\ Durante las últimas seis semanas se produjo un cambio notable en el carácter de esta guerra. Desaparecieron los ejércitos regulares franceses; la lucha está a cargo de los reclutas, que por su falta de experiencia son, en mayor o menor medida, fuerzas irregulares. Son derrotados con facilidad toda vez que intentar salir en masa a un lugar descubierto, pero cuando luchan al cubierto de las ciudades y aldeas, con barricadas, pueden ofrecer una gran resistencia. Este tipo de combate, las ofensivas nocturnas por sorpresa y otras acciones guerrilleras son estimuladas en los llamamientos y en las disposiciones del gobierno, que también recomienda a la población de las regiones en que operan los guerrilleros que les presten toda clase de colaboración. Si el enemigo dispusiera de las suficientes fuerzas como para ocupar todo el país, esa resistencia sería quebrantada con facilidad. Pero hasta la entrega de Metz no disponía de ellas. Las fuerzas de los atacantes fueron desgastadas antes que éstos llegaran a Amiens, Ruán, Le Mans, Blois, Tours, Bourges, por una parte, y Besanzón y Lyon por otra. El hecho de que las fuerzas del enemigo se agotaran tan rápido, se explica en gran medida, por la creciente resistencia del mèdio circundante. Los inevitables 'cuatro ulanos” ya no pueden ahora irrumpir en una aldea o ciudad ubicada lejos de sus líneas del frente y lograr el sometimiento absoluto a sus órdenes, sin correr el riesgo de ser apresados o muertos. Para acompañar a los destacamentos de requisición hacen falta fuerzas imponentes, y las compañías o escuadrones aislados, cuando están alojados en una aldea, deben tomar extraordinarias precauciones contra los ataques nocturnos por sorpresa, así como contra los ataques desde emboscadas durante la marcha. En torno de las posiciones alemanas hay una franja de territorio en disputa y es aquí donde la resistencia popular se hace sentir más. Para aplastarla, los alemanes recurren a un método de guerra tan antiguo como bárbaro. Han convertido en regla la de que toda ciudad o aldea donde uno o varios habitantes participen en la defensa, disparen contra sus tropas o en general ayuden a los franceses, deben ser incendiadas; toda persona capturada con un arma en la mano y que, según ellos, no sea un soldado del ejército regular, debe ser fusilada en el acto; y en todas partes donde existan fundamentos para suponer que una parte de la población, por insignificante que sea, es culpable de tales hechos, los hombres físicamente aptos deben ser ejecutados inmediatamente. Este sis242 FEDERICO ENGELS / TEMAS MILITARES f y tema se lleva a cabo en forma despiadada, ya desde hace seis semanas, y está en vigor en todo su apogeo hasta la fecha. No se puede abrir un diario alemán sin tropezar con media docena de comunicaciones sobre ejecuciones militares de esta índole, que se realizan como si fuese lo más natural del mundo, como medidas corrientes de justicia militar, efectuadas con la bienhechora severidad por los “honrados soldados”, contra los canallas asesinos y bandoleros”. No existe el menor desorden, ninguna violencia contra las mujeres, no hay violación alguna de las órdenes. Ni mucho menos. Todo se hace en forma sistemática y de acuerdo con la orden: cercan la aldea condenada, sacan a los habitantes, se apoderan de los víveres e incendian las casas, y los culpables verdaderos o sospechosos comparecen ante el tribunal militar de campaña, donde sin trámite alguno los espera con seguridad una media docena de balas. En Ablis, una aldea de 900 habitantes ubicada en el camino a Chartres, un escuadrón del 16? regimiento de húsares (de SchleswigIlolstein) fue atacado de noche por sorpresa por los guerrilleros franceses y perdió la mitad de sus hombres; en castigo por ese atrevimiento, toda la brigada de caballería se lanzó sobre Ablis e incendió la aldea; dos comunicaciones distintas —ambas procedentes de los participantes en el drama— afirman que entre los vecinos se eligió a todos los hombres sanos, y todos ellos sin excepción, fueron fusilados o pasados por. las bayonetas. Pero éste es sólo un hecho de entre muchos. Un oficial bávaro, en las cercanías de Orleáns, escribe que su destacamento incendió cinco aldeas en doce días; podemos afirmar sin exagerar que en-todas partes del centro de Francia por donde pasan los destacamentos volantes alemanes, su camino queda señalado con excesiva frecuencia por el fuego y la sangre. Ahora, en 1870, quizá no baste una declaración que explique que éste es un método legal de conducir la guerra, y que la intervención de la población civil o de los hombres que oficialmente no son reconocidos como soldados equivale al bandidaje y puede ser sofocada a sangre y