PRIMERA PARTE:

LA EVOLUCIÓN DE LA FAMILIA EL MATERIALISMO HISTÓRICO Y LA
EVOLUCIÓN DE LA FAMILIA POR FRIEDRICH ENGELS

Fuente de esta edicion:La mujer y el Comunismo. Antologia de los grandes textos del marxismo, 1951, Paris. Editions Sociales, 64. Boulevard Auguste Blanqui, Paris.

HTML para la MIA: Rodrigo Cisterna, septiembre de 2016

Según la teoría materialista, el factor decisivo en la
historia es, en última instancia, la producción y la
reproducción de la vida inmediata. Pero esta producción y
reproducción son de dos tipos. Por una parte, la producción de
medios de existencia, de alimentos, de ropa, de vivienda, y de los
instrumentos necesarios para producir todo eso; por otra parte, la
producción del hombre mismo, la continuación de la especie. El
orden social en que viven los hombres en una época o en un país
dado está condicionado por esos dos tipos de producción: por el
grado de desarrollo del trabajo y de la familia. Cuanto menos desarrollado
está el trabajo y más restringida es la cantidad de sus
productos, -y por consiguiente, la riqueza de la sociedad-, con tanta mayor
fuerza se manifiesta la influencia dominante de los lazos de parentesco sobre
el régimen social.

Sin embargo, en el marco de esta sociedad basada en los lazos de
parentesco, la productividad del trabajo aumenta sin cesar, y con ella se
desarrollan la propiedad privada y el intercambio, las diferencias de
fortuna, la posibilidad de emplear fuerza de trabajo ajena y, por
consiguiente, la base de los antagonismos de clase: los nuevos elementos
sociales, que en el transcurso de generaciones tratan de adaptar el viejo
régimen social a las nuevas condiciones hasta que, por fin, la
incompatibilidad entre uno y otras conduce a una completa revolución.
La sociedad antigua, basada en las uniones gentilicias, salta por los aires a
consecuencia del choque de las clases sociales recién formadas. Su
lugar lo ocupa una sociedad organizada en Estado y cuyas unidades inferiores
ya no son gentilicias, sino territoriales. Se trata de una sociedad en la que
el régimen familiar está completamente sometido a las
relaciones de propiedad y en la que se desarrollan libremente las
contradicciones de clase y la lucha de clases, que constituyen el contenido
de toda la historia escrita hasta nuestros días.

F. Engels: El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

Prefacio a la primera edición, 1884.

* * *

LA EVOLUCIÓN DEL MATRIMONIO P O R FRIEDRICH ENGELS

Como hemos visto, hay tres formas principales de matrimonio, que
corresponden aproximadamente a los tres estadios fundamentales de la
evolución humana. Al salvajismo le corresponde el matrimonio por
grupos; a la barbarie, el matrimonio sindiásmico; a la
civilización, la monogamia con sus complementos, el adulterio y la
prostitución. Entre el matrimonio sindiásmico y la monogamia se
intercala, en el estado superior de la barbarie, un período en que los
hombres tienen a su disposición a las esclavas y se practica la
poligamia.

Según ha demostrado todo lo antes expuesto, la peculiaridad del
progreso manifestado en esta sucesión de formas de matrimonio consiste
en que a las mujeres, pero no a los hombres, se les ha ido quitando
más y más la libertad sexual del matrimonio por grupos. En
efecto, el matrimonio por grupos sigue existiendo hoy para los hombres. Lo
que en la mujer es un crimen de graves consecuencias legales y sociales se
considera muy honroso en el hombre, o a lo sumo, como una ligera mancha moral
que llevar con gusto. Pero cuanto más es modificado en nuestra
época el antiguo heterismo por la producción mercantil
capitalista, a la cual se adapta, más se transforma en
prostitución descarada y más desmoralizadora se hace su
influencia. Y a decir verdad, desmoraliza mucho más a los hombres que
a las mujeres. Entre ellas, la prostitución sólo degrada a las
infelices que caen en sus garras, e incluso a éstas en grado mucho
menor de los que suele creerse. En cambio, envilece el carácter de
todo el sexo masculino. Y así, de advertir que el noventa por ciento
de las veces el noviazgo prolongado es una verdadera escuela preparatoria
para la infidelidad conyugal.

F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado .

* * *

LA FAMILIA SINDIÁSMICA P O R FRIEDRICH ENGELS

En el régimen de matrimonio por grupos, o quizás antes, ya
se formaban parejas conyugales por un tiempo más o menos largo. El
hombre tenía una mujer principal (no puede decirse todavía que
una favorita) entre sus muchas esposas y él era para ella el esposo
principal entre todos los demás. Esta circunstancia contribuyó
no poco a la confusión producida en la mente de los misioneros,
quienes en el matrimonio por grupos ven ora una comunidad promiscua de las
mujeres, ora un adulterio arbitrario. Pero conforme se desarrollaba la gens e
iban haciéndose más numerosas las clases de " hermanos " y "
hermanas " entre quienes ahora era imposible el matrimonio, esta unión
conyugal por parejas, basada en la costumbre, debió de ir
consolidándose. El impulso dado por la gens a la prohibición
del matrimonio entre parientes consanguíneos incluso llevó las
cosas más lejos. Así, entre los iroqueses y la mayoría
de los demás indios del estadio inferior de la barbarie está
prohibido el matrimonio entre todos los parientes de su sistema, que cuenta
con algunos centenares de parentescos diferentes. Con esta creciente
complicación de las prohibiciones del matrimonio, las uniones por
grupos se hicieron cada vez más imposibles y fueron sustituidas por la
familia sindiásmica. En esta etapa, un hombre vive con una mujer, pero
de tal suerte que la poligamia y la infidelidad ocasional siguen siendo un
derecho para los hombres, aunque por causas económicas la poligamia
raramente ocurre. Al mismo tiempo, se exige la más estricta fidelidad
a las mujeres mientras dure la vida común y su adulterio se castiga
cruelmente. Sin embargo, el vínculo conyugal se disuelve con facilidad
por cualquiera de las partes. Tras la separación, los hijos siguen
perteneciendo sólo a la madre.

La selección natural continúa actuando sobre esta
exclusión, cada vez más extendida, de los parientes
consanguíneos del lazo conyugal. Según Morgan, el matrimonio
entre gens no consanguíneas " engendra una raza más fuerte,
tanto en el aspecto físico como en el mental (…) Al fundirse
dos tribus avanzadas en una sola (…) los nuevos cráneos y
cerebros crecían hasta abarcar las capacidades de ambas ". Así
pues, las tribus que habían adoptado el régimen gentilicio
estaban llamadas a predominar sobre las atrasadas, o a arrastrarlas con su
ejemplo.

