Notes on the War. Engels 1870-71.

La posición alemana en Francia

El desgaste de esta guerra empieza a dejarse sentir en Alemania. El primer ejército de invasión, que comprendía el conjunto de las tropas de línea tanto del Norte como del Sur, contaba con unos 640.000 hombres. Dos meses de campaña habían reducido ese ejército hasta el punto de que hubo que hacer avanzar el primer contingente de hombres procedente de los batallones y escuadrones de depósito —alrededor de un tercio de la fuerza primitiva—. Llegaron hacia finales de septiembre y comienzos de octubre, y aunque debían de sumar unos 200.000 hombres, los batallones de campaña distaban mucho de haber recuperado su fuerza inicial de 1.000 hombres cada uno. Los que se hallaban ante París contaban con 700 u 800 hombres, mientras que los que se encontraban ante Metz eran aún más débiles. La enfermedad y los combates no tardaron en causar nuevos estragos, y cuando el príncipe Federico Carlos llegó al Loira, sus tres cuerpos de ejército se hallaban reducidos a menos de la mitad de su fuerza normal, con una media de 450 hombres por batallón. Los combates de este mes y el tiempo riguroso y variable tienen que haber afectado gravemente a las tropas, tanto ante París como en los ejércitos que cubren el asedio; de modo que los batallones han de tener ahora seguramente una media por debajo de los 400 hombres. A comienzos de enero, los reclutas de la leva de 1870 estarán listos para ser enviados al frente, tras tres meses de instrucción. Estos ascenderán a unos 110.000 y proporcionarán algo menos de 300 hombres por batallón. Nos llega ahora la noticia de que parte de ellos ya han pasado Nancy y de que diariamente llegan nuevos contingentes; así pues, los batallones pueden volver a elevarse pronto hasta unos 650 hombres. Si, como es probable a juzgar por varios indicios, el resto disponible de los hombres más jóvenes, aún no instruidos, de la reserva de depósito (Ersatz Reserve) ha sido instruido junto con los reclutas de la leva regular, este refuerzo se incrementaría en unos 100 hombres más por batallón, arrojando un total de 750 hombres por batallón. Esto representaría aproximadamente tres cuartas partes de la fuerza inicial, dando un ejército de 480.000 efectivos, de un millón de hombres enviados desde Alemania al frente. Así, bastante más de la mitad de los hombres que partieron de Alemania con los regimientos de línea o que se les unieron después han muerto o han quedado inutilizados en menos de cuatro meses. Si esto le pareciera increíble a alguien, que compare el desgaste de campañas anteriores, por ejemplo las de 1813 y 1814, y considere que las continuas marchas largas y rápidas de los prusianos durante esta guerra tienen que haber causado estragos terribles entre sus tropas.

Hasta aquí nos hemos ocupado solo de la línea. Además de ella, casi la totalidad de la Landwehr ha sido enviada a Francia. Los batallones de la Landwehr tenían originalmente 800 hombres para la Guardia y 500 para los demás batallones; pero gradualmente fueron elevándose todos a un efectivo de 1.000 hombres. Esto haría un total general de 240.000 hombres, incluyendo caballería y artillería. La mayor parte de ellos llevan ya algún tiempo en Francia, manteniendo las comunicaciones, bloqueando fortalezas, etc. Y ni siquiera para eso son suficientemente numerosos; pues en este momento se están organizando cuatro divisiones más de Landwehr (probablemente formando un tercer batallón por cada regimiento de Landwehr), que comprenden al menos cincuenta batallones, es decir, 50.000 hombres más. Todos ellos van a ser enviados ahora a Francia; a los que aún permanecían en Alemania custodiando a los prisioneros franceses los relevarán en esa tarea los recién formados «batallones de guarnición». No podemos decir con certeza de qué se compondrán estos antes de recibir el texto completo de la orden que los crea, cuyos términos, hasta el momento, solo se conocen por un resumen telegráfico. Pero si, como sabemos que es el caso, las cuatro nuevas divisiones de Landwehr arriba mencionadas no pueden formarse sin movilizar a hombres de cuarenta años e incluso mayores, ¿qué queda entonces para los batallones de guarnición de soldados instruidos, sino hombres de cuarenta a cincuenta años de edad? No cabe duda de que la reserva de hombres instruidos en Alemania queda con esta medida completamente agotada, y, más allá de eso, toda una leva anual de reclutas.

