Notes on the War. Engels 1870-71.

XXXIII

La Navidad ha marcado el comienzo del verdadero asedio de París. Hasta entonces sólo se había efectuado un bloqueo de la gigantesca fortaleza. Se habían construido, ciertamente, baterías para cañones de sitio pesados; se había reunido un parque de sitio, pero no se había colocado ni un solo cañón en posición, no se había abierto ni una sola tronera, no se había disparado un solo tiro. Todos estos preparativos se habían realizado en el frente sur y suroeste. En los demás frentes también se habían levantado parapetos, pero éstos parecen haber tenido únicamente fines defensivos, para contener las salidas y proteger a la infantería y a la artillería de campaña de los sitiadores. Estas obras de atrincheramiento se hallaban, naturalmente, a mayor distancia de los fuertes de París que las baterías regulares de sitio; entre ellas y los fuertes se extendía una franja más amplia de terreno disputado en la que podían tener lugar las salidas. Cuando la gran salida de Trochu del 30 de noviembre fue rechazada, siguió siendo dueño de una cierta porción de este terreno disputado en el lado oriental de París, especialmente de la aislada meseta de Avron, frente al fuerte Rosny. Ésta comenzó a fortificarla; en qué fecha exacta no lo sabemos, pero encontramos mencionado el 17 de diciembre que tanto el Monte Avron como las alturas de Varennes (en el meandro del Marne) habían sido fortificadas y armadas con cañones pesados.

Salvo unos pocos reductos avanzados en el frente sur, cerca de Vitry y Villejuif, que no parecen ser de gran importancia, tenemos aquí el primer intento, a gran escala, de los defensores de extender sus posiciones mediante contraaproches. Y aquí se nos remite naturalmente, para una comparación, a Sebastopol. Más de cuatro meses después de la apertura de las trincheras por los aliados, hacia fines de febrero de 1855, cuando los sitiadores habían sufrido terriblemente a causa del invierno, Todleben comenzó a construir obras avanzadas a distancias entonces considerables delante de sus líneas. El 23 de febrero había construido el reducto Selenguinsk, a 1 100 yardas de la muralla principal; ese mismo día fracasó un asalto de los aliados contra la nueva obra; el 1 de marzo, se terminó otro reducto (Volynsk) en una posición aún más adelantada, a 1 450 yardas de la muralla. Los aliados llamaban a estas dos obras los «ouvrages blancs». El 12 de marzo quedó terminada la luneta de Kamtschatka, a 800 yardas de las murallas, el «Mamelon vert» de los aliados, y delante de todas estas obras se excavaron pozos de tirador. Un asalto, el 22 de marzo, fue rechazado, y el conjunto de las obras, así como otra a la derecha (propiamente dicha) del Mamelon, la «Cantera», quedó terminado, y todos estos reductos quedaron unidos por un camino cubierto. Durante todo abril y mayo los aliados intentaron en vano recuperar el terreno ocupado por estas obras. Tuvieron que avanzar contra ellas mediante aproches regulares de sitio, y sólo el 7 de junio, cuando llegaron considerables refuerzos, pudieron asaltarlas. De este modo, la caída de Sebastopol se retrasó al menos tres meses gracias a estas obras de campaña avanzadas, pese a que fueron atacadas con los más poderosos cañones navales de la época.

La defensa del Monte Avron resulta muy pobre al lado de esta historia. El día 17, cuando los franceses habían dispuesto de más de catorce días para la construcción de sus obras, las baterías están terminadas. Entre tanto, los sitiadores hicieron venir artillería de sitio, en su mayor parte cañones viejos ya utilizados en los asedios anteriores. El día 22 las baterías contra el Monte Avron están terminadas, pero no se emprende ninguna acción hasta que ha pasado todo peligro de una salida en masa de los franceses, y los campamentos del Ejército de París, en torno a Drancy, son levantados el día 26. Entonces, el día 27, las baterías alemanas abren fuego, que continúa el 28 y el 29. El fuego de las obras francesas es pronto silenciado, y las obras son abandonadas el día 29, porque, como dice el parte oficial francés, no había en ellas casamatas para proteger a la guarnición.

Ésta es, indudablemente, una defensa pobre y una excusa aún más pobre. La falta principal parece residir en la construcción de las obras. Por todas las descripciones, nos vemos llevados a concluir que en la colina no había un solo reducto cerrado, sino sólo baterías abiertas por la retaguardia, e incluso sin protección eficaz en los flancos. Estas baterías, además, parecen haber estado orientadas en un solo sentido, hacia el sur o el sudeste, mientras que muy cerca, al nordeste, se hallaban las alturas de Raincy y Montfermeil, los emplazamientos más adecuados de todos para baterías contra Avron. Los sitiadores aprovecharon esta circunstancia para rodear Avron con un semicírculo de baterías que pronto silenció su fuego y expulsó a su guarnición. Entonces, ¿por qué no había abrigo para la guarnición? La helada es sólo una media excusa, porque los franceses tuvieron tiempo suficiente; y lo que los rusos pudieron hacer en un invierno de Crimea y en suelo rocoso, también debía ser posible en este diciembre ante París. La artillería empleada contra Avron era ciertamente mucho más eficaz que la de los aliados ante Sebastopol; pero era la misma que se utilizó contra los reductos de Düppel, también obras de campaña, y éstos resistieron tres semanas. Se conjetura que la guarnición de infantería huyó y dejó desprotegida a la artillería. Puede que así fuera, pero eso no excusaría a los ingenieros que construyeron las obras. El cuerpo de ingenieros dentro de París debe de estar muy mal organizado, si hemos de juzgarlo por esta muestra de su trabajo.