Por tanto, la evolución de la familia en los tiempos
prehistóricos consiste en una constante reducción del
círculo en cuyo seno prevalece la comunidad conyugal, círculo
que en su origen abarcaba la tribu entera.

La exclusión progresiva, primero, de los parientes cercanos,
después, de los lejanos, y, finalmente, incluso de los parientes
políticos, hace imposible en la práctica todo matrimonio por
grupos. En última instancia no queda sino la simple pareja unida por
vínculos todavía frágiles, la molécula con cuya
disociación concluye el matrimonio como tal. Esto prueba que el origen
de la monogamia tiene poco que ver con el amor sexual individual,
según la actual concepción del término. (…)

La familia sindiásmica aparece en la frontera entre el salvajismo y
la barbarie, la mayoría de las veces en el estadio superior del
primero y sólo en algunas partes en el estadio inferior de la segunda.
Es la forma de familia característica de la barbarie, como el
matrimonio por grupos lo es del salvajismo y la monogamia lo es de la
civilización. Para que la familia sindiásmica evolucionase
hasta llegar a una monogamia estable fueron menester causas distintas a las
que hemos visto hasta aquí. En la familia sindiásmica, el grupo
había quedado ya reducido a su última unidad, a su
molécula biatómica: un hombre y una mujer. La selección
natural había realizado su obra reduciendo cada vez más la
comunidad de los matrimonios, nada le quedaba ya que hacer en este sentido.
Por tanto, de no haber entrado en juego nuevas fuerzas sociales, no hubiese
habido ninguna razón para que de la familia sindiásmica
surgiera otra nueva forma de familia. Pero esas nuevas fuerzas entraron en
juego.

F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

* * *

EL TRÁNSITO DEL MATRIARCADO

AL PATRIARCADO

P O R

FRIEDRICH ENGELS

El esclavo no tenía ningún valor para los bárbaros
del estadio inferior. Por eso los indios americanos obraban con sus enemigos
vencidos de una manera muy diferente a como se hizo en el estadio superior.
La tribu vencedora mataba a los hombres o los adoptaba como hermanos; las
mujeres eran tomadas por esposas o adoptadas con sus hijos supervivientes. En
este estadio, la fuerza de trabajo humana no produce todavía un
excedente apreciable sobre sus gastos de mantenimiento. Pero las cosas
tomaron otro cariz con la introducción de la cría de ganado, la
elaboración de los metales, el arte del tejido y, por último,
la agricultura. Sobre todo desde que los rebaños pasaron
definitivamente a ser propiedad de la familia, con la fuerza de trabajo
pasó lo mismo que había pasado con las mujeres, antes tan
fáciles de adquirir y que ahora tenían ya su valor de cambio y
se compraban. La familia no se multiplicaba con tanta rapidez como el ganado,
que ahora requería más personas para su custodia. Podía
utilizarse para ello al prisionero de guerra, que además, al igual que
las reses, podía multiplicarse.

Convertidas en propiedad particular de las familias y aumentadas
después rápidamente, todas estas riquezas asestaron un duro
golpe a la sociedad fundada en el matrimonio sindiásmico y en la gens
matriarcal.

El matrimonio sindiásmico había introducido en la familia un
elemento nuevo. Junto a la verdadera madre había puesto al verdadero
padre, probablemente mucho más auténtico que muchos "padres" de
nuestros días.

Con arreglo a la división del trabajo en la familia de entonces,
correspondía al hombre procurar la alimentación y los
instrumentos de trabajo necesarios para ello. Consiguientemente, era, por
derecho, el propietario de dichos instrumentos, y en caso de
separación se los llevaba consigo, de igual manera que la mujer
conservaba sus enseres domésticos. Por tanto, según las
costumbres de aquella sociedad, el hombre era el propietario de la nueva
fuente de alimento, el ganado y, más adelante, del nuevo instrumento
de trabajo, el esclavo. Pero según la usanza de aquella misma
sociedad, sus hijos no podían heredar de él, porque, en cuanto
a este punto, las cosas eran como sigue:

Con arreglo al derecho materno, es decir, mientras que la descendencia
sólo se contaba por línea femenina, y según la primitiva
ley de herencia imperante en la gens, al principio los miembros de
ésta heredaban de su pariente gentilicio fallecido. Sus bienes
debían quedar, pues, en la gens. Por efecto de su poca importancia, en
la práctica estos bienes pasaban, desde tiempo inmemorial, a los
parientes más próximos, es decir, a los consanguíneos
por línea materna. Pero los hijos del difunto no pertenecían a
su gens, sino a la de la madre. Al principio heredaban de la madre, con los
demás consanguíneos de ésta; luego probablemente fueran
sus primeros herederos. Pero no podían serlo de su padre porque no
pertenecían a su gens, en la cual debían permanecer sus bienes.
Así, a la muerte de su propietario, los rebaños pasaban primero
a sus hermanos y hermanas y a los hijos de éstas, o a los
descendientes de las hermanas de su madre. Respecto a sus propios hijos, se
veían desheredados.

Así pues, a medida que iban en aumento, las riquezas daban al
hombre una posición en la familia más importante que a la mujer
y hacían que naciera en él la idea de valerse de esta ventaja
para modificar en provecho de sus hijos el orden de herencia establecido.
Pero esto no podía hacerse mientras permaneciese vigente la
filiación según el derecho materno. Éste tenía
que ser abolido, y lo fue, lo que no resultó tan difícil como
hoy nos pueda parecer. Aquella revolución -una de las más
profundas que la humanidad ha conocido- no tuvo necesidad de tocar ni a un
solo miembro vivo de la gens. Todos los miembros de ésta pudieron
seguir siendo lo que hasta entonces habían sido. Bastó decidir
sencillamente que, en el futuro, los hijos pertenecerían a la gens de
su padre. Así quedaron abolidos la filiación femenina y el
derecho hereditario materno, sustituyéndolos la filiación
masculina y el derecho hereditario paterno. Nada sabemos respecto a
cómo y cuándo se produjo esta revolución en los pueblos
cultos, pues se remonta a los tiempos prehistóricos (...)

La abolición del derecho materno fue la gran derrota
histórica del sexo femenino en todo el mundo.

El hombre empuñó las riendas también en la casa y la
mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la
lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción. Esa baja
condición de la mujer, que se manifiesta sobre todo en los griegos de
los tiempos heroicos y todavía más entre los de los tiempos
clásicos, ha sido gradualmente retocada, disimulada y, en ciertos
lugares, hasta revestida de formas más suaves, pero ni mucho menos ha
sido abolida.

