Apuntes sobre la guerra. Engels 1870-71.

XXXVI

Desde que, tras Sedán, París se vio seriamente amenazado por primera vez por un ataque hostil, hemos insistido en la gran fuerza de una capital fortificada como París; pero nunca hemos omitido añadir que, para el pleno desarrollo de sus poderes defensivos, necesitaba un gran ejército regular que la defendiera; un ejército demasiado poderoso para quedar encerrado en las obras de la plaza, o para verse impedido de maniobrar en campo abierto en torno a la fortaleza, la cual le serviría de pivote y, en parte, de base de operaciones.

En condiciones normales, este ejército se hallaría casi siempre a mano, como cosa natural. Los ejércitos franceses, derrotados cerca de la frontera, se replegarían sobre París como su último y principal baluarte; en circunstancias ordinarias llegarían aquí con fuerza suficiente y hallarían los refuerzos bastantes para poder cumplir la tarea que se les asignara. Pero esta vez la estrategia del Segundo Imperio había hecho desaparecer del campo a la totalidad de los ejércitos franceses. A uno de ellos había logrado encerrarlo, al parecer sin remedio, en Metz; el otro acababa de rendirse en Sedán. Cuando los prusianos llegaron ante París, unos cuantos depósitos a medio llenar, un número de guardias móviles provinciales (recién reclutados) y la Guardia Nacional local (no formada ni a medias) eran todas las fuerzas listas para su defensa.

Incluso en estas circunstancias, la fuerza intrínseca de la plaza resultó tan formidable para los invasores, la tarea de atacar lege artis esta inmensa ciudad y sus fortificaciones exteriores les pareció tan gigantesca, que renunciaron a ella de inmediato y optaron por reducir la plaza por hambre. En aquel tiempo, Henri Rochefort y otros fueron constituidos en una «Comisión de Barricadas», encargada de la construcción de una tercera línea interior de defensa que preparara el terreno para ese género de lucha tan peculiarmente parisino: la defensa de barricadas y el combate casa por casa. La prensa se burló entonces grandemente de esta comisión; pero las publicaciones semioficiales del Estado Mayor prusiano no dejan duda de que fue sobre todo la certeza de tener que afrontar una lucha decidida en las barricadas lo que los llevó a decidirse por la reducción por hambre. Los prusianos sabían muy bien que los fuertes, y tras ellos el recinto amurallado, defendidos solo por la artillería, habrían de caer en un plazo determinado; pero entonces vendría una fase de la lucha en la que nuevas levas, e incluso civiles, estarían a la altura de los veteranos; en la que habría que conquistar casa tras casa, calle tras calle, y, considerando el gran número de defensores, con la certeza de una pérdida inmensa de vidas. Quien consulte los artículos sobre el tema en el Preußischer Staats-Anzeiger encontrará expuesta esta razón como la decisiva en contra de un sitio regular.

El asedio comenzó el 19 de septiembre, hace hoy exactamente cuatro meses. Al día siguiente, el general Ducrot, que mandaba las tropas regulares en París, efectuó una salida con tres divisiones en dirección a Clamart y perdió siete cañones y 3.000 prisioneros. A esta siguieron salidas similares el 23 y el 30 de septiembre, el 13 y el 21 de octubre, todas las cuales se saldaron con pérdidas considerables para los franceses, sin más ventajas que, acaso, la de acostumbrar a las tropas bisoñas al fuego enemigo. El 28 se realizó otra salida contra Le Bourget con mejor resultado: la aldea fue tomada y mantenida durante dos días; pero el 30, la segunda división de la guardia prusiana —trece batallones, entonces menos de 10.000 hombres— recuperó la aldea. Evidentemente, los franceses habían empleado muy mal los dos días, durante los cuales podrían haber convertido la aldea, de maciza construcción, en una fortaleza, y descuidaron mantener reservas a mano para apoyar a tiempo a los defensores; de otro modo, una fuerza tan moderada no habría podido arrebatarles la posición.