La rápida demolición del Monte Avron ha aguzado el apetito de los sitiadores por más éxitos de naturaleza similar. Han abierto fuego contra los fuertes orientales, especialmente Noisy, Rosny y Nogent. Tras dos días de bombardeo, estos fuertes quedaron casi silenciados. No oímos qué más se está haciendo contra ellos. Tampoco se menciona el fuego de las trincheras que se habían construido en los intervalos entre estos fuertes. Pero podemos estar seguros de que los sitiadores hacen todo lo posible por empujar los aproches, aunque sea de manera tosca, contra estos fuertes, y por asegurar un firme alojamiento en el Monte Avron. No nos sorprendería que en esto tuvieran más éxito que los franceses, a pesar del tiempo.

Pero ¿qué efecto tiene todo esto sobre la marcha del asedio? Indudablemente, si estos tres fuertes cayeran en manos de los prusianos, sería un éxito importante que les permitiría situar sus baterías a unas 3 000 o 4 000 yardas del recinto amurallado. Sin embargo, no hay ninguna necesidad de que caigan tan pronto. Todos estos fuertes tienen casamatas a prueba de bomba para sus guarniciones, y los sitiadores, hasta ahora, no han traído morteros rayados, de los que en total poseen pocas existencias. Estos morteros son el único tipo de artillería que puede destruir en muy poco tiempo un abrigo a prueba de bomba; los viejos morteros son demasiado irregulares en su alcance para producir un efecto muy rápido, y los cañones de 24 libras (con proyectil de 64 libras) no pueden elevarse lo suficiente para producir el efecto del fuego vertical. Si el fuego de estos fuertes parece silenciado, esto significa meramente que los cañones han sido puestos a cubierto para conservarlos disponibles para un asalto. Las baterías prusianas pueden demoler los parapetos de las murallas, pero eso no constituirá una brecha. Para abrir brecha en la mampostería muy bien cubierta de la escarpa, incluso por fuego indirecto, tendrán que construir baterías a menos de 1 000 yardas de los fuertes, y eso sólo puede hacerse mediante paralelas y aproches regulares. El proceso «abreviado» de sitio, del que tanto hablan los prusianos, consiste únicamente en silenciar el fuego del enemigo desde una distancia mayor, de modo que los aproches puedan realizarse con menos peligro y pérdida de tiempo; a esto sigue un bombardeo violento y una apertura de brecha en la muralla por fuego indirecto. Si todo esto no fuerza la rendición —y en el caso de los fuertes de París es difícil ver cómo podría hacerlo—, no queda más que empujar los aproches, como de costumbre, hasta el glacis y arriesgar un asalto. El asalto de Düppel se emprendió después de que los aproches hubieran sido llevados hasta unas 250 yardas de las obras arruinadas, y en Estrasburgo hubo que empujar las zanjas de aproche, muy a la antigua usanza, hasta la cresta del glacis y más allá.

Con todo esto, debemos volver una y otra vez al punto tantas veces subrayado en estas columnas: que la defensa de París ha de llevarse activamente, y no sólo pasivamente. Si alguna vez hubo ocasión para las salidas, es ahora. No se trata, en este momento, de romper las líneas enemigas; se trata de aceptar un combate localizado que el sitiador impone al sitiado. Que el fuego del sitiador puede, en casi todas las circunstancias, hacerse superior, en un punto dado, al del sitiado, es un viejo axioma incontestado; y si el sitiado no compensa esta deficiencia inherente suya mediante actividad, audacia y energía en las salidas, abandona su mejor oportunidad. Algunos dicen que las tropas en el interior de París han perdido el ánimo, pero no hay razón para ello. Pueden haber perdido la confianza en su jefe, pero eso es otra cosa muy distinta; y si Trochu persiste en su inactividad, bien pueden hacerlo.

Podemos aludir de paso, en una o dos palabras, a la ingeniosa hipótesis de algunos, según la cual Trochu se propone retirarse con sus tropas a la península fortificada del Monte Valerien, a modo de ciudadela, después de la caída de París. Esta profunda conjetura ha sido urdida por algunos de los superagudos allegados al estado mayor de Versalles, y se basa principalmente en el hecho de que muchos carros van y vienen entre París y esa península. Un general que elige construirse una ciudadela en una baja península aluvial, rodeada por todas partes de alturas dominantes desde las que los campamentos de sus tropas pueden contemplarse como un panorama, y por consiguiente ser batidos a cómodos alcances, ha de ser, por cierto, extraordinariamente listo. Pero desde que existe el estado mayor prusiano, éste se ha visto importunado por la presencia de algunos hombres de una agudeza sobrehumana. Según ellos, el enemigo siempre está más inclinado a hacer lo más improbable de todo. Como dice el refrán alemán: «oyen crecer la hierba». Todo el que se haya ocupado de la literatura militar prusiana habrá tropezado con esta clase de gente, y lo único sorprendente es que encuentren a alguien que les crea.

Notes on the War Table of Contents