F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

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POLIGAMIA Y POLIANDRIA P O R FRIEDRICH ENGELS

Antes de pasar a la monogamia, a la cual da rápido desarrollo el
derrumbamiento del matriarcado, digamos algunas palabras sobre la poligamia y
la poliandría. Estas dos formas de matrimonio sólo pueden ser
excepciones, artículos de lujo de la historia, digámoslo
así, a no ser que estén presentes simultáneamente en un
mismo país, lo cual, como sabemos, no se produce. Pues bien, como los
hombres excluidos de la poligamia no podían consolarse con las mujeres
dejadas en libertad por la poliandría, y como el número de
hombres y mujeres independientemente de las instituciones sociales ha seguido
siendo hasta ahora casi igual, ninguna de estas dos formas de matrimonio pudo
alcanzar un carácter general. De hecho, la poligamia de un hombre era,
evidentemente, un producto de la esclavitud y se limitaba a las gentes de
posición elevada. En la familia patriarcal semítica, es
polígamo el patriarca y, a lo sumo, algunos de sus hijos; los
demás se tienen que contentar con una sola mujer. Así sucede
aún hoy en todo Oriente: la poligamia es un privilegio de los ricos y
los poderosos, y las mujeres son reclutadas principalmente a través de
la compra de esclavas. La masa del pueblo es monógama. Una
excepción parecida es la poliandría en la India y en el
Tíbet, nacida del matrimonio por grupos y cuyo interesante origen
queda por estudiar más a fondo. En la práctica, parece mucho
más tolerante que el régimen del harén musulmán.
Entre los naires de la India, por lo menos tres, cuatro o más hombres
tienen una mujer común, pero cada uno de ellos puede tener, en
unión con otros hombres, una segunda, una tercera, una cuarta mujer y
así sucesivamente.

F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

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LA DECADENCIA DE LA GENS Y EL NACIMIENTO DEL ESTADO P O R FRIEDRICH
ENGELS

Así pues, en la constitución griega de la época
heroica todavía vemos llena de vigor la antigua organización
gentilicia, pero también observamos el comienzo de su decadencia: el
derecho paterno con herencia de la fortuna por los hijos, lo cual facilita la
acumulación de las riquezas en la familia y hace de ésta un
poder contrario a la gens; la repercusión de las diferencias de
fortuna sobre la constitución social, mediante la formación de
los gérmenes de una nobleza hereditaria y de la monarquía; la
esclavitud, que al principio sólo comprendió a los prisioneros
de guerra, pero que desbrozó el camino a la esclavitud de los propios
miembros de la tribu y hasta de la gens; la degeneración de las
antiguas guerras de unas tribus contra otras en correrías
sistemáticas por tierra y por mar para apoderarse de ganados, esclavos
y tesoros, lo que llegó a ser un negocio más. En resumen, la
fortuna es apreciada y considerada como el sumo bien, y se abusa del antiguo
orden gentilicio para justificar el robo de las riquezas por medio de la
violencia. No faltaba más que una cosa: la institución que no
sólo asegurase las nuevas riquezas de los individuos contra las
tradiciones comunistas de las gens, que no sólo consagrase la
propiedad privada, antes tan poco estimada, e hiciese de esta
satisfacción el fin más elevado de la sociedad humana, sino que
además imprimiera el sello del reconocimiento social a las nuevas
formas de adquirir la propiedad, que se desarrollaban una tras otra, y, por
tanto, a la acumulación cada vez más acelerada de la riqueza.
En una palabra, faltaba una institución que no sólo perpetuase
la naciente división de la sociedad en clases, sino también el
derecho de la clase poseedora de explotar a la no poseedora y el dominio de
la primera sobre la segunda.

Y esa institución nació. Se inventó el Estado.

F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

* * *

EL ORIGEN DE

LA FAMILIA MONOGÁMICA

P O R

FRIEDRICH ENGELS

Según hemos indicado, nace de la familia sindiásmica en el
período de la transición entre los estadios medio y superior de
la barbarie. Su triunfo definitivo es uno de los síntomas de la
naciente civilización. Se fundamenta en el predominio del hombre y su
fin expreso es el de procrear hijos cuya paternidad sea indiscutible. Esta
paternidad indiscutible se exige porque los hijos, en calidad de herederos
directos, han de hacerse un día con los bienes de su padre. La familia
monogámica se diferencia del matrimonio sindiásmico por una
solidez mucho mayor de los lazos conyugales, que ya no pueden ser disueltos
por deseo de una de las partes. Ahora, como regla, sólo el hombre
puede romper esos lazos y repudiar a su mujer. También se le otorga el
derecho de infidelidad conyugal -legitimado al menos por la costumbre (el
Código de Napoleón se lo concede expresamente, mientras no
lleve a la concubina al domicilio conyugal)-, derecho que se ejerce cada vez
más ampliamente a medida que progresa la evolución social. Si
la mujer se acuerda de las antiguas prácticas sexuales y quiere
reavivarlas, es castigada con más rigor que en ninguna otra
época anterior.

Entre los griegos encontramos en toda su severidad la nueva forma de
familia. Mientras que, como señala Marx, la situación de las
diosas en la mitología nos habla de un período anterior en que
la posición de las mujeres era más libre y más estimada,
en los tiempos heroicos vemos ya a la mujer humillada por el predominio del
hombre y la competencia de las esclavas. Léase en la Odisea
cómo Telémaco interrumpe a su madre y le impone silencio. En
Homero, los vencedores satisfacen sus apetitos sexuales con las
jóvenes capturadas. Los jefes, conforme a su rango, elegían
para sí las más hermosas; toda la Ilíada gira en torno a
la disputa entre Aquiles y Agamenón a causa de una esclava. Junto a
cada héroe, más o menos importante, Homero habla de la joven
cautiva con la cual comparte su tienda y su lecho. Esas mujeres eran
también conducidas al país nativo de los héroes, a la
casa conyugal, como hizo Agamenón con Casandra, en Esquilo.

Los hijos de estas esclavas reciben una pequeña parte de la
herencia paterna y son considerados como hombres libres. Así, Teucro
es hijo natural de Télamon y tiene derecho a llevar el nombre de su
padre. En cuanto a la mujer legítima, se le exige que tolere todo esto
y, a la vez, guarde una castidad y una fidelidad conyugal rigurosas. Cierto
es que la mujer griega de la época heroica es más respetada que
la del período civilizado, pero para el hombre no es, a fin de
cuentas, más que la madre de sus hijos legítimos, sus
herederos, la que gobierna la casa y vigila a las esclavas, de quienes
él tiene derecho a hacer, y hace, concubinas siempre que se le antoje.
La existencia de la esclavitud junto a la monogamia, la presencia de
jóvenes bellas cautivas que pertenecen en cuerpo y alma al hombre, es
lo que imprime desde su origen un carácter específico a la
monogamia, que, pero no para el hombre.

Actualmente todavía conserva este carácter.

