Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

XXXI

La campaña del Loira parece haber llegado a un momentáneo compás de espera, lo que nos da tiempo para comparar informes y fechas, y para convertir los materiales, sumamente confusos y contradictorios, en una narración de los acontecimientos reales tan clara como cabe esperar dadas las circunstancias.

El Ejército del Loira comenzó a existir como cuerpo diferenciado el 15 de noviembre, cuando D'Aurelle de Paladines, hasta entonces comandante de los cuerpos 15.º y 16.º, asumió el mando de la nueva organización formada bajo dicho nombre. No podemos precisar qué otras tropas entraron a formar parte de él en esa fecha; de hecho, este ejército recibió constantes refuerzos, al menos hasta fines de noviembre, cuando nominalmente constaba de los siguientes cuerpos: 15.º (Pallières), 16.º (Chanzy), 17.º (Sonis), 18.º (Bourbaki), 19.º (Barral, según fuentes prusianas) y 20.º (Crouzat). De ellos, el 19.º Cuerpo nunca apareció ni en los informes franceses ni en los prusianos, por lo que no cabe suponer que entrara en acción. Además de éstos, se hallaban en Le Mans y en el vecino campamento de Conlie el 21.º Cuerpo de Ejército (Jaurès) y el Ejército de Bretaña, que, tras la dimisión de Kératry, quedó agregado al mando de Jaurès. Un 22.º Cuerpo, podemos añadir, está al mando del general Faidherbe en el Norte, con Lille como base de operaciones. En lo anterior hemos omitido el cuerpo de caballería del general Michel, agregado al Ejército del Loira: esta masa montada, si bien se dice que era muy numerosa, dada su reciente formación y lo tosco de su material, no puede ser calificada sino como caballería voluntaria o de aficionados.

Los elementos de que se componía este ejército eran de las más variadas clases, desde viejos soldados de a caballo llamados de nuevo a filas, hasta reclutas bisoños y voluntarios refractarios a toda disciplina; desde batallones sólidos como los zuavos pontificios, hasta masas que no eran batallones más que de nombre. Sin embargo, se había establecido cierto género de disciplina, pero el conjunto conservaba todavía la impronta de la gran prisa que había presidido su formación. «De haber dispuesto este ejército de cuatro semanas más de preparación, habría sido un adversario formidable», decían los oficiales alemanes que lo habían conocido en el campo de batalla. Descontando todas esas levas enteramente bisoñas que no hacían más que estorbar, podemos cifrar el conjunto de los cinco cuerpos combatientes de D'Aurelle (omitiendo el 19.º) en unos 120.000 a 130.000 hombres aptos para ser llamados combatientes. Las tropas de Le Mans pueden haber aportado alrededor de 40.000 más.

Frente a ellos hallamos el ejército del Príncipe Federico Carlos, incluido el mando del Gran Duque de Mecklemburgo; sus efectivos, según sabemos ahora por el capitán Hozier, eran bastante menos de 90.000 hombres en total. Pero estos 90.000 estaban, por su experiencia de guerra, su organización y la probada capacidad de mando de sus jefes, perfectamente capacitados para enfrentarse al doble de tropas como las que se les oponían. Así pues, las probabilidades estaban más o menos igualadas; y el hecho de que lo estuvieran redunda en inmenso crédito del pueblo francés, que creó este nuevo ejército de la nada en tres meses.

