Notes on the War. Engels 1870-71.

XXXIX

Sólo en dos ocasiones desde Sedán las operaciones de un ejército francés han causado seria inquietud al general Moltke. La primera se produjo a mediados de noviembre, cuando el Ejército del Loira, tras la derrota de von der Tann en Coulmiers, se desvió hacia la izquierda para acercarse a París desde el oeste y avanzó hasta Dreux. Entonces Moltke, con una resolución digna de semejante crisis, se dispuso a levantar de inmediato el asedio en caso de que Mecklenburg, aun con todos los refuerzos temporales destacados en su ayuda, no fuera lo bastante fuerte para contener el avance enemigo. Aquel avance fue contenido y el asedio pudo continuar. La segunda vez fue la marcha de Bourbaki hacia el este la que turbó el sosiego del cuartel general de Versalles. La gravedad con que se consideró este movimiento quedó demostrada por las medidas adoptadas en el acto para hacerle frente. Las tropas de Werder —el XIV Cuerpo y las divisiones de reserva de Tresckow y Schmeling— fueron reforzadas de inmediato con dos cuerpos más, uno de los cuales, el segundo, partió de París ya el 2 de enero. El lenguaje de las comunicaciones semioficiales se volvió cauto; el día 11 la *Provinzial-Correspondenz* llama la atención sobre el hecho de que «en el este de Francia son inminentes batallas importantes y decisivas» y de que Bourbaki se propone, tras liberar Belfort, romper la línea de comunicación prusiana en Nancy. Los corresponsales no oficiales, aunque todavía cautos, hablan con mayor claridad; citaremos tan sólo a uno de ellos, Wickede, de la *Gaceta de Colonia*. Inmediatamente después del combate de Villersexel, mediante el cual Werder había asegurado sus comunicaciones con las tropas de Tresckow ante Belfort y su retirada hacia ellas, dice:

«Se ha tomado la precaución de que los franceses no liberen Belfort, y después de los recientes y exitosos combates podemos esperar con probabilidad que no consigan avanzar por Chaumont hacia Nancy o hacia cualquier otro punto de nuestra línea férrea, cosa que hace poco tiempo había algún motivo para temer que pudieran hacer.»

Y el 16 de enero, desde Nancy, escribe que, tras la llegada de Manteuffel con tres divisiones más allá de Châtillon,

«el temor de que un cuerpo enemigo… pudiera apoderarse de Nancy —temor que con justicia (mit Recht) pudimos haber sentido hace unos días— ha desaparecido por completo.» (Inmediatamente después de esta carta hay otra desde Baden que empieza con estas palabras: «No cabe duda de que la situación ante Belfort se presenta muy grave.»)

Pero el señor Wickede estaba condenado a nuevos sobresaltos, pues al día siguiente hubo de comunicar que había llegado la noticia de la ocupación de Flavigny (a once millas de Nancy) por tropas francesas. Al instante se reforzaron las guardias, se enviaron fuertes patrullas, las veinte locomotoras de la estación se pusieron bajo presión de vapor, los oficiales, los empleados del Gobierno y otros alemanes empaquetaron sus baúles y se dispusieron a partir de inmediato. Se creía que los hombres de Flavigny eran la avanzada de Garibaldi; resultaron ser una veintena de francotiradores de los Vosgos, y pronto volvieron a desaparecer. Pero la guarnición prusiana de Nancy no se tranquilizó por completo hasta el día 19, cuando llegó la noticia del rechazo definitivo de Bourbaki en el Lisaine, y entonces, por fin, Wickede pudo retomar su tono anterior.

¿No deberían los franceses, después de todas estas derrotas, llegar al convencimiento de que toda resistencia ulterior es inútil? Tal era la opinión de los más directamente interesados en una operación que, después de su fracaso, *The Times* califica de pura y simplemente absurda. Cabía opinar de distinto modo acerca de si la operación se había emprendido con fuerzas suficientes; o si, en caso de éxito, sus consecuencias hubieran podido desarrollarse a tiempo de salvar París antes de que el hambre impusiera la rendición; o si ésta era, o no, la mejor dirección para un movimiento contra las comunicaciones alemanas. Pero tachar semejante movimiento, el más eficaz de cuantos conoce la estrategia, de pura y simplemente absurdo, era cosa reservada a los Moltkes de *The Times*.

Entretanto, el conde Moltke ha operado con su maestría acostumbrada. Llegó demasiado tarde para reforzar a Werder antes de la llegada de Bourbaki; optó por la siguiente mejor alternativa y concentró sus refuerzos en Châtillon, donde Manteuffel reunió tres divisiones (la 3.ª, la 4.ª y la 13.ª) hacia el día 15 o antes, y donde se les unió el regimiento 60.º (del III Cuerpo), dejado en las cercanías por el príncipe Federico Carlos. Cabe esperar que, para esta fecha, se le haya unido también la 14.ª división. En todo caso, en su avance hacia el sur contaba por lo menos con cuarenta y un batallones, si no con cincuenta y tres. Con estas tropas marchó hacia el río Doubs, dejando al sur la ciudad de Dijon, donde se limitó a entretener a Garibaldi mediante el ataque del día 23, pero sin intención manifiesta alguna de retrasar su avance trabando un combate serio o tomando la ciudad. Por el contrario, persiguió con tenacidad el objetivo principal: cortar la retirada de Bourbaki. Según los últimos telegramas, ese objetivo estaba casi alcanzado. Sus tropas habían cruzado el Doubs, en Quingey y Mouchard; en esta última localidad, el ferrocarril de Dijon a Pontarlier y Suiza cruza el de Besançon a Lyon. Aún queda un buen camino por el que Bourbaki podría escapar, pero ese camino, en Champagnole, no dista más de veinticinco millas de Mouchard, y a estas horas puede estar ya ocupado. En tal caso, a Bourbaki sólo le quedaría la carretera rural que pasa por la fuente del Doubs, por donde difícilmente podría avanzar con su artillería; e incluso ese camino podría ser cortado antes de que él se ponga a salvo. Y si no logra abrirse paso a través de las tropas adversarias en un país muy favorable a la defensa, no le quedará otra opción que retirarse al amparo de los fuertes de Besançon o rendirse en campo abierto: la elección entre Metz y Sedán, a menos que se rinda a los suizos.

Es inconcebible que se haya demorado tanto tiempo cerca de Belfort, pues los últimos telegramas prusianos lo sitúan todavía al nordeste de Besançon. Si no pudo derrotar a Werder antes de la llegada de Manteuffel, ¿cuánto menos podía esperar hacerlo después? El deber de Bourbaki, evidentemente, era retirarse de inmediato a una posición segura tras su rechazo definitivo ante Belfort. Por qué no lo ha hecho es del todo inexplicable. Pero si le sobreviniera lo peor, después de su misterioso viaje de Metz a Chislehurst, después de su negativa a saludar a la República en Lille, el antiguo comandante de la Guardia Imperial verá con toda seguridad cómo se alzan dudas acerca de su lealtad.