En cuanto a los griegos de una época más reciente, debemos
distinguir entre los dorios y los jonios.

Entre los primeros, de los cuales Esparta es el ejemplo clásico,
las relaciones conyugales son, en muchos sentidos, más primitivas que
las recogidas por Homero. En Esparta existe un matrimonio sindiásmico
modificado por el Estado conforme a las concepciones allí dominantes y
que conserva muchos vestigios del matrimonio por grupos. Las uniones
estériles se rompen: el rey Anaxándrides (hacia el año
650 antes de nuestra era) tomó una segunda mujer, sin dejar a la
primera, que era estéril, y mantenía dos domicilios conyugales.
Hacia la misma época, teniendo el rey Arsitón dos mujeres sin
hijos, echó a una de ellas y tomó a otra. Además, varios
hermanos podían tener una mujer común. El hombre que
prefería a la esposa de un amigo podía compartirla con
éste. Y se estimaba decoroso poner la mujer propia a
disposición de un " buen semental " (como diría Bismarck),
aunque no fuese un conciudadano. De un pasaje de Plutarco, en que una
espartana envía a su marido un pretendiente que la persigue con sus
proposiciones, puede incluso deducirse, según Schoemann, una libertad
de costumbres aún mayor. Por esta razón, el adulterio efectivo,
la infidelidad de la mujer a espaldas de su marido, era inaudito. Por otra
parte, la esclavitud doméstica era desconocida en Esparta, por lo
menos en su mejor época. Los ilotas vivían aparte, en las
tierras de sus señores, y, por consiguiente, entre los espartanos era
menor la tentación de solazarse con sus mujeres. Por todas estas
razones, las mujeres tenían en Esparta una posición mucho
más respetada que entre los otros griegos. Las casadas espartanas y la
flor y nata de las hetairas atenienses son las únicas mujeres de
quienes hablan con respeto los antiguos y de las cuales se tomaron el trabajo
de recoger sus palabras.

Otra cosa muy diferente era lo que pasaba entre los jonios, para los
cuales es característico el régimen de Tanas. Las doncellas
sólo aprendían a hilar, tejer y coser, a lo sumo también
a leer y escribir. Prácticamente eran cautivas y sólo
tenían trato con otras mujeres. Su habitación era un aposento
separado, sito en el piso alto o detrás de la casa, adonde las mujeres
se retiraban en cuanto llegaba algún visitante; los hombres, sobre
todo los extraños, no entraban fácilmente allí. Las
mujeres no salían sin que las acompañase una esclava y dentro
de la casa estaban sometidas a vigilancia. Aristófanes habla de perros
molosos para espantar a los adúlteros, y en las ciudades
asiáticas las mujeres eran vigiladas por eunucos, que ya en los
tiempos de Herodoto se fabricaban en Quíos para comerciar con ellos y
que, si hemos de creer a Wachsmuth, no sólo los compraban los
bárbaros. En Eurípides se califica a la mujer de oikurema, algo
destinado a cuidar del hogar doméstico (la palabra es neutra), y fuera
de la procreación, para el ateniense sólo era la criada
principal. El hombre tenía sus ejercicios gimnásticos y sus
discusiones públicas, cosas de las que estaba excluida la mujer.
Además solía tener esclavas a su disposición y, en la
época floreciente de Atenas, una prostitución muy extensa que
el Estado, en todo caso, protegía. Precisamente sobre la base de esa
prostitución se desarrollaron las mujeres griegas, que sobresalen
entre las mujeres del mundo antiguo por su ingenio y su gusto
artístico, al igual que las espartanas sobresalen por su
carácter. Pero el hecho de que para convertirse en mujer fuese preciso
ser antes hetaira es la condena más severa de la familia
ateniense.

Con el transcurso del tiempo, esa familia ateniense llegó a ser la
horma que modeló las relaciones domésticas del resto de los
jonios y también de todos los griegos de la metrópoli y las
colonias. Sin embargo, a pesar del secuestro y la vigilancia, las griegas
hallaban muy a menudo ocasiones para engañar a sus maridos. Estos, que
se hubieran ruborizado de mostrar el más pequeño amor a sus
mujeres se recreaban con las hetairas en toda clase de galanterías.
Pero el envilecimiento de las mujeres se vengó en los hombres y los
envileció a su vez, llevándolos hasta la repugnante
práctica de la pederastia y a deshonrar a sus dioses y a sí
mismos con el mito de Ganímedes.

Tal fue el origen de la monogamia, según hemos podido seguirla en
el pueblo más culto y desarrollado de la Antigüedad. De ninguna
manera fue fruto del amor sexual individual, con el que no tuvo nada que ver,
sino que, como antes, la conveniencia era el móvil de los matrimonios.
Fue la primera forma de familia que no se basó en condiciones
naturales, sino económicas, concretamente en el triunfo de la
propiedad privada sobre la propiedad común primitiva originada
espontáneamente. Preponderancia del hombre en la familia y
procreación de hijos que sólo pudieran ser de él
destinados a heredarle: tales fueron, abiertamente proclamados por los
griegos, los únicos objetivos de la monogamia. Por lo demás, el
matrimonio era para ellos una carga, un deber para con los dioses, el Estado
y sus propios antepasados, deber que se veían obligados a cumplir. En
Atenas, la ley no sólo imponía el matrimonio, sino que
además obligaba al marido a cumplir un mínimo determinado de
los llamados deberes conyugales.

F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

* * *

CARACTERÍSTICAS DE LA MONOGAMIA

P O R

FRIEDRICH ENGELS

Por tanto, de ninguna manera la monogamia aparece en la historia como una
reconciliación entre el hombre y la mujer, y menos aún como la
forma más elevada de matrimonio. Al contrario, entra en escena bajo la
forma de la esclavización de un sexo por el otro, como la
proclamación de un conflicto entre los sexos, desconocido hasta
entonces en la prehistoria. En un viejo manuscrito inédito, redactado
en 1846 por Marx y por mí 49 [49 La Ideología alemana] ,
encuentro esta frase: " La primera división del trabajo es la que se
hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos ". Y hoy
puedo añadir: el primer antagonismo de clases, con la opresión
del sexo femenino por el masculino. La monogamia fue un gran proceso
histórico, pero al mismo tiempo, junto con la esclavitud y las
riquezas privadas, inaugura esta época que dura hasta nuestros
días y en la cual cada progreso es al mismo tiempo un retroceso
relativo, en la cual el bienestar y el desarrollo de unos se alcanzan a
expensas del dolor y la frustración de otros. La monogamia es la forma
celular de la sociedad civilizada, y en ella ya podemos estudiar la
naturaleza de las contradicciones y antagonismos que alcanzan su pleno
desarrollo en esta sociedad.

