Notes on the War. Engels 1870-71.

Capitales fortificadas

Si hay una cuestión militar que la experiencia de la presente guerra puede considerarse como resuelta definitivamente, es la de la conveniencia de fortificar la capital de un gran Estado. Desde el día en que se tomó la resolución de fortificar París, en la literatura militar de todos los países se ha estado debatiendo la utilidad o inutilidad, y hasta la posibilidad, de defender semejante fortaleza inmensa. Nada podía resolver esa discusión sino la experiencia práctica: el sitio real de París, la única capital fortificada que existe; y aunque el verdadero sitio de París no ha comenzado aún, las fortificaciones de París han prestado ya a Francia servicios tan inmensos que la cuestión está prácticamente decidida en su favor.

La peligrosa proximidad de París a la frontera nororiental de Francia —una frontera, además, completamente desprovista de cualquier línea defendible, ya sea de río o de montañas— condujo, primero, a la conquista de las tierras fronterizas más próximas; segundo, a la construcción de un triple cinturón de fortalezas que va desde el Rin hasta el mar del Norte; y, tercero, a ese continuo anhelo de toda la orilla izquierda del Rin, que al fin ha traído a Francia a su situación actual. Las conquistas fueron recortadas y definidas por los Tratados de 1814 y 1815; las fortalezas demostraron ser casi inútiles, y completamente incapaces de detener a grandes ejércitos, en las dos invasiones de esos mismos años; finalmente, los gritos reclamando el Rin fueron momentáneamente frenados en 1840 por una coalición europea contra Francia. Entonces fue cuando Francia, como correspondía a una gran nación, intentó contrapesar la posición peligrosa de París por el único medio a su alcance: fortificándolo.

En esta guerra, Francia estaba cubierta en su flanco más vulnerable por la neutralidad de Bélgica. Sin embargo, bastó un breve mes para expulsar del campo a todas sus fuerzas organizadas. Una mitad se había rendido prisionera; la otra estaba irremediablemente encerrada en Metz, cuya rendición no era más que cuestión de semanas. En circunstancias normales, la guerra habría terminado. Los alemanes habrían ocupado París y todo el resto de Francia que hubieran deseado, y, tras la capitulación de Metz, si no antes, se habría concertado la paz. Francia tiene casi todas sus fortalezas próximas a la frontera: una vez roto este cinturón de plazas fuertes en un frente lo bastante ancho para que quede libertad de movimientos, las fortalezas restantes de la frontera o de la costa podrían ser dejadas de lado y se ocuparía toda la región central del país; después de lo cual, las plazas fronterizas se rendirían fácilmente una tras otra. Incluso para una guerra de guerrillas, en los países cultivados hacen falta fortalezas en el interior que sirvan de centros seguros de retirada. En la Guerra peninsular, la resistencia popular de los españoles fue posible principalmente gracias a las fortalezas. En 1809, los franceses expulsaron de España a las tropas inglesas de Sir John Moore; vencieron en todas partes en campo abierto, y sin embargo nunca llegaron a conquistar el país. El ejército anglo-portugués, relativamente pequeño, al reaparecer no habría podido hacerles frente de no haber sido por las innumerables partidas armadas españolas que, fáciles de batir en batalla campal, infestaban los flancos y la retaguardia de toda columna francesa y mantenían ocupada con mucho la mayor parte del ejército invasor. Y estas partidas no habrían podido sostenerse durante mucho tiempo de no haber sido por el gran número de fortalezas que había en el país; fortalezas en su mayoría pequeñas y anticuadas, pero que exigían un asedio en regla para reducirlas y constituían, por tanto, retiradas seguras para esas partidas cuando eran atacadas en campo abierto. Al faltar tal clase de fortalezas en Francia, incluso una guerra de guerrillas nunca podría ser muy temible allí, a menos que concurrieran otras circunstancias que compensaran esa ausencia. Y una de esas circunstancias es la fortificación de París.