Tras este esfuerzo siguió un mes de calma. Trochu pretendía evidentemente mejorar la instrucción y la disciplina de sus hombres antes de volver a arriesgar grandes salidas, y con mucha razón. Pero, al mismo tiempo, descuidó llevar adelante esa guerra de puestos avanzados, reconocimientos y patrullas, de emboscadas y sorpresas, que constituye ahora la ocupación habitual de los hombres en el frente francés en torno a París; un género de guerra más adecuado que ningún otro para dar a las tropas bisoñas confianza en sus oficiales y en sí mismas, así como el hábito de afrontar al enemigo con serenidad. Unas tropas que han descubierto que, en pequeños destacamentos, en secciones sueltas, medias compañías o compañías, pueden sorprender, derrotar o tomar prisioneros a pequeños destacamentos similares del enemigo, pronto aprenderán a combatir batallón contra batallón. Además, así aprenderán lo que es realmente el servicio de avanzadas, que muchos de ellos parecían ignorar todavía en diciembre.

El 28 de noviembre, por fin, se inauguró aquella serie de salidas que culminó en la gran salida del 30 de noviembre al otro lado del Marne y en el avance de todo el frente oriental de París. El 2 de diciembre, los alemanes recuperaron Brie y parte de Champigny, y al día siguiente los franceses volvieron a cruzar el Marne. Como intento de romper las líneas atrincheradas de circunvalación que los sitiadores habían levantado, el ataque fracasó por completo; se había llevado a cabo sin la energía necesaria. Pero dejó en manos de los franceses una porción considerable del terreno hasta entonces disputado frente a sus líneas. Una franja de terreno de unos tres kilómetros de anchura, desde Drancy hasta el Marne, cerca de Neuilly, pasó a su poder; un terreno completamente dominado por el fuego de los fuertes, cubierto de aldeas de maciza construcción, fáciles de defender, y que posee una nueva posición dominante en la meseta de Avron. Aquí se presentaba, pues, la oportunidad de ampliar permanentemente el círculo de defensa; desde este terreno, una vez bien asegurado, se habría podido intentar un avance ulterior, y o bien la línea de los sitiadores habría quedado tan «abollada» que un ataque victorioso contra sus líneas se tornara posible, o bien, al concentrar aquí una fuerza poderosa, se los obligara a debilitar su línea en otros puntos, facilitando así un ataque francés. Pues bien, este terreno permaneció en manos de los franceses durante todo un mes. Los alemanes se vieron obligados a levantar baterías de sitio contra Avron, y sin embargo bastaron dos días de fuego de estas baterías para expulsar de allí a los franceses; y, una vez perdido Avron, las demás posiciones fueron también abandonadas. De hecho, el 21 se habían realizado nuevos ataques en todo el frente nororiental y oriental; Le Bourget fue tomado a medias, Maison Blanche y Ville-Évrard fueron ocupadas; pero todo este terreno ventajoso se volvió a perder esa misma noche. Las tropas fueron dejadas en el terreno, a la intemperie, fuera de los fuertes, donde vivaquearon con temperaturas que oscilaban entre nueve y veintiún grados bajo cero, y al fin fueron retiradas a cubierto porque, naturalmente, no pudieron soportar la intemperie. Todo este episodio es más característico que ningún otro de la falta de decisión y de energía —la mollesse, casi podríamos decir la somnolencia— con que se conduce esta defensa de París.

El incidente de Avron indujo por fin a los prusianos a convertir el bloqueo en un verdadero sitio y a emplear la artillería de sitio que, para casos imprevistos, se había dispuesto. El 30 de diciembre comenzó el bombardeo regular de los fuertes nororientales y orientales; el 5 de enero, el de los fuertes meridionales. Ambos han proseguido sin interrupción y, últimamente, han sido acompañados por un bombardeo de la ciudad misma, lo cual es un acto gratuito de crueldad. Nadie sabe mejor que el Estado Mayor de Versalles, y nadie lo ha hecho afirmar con más frecuencia en la prensa, que el bombardeo de una ciudad tan extensa como París no puede apresurar su rendición ni un solo instante. El cañoneo de los fuertes está siendo seguido por la apertura de paralelas regulares, al menos contra Issy; oímos hablar de cañones que son trasladados a baterías más próximas a los fuertes y, a menos que la defensa actúe ofensivamente con mayor resolución que hasta ahora, pronto podremos oír hablar de daños efectivos causados a uno o más fuertes.

