en Nueva York

[Londres] 21 de enero de 1871

Querido Meyer:

La formación del llamado Comité Central de Nueva York no fue en absoluto de mi gusto. Retrasé el reconocimiento del Consejo General tanto como me fue posible, pero quedé desarmado en cuanto, a través de una carta del señor Charnier, se supo que nuestro secretario francés Dupont —hombre absolutamente excelente, pero demasiado vehemente y a menudo arrastrado por su afán de acción a dar pasos en falso— era el iniciador de este asunto. *Alors, il n’y avait plus rien à faire.* Recibió una reprimenda del Consejo General, *mais le jeu était fait.* Engels (que ahora vive aquí) y yo le recordamos a usted y a Vogt que, de acuerdo con nuestros estatutos, el Consejo General solo puede ejercer su veto donde se presenten violaciones abiertas de los estatutos y los principios de la «Internacional», pero que, por lo demás, es nuestra política invariable dejar a las secciones hacer y gobernarse por sí mismas. La excepción, debido a sus circunstancias excepcionales en tiempos del Imperio, fue únicamente Francia. Nuestros amigos, por lo tanto, también deben estirarse hasta donde alcance la manta. Nosotros, aquí en Londres, trabajamos junto con ingleses, una parte de los cuales no nos agrada en modo alguno y de los que sabemos muy bien que solo quieren explotar la «Internacional» como vaca lechera para sus pequeños fines de ambición personal. Sin embargo, hacemos *bonne mine à mauvais jeu*. Si quisiéramos retirarnos indignados a causa de esta gente, no haríamos sino darles un poder que nuestra presencia ahora paraliza. Y así tenéis que hacerlo vosotros también.

En cuanto a Vogt, desde un principio estuve convencido de que el presuntuoso Sorge hacía aspavientos. No obstante, tuve que responder a su pregunta directa. De lo contrario, se habría dirigido con el chisme a mi amigo Schily en persona, una desazón que quería ahorrar a este último.

Aquí hemos suscitado entre la clase obrera un gran movimiento contra Gladstone (en favor de la República Francesa), que probablemente lo hará caer. Prusia está atada de pies y manos bajo la féula del gabinete ruso. Si llegara a triunfar definitivamente, el heroico filisteo alemán vivirá cosas que merece. La desgracia es que el actual gobierno francés cree poder librar una guerra revolucionaria sin revolución.

El noble poeta Freiligrath se encuentra de momento aquí, en casa de sus hijas. No se atreve a presentarse ante mí. Los 60.000 táleros que el filisteo alemán le ha regalado tienen que ser ganados mediante cantos tirteicos como: «Tú, orgullosa mujer, Germania», etc.

Mi salud ha vuelto a ser abominable durante meses, pero ¿quién puede pensar en semejante pequeñez en medio de tan grandes acontecimientos históricos?

En Petersburgo aparece un «Archivo de Medicina Judicial» (en lengua rusa), semioficial. Uno de los médicos colaboradores publicó en el último volumen trimestral un artículo «Sobre el estado higiénico del proletariado de Europa occidental», en el cual cita principalmente —pero indicando las fuentes— mi libro. A consecuencia de ello, ha ocurrido la siguiente desgracia: El censor ha recibido una tremenda reprimenda del ministro del Interior, el redactor jefe ha sido destituido, y el propio volumen ha sido —¡quemado en todos los ejemplares que aún podían ser aprehendidos!

No sé si le he comunicado que desde principios de 1870 he tenido que instruirme por mí mismo en ruso, lengua que ahora leo con bastante soltura. El asunto surgió porque me enviaron desde Petersburgo la importantísima obra de Flerovski sobre la «Situación de la clase trabajadora (especialmente los campesinos) en Rusia» y porque quería asimismo familiarizarme con las (famosas) obras económicas de Tchernyshevski (condenado en agradecimiento a las minas siberianas desde hace 7 años). La cosecha recompensa el esfuerzo que supone para un hombre de mi edad abrirse paso en una lengua tan alejada de las estirpes lingüísticas clásica, germánica y románica. El movimiento espiritual que se está operando ahora en Rusia muestra que en las profundidades hay fermento. Las cabezas están siempre unidas por hilos invisibles con el cuerpo del pueblo.

Usted y Vogt me deben sus fotografías. Al menos creo que me fueron prometidas.
Salud para usted y Vogt.
Suyo
Karl Marx

En cuanto a las tierras públicas, he escrito a mi viejo amigo G.J. Harney, que ahora es subsecretario del Estado de Massachusetts.