La antigua libertad relativa en las relaciones sexuales no
desapareció del todo con el triunfo del matrimonio sindiásmico,
ni incluso con el de la monogamia. " El antiguo sistema conyugal, reducido a
más estrechos límites por la gradual desaparición de los
grupos de punalúas, seguía siendo el medio en que se
dsenvolvía la familia, cuyo desarrollo llegó hasta los albores
de la civilización (…); desapareció, por fin, en la
nueva forma del heterismo, que persigue al género humano en la
civilización como una negra sombra que se cierne sobre la familia ".
Morgan entiende por heterismo las relaciones extraconyugales, coexistentes
junto a la monogamia, de hombres con mujeres no casadas, intercambio carnal
que, como es sabido, florece junto a las formas más diversas durante
todo el período de la civilización y se transforma cada vez
más en descarada prostitución. Este heterismo deriva en
línea recta del matrimonio por grupos, de la entrega propiciatoria con
la que las mujeres adquirieron el derecho a la castidad.

La entrega por dinero fue al principio un acto religioso. Se practicaba en
el templo de la diosa del amor y, primitivamente, el dinero ingresaba en las
arcas del templo. Las hieródulas de Anaitis en Armenia, las de
Afrodita en Corinto, al igual que las bailarinas religiosas de los templos de
Ainidia (conocidas por el nombre de bayaderas, derivado del portugués
bailadeira), fueron las primeras prostitutas. El sacrificio de entregarse, en
un principio obligación de todas las mujeres, fue más tarde
ejercido solamente por estas sacerdotisas, en sustitución de todas las
demás. En otros pueblos, el heterismo proviene de la libertad sexual
concedida a las jóvenes antes del matrimonio. Así pues, es
también un resto del matrimonio por grupos, pero que ha llegado hasta
nosotros por otro camino. Con la diferencia en la propiedad, es decir, ya en
el estadio superior de la barbarie, junto al trabajo esclavo aparece
esporádicamente el trabajo asalariado, y al mismo tiempo, como un
correlativo necesario de éste, junto a la entrega forzada de las
esclavas aparece la prostitución profesional de las mujeres libres.
Así pues, la herencia que el matrimonio por grupos legó a la
civilización es doble, como también es doble, ambiguo,
equívoco, contradictorio, todo lo que la civilización produce:
por un lado, la monogamia, y por el otro, el heterismo, incluyendo su forma
extrema, la prostitución. El heterismo es una institución
social como cualquier otra y mantiene la antigua libertad sexual… en
provecho de los hombres. No sólo tolerado de hecho sino practicado
libremente sobre todo por las clases dominantes, se reprueba de palabra.
Pero, en realidad, esta reprobación nunca va dirigida contra los
hombres que lo practican, sino solamente contra las mujeres, que son
despreciadas y rechazadas, proclamando con ello, una vez más, la
supremacía absoluta del hombre sobre el sexo femenino como
leyfundamental de la sociedad.

Pero en la monogamia se da una segunda contradicción. Junto al
marido, que ameniza su existencia con el heterismo, se encuentra la mujer
abandonada. Y en una contradicción no puede existir un término
sin que exista el otro, como no se puede tener en la mano una manzana entera
después de haberse comido la mitad. Sin embargo, ésta parece
haber sido la opinión de los hombres hasta que las mujeres les
pusieron otra cosa en la cabeza. Con la monogamia aparecieron dos figuras
sociales, constantes y características, desconocidas hasta entonces:
el inevitable amante de la mujer y el marido cornudo. Los hombres
habían logrado la victoria sobre las mujeres, pero las vencidas se
encargaron generosamente de coronar a los vencedores. El adulterio, prohibido
y castigado rigurosamente pero indestructible, llegó a ser una
institución social inevitable, junto a la monogamia y el heterismo. En
el mejor de los casos, la certeza de la paternidad de los hijos se basaba
ahora, como antes, en el convencimiento moral, y para resolver la irresoluble
contradicción, el Código de Napoleón dispuso en su
artículo 312: " L'enfant conçu pendant le mariage a pour
père le mari "[ " El hijo concebido durante el matrimonio tiene como
padre al marido ". En francés en el original.]. Este es el resultado
final de tres mil años de monogamia.

Así pues, en los casos en que la familia monogámica refleja
fielmente su origen histórico y manifiesta con claridad el conflicto
entre el hombre y la mujer, originado por el dominio exclusivo del primero,
tenemos un cuadro en miniatura de las contradicciones y los antagonismos en
medio de los cuales se mueve la sociedad, dividida en clases desde la
civilización, sin poder resolverlos ni vencerlos.

Naturalmente, sólo hablo aquí de los casos de monogamia en
que la vida conyugal transcurre con arreglo a las prescripciones del
carácter original de esta institución, pero en la que la mujer
se rebela contra el dominio masculino. Que no en todos los matrimonios ocurre
así, lo sabe mejor que nadie el filisteo alemán, que no sabe
mandar ni en su casa ni en el Estado y cuya mujer lleva con pleno derecho los
pantalones de los que él no es digno. Pero no por esto deja de creerse
muy superior a su compañero de infortunios francés, a quien con
mayor frecuencia que a él mismo le suceden cosas mucho más
desagradables.

Por supuesto, la familia monogámica no ha revestido en todo tiempo
y lugar la forma clásica y dura que tuvo entre los griegos. La mujer
era más libre y estaba más considerada entre los romanos,
quienes en su calidad de futuros conquistadores del mundo tenían un
concepto más amplio de las cosas, aunque menos refinado que los
griegos. El romano creía suficientemente garantizada la fidelidad de
su esposa por el derecho de vida y muerte que tenía sobre ella.
Además, tanto el hombre como la mujer podían romper el
vínculo matrimonial a su arbitrio. Pero indudablemente el mayor
progreso en el desarrollo de la monogamia se realizó con la entrada de
los germanos en la historia, y fue así porque, dada su pobreza, parece
que por aquel entonces la monogamia aún no se había
desarrollado plenamente entre ellos a partir del matrimonio
sindiásmico. Sacamos esta conclusión basándonos en tres
circunstancias mencionadas por Tácito: en primer lugar, junto con la
santidad del matrimonio (" se contentan con una sola mujer y las mujeres
viven cercadas por su pudor "), la poligamia estaba en vigor para los nobles
y los jefes de tribu, una situación análoga a la de los
americanos, entre quienes existía el matrimonio sindiásmico. En
segundo lugar, la transición del derecho materno al paterno se
había de realizar poco antes, puesto que el hermano de la madre -el
pariente gentilicio más próximo, según el matriarcado-
casi era tenido como un pariente más próximo que el propio
padre, lo que también corresponde al punto de vista de los indios
americanos, entre los cuales Marx había encontrado la clave para
comprender nuestro propio pasado, como solía decir. Y en tercer lugar,
entre los germanos las mujeres gozaban de suma consideración y
ejercían una gran influencia hasta en los asuntos públicos, lo
cual es diametralmente opuesto a la supremacía masculina de la
monogamia. Todos estos son puntos en que los germanos están casi por
completo de acuerdo con los espartanos, entre quienes tampoco había
desaparecido del todo el matriarcado sindiásmico, según hemos
visto. Así pues, también desde este punto de vista llegó
con los germanos un elemento enteramente nuevo que se impuso en todo el
mundo. La nueva monogamia que, entre las ruinas del mundo romano,
salió de la mezcla de los pueblos, revistió la
supremacía masculina de formas más suaves y dio a las mujeres
una posición mucho más considerada y más libre, por lo
menos aparentemente, de lo que nunca había conocido la edad
clásica. Gracias a ello fue posible, partiendo de la monogamia - en su
seno, junto a ella o contra ella, según las circunstancias-, el
progreso moral más grande que le debemos: el amor sexual individual
moderno, desconocido anteriormente en el mundo.