La campaña comenzó, por parte de los franceses, con el ataque a Von der Tann en Coulmiers y la reconquista de Orléans el 9 de noviembre; la marcha de Mecklemburgo en auxilio de Von der Tann; las maniobras de D'Aurelle en dirección a Dreux, que atrajeron hacia allí a toda la fuerza de Mecklemburgo, obligándole a emprender una marcha hacia Le Mans. Esta marcha fue hostigada por las tropas irregulares francesas en un grado hasta entonces desconocido en la presente guerra; la población opuso una resistencia sumamente decidida, los francotiradores merodeaban en torno a los flancos de los invasores; pero las tropas regulares se limitaron a hacer demostraciones y no se dejaron forzar a un combate decisivo. Las cartas de los corresponsales alemanes que acompañaban al ejército de Mecklemburgo, su rabia e indignación contra esos malvados franceses que se empeñan en combatir del modo más cómodo para ellos y más incómodo para el enemigo, son la mejor prueba de que esta breve campaña en torno a Le Mans fue conducida extremadamente bien por la defensa. Los franceses llevaron a Mecklemburgo a una verdadera caza de gansos salvajes en pos de un ejército invisible hasta unas veinticinco millas de Le Mans; llegado allí, vaciló en avanzar más y se volvió hacia el sur. El plan original había sido sin duda asestar un golpe demoledor al ejército de Le Mans, luego girar hacia el sur sobre Blois y envolver el flanco izquierdo del Ejército del Loira, mientras Federico Carlos, que justamente entonces se aproximaba, lo atacaba de frente y por la retaguardia. Pero este plan, y muchos otros después, fracasaron. D'Aurelle dejó a Mecklemburgo a su suerte, marchó contra Federico Carlos y atacó al 10.º Cuerpo prusiano el 24 de noviembre en Ladon y Mézières, y a un fuerte destacamento prusiano el 28 en Beaune-la-Rolande. Es evidente que aquí manejó mal a sus tropas. No tenía listas más que una pequeña parte de ellas, a pesar de que era su primer intento de abrirse paso a través del ejército prusiano y avanzar hacia París. Todo lo que consiguió fue infundir al enemigo respeto por sus tropas. Se retiró a posiciones atrincheradas frente a Orléans, donde concentró todas sus fuerzas. Las dispuso, de derecha a izquierda, del siguiente modo: el 18.º Cuerpo en el extremo derecho; luego el 20.º y el 15.º, todos ellos al este de la vía férrea París-Orléans; al oeste de ella el 16.º, y en el extremo izquierdo el 17.º. Si estas masas hubieran sido reunidas a tiempo, apenas cabe duda de que habrían aplastado al ejército de Federico Carlos, que entonces contaba con menos de 50.000 hombres. Pero para cuando D'Aurelle estuvo bien establecido en sus obras, Mecklemburgo había vuelto a marchar hacia el sur y se había unido al ala derecha de su primo, quien en ese momento asumió el mando supremo. Así, los 40.000 hombres de Mecklemburgo acudieron a tomar parte en el ataque contra D'Aurelle, mientras el ejército francés de Le Mans, satisfecho con la gloria de haber «rechazado» a su adversario, permanecía tranquilamente en sus acuartelamientos, a unas sesenta millas del punto donde se decidía la campaña.

Entonces llegó de repente la noticia de la salida de Trochu del 30 de noviembre. Hubo que hacer un nuevo esfuerzo para apoyarle. El día 1 D'Aurelle inició un avance general contra los prusianos, pero ya era demasiado tarde. Mientras los alemanes le hacían frente con todas sus fuerzas, su 18.º Cuerpo –en el extremo derecho– pareció haberse extraviado y no haber entrado nunca en combate. Así, luchó sólo con cuatro cuerpos, es decir, con un número (de combatientes efectivos) probablemente poco superior al de sus adversarios. Fue derrotado; y, al parecer, se sintió derrotado incluso antes de estarlo. De ahí la irresolución que mostró cuando, tras haber ordenado en la tarde del 3 de diciembre la retirada a través del Loira, a la mañana siguiente contramandó la orden y resolvió defender Orléans. Siguióse el resultado de costumbre: orden, contraorden, desorden. Como el ataque prusiano se concentró sobre su izquierda y su centro, sus dos cuerpos de la derecha, evidentemente a consecuencia de las órdenes contradictorias que habían recibido, perdieron su línea de retirada hacia Orléans y tuvieron que cruzar el río, el 20.º en Jargeau y el 18.º aún más al este, en Sully. Una pequeña parte de éste parece haber sido empujada aún más al este, pues el 3.º Cuerpo prusiano la encontró el 7 de diciembre en Nevoy, cerca de Gien, y desde allí fue perseguida en dirección a Briare, siempre por la margen derecha del río. Orléans cayó en manos de los alemanes en la tarde del 4, y la persecución se organizó de inmediato. Mientras el 3.º Cuerpo debía bordear el curso alto del Loira por la margen derecha, el 10.º fue enviado a Vierzon, y el mando de Mecklemburgo, por la margen derecha, hacia Blois. Antes de alcanzar esa plaza, esta última fuerza se topó en Beaugency con al menos una parte del ejército de Le Mans, que por fin se había unido al mando de Chanzy, y opuso una resistencia tenaz y en parte afortunada. Pero pronto fue quebrantada, pues el 9.º Cuerpo prusiano marchaba por la margen izquierda del río hacia Blois, donde habría cortado la retirada de Chanzy hacia Tours. Este movimiento envolvente surtió efecto. Chanzy se retiró a lugar seguro, y Blois cayó en manos de los invasores. El deshielo y las fuertes lluvias que sobrevinieron por entonces desfondaron los caminos, deteniendo así la persecución ulterior.

