Notes on the War. Engels 1870-71.

XXXVII

Esta ha sido una semana sumamente desafortunada para las armas francesas. Tras la derrota de Chanzy vino el rechazo de Bourbaki ante Belfort, y ahora llega el revés que, según los partes prusianos, Faidherbe acaba de sufrir frente a St. Quentin.

No puede caber error alguno acerca del fracaso de Bourbaki. Desde el encuentro de Villersexel, el día 9, ha mostrado una lentitud de movimientos que indicaba o indecisión por parte del general o insuficiencia de fuerzas por parte de las tropas. El ataque a las posiciones atrincheradas que Werder había preparado para proteger el sitio de Belfort al otro lado del Lisaine (o Isel en otros mapas) no se emprendió hasta el día 15, y en la noche del 17 Bourbaki lo abandonó desesperado. Ahora no cabe duda ya de que la expedición se había emprendido con fuerzas insuficientes. El 15.º Cuerpo había quedado cerca de Nevers; del 19.º no hemos tenido noticia en un mes; las tropas traídas de Lyon se reducen a un cuerpo de ejército, el 24.º. Ahora oímos hablar de considerables refuerzos que se apresuran a enviar hacia Dijon, pero, ante los fuertes refuerzos que van llegando rápidamente del otro lado, no permitirán a Bourbaki reanudar de inmediato la ofensiva.

Cabe preguntarse si Bourbaki debió haber conducido a sus tropas noveles al asalto de posiciones atrincheradas defendidas con fusiles de retrocarga; pero poco sabemos aún de las condiciones tácticas en que se desarrolló el combate de los tres días: tal vez no pudo actuar de otro modo.

Que el cuartel general prusiano no contempló la expedición de Bourbaki con el mismo encogimiento de hombros despectivo con que la mayoría de la gente de aquí, en Londres, lo hizo, lo demuestra la extremada prontitud con que adoptó medidas para hacerle frente. A juzgar por estas medidas, no cabe duda de que la maniobra de Bourbaki se conoció en Versalles tan pronto como emprendió su marcha hacia el este, si no antes. El 2 de enero, el 2.º Cuerpo recibió orden de marchar desde París en dirección sureste, hacia la cuenca del Alto Sena. Por el mismo tiempo, Zastrow abandonó las inmediaciones de Metz con la 13.ª división hacia Châtillon. Inmediatamente después de la reducción de Rocroi, el día 9, la 14.ª división (la restante del 7.º Cuerpo de Zastrow) recibió orden de marchar desde Charleville hacia París, para seguir luego al 2.º Cuerpo; y ya el día 15 encontramos a su vanguardia (un batallón del 77.º regimiento) empeñada cerca de Langres. Al mismo tiempo, tropas de la Landwehr fueron enviadas precipitadamente desde Alemania hacia el sur de Alsacia, y Manteuffel debe evidentemente su nuevo mando a esta primera maniobra seria contra el punto más débil de toda la línea alemana. Si Bourbaki hubiese llevado fuerzas suficientes para derrotar a Werder, lo habría podido arrojar de vuelta al valle del Rin, interponer la cadena de los Vosgos entre Werder y sus propias tropas, y marchar con la mayor parte de sus fuerzas contra estos refuerzos, a los que habría podido batir por separado a medida que llegaban de distintas direcciones. Podría haber penetrado hasta el ferrocarril de París a Estrasburgo, en cuyo caso es muy dudoso que el cerco de París hubiera podido mantenerse. Su derrota no prueba nada contra la estrategia de su maniobra: prueba simplemente que se llevó a cabo con fuerzas insuficientes. El autor de estas Notas sigue opinando que el plan más corto y seguro para socorrer a París es un ataque al ferrocarril de Estrasburgo a París, la única línea de ferrocarril de paso directo que poseen los alemanes, pues sabemos ahora que la otra línea, vía Thionville y Mézières, sigue intransitable, y permanecerá así por algún tiempo todavía, a causa de la voladura de un túnel en las Ardenas. Dicho sea de paso, este es el segundo caso en esta guerra en que la demolición de un túnel detiene un ferrocarril durante meses, mientras que la destrucción de puentes y viaductos ha sido reparada en todos los casos en un tiempo increíblemente corto.

En cuanto a Chanzy, evidentemente cometió un gravísimo error al aceptar una batalla campal en modo alguno. Debía de estar al corriente de la maniobra de Bourbaki desde hacía casi un mes; debía saber que ésta era la verdadera maniobra para el socorro de París, y que, mientras tanto, podría echarse encima todo el peso del ejército de Federico Carlos. No estaba obligado a aceptar batalla; al contrario, podría haber atraído a su adversario más allá de lo que era seguro para éste, mediante una retirada lenta con continuos combates de retaguardia, como aquellos con los que se labró su reputación por primera vez en diciembre. Había tenido tiempo de sobra para enviar sus almacenes a lugares seguros, y tenía la opción de retirarse bien hacia Bretaña con sus puertos navales fortificados, bien por Nantes hacia el sur del Loira. Además, Federico Carlos, con todas sus fuerzas, no habría podido seguirlo muy lejos. Una retirada militar de este tipo estaría más de acuerdo con nuestra experiencia anterior sobre Chanzy; y como éste debía de saber que los nuevos refuerzos que había recibido no estaban aún en condiciones de librar una acción general ni por su equipo, ni por su armamento, ni por su disciplina, no podemos sino llegar a la conclusión de que la batalla ante Le Mans se libró no por razones militares, sino políticas, y que el responsable de ello no es Chanzy, sino Gambetta. En cuanto a la retirada actual de Chanzy, por supuesto, se ve dificultada en mucho por la derrota precedente; pero Chanzy sobresale en las retiradas, y, por lo que se sabe hasta ahora, los vencedores no parecen haber dañado materialmente la cohesión de su ejército. De otro modo, tendrían pruebas sustanciales para demostrar su afirmación de que este ejército “muestra signos de disolución”. No es seguro que la retirada del ejército de Chanzy sea realmente una retirada excéntrica. En todo caso, del hecho de que parte de sus tropas se retiraran hacia Alençon y otra parte hacia Laval no se sigue necesariamente que la primera porción vaya a ser empujada hacia la península del Cotentin, hacia Cherburgo, y la otra hacia la de Bretaña, hacia Brest. Como la flota francesa puede pasar a vapor de un puerto a otro en pocas horas, incluso esto no constituiría un desastre grave. En Bretaña, el terreno, con sus numerosos setos espesos —tan tupidos como los de la Isla de Wight, sólo que mucho más abundantes—, es eminentemente apto para la defensa, sobre todo por tropas bisoñas, cuya inferioridad casi desaparece allí. No es probable que Federico Carlos se enrede en un laberinto donde los ejércitos de la primera República combatieron durante años contra una mera insurrección campesina.

La conclusión a la que debemos llegar acerca del conjunto de la campaña de enero es ésta: que los franceses la perdieron en todas partes por pretender hacer demasiadas cosas diferentes al mismo tiempo. Sólo pueden esperar vencer concentrando sus masas en un solo punto, a riesgo de verse rechazados temporalmente en los demás puntos, donde, naturalmente, deben evitar las batallas campales. A menos que hagan esto, y pronto, puede darse a París por perdido. Pero si actúan según este principio de siempre, aún pueden vencer, por muy negras que se presenten hoy las cosas para ellos. Los alemanes han recibido ya todos los refuerzos que pueden esperar en los próximos tres meses; mientras que los franceses deben de tener en sus campos de instrucción por lo menos de doscientos a trescientos mil hombres, que durante ese tiempo serán puestos en condiciones de enfrentarse al enemigo.

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