F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

* * *

EL AMOR SEXUAL Y EL MATRIMONIO,

DE LA ANTIGÜEDAD HASTA NUESTROS DÍAS

P O R

FRIEDRICH ENGELS

Antes de la Edad Media no puede hablarse de la existencia del amor sexual
individual. Es obvio que la belleza personal, la intimidad, las inclinaciones
comunes, etc. han debido despertar en los individuos de sexo diferente el
deseo de relaciones sexuales, que tanto a hombres como a mujeres no les era
indiferente con quién entablar relaciones íntimas. Pero de eso
a nuestro amor sexual individual aún media muchísima distancia.
En toda la Antigüedad, son los padres quienes conciertan las bodas, en
vez de los interesados, que se conforman tranquilamente. El poco amor
conyugal que la Antigüedad conoce no es una inclinación
subjetiva, sino más bien un deber objetivo; no es la base, sino el
complemento del matrimonio. El amor, en el sentido moderno de la palabra,
sólo se presentaba fuera de la sociedad oficial. Los pastores cuyas
alegrías y penas de amor nos cantan Teócrito y Moscos, o Longo
en su Dafnis y Cloe, son simples esclavos que no tienen participación
en el Estado, esfera en la que se mueve el ciudadano libre. Pero fuera de los
esclavos sólo encontramos relaciones amorosas como un producto de la
descomposición del mundo antiguo mantenidas con mujeres que
también viven fuera de la sociedad oficial, con hetairas, es decir,
con extranjeras o libertas: en Atenas, en vísperas de su caída;
en Roma, bajo los emperadores. Si había relaciones amorosas entre
ciudadanos y ciudadanas libres, eran relaciones adúlteras. Y el amor
sexual, tal como nosotros lo entendemos, era algo tan indiferente para el
viejo Anacreonte, el cantor clásico del amor en la Antigüedad,
que ni siquiera le importaba el sexo de la persona amada.

Nuestro amor sexual difiere esencialmente del simple deseo sexual, del
eros de los antiguos. En primer lugar, supone la reciprocidad en el ser
amado. Desde este punto de vista, la mujer es en él igual que el
hombre, mientras que en el eros de la Antigüedad se está lejos de
consultarla siempre. En segundo lugar, el amor sexual alcanza una intensidad
y una duración que hace que ambas partes consideren la falta de
relaciones íntimas y la separación como una gran desventura, si
no la mayor de todas; para poder ser el uno del otro, no se retrocede ante
nada y se llega hasta jugarse la vida, lo cual sólo sucedía en
la Antigüedad en caso de adulterio. Y, por último, nace un nuevo
criterio moral para juzgar las relaciones sexuales. Ya no se pregunta
solamente: ¿son legítimas o ilegítimas?, sino
también: ¿son hijas del amor y de un afecto recíproco?
Por supuesto, en la práctica feudal o burguesa este criterio no es
respetado más que cualquier otro criterio moral, pero tampoco menos;
al igual que los restantes, está reconocido sobre el papel. Y por el
momento, no puede pedirse más.

La Edad Media arranca del punto en que se detuvo la Antigüedad, con
su amor sexual en embrión, es decir, arranca del adulterio. Ya hemos
pintado el amor caballeresco que engendró los Tageledier. [51 Cantos
de la mañana, alboradas.]

De este amor, que tiende a destruir el matrimonio, hasta el amor que debe
servirle de base, hay un largo trecho que la caballería jamás
recorrió totalmente. Incluso cuando pasamos de los frívolos
pueblos latinos a los virtuosos alemanes, vemos en el Cantar de los
Nibelungos que Krimilda, aunque secretamente tan enamorada de Sigfrido como
él de ella, responde a Gunther cuando éste le anuncia que la ha
prometido a un caballero, de quien calla el nombre: " No tenéis
necesidad de suplicarme, señor, a unirme con aquel que me deis por
marido ". A Krimilda ni se le pasa por la imaginación que su amor
pueda ser tenido en cuenta para nada.

Gunther pide en matrimonio a Brunilda y Atila pide a Krimilda, sin
haberlas visto nunca. De igual manera, Sigebant de Irlanda busca en Gudrun a
la noruega Ute, Hetel de Hegelingen busca a Hilda de Irlanda, y, en fin,
Sigfrido de Morlandia, Heartmut de Normandía y Herwig de Celandia
piden los tres la mano de Gudrun ; y aquí ésta se pronuncia
libremente por primera vez a favor del último. Por lo común, la
novia del joven príncipe es elegida por los padres de éste si
aún viven o, en caso contrario, por él mismo, aconsejado por
los grandes señores feudales, cuya opinión en estos casos tiene
gran peso. Y no puede ser de otro modo, por supuesto. Para el caballero o el
barón, como para el mismo príncipe, el matrimonio es un acto
político, una oportunidad de aumentar el poder mediante nuevas
alianzas. Lo decisivo son los intereses de " la casa " y no las inclinaciones
individuales. ¿Cómo podía entonces tener el amor la
última palabra en la concertación de un matrimonio?

Lo mismo sucede con los burgueses de los gremios en las ciudades
medievales. Precisamente sus privilegios protectores, las cláusulas de
los reglamentos gremiales, las complicadas líneas fronterizas que
separaban legalmente al burgués, acá de las otras corporaciones
gremiales, allá de sus propios colegas de gremio o de sus fieles
aprendices, hacían harto estrecho el círculo dentro del cual
podía buscarse una esposa adecuada para él. Y en este
complicado sistema, evidentemente no era su gusto personal, sino el
interés de la familia, lo que decidía cuál era la mujer
que más le convenía.

