Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

XL

Si hemos de dar crédito al último telegrama de Berna —y ya no hay lugar para desacreditarlo—, nuestras previsiones sobre la suerte del ejército de Bourbaki se han cumplido. Se comunica que el Consejo Federal suizo ha recibido la noticia oficial de que dicho ejército, de unos 80.000 hombres, ha penetrado en territorio suizo, donde, naturalmente, habrá de deponer las armas. No se señalan los puntos exactos en que esto ha ocurrido, pero deben de situarse entre el sur de Blâmont y no más al sur de Pontarlier. Los distintos destacamentos cruzarían la frontera por puntos diversos; es probable que la masa principal de las tropas lo hiciera por Les Brenets, allí donde la carretera de Besançon a Neuchâtel entra en territorio suizo.

Así, otro ejército francés ha dejado de existir, debido —por emplear la expresión más suave— a la irresolución de su jefe. Bourbaki podrá ser un oficial brillante al frente de una división; pero el nervio necesario para sobreponerse a sí mismo y adoptar una resolución audaz en el momento decisivo es algo muy distinto del nervio que permite a un hombre mandar una división con brillo bajo el fuego; y, como a muchos hombres de valor personal indudable y espléndido, a Bourbaki parece faltarle el valor moral indispensable para llegar a una determinación decisiva. A más tardar en la noche del 17, cuando su incapacidad para romper las líneas de Werder se le hizo del todo evidente, tenía que haberse decidido inmediatamente sobre la línea de conducta a seguir. Tenía que saber que los refuerzos prusianos se aproximaban por el noroeste a su línea de retirada; que su situación, con un enemigo victorioso al frente y una larga línea de retirada, pegada a una frontera neutral, a su espalda, era sumamente peligrosa; que el objetivo de su expedición había fracasado irremediablemente, y que su deber más urgente, más aún, su único deber, en aquellas circunstancias, era salvar a su ejército. En otras palabras: que debía retirarse tan deprisa como se lo permitiera el estado de sus tropas. Pero esta resolución de retirarse, de confesar con los hechos que su expedición había fracasado, parece haber sido demasiado para él. Se entretuvo en el escenario de sus últimas batallas, incapaz de avanzar, sin voluntad de retirarse, y dio así tiempo a Manteuffel para cortarle la retirada. Si hubiera emprendido la marcha de inmediato y hubiera recorrido tan solo quince millas diarias, habría podido alcanzar Besançon el 20 y las cercanías de Dôle el 21, justo en el momento en que los primeros prusianos hacían allí su aparición. Esos prusianos no podían ser muy fuertes; y hasta la vanguardia de Bourbaki habría bastado, si no para rechazarlos por completo, sí para confinarlos en la orilla derecha u occidental del Doubs, lo que habría sido suficiente para asegurar la línea de retirada de Bourbaki, sobre todo frente a un adversario de la talla de Manteuffel, que actúa de manera bastante correcta mientras la ejecución de las órdenes de Moltke no encuentra resistencia, pero que desciende por debajo del nivel de la mediocridad tan pronto como esa resistencia pone en juego sus propias facultades mentales.

Uno de los puntos más curiosos del documento acordado entre Bismarck y Jules Favre es que los cuatro departamentos donde operan Bourbaki y Garibaldi no quedan incluidos en el armisticio general, sino que los prusianos se reservan virtualmente la facultad de continuar combatiendo allí todo el tiempo que les plazca. Se trata de una estipulación inaudita, que demuestra más que ninguna otra que el conquistador, al auténtico estilo prusiano, exigió sin reservas todas las concesiones que su momentánea superioridad le permitía imponer. El armisticio se extiende al Oeste, donde Federico Carlos considera preferible no avanzar más allá de Le Mans; al Norte, donde Goeben se ve detenido por las fortalezas; pero no al Sudeste, donde el avance de Manteuffel prometía una segunda Sedán. Al consentir esta cláusula, Jules Favre consintió virtualmente la rendición de Bourbaki, ya fuera ante los prusianos o ante los suizos; la única diferencia en su favor consistió en que trasladó la responsabilidad del acto de sus propios hombros a los de Bourbaki.

En conjunto, la capitulación de París es un documento sin precedentes. Cuando Napoleón se rindió en Sedán, se negó a entablar negociaciones que fueran más allá de la rendición de su persona y de su ejército; como prisionero, se hallaba incapacitado para comprometer al Gobierno y a Francia. Cuando el señor Jules Favre capitula París y su ejército, entra en estipulaciones que obligan al resto de Francia, aun encontrándose exactamente en la misma posición que Napoleón en Sedán. Más aún, peor. Napoleón, casi hasta el día de su capitulación, había estado en libre comunicación con el resto de Francia; el señor Jules Favre, durante cinco o seis semanas, apenas ha gozado de oportunidades escasas y fragmentarias para enterarse de lo que ocurría fuera de París. Las noticias acerca de la situación militar al otro lado de los fuertes solo podía proporcionárselas Bismarck; y sobre la base de esa información unilateral, suministrada por el enemigo, se aventuró a actuar.

El señor Jules Favre se hallaba ante una elección entre dos males. Podía hacer lo que ha hecho: asegurar un armisticio de tres semanas en las condiciones impuestas por el enemigo y comprometer con él al verdadero Gobierno de Francia, el de Burdeos. O podía negarse a actuar en nombre del resto de Francia, ofrecerse a tratar únicamente por París y, en caso de que los sitiadores pusieran dificultades, hacer lo que hizo el comandante de Phalsbourg: abrir las puertas e invitar a los conquistadores a entrar. Este último proceder habría favorecido más su dignidad y su porvenir político.

En cuanto al Gobierno de Burdeos, tendrá que adherirse al armisticio y a la elección de una Asamblea Nacional. Carece de medios para obligar a los generales a repudiar el armisticio, y vacilará en sembrar divisiones en el pueblo. La entrega de Bourbaki a los suizos añade otro golpe aplastante a los muchos que los franceses han recibido últimamente; y, como ya anticipábamos ante el acontecimiento, creemos que este golpe, inmediatamente posterior a la rendición de París, deprimirá hasta tal punto el ánimo de la nación que se firmará la paz. En cuanto a los recursos materiales de Francia, están muy lejos de haberse agotado; la lucha podría prolongarse durante meses. Hay un hecho notable que muestra cuán inmensas son las dificultades que se oponen a una conquista completa de Francia. El príncipe Federico Carlos, tras siete días de combates, había hecho retroceder al ejército de Chanzy en estado de completa disolución. Con excepción de unas cuantas brigadas, no quedaban literalmente tropas que oponerle. El territorio que tenía por delante era rico y se hallaba comparativamente poco agotado. Sin embargo, detiene su marcha en Le Mans y solo continúa la persecución con su vanguardia, y a cortas distancias. Nuestros lectores recordarán que no contábamos con ningún otro resultado; pues bien puede decirse, con cierta dosis de verdad, que al conquistar un gran país, mientras la extensión que hay que ocupar aumenta en progresión aritmética, las dificultades de la ocupación aumentan en progresión geométrica.

Aun así, creemos que los repetidos desastres de la campaña de enero han debido de quebrantar la moral de la nación hasta tal punto que la proyectada Asamblea Nacional no solo se reunirá, sino que probablemente concertará la paz; y así, junto con la guerra, llegarán a su fin estas Notas sobre ella.

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