La fuerza de la Landwehr en Francia ha realizado muchas menos marchas, vivaqueos y combates que la línea. En su mayor parte ha tenido alojamientos decentes, alimentación regular y un servicio moderado; de modo que la totalidad de sus pérdidas puede calcularse en unos 40.000 hombres, entre muertos e inutilizados.

Esto dejaría, incluyendo los nuevos batallones que ahora se están formando, 250.000 hombres; pero es muy incierto cuándo, o incluso si alguna vez, podrá quedar libre para el servicio en el extranjero la totalidad de ellos. Durante los próximos dos meses, diríamos que 200.000 sería una estimación elevada de la fuerza efectiva de la Landwehr en Francia.

Línea y Landwehr juntas, tendremos así, en la segunda quincena de enero, una fuerza de unos 650.000 a 680.000 alemanes bajo las armas en Francia, de los cuales entre 150.000 y 200.000 se hallan ya en camino o preparándose para ello. Pero esta fuerza tendrá un carácter muy distinto del que hasta ahora se ha empleado allí. La mitad, por lo menos, de los batallones de línea estará formada por jóvenes de veinte o veintiún años —hombres no probados, de una edad en la que las penalidades de una campaña invernal afectan de la manera más temible a la constitución—. Estos hombres no tardarán en abarrotar los hospitales, mientras los batallones volverán a fundirse en efectivos. Por otra parte, la Landwehr estará compuesta cada vez más por hombres de más de treinta y dos años, casados y padres de familia casi sin excepción, y de una edad en la que acampar al raso con tiempo frío o húmedo produce casi con seguridad reumatismo, de forma rápida y en masa. Y no cabe duda de que la mayor parte de esta Landwehr tendrá que realizar muchas más marchas y combates que hasta ahora, como consecuencia de la extensión del territorio que se va a confiar a su custodia. La línea se vuelve considerablemente más joven, la Landwehr considerablemente más vieja que hasta ahora; los reclutas enviados a la línea apenas han tenido tiempo de aprender la instrucción y la disciplina; los nuevos refuerzos para la Landwehr han tenido tiempo de sobra para olvidar ambas. De este modo, el ejército alemán está recibiendo elementos que aproximan su carácter mucho más que antes al de las nuevas levas francesas que se le oponen; con esta ventaja, sin embargo, para los alemanes: que esos elementos se incorporan a los sólidos y firmes cuadros del antiguo ejército.

Después de estos, ¿qué recursos en hombres le quedan a Prusia? Los reclutas que cumplan los veinte años en 1871, y los hombres de más edad de la Ersatz Reserve, estos últimos todos sin instrucción, casi todos casados y en una edad en la que se tiene poca inclinación o capacidad para empezar la vida de soldado. Movilizar a estos, a hombres a quienes un largo precedente ha inducido a considerar su relación con el ejército como algo casi nominal, sería muy impopular. Aún más impopular sería si se movilizara a aquellos hombres físicamente aptos que por una u otra razón han eludido por completo la obligación del servicio. En una guerra puramente defensiva, todos ellos marcharían sin vacilar; pero en una guerra de conquista, y en un momento en que el éxito de esa política de conquista empieza a ser dudoso, no cabe esperar que lo hagan. Una guerra de conquista, con suerte siquiera oscilante, no puede llevarse a cabo a la larga con un ejército compuesto principalmente por hombres casados; una o dos grandes derrotas tienen forzosamente que desmoralizar a semejantes tropas en semejante empresa. Cuanto más se convierte en realidad el ejército prusiano, al prolongarse la guerra, en una «nación en armas», tanto más incapaz se vuelve para la conquista. Por más que el filisteo alemán grite estentóreamente a propósito de Alsacia y Lorena, sigue siendo cierto que Alemania no puede, por conquistarlas, soportar las mismas privaciones, la misma desorganización social, la misma suspensión de la producción nacional que Francia sufre voluntariamente en su propia defensa. Ese mismo filisteo alemán, una vez puesto el uniforme y enviado al frente, puede recobrar la fría sensatez en algún campo de batalla francés o en algún vivac helado. Y quizá sea así, al final, para bien, si ambas naciones se ven, en realidad, situadas frente a frente con toda su armadura.

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