Así, en la mayoría de los casos y hasta el final de la Edad
Media, el matrimonio siguió siendo lo que había sido desde su
origen: un trato que no cerraban las partes interesadas. Al principio, se
venía ya casado al mundo, casado con todo un grupo de seres del otro
sexo. En la forma posterior del matrimonio por grupos, verosímilmente
existían análogas condiciones, pero con un estrechamiento
progresivo del círculo. En el matrimonio sindiásmico la regla
es que las madres concierten entre sí el matrimonio de sus hijos.
También aquí el factor decisivo es el deseo de que los nuevos
lazos de parentesco robustezcan la posición de la joven pareja en la
gens y la tribu. Y cuando la propiedad individual se impuso a la propiedad
colectiva, cuando, los intereses de la transmisión hereditaria le
dieron la primacía al derecho paterno y a la monogamia, el matrimonio
comenzó a depender por entero de consideraciones económicas. La
forma del matrimonio por compra desapareció, pero en esencia
continúa practicándose cada vez más y más, y de
modo que no sólo la mujer tiene su precio, sino también el
hombre, aunque no dependiendo de sus cualidades personales, sino con arreglo
a la cuantía de sus bienes. En la práctica y desde el
principio, si algo había inconcebible para las clases dominantes era
que la inclinación recíproca de los interesados pudiese ser la
razón por excelencia del matrimonio. Esto sólo pasaba en las
novelas o en las clases oprimidas, que no contaban para nada.

Tal era la situación con que se encontró la
producción capitalista cuando, a partir de la era de los
descubrimientos geográficos, se puso a conquistar el mundo mediante el
comercio universal y la industria manufacturera. Es de suponer que este tipo
de matrimonio le convenía excepcionalmente, y así era en
verdad. Y sin embargo -la ironía de la Historia es insondable- era
precisamente el capitalismo quien había de abrir la brecha decisiva en
él. Al transformar todo en mercancías, la producción
capitalista destruyó todas las relaciones tradicionales del pasado y
reemplazó las costumbres heredadas y los derechos históricos
por la compraventa, por el " libre " contrato. El jurista inglés H.
Summer Maine creyó haber hecho un descubrimiento extraordinario al
decir que nuestro progreso respecto a las épocas anteriores consiste
en que hemos pasado from status to contract 52 [ " Del status al contrato ",
en inglés en el original.], de un orden de cosas heredado a uno
libremente consentido, lo cual, en lo que tiene de correcto, ya se dice en El
Manifiesto Comunista.

Pero para contratar se necesitan gentes que puedan disponer libremente de
su persona, sus acciones y sus bienes, y que gocen de los mismos derechos.
Crear esas personas " libres " e " iguales " fue precisamente una de las
principales tareas de la producción capitalista. Aunque al principio
esto se hizo de una manera medio inconsciente y, por añadidura, bajo
el disfraz de la religión, desde la reforma luterana y calvinista
quedó firmemente asentado el principio de que el hombre sólo es
completamente responsable de sus acciones cuando las comete por libre
albedrío y que es un deber ético oponerse a todo lo que le
obliga a un acto inmoral. Pero ¿cómo poner de acuerdo a este
principio con la práctica, usual hasta entonces, de concertar el
matrimonio? Según el concepto burgués, el matrimonio era un
contrato, una cuestión de derecho, y, por cierto, la más
importante de todas, pues disponía del cuerpo y el alma de dos seres
humanos para toda la vida. Verdad es que en aquella época el
matrimonio era formalmente voluntario; sin el " sí " de los
interesados no se podía hacer nada. Pero bien se sabía
cómo se obtenía el " sí " de los interesados y
cuáles eran los verdaderos autores del matrimonio. Sin embargo, puesto
que para todos los demás contratos se exigía la libertad real
de decidir, ¿por qué no se exigía en éste? Los
jóvenes que debían casarse, ¿no tenían
también el derecho de disponer libremente de sí mismos, de su
cuerpo y de sus órganos? ¿No se había puesto de moda,
gracias a la caballería andante, el amor sexual? ¿Acaso, en
contra del amor adúltero de los caballeros andantes, no era el amor
conyugal su verdadera forma burguesa? Si el deber de los esposos era amarse
recíprocamente, ¿no era tan deber de los amantes el casarse
sólo entre ellos y con nadie más? Y este derecho de los
amantes, ¿no era superior al derecho del padre y la madre, los
parientes y demás casamenteros y alcahuetes tradicionales? Si el
derecho al libre examen personal había penetrado en la Iglesia y la
religión, ¿podía acaso detenerse ante la intolerable
pretensión de la vieja generación de disponer del cuerpo, el
alma, los bienes, la ventura y la desventura de la generación
joven?

Por fuerza debían ser planteadas estas cuestiones en una
época que relajaba todos los antiguos vínculos sociales y
sacudía los cimientos de todas las concepciones heredadas. De pronto,
la Tierra se había hecho diez veces más grande. En lugar de la
cuarta parte de un hemisferio, el globo entero se extendía ante los
ojos de los europeos occidentales, que se apresuraron a tomar posesión
de las otras siete octavas partes.

Y, al mismo tiempo que las antiguas y estrechas barreras del país
natal, caían las milenarias barreras puestas al pensamiento en la Edad
Media. Un horizonte infinitamente más extenso se abría ante los
ojos y el espíritu del hombre. ¿Qué importancia
podían tener la reputación de honorabilidad y los respetables
privilegios corporativos, transmitidos de generación en
generación, para el joven a quien atraían las riquezas de las
Indias, las minas de oro y plata de México y del Potosí?
Aquella fue la época de la caballería andante de la
burguesía, porque también ésta tuvo su romanticismo y su
delirio amoroso, pero sobre un pie burgués y con miras burguesas al
fin y al cabo.

Así sucedió que la burguesía, sobre todo la de los
países protestantes, donde se perturbó más profundamente
el orden de cosas existentes, fue reconociendo cada vez más la
libertad del contrato matrimonial y puso en práctica su teoría
del modo que hemos descrito. El matrimonio continuó siendo matrimonio
de clase, pero en el seno de la clase se concedió a los interesados
cierta libertad de elección. Y sobre el papel, tanto en teoría
moral como en las narraciones poéticas, nada quedó tan
inquebrantablemente asentado como la inmoralidad de todo matrimonio no
fundado en un amor sexual recíproco y en un contrato de los esposos
realmente libre. En resumen: el matrimonio con amor quedaba proclamado como
un derecho del ser humano; y no sólo como droit de l'homme 53 [Derecho
del hombre, en francés en el original], sino también,
excepcionalmente, como droit de la femme 54 . [Derecho de la mujer, en
francés en el original.]