espada. Todo ello podría aplicarse en la época de Luis XIV y Federico II, cuando sólo combatían los ejércitos, pero a partir de la guerra americana por la independencia, inclusive hasta la guerra civil en Norteamericana, la participación de la población en la guerra se ha convertido — tanto en Europa como en América— , no en una excepción, sino en una regla. En todas partes en que el pueblo consentía en ser subyugado por el solo hecho de que sus ejércitos no habían sido capaces de ofrecer resistencia, se observaba hacia él una actitud de desprecio, se lo consideraba una nación de cobardes; y en todas partes donde el pueblo desarrolló una enérgica lucha guerrillera, el enemigo se convenció rápidamente de que era imposible guiarse por el viejo código de la sangre y el fuego. Los ingleses en América, los franceses en España bajo Napoleón, los austríacos en 1848 en Italia y Hungría, se vieron muy pronto obligados a tomar en consideración la resistencia popular, como si se tratara de un fenómeno totalmente legítimo, teniendo las represiones a sus propios prisioneros de guerra. Inclusive los prusianos en 1849, en Badén, y el Papa después de Mentana65, no se resolvieron a fusilar a los prisioneros de guerra sin un análisis previo, pese a que se trataba de guerrilleros e “insurrectos”. Sólo existen dos ejemplos contemporáneos de la aplicación despiadada de esta anticuada ley de “erradicación”: cuando los ingleses sofocaron la insurrección de los cipayos en la India, y los métodos adoptados por Bazaine y sus tropas francesas en México. Este modo de proceder corresponde menos al prusiano que a cualquier otro ejército del mundo. En 1806 Prusia estaba derrotada por el solo hecho de que en el país no existía el menor vestigio de ese espíritu de resistencia nacional. Para reavivarlo, los reorganizadores del gobierno y del ejército hicieron después de 1807 todo lo que estaba en sus manos por hacer. En. esa época, España ofreció un glorioso ejemplo de cómo el pueblo puede resistir a un ejército invasor. Toos los dirigentes militares de Prusia señalaron a sus conciudadanos ese ejemplo, como digno de .ser imitado. Señarnhorst, Gneisenau, Clausewitz, compartían la misma opinión al respecto; Gneisenau fue personalmente a España para combatir contra Napoleón. Todo el nuevo sistema militar, introducido entonces en Prusia, fue un intento de organizar la resistencia popular contra el enemigo, por lo menos en la escala en que fuera posible bajo una monarquía absoluta. No sólo todos los hombres físicamente aptos debían recibir instrucción militar en el ejército y servicio después en el Landwehr hasta los cuarenta años de edad, sino que además los jóvenes desde los diecisiete hasta los veinte años y los hombres de los cuarenta a los sesenta debían incorporarse al Landsturm o levée en masse [milicia de todo el pueblo], para organizar la insurrección en la retaguardia y en los flancos del enemigo, obstruir sus movimientos, apoderarse de sus abastecimientos y de sus correos, utilizar todas las armas que se pudieran conseguir, aplicar sin la menor dilación todos los medios que estuvieran a su alcance para alarmar al enemigo — 'cuanto más eficentes sean esos medios, mejor'—y, lo que era fundamental, "no usar uniforme alguno, para que los hombres del Landsturm puedan en cualquier momento aparecer como ciudadanos particulares y no caer en sospecha del enemigo”. Todo este "Reglamento sobre el Landsturm”, como se denominó la ley publicada en 1813 y cuyo autor no fue otro que Scharnhorst, organizador del ejército prusiano, estaba escrito en el espíritu de la resistencia popular intransigente, para la cual son aptos todos los medios, y cuanto más eficaces, mejor. Ahora bien, todo ello lo aplicaban entonces los prusianos contra los franceses, pero si son éstos quienes practican esas mismas acciones contra los prusianos, las cosas cambian. Lo que en un caso se consideraba patriotismo, en el otro resulta un canallesco asesinato y bandidaje. El caso es que el gobierno prusiano actual se avergüenza del viejo "Reglamento sobre el Landsturm” prerrevolucionario, y con su conducta en Francia trata de hacerlo olvidar. Pero cada acto de crueldad desenfrenada cometido en Francia por ellos, nos recordará más y más ese "Reglamento”; y la justificación de semejante método vergonzoso de conducción de la guerra demuestra que si desde el período de Jena el ejército prusiano creció incalculablemente, el propio gobierno prusiano está creando con rapidez la misma situación que hizo posible llegar a Jena. FEDERICO ENGELS / TEMAS MILITARES Escrito por F. Engels en inglés, el 10 de noviembre de 1870.

Publicado por primera vez en Pall Malí Gazette, el 11 de noviembre de 1870.