Trochu, sin embargo, continúa en su inactividad, magistral o no. Las pocas salidas realizadas en los últimos días parecen no haber sido sino demasiado «platónicas», como el acusador de Trochu en Le Siècle califica a todas ellas. Se nos dice que los soldados se negaron a seguir a sus oficiales. Si es así, esto no prueba sino que han perdido toda confianza en la dirección suprema. Y, en efecto, no podemos resistir la conclusión de que un cambio en el mando supremo de París se ha convertido en una necesidad. Hay una indecisión, un letargo, una falta de energía sostenida en todas las operaciones de esta defensa que no pueden achacarse por completo a la calidad de las tropas. El que las posiciones, mantenidas durante un mes, en el que solo hubo unos diez días de heladas severas, no fueran debidamente atrincheradas, no puede achacarse a nadie más que a Trochu, cuyo deber era velar por que así se hiciera. Y ese mes fue también el período crítico del sitio; a su término debía decidirse qué parte, sitiadores o sitiados, ganaría terreno. La inactividad y la indecisión, no de las tropas sino del comandante en jefe, han inclinado la balanza en contra de los sitiados.

¿Y por qué se prolonga esta inactividad e indecisión incluso ahora? Los fuertes se hallan bajo el fuego enemigo, las baterías de los sitiadores se acercan más y más; la artillería francesa, como el propio Trochu reconoce, es inferior a la del ataque. Defendidos solo por la artillería, puede calcularse el día mismo en que, en estas circunstancias, las murallas —mampostería y todo— de los fuertes cederán. La inactividad y la indecisión no pueden salvarlos. Algo hay que hacer; y si Trochu no puede hacerlo, más valdría que dejara intentarlo a algún otro.

Kinglake ha conservado una gestión en la que el carácter de Trochu aparece bajo la misma luz que en esta defensa de París. Cuando el avance hacia Varna había sido resuelto tanto por lord Raglan como por Saint-Arnaud, y la División Ligera británica ya había sido despachada, el coronel Trochu —«un hombre cauto y reflexivo, bien versado en la ciencia estratégica», de quien

«se conjeturaba que parte de su misión era poner freno a todo lo que se asemejara a temeridad en los movimientos del mariscal francés»

—, el coronel Trochu se personó ante lord Raglan y entabló negociaciones, cuyo resultado fue que Saint-Arnaud declaró que había resuelto enviar a

«Varna una sola división, y situar el resto de su ejército en posición, no al frente, sino a retaguardia de la cordillera de los Balcanes»,

e invitó a lord Raglan a seguir su ejemplo. ¡Y eso en un momento en que los turcos estaban casi victoriosos en el Danubio sin ayuda extranjera!

Cabe decir que las tropas en París han perdido el ánimo y ya no están en condiciones de realizar grandes salidas, que es demasiado tarde para lanzarse contra las obras de sitio prusianas, que Trochu puede reservar sus tropas para un gran esfuerzo en el último momento, etcétera. Pero si los 500.000 hombres armados en París han de rendirse a un enemigo que no llega a la mitad de su número y que, además, se halla en una posición de lo más desfavorable para la defensa, no lo harán, sin duda, hasta que su inferioridad resulte patente para todo el mundo y para ellos mismos. ¡No se van a quedar sentados, sin más, a consumir la última comida de sus provisiones para luego rendirse! Y si han perdido el ánimo, ¿es porque se reconocen irremediablemente derrotados o porque ya no tienen ninguna confianza en Trochu? Si ya es demasiado tarde para hacer salidas ahora, en otro mes lo serán aún más. Y en cuanto al gran final de Trochu, cuanto antes se haga, mejor; por el momento, los hombres están todavía medianamente alimentados y fuertes, y no se sabe cómo estarán en febrero.