Pero este derecho difería en un punto de todos los demás
derechos humanos, que, confirmando una vez más la ironía de la
Historia, estaban en la práctica reservados para la clase dominante,
la burguesía, mientras que para la clase oprimida, el proletariado,
eran directa o indirectamente letra muerta: la clase dominante siguió
sometida a las conocidas influencias económicas y sólo
excepcionalmente se dan casos de matrimonios verdaderamente concertados con
total libertad, que sin embargo, como ya hemos visto, son la regla entre las
clases oprimidas.

Por tanto, el matrimonio sólo se concertará con toda
libertad cuando la supresión de la producción capitalista y de
las condiciones de propiedad por ella creadas haya eliminado las
consideraciones económicas accesorias que todavía ejercen tan
poderosa influencia sobre la elección de los esposos.

Entonces el matrimonio ya no tendrá más motivo que la
atracción recíproca.

F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

* * *

EL FUTURO DE LA MONOGAMIA

P O R

FRIEDRICH ENGELS

Caminamos en estos momentos hacia una revolución social en que las
actuales bases económicas de la monogamia desaparecerán tan
seguramente como las de su complemento, la prostitución. La monogamia
nació de la concentración de grandes riquezas en las mismas
manos - las de un hombre- y del deseo de que solamente sus hijos heredasen
dichas riquezas. Por eso era necesaria la monogamia de la esposa, pero no la
del marido. Tanto es así, que la monogamia de ella no ha sido
óbice para la poligamia descarada u oculta de él. Pero la
revolución social inminente, al por lo menos transformar la inmensa
mayoría de las riquezas duraderas hereditarias (los medios de
producción) en propiedad social, reducirá al mínimo
todas esas preocupaciones de transmisión hereditaria. Y ahora cabe
hacer esta pregunta: dado que la monogamia nació de causas
económicas, ¿desaparecerá cuando desaparezcan estas
causas?

Podría responderse, no sin fundamento, que lejos de desaparecer,
más bien se realizará plenamente a partir de ese momento.
Porque con la transformación de los medios de producción en
propiedad social desaparecerán también el trabajo asalariado,
el proletariado y, por consiguiente, la necesidad de que cierto número
de mujeres, estadísticamente calculable, se prostituya. Desaparece la
prostitución, pero la monogamia, en vez de decaer, llega por fin a ser
una realidad, también para los hombres.

En todo caso, cambiará mucho la posición de los hombres.
Pero también sufrirá profundas modificaciones la de las
mujeres, la de todas ellas. Cuando los medios de producción pasen a
ser propiedad común, la familia individual dejará de ser la
unidad económica de la sociedad. La economía doméstica y
el cuidado y educación de los hijos se convertirán en un asunto
social. La sociedad cuidará con el mismo esmero a todos los hijos,
sean legítimos o naturales. Así desaparecerá el temor a
" las consecuencias ", que es hoy el más importante motivo social
-tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista
económico- que impide a una joven soltera entregarse libremente al
hombre a quien ama. ¿No bastará eso para que se desarrollen
progresivamente unas relaciones sexuales más libres y también
para hacer a la opinión pública menos rigurosa acerca de la
honra de las vírgenes y la deshonra de las mujeres? Y por
último, ¿no hemos visto que en el mundo moderno la
prostitución y la monogamia, aunque antagónicas, son
inseparables, como polos de un mismo orden social? ¿Puede desaparecer
la prostitución sin arrastrar consigo al abismo a la monogamia?

Ahora interviene un elemento nuevo, un elemento que en la época en
que nació la monogamia existía a lo sumo en germen: el amor
sexual individual.

(…)

Pero dado que, por su propia naturaleza, el amor sexual es exclusivista -
aun cuando en nuestros días ese exclusivismo sólo se realiza
plenamente en la mujer -, el matrimonio fundado en el amor sexual es por su
propia naturaleza, monógamo. Hemos visto cuánta razón
tenía Bachofen cuando consideraba que el progreso del matrimonio por
grupos al matrimonio por parejas se debió sobre todo a la mujer.
Solamente se puede atribuir al hombre el paso del matrimonio
sindiásmico a la monogamia, que históricamente ha consistido
sobre todo en rebajar la situación de las mujeres y facilitar la
infidelidad de los hombres; Por eso, cuando lleguen a desaparecer las
consideraciones económicas en virtud de las cuales las mujeres han
tenido que aceptar esta infidelidad habitual de los hombres (la
preocupación por su propia existencia y todavía más por
el porvenir de los hijos), la igualdad alcanzada por la mujer, a juzgar por
toda nuestra experiencia anterior, influirá mucho más en el
sentido de hacer monógamos a los hombres que en el de hacer poliandras
a las mujeres.

Pero lo que sin duda alguna desaparecerá de la monogamia son todas
las características que le imprimieron las relaciones de propiedad que
la originaron. Estas características son la preponderancia del hombre
y la indisolubilidad del matrimonio. La preponderancia del varón en el
matrimonio es sencillamente consecuencia de su preponderancia
económica, y desaparecerá por sí sola cuando ésta
desaparezca. La indisolubilidad del matrimonio es consecuencia de las
condiciones económicas que engendraron la monogamia y de la
tradición de la época en que, mal comprendida aún, la
vinculación de esas condiciones económicas con la monogamia fue
exagerada por la religión. Actualmente está deteriorada ya por
mil lados. Si el matrimonio fundado en el amor es el único moral,
sólo puede ser moral el matrimonio donde el amor persiste. Pero la
duración del arrebato del amor sexual varía mucho según
los individuos, particularmente entre los hombres. En virtud de ello, cuando
el afecto desaparezca o sea reemplazado por un nuevo amor apasionado, el
divorcio será un beneficio tanto para ambas partes como para la
sociedad. Sólo que deberá ahorrarse a la gente el tener que
pasar por el barrizal inútil de un pleito de divorcio.

Así pues, lo que podemos conjeturar hoy acerca de la
regularización de las relaciones sexuales después de la
inminente supresión de la producción capitalista es, más
que nada, de un orden negativo y queda limitado principalmente a lo que debe
desaparecer. Pero ¿qué sobrevendrá? Eso se verá
cuando haya crecido una nueva generación: una generación de
hombres que no sepan lo que es comprar a una mujer con dinero ni con ayuda de
ninguna otra fuerza social; una generación de mujeres que no sepan lo
que es entregarse a un hombre por miedo a las consecuencias económicas
que pudiera acarrear una negativa en virtud de otra consideración que
no sea un amor real. Y cuando esas generaciones aparezcan, enviarán al
cuerno todo lo que nosotros pensamos que deberían hacer. Se
dictarán a sí mismas su propia conducta, y en consonancia,
crearán una opinión pública para juzgar la conducta de
cada uno. ¡Y todo quedará hecho!

F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

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