El príncipe Federico Carlos ha telegrafiado al cuartel general que el Ejército del Loira está totalmente disperso en diversas direcciones, que su centro está roto y que ha dejado de existir como ejército. Todo esto suena bien, pero dista mucho de ser exacto. No cabe duda, incluso según los informes alemanes, de que los setenta y siete cañones tomados ante Orléans eran casi todos piezas navales abandonadas en las trincheras. Puede haber 10.000 prisioneros y, sumando los heridos, 14.000, la mayoría de ellos muy desmoralizados; pero el estado de los bávaros que el 5 de diciembre atestaban el camino de Artenay a Chartres, totalmente desorganizados, sin armas ni mochilas, no era mucho mejor.

Hay una ausencia total de trofeos recogidos durante la persecución a partir del día 5; y si un ejército se ha descompuesto, sus soldados no pueden menos de ser capturados en masa por una caballería activa y numerosa como la que sabemos poseen los prusianos. Aquí hay una extrema inexactitud, por decirlo suave. El deshielo no es excusa; éste sobrevino hacia el día 9, y hubiera dejado cuatro o cinco días de buenos caminos helados y campos duros para una persecución activa. No es tanto el deshielo lo que detiene el avance prusiano; es la conciencia de que la fuerza de aquellos 90.000 hombres, reducida ahora a unos 60.000 por las pérdidas y las guarniciones dejadas atrás, está casi agotada. Se ha rozado casi el punto más allá del cual es imprudente proseguir incluso a un enemigo batido. Puede que se produzcan incursiones en gran escala más al sur, pero apenas habrá más ocupación de territorio. El Ejército del Loira, ahora dividido en dos ejércitos al mando de Bourbaki y Chanzy, tendrá tiempo y espacio sobrados para rehacerse y atraer hacia sí los batallones recién formados. Al dividirse, ha dejado de existir como ejército, pero es el primer ejército francés en esta campaña que lo ha hecho no sin gloria. Probablemente volveremos a oír hablar de sus dos sucesores.

Mientras tanto, Prusia da muestras de agotamiento. Los hombres de la landwehr de hasta cuarenta años y más –legalmente exentos del servicio después de cumplir los treinta y dos– son llamados a filas. Las reservas instruidas del país están agotadas. En enero, los reclutas –unos 90.000 de Alemania del Norte– serán enviados a Francia. Esto puede dar en total los 150.000 hombres de que tanto se oye hablar, pero aún no están allí; y cuando lleguen, alterarán materialmente el carácter del ejército. El desgaste de la campaña ha sido terrible y lo es más cada día. El tono melancólico de las cartas llegadas del ejército lo demuestra, tanto como las listas de pérdidas. Ya no son las grandes batallas las que engrosan la mayor parte de esas listas, sino los pequeños encuentros en que caen abatidos uno, dos, cinco hombres. Esta constante erosión por las oleadas de la guerra popular, a la larga, funde o arrastra hasta el último detalle al mayor de los ejércitos y, lo que es más importante, sin contrapartida visible alguna. Mientras París resiste, cada día que pasa mejora la situación de los franceses, y la impaciencia que en Versalles se siente por la rendición de París es la mejor prueba de que esa ciudad puede aún tornarse peligrosa para los sitiadores.

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