comprende unas trece o catorce divisiones, tal vez incluso dieciséis, pero del todo insuficientes, por su cantidad y calidad, para detener el avance de los nuevos ejércitos que seguramente se enviarán contra ellos si expira el armisticio sin haberse concertado la paz. Sin embargo, el armisticio de tres semanas no sólo dará tiempo a esas divisiones francesas para consolidarse, sino que también permitirá que las levas más o menos bisoñas que se encuentran ahora en los campos de instrucción, y que Gambetta calcula en 250.000 hombres, transformen al menos los mejores de sus batallones en cuerpos útiles, aptos para enfrentarse al enemigo; y así, si la guerra se reanudase, los franceses podrían estar en condiciones de rechazar toda invasión seria del Sur, no quizá en la línea del Loira ni mucho al norte de Lyon, pero sí en puntos donde la presencia del enemigo no menoscabe de manera efectiva su fuerza de resistencia.

Como es natural, el armisticio proporciona tiempo sobrado para restablecer el equipo, la disciplina y la moral de los ejércitos de Faidherbe y de Chanzy, así como de todas las demás tropas en Cherburgo, El Havre, etc. La cuestión es si ese tiempo se aprovechará de ese modo. Mientras que, de esta suerte, la fuerza de los franceses se verá considerablemente aumentada, tanto en número como en calidad, la de los alemanes apenas recibirá incremento alguno. En ese sentido, el armisticio constituirá una ventaja para la parte francesa.

Pero, además del compacto bloque del sur de Francia, quedan sin conquistar las dos penínsulas de Bretaña, con Brest, y del Cotentin, con Cherburgo, así como los dos departamentos del Norte con sus fortalezas. El Havre constituye igualmente un punto costero no conquistado y bien fortificado. Cada uno de esos cuatro distritos dispone al menos de un lugar de seguridad bien fortificado en la costa para un ejército en retirada; de modo que la flota, que en este momento no tiene nada, absolutamente nada, que hacer, puede mantener las comunicaciones entre el Sur y todos ellos, transportar tropas de un lugar a otro, según lo exijan las circunstancias, y con ello, de improviso, permitir a un ejército derrotado reanudar la ofensiva con fuerzas superiores. Por consiguiente, al tiempo que esos cuatro distritos occidentales y septentrionales son en cierta medida inatacables, forman otros tantos puntos débiles en los flancos de los prusianos. La línea de verdadero peligro para los franceses se extiende desde Angers hasta Besançon; para los alemanes, se extiende, además, desde Angers, pasando por Le Mans, Ruán y Amiens, hasta la frontera belga. Las ventajas que en este último frente se obtengan sobre los franceses nunca podrán ser decisivas si éstos emplean un mediano sentido común; pero las que se obtengan sobre los alemanes pueden, en determinadas condiciones, serlo.

Tal es la situación estratégica. Aprovechando la flota, los franceses podrían mover sus hombres en el Oeste y en el Norte, obligando así a los alemanes a mantener fuerzas muy superiores en aquella zona, y a debilitar las tropas destinadas a la conquista del Sur, lo cual sería su principal objetivo impedir. Concentrando sus ejércitos más de lo que han hecho hasta ahora y, por otro lado, destacando más numerosas y pequeñas bandas de partisanos, podrían acrecentar el efecto que cabe obtener con las fuerzas disponibles. Parece que en Cherburgo y El Havre había muchas más tropas de las necesarias para la defensa; y la bien ejecutada destrucción del puente de Fontenoy, cerca de Toul, en el centro del país ocupado por los conquistadores, muestra lo que puede conseguirse con partisanos audaces. Pues, si la guerra ha de reanudarse realmente después del 19 de febrero, tendrá que ser, en verdad, una guerra a muerte, una guerra como la de España contra Napoleón; una guerra en la que ningún número de fusilamientos e incendios bastará para quebrantar el espíritu de resistencia.

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