El 2 de septiembre capituló el último ejército francés que quedaba en campaña. Y hoy, 21 de noviembre, casi once semanas después, casi la mitad de todas las tropas alemanas que hay en Francia permanece aún sujeta en torno a París, mientras la mayor parte del resto se apresura a marchar desde Metz para proteger el cerco de París contra un recién formado Ejército del Loira; un ejército que, cualquiera que sea su valor, ni siquiera habría podido llegar a existir de no haber sido por las fortificaciones de París. Estas fortificaciones llevan ya dos meses cercadas, y los preparativos para iniciar el sitio en regla no están aún terminados; es decir, que el asedio de una fortaleza del tamaño de París, incluso si no la defienden más que reclutas recién alistados y una población decidida, solo puede comenzar cuando el de una fortaleza ordinaria habría llegado ya hace tiempo a feliz conclusión. Los hechos han demostrado que una ciudad que alberga dos millones de habitantes puede ser abastecida casi con más facilidad que una fortaleza más pequeña que no ejerce una atracción central tan grande sobre los productos de los campos circundantes; pues aunque el abastecimiento de París no se tomó en serio hasta después del 4 de septiembre, es decir, quince días antes de que se completara el cerco, París no ha sido todavía rendida por hambre tras nueve semanas de bloqueo. En realidad, los ejércitos de Francia resistieron solo un mes; París ha resistido ya dos meses y sigue fijando al grueso de los invasores. Ciertamente, esto es más de lo que haya hecho nunca fortaleza alguna, y compensa con creces el gasto de las obras. Y no debemos olvidar, cosa que ya hemos señalado más de una vez, que esta vez la defensa de París se lleva a cabo en condiciones completamente anormales, porque tiene que prescindir de un ejército activo de campaña. ¿Qué habría sido esa resistencia, cómo habría retardado, si no completamente impedido, el cerco, cuántos más hombres de los ejércitos invasores habría inmovilizado en torno a París, si el ejército de MacMahon hubiera marchado a la capital en vez de ir a Sedán?

Pero esto no es todo. La defensa de París no solo ha dado a Francia dos meses de tregua, que en circunstancias menos desastrosas habrían sido de un valor inapreciable y que quizá aún ahora resulten serlo, sino que también le ha proporcionado el beneficio de todas las eventualidades que los cambios políticos puedan traer consigo durante el asedio. Por mucho que digamos que París es una fortaleza como cualquier otra, el hecho subsiste: el asedio real de una plaza como París producirá en todo el mundo una excitación mucho mayor que cien asedios de lugares menores. Las leyes de la guerra serán las que sean, pero nuestra conciencia moderna se niega a aceptar que se trate a París como se trató a Estrasburgo. En tales circunstancias, se puede contar con bastante seguridad con que los neutrales intenten una mediación; es casi seguro que surjan celos políticos contra el vencedor antes de que la plaza sea completamente reducida; de hecho, una operación de la magnitud y duración del sitio de París tiene tantas probabilidades de decidirse en el gabinete de alguna potencia no beligerante, por medio de alianzas y contraalianzas, como en las trincheras con baterías de desmontar y de abrir brecha. Estamos a punto de presenciar acaso un ejemplo de ello. Es muy posible que la súbita irrupción en Europa de la cuestión de Oriente logre para París lo que el Ejército del Loira no puede: librarlo de la rendición y del bloqueo. Si, como es demasiado probable, Prusia no pudiera sacudirse la complicidad —del grado que fuere— con Rusia, y si Europa está decidida a no tolerar la violación rusa de la palabra empeñada, entonces es de la máxima importancia que Francia no quede completamente postrada y que París no esté en manos de los prusianos. Por consiguiente, es absolutamente necesario que Prusia sea obligada desde ahora a declararse categóricamente, y que, si intenta tergiversar, se tomen de inmediato medidas para fortalecer las esperanzas y la resistencia de París. Treinta mil soldados británicos desembarcados en Cherburgo o Brest constituirían un ingrediente que, añadido al Ejército del Loira, le daría un grado de consistencia que hasta ahora le ha faltado. La infantería británica, por su solidez poco común, incluso por su defecto correspondiente, su torpeza en los movimientos de infantería ligera, está singularmente adaptada para dar así firmeza a reclutas recién alistados; desempeñó admirablemente esa misión en España a las órdenes de Wellington; cumplió una función análoga en todas las guerras de la India en lo que se refiere a las tropas nativas menos fiables. En tales circunstancias, la influencia de un cuerpo de ejército británico semejante superaría con mucho la que le correspondería por su mero número, como en efecto ha sucedido siempre que un cuerpo de ejército británico ha sido empleado de esta manera. Un par de divisiones italianas lanzadas hacia Lyon y el valle del Saona, como vanguardia de un ejército italiano, atraerían pronto al príncipe Federico Carlos; está Austria; están los reinos escandinavos para amenazar a Prusia en otros frentes y atraer sus tropas; el mismo París, al recibir tales noticias, soportaría seguramente casi cualquier grado de hambre antes que rendirse —y parece que allí hay pan en abundancia—, y así las fortificaciones de la ciudad podrían realmente, incluso en su actual apuro, salvar al país al haberle permitido resistir hasta que llegara el socorro.